Asia Oriental y el Pacífico: antes y después de la covid-19

Data de publicació:
06/2020
Autor:
Oriol Farrés, coordinador del Anuario Internacional CIDOB
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Tanto en Asia como en el resto del mundo, la propagación de la pandemia de la covid-19 ha alterado radicalmente los planes de los actores políticos, económicos y sociales. Una crisis de la dimensión de la actual, de tamaña excepcionalidad, genera una incertidumbre difícil de gobernar ya que comporta enormes costes psico-sociales, económicos y políticos. Una de las particularidades de la pandemia actual es que las dos grandes potencias del sistema internacional –China y EEUU– son ahora mucho más frágiles que en diciembre, ya que han visto disminuir significativamente su prestigio o poder blando, su poderío económico y su cohesión social interna. También las organizaciones multilaterales, como las Naciones Unidas (particularmente, la OMS) o la Unión Europea, han visto peligrar su credibilidad y, en pocas semanas, evaporarse algunos logros fruto de años de trabajo (como la libre circulación o la ampliación de derechos sociales y políticos), quedando aún por ver si estas restricciones serán meramente temporales o pueden prolongarse en el tiempo.

Una vez pasado el shock inicial de la emergencia por la rápida expansión de la pandemia, y sin nadie en el puente de mando global, el principal interrogante ahora es si veremos una transformación del orden internacional y del modelo económico profunda –un cuestionamiento de la globalización del capital– o más bien una aceleración de las tendencias que ya se detectaban antes de diciembre del 2019, cuando China anunció los primeros contagios.

La tesis central de este texto es que la covid-19, en buena medida, acelerará las tendencias que ya vimos a finales del 2019, y es posible que haga más profundas y visibles las fracturas entre potencias y en el seno de las sociedades afectadas. La respuesta de cada uno de los gobiernos será clave para dar forma al proceso de recuperación de la abrupta recesión económica, y apostar por la cooperación (la solidaridad) o la competencia (la rivalidad) a escala internacional será clave, no solo para la presente, sino para las futuras crisis que nos aguardan como la climática la recesión económica, la destrucción del empleo o el impacto de las tecnologías disruptivas, cuya regulación difícilmente puede llevarse a cabo a escala nacional.

Antes de la covid-19

Para la actual administración estadounidense, la covid-19 llegó en un momento favorable dentro del caos, tras un intento de impeachment fallido al presidente Trump y con la economía creciendo a buena marcha. La impermeabilidad de la Casa Blanca a las críticas –con un bloque de adeptos cohesionado e importantes apoyos económicos– se sumaba a la desorientación en las filas demócratas, cohesionadas en su diagnóstico del problema –el trumpismo– pero divididas en cuanto a la solución. En condiciones normales, esto le ofrecía al presidente Trump buenas perspectivas para la reelección en noviembre.

En cuanto a la agenda internacional, y tras el fracaso de sus gestiones en Corea del Norte, la mirada de Trump hacia Asia tenía a China en el punto de mira. A lo largo del 2019, y casi desde el día de su llegada al despacho oval, hemos asistido a un cambio de tono en la relación bilateral, que dejó atrás décadas de política estadounidense de aproximación y de cierta contención para optar por una oposición cada vez más manifiesta.

Tampoco sería justo atribuirle a la actual administración estadounidense el viraje completo de la política exterior. Mientras que EEUU ha sido sin duda la potencia internacional más influyente en la configuración del orden internacional del s. xx, este papel se ve cuestionado en el s. xxi por una China emergida y dispuesta promover su propia visión de un “orden internacional low cost” –en palabras del sinólogo francés François Godement– que se sustentaría en dos grandes pilares básicos: la defensa de la libertad de flujos comerciales y el respeto por encima de todo de la soberanía nacional –por lo menos, mientras estos principios sean en el tiempo beneficiosos para China. La supervivencia inesperada del partidoestado comunista en el poder, sumada al peso económico de Beijing y su creciente influencia internacional parece haber alcanzado un punto crítico para algunos sectores de Washington, que consideran además que el desarrollo de China ha sido oportunista y desleal.

