Alemania: presiones populistas sobre Mutti Merkel

Data de publicació:
04/2017
Autor:
Eckart Woertz, investigador sénior y coordinador de Investigación, CIDOB
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Ya presente en Estados Unidos, Reino Unido e Israel, el conspirativo sitio web de extrema derecha, Breitbart, se está expandiendo a Alemania y Francia. Se puede estar en desacuerdo con su expresidente ejecutivo, Steve Bannon –que ayudó a propulsar a Donald Trump hasta la Casa Blanca y que es ahora su principal estratega–, pero sin duda es un emprendedor político de éxito, con una habilidad especial para convertir el sentimiento populista en votos y dinero. La elección de Alemania no es casual. Es el país más poblado de la UE y las opiniones xenófobas han aumentado tras la crisis de los refugiados.  Alemania era el destino preferido —junto con Suecia— y recibió a más de un millón de refugiados. Merkel invirtió su capital político en la solución de la crisis. Después de sus gestos humanitarios y actitud acomodaticia iniciales, reforzó los controles fronterizos, negoció un acuerdo con Turquía para limitar los flujos migratorios e impulsó una redistribución paneuropea de refugiados que, hasta la fecha, no ha dado ningún resultado.  

La transformación de Merkel fue el reflejo de un cambio en la opinión pública. Alemania fue testigo de un  compromiso cívico solidario y exuberante al comienzo de la crisis de los refugiados, y tal compromiso aún existe hoy en día, pero las preocupaciones en torno a los desafíos de la integración han ido aumentando. Y no se limitan a la derecha marginal. Se estima que la integración de los recién llegados en el mercado laboral requiere un promedio de cinco años –más de lo que se esperaba inicialmente–, y también existen cuestiones de seguridad. Las agresiones sexuales por parte de grupos de inmigrantes del norte de África en la estación de ferrocarril de Colonia, en la Nochevieja de 2015, marcaron un punto de inflexión. A continuación, los atentados terroristas de Würzburg y Ansbach, por parte de solicitantes de asilo de Pakistán y Siria, fueron seguidos por el ataque de Berlín, en que un solicitante de asilo tunecino, rechazado y programado para ser deportado, arrasó un mercado navideño con un camión, matando a 12 personas. 

Estos sucesos obligan a la reflexión. Merkel se encuentra ahora bajo la presión constante de su socio menor de coalición, la Unión Social Cristiana (CSU) de Baviera, que insiste en políticas de seguridad más estrictas para bloquear un mayor ascenso del nuevo partido de extrema derecha, Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán). Fundado hace tan solo cuatro años, este partido viró aún más a la derecha en 2015, cuando expulsó a su presidente fundador, Bernd Lucke, quien había defendido el conservadurismo fiscal y la oposición a los rescates del euro, pero tenía una opinión relativamente más liberal sobre la migración, siempre y cuando los inmigrantes tuvieran la cualificación necesaria. Desde la crisis de los refugiados, la AfD se ha convertido cada vez más en un partido monotemático que ha tratado de capitalizar los temores sobre la afluencia de los inmigrantes, y de los inmigrantes musulmanes en particular. 

La AfD ha logrado una serie de éxitos en los parlamentos regionales, donde ha alcanzado resultados de dos dígitos. Ahora está presente en los parlamentos de 11 de los 16 Länder. En Sajonia-Anhalt consiguió, en 2016, más del 24% del voto y se convirtió en el segundo partido más fuerte después de la gobernante Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus siglas en alemán). Esto indica una vez más la mayor prevalencia de inclinaciones xenófobas en la Alemania del Este, donde Dresde acoge las infames marchas de Pegida. En Baden-Wurttemberg el AfD obtuvo un 15,1%, superando a los socialdemócratas (SPD) cuyo porcentaje se redujo casi a la mitad, hasta el 12,7%. En Renania-Palatinado cosechó un resultado más moderado con un 12,6%. Ha tenido éxito sobre todo entre la población masculina, de clase trabajadora y/o desempleada; y ha recibido apoyo tanto de exvotantes conservadores como de izquierda por igual; asimismo, ha atraído a muchos antiguos abstencionistas. En mayo de 2017, su éxito podría continuar en las elecciones regionales en Schleswig-Holstein y Renania del Norte-Westfalia, el Land más poblado de Alemania, con casi 18 millones de personas. 

Por razones históricas, los partidos de extrema derecha constituyen una cuestión delicada en Alemania, y existe un consenso transversal entre partidos para contenerlos. Si la AfD llegara a entrar en el Bundestag en las elecciones federales de septiembre, esto sería la primera vez que ocurre desde la Segunda Guerra Mundial. Otros partidos de extrema derecha como el Republikaner, el Partido Nacionaldemócrata de Alemania o la Unión del Pueblo Alemán (NPD y DVU, respectivamente, por sus siglas en alemán) han ido y venido; y en ocasiones han logrado entrar en los parlamentos regionales, pero nunca en el Bundestag. 

