Reza Pahlavi
Pretendiente al trono de Irán (1980-)
Editado por: Roberto Ortiz de Zárate Arce
En 1979, con 18 años, Reza Pahlavi, príncipe heredero del trono de Irán, tomó el camino del exilio siguiendo a su padre el Sha, derrocado por la Revolución shií que instauró la República Islámica en el país persa. Poco después, en 1980, Mohammad Reza Pahlavi falleció en El Cairo y su primogénito asumió la jefatura de la casa imperial con un discurso legitimista, antiislamista y prooccidental. Su figura no empezó a tener verdadera relevancia política hasta décadas más tarde, cuando las sucesivas olas de contestación ciudadana, todas fracasadas, contra el sistema teocrático-autoritario de los sucesores del ayatolá Jomeini convirtieron al príncipe y los símbolos de la monarquía, a los ojos de muchos iraníes, en representaciones de la democracia secular.
En los primeros días de enero de 2026, la República Islámica vive las protestas más intensas de su historia, parangonables a un levantamiento generalizado y objeto de una represión brutal, con cientos, si no miles, de muertos, que evoca la practicada por el antiguo Sha antes de sucumbir a la furia popular hace ahora 47 años. Desde Estados Unidos, Reza Pahlavi ha copado el protagonismo como el único rostro visible de todo este clima de repudio al régimen.
Tras definir una hoja de ruta a una democracia multipartidista en la que él sería, si así lo decidieran sus paisanos, un monarca parlamentario a la europea todo lo más, y reconocer los "errores" cometidos por su padre pero ensalzando la "modernización" que su obra supuso, el pretendiente iraní es el dirigente expatriado que, a través de mensajes y proclamas emitidos con tono calmo pero firme, alienta a los manifestantes para que perseveren en la "batalla final", hagan una "revolución nacional" y provoquen la caída del régimen de los ayatolás.
Muchos de los manifestantes, al tiempo que profieren gritos de muerte al Líder Supremo Ali Jamenei, proclaman larga vida al Sha (Javid Shah). Este saludo tanto puede reflejar la adhesión genuina a la monarquía como el reconocimiento en Reza Pahlavi de un rol catalizador de unas protestas callejeras sin líderes ni cabecillas aparentes, y de una voz unificadora de la oposición iraní, que, con planteamientos ideológicos dispares, ha estado durante muchos años dispersa y fragmentada. Es decir, quienes protestan verían en Pahlavi no tanto y necesariamente un futuro rey como el guía aceptado de una transición a la democracia.
Lo cierto es que en apenas unos días, el príncipe ha pasado de ser meramente un apoyo moral a intentar dirigir las movilizaciones masivas —iniciadas el 28 de diciembre de 2025 como una protesta por la agudización de la crisis económica, la devaluación del rial y la inflación desaforada, siendo su epicentro el Gran Bazar de Teherán— mediante llamamientos coordinados a acciones concretas de desobediencia civil, rebelión y toma de centros urbanos, los cuales están siendo acatados con un altísimo coste humano.
Para Pahlavi, la República Islámica ha sido una cruel dictadura (término que él se niega a asignar al régimen imperial de su padre) que ha tenido al pueblo de Irán secuestrado durante casi medio siglo. Para las autoridades de Teherán, en cambio, el príncipe exiliado es el heredero de una autocracia barrida por la historia y un "agente imperialista" al servicio de Estados Unidos e Israel, a cuyos gobiernos se muestra explícitamente afín. Dice apoyar las medidas de presión máxima de la Administración Trump, pero, recordando el caso de Irak, ha advertido del "error" que supondría propiciar un cambio de régimen por medios militares externos, privando de protagonismo al pueblo que lucha. Ahora bien, en junio de 2025 apoyó sin apenas reservas los bombardeos israelíes y estadounidenses contra objetivos estratégicos de Irán, postura que concitó amplias críticas en los medios opositores.
Pahlavi se proclama "defensor de un Irán secular y democrático", alguien que "no descansará hasta que Irán tenga un Gobierno nacional, democrático y elegido por el pueblo". Además, asegura que solo los iraníes, consultados en libre referéndum de tipo constituyente, decidirán la forma de gobierno, si monarquía o república, y el rol que él vaya a jugar en ese hipotético nuevo Irán. En la Convención de Cooperación Nacional para Salvar Irán, orquestada en Múnich en julio de 2025, Pahlavi se comprometió personalmente a "permanecer fuera de un cargo político formal" como parte de un detallado "Plan de Gobierno de Transición". Maneja también un plan de 100 días para asegurar la estabilidad y evitar el caos en caso de hundimiento del Gobierno actual.