A finales de año, podría decirse que la situación en Beijing era de cierta perplejidad. Tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el país fue hábil para postularse como alternativa a ocupar el vacío dejado por los Estados Unidos en sus múltiples frentes de la escena internacional, como defensor del liberalismo comercial o en la lucha contra el cambio climático. Si en algún momento la globalización fue vista como un mecanismo de transformación del sistema económico y político de la República Popular China, lo cierto es que Beijing se ha sabido administrar las dosis de “abrir y cerrar el puño” para promover el crecimiento y la transformación de la economía sin que la simbiosis del partido-estado perdiera las riendas del poder.

En el 2019, la cuestión doméstica más preocupante para Beijing eran las manifestaciones registradas en Hong Kong, ampliamente seguidas en el resto del mundo a través del uso masivo de las redes sociales y la emisión de vídeos en directo. Cabe recordar que el territorio volvió en 1997 a soberanía de la República Popular China y desde entonces se rige por el principio de “un país, dos sistemas”, fijado por una Ley Básica en vigor por un período de 50 años (hasta el 2047). Sin embargo, desde el 2014 el territorio ha experimentado un repunte de las protestas ciudadanas, que reclaman entre otras medidas que el gobierno regional sea elegido por sufragio universal y no, como hasta la fecha, por una Junta de Notables. El fantasma de la recesión económica, el repunte en el precio de la vida y la sensación de que los intereses de los ciudadanos no se ven representados en la agenda política, sumado a la incertidumbre de que en algún momento el territorio pueda perder su estatus, eran parte del combustible que prendió fuego en el 2019 con el anuncio de una nueva Ley de Extradición que decretaba el traslado de detenidos a la China continental para su juicio, minando de facto la autonomía judicial de Hong Kong, uno de sus principales puntos fuertes frente para los inversores. Ante la intensificación de las protestas, cada vez más violentas y que llegaron incluso a la ocupación por la fuerza del parlamento regional, en octubre la Ley de Extradición fue retirada. Sin embargo, esto no disolvió a los manifestantes, que reclamaban la destitución de la jefa ejecutiva, Carrie Lam, y la satisfacción de cuatro de las “cinco demandas” restantes, entre las que se encontraba la amnistía de los detenidos y la elección directa por sufragio universal del jefe del Ejecutivo. La posición de Beijing fue la de apoyar a Lam y enfatizar que el malestar detrás de las protestas era más económico que político. Los vídeos colgados en la red dejaron constancia de agresiones durísimas contra activistas, pero también contra ciudadanos chinos continentales que se atribuían a los manifestantes. A pesar de la violencia de las manifestaciones, Beijing mostró cierto grado de contención en las formas (dejando a la policía la represión y evitando la intervención del ejército), seguramente consciente de que esto conllevaría una mayor condena internacional. También en el 2019 fue noticia la situación
de miles de musulmanes uigures en Xinjiang, que eran recluidos en campos de reeducación y sometidos a vigilancia por parte de las autoridades. Esto se sumaba a los esfuerzos por parte de Beijing de aplicar la tecnología a la gobernanza de la sociedad, mediante el sistema de crédito social, la videovigilancia y el reconocimiento facial, que ofrecen un terreno abonado a los críticos del ejecutivo chino.

En marzo del 2019, se conmemoraron 40 años desde la reinstauración de las relaciones diplomáticas entre Washington y Beijing, posiblemente en el punto más bajo hasta la fecha. El repunte de la rivalidad entre China y Estados Unidos se juega ya en múltiples terrenos y ante toda suerte de aliados, y persigue dominar la narrativa dominante. El objetivo es influir al máximo en las percepciones de sus socios respecto al riesgo y oportunidad que presentaba el otro: EEUU pretendía subrayar el carácter de amenaza de China –como proveedor de tecnología poco confiable, como prestamista embaucador o como régimen cruel y totalitario– mientras que Beijing promovía su imagen de benefactor global, deconstructor y de alternativa al intervencionismo estadounidense para posicionarse como posible socio emergente, generoso y pragmático. Esta imagen que quería fomentar China se concretaba sobre el terreno mediante la “Iniciativa Cinturón y Ruta” a la que en cierto modo, y en su dimensión de seguridad, EEUU respondió con su estrategia para el Indo-Pacífico, atrayendo a India, Japón y Australia a un marco de contención de la proyección china. En enero del 2020, ambos países firmaron una tregua en la guerra comercial que mantenían (de mutua imposición de aranceles), que se preveía de difícil cumplimiento y que se llevaba a cabo en paralelo a la guerra tecnológica, de la que las disputas por la red de 5G y las críticas a Huawei habían sido el episodio más reciente.

