lslam Karímov

© UN Photo/Evan Schneider

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Actualización: 28 septiembre 2016

Uzbekistán

Presidente de la República (1991-2016)

  • Islam Abduganíyevich Karímov
  • Mandato: 31 agosto 1991 - 2 septiembre 2016
  • Nacimiento: Samarqand (Samarkanda), viloyat de Samarqand, 30 enero 1938
  • Defunción: Tashkent, viloyat de Tashkent, 2 septiembre 2016
  • Partido político: Partido Liberal Democrático de Uzbekistán (O'zlidep)
  • Profesión: Ingeniero
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Presentación

El anuncio oficial el 2 de septiembre de 2016, tras varios días de secretismo y confusión, de la muerte del presidente uzbeko Islam Karímov a los 78 años de edad cierra una época -aunque con fuertes visos de continuidad en varios aspectos clave- en uno de los estados más autoritarios, conservadores y replegados de los surgidos de la desintegración de la URSS en 1991. Karímov fue el último mandamás comunista de Uzbekistán, la más poblada de las cinco repúblicas centroasiáticas, y tras el fallido golpe de Estado contra Gorbachov prolongó su férula personal al frente de una nación soberana pero manteniendo buena parte de los viejos esquemas soviéticos de control y organización, en lo político y en lo económico. Karímov, estadista de pocas palabras y semblante pétreo, desaparece justo cuando Uzbekistán, estratégico país encrucijada en el corazón de Asia, importante productor de gas y algodón, musulmán al 90%, mayoritariamente turcófono y mosaico de etnias, cumple 25 años de independencia, tiempo en el cual su gobernante absoluto cimentó una de la dictaduras más represivas del planeta.

Quien tenía por nombre propio la fe fundada por Mahoma se mostraba a sus ciudadanos como un musulmán piadoso que sin embargo no toleraba la politización de la actividad religiosa y que velaba por la pureza secular del Estado, conforme al modelo kemalista turco. Al mismo tiempo, Karímov, preocupado por definir una identidad nacional, no dudó en ensalzar la memoria del caudillo medieval turcomongol Tamerlán como el presunto padre del pueblo uzbeko y coqueteó con la idea, inviable por los recelos de sus vecinos, de establecer una hegemonía uzbeka sobre un hipotético Turquestán aglutinado. En realidad, este mandatario del puño de hierro en casa miraba con grandes dosis de cálculo y cautela todo lo de fuera, así que refrenó el intervencionismo transfronterizo, en especial el que pudiera estar vinculado a la protección de las minorías de uzbekos étnicos que vivían en Afganistán, Kirguizistán y Tadzhikistán. Las verdaderas obsesiones de Karímov siempre fueron otras, básicamente dos.

Por un lado, preservar a toda costa la integridad de su régimen y del Estado, para lo que persiguió y combatió con idéntica saña a la oposición civil democrática, a los islamistas moderados y a los islamistas radicales. Todos fueron metidos en el mismo saco del extremismo, el wahhabismo y la subversión armada que representaban organizaciones terroristas como el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU), cuya rebelión yihadista en el conflictivo valle de Fergana fue virtualmente aplastada por las fuerzas de seguridad ya antes de la masacre de cientos de opositores y paisanos en 2005 en la ciudad de Andijan, suceso con un trasfondo de hartazgo popular por el despotismo, la corrupción y la pobreza pese al intenso crecimiento de la economía subsidiada, que llevó al clímax un panorama de persecución de la disidencia, torturas sistemáticas, cárceles atestadas de presos políticos y censura informativa. También, de mascaradas en las urnas, pues Karímov disfrazó tras una fachada de pluralismo, competición electoral y orden constitucional, todos ellos manipulados a su antojo, su voluntad de perpetuarse en el poder sin sombra de adversarios. Convocó seis elecciones y plebiscitos presidenciales para validarse siempre con más del 90% de los votos, y solo dio la carta legal a los partidos adheridos a su Gobierno.

El otro rasgo característico de la actuación de Karímov fue su acusado celo nacionalista, que le empujaba a buscar la autosuficiencia en los diversos capítulos estratégicos, a no comprometerse en demasía con ninguna potencia o bloque multinacional, y, en consecuencia, al ritmo que marcaban los deseos de docilidad o las críticas a su proceder interno por parte del Kremlin y la Casa Blanca, a oscilar abruptamente entre las esferas de Rusia y Estados Unidos, para quienes Uzbekistán era un socio o aliado igualmente valioso.

