Perfil de país: Francia la V república de Emmanuel Macron: ¿entre lo viejo y lo nuevo?

Data de publicació:
07/2018
Autor:
Pascal Perrineau, profesor de Ciencias Políticas en Sciences Po, París
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En junio de 1958, el que se convertiría en primer presidente de la V República Francesa, el general Charles de Gaulle, observaba que “desde hace 12 años, el régimen de los partidos, flotando sobre un pueblo divido, en medio de un universo terriblemente peligroso, no está en condiciones de asegurar la dirección de los asuntos públicos” (rueda de prensa, 13 de junio de 1958). Sesenta años después, la constatación de este fracaso podría defenderse del mismo modo, retomando literalmente las palabras del fundador de la V República. Las elecciones presidenciales de 2017 han consagrado la descomposición de los grandes partidos que han contribuido a conformar la vida política del último medio siglo, y la segunda vuelta ha catapultado al Palacio del Elíseo a Emmanuel Macron, el candidato que se define como “de izquierda y de derecha”.

La crisis de los grandes partidos tradicionales

En la página 40 de su libro Révolution (1), Emmanuel Macron observaba: “Nuestros partidos políticos han muerto por dejar de estar confrontados a lo real, pero querrían apoderarse de la principal elección para perdurar”. No ha ocurrido así, ya que, el 23 de abril de 2017, en la primera vuelta solo el 26% de los electores respaldaron a los dos grandes partidos de izquierda (Partido Socialista) y de derecha (Les Républicains) en torno a los cuales se han conformado todas las alternancias políticas durante la V República. Salvo el paréntesis de 2002, en el que los candidatos de estas dos familias no superaron el listón del 50% de los sufragios emitidos, estas dos fuerzas habían controlado entre el 65% y el 94% del electorado desde 1965, fecha de las primeras elecciones presidenciales con sufragio universal directo. En 2017, aproximadamente tres de cada cuatro votantes optaron por candidatos que no pertenecían a ninguno de estos dos campos que han marcado el ritmo de la famosa bipolarización política característica del último medio siglo. La segunda vuelta dio la victoria al candidato “de izquierda y de derecha” (Emmanuel Macron) sobre la candidata “ni de derecha, ni de izquierda, francesa” (Marine Le Pen); incluso el malestar de quienes no se han identificado con esta oferta renovada ha sido importante (el 34% de los electores optaron por la abstención o el voto en blanco o nulo). Los dos candidatos que se situaron por delante en la primera vuelta y que se enfrentaron en la segunda son candidatos que rechazan claramente inscribirse en la vieja división derecha-izquierda. Emmanuel Macron reivindica una posición central y ha creado un movimiento político de nuevo cuño, En Marche!, que pretende atraer apoyos de la derecha, la izquierda y, en sentido más amplio, de la sociedad civil; Marine Le Pen rechaza también la vieja división izquierda-derecha y quiere escenificar una oposición entre el campo de los “patriotas” y el de los “mundialistas” (2). Por primera vez en unas elecciones presidenciales, se ha impuesto la división entre “sociedad abierta” y “sociedad de la reorientación nacional”. Al igual que en Gran Bretaña con el Brexit, en Estados Unidos con la victoria de Donald Trump, en Austria con la victoria de Alexander Van der Bellen, cada vez más democracias experimentan una crisis profunda de los viejos aparatos y descubren la fuerza de las oposiciones en torno a cuestiones de la globalización, sobre Europa o sobre las fronteras. Esta nueva división, que se expresa en el escenario electoral, remite a una división social entre las capas sociales superiores y medias y las capas populares. Si el 33% de los trabajadores de cuello blanco votaron en la primera vuelta a favor de Emmanuel Macron, el 37% de los obreros optaron por Marine Le Pen (sondeo IPSOS: Comprendre le vote des Français, 24 de abril de 2017). Si el 27% de los franceses que tienen la sensación de ejercer una profesión en expansión votaron a favor de Emmanuel Macron, el 30% de quienes sienten que ejercen una profesión en declive optaron por Marine Le Pen. Si el 32% de quienes declaran “vivir cómodamente con los ingresos del hogar” votan por Emmanuel Macron, el 43% de los que “llegan a fin de mes con muchas dificultades” prefieren a Marine Le Pen. No cabe la menor duda, dos Francias se oponen a la vez en el terreno político y en el terreno social. Se trata de una perturbación de gran magnitud y pone de manifiesto que un viejo mundo político está muriendo y que un nuevo mundo duda en nacer (3).

