Las alternativas aparecen y se desvanecen, como el Sur Global. La vida cotidiana de las mayorías urbanas

Data de publicació:
07/2019
Autor:
AbdouMaliq Simone, profesor visitante sénior, Urban Institute, Universidad de Sheffield
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¿A qué nos referimos cuando hablamos del Sur Global?

Ninguna de las anteriores concepciones normativas parece ser suficiente. Las zonas urbanas a las que solemos asignar esta designación han seguido en gran medida su propio camino, o bien los caminos por los que los han llevado sus conexiones particulares con el resto del mundo (con sus dependencias y oportunidades). Distintos grados de imposición colonial, diferentes formas de participación mundial y distintas valoraciones geográficas han empujado a un primer plano a determinados procesos de urbanización en algunas regiones y no a otros.

Las movilizaciones de sentimiento popular y compromiso político han abierto y, al mismo tiempo, cerrado la proliferación de conectividades a través de las cuales se configura la vida urbana. Los cambiantes compromisos del Estado con respecto a las transformaciones económicas y sociales que pone en marcha la urbanización también aceleran y ralentizan las cosas. Sin duda, la capacidad viral que posee un conjunto limitado de formas de habitar para replicarse a sí mismas a gran velocidad, independientemente de las texturas e historias singulares locales, es la manifestación de una fuerza totalizadora que barre por completo las prácticas, vigentes durante mucho tiempo, de producción de la ciudad. Pueden verse en los países más pobres extensiones significativas de inversión inmobiliaria de alto nivel. Las energías creativas, sinergias e intersecciones de la vida urbana, creadas colectivamente, se abstraen cada vez más: como fórmulas, ventajas de ubicación, ajetreo y alquiler de terrenos. El ahora urbano se transforma en un valor de especulación financiera, algo destinado al consumo, a precios cada vez más elevados.

Pese a que quizá resulte imposible retener el Sur Global como algo que apunte hacia algún tipo de homogeneidad y como algo que tiene entidad propia, esta idea sigue siendo importante como ficción o metáfora necesaria, como instrumento que nos permite pensar a través de lo urbano de un modo no sugerido de forma inmediata por cómo les prestamos normalmente atención a los cambios y problemas que analizamos.

Al mismo tiempo, pedir que un Sur Global urbano plantee un abanico de futuros urbanos alternativos es, una vez más, pedir que aquello que ha sido sistemáticamente negado por valores normativos de desarrollo (normatividad construida para afirmar la importancia universal de dichos valores) salve ahora al mundo de las funestas consecuencias que han acarreado esos mismos valores. De este modo, persisten tanto la lógica como el espíritu de colonialidad. Cuando cambios demográficos masivos derivan en densos paisajes de difícil comprensión y gobierno, cuando los megaproyectos sustituyen a pueblos singulares en cuestión de pocos años, y cuando condiciones de vida radicalmente dispares se sitúan en estrecha cercanía unas de otras, se declaran crisis urbanas, y todo el mundo se pone a correr detrás de los programas de sostenibilidad. Independientemente de cómo han llegado a ser así las ciudades, la supuesta notable capacidad de resiliencia humana, o la inmanencia del desastre suelen nublar las valoraciones de lo que sucede, de cómo todas las disparidades, los desarrollos desiguales, las poblaciones precarias y las privilegiadas de algún modo se «mantienen» en sistemas urbanos cuya sistematicidad no es sencillo de determinar.

II. El Sur Urbano y la ciudad de Occidente

Gran parte de lo que se considera como Sur Urbano es un objeto y, al mismo tiempo, un sujeto que deriva de la proyección de una sensibilidad blanca que, con demasiada facilidad, dictamina deficiencia, ineptitud, insalubridad, por un lado, y reforma y oportunidad rentable, por otro. Aunque hay quienes consideran que el uso de la noción racializada de “sensibilidad blanca” es excesivamente estricto o injusto, es importante recordar cuántos espacios urbanos en todo el mundo antaño se consideraba que eran «negros».

La negritud designaba poblaciones, prácticas y espacios considerados de escaso valor que exigían una gestión constante y extraordinaria, que exudaban una fundamental opacidad en su manera de funcionar y que debían mantenerse a una distancia segura de allí donde se generaba la economía real, pero que al mismo tiempo debían proporcionar la mano de obra barata para que la economía no se detuviese.