Figura aglutinadora, simbólica y resiliente, un hombre esencialmente honesto y con un alto sentido de responsabilidad nacional, o, por el contrario, oportunista, ingenuo en la política práctica, manipulado por potencias extranjeras y desconectado de la realidad interna de Irán, son algunos de los enfoques contrapuestos que suscita Reza Pahlavi, cuyo liderazgo opositor dista de gozar de un reconocimiento unánime.
(Texto actualizado hasta 12 enero 2026).
BIOGRAFÍA
Heredero del segundo Sha Pahlavi y la Revolución de 1979
Reza Ciro Pahlavi nació en 1960 en Teherán como el hijo mayor de Mohammad Reza Pahlavi, Sha de Irán desde 1941, y de la emperatriz consorte Farah Diba Pahlavi. El abuelo paterno del muchacho era el fundador de la dinastía familiar, Reza Pahlavi (anteriormente llamado Reza Khan), antiguo general de cosacos, primer ministro y admirador del presidente turco Kemal Atatürk, quien en 1925, cuando ya era el hombre fuerte del país, había conseguido que el Majlis depusiera al último emperador de la dinastía Qajar, Ahmad Shah, y le entronizara él. 16 años después, en plena Segunda Guerra Mundial, Reza fue obligado a abdicar por el Reino Unido y la URSS a causa de sus simpatías proalemanas, dejando en el trono a su hijo Mohammad Reza, un joven de 21 años.
El Sha Mohammad Reza estuvo primero casado con la princesa egipcia Fawzia, madre que fue de su primera hija, la princesa Shahnaz. Después, contrajo segundas nupcias con la aristócrata iraní Soraya Esfandiary, quien no le dio tampoco el deseado heredero varón, por lo que la repudió igualmente vía divorcio. Por último, en 1959, el monarca celebró matrimonio con otra paisana, Farah Diba, hija de un capitán del Ejército y convertida en la nueva Shahbanu. La imperial pareja alumbró primero a Reza Ciro, al que luego siguieron la princesa Farahnaz (1963), el príncipe Ali Reza (1966) y la princesa Leila (1970).
En el momento de nacer Reza Ciro, el régimen del Sha se encontraba firmemente asentado. Sobre el papel, Mohammad Reza Pahlavi era el cabeza de una monarquía constitucional que celebraba elecciones legislativas pluralistas con regularidad y respetaba el imperio de la ley. En la práctica, los procesos electorales estaban viciados por el fraude, la corrupción y la falta de competitividad real entre partidos, y el Sha se desenvolvía como un monarca fuertemente ejecutivo, prácticamente absoluto.
En 1963 Mohammad Reza lanzó la Revolución Blanca, una serie de ambiciosas reformas para transformar y modernizar el Estado Imperial en un sentido occidentalizador. El Sha apostaba por la reforma agraria (con la compra por el Estado a los terratenientes de fincas que luego entregaba a los campesinos a un precio bastante asequible), la industrialización, las infraestructuras de transportes y comunicaciones así como hidráulicas, la privatización de fábricas estatales, la nacionalización de bosques y pastos, la erradicación de enfermedades endémicas, la emancipación de las mujeres (que entre otros derechos civiles adquirieron el del voto) y la alfabetización del medio rural. En mitad de este proceso, en octubre de 1967, el niño Reza Ciro fue nombrado oficialmente príncipe heredero de su padre coincidiendo con la autocoronación imperial por este, en una fastuosa ceremonia que dio la vuelta al mundo.
Hoy, Reza Pahlavi incide en los logros materiales y los efectos beneficiosos que la Revolución Blanca tuvo en la modernización y el desarrollo socioeconómico de los iraníes, que vieron crecer considerablemente su renta per cápita (no tanto su nivel real de rentas) y pudieron librarse de muchas rémoras de la tradición feudal. Sin embargo, la Revolución Blanca también despertó el antagonismo de los clérigos politizados del Islam shií, liderados por el ayatolá integrista Ruhollah Jomeini. La resistencia por aquellos a las reformas de corte secularizador y el malestar de sectores no religiosos por los estrechos márgenes del juego político encontraron la intransigencia del Sha, cuyo Gobierno fue acentuando el autoritarismo y tomando un cariz abiertamente policíaco. El rostro de esta vertiente represiva de la monarquía era la SAVAK, la temida y odiada Policía secreta del Estado Imperial, con un tenebroso historial de detenciones arbitrarias, torturas en las prisiones, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales.