El viejo mundo estaba organizado en torno a la bipolarización entre la izquierda y la derecha, estructurada por la modalidad de escrutinio mayoritario a dos vueltas adoptado a partir de 1958 y reforzado en 1976 (reforma del acceso a la segunda vuelta de las legislativas solo para candidatos a quienes haya votado el 12,5% del censo en la primera vuelta), por la elección del presidente por el pueblo según la misma modalidad de escrutinio mayoritario a dos vueltas (tras la reforma de 1962) y por el establecimiento del hecho mayoritario que, desde finales de los años sesenta, establece una mayoría relativamente sólida para el presidente electo. Todos estos elementos de ese viejo mundo son los que se están descompensando.

La crisis de la división entre la izquierda y la derecha

Desde hace décadas, una mayoría de franceses declara su escepticismo frente a la pertinencia de la división entre la izquierda y la derecha. En diciembre de 2017, el 70% de ellos afirmaba que actualmente “el concepto de derecha y de izquierda ya no significa gran cosa” y el 69% declaraba no tener “confianza ni en la izquierda ni en la derecha para gobernar el país”. La bipolarización entre la izquierda y la derecha ha dado paso a una bipolarización de nuevo cuño entre el campo de la “sociedad abierta” y el de la “reorientación nacional”. Sin embargo, incluso con su capacidad para agrupar en la segunda vuelta a todos los electores que se encuentran, en mayor o menor grado, en el campo de la “sociedad abierta”, Emmanuel Macron no partía de cero. Ha sabido gestionar en beneficio propio el temperamento centrista que ha sido siempre un componente de la cultura política francesa y que Macron ha incorporado a su intento de definición de un espacio central “de izquierda y de derecha” (4). A lo largo de la V República el centrismo, insatisfecho por el dominio de la bipolarización entre la izquierda y la derecha, ha buscado una salida política. Así ocurrió con la candidatura a las elecciones presidenciales de 1965 del democratacristiano Jean Lecanuet, que solo consiguió reunir el 15,6% de los votos emitidos y, posteriormente, con la de Alain Poher (también de tradición democratacristiana) en las elecciones de 1969 en las que consiguió, con un 23,3%, pasar a la segunda vuelta. Posteriormente, en 1974, la apertura de Giscard intentará, desde la derecha no gaullista, federar a la derecha no gaullista y al centro con la ambición de agrupar a “dos de cada tres franceses” y “gobernar desde el centro” (5).Ya en 1972, Valéry Giscard d’Estaing había dicho que “Francia desea ser gobernada desde el centro”. Con un 32,6% en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 1974 y un 50,8% en la segunda, Valéry Giscard d’Estaing intentó poner en práctica esta voluntad centrista, al tiempo que se vio abocado, poco a poco, a no ser más que la expresión de la derecha frente a un izquierda unida y conquistadora que se impondría en 1981. Se pudo tener la impresión entonces de que el centrismo solo tenía futuro en el seno de la derecha y constituyó, de 1978 a 2007, el elemento esencial de la aventura de la UDF(6), llevada a la pila bautismal por Valéry Giscard d’Estaing. François Mitterrand, que iba a imponerse a este, pudo entonces afirmar: “El centro no es de izquierda ni de derecha”. Ese sería el destino del centrismo o, al menos, de los candidatos que reclamaban, en mayor o menor medida, su legado: Raymond Barre reunía el 16,5% de los votos en 1988 y llamaba a votar a favor de Jacques Chirac en la segunda vuelta; lo mismo ocurrió con Édouard Balladur en 1995. Tras la victoria de Jacques Chirac, renovada en 2002, y la creación de la UMP que pretende integrar en un único partido a la derecha y al centro, se pudo tener la impresión de que el centro ya no tenía futuro. Y, sin embargo, un centrismo autónomo, encarnado por François Bayrou, planteó resistencia. Como decía quien se convertiría, en 2007, en líder del MoDem: “La vocación histórica del centro consiste en rechazar la bipolarización”. Tras un resultado testimonial en 2002, con el 6,8% de los votos, François Bayrou llevó a esta corriente hasta el 18,6% de los sufragios en 2007 y demostró la capacidad de esta sensibilidad para nutrirse de las vacilaciones y decepciones de los electores de la izquierda socialista. El espacio central, que casi siempre había concebido su porvenir a partir de la derecha, descubría que la crisis de la izquierda podía aportarle muchos apoyos. El retorno de la izquierda en 2012 fue un paréntesis en el que se pudo tener de nuevo la impresión de que el centrismo solo tenía una vocación “testimonial” (9,1% de los votos para François Bayrou).

