Trump y el Vínculo Transatlántico

Trump y el Vínculo Transatlántico

Data de publicació:
02/2017
Autor:
Pere Vilanova, investigador sénior asociado, CIDOB
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Desde los años 90 se ha mantenido abierto el debate sobre el futuro de las relaciones entre Europa y Estados Unidos, sobre todo en materia de seguridad y más específicamente en torno a la OTAN. Sin embargo, estas últimas semanas, el debate se ha intensificado no sólo por el fenómeno Trump en general, sino por su simple ecuación: “los que quieran seguridad, que se la paguen”, que su secretario de Defensa, el General Mattis, en su primera visita a Europa, suaviza diciendo que Estados Unidos mantiene su compromiso con la OTAN, pero exige que los socios europeos asuman la obligación de gastar el 2% de su PIB en Defensa. Las declaraciones de Mattis en la Conferencia de Seguridad de Munich podrían parecer una novedad, pero no lo son de ninguna manera. Ya desde Henry Kissinger, cada nuevo presidente norteamericano pone sobre la mesa una nueva demanda de “burden sharing”, es decir “reparto de la carga” en materia de seguridad. Y más o menos desde hace medio siglo, con Guerra Fría y sin ella, se ha mantenido el estatus. A cambio de lo cual, no lo olvidemos, Estados Unidos ha ejercido un férreo control militar, estructural y operativo, sobre la Alianza, ha conservado la cúpula de la cadena de mando, y no digamos ya el de la Inteligencia compartida entre todos los socios. 

Este acuerdo se basaba en una construcción aparentemente lógica: a) el vínculo transatlántico (que se tradujo sobre todo en la creación de la Alianza Atlántica en 1949) era necesario, se cimentó en una alianza forjada en dos guerras mundiales, y funcionó bien, en el sentido de que cumplió plenamente el papel que se le asignó en la Guerra Fría para hacer frente a la amenaza soviética; b) a pesar de sus momentos de crisis, posteriormente a la caída del Muro de Berlín y en la confusión que reina en el sistema internacional, el acuerdo debería mantenerse porque se basa en intereses comunes, ya que tanto Estados Unidos como Europa comparten los mismos valores; c) conclusión lógica: el vínculo transatlántico debe superar sus actuales malentendidos y mantenerse, porque sigue siendo imprescindible en el mundo actual. Sin embargo, no es tan simple, sobre todo lo de los valores compartidos. Los Estados no tienen más que intereses, lo demás es relato.

Europa es un actor de referencia a escala mundial, nadie lo discute, pero Europa no es un Estado, de hecho, ni siquiera es sólo la Unión Europea, es más que todo ello. Pese a eso, Europa parece menos que una potencia mundial, aunque su activo económico, por ejemplo, lo desmienta rotundamente. Y además, ni siquiera estamos muy seguros de dos cosas: qué espera el mundo de Europa, y que creemos los europeos que Europa podría (si dispone de los medios para ello, es otra cuestión) aportar al mundo. En torno a estas preguntes fáciles de formular, pero difíciles de responder, hay un gran malentendido, o por lo menos una afirmación discutible, y que se enuncia con dos argumentos:

a)   Europa debería ser un gran actor internacional, capaz de hacer sentir su peso en los asuntos mundiales;

b)  La PESC (Política Exterior y de Seguridad común) o mejor aún, la PESD (Política Europea de Seguridad y Defensa) no ha conseguido ser el instrumento para ello, hasta la entrada en vigor del Tratado de Lisboa (con su fórmula PCSD);

c)     Si no hay más PESC (o más PESD) es por falta de voluntad política. ¿De quién? De los algunos Estados miembros, de muchos, de pocos, ¿o de todos? 

La aparente debilidad, algunos hablan de fracaso, en materia de  política exterior común tiene que buscarse en su relación con la persistencia de las agendas nacionales, y este es uno de los grandes malentendidos del proceso europeísta, que analistas y políticos expresan confundiendo realidad y necesidad. Ante todo, recordemos las resistencias de los Estados a ceder atribuciones o capacidad de decisión a partir de un cierto umbral de “riesgo de soberanía”. El Reino Unido, por ejemplo, es de perfil europeo bajo desde mucho antes del Brexit, sobre todo en materia de obligaciones militares, y en política exterior ha entrado en el nuevo siglo con una apabullante demostración de que su agenda es estrictamente ­atlántica, basada en el eje con Estados Unidos. Lo era antes del Brexit, y después aún más.