En 1975, cuando el príncipe heredero recibía clases en una escuela palaciega reservada a los jóvenes de la familia imperial y las élites de la corte, el aparato político del régimen organizó un partido único monárquico, el Rastajiz. En 1977, la movilización creciente del frente opositor, que reunía a clérigos shiíes, fundamentalistas laicos, islamistas no teocráticos y diversos sectores liberales e izquierdistas, obligó al Sha a deshacerse de su veterano primer ministro, Amir-Abbas Hoveyda, y a emprender una serie de concesiones liberalizadoras. Sin embargo, al estar combinadas con actuaciones profundamente represivas y coincidir con una mala coyuntura en la inflación y el empleo a pesar del boom petrolero, estas medidas tardías no consiguieron apaciguar los ánimos de una población crecientemente desafecta, prendiendo en las protestas la mecha de una auténtica revolución.
El 16 de enero de 1979, el Sha, sintiéndose desvalido por el Ejército Imperial, amargado por la estrategia vacilante de la Administración de Jimmy Carter, luego de haber sido él uno de los más leales aliados de Estados Unidos en Oriente Medio y en el tablero mundial de la Guerra Fría, y derrotado por la intransigencia maximalista del ayatolá Jomeini, reunió a su familia, se montó en un avión y abandonó el país, iniciando una patética peregrinación por el exilio y buscando un país que aceptara brindarle refugio.
Atrás quedó el nuevo Gobierno del primer ministro Shahpur Bajtiar, un líder del partido democrático Frente Nacional, quien sucumbió a su vez ante el ímpetu de las fuerzas religiosas acaudilladas por Jomeini, el cual retornó triunfalmente el 1 de febrero del exilio parisino. El colapso definitivo del régimen imperial llegó el 11 de febrero de 1979, cuando el alto mando militar se declaró neutral en la crisis tras sufrir enfrentamientos internos y múltiples deserciones de soldados que se negaban a acatar las órdenes de disparar contra los manifestantes, y el Gobierno Bajtiar, enfrentado al Gabinete rival de Mehdi Bazargan, nombrado por Jomeini, dimitió.
Luego, el 1 de abril, las nuevas autoridades proclamaron la República Islámica de Irán. La mayoría de los altos mandos militares, funcionarios de la SAVAK, ministros y otros responsables políticos del Estado Imperial que no pudieron escapar a tiempo fueron detenidos, sumariamente juzgados por los tribunales revolucionarios islámicos y ejecutados.
Una vida en el exilio
Estos dramáticos acontecimientos los vivió el joven príncipe heredero mientras se adiestraba como cadete de la Fuerza Área Imperial en la Base Reese que la Fuerza Aérea de Estados Unidos tenía en Lubbock, Texas. En marzo de 1979, sin haber completado su curso de capacitación para piloto de cazabombarderos, Reza Ciro abandonó la Base Reese y meses después inició en el Williams College de Williamstown, Massachusetts, unos estudios que también dejó inconclusos. Su padre, el derrocado Sha, enfermo de un cáncer avanzado e instalado finalmente en Egipto, acogido a la protección amistosa del presidente Anwar al-Sadat, se estaba muriendo. En marzo de 1980 el hijo recaló en El Cairo para reunirse con la familia y empezó a asistir a clases de Ciencia Política en la Universidad Americana.
Mohammad Reza Pahlavi falleció el 27 de julio de 1980, a los 60 años de edad. La Shahbanu Farah tomó las funciones de regente y el 31 de octubre del mismo año su hijo mayor, al cumplir la veintena de edad y en una ceremonia simbólica en el Palacio Koubbeh de El Cairo, se proclamó jefe de la Casa Pahlavi y nuevo rey legítimo de Irán con el nombre de Reza Shah II.
Sin embargo, el Departamento de Estado se apresuró a comunicar que Estados Unidos solo reconocía al Gobierno de la República Islámica, con la que, desde noviembre del año anterior, mantenía abierta la crisis por la toma de la Embajada en Teherán a manos de una turba de estudiantes islamistas, quienes mantenían a 66 rehenes en su interior. El asalto y captura de la legación diplomática fueron justificados por Jomeini y sus acólitos como respuesta a la decisión de Carter de permitir al Sha, cuya entrega exigían para ser juzgado, una estancia temporal en Estados Unidos a fin de recibir tratamiento contra el cáncer. Esta negativa a reconocerles acentuó el resquemor que los Pahlavi habían alimentado hacia la Administración del presidente demócrata.
