Corea del Sur ante la competencia China-Estados Unidos: estrategia y límites de una potencia intermedia
Just Castillo Iglesias, profesor Lector de Política y Relaciones Internacionales de Asia Oriental, Universitat Autònoma de Barcelona. Just.Castillo@uab.cat. ORCID: https://orcid.org/0000-0003-2258-1400
Paula Martínez Gual, traductora de coreano y graduada en Estudios de Asia Oriental por la Universitat Autònoma de Barcelona. paulagual1@gmail.com. ORCID: https://orcid.org/0009-0008-7025-0925
Análisis de la evolución de la política exterior surcoreana ante la intensificación de la competencia estratégica entre China y Estados Unidos. Desde una perspectiva realista neoclásica, se examina las estrategias desplegadas por las administraciones de Lee, Park, Moon y Yoon (2008-2025), considerando tanto los condicionantes sistémicos como los factores domésticos que median sus decisiones. El estudio muestra que Seúl ha desarrollado instrumentos propios de potencia intermedia –diplomáticos, económicos y discursivos– que han elevado su perfil global en ámbitos como la diplomacia sanitaria, la tecnología y el desarrollo. Pero ello no ha cristalizado en una estrategia coherente de potencia intermedia. El entorno regional de seguridad restrictivo ha reducido el margen para la «ambigüedad estratégica», especialmente en sus relaciones con Estados Unidos y China. La política exterior surcoreana refleja la tensión estructural entre la ambición de proyectarse internacionalmente y las limitaciones impuestas por este entorno regional.
«Una gamba entre ballenas». Con esta metáfora se ha descrito históricamente la vulnerabilidad de Corea frente a grandes potencias. Hoy, Corea del Sur (en adelante, Corea) enfrenta una realidad comparable: una potencia intermedia en un Asia-Pacífico que, en palabras de Yan Xuetong (2019), atraviesa una etapa de «paz inquieta». El ascenso de China como potencia regional –y, en algunos ámbitos, global– y su voluntad de disputar a Estados Unidos la hegemonía en Asia-Pacífico han configurado una región tensionada y crecientemente bipolar. En este contexto, la península coreana constituye uno de los entornos de seguridad más complejos del mundo, marcado por la división en dos estados enfrentados, el desafío nuclear norcoreano y la convergencia de intereses estratégicos de las grandes potencias. Se trata de un entorno estratégico restrictivo sobre el cual Corea ejerce un control limitado (Snyder, 2016a: 43), lo que condiciona su capacidad de actuación en el ámbito internacional. Ello plantea un dilema entre alineamiento o autonomía, principalmente debido al carácter asimétrico de su alianza con Washington y de su interdependencia económica con Beijing; una tensión capturada en la fórmula coreana 안미경중 (anmi gyeongjung, «seguridad con Estados Unidos, economía con China») (Moon y Lee, 2022). Frente a estos desafíos, Corea ha buscado reforzar su perfil como potencia intermedia desplegando instrumentos diplomáticos, económicos, tecnológicos, culturales y discursivos.
En este contexto, este artículo parte del interrogante de hasta qué punto el país ha logrado articular una estrategia de potencia intermedia coherente o, por el contrario, si su política exterior ha respondido de forma reactiva a las presiones de un entorno internacional restrictivo y a factores domésticos como la orientación ideológica de cada Gobierno y sus percepciones sobre el entorno sistémico. Así, desde una perspectiva realista neoclásica, examina la política exterior de las administraciones de Lee Myung-bak (2008-2013), Park Geun-hye (2013-2017), Moon Jae-in (2017-2022) y Yoon Suk-yeol (2022-2025) para identificar patrones de continuidad y cambio, así como para ofrecer una lectura integrada de los condicionantes sistémicos y domésticos que moldean la agencia internacional del país. La principal aportación radica en la aplicación transversal del marco a lo largo de cuatro gobiernos consecutivos, así como en el análisis de la etapa del presidente destituido Yoon Suk-yeol, aun escasamente tratada por la literatura especializada. El texto se estructura en cuatro apartados: en primer lugar, se presenta el marco analítico y teórico; en segundo lugar, se lleva a cabo un análisis empírico de las cuatro administraciones mencionadas; en tercer lugar, se discuten las dinámicas principales de cada Administración; y, por último, se concluye con los hallazgos principales de la investigación.
Una aproximación desde el modelo realista neoclásico
Uno de los debates clásicos en la disciplina de las relaciones internacionales ha girado en torno a la importancia relativa de las estructuras y los agentes en la política exterior. El realismo neoclásico surge de este debate como modelo analítico que permite reconciliar la capacidad explicativa del neorrealismo –según el cual los estados responden a los estímulos del entorno sistémico según sus capacidades materiales y su posición relativa– con la necesidad de considerar la influencia de factores domésticos en la formulación de la política exterior. Así, sobre una base neorrealista, introduce variables intervinientes de nivel doméstico e individual, como las percepciones de los líderes, la cultura estratégica o los consensos políticos (Ripsman et al., 2016) que actúan como una «correa de transmisión» entre los estímulos sistémicos y las respuestas de política exterior (Rose, 1998).
Aplicado al caso surcoreano, este enfoque ofrece tres ventajas. Primero, su base neorrealista encaja con el consenso en la literatura especializada, que identifica las presiones del entorno internacional poco permisivo como el principal factor condicionante de la política exterior surcoreana (Vorontsov et al., 2020). Esto permite incorporar la estructura de seguridad regional como variable central y establecer una jerarquía entre ámbitos más o menos securitizados, en los que Corea dispone de mayor o menor margen de acción. Por su papel estructurante en el entorno estratégico surcoreano, las relaciones con Estados Unidos, China y Corea del Norte constituyen los principales condicionantes sistémicos a considerar: con Washington, Corea mantiene una alianza asimétrica; con Beijing, una interdependencia económica también asimétrica; mientras Pyongyang representa un factor estructural de inestabilidad persistente. Segundo, este enfoque permite integrar sistemáticamente la dimensión de la agencia, reconociendo que Corea aspira a desempeñar un papel relevante como potencia intermedia tanto en su región como globalmente. Así, la política exterior no deriva directamente de los estímulos sistémicos, sino de cómo estos se interpretan a través de variables domésticas como la percepción de los líderes sobre el entorno, su orientación ideológica, consensos políticos o presiones sociales (véase la figura 1). Tercero, la aplicación del marco en el análisis longitudinal permite identificar patrones de cambio y continuidad entre administraciones.