En Japón, las perspectivas para el primer ministro Abe a finales de año eran de expectación ante la perspectiva de celebración de los Juegos Olímpicos de verano en Tokio, en agosto del 2020, que debían convertirse en la oportunidad perfecta para mostrar al mundo las virtudes de la sociedad japonesa –la hospitalidad, la organización, el gusto estético…– y abrir una nueva etapa tras el doloroso proceso de recuperación del terremoto de Tohoku del 2011. Era también un momento culminante para Abe, ya que sin oposición política a la vista, podría lucir los laureles de político más longevo al frente del gobierno japonés en democracia. Los Juegos debían ser una fiesta, llamada a insuflar nueva vida a la economía japonesa más allá de las “tres flechas” de la Abenomics (política monetaria, reforma fiscal, reforma estructural), las tres grandes áreas de intervención de la economía que seguían sin dar el resultado esperado, y que tras un aumento en septiembre del impuesto al consumo de dos puntos (ya pospuesto en dos ocasiones), hizo caer la economía 6,3% y que esta entrara de nuevo en recesión. La economía japonesa estaba siendo además una de las víctimas colaterales de la citada guerra comercial entre EEUU y China, por lo que el momento era delicado.

Durante la covid-19

China

Mientras el mundo se preparaba para dar la bienvenida al nuevo año, el 31 de diciembre del 2019 las autoridades chinas informaron a la Organización Mundial de la Salud de un clúster de casos de neumonía detectados en la ciudad de Wuhan (11 millones de habitantes), causados por un nuevo tipo de coronavirus. Al día siguiente, las autoridades cerraron un mercado de animales de la ciudad (relacionado con diversos contagios) e, inicialmente, intentaron contener algunos avisos públicos, como el del oftalmólogo Li Wenliang, fallecido en marzo víctima de la enfermedad. Wenliang se ha convertido de forma póstuma en héroe en las redes chinas, por haber advertido antes del anuncio oficial, en un blog médico, de la existencia de un brote viral similar al SARS en Wuhan y por ello haber sido duramente reprendido por las autoridades, acusado de difundir noticias falsas. El 23 de enero se ordenó el confinamiento de los habitantes de Wuhan en sus casas, medida que se prolongaría durante diez semanas. En ese lapso, la epidemia se propagó al resto del mundo, llevando a la OMS a declarar la pandemia en marzo. Durante algunas semanas, el mundo observó en la distancia la situación de Wuhan, si bien las reacciones (como el cierre de fronteras o la prohibición de vuelos) dependieron de cada gobierno y de la información que se iba suministrando. Uno de los efectos directos de la pandemia fue la suspensión temporal de las protestas en Hong Kong, y queda por ver en qué forma resurgirán en la “nueva normalidad”. Un escenario preocupante, aunque plausible, es que el gobierno aproveche la situación de emergencia para intentar restringir las protestas y que los manifestantes vean una oportunidad única en el debilitamiento internacional de China tras la covid-19, lo que radicalizaría aún más sus acciones.

Corea del Sur

La gestión que Seúl ha llevado a cabo de la pandemia ha sido considerada un modelo a imitar para aplanar la curva de contagios. Y el gobierno surcoreano ha llevado a cabo una “diplomacia del coronavirus” compartiendo información y aconsejando a otros muchos países sobre la gestión eficaz de la pandemia. Sin embargo, la fase inicial de contagios registró un elevado número de casos, similar al de EEUU, que incluso propulsó una iniciativa popular que pedía el impeachment del presidente Moon Jae-in, y que recogió en pocas semanas cerca de un millón de firmas de ciudadanos descontentos. Sin embargo, y gracias a las lecciones aprendidas de las recientes pandemias, en particular, la del MERS (Middle East Respiratory Syndrome) del 20151, el país fue capaz de reducir el número de contagios muy rápidamente, con una combinación de tests masivos a la población y de grandes capacidades humanas, y técnicas de procesamiento de la información, seguimiento y aislamiento de los contagios. Esto ha permitido a Corea del Sur contener incluso los rebrotes, como el que tuvo lugar en febrero en Daegu en torno a una comunidad religiosa cuyo líder había animado a los fieles a prescindir de las mascarillas para atender al oficio religioso y que propagó 8.000 nuevos casos en poco menos de un mes.