Tras el asesinato de Sadat en octubre de 1981, los Pahlavi abandonaron Egipto y fijaron su residencia en Estados Unidos, donde la nueva Administración republicana de Ronald Reagan les ofrecía un talante amigable. Para Reza Ciro, a caballo entre Washington DC y Los Ángeles, fue el comienzo de un periplo vital en el que se afanó en galvanizar los movimientos de oposición a la República Islámica dentro de un plan más general para restaurar la monarquía en Irán, con él al frente.
La estrategia de combinar la aspiración legitimista dinástica y el derrocamiento del régimen islámico (que vivía momentos de grave inestabilidad por la campaña de atentados terroristas de una oposición armada interna, los Muyahidines del Pueblo, facción de la izquierda islamista enemiga del modelo teocrático de Jomeini, y simultáneamente, por la invasión irakí), concibiendo incluso golpes de mano con la participación de la CIA e Israel, no prosperó.
Parece que el escándalo Iran-Contra, la revelación del tráfico ilegal de armas a Irán por funcionarios de la Administración Reagan para la obtención de fondos con los que financiar a los antisandinistas nicaragüenses de espaldas al Congreso, puso fin a la financiación por la CIA de las veleidades subversivas de los círculos monárquicos y la corte en el exilio. Un acto propagandístico de Pahlavi en esta época fue su disposición a servir como piloto de combate voluntario en la mortífera guerra iniciada en septiembre de 1980 contra el Irak de Saddam Hussein, ofrecimiento que naturalmente fue rechazado por el Gobierno de Teherán. La muerte de Jomeini y su sucesión como Líder Supremo (Rahbar) de la República Islámica por el ayatolá Ali Jamenei en 1989 no alteró un ápice la postura confrontacional de Reza Pahlavi.
En su página web, puede leerse que durante cuatro décadas, Reza Pahlavi fue y ha venido siendo: "Un líder y un defensor de los principios de libertad, democracia y derechos humanos para sus compatriotas. Mantiene un contacto constante con sus compatriotas y con grupos de oposición, tanto dentro como fuera del país. Pahlavi viaja por el mundo reuniéndose con jefes de Estado, legisladores, responsables de políticas, grupos de interés y organizaciones estudiantiles, hablando sobre la difícil situación de los iraníes bajo el régimen islámico en Irán. Habla de manera constante contra el abuso generalizado y la opresión del pueblo iraní, y aboga por el establecimiento de una democracia secular en Irán. Pide un cambio de régimen mediante la desobediencia civil no violenta, y un referéndum libre y abierto sobre un nuevo Gobierno de Irán".
La semblanza, con ser cierta, omite sin embargo el fracaso de las tentativas de Pahlavi para reunir a los distintos sectores opositores, no solo los monárquicos y conservadores, en torno a su figura y poder librar así una "resistencia nacional" efectiva contra la República Islámica. Su revelación en mayo de 1986 de que había formado un "Gobierno en el exilio" para restaurar una monarquía constitucional y democrática no revistió mayor trascendencia. Su transmisión clandestina, en diciembre de aquel mismo año y pirateando las señales de la televisión iraní, en la que anunció su próximo regreso para "pavimentar juntos el camino hacia la felicidad y la prosperidad de la nación a través de la libertad", tampoco tuvo consecuencias, si bien se trató de un momento icónico de su carrera temprana que le dio visibilidad ante el público nacional e internacional. Una visibilidad política, puesto que el príncipe y su madre, la muy mediática ex emperatriz Farah Diba, ya eran personajes habituales de la prensa del corazón de Europa y Estados Unidos.
En 1985 Pahlavi obtuvo el título de Bachelor of Science en Ciencias Políticas, estudiado por correspondencia en la Universidad del Sur de California. El 12 de junio de 1986 contrajo matrimonio con Yasmine Etemad-Amini, paisana expatriada de tan solo 17 años, ocho más joven que él, e hija de un empresario activo en el Partido Constitucionalista de Irán, uno de los grupos de la oposición monárquica en el exilio. Yasmine, más tarde doctorada en Derecho por la Universidad George Washington e instalada profesionalmente como abogada infantil, iba a dar a Pahlavi tres hijas, las princesas Noor Zahra (1992), Iman Laya (1993) y Farah Mitra (2004).