Este marco, sin embargo, presenta limitaciones inherentes, pues simplifica el proceso y el contexto de formulación de la política exterior. Así, aunque en el plano sistémico se analizan principalmente las interacciones de Corea con actores clave como Estados Unidos, China, Japón o Corea del Norte, este enfoque no logra captar plenamente la complejidad de un entorno regional volátil y crecientemente bipolar. En el ámbito doméstico, se destacan factores como la orientación ideológica de los líderes políticos, sus percepciones del entorno o presiones de la opinión pública como variables intervinientes clave entre estructura y agencia.
Respecto a la metodología, este estudio adopta un enfoque cualitativo basado en el análisis de fuentes secundarias. Adicionalmente, se ha realizado un examen sistemático de los Libros Blancos Diplomáticos (외교백서, oegyo-baekseo, versión en coreano) publicados entre 2008 y 2023 por el Ministerio de Asuntos Exteriores surcoreano1. Mediante una combinación de extracción automatizada de texto y validación contextual manual, se identificaron menciones relevantes a conceptos como 중견국 (junggyeonguk, «potencia intermedia») o 글로벌 중추국가 (geullobeol-jungchugukga, «Estado pivotal global»), lo que permite observar la evolución de la autoimagen del país en su discurso oficial, que se integra en el análisis empírico.
Corea como potencia intermedia
Las potencias intermedias forman una categoría heterogénea y poco coherente. La disciplina las clasifica desde tres enfoques principales: 1) posicional, según indicadores como el PIB o la capacidad militar; 2) conductual, atendiendo a patrones de actuación internacional; y 3) constructivista, centrado en la autoidentificación y el reconocimiento como tal (Manicom et al., 2014: 29-35, Schweller, 2017). En el caso de Corea, la «Escuela de Seúl»2 ha desarrollado una visión propia que subraya las restricciones estructurales de su posición geoestratégica como principal factor de su política exterior (Vorontsov et al., 2020). Situada en la intersección de los intereses de Estados Unidos, China y Japón, y bajo la presión constante de Corea del Norte, Corea se enmarca en un entorno regional más restrictivo que el de otras potencias intermedias (Lee et al., 2024), lo que genera tensiones entre su aspiración a un mayor protagonismo internacional y las restricciones impuestas por su contexto (Mo, 2017). A nivel global, Corea ha impulsado su perfil en temas como el desarrollo, el cambio climático o la salud pública (Pandey y Watson, 2014; Karim, 2018: 359), mientras que en el plano regional, donde su agencia es más limitada, ha buscado actuar como puente o equilibrador (Karim, 2018: 359).
Para interpretar su comportamiento ante la rivalidad sinoestadounidense, numerosos estudios han recurrido al concepto de hedging. Esta noción se refiere a estrategias de política exterior que, apoyadas en la ambigüedad estratégica, combinan elementos de cooperación y contención hacia grandes potencias. Ello permite a estados secundarios y pequeños protegerse y evitar alineamientos rígidos, al preservar su flexibilidad para alineamientos futuros (Kuik, 2021). Sin embargo, su aplicabilidad al caso coreano es discutible, dado que el margen para la ambigüedad tiende a disminuir cuanto mayor es la presión sistémica (Korolev, 2019). Para describir determinados comportamientos de Corea en política exterior, algunos autores han matizado el concepto como «hedging reticente» (Yang, 2022) o han empleado etiquetas ad hoc como doble lealtad (dual allegiance) (Jo, 2020) o elusión de la toma de decisiones (choice avoidance) (Snyder, 2023: 52). Otros, en cambio, cuestionan su aplicabilidad más allá del ámbito securitario. Según esta perspectiva, solo cabría hablar de hedging cuando, en contextos de alto riesgo, un Estado emite señales ambivalentes de alineación de forma sostenida, asumiendo las tensiones reales entre autonomía y seguridad (Lim y Cooper, 2015)
Finalmente, en torno al debate sobre hasta qué punto Corea actúa como una potencia intermedia, algunos autores subrayan las limitaciones estructurales –como el conflicto intercoreano o el sentimiento antijaponés– que lo han dificultado (Easley y Park, 2018). Por su parte, otra visión sostiene que la narrativa de potencia intermedia ha operado más como una herramienta de marca país (nation branding) que como una guía efectiva de la política exterior coreana (Ayhan, 2019).
La política exterior de Corea del Sur (2008-2025)
Administración de Lee Myung-Bak (2008-2013)
«Corea ha dejado de ser un país que sigue las reglas para convertirse en uno que las crea» (Lee, 2010). Esta frase, pronunciada por el presidente Lee Myung-bak en 2010, resume la ambición estratégica de su Gobierno: posicionar a Corea como potencia intermedia con capacidad de liderazgo global. La Presidencia de Lee coincidió con un contexto de transformación regional: el ascenso de China tras la crisis financiera global –que superó a Japón en 2010 como primera economía regional según PIB nominal–, la transición de liderazgo hacia Kim Jong-un en Corea del Norte y el lanzamiento del Pivot to Asia (Clinton, 2011), con el que la Administración Obama buscaba reforzar su presencia en la región (Snyder, 2016a: 37).
La orientación conservadora y prooccidental de Lee, junto con su visión crítica hacia las políticas de acercamiento a Corea del Norte de sus predecesores liberales, moldeó su lectura del entorno estratégico y sobre la necesidad de actuar con firmeza frente a Pyongyang y de revitalización de la alianza con Estados Unidos. Esta interpretación también sustentó su narrativa del país como actor global responsable, con capacidad de liderazgo en foros multilaterales y de proveedor de bienes públicos internacionales. Su postura hacia el Norte rompía con una década de políticas de acercamiento impulsadas por los gobiernos liberales de Kim Dae-jung y Roh Moo-hyun, a las que Lee se refirió como «década perdida» por su incapacidad para inducir cambios sustantivos (Snyder, 2018a: 143). Su iniciativa «Visión 3000» ofrecía incentivos económicos al Norte –elevar su PIB per cápita a 3.000 dólares anuales– a cambio de su completa desnuclearización (Snyder, 2018a: 159). Sin embargo, Pyongyang rechazó la condicionalidad y respondió con hostilidad: abandonó las «Conversaciones a Seis Bandas»3, lo que llevó a su colapso definitivo en 2009, realizó una prueba nuclear ese mismo año y, en 2010, hundió el buque surcoreano Cheonan y bombardeó la isla de Yeonpyeong (ibídem: 151). Seúl respondió con la adopción de una política de «disuasión proactiva», revisó su doctrina de defensa junto a Estados Unidos, aplicó sanciones unilaterales y respaldó los esfuerzos multilaterales de presión sobre Pyongyang, coordinando con Estados Unidos y otros socios la aplicación de sanciones como las previstas en la Resolución 1874 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aprobada en 2009 tras el ensayo nuclear. En la práctica, esto paralizó toda cooperación intercoreana, salvo el Complejo Industrial de Kaesong4 (Easley, 2016: 24).