Históricamente, la ciudad de Occidente existía como el locus a través del cual algunos de sus habitantes podían reflexionar sobre su ser a modo de prerrogativa no trasladable a otras modalidades de existencia. La ciudad era el lugar en el que se consolidaba la vida humana como el epítome de la vida en general. La ciudad era para los humanos y ser humano era maximizar la posición propia en una continua demostración de la capacidad de ir más allá de las necesidades de la mera supervivencia. Esto requería una noción de libre albedrío, de la capacidad de actuar libremente en medio de interdependencias de otro modo restrictivas.

Al mismo tiempo, esta libertad exigía relegar ciertos cuerpos al estatus de propiedades o de subordinados, capaces de circular únicamente a través de los circuitos transaccionales del intercambio y la valoración económicas. La ciudad era el lugar que formaba un «nosotros» sin relación con otra cosa que no fuera sí mismo. Sin embargo, este «nosotros» se inscribía como el nodo cuyos intereses y aspiraciones debían concretarse a través de la expropiación y el cierre de relaciones metabólicas esenciales:  relaciones con la Tierra y la atmósfera. El «nosotros» como bien común se vuelve, por consiguiente, parcial, en el sentido tanto de incompleto como en el de valorativo La sensibilidad blanca comprendió y temió implícitamente esta parcialidad, ya que la urbanización entraña en esencia una intersección de fuerzas cuyas disposiciones no pueden en ningún caso entenderse ni preverse con antelación, lo cual genera pasiones y situaciones que están al margen de lo predecible. Estas pasiones y situaciones a menudo se identificaban después como características de quienes poblaban bazares, barrios populares, barriadas o chabolas, los cuales representaban una combinación ambivalente de temor y deseo, llenos de un dinamismo peligroso que había que mantener alejado, pero que aun así indicaban una vitalidad ausente que también había que mantener cerca: se mantenían cerca para poder mantenerlos a una distancia segura.

III. Mayorías urbanas

Estas son las mayorías urbanas. Recurro al concepto de «mayoría» no tanto como una cuestión estadística, sino para enfatizar las distintas formas en que los habitantes de muchas de las ciudades del Sur eran, principalmente, una combinación de distintas procedencias, medios de vida, capacidades e ingresos. La ciudad negra, lejos de ser una masa homogénea, fue más bien un escenario intrincado y, en su mayor parte, creado a sí mismo, de distintos modos y maneras de hacer las cosas. La gente empujaba y tiraba de las cosas y unos de otros hacia todo tipo de direcciones; las alternancias eran la clave: entre calma y conflicto, entre lo autorizado y lo anárquico, entre generosidad y manipulación, entre esfuerzo colectivo
e individual. Los ritmos de lo cotidiano, de cómo se suceden las cosas, de cómo fluyen y refluyen, eran fundamentales para desarrollar un equilibrio viable entre todos los intereses divergentes. La equidad y la justicia fueron posibilidades construidas a lo largo del tiempo y no consecuencia de criterios de eficacia del presente. Las pretensiones de urbanidad no pudieron en ningún momento reemplazar a las determinaciones por los que los habitantes habían luchado duramente para unas mejores circunstancias de vida para ellos y para los demás. Eso entrañó duras negociaciones, acuerdos y cesiones. Requirió vínculos íntimos con materiales y elementos naturales, y también con la toxicidad.

Pero toda determinación definitiva de lo que sucedía resultaba a menudo demasiado difícil de alcanzar cuando los terrenos se aglomeraban y dividían continuamente, cuando el uso de los espacios comercial y residencial se intercambian y confundían, cuando los derechos de acceso y de uso se renegociaban al margen de las fórmulas estrictas de la propiedad de los inmuebles. El desorden de lo edificado persiste en parte debido a una pluralidad de distintos esfuerzos y de las disposiciones concebidas para lograr que estos esfuerzos funcionen. Al mismo tiempo, el desorden es una salvaguarda limitada y provisional de la propia pluralidad. Es un medio para tratar de garantizar que los distintos tipos de habitantes (no siempre, ni siquiera frecuentemente, iguales en lo que respecta al acceso a recursos y oportunidades) dispongan no obstante de una vía para concretizar sus demandas, para hacer sentir su presencia y para mantener abierta la posibilidad de cambiar continuamente de medios de vida.