Los orígenes intelectuales del macronismo

El fracaso de la izquierda, en el poder de 2012 a 2017, y la incapacidad de la derecha para renovar en profundidad su oferta política iban a abrir un espacio a un hombre que no procedía ni de la derecha, ni del centro histórico –de sensibilidad democratacristiana–, sino, por el contrario, de la izquierda: Emmanuel Macron. Sin embargo, cuando se vuelve sobre la trayectoria política y espiritual del actual presidente, resulta interesante destacar su prolongada escolarización en un importante centro privado católico de una ciudad de provincias (Amiens) y, posteriormente, su relación con el filósofo Paul Ricoeur (7) y la revista Esprit fundada en 1932 por Emmanuel Mounier, el padre de la corriente personalista, uno de cuyos ejes principales ha sido siempre la búsqueda de una “tercera vía” entre el capitalismo liberal y el marxismo. La cultura del joven Emmanuel Macron, que se convertiría de 2006 a 2009 en miembro del Partido Socialista, se conformó en estos entornos. Es a este “reformista de izquierda” empapado de referentes personalistas, de elementos de la “segunda izquierda” (8) y de la cultura tecnocrática de la ENA y de los “grandes cuerpos” (9), al que detectó François Hollande que lo convertiría en su secretario general adjunto a la Presidencia y, después, en su ministro de Economía. Sin embargo, posteriormente, la criatura escaparía de su creador, el joven de izquierda escaparía de la izquierda para intentar crear, con motivo de las elecciones presidenciales de 2017, el espacio central capaz de acoger, sin duda, a los herederos del centrismo, pero también a los tránsfugas “de izquierda y de derecha” liberados por el agotamiento de las organizaciones y de las culturas políticas del viejo mundo bipolar izquierda-derecha.

Desde hace años, todas las encuestas mostraban una opinión pública cansada de la división entre izquierda y derecha, desafiante frente a una clase política y partidos considerados, con o sin razón, obsoletos y en busca de “otro espacio político” relativamente indefinible. La secuencia 20162017 abrió, de manera fulgurante, las perspectivas que parecían hasta entonces bloqueadas para reinventar un centrismo o, más bien, un espacio central capaz de acoger a la vez a los “decepcionados” de la izquierda y de la derecha. De 1965 a 2002, el centrismo se nutrió esencialmente de la derecha y después, en 2007 y 2012, alimentándose posteriormente en mayor medida de la izquierda. En 2017 se construyó un espacio central en torno a Emmanuel Macron para superar el legado único del centrismo político y convertirlo en un dispositivo “de izquierda y de derecha”. Esta voluntad de sustituir la oposición y la separación por una dialéctica que agrupa, que agrega, es absolutamente sintomática del pensamiento de Emmanuel Macron y de Paul Ricoeur que, en un momento de su vida, pudo desempeñar un papel formador (10). Sin embargo, esta voluntad se inscribe también en el legado del centrismo que siempre se ha caracterizado por la afirmación del compromiso y del “equilibrio”. En este sentido, lo que hace este centrismo es expresar la posición central de los electores cercanos al movimiento La République en Marche que, en todas las cuestiones económicas, sociales y culturales, se sitúa en un “punto intermedio” entre las posiciones estatistas, igualitaristas y libertarias de la izquierda y las posiciones liberales, más cercanas a la equidad que a la igualdad y más marcadas por la autoridad, de la derecha. No obstante, cabe observar que el liberalismo económico de quienes apoyan a Emmanuel Macron está más cerca del de la derecha, mientras que el liberalismo cultural (11) está sensiblemente más cerca del de la izquierda. En este sentido, el “centrismo” de Emmanuel Macron es efectivamente “de izquierda y de derecha”, de izquierda en el plano cultural y de derecha en el plano económico.