La línea dura frente al Norte favoreció el fortalecimiento de la alianza con Estados Unidos, hasta entonces tensionada por las discrepancias entre la Administración Bush, que incluía a Pyongyang en el «Eje del Mal», y Roh Moo-hyun, partidario del acercamiento. En 2009, ambos países firmaron la «Declaración de Visión Conjunta», que extendía la cooperación más allá de la seguridad de la península, para incluir Afganistán, la no proliferación, la ciberseguridad y el cambio climático (Snyder, 2018a: 147). No obstante, la estrategia surcoreana de «disuasión proactiva» generaba inquietud en Washington, por el riesgo de escalada. En 2012, ambos ejércitos acordaron un plan de contramedidas para clarificar la cadena de mando y las reglas de combate ante una crisis. Además, Seúl solicitó posponer la transferencia del control operacional en tiempos de guerra, en manos de Estados Unidos (ibídem: 151), que reflejaba las asimetrías persistentes en la alianza con Washington y su reticencia a gestionar una escalada de forma autónoma. Por su parte, las relaciones con China, aunque inicialmente fueron prometedoras tras establecer en 2008 una «asociación estratégica cooperativa», se deterioraron rápidamente por incursiones de pesqueros chinos en aguas surcoreanas, la competencia tecnológica y la percepción de que Beijing se distanciaba de su «Política de las Dos Coreas» en favor de Pyongyang. Todo ello erosionó la confianza, pese a la fuerte interdependencia económica (ibídem: 155-156).
Más allá del plano regional, la Administración Lee aspiraba a posicionar a Corea como una potencia intermedia responsable, proveedora de bienes públicos globales (Mo, 2017), y con vocación de liderazgo (Kim, 2015: 7). Bajo la estrategia «Global Korea», buscó ampliar su perfil internacional en áreas con menor riesgo estratégico, como el desarrollo sostenible o el cambio climático (Watson, 2020). Así, Corea acogió foros multilaterales como el G-20 (2010) y la Cumbre de Seguridad Nuclear (2012), ingresó al Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) (2010), se convirtió en observador del Consejo Ártico (2013), amplió –aunque modestamente– su participación en misiones de paz de Naciones Unidas (Kim, 2015), e impulsó la Secretaría para la Cooperación Trilateral Corea-China-Japón, establecida en 2011 con sede en Seúl (Yeo, 2017). La narrativa presidencial destacaba que Corea debía convertirse en un actor pionero (early mover), asumiendo antes que nadie responsabilidades en ámbitos como el desarrollo sostenible (Pandey y Watson, 2014). Consecuentemente, impulsó en 2008 el Plan de Crecimiento Verde (Green Growth Plan), institucionalizado en 2010 en el Global Green Growth Institute (GGGI); logró que la ciudad portuaria surcoreana de Incheon albergara la sede del Fondo Verde del Clima (GCF, por sus siglas en inglés), y promovió el registro de Acciones Nacionales Apropiadas de Mitigación (NAMA, por sus siglas en inglés), que facilita los compromisos voluntarios ante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés) (Kim, 2016; Pandey y Watson, 2014).
En el plano económico-comercial, Corea firmó tratados de libre comercio con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, 2010), Estados Unidos (2012) y la Unión Europea (UE, 2010), elevando las relaciones UE-Corea a una «asociación estratégica». Con ello, Corea se convirtió en la primera economía avanzada con acuerdos simultáneos con estos tres bloques. Asimismo, reactivó la New Asia Initiative (Snyder, 2018a: 153) para fortalecer relaciones con Asia Central, el Sudeste Asiático y Oceanía, y se alineó con el grupo informal Friends of the System de la OMC, que reúne a países con intereses comunes en la defensa del sistema multilateral de comercio basado en normas (MAE Corea, 2012). Por último, la Administración Lee continuó las políticas culturales de gobiernos anteriores, enfocadas en reforzar la competitividad de su producción cultural a nivel nacional e internacional (Kwon y Kim, 2014).
Durante esta Presidencia, Corea comenzó a proyectarse activamente como potencia intermedia (Kim, 2015). En los Libros Blancos Diplomáticos del período, este término 중견국 (junggyeonguk, potencia intermedia) aparece tres veces, vinculado a áreas como la ayuda al desarrollo, la seguridad energética y la gobernanza global. También se mencionan puntualmente 기여국 (giyeoguk, Estado contribuyente) en el contexto de la cooperación internacional, aunque desde una perspectiva más técnica que identitaria.
En suma, la Administración Lee ejemplifica la tensión entre la ambición global de Corea y las restricciones a su agencia regional. Aunque las iniciativas diplomáticas, económicas y multilaterales elevaron su perfil internacional, estas no resolvieron los dilemas de seguridad en su entorno. Corea se proyectó como potencia intermedia proactiva y prooccidental, pero su margen de maniobra quedó limitado por la confrontación con Pyongyang y la creciente desconfianza de Beijing. En el plano doméstico, la percepción de amenaza tras los ataques de 2010 al buque Cheonan y a la isla Yeonpyeong reforzó la legitimidad de la línea dura hacia el Norte, mientras que la opinión pública frenó una mayor cooperación con Japón. Bajo Lee, quedó en evidencia una paradoja clave: para consolidar su perfil como potencia intermedia global, Corea necesitaba una estabilidad regional que no estaba en condiciones de asegurar por sí misma.
Administración de Park Geun-hye (2013-2017)
La presidenta Park Geun-hye articuló su política exterior en torno a la llamada «paradoja asiática»: una región marcada por la interdependencia económica y, al mismo tiempo, por rivalidades persistentes, nacionalismos en competición y dilemas de seguridad. Desde esta premisa, acuñó la doctrina «política de confianza» (Trustpolitik), con la que buscaba reconstruir las relaciones regionales sobre la base de la confianza mutua y la previsibilidad. Park representaba la continuidad conservadora de su predecesor, Lee Myung-bak, con un apoyo social inicialmente sólido y la legitimidad de ser la primera mujer en ocupar la jefatura del Estado. Su orientación conservadora reforzó una política de seguridad más alineada con Washington y firme hacia Pyongyang. Sin embargo, su margen de maniobra se vio limitado por sucesivas crisis de gestión y, finalmente, por el escándalo de corrupción que desembocó en su destitución. La erosión de su legitimidad acabó debilitando la viabilidad de sus propuestas de política exterior, incluida la Trustpolitik.