Las ciudades de la mayoría no son solo la plasmación de cuerpos que luchan, son además colisiones de materiales y procesos que producen un impacto lejos de donde se encuentran inicialmente y de sus «estados permanentes». Se ramifican a través de tendencias divergentes. El modo de funcionar de las cosas en conjunto, en proximidades de elevada densidad mediante las que se atraen y se repelen, y se dejan solas unas a otras, no es un instrumento que esté anclado en las intenciones de los habitantes humanos, que ayude y apoye su supervivencia y otras aspiraciones. No se limita a existir como una forma de complementación técnica que maximice las energías y capacidades de estos habitantes. Ya que, si lo técnico fuese simplemente el complemento de inclinaciones, intereses y capacidades prexistentes, ¿cómo podrían los habitantes humanos servirse de cosas cuyos potenciales, historias y acciones están más allá de las perspectivas humanas? Por tanto, la capacidad de vivir con materiales de todo tipo y con sus interacciones imprevistas resultó esencial para mantener la vida en las ciudades, incluso cuando fueron muchos los gobiernos que, lamentablemente, dejaron sin financiación
pública las infraestructuras básicas.

Sean cuales sean los interminables ajustes, compensaciones y conflictos que puedan derivarse de la intersección de cuerpos sin unas perspectivas o visiones claras, es la persistente generosidad de estos cuerpos para proporcionar los rudimentos de un mundo sólido (y, aun así, fácilmente destruible) lo que conforma la ciudad. La gente morirá de forma innecesaria durante el parto, al cruzar carreteras sin iluminar, en inundaciones causadas por alcantarillas obstruidas y a causa de violencia arbitraria; pero, al mismo tiempo, es poco frecuente que alguien se quede sin un lugar, sin un modo de sobrevivir de un día para otro. Ese lugar y ese día no están garantizados por nadie, pero se materializan simplemente por la apertura de alguien respecto a otro, creando una economía de transacción y de descanso.

La mayoría urbana era principalmente un estado intermedio (intermedio entre los barrios de viviendas y los de chabolas) y abarcaría a trabajadores asalariados en los sectores público y de servicios, a comerciantes, artesanos, forasteros, emprendedores pequeñoburgueses, trabajadores industriales, mafiosos, trabajadores del sector servicios de diversa cualificación y técnicos de bajo nivel. Por consiguiente, están implicadas diversas profesiones, trabajos, entornos, capacidades económicas y medios de subsistencia.
En distintas coyunturas históricas, este estado intermedio gravitará y se reconocerá a través de diversos constructos sociales y políticos como la clase, la raza, o la identidad territorial. Aflorarán intereses específicos compartidos y lenguajes de reconocimiento que harán posible la formulación de reivindicaciones particulares y formarán un punto de anclaje para la aplicación de políticas específicas, la movilización y el compromiso ideológico. Sin embargo, en la mayoría de las ciudades del Sur, la relación entre una subjetividad política y la estabilización del electorado a lo largo del tiempo fluye y refluye, no llega nunca ni a formarse ni a disiparse del todo, sino que es porosa y coyuntural.

Considerar o no los esfuerzos y la resistencia de esta mayoría urbana características definitorias de un Sur urbano, o interpretarlos como rasgos típicos de procesos de urbanización que predominan en todas partes tiene menor importancia que lo que hagamos de estas historias ahora.

Muchos de los barrios pobres y de clase media ya no existen, se han reconstruido con el actual tejido habitual de torres verticales comerciales y residenciales más modernas. Aquellos barrios que subsisten lo hacen con trayectorias bismalmente distintas: unos, sometidos a demasiadas exigencias, redes de emprendedores con demasiadas actividades monohabitacionales, demasiados trabajadores pendientes unos de otros; otros, son lugares de incesante agitación, donde todo el mundo tiene uno u otro plan, a menudo pasajero, con continuas rotaciones de población y con ventajas de ubicación cada vez más inasequibles. Otros se desvanecen lentamente en la oscuridad del abandono institucional.