En medio de la crisis global, el país celebró elecciones legislativas a la Asamblea Nacional en marzo del 2020 –con la mayor participación de las últimas tres décadas, que premiaron con la mayoría absoluta de escaños al Partido Democrático del presidente Moon Jae-in.

Japón

A pesar de su población envejecida, el país ha mantenido un número relativamente bajo de fallecidos y de contagiados, si bien es cierto que el gobierno ha sido criticado por realizar pocos tests –que podrían infravalorar la cifra real de contagiados– y por su tibieza a la hora de emitir recomendaciones y abstenerse de imponer medidas estrictas de distanciamiento social. Uno de los casos más llamativos fue el de la tripulación de un crucero anclado en el puerto de Nagasaki sin pasaje, en el que se confirmaron 148 contagios en abril2, generando reocupación entre la población local. Sin embargo, y como en otros países de Asia, la población japonesa guarda recuerdo de las pandemias precedentes, y de manera general, mantiene hábitos favorables a la contención de enfermedades en base a la responsabilidad individual. Debido a ello, las autoridades defendieron hasta el último momento la posibilidad de celebrar los Juegos Olímpicos, en parte debido al coste aproximado para los contribuyentes y los patrocinadores japoneses (Bridgestone de manera destacada) de entre 5.000 y los 6.000 millones de dólares3. Finalmente, en marzo los juegos fueron pospuestos para el 2021. Pese a este revés, algunos analistas4 han apuntado que la covid-19 podría ayudar al primer ministro Abe a llevar a cabo la última y más difícil de sus iniciativas integradas en la Abenomics, la de la reforma estructural, en un contexto de crisis que le permitiría doblegar las reticencias de los sectores empresariales. Sin embargo, el momento es tremendamente complicado para la economía japonesa, ya que de manera casi ineludible profundizará su recesión.

Vietnam

El caso de Vietnam llama la atención en positivo, ya que preocupaba la posible expansión de la pandemia dada su proximidad geográfica a China y la precariedad de su sistema de salud. Sin embargo, las autoridades reaccionaron rápida y contundentemente, lo que ha mantenido bajo el número de muertes. Se sabe ahora que quizá podría haber contribuido a ello el hecho de que, según algunos informes, la inteligencia vietnamita conocía casi desde el principio la evolución de la pandemia en China gracias al ciberespionaje, lo que les habría permitido prepararse adecuadamente5. Durante la pandemia, la relación entre China y Vietnam se tensó aún más cuando Hanoi denunció que pesqueros chinos –acompañados de guardacostas– estaban aprovechando la situación para realizar incursiones en las aguas en disputa en el mar de China Meridional, así como en las zonas en litigio con Filipinas e Indonesia.

Después de la covid-19, ¿cómo afectará la pandemia a las tendencias de fondo?

Una rivalidad por mal camino

Antes de que la covid-19 robase los titulares globales, la principal preocupación de los analistas de relaciones internacionales era la tensa relación entre China y EEUU. Y, lamentablemente, parece que como nos recuerda el periodista y observador de la China contemporánea, Evan Osnos, la relación bilateral ha pasado de ser frágil a peligrosa6.

A diferencia de pandemias anteriores, ninguna de las dos potencias se ha puesto a la cabeza de la lucha contra la covid-19. En Estados Unidos, la pandemia ha forzado las costuras de una sociedad desigual, descabezada y profundamente dividida, y en particular, y como afirmaba el ex primer ministro australiano Kevin Rudd recientemente en Foreign Policy, el gobierno federal ha dado muestras de incapacidad de gestionar, no solo las crisis internacionales, sino las de su propio país. También en China, la ocultación de los primeros casos y los reveses de relaciones públicas –los envíos de mascarillas y tests defectuosos– están volatilizando, como ha sucedido con EEUU, las reservas de poder blando. Y preocupa también el impacto económico que pueda acarrear la crisis, por ejemplo, debido a un acortamiento de las cadenas de valor y a la renacionalización de industrias esenciales. Por último, pero no menos importante, según las evidencias actuales, todo apunta a que el coronavirus tuvo su origen en China y que las autoridades chinas no fueron diligentes al comunicar la dimensión real de la enfermedad al resto del mundo, lo que alimenta las teorías de la conspiración. No es extraño pues que China esté teniendo un papel muy activo en la carrera internacional por lograr una vacuna y que haya desplegado una “diplomacia de las mascarillas” a través del envío masivo de material sanitario a los países afectados y de una campaña de relaciones públicas a través de sus embajadas en el exterior, con vistas a influir en la opinión pública internacional.