La desestructuración del sistema de partidos

El nuevo presidente ha configurado ex nihilo en la Asamblea Nacional una nueva mayoría parlamentaria para apoyarlo, una mayoría que se emancipa de la oposición entre la izquierda y la derecha y se recompone sobre los escombros y las divisiones de los partidos tradicionales (PS, LR, UDI), pero sigue siendo frágil. La derecha sigue controlando la mayoría del Senado y la mayoría del poder local y, en el ámbito social, la “izquierda de la izquierda” (France insoumise) intenta organizar la protesta.

La desestructuración de la corriente socialista, en cambio, está muy avanzada –nunca desde 1969 el candidato del PS había recabado tan pocos votos–, al volatilizarse el electorado socialista de François Hollande de 2012: según la oleada 14 de la Encuesta electoral francesa 2017, realizada por Sciences Po con el instituto ISPSO, el 46% de quienes apoyaron a François Hollande optaron por Emmanuel Macron, el 26% por Jean-Luc Mélenchon (France insoumise), el 15% por Benoît Hamon (Partido Socialista) y el 13% por los demás candidatos. En la derecha, la desestructuración está menos avanzada, en la medida en que François Fillon “ha salvado los muebles” con un 20% de los votos, es decir el nivel medio al que estaba acostumbrado el representante de la familia noeogaullista (salvo el paréntesis de Sarkozy) desde hace cuarenta años. Sin embargo, desde la llegada al poder de Emmanuel Macron y el nombramiento de un primer ministro (Édouard Philippe) procedente de las filas de Les Républicains, el partido de la derecha ha experimentado múltiples salidas y escisiones (creación de los “Constructifs” para reunir a los electos republicanos que apoyan a Emmanuel Macron y que crearon, en noviembre de 2017, el nuevo partido Agir, líderes republicanos que pasan a la reserva, como Alain Juppé; dimisión de dirigentes importantes como Xavier Bertrand, presidente de la región de Alta Francia, o Dominique Bussereau, presente de la Asamblea de los Departamentos de Francia). Así, actualmente, queda patente el fracaso de la ambición de la UMP –antecesora de Les Républicains– cuando se creó en noviembre de 2002: se trataba entonces de unir al neogaullismo y a la derecha no gaullista. Quince años después, la derecha francesa ha vuelto al estado de “patchwork”.

El viejo sistema de partidos está profundamente tocado, pero no se ha hundido del todo y opone su resistencia a la necesidad del presidente de favorecer el advenimiento de un nuevo “partido dominante”. La tarea no es sencilla, porque la organización En Marche!, que ha apoyado a Emmanuel Macron en su campaña presidencial, era una organización más bien horizontal, muy articulada en torno a Internet, sin vínculo organizativo sólido (sin cuotas). Convertirse en unos meses en el “partido del presidente”, con todo lo que ello implica en términos de organización vertical, de disciplina y de establecimiento de mecanismos de transmisión eficaces, no es tarea fácil. La cultura “horizontal” de los militantes de En Marche! resiste, los cuadros del partido son algo novatos y el alejamiento de las realidades regionales, departamentales y locales es importante. El viejo mundo de los partidos plantea resistencia. Sin duda, al igual que Charles de Gaulle en 1958, Emmanuel Macron aspira al fin de los partidos del viejo mundo pero, como observaba ya en 1965 el fundador de la V República, estos pueden volver. En una rueda de prensa celebrada entre las dos vueltas de las elecciones presidenciales de 1965, el general de Gaulle presentía esa “vuelta” de los partidos: “He propuesto al país hacer la Constitución de 1958 (…) con la intención de poner fin al régimen de los partidos. La Constitución se elaboró con ese espíritu, y con ese mismo espíritu se la propuse al pueblo que la aprobó (…) Por tanto, si los partidos vuelven a apoderarse de las instituciones de la República, del Estado, entonces, evidentemente, no hay nada que hacer. ¡Hemos hecho confesionarios para intentar apartar al diablo! Pero si el diablo está en el confesionario, eso lo cambia todo”. Los viejos partidos intentan no dejarse derribar –incluso si su tendencia suicida no ha sido despreciable durante el último período– y las fuerzas políticas nuevas se buscan, ya sea La République en Marche, en el núcleo del nuevo sistema de poder, o France insoumise en los márgenes de este. Si no se instaura un nuevo sistema de partidos o de “neopartidos”, las antiguas organizaciones políticas, más o menos revisadas y corregidas, van a intentar volver. Sin embargo, esta última hipótesis choca con el profundo descrédito de los partidos entre la opinión pública.