La Presidencia de Park coincidió con una intensificación de la competencia geopolítica en Asia-Pacífico: la llegada de Xi Jinping al poder en China, que impulsó una política exterior más asertiva y dotada de narrativas hegemónicas propias (Yan, 2019); el refuerzo de la presencia estadounidense en la región, así como la aceleración del programa nuclear norcoreano bajo Kim Jong-un. La gestión de las relaciones con China y Estados Unidos fue el principal reto de su política exterior. Buscó posicionar a Corea como un actor de equilibrio en la «paradoja asiática», y defendió que su alianza con Estados Unidos y su asociación con China no eran mutuamente excluyentes (Snyder, 2018b: 181). Sin embargo, esta visión chocó con las percepciones chinas sobre su alianza con Estados Unidos y sobre el Pivot estadounidense, que interpretaba como un instrumento de contención (ibídem, 2016a: 44). Además, la intratabilidad del problema nuclear norcoreano contribuyó al fracaso de la Trustpolitik y volvió insostenible la visión de «suma positiva» en las relaciones con Washington y Beijing.
La estrategia inicial de Park hacia Corea del Norte se basó en un compromiso condicionado. El «Proceso de Confianza en la Península de Corea» supeditó toda cooperación a señales claras de voluntad por parte de Pyongyang de cumplir los acuerdos previos, con el objetivo de «allanar el camino» hacia la unificación (Presidential Archives of Korea, 2013). Sin embargo, la respuesta norcoreana fue hostil: las pruebas nucleares de 2013 y 2016, así como los lanzamientos de misiles balísticos, socavaron los fundamentos de esta estrategia, que se volvió inviable sin reciprocidad (Snyder, 2018b: 171). La Trustpolitik fracasó en 2015 (Terry, 2023: 56) y la clausura del Complejo Industrial de Kaesong por orden de Seúl en 2016 marcó su punto final (Easley, 2016; Terry, 2023: 58). Este deterioro de las relaciones intercoreanas condujo a un alineamiento más firme con Estados Unidos. Park abandonó las iniciativas de reconciliación y promovió el endurecimiento del régimen de sanciones en coordinación con Washington, lo que fue acompañado de una presión diplomática más activa en foros multilaterales (Snyder, 2018b: 178). En 2016 ambos gobiernos aliados anunciaron el despliegue del sistema antimisiles THAAD en la península (ibídem: 187).
Como consecuencia, las relaciones de Corea con China se deterioraron gravemente. Park había promovido inicialmente un acercamiento mediante la Trustpolitik: reforzando el diálogo político, firmando un tratado de libre comercio en 2014 y, en 2015, asistiendo en Beijing al desfile militar del 70º aniversario de la victoria sobre Japón, un gesto sin precedentes para un jefe de Estado surcoreano. Además, pese al recelo estadounidense, Corea se adhirió al Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII) (Watson, 2020: 4). Incluso, para evitar fricciones con Beijing, Park había adoptado en un principio una postura ambigua sobre el despliegue del sistema antimisiles THAAD en territorio surcoreano; así, pese a la presión de Washington, afirmó no haber recibido solicitud formal alguna de Estados Unidos, ni realizado consultas bilaterales, ni haber tomado ninguna decisión. Sin embargo, el deterioro de la seguridad en la Península y la creciente percepción de vulnerabilidad precipitaron un acuerdo con Washington para el despliegue del THAAD (Lee, 2022a: 91). China, firme opositora, lo interpretó como una amenaza directa a su seguridad y como parte de la estrategia de contención estadounidense. De esta forma, considerando que Seúl había cruzado una línea roja, respondió con boicots económicos, restricciones a productos culturales y turísticos, y una retórica diplomática agresiva, que incluyó la ruptura del contacto directo entre Xi y Park. Seúl procuró no antagonizar a China, como demuestra su cautelosa declaración sobre el fallo del tribunal de arbitraje en el caso China-Filipinas (Lee, 2022a: 86-87), que en 2016 invalidó las reclamaciones chinas sobre el Mar de China Meridional. Corea emitió una declaración deliberadamente ambigua: subrayó la importancia del derecho internacional, pero evitó pronunciarse abiertamente a favor del fallo para no tensar más la relación. Pese a ello, las relaciones no se recuperaron. A raíz de este episodio, la opinión pública surcoreana se tornó más crítica con China: del 42% con una impresión negativa en 2014, se pasó al 61% en 2017 (Silver et al., 2023). Ese año, más surcoreanos tenían una opinión favorable de Japón y de Corea del Norte que de China (IPUS, 2024).
Por su parte, las relaciones con Japón también atravesaron tensiones durante la Presidencia de Park. Con el respaldo de Washington, en 2016 se firmó el acuerdo GSOMIA (General Security of Military Information Agreement), un tratado entre Corea y Japón para el intercambio de información militar, considerado un paso clave hacia una arquitectura de seguridad trilateral (Jo, 2023: 91). El año anterior, se había alcanzado un acuerdo sobre las llamadas «mujeres de consuelo», presentado como un avance hacia la reconciliación (Snyder, 2018b: 190; Jo, 2023), pero duramente criticado en Corea y revocado por la Administración siguiente (Le, 2019: 630). Pese a estos intentos de acercamiento, las disputas históricas y territoriales siguieron lastrando la cooperación bilateral y la coordinación trilateral con Estados Unidos (Easley y Park, 2018).
En el plano multilateral, Park promovió iniciativas alineadas con la estrategia «Global Korea», aunque con resultados limitados. La «Iniciativa de Cooperación para la Paz en el Noreste Asiático» buscaba generar confianza mediante el diálogo en seguridad nuclear civil, medio ambiente y salud pública, pero fue obstaculizada por la reticencia de China y Japón y el deterioro de la seguridad regional (Snyder, 2018b: 178-179). La «Iniciativa Eurasia», impulsada por Park y con paralelismos con la Iniciativa de la Franja y la Ruta china (Zhang, 2024: 146), aspiraba a conectar Corea con Europa mediante redes logísticas a través de Rusia, Asia Central y Corea del Norte. Sin embargo, la iniciativa perdió impulso tras la anexión de Crimea por parte de Rusia y el rechazo de Pyongyang a adherirse (Snyder, 2018b: 171). En diplomacia informal, Park promovió en 2013 la creación del foro MIKTA, junto con México, Indonesia, Turquía y Australia para cooperar en temas como el desarrollo sostenible, la seguridad sanitaria y la gobernanza global (Mo, 2017). Aunque su heterogeneidad dificultaba acciones concertadas, el foro permitió a Corea mostrarse como defensora del multilateralismo en el G-20 (Lee, 2022d: 108). No obstante, el liderazgo surcoreano en el «crecimiento verde» perdió impulso bajo su mandato (Ayhan, 2019). Bajo su Presidencia, la idea de Corea como potencia intermedia pasó de ser implícita a formar parte del discurso oficial. En los Libros Blancos Diplomáticos (2014-2016), el término 중견국 (junggyeonguk, potencia intermedia) se mencionaría 23 veces, especialmente en relación con el foro MIKTA y la diplomacia multilateral.