La cronología de este talante susceptible y tornadizo de Karímov resulta de lo más elocuente: en 1992 se adhirió al Tratado de Seguridad Colectiva, luego organización, forjado por Moscú; en 1999 lo abandonó y entró en el alineamiento GUAM de ex repúblicas soviéticas prooccidentales; en 2001, tras el 11-S, cedió a Washington una base aérea fundamental para la invasión del Afganistán de los talibán, enemigos comunes; en 2005, irritado por las reconvenciones a raíz de la matanza de Andijan, ordenó el desalojo de dicha base, se retiró del GUUAM y entró en la Comunidad Económica Euro-Asiática (CEEA) orquestada por Rusia; en 2006 retornó a la OTSC; en 2008, en un nuevo realineamiento, dio portazo a la CEEA; en 2009 volvió a autorizar a Estados Unidos, que le cortejaba con condescendencia, los transportes de aprovisionamiento aéreo desde territorio uzbeko a las tropas destacadas en Afganistán; en 2011 suscribió el Área de Libre Comercio de la CEI (CISFTA); y en 2012, por segunda vez, se marchó de la OTSC, el émulo de la OTAN, con la que Uzbekistán seguía asociada.

En sus últimos años, Karímov consiguió acomodarse en una especie de equilibrio entre Rusia y Estados Unidos, y hasta recibió, con la natural polémica, un trato obsequioso por parte de la Alianza Atlántica y la Unión Europea. La consistencia, en cambio, caracterizó la nueva era de relaciones con China alumbrada por el ingreso en 2001 en la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), marco donde Tashkent podía cerrar jugosos negocios económicos y hablar de seguridad regional sin escuchar rapapolvos ni sacrificar espacios de soberanía nacional. Karímov encontró unos grandes compradores de gas en los chinos, que suplantaron a los rusos como principales socios comerciales de Uzbekistán.

El 8 de septiembre de 2016 la incertidumbre sobre la sucesión de Karímov, el cual no dejó un heredero designado, al menos públicamente, en medio de una opacidad general, quedó zanjada con la elección por la Asamblea del primer ministro, Shavkat Mirziyóyev, como presidente interino de la República hasta la celebración de elecciones en el plazo de tres meses.


(Texto actualizado hasta 8/9/2016)

Biografía

1. Cabeza de un régimen autocrático antes y después de la desaparición de la URSS
2. El gendarme de Asia Central: ambiciones de potentado regional, persecución del yihadismo en el valle de Fergana y vaivenes estratégicos entre Rusia y Estados Unidos
3. Recrudecimiento de la represión, perpetuación de la dictadura y amistad con China
4. Fallecimiento en 2016 e incertidumbre sucesoria


1. Cabeza de un régimen autocrático antes y después de la desaparición de la URSS

Hijo de burócrata que le dejó huérfano en su Samarkanda natal a temprana edad y que según algunas fuentes era de etnia tadzhika, tras completar la educación escolar se formó como ingeniero mecánico en el Instituto Politécnico de Asia Central, hoy Universidad Técnica Estatal de Tashkent. Más tarde se licenció como economista en el Instituto de Economía Nacional de la capital de la entonces República Socialista Soviética Uzbeka (RSSU). Corría 1967 y Tashkent, otrora una urbe de fisonomía rural por los edificios de adobe que conformaban su centro histórico, vivía una febril etapa de reconstrucción moderna a raíz del ruinoso terremoto de 1966, que la había destruido hasta sus cimientos en cuatro quintas partes.

El joven Karímov comenzó su carrera profesional en la división de máquina-herramienta del sovjoz o granja estatal de Tashselmash, en Tashkent, donde ejerció de capataz. Desde 1961 trabajó de ingeniero proyectista en la planta Chkalov, dedicada al montaje de aviones de carga y sita también en la capital, y en 1963, meses antes de la caída de Nikita Jrushchev, obtuvo el carnet de miembro del Partido Comunista de Uzbekistán (PCU, OKP en uzbeko), la rama republicana del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). A partir de 1966, en paralelo al desarrollo de la era Brezhnev, sirvió en el aparato burocrático de su república, donde ascendió en el escalafón desde especialista jefe a directivo de departamento, hasta llegar a primer vicepresidente del Comité de Planificación Estatal (GOSPLAN) de la RSSU.