El malestar democrático

La victoria de Emmanuel Macron se ha visto favorecida por la profunda corriente crítica de la democracia política tal y como funciona, que se percibe en todas las encuestas de opinión desde hace muchos años e incluso varias décadas. Los partidos tradicionales, los hombres y las mujeres que los representan, las instituciones representativas que estos detentan, han sido objeto de un rechazo al que Emmanuel Macron y los candidatos de la protesta populista han sacado el máximo partido en las elecciones presidenciales. La mayoría legislativa asociada al nuevo presidente se ha beneficiado, sobre un fondo de apatía cívica gigantesca, de esa voluntad de relegar al almacén de los trastos a los viejos y no tan viejos representantes de la democracia política de ayer (12). La victoria del nuevo presidente ha contribuido a mejorar la percepción del sistema democrático, pero el retorno de la confianza es escaso: el presidente de la República cuenta con una confianza del 36% según una muestra representativa de franceses encuestados del 13 al 26 de diciembre de 2017 (oleada del Barómetro de confianza política, Centre de recherches politiques de Sciences Po), el gobierno del 30%, la Asamblea Nacional del 29% y los partidos políticos cierran como siempre la marcha con el 9% de confianza (13). Solo los alcaldes, como de costumbre, cuenta con una amplia confianza (55%). No hay que sorprenderse por tanto de que, para el 61% de las personas encuestadas, “el sistema democrático funciona más bien mal en Francia”. Solo los simpatizantes de La République en Marche escapan a ese sentimiento mayoritario, pero la golondrina de ese optimismo recuperado todavía no hace el verano del sistema democrático (14).

De hecho, si la demanda de otro funcionamiento del sistema democrático, en un sentido más horizontal, ha estado muy presente en la campaña del candidato Macron, cabe señalar que el presidente ha introducido una gran dosis de verticalidad en el sistema democrático implantado y que se han multiplicado los actos de “autoridad jupiterina” (15). Esta concentración de los poderes que parece imperar desde mayo de 2017 corresponde a una fuerte demanda de autoridad entre la opinión pública. El 88% de los franceses considera que “necesitamos un verdadero jefe en Francia para volver a poner orden”, el 84% que “la autoridad es un valor criticado con demasiada frecuencia” (encuesta sobre las “fracturas francesas” de junio de 2017) (16). En todos estos asuntos, los simpatizantes de En Marche están mucho más cerca de los electores de la derecha que de los de la izquierda. Los apoyos sociales a esta demanda de autoridad proceden a la vez de los medios populares y de los cuadros. Dos tipos de autoridad se abren así camino en la sociedad francesa: aquella por la que abogan los populismos de izquierda y de derecha, pero también la que remite a una visión sansimoniana del “gobierno de las cosas” o del “gobierno de los expertos” (17). Tanto una como la otra pueden socavar el funcionamiento de la democracia.