Reza Pahlavi perdió a dos de sus tres hermanos menores en circunstancias trágicas. En junio de 2001 fue hallada en la habitación de un hotel londinense el cuerpo sin vida de su hermana Leila, de tan solo 31 años. La autopsia halló en su sangre grandes cantidades, incompatibles con la vida, del barbitúrico sedante Seconal, junto con restos de cocaína. Se habló de un intento consumado de suicidio. Una década más tarde, en enero de 2001, el hermano Ali Reza se quitó la vida en Boston disparándose con una pistola. La prensa informó que el príncipe llevaba tiempo sumido en una profunda depresión.
A partir de la década de los noventa, Pahlavi mantuvo la consistencia de sus mensajes, sobre su compromiso indeclinable con la democracia secular, los derechos humanos, la separación entre religión y Estado, y la unidad de acción de la oposición contra el régimen islámico. Sin embargo, dejó de referirse a sí mismo como Sha (hasta entonces, el título de Reza Shah II lo había usado ocasionalmente en contextos protocolarios) en favor de la condición de príncipe heredero. Hasta el día de hoy, este es el título que emplea oficialmente en su sitio web (donde proyecta una imagen desprovista de carga monárquica), en entrevistas y en las redes sociales.
También, puso menos énfasis en la restauración de la monarquía con él entronizado, asegurando que lo prioritario era el cambio democrático, mediante el cual el pueblo iraní decidiría la forma de gobierno que prefería, a través de un referéndum y con la elección de una Asamblea Constituyente. En 2009, en una entrevista, confirmó que su fe religiosa era el Islam shií, cuestión que sin embargo no le parecía relevante al pertenecer a su esfera personal privada.
En abril de 2013 Pahlavi tuvo un pico de notoriedad como fundador y portavoz del Consejo Nacional de Irán (CNI), paraguas de una treintena de organizaciones opositoras que se describía como una entente de sensibilidades tanto monárquicas como republicanas, así como de representantes de las diferentes minorías étnicas y religiosas de Irán. El CNI no quiso saber nada de los Muyahidines del Pueblo y el Consejo Nacional de Resistencia de Irán, potente sector de la izquierda islamista y con un historial de lucha armada clandestina, a los que Pahlavi recriminaba su extremismo violento y, sobre todo, su apoyo a Irak durante la guerra entre los dos países, alineamiento que para el príncipe era una imperdonable traición a la patria, agredida por Saddam Hussein.
El CNI tampoco se entendió bien con el histórico Frente Nacional de Adib Boroumand, el más veterano partido de oposición, comprometido con la democracia liberal, fiel a la doctrina nacionalista del que fuera primer ministro con el Sha Mohammad Mosaddegh (derrocado en 1953 en un golpe orquestado por la CIA y el MI6 británico luego de nacionalizar la Anglo-Iranian Oil Company, futura BP) y prohibido por la República Islámica en 1981, tras dos años de tormentosa colaboración con Jomeini. Transcurridos cinco años desde su creación, el CNI ya había sufrido un reguero de abandonos, era pasto de las disputas internas y su penetración en la sociedad iraní era escasa, resultando por tanto inoperante.
En conjunto, puede decirse que en toda la década de los noventa y en las dos primeras décadas del siglo XXI, un largo período de tiempo, la actividad política de Reza Pahlavi no pasó de discreta y su perfil fue más bien bajo, enfocándose en la impartición de conferencias, la publicación de libros (Gozashteh va Ayandeh en 2000, Winds of Change: The Future of Democracy in Iran en 2002 e Iran: L'Heure du Choix en 2009), los contactos internacionales, la concesión de entrevistas y la difusión de mensajes de manera esporádica. Tampoco era mucho más lo que podía hacer, a falta de una organización visible dentro de Irán que difundiera su programa, y con el Gobierno republicano islámico sólidamente implantado. En noviembre de 2014 se dio a conocer la salida a antena de un canal de televisión propio, Ofogh Iran, que años después pasó a otras manos privadas.