En 1983, año en que emergió el escándalo de la estafa a Moscú por el todopoderoso primer secretario del PCU desde 1959, Sharaf Rashídov, acusado de falsear los balances económicos y defenestrado en castigo por el secretario general Andropov, Karímov alcanzó el puesto de ministro de Finanzas del Gobierno de la RSSU. Tres años después, coincidiendo con su alta en el Comité Central del PCUS y su nombramiento para el puesto de primer secretario del Comité Regional del PCU en Kashkadarya, se convirtió en vicepresidente del Consejo de Ministros y presidente del Comité de Planificación, subordinado al jefe del Ejecutivo, Gayrat Kadyrov. Hasta 1988 siguió desempeñando funciones rectoras en el GOSPLAN.

El 23 de junio de 1989, al poco de salir elegido miembro del Congreso de Diputados Populares de la URSS (el nuevo superparlamento soviético convocado por Mijaíl Gorbachov y llamado a tener bien corta vida), Karímov fue escogido por el Politburó del PCUS para ocupar la Primera Secretaría del Comité Central del PCU, esto es, la suprema instancia de poder en la república. Tomó el relevo a Rafik Nishanov, quien solo llevaba año y medio en el cargo y al que el estallido de choques interétnicos en la región de Fergana había dejado desacreditado. Karímov pertenecía a la generación de apparatchiks promovidos en los años de la Perestroika de Gorbachov como reemplazo de la vieja guardia brezhnevista, pero su adhesión a las reformas económicas y a la transparencia informativa auspiciadas por el secretario general del PCUS se daba solo por supuesta. En realidad, al igual que en las demás repúblicas soviéticas de Asia Central, no se produjo ningún cambio significativo en Uzbekistán, república remota, especializada en la producción algodonera y bastión del tradicionalismo y el conservadurismo.

El 24 de marzo de 1990 el Soviet Supremo de la RSSU eligió a Karímov para el nuevo puesto de presidente de la República, adquiriendo así las funciones estatales hasta entonces desempeñadas por Mirzolim Ibragimov, el presidente del Presidium del Soviet Supremo. La declaración de soberanía de la RSSU aprobada por el Soviet Supremo de Tashkent el 20 de junio siguiente no tuvo ninguna consecuencia práctica, pues Uzbekistán, a pesar de las tensiones étnicas potencialmente sangrientas, como pusieron de manifiesto los enfrentamientos entre uzbekos étnicos, turcos mesjetas y kirguizos, carecía de movimientos secesionistas o meramente nacionalistas.

El 14 de julio de 1990 Karímov entró como miembro pleno en el Politburó del PCUS y en los meses siguientes fue uno de los dirigentes republicanos más incondicionalmente ligados al proyecto de Gorbachov de renovar el Tratado de la Unión para dar acomodo a las reivindicaciones nacionalistas, que brotaban con mucha fuerza en las repúblicas europeas y transcaucásicas dentro de una URSS renovada dotada de una auténtica estructura federal. Ahora bien, cuando el 19 de enero de 1991, en la víspera de la firma del Tratado por nueve presidentes más Gorbachov, se produjo el movimiento involucionista en Moscú, Karímov adoptó una postura que no dejó lugar a dudas sobre sus simpatías por el efímero Comité golpista.

Cuando la intentona de los dirigentes hostiles a Gorbachov naufragó, el 21 de agosto, Karímov, con habilidad y oportunismo, se apresuró a subirse a la vorágine anticomunista desatada en toda la URSS: el día 23 abandonó el Comité Central y el Politburó del PCUS tan solo horas antes del anuncio por Gorbachov, forzado por el ruso Borís Yeltsin, de la disolución del Partido, y el día 31 hizo que el Soviet Supremo local proclamara la independencia de Uzbekistán, a la vez que la vecina Kirguizistán y anticipándose en este movimiento a Kazajstán, Tadzhikistán y Turkmenistán, las otras tres repúblicas centroasiáticas. El 1 de septiembre Karímov pasó a ser el presidente de la República de Uzbekistán, desprovista ya de las condiciones de socialista y soviética. En los meses siguientes, el dirigente se apuntó sin reservas a los sucesivos esquemas propuestos por Gorbachov y las autoridades rusas para salvaguardar algún tipo de unión política y económica entre estados soberanos, hasta que las imparables dinámicas disgregadoras acabaron con esta pretensión.