Como muchos han señalado, gran parte de la mayoría urbana se ha marchado a la periferia. Allí, extensiones masivas de edificios verticales de vivienda asequible para las clases medias y bajas que se entremezclan a gran velocidad con zonas de construcción rápida y barata para pobres,
todo ello entremezclado con zonas industriales, fábricas reubicadas, zonas de ocio en ruinas, vertederos, almacenes y los vestigios de urbanizaciones de lujo de acceso privado. La mayor parte del entorno construido no se construye para durar. Grandes urbanizaciones de pequeños pabellones que prometían viviendas en propiedad y bienes fungibles para asalariados se deterioran y abandonan en un periodo breve de tiempo, cuando no ha pasado apenas una década desde que se concluyesen. Las poblaciones se insertan en los intersticios difusos de una tierra de nadie producto de la exigencia de separar a las clases sociales «merecedoras» de las «no merecedoras», junto con y por debajo de infraestructuras de transporte varias, bancos de tierra y amplias extensiones de espacios industriales y comerciales que no son ni plenamente funcionales ni están plenamente consumidos. Es aquí donde resulta difícil saber por dónde irán las cosas, las proximidades resultan demasiado discordantes, la duración media de la vigencia de los proyectos cada vez se acorta más y extensiones del entorno construido esperan un eventual uso y una ocupación que acaso no se llegue nunca a producir.

IV .¿Qué futuros les esperan a las mayorías urbanas?

Donde antaño habría sido posible hacer un cierto uso sistemático de las historias experienciales de las mayorías que participan en las diversas, precarias y, normalmente, provisionales formas de urbanismo, ahora se ha vuelto cada vez más difícil determinar cuáles son los tipos de futuros que albergan esas historias. Las capacidades de hacer y actuar se ven cada vez más limitadas y encorsetadas por normas y reglamentaciones prolíficas que han convertido en ilegales muchas de las actividades del pasado, y por las grandes cadenas de productos básicos que han reducido los sistemas de producción locales. No deja de ser en cierto modo irónico que el valor del Sur se debiese a que funcionaba sin normas, a no observarlas, al estar sometido a un inabarcable conjunto normas, en su mayor parte incumplibles, solo por dar una sensación de legalidad, o solo para aplicarlas de forma selectiva.

Puede que esta situación, en apariencia caótica, haya sido el fundamento a través del que se elaborasen y legitimasen las normas en los hemisferios del Norte, pero el Sur quedó en gran parte al margen de normas y a menudo fue incluso premiado por incumplirlas, donde las extracciones de prácticamente cualquier cosa pasaban desapercibidas. Ahora se halla sometido a soluciones que dependen en gran medida de la creación y el cumplimiento de normas y reglamentaciones. Aunque es posible que el cumplimiento siga siendo selectivo y las normas se apliquen en realidad como un medio para depurar y extorsionar, en todas partes los municipios intentan demostrar su modernidad y autoridad ampliando normas como si de los propios derechos de los ciudadanos se tratara.

Los habitantes de Karachi, São Paulo, Ciudad de México, Manila, Yakarta, Bagdad, El Cairo, Lagos o Johannesburgo desean unas vidas con el menor grado de estrés y el mayor de prosperidad posible. Y saben que semejantes aspiraciones son imposibles a no ser que puedan acceder a formas viables de gestionar aquello que cabe esperar de sus esfuerzos, a cierta capacidad rudimentaria de prever lo que probablemente les suceda si llevan a cabo determinadas actuaciones. Por tanto, sí que conocen y respetan el valor de la ley, de la necesidad de que las cosas se regulen. Pero hasta qué punto esas normas y reglamentaciones que se promulgan realmente comprenden las formas en que se concretan los medios de subsistencia es otra historia. Se tiende a sobrelegislar y sobrehomogeneizar y, por tanto, a sobrepenalizar el abanico de prácticas que los habitantes sienten que son necesarias para realizar adaptaciones y ajustes continuos en entornos urbanos volátiles. Las exenciones y excepciones demasiado a menudo no son otra cosa que recompensas políticas, en vez de indicaciones de que los marcos normativos no consiguen una gobernanza real. En lugar de orientarse hacia un mundo que se presenta a sí mismo con cierta previsibilidad y coherencia, los habitantes se ven obligados a afrontar múltiples realidades paralelas de diversos grados de «oficialidad» y primacía.

Si el objetivo de los sistemas basados en normas fuese garantizar un terreno de juego en igualdad de condiciones, ofrecer un sentido admisible de previsibilidad en cuanto a la disposición de acciones particulares y un sentido estabilidad ante los resultados, esencialmente inciertos, de algunas transacciones urbanas, sería imprescindible entender de qué modo se produjeron tales resultados precarios en el pasado y qué tipos de sensibilidades, orientaciones, negociaciones y acuerdos estaban vigentes. Ello implica entender cómo pudieron las intenciones, planes y maniobras fraccionadas, los acuerdos políticos confusos, las compensaciones por las cosas que no salieron bien y los continuos ajustes producir unos espacios residenciales y comerciales asequibles e intensamente heterogéneos.