En suma, la política exterior de la Administración Park evidenció las contradicciones y límites estructurales de la agencia surcoreana. La intensificación de la amenaza norcoreana reforzó el giro hacia la disuasión, mientras la coerción económica de China alimentó la percepción de vulnerabilidad. A su vez, la persistente desconfianza hacia Japón entre la opinión pública obstaculizó la cooperación con Tokio, del mismo modo que la pérdida de legitimidad presidencial redujo el margen de Park para sostener su agenda exterior. Así, la Trustpolitik fracasó ante la creciente bipolaridad regional, la falta de cooperación sinoestadounidense en la cuestión norcoreana y las represalias económicas de Beijing tras el despliegue del THAAD. Las concesiones a China no evitaron la escalada de tensiones, mientras que la asimetría con Estados Unidos se mantuvo intacta. Park buscó un delicado equilibrio entre las grandes potencias, pero su experiencia reflejó las dificultades de una potencia intermedia frente a actores guiados por lógicas de suma cero.
Administración de Moon Jae-in (2017-2022)
«Me comprometo firmemente a hacer todo lo que esté en mi mano por la paz en la península coreana (…) y fortaleceré aún más la alianza con Estados Unidos. Al mismo tiempo, mantendré un diálogo serio con Estados Unidos y China sobre la resolución de los problemas relacionados con el THAAD» (Moon, 2018: 24). Estas declaraciones del presidente Moon Jae-in sintetizan los dilemas estratégicos que enfrentó su Administración: avanzar en la reconciliación intercoreana sin comprometer la alianza con Estados Unidos ni antagonizar a Beijing, y proyectar a Corea como puente entre grandes potencias, evitando quedar atrapada en la lógica de la rivalidad sinoestadounidense. En el plano doméstico, Moon asumió la Presidencia tras la destitución de Park, con la suficiente legitimidad para impulsar una agenda reformista y progresista. Su posición se vio reforzada por la gestión eficaz del COVID-19 y la ausencia de escándalos, lo que le permitió gozar de altos niveles de apoyo. Al final de su mandato, registró la mayor aprobación entre los presidentes democráticos surcoreanos: con el 37% de la población favorable (Gallup Korea, 2022: 3 y 9). Sin embargo, durante su Presidencia, se agravó la polarización política, en un contexto de creciente desconfianza hacia China y dudas sobre la fiabilidad de Estados Unidos. En 2022, el 80% de la ciudadanía tenía una imagen desfavorable de China (Silver et al., 2023) y aumentaron los recelos sobre el compromiso estadounidense con la seguridad surcoreana (IPUS, 2024). Esta desconfianza dificultó los consensos en política exterior: los conservadores buscaban reforzar la alianza con Estados Unidos, mientras los progresistas abogaban por una mayor autonomía estratégica y la normalización de las relaciones con China. Así, el inicio de su Presidencia se produjo en un contexto de elevada tensión geopolítica, marcado por el fuerte deterioro de las relaciones con China, que se encontraban en su punto más bajo tras el despliegue del THAAD. Además, en 2017, Corea del Norte realizó su sexta prueba nuclear y varios lanzamientos de misiles, lo que intensificó la percepción de amenaza (Snyder, 2023: 37). A esto se sumaba un temor renovado al abandono del apoyo estadounidense bajo la primera Presidencia Trump.
Las relaciones intercoreanas se situaron en el centro de la política exterior de Moon. Con una orientación conciliadora, su «Moonshine Policy», inspirada en la «Sunshine Policy» de Kim Dae-jung (1998-2003) para mejorar las relaciones con el Norte, promovía un acercamiento incondicional bajo el supuesto de que Kim Jong-un acabaría aceptando la desnuclearización (McGibbon, 2019). Moon intentó posicionarse como mediador entre Pyongyang y Washington, aprovechando que el presidente Trump había iniciado una campaña de «máxima presión» hacia el Norte, para relanzar el diálogo. Las tres cumbres intercoreanas de 2018 y la reunión Trump-Kim en Singapur, facilitada por Seúl, fueron hitos simbólicos. Sin embargo, esta diplomacia presidencial provocó descoordinación entre las burocracias coreana y estadounidense, así como divergencias sobre las intenciones reales de Pyongyang (Snyder, 2023: 41). Tras el fracaso de la cumbre de Hanói en 2019, el proceso evidenció los límites de la política de reconciliación (Oh, 2022).
Asimismo, Moon buscó un equilibrio entre China y Estados Unidos. Tras la crisis del THAAD, presentó su política de los «Tres Noes» como gesto de desescalada hacia China: no al despliegue de nuevas baterías, no a un escudo antimisiles regional y no a una alianza trilateral con Tokio y Washington. Esta fórmula permitió restablecer el diálogo y retomar las cumbres trilaterales con China y Japón (Zhang, 2024: 109), aunque persistieron las desconfianzas. La opinión pública surcoreana conservaba un fuerte resentimiento hacia las represalias económicas chinas, alimentado por una diplomacia china cada vez más confrontativa –conocida como «wolf-warrior diplomacy», caracterizada por respuestas agresivas y un tono nacionalista–, el temor a la injerencia política y la vulnerabilidad ante la disrupción de las cadenas de suministro, lo que erosionaba el margen para sostener un acercamiento hacia Beijing. Además, desde Seúl, se percibía que China priorizaba la estabilidad del régimen norcoreano y utilizaba su influencia sobre Pyongyang como instrumento de negociación en su rivalidad con Estados Unidos, más que como una vía para cooperar en su desnuclearización (Chang, 2022: 4).