Como todos los demás partidos rechazan a la AfD, la formación de coaliciones se ha vuelto más difícil. Aparte de la AfD, los resultados de cada partido también son cada vez más desiguales según los Länder, como han mostrado las elecciones regionales de 2016. Los Verdes, antes un partido marginal, es ahora el partido más fuerte en Baden-Wurttemberg, pero se derrumbó en Renania-Palatinado y apenas logró pasar el listón del 5% en Sajonia-Anhalt. El partido socialdemócrata, SPD, se desplomó en Baden-Wurttemberg y Sajonia-Anhalt, pero logró una ligera mejora en Renania-Palatinado, donde siguió siendo el partido líder. La CDU sufrió pérdidas masivas en Baden-Wurttemberg, donde ha sido el partido gobernante durante décadas, pero solo cayó ligeramente en las otras dos regiones. La Izquierda (Die Linke) sigue mucho más fuerte en Alemania del Este que en Alemania Occidental. 

Todo esto apunta a una mayor fragmentación del panorama de partidos en Alemania, donde los grandes «partidos populares» (Volksparteien) han perdido su poder para atraer a conjuntos cohesionados de votantes.  Las elecciones resultan cada vez más volátiles y tienen más que ver con cambios de humor y personalidades que con programas. Durante décadas de su historia de postguerra, Alemania tuvo un panorama político bipartidista constituido por los dos Volksparteien, la CDU/CSU en el centroderecha y el SPD en el centroizquierda, con el liberal Partido Democrático Libre (FDP) entremedio, como partido bisagra. Con la llegada de los Verdes en la década de los ochenta y de la Izquierda (Die Linke) en la década de los noventa, esta situación cambió, dando lugar a la dispersión del electorado del SPD, que ha quedado reducido ahora a la sombra de lo que fue. Si bien la CDU tuvo más capacidad para mantener su condición de Volkspartei, ahora está sujeta a procesos de erosión similares a los del SPD, perdiendo votos a favor de la AfD por la derecha y de los Verdes por la izquierda. 

Mientras tanto, la AfD se siente avalada por la victoria electoral de Trump y está alcanzando a otros partidos populistas de Europa. En enero de 2017, asistió a un congreso organizado por el grupo derechista Europa de las Naciones y de la Libertad (ENF) del Parlamento Europeo, cuyo miembro Marcus Pretzell dirige la AfD en Renania del Norte-Westfalia y es el esposo de la líder federal de la AfD, Frauke Petry. Si bien los populistas de derechas coinciden en limitar la inmigración en general, y la musulmana en particular, existen diferencias significativas respecto a las políticas sociales. Marine Le Pen intenta asegurar el Estado del bienestar a su electorado nacional; en cambio, la AfD quiere reducirlo y, de hecho, tiene una agenda bastante neoliberal más allá de sus posiciones xenófobas. En política exterior, se puede observar una actitud muy receptiva respecto a las posiciones rusas. Si bien la AfD no ha recibido financiación oficial por parte de Rusia —a diferencia del Frente Nacional francés—, su líder, Alexander Gauland, cultiva estrechos contactos en Rusia y ha presionado para un acercamiento con el país. Esto se ha sumado al espectro de la intromisión rusa en la campaña electoral. Tales preocupaciones ya existían en Alemania incluso antes de la interferencia rusa en las elecciones de Estados Unidos, al ser pirateoados los ordenadores del Partido Demócrata. Un ataque informático contra las oficinas del Bundestag provenía de Rusia; y, en el «caso Lisa», el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergey Lavrov, atizó las manifestaciones de los alemanes de ascendencia rusa por la presunta violación —que luego resultó ser falsa— de una niña en manos de extranjeros.

 

Últimamente, la estrella de la AfD muestra signos de desvanecimiento en las encuestas de opinión, donde ronda el 10% de los votantes. Ante la llegada decreciente de refugiados a Alemania, insistir en ello como única cuestión resulta menos atractiva y el tema ha quedado circunscrito a las peleas internas del partido. Su respaldo inicial a Donald Trump puede resultar contraproducente, ya que las excentricidades del nuevo presidente de Estados Unidos y su caótica administración son poco populares entre los simpatizantes de los conservadores y de la extrema derecha. En cambio, el SPD ha sido testigo de un notable resurgimiento desde que, en enero de 2017, eligió como líder a Martin Schulz, el expresidente del Parlamento Europeo. Su mensaje algo más de izquierdas de revertir algunas reformas neoliberales de los años 2000, así como una cierta fatiga ante la idea de otros cuatro años con Merkel fueron suficiente para impulsar al SPD del 20% a más del 30% en las encuestas, algo impensable hace solo unos meses: a saber, la derrota de Merkel ante una coalición del SPD, los Verdes y los liberales del FDP o una coalición de izquierdas entre el SPD, los Verdes y La Izquierda, ahora parece una posibilidad factible.

 

Las pérdidas considerables de la CDU/CSU provocarían un alboroto en ambos partidos y Merkel se enfrentaría a una creciente presión interna. Su toma de posición respecto a la crisis de refugiados es más popular entre los votantes de los Verdes y del SPD que dentro de su propio partido. Si la CDU/CSU de Merkel pierde el Gobierno ante una coalición liderada por el SPD, probablemente virará hacia la derecha. Y, con una izquierda más fuerte y más asertiva, la AfD lo tendría más difícil para establecerse de manera duradera en el panorama de partidos alemán.