¿De quién es la culpa? Esa acusación pareció ser la puya esgrimida por los liderazgos de ambos países para debilitar aún más al otro. Ejemplos de ello han sido la insistencia de
la administración Trump en emplear el término “virus chino” para definir al coronavirus, o la afirmación –desmentida poco después por la comunidad científica y de inteligencia de EEUU– de que existían indicios de que el virus había surgido del Instituto de Virología de Wuhan. Desde las altas esferas del gobierno estadounidense, se ha intentado promover la idea de una conspiración o, en el mejor de los casos, de negligencia criminal. Como contrapartida, desde el ministerio de AAEE de China y con el altavoz de la prensa afín, también se acusó a una delegación de militares estadounidenses que habían visitado Wuhan para una competición deportiva de haber propagado el virus7.

El nuevo escenario, en el que parece que las dos potencias se sienten frágiles interna y externamente, es más preocupante: los daños pueden superar el corto plazo; y no existen alternativas aún en el sistema internacional que puedan recoger el testigo, y más, si China y EEUU se ven mutuamente como excluyentes e incapaces de integrarse en espacios de poder compartido. En el futuro, puede que la variable más importante sea la reelección o no del presidente Trump –y de los intereses que representa– este noviembre, lo que vaticina cuatro años más de confrontación.

¿Hacia un neoautoritarismo tecnológico?

Es de prever que cobre mayor centralidad el debate sobre la próxima revolución tecnológica y su impacto sobre la geopolítica, la economía y los derechos individuales y colectivos. En los inicios del 2019, asistíamos ya a una “nacionalización de la innovación” con gobiernos presionando para imponer o evitar el uso de ciertas tecnologías “rivales” en el transcurso de la guerra tecnológica entre China y EEUU por el control de las redes de comunicación (5G) y la penetración de las tecnológicas chinas (Huawei) en los mercados europeos y americanos.

La pandemia ha rebelado que existen sectores productivos que son esenciales, y que una posible fractura de las cadenas de suministro de bienes tiene un coste económico y político muy elevado. Asimismo, la importancia de la investigación biomédica y las nuevas tecnologías de producción (como las impresoras 3D) han salido reforzadas de la crisis. En particular, debemos estar atentos a las nuevas aplicaciones móviles y a la gestión, la propiedad y la temporalidad de la enorme cantidad de datos que habrá generado esta crisis y de los usos que se les da, para evitar que avancemos hacia la sociedad distópica de la que esta crisis ya nos ha dado avances casi cinematográficos (con líderes políticos siendo aplaudidos desde multipantallas por sus partidarios o testeos de temperatura mediante drones).

La democracia quizá no esté tan mal

Antes de la covid-19 una de las tendencias globales más llamativas era la emergencia de líderes populistas, de talante autoritario e hiperpersonalista. Se trata de líderes cuya estrategia es secuestrar de manera permanente el ciclo de noticias y recrear una realidad alternativa y desconcertante8. EEUU, Brasil o, en el caso del Sudeste Asiático, Rodrigo Duterte en Filipinas son ejemplos de este tipo de liderazgos a los que la covid-19 ha puesto a prueba y que han obtenido resultados pobres en cuanto a su gestión. Por el contrario, algunas de las democracias que mejor han transitado la crisis tienen al frente a liderazgos de un talante prácticamente opuesto, cohesionadores y más transparentes, que casualmente –o no– encarnan en Asia dos mujeres: Jacinda Ardern (en Nueva Zelanda) y Tsai Ing-wen, en Taiwán. Dejando de lado los evidentes factores geográficos (ambos estados son insulares), su gestión de la crisis ha sido loable y en el caso de las Tsai, le llega tras su reelección en enero del 2020 para un segundo mandato presidencial.

El próximo rebrote: ¿el de las protestas ciudadanas?