Después de 2003, Pahlavi valoró en términos negativos ("error devastador") la invasión de Irak ordenada por el presidente George W. Bush porque creía que una dictadura, para que diera paso a una transición ordenada y un Gobierno estable, sin vacíos de poder ni caos, no podía removerse con intervenciones militares externas, sino en virtud de un movimiento popular interno y pacífico. La desastrosa evolución de los acontecimientos posteriores, que tuvo como efecto colateral el fortalecimiento geopolítico regional del régimen iraní, vino a darle la razón.
Durante la Administración de Barack Obama (2009-2017), el príncipe fue extremadamente crítico con las negociaciones entre las potencias occidentales, Rusia, China e Irán que desembocaron en el acuerdo nuclear de 2015, el JCPOA, argumentando que el alivio de las sanciones sin una verificación del desmantelamiento efectivo del programa nuclear de Teherán y sin ninguna condicionalidad de tipo político no era más que "apaciguamiento" de los dictadores y una "traición" al pueblo iraní. En 2023, saliendo al paso de los intentos de la Administración de Joe Biden de resucitar el JCPOA, del que Estados Unidos se había retirado unilateralmente en 2018 por decisión de Donald Trump, Pahlavi volvió a arremeter contra el JCPOA, el cual le parecía una "causa perdida" y un "error trágico" que socavaba los derechos humanos y las aspiraciones democráticas del pueblo iraní.
El rostro y la voz del hijo del Sha destronado estuvieron presentes en el coro de reacciones a la represión violenta de grandes episodios contestatarios como el Movimiento Verde de 2009-2010, a raíz de la votación presidencial que supuso la reelección del principalista (extrema derecha shií, obediente al Rahbar Jamenei) Mahmoud Ahmadinejad frente al reformista Mir-Hossein Mousavi, y las sucesivas olas de protestas en el agitado período comprendido entre 2017 y 2021, pero sus proclamas y llamamientos siguieron teniendo una repercusión limitada.
Aumento de la influencia política a partir de 2022 y la CCNSI de Múnich de 2025
Esto empezó a cambiar durante las protestas por la muerte bajo custodia policial de la joven Mahsa Amini, que convulsionaron Irán entre septiembre de 2022 y octubre de 2023. En estas movilizaciones ciudadanas de repudio al régimen, las más grandes vividas por la República Islámica hasta entonces, Pahlavi, siempre desde Estados Unidos, multiplicó los llamamientos de solidaridad con los manifestantes y los pronunciamientos prodemocracia, ganando relevancia como una posible figura de transición, para lo que se ofreció expresamente sin hacer hincapié en el hipotético restablecimiento de la monarquía. Sin embargo, su vaticinio del derrumbamiento inminente del régimen no se cumplió.
En febrero de 2023, en el 44 aniversario de la caída del Sha, el príncipe convocó a los iraníes de la diáspora a manifestarse contra la República Islámica. Él mismo asistió a la concentración realizada en Los Ángeles con la asistencia de 80.000 personas. Dos meses después, acompañado por su esposa Yasmine, Pahlavi realizó una visita "oficial" a Israel en la que fue recibido por el primer ministro Binyamin Netanyahu y el presidente Yizhak Herzog, oró en el Muro de las Lamentaciones, se reunió con familiares de las víctimas del terrorismo de Hamás y se habló de "reconstruir las relaciones históricas" entre Irán e Israel. Los comentaristas apuntaron entonces que, desde hacía tiempo, sectores políticos derechistas y grupo de influencia israelíes estaban haciendo campaña en favor de las aspiraciones monárquicas de los Pahlavi como una estrategia para destruir a la República Islámica, enemigo declarado del Estado judío.
Esta nueva notoriedad de Reza Pahlavi se consolidó en 2024 con importantes discursos y declaraciones. Sus mensajes directos, insistiendo siempre en la unidad, la no violencia, la transición ordenada y el referéndum popular sobre la forma de Gobierno, resultaban inspiradores para paisanos desafectos al régimen de la generación más joven que anteriormente, o no le conocían, o solo tenían de él una vaga referencia como un personaje del pasado. En noviembre de 2024 Pahlavi emplazó a los iraníes a "recuperar y salvar a nuestro amado Irán", y se ofreció a sí mismo para "guiar este cambio y liderar el período de transición".
En enero de 2025 Pahlavi recibió con alborozo el regreso a la Casa Blanca de Trump, un presidente que, a diferencia de Obama y Biden, quienes habían "vendido al pueblo iraní" con el acuerdo nuclear, sí se ponía "del lado del pueblo".