Todas estas dudas se han ido traduciendo entre la élite norteamericana tradicional en dos actitudes de distinto tipo en las sucesivas administraciones, pues de Clinton a Obama (pasando por el perfil especial de George W. Bush) hay significativas diferencias, que tienen que ver sobre todo con sus respectivas concepciones globales del papel de Estados Unidos en el mundo (poder suave o poder fuerte, liderar o imponer, multilateralismo o unilateralismo).

La primera, muy arraigada en la tradición norteamericana aislacionista, desconfía mucho de Europa, y no descarta una estrategia de disengagement (de desvinculación) relativo, basada en la premisa de que los europeos han de asumir plenamente la totalidad de sus obligaciones en materia de defensa. Una variante de esta corriente, más ideológica, cristalizó en torno a los neoconservadores y a algunos pesos pesados de la primera Administración G W Bush (2001-2004). Esta variante suponía que la supremacía de poder de Estados Unidos era suficiente para gobernar el mundo, y gobernarlo en base a la agenda de intereses de Estados Unidos. En esta posición aparecían desde el Cato Institute hasta el American Entrerprise Institute, pasando por la Heritage Foundation.

La segunda es más centrista, más cosmopolita, y persiguiendo igualmente la defensa del interés nacional (auténtica brújula de toda política exterior norteamericana desde F. D. Roosevelt), se preocupa realmente de las relaciones con Europa, y por tanto desearía a la vez un progreso de los europeos en materia de seguridad y defensa, pero de modo compatible –o incluso en sinergia—con la OTAN. Desde luego, la Brookings Institution, la revista Foreign Affairs, la Rand Corporation (con matices), o el Carnegie Endowement for Peace, abogan por esta óptica.

La conclusión es preocupante, cuesta mucho definir el sentido último de la OTAN en el mundo postbipolar en su versión actual, en un sistema internacional tan desajustado y desordenado como el nuestro. Las razones son múltiples, como se ha repetido, pero se pueden reducir a dos. La primera es la dificultad de definir una doctrina estratégica estable y global en un mundo desregulado. La segunda dificultad es traducir esta improbable doctrina estratégica en una estructura militar funcional, operativa y adaptada a escenarios de intervención mínimamente creíbles y verosímiles.

El NIC (National Intelligence Council), órgano de reflexión de la comunidad de inteligencia norteamericana, elaboró a finales del 2004 un informe de perspectiva llamado Mapping the global future, en el que dibuja la visión del mundo a unos años vista, y que en realidad continúa trabajos anteriores, como Global Trends 2010 (elaborado en 1997), y Global Trends 2015 (de diciembre de 2000). La reflexión de este equipo de trabajo estructuraba sus resultados en torno a cuatro ejes temáticos; evolución de la mundialización, paisaje geopolítico, gobernanza global y seguridad internacional, siguiendo líneas temáticas como: demografía, tecnología, economía, etc, con análisis regionales. La versión de 2004 era pesimista y se centraba en el desarrollo de amenazas asimétricas y el terrorismo, el impacto sobre la política mundial de las tecnologías de la información, el reto para los Estados de fenómenos transnacionales, y la persistencia de los conflictos internos en muchos países.

Todas estas argumentaciones, para ambos lados del Atlántico, han quedado brutalmente en suspenso. Porque la presidencia Trump no es una presidencia Reagan o Bush con un plus de conservadurismo. Reagan, Bush padre o Bush hijo, tenían una visión del mundo que podíamos leer (incluso desde el desacuerdo político más radical), porque partía de unos parámetros de lectura comprensibles. Trump es otra cosa, y en poco más de un mes hemos podido verificarlo. Trump no tiene ni idea de que es y para qué sirve la OTAN; no tiene ni idea de cómo funcionan las Relaciones Internacionales en 2017; cree que los intereses norteamericanos a escala mundial se defienden a base de fabricar coches norteamericanos en Estados Unidos para que los compren los norteamericanos. Y cree y promueve la creencia de que frente a la “realidad”, existen “los hechos alternativos”.

D.L.: B-8439-2012