Aunque Trump no exigió un alineamiento estratégico explícito, su enfoque transaccional –al exigir mayores aportes en defensa y revisar el tratado de libre comercio– generó fricciones entre Corea y Estados Unidos (Snyder, 2023: 37). Ante expectativas contrapuestas, Moon recurrió a una ambigüedad calculada: intentó mejorar las relaciones con China, sin comprometer la alianza con Estados Unidos, y adoptó una cooperación selectiva con Washington. Evitó integrarse plenamente en el QUAD (Diálogo de Seguridad Cuadrilateral o Quadrilateral Security Dialogue), aunque participó en el formato ampliado QUAD-Plus (Govella et al., 2022), y no respaldó explícitamente la estrategia indopacífica estadounidense (Rozman, 2023a). La llegada de Joe Biden a la Presidencia estadounidense en enero de 2021 aportó previsibilidad, pero también una mayor presión para clarificar la posición estratégica de Corea, especialmente en relación con la cooperación trilateral con Japón (Huynh, 2021). La cumbre Moon-Biden de 2021 selló la renovación del compromiso bilateral y abrió la vía a una cooperación más estrecha en ámbitos estratégicos como los semiconductores, el 5G, las cadenas de suministro, la salud y el clima, pese a las divergencias persistentes sobre Japón (Rozman, 2023a). Si bien la Administración Biden priorizaba revitalizar la cooperación trilateral con Japón, estas expectativas chocaban con las tensiones históricas entre Seúl y Tokio y con la resistencia de la opinión pública surcoreana.
Paralelamente, Moon impulsó la «Nueva Política del Sur» (NPS) en 2017, orientada a ASEAN, India y Oceanía, con el fin de reducir la exposición surcoreana a China y reforzar su agencia regional (Lee, 2022c). La NPS permitió estrechar lazos con el Sudeste Asiático, aunque Moon evitó vincularla explícitamente a la estrategia indopacífica de Estados Unidos para no antagonizar a Beijing (Rozman, 2023a: 136-137). En lo económico, Corea firmó y ratificó el Acuerdo de Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés; 2020-2021), pero evitó unirse al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP, por sus siglas en inglés) por sus implicaciones estratégicas. También inició negociaciones para acuerdos de libre comercio con Rusia (2018) y Mercosur (2019), aún inconclusos. La pandemia del COVID-19 permitió a Corea proyectarse como modelo de gestión eficaz, activando una diplomacia sanitaria con donaciones de mascarillas, tests y vacunas, especialmente a países del Sudeste Asiático, África y América Latina (Kim et al., 2023). Igualmente, Corea asumió un papel de liderazgo en seguridad sanitaria en foros como el G-20, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la UNESCO.
En el plano tecnológico, reforzó su perfil en sectores estratégicos como el big data, la inteligencia artificial (IA), el 5G y las energías limpias, consolidando su liderazgo en innovación digital y transición ecológica. En semiconductores, Samsung y SK Hynix concentraban en 2021 más del 18% del mercado mundial (Gartner, 2025), ampliando la influencia geoeconómica surcoreana en un contexto de disrupciones globales. En defensa, se promovió la modernización del sector con un aumento medio anual del 7% en el presupuesto, posicionando al país como exportador competitivo (Lee, 2022b). Asimismo, se continuó impulsando el poder blando cultural, mediante políticas públicas y el apoyo de instituciones como el Ministerio de Cultura y la Korea Foundation. La administración Moon mantuvo la narrativa de Corea como potencia intermedia responsable, como en las presidencias anteriores. Los Libros Blancos Diplomáticos del período recogen 15 menciones al término 중견국 (potencia intermedia), asociado al compromiso con el multilateralismo, la cooperación con otras potencias intermedias, y el papel de puente entre países desarrollados y en desarrollo, especialmente a través de la diplomacia sanitaria. Aunque la expresión 가교국가 (Estado puente) no figura en documentos oficiales, sí fue empleada por el propio Moon en discursos públicos (Moon, 2018).
En síntesis, la Administración Moon buscó preservar la autonomía estratégica de Corea en un entorno incierto, combinando multilateralismo y la búsqueda de un papel de puente entre potencias. Aunque su diplomacia intercoreana y entre Washington y Beijing no logró avances significativos –más allá de la cumbre Moon-Biden de 2021–, Corea reforzó su perfil internacional mediante el liderazgo en sectores estratégicos como los semiconductores y la defensa. Sin embargo, la polarización y la desconfianza hacia China y Estados Unidos dificultaron los consensos en política exterior, limitando la sostenibilidad de una política basada en la ambigüedad estratégica.
Administración de Yoon Suk-yeol (2022-2025)
La Administración de Yoon se desarrolló en el contexto pospandémico de creciente contestación al orden liberal internacional. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 reforzó la convergencia estratégica entre Moscú y Beijing, consolidando un bloque autoritario con aspiraciones revisionistas. En este marco, Corea del Norte, con el respaldo tácito de China y Rusia, impulsó su programa armamentístico. A ello se sumaron nuevas incertidumbres sobre el compromiso estadounidense, especialmente tras el retorno de Trump a la Casa Blanca, en enero de 2025.
En el plano doméstico, Yoon accedió al poder tras una victoria ajustada, sin mayoría en la Asamblea Nacional y en un contexto altamente polarizado. Este margen de maniobra limitado, junto con la presión de una opinión pública crecientemente crítica con China y más favorable a Estados Unidos y a la normalización de las relaciones con Japón (Lee, 2023; Silver et al., 2023), condicionó la orientación de su política exterior. En particular, los sectores conservadores reclamaban restablecer las relaciones con Tokio y fortalecer la alianza con Washington (Rozman, 2023b: 86). Su mandato concluyó abruptamente tras la crisis política de 2024 y su destitución en abril de 2025 (Kim, 2025).
La política exterior de Yoon se articuló en torno a la noción de Corea como «Estado pivotal global», con la que buscaba proyectar al país como una democracia comprometida con el orden internacional basado en normas. De esta forma, adoptó una postura firme frente a Corea del Norte, condicionando cualquier acercamiento a la desnuclearización (Shin, 2022). Respecto a sus relaciones con China y Estados Unidos, Yoon optó por la claridad estratégica. Con Estados Unidos, adoptó un alineamiento sin reservas en materia de seguridad, situando a la alianza bilateral como pilar central de la defensa nacional. En consecuencia, amplió la cooperación en seguridad, tecnologías estratégicas y salud global, uniéndose al Marco Económico Indo-Pacífico (IPEF, por sus siglas en inglés) (Work, 2022). También expresó interés en ampliar el despliegue del THAAD y en estrechar la cooperación con el QUAD. No obstante, la interdependencia económica con China limitó el alcance de este giro (Atkinson, 2023).