Uno de los primeros efectos del confinamiento y el distanciamiento social fue poner fin de manera radical a las protestas ciudadanas que habían tenido lugar en diversos lugares del mundo (desde Hong Kong a India, Chile, Ecuador, España, Francia, Líbano, Sudán…) con diversos reclamos, desde la exigencia de medidas contra el cambio climático, la desigualdad de género, el malestar económico o el cambio de régimen político. A medida que vayamos dejando atrás la prioridad sanitaria, es muy posible que estas protestas reaparezcan, aupadas por el descontento con los enormes costes del parón económico (que habrá volatilizado sectores enteros como el del turismo o la hostelería) y el aumento del desempleo. De nuevo, el futuro dependerá de las medidas que se tomen en cada uno de los estados, por opción o por decisión. La solidaridad horizontal, entre colectivos sociales, y vertical, a través de las instituciones, serán claves para mitigar el impacto de la crisis. También cabrá valorar si las autoridades de los países aprovechan la crisis para escuchar las demandas o para avanzar en su contra. Asistiremos pues a un pulso entre protestas y confinamientos, en la que los derechos sociales y políticos pueden verse amenazados por las prerrogativas del estado de alarma y un uso político de la seguridad colectiva. En particular, existe preocupación en el Sudeste Asiático por el uso de dichos poderes más allá de la situación de crisis, particularmente en Camboya, Filipinas, Myanmar, Tailandia y Malasia.

Desglobalización y ralentización de la economía china y la futura coronanomics

Nadie sabe con certeza cómo será esa “nueva normalidad” hacia la que nos encaminamos, y qué será solo temporal, y qué permanente de esta emergencia global. Esto conduce a una gran incertidumbre, en un momento en que la economía china ya había dado muestras claras de moderación de su crecimiento y de cierto agotamiento del modelo productivo. La imprevisibilidad queda reflejada de manera llamativa por la renuncia, por primera vez en los últimos 30 años, a fijar un objetivo numérico de crecimiento de la economía China para el año que viene, un anuncio que tuvo lugar durante la reunión anual de la Asamblea Nacional Popular del 2020. Preocupa también el clima de creciente hostilidad hacia China, así como el posible acortamiento de las cadenas de valor que implique un retorno de producciones esenciales a factorías más próximas –y lejos de China– lo que tendría un impacto directo sobre el empleo y la estabilidad del Gobierno chino. De manera indirecta, también puede producirse un impacto en terceros países debido a la caída de las importaciones chinas, especialmente en América Latina, donde la dependencia es desigual y según datos de CEPAL las importaciones chinas podrían caer un 24% el año que viene afectando principalmente a los productos agrícolas (Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay) y mineros (Chile y Perú)9.

Los campos de minas: ¿se evitarán o se embestirán?

Deberemos estar atentos a dos de los focos de conflicto más sensibles de la región, como son la península coreana y las regiones disputadas del mar del Sur de China. En relación a Pyongyang, es de esperar que el país realice alguna exhibición de fuerza –algunos analistas marcan la fecha del 10 de octubre, la del 75 aniversario del Partido de los Trabajadores de Corea– o con alta probabilidad en la antesala de las elecciones estadounidense, cerca de los debates presidenciales en los que Pyongyang es más que probable que quiera tener un papel. En el mar del Sur de China, durante la crisis de la covid-19 ya ha habido incidentes, con incursiones de buques pesqueros chinos en territorios disputados y creciente tensión diplomática de China con Vietnam, Indonesia y Filipinas. En momentos de crisis, existe la tentación de los gobernantes de envolverse en la bandera, y una afrenta territorial puede ser combustible para un nacionalismo que se alimenta de los agravios del pasado y que está muy presente en la región.

¿Podemos prevenir lo inimaginable?