Al mismo tiempo, debemos comprender mejor que estas prácticas para la creación de espacios heterogéneos pueden ser un arma de doble filo. Propietarios de imprentas, técnicos, trabajadores domésticos, vendedores ambulantes, bandas juveniles locales, asociaciones de imanes en las mezquitas, barrenderos y actores locales influyentes no se limitan a tener sus propias normas, sectores, dominios y espacios; además, también han acabado asumiendo las realidades de todos los demás. Es parte de su capacidad de hacer su trabajo, permanecer en el lugar, y después, cuando llega el momento, hacer algo más. Es lo que conlleva su capacidad de adaptación. Por una parte, atraer a los demás al redil propio puede contribuir a una mejor sincronización de las distintas cosas que tienen lugar en un distrito en concreto. Al mismo tiempo, sin embargo, distintos actores, al percibir que ya tienen lo que necesitan de los demás, pueden verse más inclinados a actuar por su cuenta, sin pensar en lo que en realidad hacen otros en ese distrito y estando más predispuestos a «alcanzar sus propios  acuerdos» con actores externos. Por tanto, es aquí donde el mantenimiento o la creación de instituciones de gobierno local desempeña una función esencial, no imponiendo un conjunto común de procedimientos, sino garantizando un sentido permanente de responsabilidad mutua que vigile cada uno de los acuerdos que se alcancen en cuanto a sus implicaciones potenciales para un territorio en particular.

Además, debemos plantearnos muy seriamente hasta qué punto los tropos predominantes de democracia, justicia y ciudadanía siguen «haciendo su trabajo» de sustanciar y sustentar el habitar humano en los contextos urbanos actuales. Puesto que lo humano (en tanto que generalización desde las genealogías, las prácticas y las vidas de cuerpos concretos, sus pensamientos y aspiraciones) requiere un modo de promulgación y consideración que genere una experiencia concreta, y no una mera conceptualización, de lo común.

¿Qué serían los humanos urbanos sin la capacidad de ser obligados de una forma que exceda las especificidades de vidas discretas y divergentes, pero que sin embargo incorpore estas especificidades a modo de evidencia crucial del hecho de la existencia humana? ¿Qué tienen en común los habitantes de las regiones urbanas modernas? En lugar de instituciones tales como santuarios, asociaciones o gremios, por ejemplo, que hagan las veces de refugios ante las tensiones e incertidumbres del mundo exterior, en muchos casos aún permiten a los individuos acceder a ese exterior en tanto que plataforma desde la que participar en él, aprender de él y molderarlo.

V. El derecho a la ciudad: ¿reforzando formas concretas de pertenencia?

Lo común no es una reducción de complejidad, no es la equiparación de identidades a través de algún tropo genérico como ciudadanía, sino el mantenimiento de muchas y diferentes rutas, cierres y aberturas a espacios y experiencias que no necesitan ni un denominador común ni un modo particular de pertenencia. Lo importante en la vida urbana no son tanto las características de dónde reside la gente como el modo en que se cruzan unos con otros; la posibilidad de encuentros múltiples donde nada es deliberado ni instrumental. Es así como se vive el derecho a la ciudad en la vida cotidiana. La coordinación de la heterogeneidad urbana (la clasificación de cuerpos, actividades y oportunidades) en manos de instituciones sociales locales se perfeccionó a largo plazo. Entre ellas, estaban las instituciones religiosas, los sindicatos y las asociaciones étnicas y gremios, sombras que lo que habían sido, incapaces de coordinar y cohesionar a una diversidad de habitantes que se encuentran expuestos de manera mucho más directa e inmediata a las complejidades de los sistemas urbanos.
Los propios sistemas se han abierto a conexiones inciertas con el mundo exterior de los flujos financieros, las cadenas de productos básicos, los aparatos sociotécnicos y las manipulaciones políticas.

