Los rostros del populismo en la Rumania poscomunista

Data de publicació:
04/2017
Autor:
Dragoş Dragoman, Lucian Blaga University of Sibiu , Rumania y Camil Ungureanu, Universitat Pompeu Fabra (Barcelona)
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Desde la ruptura del antiguo régimen comunista en diciembre de 1989, el populismo se ha convertido en una presencia familiar en la nueva democracia rumana. La apelación directa al «pueblo» como depositario último de la verdad era práctica habitual durante el «comunismo nacional» de Nicolae Ceauşescu y ha tomado nuevas formas ideológicas en el período poscomunista. El vacío dejado por la caída del comunismo fue en parte cubierto por la creación de un populismo nacionalista de derechas articulado por el Partido de la Gran Rumania (PRM, por sus siglas en rumano). Dirigido por Corneliu Vadim Tudor, poeta cortesano de Ceauşescu, este partido combinó xenofobia y nostalgia del comunismo con la exaltación del pueblo rumano, sus valores y tradiciones más antiguas. En 2000, Tudor y su partido plantearon una seria amenaza para el proceso de democratización de Rumania: aprovechando los temores generados por el desempleo, las carencias sociales y el colapso del antiguo sistema de seguridad social, el extremista Tudor logró pasar a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales. Al final, gracias a una coalición transversal de fuerzas de derecha y de izquierda, fue derrotado por Ion Iliescu, ex alto funcionario del Partido Comunista y candidato del Partido Socialdemócrata (PSDR; actualmente PSD).  

Con el declive del PRM tras su fracaso electoral en 2000, el Partido Demócrata (PD) utilizó con éxito la retórica y las estrategias populistas, pero no en combinación con el nacionalismo y la nostalgia del antiguo régimen de Ceauşescu. Esta forma de populismo, dirigida por el carismático y manipulador líder del PD, Traian Băsescu, fue notablemente diferente, por ser –al menos en el ámbito discursivo– anticomunista y proeuropeo. El estilo de liderazgo populista de Băsescu era mucho más antielitista y antiestablishment que el de Vadim; apelaba al «pueblo» para finalmente derrocar al comunismo «perpetuado» por el prolongado Gobierno de Ion Iliescu y el PSDR. Este último era descrito como un cártel de las antiguas élites políticas y económicas que engañaba a la gente común y estaba protegido por un sistema judicial corrupto. Basando toda su campaña electoral en la supuesta corrupción de los funcionarios, Băsescu alcanzó la presidencia en 2004 y su partido, el PD, ganó las elecciones generales en alianza con el Partido Nacional Liberal (PNL). Uno de sus eslóganes de campaña pregonaba la promesa de «empalar» a los funcionarios corruptos del Estado (es decir, los líderes del partido rival), rememorando el método utilizado por Vlad Ţepeş (Vlad el Empalador) para castigar el robo y la corrupción.  

Tras el éxito de la campaña del PD en 2004, el populismo inició una nueva etapa al entrar en el Gobierno por primera vez en Rumania desde 1989. Este cambio arrojó resultados generales modestos, en parte porque Băsescu demostró ser un oportunista político con poca consideración por la ideología. Después de la ruptura de la coalición PD-PNL (2007-2008) y de la cohabitación forzosa del presidente Băsescu con el líder del PNL como primer ministro, las elecciones generales del 2008 ayudaron al Partido Demócrata Liberal (PDL, el antiguo PD) a formar una vez más una coalición gubernamental, esta vez con su anterior archienemigo, el PSD (el supuesto paradigma de la corrupción y representante del malvado establishment comunista). La exitosa campaña presidencial de 2009, cuando el entonces presidente Băsescu ganó por segunda vez, condujo a una mayoría parlamentaria liderada por el PDL y a un primer ministro del mismo partido. A partir de 2009, el presidente Băsescu trató de transformar el sistema político para consolidar su poder. Asegurando hablar en nombre de la gente para revitalizar y modernizar el Estado, los populistas se volvieron contra todos los órganos representativos a fin de consolidar el poder ejecutivo. Retratando a los miembros del Parlamento como la expresión de una élite obsoleta, arrogante y corrupta, el presidente Băsescu utilizó su derecho constitucional para convocar referendos. Por ejemplo, en uno de sus referendos orquestados, Băsescu pidió el voto para reducir a la mitad el número de parlamentarios y pasar de una Asamblea bicameral a una unicameral. Bajo su liderazgo, el PDL cambió la ley sobre el referéndum en 2011 y estableció un umbral de participación popular del 50% para la validación de cualquier referéndum. Ello fue un paso decisivo para mantener a Băsescu en el poder en 2012, ya que el referéndum para su destitución –que el presidente perdió por casi el 90%– fue invalidado porque la participación solo llegó al 46%.  

La manipulación de los medios de comunicación constituyó otra estrategia clave. Tras el nombramiento de personas afines a la dirección de las cadenas de radio y televisión estatales, los canales de televisión privados contrarios fueron repetidamente sancionados por el órgano regulador de los medios de comunicación, y sus dueños acusados de varios crímenes y arrestados. Uno de ellos murió antes de la sentencia final, mientras que otros dos fueron condenados, sentenciados y encarcelados. Este «éxito» llevó a Băsescu a amenazar abiertamente a sus rivales con investigaciones legales, calificándolos de «candidatos a prisión».  

Con la popularidad a la baja, el PDL utilizó su poder para marginar a la oposición. El sistema mayoritario a dos vueltas para la elección de alcaldes fue reemplazado en 2011 por un sistema mayoritario a una sola vuelta, más favorable al PDL. Por último, ante el temor a una severa derrota en las elecciones locales programadas para la primavera de 2012, el Gobierno del PDL decidió en 2011 suspenderlas y posponerlas. Solo la decisión del Tribunal Constitucional obligó al PDL a abandonar el plan. La derrota electoral del PDL puso entonces fin a la lista de abusos. En diciembre de 2012, una victoria electoral aplastante, sin precedentes, confirmó en el Gobierno a la oposición formada por el PNL y el PSD.  

Estos episodios políticos en Rumania confirman la tensión entre constitucionalismo democrático y populismo: el recurso al pueblo y el uso de mecanismos de democracia directa para movilizar el descontento social y atacar al establishment han resultado ser una tapadera para los abusos políticos, la consolidación del poder ejecutivo y la influencia de una determinada élite político-económica.