Cooperar o no cooperar: esa es la cuestión. La crisis del coronavirus ha sido un test del grado de preparación de las sociedades de todo el mundo para lidiar con futuros brotes o pandemias 
–que pueden ser incluso más peligrosas que la del covid-19– y nos ha vuelto a demostrar que en un mundo globalizado existen riesgos que sobrepasan las prerrogativas del Estado-nación.
Nos sirve también para plantearnos si seremos capaces de prevenir conjuntamente la inminente crisis del cambio climático, cuyos efectos serán mucho más severos, masivos e irreversibles. Doce días después de la comunicación pública de los contagios, un laboratorio de Shanghai publicó al mundo el código genético completo del virus, lo que sirvió a otros investigadores para desarrollar los primeros tests. La rapidez con la que la comunidad científica internacional ha detectado el virus y se ha conjurado para encontrar una cura –y en el futuro, una vacuna– será una prueba más de que la cooperación internacional es el mecanismo más eficaz para responder a las amenazas transnacionales del mundo global. Es posible que gracias a la cooperación internacional en materia de investigación, la transparencia y la cooperación publico-privada podamos realizar todo el trayecto desde la detección a la inmunización en cuestión de meses. Otra de las lecciones que debería dejarnos la covid-19 es que más allá de determinados rasgos culturales o ciertos hábitos sociales, la verdadera clave de la gestión efectiva de la covid-19 en Asia ha sido el aprendizaje y la preparación surgida de la experiencia, que favorece la responsabilidad individual y la de los líderes políticos. Como reto global, el cambio climático nos aguarda a la vuelta de la esquina, y la enorme complejidad de sus factores, así como el decalage de cualquier solución que podamos implementar, nos obligan a tomar lecciones de la situación actual y calcular los enormes costes políticos, económicos y psicosociales de los eventos catastróficos, como en este caso una pandemia que, como un lúgubre efecto mariposa, desde un mercado de animales chino es capaz de quebrar industrias enteras en todo el mundo, privar a millones de personas de sus seres queridos, su educación, su trabajo y su ocio, y de poner en peligro a colectivos profesionales esenciales y a generaciones enteras.

Notas

1. Derek Thomson, “What’s Behind South Korea’s COVID-19 Exceptionalism?”, The Atlantic, 6 mayo del 2020. Accesible en línea: https://www.theatlantic.com/ideas/archive/2020/05/whats-south-koreas-secret/611215/
2. “148 cruise ship crew in Nagasaki test positive for virus”, Kyodo News, 27 de abril. Accesible en línea: https://english.kyodonews.net/news/2020/04/b128357c3f63-148-cruise-ship-crew-in-nagasaki-test-positive-for-virus.html
3. Rurika Imahashi y Francesca Regalado, “Olympics delay to cost Japan $6bn in economic losses”, Nikkei Asian Review, 27 de marzo. Accesible en línea: https://asia.nikkei.com/Spotlight/Tokyo-2020-Olympics/Olympics-delay-to-cost-Japan-6bn-in-economic-losses
4. Jesper Koll, “Toward a new and better ‘normal’”, The Japan Times, 7 de mayo del 2020. Accessible en línea: https://www.japantimes.co.jp/opinion/2020/05/07/commentary/japan-commentary/toward-new-better-normal/
5. Carl Thayer, “Did Vietnamese Hackers Target the Chinese Government to Get Information on COVID-19?”, mayo del 2020. Accesible en línea: https://thediplomat.com/2020/05/did-vietnamese-hackers-target-the-chinese-government-to-get-information-on-covid-19/
6. Dos artículos del periodista Evan Osnos ofrecen un contexto muy completo para analizar este cambio: “The Future of America’s Contest with China” (enero del 2020) accesible en línea: https://www.newyorker.com/magazine/2020/01/13/the-future-of-americas-contest-with-china, y “The Folly of Trump’s Blame-Beijing Coronavirus Strategy” (mayo del 2020), ambos en The New Yorker. Accesibles en línea: https://www.newyorker.com/magazine/2020/05/18/the-folly-of-trumps-blame-beijing-coronavirus-strategy
7. Leng Shumei and Wan Lin, “US urged to release health info of military athletes who came to Wuhan in October 2019 “, Global Times, marzo del 2020. Accesible en línea: https://www.globaltimes.cn/content/1183658.shtml
8. Una lectura interesante sobre el tema es esta de Seán Illing “Flood the zone with shit: How misinformation overwhelmed our democracy” publicada en Vox y accessible en línea: https://www.vox.com/policy-and-politics/2020/1/16/20991816/impeachment-trial-trump-bannon-misinformation
9. CEPAL, Informe Dimensionar los efectos del COVID-19 para pensar en la reactivación, abril del 2020. Accesible en línea: https://www.cepal.org/es/publicaciones/45445-dimensionar-efectos-covid-19-pensar-la-reactivacion