Por supuesto, una amplia mayoría de franceses (el 78%) considera que “si la democracia puede plantear problemas, es sin embargo mejor que ninguna otra forma de gobierno”, pero, en tres años, este porcentaje ha caído seis puntos. Hoy en día, una minoría importante (el 42%) piensa que tener “a la cabeza a un hombre fuerte que no tiene que preocuparse por el Parlamento y elecciones sería una buena forma de gobernar el país”. Sin duda, los medios populares y los simpatizantes del FN son más proclives que otros a esta tentación, pero el empuje es general en todos los electorados. De este modo, las deficiencias de la democracia han favorecido una sensibilidad autoritaria que se consolida, que el macronismo todavía no ha conseguido invertir y de la que puede incluso nutrirse.

Notas:
1. Macron, 2016.
2. Perrineau, 2014.
3. Perrineau, 2017.
4. Raynaud, 2018.
5. Giscard d’Estaing, 1992.
6. Valéry Giscard d’Estaing fundó la Unión por la Democracia Francesa (UDF) en 1978 para agrupar a las fuerzas de la derecha no gaullista y del centro en un único movimiento.
7. A finales de los años noventa, el joven Emmanuel Macron fue asistente editorial del filósofo Paul Ricoeur que preparaba su obra sobre La memoria, la historia, el olvido.
8. La “segunda izquierda” es esa corriente reformista y descentralizadora que, a partir de finales de los años setenta, se agrupó en torno a Michel Rocard y se opuso a menudo a una “primera izquierda” que, en el seno del Partido Socialista, estaba más marcada por un legado marxista y jacobino.
9. Los “grandes cuerpos” reúnen en el seno de la función pública francesa a los altos funcionarios, generalmente reclutados tras su paso por las grandes escuelas (École Nationale d’Administration, École Polytechnique, etc.) y que ocupan las más altas funciones en el aparato del Estado. Emmanuel Macron pertenece al cuerpo de la Inspección de Hacienda y su primer ministro, Édouard Philippe, al del Consejo de Estado.
10. En la mayoría de sus obras, Paul Ricoeur desarrolla una escritura que intenta constantemente un punto de equilibrio entre polos aparentemente contradictorios o al menos incompatibles.
11. Se entiende por “liberalismo cultural” todas las actitudes favorables a las libertades y al desarrollo individuales frente a las relaciones autoritarias y más tradicionales.
12. En las elecciones legislativas de los días 11 y 18 de junio de 2017, los electores se abstuvieron en unos niveles nunca registrados en elecciones de este tipo (un 51,3% y un 57,4% de abstenciones en la primera y la segunda vuelta). Los que votaron concedieron una mayoría absoluta de escaños a los nuevos candidatos de La République en Marche (308 de los 577 escaños de diputados en la Asamblea Nacional) y el Partido Socialista, que tenía mayoría absoluta en la Asamblea saliente, solo obtuvo 30 diputados, consiguiendo Les Républicains salvar 112 escaños. Nunca, en laV República, la renovación de los diputados había sido tan importante.
13. Enlace al Barómetro CEVIPOF
14. Nota de la T.: Para indicar que no se pueden extraer conclusiones generales a partir de un hecho aislado, los franceses utilizan con frecuencia el proverbio siguiente: Une hirondelle ne fait pas le printemps (que tiene su equivalente en la expresión en español “una golondrina no hace verano”).
15. En una entrevista en el diario Le Point, el 31 de agosto de 2017, el candidato Macron reivindicaba el ejercicio de una “presidencia jupiterina”.
16. Enlace a la encuesta de Sipsos
17. Claude Henri de Rouvroy de Saint-Simon (1760-1825), filósofo del industrialismo en el siglo XIX, rendía una especie de culto a los científicos y abogaba por un gobierno abierto a los eruditos y a los empresarios.Ver Œuvres complètes, París: PUF, 2012.

Referencias Bibliográficas: 

Giscard d’Estaing, Valéry. (1992): Deux Français sur trois, París: Flammarion, 1992.

Macron, Emmanuel. (2016): Révolution, París: XO éditions, 2016.

Perrineau, Pascal. (2014): La France au Front, París: Fayard, 2014.

Perrineau, Pascal dir. (2017): Le Vote disruptif. Les élections présidentielle et législatives d’avril-mai-juin 2017, París: Presses de Sciences Po, 2017.

Raynaud, Philippe. (2018): Emmanuel Macron : une révolution bien tempérée, París: Desclée de Brouwer, 2018.

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