Este acercamiento a Washington tensó las relaciones con China, que interpretó la participación de Corea en el IPEF y su cooperación con el QUAD como un apoyo a los esfuerzos de contención estadounidenses (Lee, 2024). Además, Yoon adoptó una postura más crítica que sus predecesores, respaldando iniciativas como el debate en el Consejo de Derechos Humanos (CDH) de Naciones Unidas sobre los abusos en Xinjiang (Ahn, 2023), donde organismos internacionales y ONG han documentado detenciones masivas y violaciones de derechos humanos contra la minoría uigur.
En ese contexto, en 2023 Corea registró su primer déficit comercial con China, reflejo de una relación cada vez más competitiva que complementaria (Zhang, 2024: 111). Aun así, Seúl conservó ventajas estratégicas en sectores como los semiconductores, que le ofrecían margen frente a posibles represalias económicas de Beijing (Pacheco-Pardo, 2025; Rozman, 2023a). Así, China continuó siendo su principal socio comercial, y Corea mantuvo abiertos canales de diálogo regional, como la Cumbre Trilateral con China y Japón celebrada en 2024. En este contexto, Yoon sostuvo que la «alianza estratégica integral» con Estados Unidos no respondía a una lógica de suma cero y que las relaciones con China debían basarse en el «respeto mutuo» (Snyder, 2023: 224). Su Gobierno incluso intentó, sin éxito, persuadir a Beijing para aceptar el despliegue de nuevas baterías THAAD (Atkinson, 2022).
En paralelo, Yoon promovió un acercamiento sin precedentes hacia Japón, con el objetivo de desbloquear el diálogo bilateral deteriorado durante la administración Moon y restablecer la cooperación trilateral. Un elemento clave fue el restablecimiento del acuerdo GSOMIA. La cumbre de Camp David de 2023 simbolizó este giro, con un compromiso conjunto para reforzar la cooperación en el Indopacífico sobre la base de valores compartidos (Stangarone, 2023), en un contexto donde también Japón ha ido adoptando una política exterior más proactiva y orientada a la defensa del orden internacional basado en normas (Castillo Iglesias, 2024). Este acercamiento representó un giro significativo, pero la destitución de Yoon ha vuelto a abrir interrogantes sobre su continuidad.
En el plano multilateral, la administración Yoon amplió la proyección diplomática surcoreana hacia regiones tradicionalmente periféricas como África, Oriente Medio y América Latina. Al respecto, destaca la primera Cumbre Corea-África de 2024, con participación de 48 países y compromisos por valor de 14.000 millones de dólares hasta 2030 en ayuda al desarrollo y exportaciones (MFA Korea, 2024). Esta estrategia buscaba diversificar mercados y asegurar recursos estratégicos, presentando a Corea como modelo de desarrollo. Además, en 2022, Seúl ya había presentado su propia estrategia para el Indopacífico, centrada en normas, derecho internacional y valores democráticos, al tiempo que fortalecía sus vínculos con India, la ASEAN, la UE y los países del Golfo.
En cuanto a identificación, la narrativa de Corea como «Estado pivotal global» sustituyó por completo la de «potencia intermedia» durante esta Administración, lo que queda reflejado en los Libros Blancos Diplomáticos de 2022 y 2023, que incluyen más de 40 menciones al primer término, pero ninguna al segundo. En resumen, la Administración Yoon intentó redefinir el papel internacional de Corea bajo la ambiciosa narrativa de un «Estado pivotal global», comprometido con los principios democráticos y un orden internacional basado en normas. Continuó desplegando instrumentos de poder blando y profundizó su inserción en sectores estratégicos y regiones clave. Sin embargo, esta ambición se vio limitada por el entorno sistémico poco permisivo y la política doméstica: la polarización política, la falta de mayoría parlamentaria y una opinión pública dividida limitaron la viabilidad de su estrategia. Así, aunque la Administración Yoon proyectó una ambición global clara, su implementación mostró contradicciones dejando un legado incierto (Kim, 2025).
La estrategia surcoreana de potencia intermedia: límites, dilemas y contradicciones
A lo largo de las cuatro últimas administraciones (2008-2025), Corea ha desplegado instrumentos diplomáticos, económicos y discursivos para gestionar la creciente complejidad regional y reforzar su perfil internacional, proyectándose como potencia intermedia con enfoques diferenciados según las prioridades y condicionantes de cada Gobierno (véase la tabla 1).
El análisis revela que la política exterior surcoreana no ha seguido una trayectoria plenamente coherente y sostenida en el tiempo, especialmente en lo relativo a su posicionamiento frente a las grandes potencias –Estados Unidos y China– y a Japón. Por el contrario, ha estado condicionada por la permisividad del entorno internacional en cada momento y, en el plano doméstico, por las percepciones y la orientación política de cada Gobierno. Los conservadores Lee, Park y Yoon coincidieron en priorizar la alianza con Estados Unidos y la firmeza ante Pyongyang, pero difirieron en su proyección global, en la gestión de las relaciones con China y en el acercamiento a Japón. En cambio, la Administración progresista de Moon destacó por su apuesta por la reconciliación intercoreana y la búsqueda de una cierta ambigüedad estratégica ante Washington y Beijing.
Aun así, se observa una continuidad en el desarrollo de capacidades propias de una potencia intermedia. Corea ha recurrido al multilateralismo y la diplomacia de nicho (G-20, MIKTA, diplomacia sanitaria); a la diplomacia económica (tratados de libre comercio, diversificación mediante la «Nueva Política del Sur», impulso de sectores estratégicos como los semiconductores); al poder blando y la proyección cultural; a iniciativas de seguridad de baja intensidad (misiones de paz, exportaciones de defensa); y a la construcción de narrativas como «Global Korea» o «Estado pivotal global». Estos instrumentos han reforzado su perfil internacional, pero han mostrado una eficacia limitada en el ámbito regional, donde las tensiones con el Norte, la rivalidad sinoestadounidense, la falta de coordinación entre Washington y Beijing respecto a Corea del Norte, y las fricciones con Japón imponen límites más estrictos a su agencia. Ello ha reducido de manera significativa el margen de Corea para sostener posiciones ambiguas entre Estados Unidos y China y para actuar como equilibrador o puente entre ambas; en contraste, en el plano global, ha encontrado un mayor espacio para ejercer su agencia. Esta diferencia en el grado de permisividad sistémica entre lo regional y lo global constituye uno de los dilemas estructurales más persistentes de su política exterior (Easley y Park, 2018; Watson, 2020). Al mismo tiempo, esta asimetría refleja la jerarquía entre la «alta política» (alianzas, seguridad, rivalidades estratégicas), donde Corea afronta fuertes restricciones, y la «baja política» (salud global, desarrollo, innovación tecnológica), donde goza de mayor autonomía.