En las ciudades donde su creciente población joven considera el pasado irrelevante para las necesidades del futuro, donde algunos ya no buscan reconocimiento e inclusión, y otros transitan de un proyecto a otro, hacer lo correcto significa en gran medida no hacer nada en absoluto. Pese a  que puedan subsistir las aspiraciones a una vida próspera, un número importante de jóvenes, indiferentes respecto a su propia supervivencia, perciben la ciudad simplemente como algo a lo que agarrarse, sean cuales sean las consecuencias. Los complejos tejidos de cuidado y apoyo social que sustentaban formas de vida volátiles en el pasado, que hacían posible un sentido creíble de colaboración incluso en contextos enormemente conflictivos, se han agotado ya y resultan muchas veces ineficaces. Instrumentos como el desarrollo económico local y la democracia local se han vuelto insostenibles para quienes ya no desean quedarse en un mismo lugar, quienes están en continuo movimiento, incluso aunque los propios circuitos del movimiento estén muy limitados.

Ante esta coyuntura, ciertas prácticas a las que recurren los habitantes para funcionar en esta heterogeneidad en el contexto actual de mayor incertidumbre, podrían percibirse como una especie de «política», aunque, en realidad, son en gran medida especulativas y están completamente enredadas con grandes medidas de riesgo y afectan a disposiciones que, a menudo, resultan poco claras en cuanto a los intereses a los que sirven y a los futuros que crean. Se basan en lo que yo llamo prácticas de «anticipación » que, aunque imbuyen las distintas formas de vida colectiva local de flexibilidad e innovación, también pueden dispersar las energías y los compromisos de los habitantes en una multiplicidad de iniciativas y «experimentos» descoordinados. Por tanto, la planificación sigue siendo importante como medio de intentar separar y entrelazar estas anticipaciones en representaciones y proyectos viables.

La expresión «futuro urbano» parece cada vez más un oxímoron cruel. El mundo urbano ha fabricado una situación en la que el futuro se cierne como el final de una partida, en particular, para quienes viven en ciudades cuyo emplazamiento original se había concebido para llevar a cabo descargas rápidas de preciados cargamentos. La redención a través de la infraestructura podrá ser técnicamente factible, pero en todo caso se enfrenta a un resultado final inaceptable.

Por el momento, es clave replantearse todas y cada una de las medidas emprendidas en nombre de la salud y la seguridad, el desarrollo y la modernidad, la eficiencia y la rentabilidad del gasto, y la inversión favorable para poder evaluar sus implicaciones a medio plazo para los habitantes que, en la mayoría de las ciudades del mundo, no han visto apenas más que beneficios marginales en sus condiciones de vida. Con ello no se quiere decir que las políticas regulatorias sean ni perjudiciales ni superfluas, sino que deben evaluarse en términos de lo que permiten y lo que impiden. Por ejemplo, excepción hecha de las industrias que más contaminan, hay pocas razones para separar residencias y comercios. El incremento de las molestias como un factor decisivo para decidir si, y dónde, deben producirse determinadas actividades suele constituir una costosa separación de funciones, además de contribuir a generar entornos informacionalmente empobrecidos.

Con toda la supuesta preocupación por el espacio público, el logro de una ciudadanía activa puede aún encontrarse en gran medida en las aparentemente caóticas e incompletas configuraciones de edificios, infraestructuras y actividades que continúan existiendo en muchas ciudades. Este entorno ofrece una representación visible de lo que son las cosas y de lo que deben afrontar las personas cuando tratan de sustentar una existencia viable en la ciudad. Muestra que el agua y la electricidad aparecen y desaparecen, muestra aquello que los cuerpos y objetos consiguen superar para condensarse a sí mismos en función de sus intereses y aspiraciones individuales; muestra el terreno, las condiciones y las conjunciones en las que intentan convivir los proyectos cambiantes de personas y cosas - aunque no siempre lo consigan.

Muestra cómo atraviesan y sortean los habitantes las marcas y sedimentos de muchos y muy diversos movimientos, constituyendo un lugar que apunta en todo momento a su predisposición a los acuerdos, las pequeñas iniciativas y los grandes designios. En vez de centrarse en “arreglar la ciudad” o en poner las cosas en el “lugar adecuado”, es importante para la organización espacial mostrar cómo los habitantes, materiales, infraestructuras y entornos construidos se moldean unos a otros, pasan por y alrededor día tras día. Aquí lo que resulta importante es la capacidad de los habitantes de ver cómo sus aspiraciones y actividades cotidianas repercuten en sus entornos, y cómo estos entornos, a su vez, moldean lo que ellos perciben, sienten y consideran posible.