Durante la guerra de 12 días de junio de 2025 entre Israel e Irán, en la que los dos países intercambiaron bombardeos aéreos a gran escala a partir de un ataque sorpresa israelí contra objetivos nucleares y militares iraníes, y a la que Estados Unidos se sumó el 22 de junio con sus propios bombardeos contra Irán, el príncipe dejó clara su postura: aunque dijo no celebrar la destrucción de instalaciones civiles y militares de la Republica Islámica, con su balance de un millar largo de víctimas mortales (incluidos varios altos mandos del Ejército y los CGRI, asesinados por Israel en golpes quirúrgicos), instó al levantamiento popular, llamó a las fuerzas militares y de seguridad a desertar, arremetió contra Jamenei y los demás dirigentes, acusándoles de haber arrastrado al país al conflicto bélico provocando sufrimiento al pueblo y, por enésima vez, aseguró que el régimen estaba "al borde del colapso", con lo que pronto llegaría la "liberación".
No condenar el ataque israelí, que de hecho valoró como "nuestro momento del Muro de Berlín" y como "una oportunidad histórica" para avanzar hacia un cambio de régimen en Teherán, le granjeó a Pahlavi duras críticas desde la oposición exterior e interior de Irán, inclusive por presos políticos que le tildaron de "traidor" a su país de nacimiento.
Semanas más tarde, el 26 de julio de 2025, el príncipe fue el principal organizador y anfitrión en Múnich, Alemania de una Convención de Cooperación Nacional para Salvar Irán (CCNSI), evento que congregó a más de 500 figuras y representantes de la oposición, con la asistencia de monárquicos, republicanos, izquierdistas moderados, kurdos, árabes, baluchis, azeríes, turcómanos, activistas LGBTQ, ex presos políticos y miembros de otros colectivos políticos, étnicos, religiosos y sociales.
Pahlavi, que venía de expresar su enfado por el veto a su participación en la Conferencia de Seguridad de Múnich del mes de febrero (por presiones del Gobierno iraní), dio el discurso estrella en la CCNSI. Allí, expuso un minucioso Plan de Gobierno de Transición de Emergencia diseñado para supervisar la transición democrática de Irán, el cual incluía: un Equipo Ejecutivo Temporal encargado exclusivamente de tareas administrativas y de prestar los servicios públicos básicos en la fase interina, hasta el establecimiento del Gobierno de Transición propiamente dicho; un Consejo Nacional del Levantamiento, concebido como un órgano consultivo estratégico y legislativo provisional hasta que pudiera reunirse el primer Parlamento democráticamente elegido; y un Diván de Transición, responsable del poder judicial para garantizar el estado de derecho en esta fase inicial.
Pahlavi, además, expuso una Estrategia de Cinco Pilares a modo de hoja de ruta: "presión máxima" sobre la República Islámica; "apoyo máximo" al pueblo iraní; fomento de las "máximas deserciones" de militares, oficiales y funcionarios del régimen; la "movilización y organización máximas"; y la Presentación de un Plan Detallado para la Prosperidad de Irán / Desarrollo de una Visión para el Futuro. Dicho plan, pensado para operar en diferentes plazos, desarrollaba una visión concreta para la reconstrucción económica, política y social del país tras la caída del régimen islámico, e incluía el Proyecto de Prosperidad de Irán y el Folleto de Emergencia (Emergency Booklet), este último con medidas concebidas para los primeros 100 o 180 días. Adicionalmente, se formulaba el "compromiso personal de Pahlavi de permanecer fuera de un cargo político formal, enfatizando su papel como facilitador de un proceso democrático".
Los convencionales de Múnich firmaron una declaración conjunta de compromiso con una serie de principios generales, entre ellos la integridad territorial de Irán, la protección de las libertades individuales y la igualdad, la separación de religión y Estado, y el derecho del pueblo iraní a decidir democráticamente su futura forma de gobierno.
El equipo de comunicaciones de Pahlavi y varias cabeceras de prensa y analistas describieron la CCNSI de Múnich como la asamblea más grande y diversa de la oposición iraní desde 1979, y como un éxito personal del príncipe, quien se habría posicionado como facilitador creíble de una hipotética transición democrática; en otras palabras, la CCNSI de 2025 habría sido un hito en sus esfuerzos, tras varios fracasos, por aglutinar a la oposición en el exilio y presentar a la nación un plan operativo de refundación del Estado.
(Cobertura informativa hasta 1/1/2026).
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