Los límites que impone el contexto regional se reflejan especialmente en las relaciones con Estados Unidos y China. El comportamiento de Corea, que la literatura interpreta como estrategia de hedging, puede entenderse mejor como una respuesta pragmática y reactiva ante las restricciones propias de la alta política regional. Yang (2022) caracteriza la ambigüedad de Park Geun-hye hacia el THAAD, por ejemplo, como «hedging reticente»; sin embargo, la evolución del caso mostró que la alianza con Estados Unidos nunca estuvo realmente en cuestión. De modo similar, la equidistancia de Moon Jae-in, descrita como doble lealtad (double allegiance) (Jo, 2020) o elusión de la toma de decisiones (choice avoidance) (Snyder, 2023), terminó evidenciando los límites de la ambigüedad: pese a los «Tres Noes», la falta de cooperación china respecto a Corea del Norte y las represalias económicas tras el THAAD reforzaron la percepción de que Beijing no era una alternativa viable a Washington como proveedor de seguridad y estabilidad regional. En Corea, la narrativa china del «hegemón benevolente» (Yan, 2019) ha perdido credibilidad ante actitudes percibidas como punitivas o arrogantes. Incluso durante la Administración de Yoon Suk-yeol, a pesar del alineamiento explícito con Estados Unidos, se postergaron decisiones sensibles con el fin de no antagonizar a China. Desde una visión crítica, como la de Lim y Cooper (2015), estos comportamientos no constituyen verdaderas estrategias de hedging, sino que son respuestas contingentes a un entorno restrictivo. De hecho, autores como Cook et al. (2024) sostienen que Corea ya ha limitado o abandonado el recurso a ambigüedades, dada la dificultad de evitar represalias chinas. En esta línea, Pacheco-Pardo et al. (2025) afirma que Corea del Sur ha pasado de una estrategia de hedging a una de equilibrio de poder frente a China, en respuesta al creciente nivel de presión sistémica.
En el plano global, en cambio, Corea ha contado con un margen más amplio para reforzar su perfil de potencia intermedia. En este ámbito, Seúl ha promovido iniciativas en diplomacia sanitaria, liderazgo tecnológico, cooperación al desarrollo y participación multilateral, consolidando visibilidad y perfil como actor que contribuye activamente a la gobernanza global y al suministro de bienes públicos internacionales, en línea con lo que el enfoque conductual de la literatura sobre potencias intermedias describe como el comportamiento de un «buen ciudadano internacional» (Manicom et al., 2014:28). No obstante, la continuidad de estas políticas ha ido dependiendo en buena medida de la orientación y el compromiso de cada administración.
A modo de conclusión
Este artículo ha analizado la política exterior de las cuatro últimas administraciones de Corea del Sur en el marco de un entorno estratégico altamente restrictivo, definido por la competencia entre China y Estados Unidos. Desde un enfoque realista neoclásico, se ha mostrado que, pese a una ambición sostenida de proyección internacional y pese a haber desplegado instrumentos propios de una potencia intermedia, la formulación de la política exterior surcoreana ha estado estrechamente condicionada por la baja permisividad del entorno estratégico regional y por factores domésticos. Estas dinámicas han impedido la consolidación de una estrategia de potencia intermedia verdaderamente coherente y sostenida.
Al mismo tiempo, se constata el esfuerzo sostenido de Corea por reforzar su perfil internacional a través del multilateralismo, la diplomacia económica, la salud global, el liderazgo tecnológico y la proyección cultural. Aunque la falta de continuidad entre administraciones ha limitado el alcance de algunas iniciativas, su despliegue ha permitido a este país desempeñar un papel más activo en la gobernanza global.
A corto plazo, Corea enfrenta la volatilidad derivada de la transición presidencial de 2025, así como la incertidumbre sobre el rumbo de las alianzas bajo la segunda Presidencia Trump. A más largo plazo, el desarrollo de nuevas capacidades estratégicas en defensa, semiconductores y salud global abre la posibilidad de reconfigurar parcialmente su posición en el orden regional. Sin embargo, cabe esperar que la rivalidad sinoestadounidense, la amenaza norcoreana y la polarización política seguirán configurando las márgenes de su política exterior y su proyección como potencia intermedia.
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Notas:
1- Los Libros Blancos Diplomáticos están disponibles en el portal oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores de Corea: https://www.mofa.go.kr/www/brd/m_4105/list.do [Fecha de consulta: 06.04.2025].
2- «Escuela de Seúl» es el término que autores como Vorontsov et al. (2020) utilizan para referirse al conjunto de trabajos de especialistas surcoreanos en relaciones internacionales que, desde comienzos del siglo xxi, han reinterpretado y desarrollado formulaciones de la academia occidental –entre ellas la teoría de las potencias intermedias– para adaptarlas al contexto específico de Corea.
3- Las «Conversaciones a Seis Bandas» fueron un proceso diplomático multilateral impulsado y auspiciado por China tras la crisis nuclear de 2002. Iniciadas en 2003, reunían a Corea del Sur, Corea del Norte, Estados Unidos, China, Japón y Rusia con el objetivo de lograr la desnuclearización de la península coreana. Tras avances limitados, el proceso colapsó definitivamente en 2009.
4- Este complejo fue una iniciativa de cooperación económica intercoreana establecida en 2004, en la zona económica especial de Kaesong, en Corea del Norte. Fue clausurado en 2016 por la administración de Park Geun-hye.
Palabras clave: Corea del Sur, potencia intermedia, política exterior, geopolítica, ambigüedad estratégica, agencia, relaciones internacionales
Cómo citar este artículo: Castillo Iglesias, Just y Martínez Gual, Paula. «Corea del Sur ante la competencia China-Estados Unidos: estrategia y límites de una potencia intermedia». Revista CIDOB d’Afers Internacionals, n.º 141 (diciembre de 2025), p. 65-90. DOI: doi.org/10.24241/rcai.2025.141.3.65
Revista CIDOB d’Afers Internacionals, nº 141
Cuatrimestral (septiembre-diciembre 2025)
ISSN:1133-6595 | E-ISSN:2013-035X
DOI: https://doi.org/10.24241/rcai.2025.141.3.65
Fecha de recepción: 08.04.2025 ; Fecha de aceptación: 22.09.2025