Terrorismo yihadista en Asia Central: ¿amenaza existencial o fantasma?

Terrorismo yihadista en Asia Central: ¿amenaza existencial o fantasma?

Data de publicació:
10/2015
Autor:
Nicolás de Pedro, investigador principal, CIDOB
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E-ISSN: 2014-0843

D.L.: B-8439-2012

El Asia Central postsoviética está en riesgo, y la amenaza yihadista ocupa un lugar preeminente en los debates sobre la seguridad y estabilidad regional a corto plazo. Debates recurrentes desde los anuncios en 2009 y 2012 de la retirada de Afganistán de las tropas de EEUU y la ISAF, y que se han multiplicado con el resurgimiento talibán, el auge de Estado Islámico, incluyendo su éxito en la captación de combatientes en el espacio eurasiático y el inicio de la intervención militar rusa en Siria. Sin embargo, si algo suelen revelar estas discusiones es, precisamente, la falta de información y escasas certidumbres con la que nos movemos en este asunto. 

La cuestión no es determinar si se trata o no de una amenaza, sino su alcance real y,   aquí, el asunto se complica. Los regímenes centroasiáticos hacen del salafismo yihadista la gran amenaza existencial para la región. Narrativa que suele ser asumida –y en ocasiones magnificada– por potencias como Rusia o China e incluso EEUU y la UE. Sin embargo, una parte significativa de los analistas locales independientes y miembros de la sociedad civil centroasiática suelen, por el contrario, minimizar –a veces hasta la completa irrelevancia– la cuestión del islamismo radical. Ambas visiones tienen fortalezas y debilidades, pero un punto medio equidistante no nos ofrece, necesariamente, mayores niveles de certeza. 

El visible proceso de reislamización social que se vive en el Asia Central postsoviética ha alimentado el temor –presente ya desde la revolución islámica de 1979 en Irán– a un eventual derribo de los actuales regímenes seculares por parte de fuerzas islamistas. Si bien, conviene tener presente, por un lado, que los regímenes centroasiáticos son agentes clave en este proceso de reislamización social –multidimensional y complejo– y, por el otro, que la vinculación causal entre islamización y radicalización en Asia Central es un asunto espinoso y que, según los más críticos, no cuenta con una base empírica-factual suficiente que lo respalde. Ambos son aspectos clave, pero suelen perderse de vista con facilidad. 

En mayor o menor grado, las cinco repúblicas tratan de reforzar su legitimidad religiosa y promocionan un islam oficial autóctono y firmemente controlado con el objetivo de desacreditar y dificultar el desarrollo de un islam al margen del poder y con capacidad para desafiar el poder establecido. Y es, precisamente, frente a cualquier muestra de autonomía o desafío ante lo que los regímenes centroasiáticos tienden a responder de manera expeditiva –y en no pocas ocasiones desmedida en su alcance y vulnerando los derechos humanos–. Lo que a su vez alimenta un debate paralelo en el que se cuestiona si este tipo de regímenes agravan el problema con sus políticas. Máxime teniendo en cuenta la tendencia a vincular cualquier muestra de descontento u oposición política con el fenómeno islamista. Este debate, en el que cabe incardinar las voces locales críticas, se produce en el contexto de falta de transiciones políticas reales en el Asia Central postsoviética, el progresivo deterioro de las condiciones de vida y la creciente falta de horizontes vitales. 

Desde 2011 se está produciendo un aumento significativo de los incidentes violentos,  detenciones y condenas a supuestos miembros de células terroristas en Asia Central. Entre los ataques producidos, los que probablemente han sorprendido e inquietado más, son los producidos en el oeste de Kazajstán en la primavera-verano de 2011. Fundamentalmente, porque Kazajstán, al menos el oeste y el norte del país, era considerado hasta entonces –tanto por el establishment local como por los observadores extranjeros– como un escenario improbable para la actividad del salafismo yihadista. Ninguna república centroasiática se siente ahora a salvo de este fenómeno. Y mucho menos desde la irrupción de Estado Islámico en Irak y Siria (ISIS en sus siglas en inglés). 

En el momento actual, las estimaciones hablan de algo más de 20.000 combatientes extranjeros enrolados en las filas del ISIS. Un número elevado y similar a las estimaciones más moderadas sobre el número de yihadistas extranjeros (entre 20.000 y 35.000) que participaron en la guerra contra la Unión Soviética en Afganistán. Un precedente inquietante para Asia Central, ya que su retorno tuvo un serio impacto en la seguridad y estabilidad de sus países de origen (Argelia, Egipto o su utilización por parte de Pakistán en la Cachemira india). El ISIS ha tenido un éxito significativo en su campaña de captación de combatientes en el antiguo espacio soviético. Las cifras de referencia oscilan entre los 2.000 y 4.000 yihadistas totales venidos de la Federación Rusa y Asia Central, aunque se trata de estimaciones de difícil constatación. En el escenario sirio han tenido cierta notoriedad, por un lado, los conocidos como “uzbekos de Aleppo” aparentemente vinculados con Jabhat al Nusra y, por el otro, los yihadistas originarios de la Federación Rusa (Chechenia) o Asia Central (muchos de ellos migrantes establecidos en Rusia o venidos también del teatro AfPak) establecidos en Raqqa y Mosul bajo dominio del ISIS. 

A la situación en Siria se añade el agravamiento del conflicto en Afganistán, con la toma temporal de Kunduz por parte de los talibán y la presencia –según la inteligencia rusa– de 3500 militantes leales al ISIS con vocación de asaltar las repúblicas centroasiáticas. En la zona norte fronteriza con Tadzhikistán y Uzbekistán, operan los grupos terroristas más longevos de Asia Central: el Movimiento Islámico de Uzbekistán (IMU) y la Unión de la Yihad Islámica (IJU). Ambos grupos cuentan, tradicionalmente, con liderazgo uzbeko, pero composición regional (incluyendo, según algunas fuentes, uigures de Xinjiang). Precisamente, la actividad del IMU y el IJU ha alimentado durante años las teorías sobre un futuro escenario al estilo de las FATA (áreas tribales de Pakistán, donde han estado acantonados los miembros del IMU y el IJU) en el valle de Ferganá –corazón cultural y área más densamente poblada del Asia Central postsoviética–. 

Este es el temor que agitan los regímenes locales, particularmente frente a actores como la UE o EEUU, cuando Bruselas o Washington demandan mayores niveles de apertura política y fortaleza institucional que permitan afrontar los procesos sucesorios con mayores garantías. Pero, a la luz de lo sucedido en Libia y de manera creciente en Siria, vuelven a ganar fuerza quienes apuestan por el enfoque del “mal menor” y la garantía de estabilidad a corto plazo. Rusia lleva tiempo advirtiendo de la inminente amenaza yihadista que se cierne sobre Asia Central. Pero esta insistencia del Kremlin –como en ocasiones han explicitado los propios centroasiáticos, particularmente Uzbekistán– tiene que ver, en primer lugar, con el deseo de Rusia de fortalecer su presencia militar en la zona y su control sobre la orientación estratégica de las repúblicas. Y Moscú insiste en una narrativa que, entiende, legitima su intervención en Siria, sus políticas en el Cáucaso y su “retorno” al corazón de Asia Central. Un asunto de primera relevancia para la geopolítica regional, pero secundario en la cuestión del islamismo radical en Asia Central cuyo verdadero dilema es de carácter sociológico y cuya clave serán las dos próximas generaciones de ciudadanos centroasiáticos.

Nicolás de PedroInvestigador Principal, CIDOB