Así, el 13 de diciembre de 1991 Karímov y sus cuatro colegas centroasiáticos, reunidos en la capital de Turkmenistán, Ashjabad, solicitaron ser incluidos en la Comunidad de Estados Independientes (CEI) que había sido anunciada por los líderes de Rusia, Ucrania y Bielarús cinco días atrás. Los ingresos tuvieron lugar el 21 de diciembre, junto con los de Moldova, Armenia y Azerbaidzhán, en una cumbre de presidentes celebrada en la capital de Kazajstán, Alma-Atá. El 26 de diciembre la URSS, como entidad jurídica, quedó disuelta de manera oficial en virtud de una declaración postrera del Soviet Supremo; fue entonces cuando Uzbekistán y las demás repúblicas integrantes (salvo las tres bálticas, emancipadas ya en septiembre) iniciaron formalmente su andadura como estados soberanos e independientes.

A pesar de la ruptura con la doctrina comunista y la asunción de un programa nacional uzbeko, Karímov mantuvo intactos los cuadros directivos y burocráticos, que simplemente se dieron de alta en el nuevo Partido Democrático Popular de Uzbekistán (OCDP), creado el 1 de noviembre de 1991 como reemplazo del disuelto PCU. El 29 de diciembre siguiente Karímov arrolló en las primeras elecciones presidenciales directas con el 87% de los sufragios al candidato del partido Erk (Libertad), Muhammad Salih, pese a que las encuestas habían augurado unos resultados muy igualados. Simultáneamente, fue sometida a plebiscito la declaración de independencia, que los uzbekos ratificaron con un 98% de votos afirmativos, siendo la participación oficial del 94% en esta consulta.

De los nuevos estados aparecidos en la región, el Uzbekistán de Islam Karímov fue, junto con el Turkmenistán de Saparmurat Niyázov (un líder totalitario propenso al culto a su personalidad que de hecho le superaba en inmovilismo y reacción, aunque su enfoque era más nacionalista que nostálgico), el que más cautela y conservadurismo exhibió a la hora de establecer un modelo económico. El mantenimiento de los sistemas de control y planificación soviéticos solo refrenó parcialmente el derrumbe de la producción, inevitable por la desarticulación del mercado del espacio de la URSS y la interrupción de los intercambios; aun así, el PIB uzbeko se contrajo más de un 11% en 1992, el año más nefasto en este ámbito. Las reformas desreguladoras que habrían puesto los cimientos de una economía de mercado y atraído inversiones foráneas quedaron pospuestas. En 1992 Karímov se proyectaba como el dirigente ex soviético más apegado al antiguo régimen, que descartaba la privatización de la tierra y mantenía los esquemas de subvenciones, en particular a la industria algodonera, puntal de la economía nacional.


2. El gendarme de Asia Central: ambiciones de potentado regional, persecución del yihadismo en el valle de Fergana y vaivenes estratégicos entre Rusia y Estados Unidos

Dentro de la CEI, el Karímov de los primeros años noventa todavía era un colaborador entusiasta de Rusia y sus sucesivas propuestas de integración e institucionalización de una organización que tenía muchas dificultades para evolucionar hacia algo más que un mero ámbito de cooperación intergubernamental. La violenta pugna entablada en la vecina Tadzhikistán entre los clanes neocomunistas por un lado y la alianza de reformistas e islamistas por el otro despertó en Karímov fuertes aprensiones por la posible reproducción de un escenario similar en Uzbekistán, hogar de importantes comunidades tadzhikas deseosas de autogobierno, en Samarkanda y Bujara, así como de un vibrante movimiento confesional musulmán, de base fundamentalmente uzbeka. Este movimiento, activo en los terrenos religioso, cultural y político, tenía su asiento en el superpoblado valle de Fergana, vasta depresión vagamente triangular de 22.000 km² correspondiente al saliente nororiental de Uzbekistán, y cuyas estribaciones se adentraban, de norte a sur y de este a oeste, en Kirguizistán y Tadzhikistán.

Ante este panorama de eventual contestación doméstica con trasfondo étnico-religioso, la respuesta del dirigente uzbeko fue doble. Por una parte, ultimó los retoques de un Estado estrictamente aconfesional inspirado en el modelo kemalista de Turquía, nación culturalmente próxima desde el momento en que el uzbeko es un idioma túrquico, y restringió severamente la articulación de un sistema de partidos apelando a argumentos paternalistas (socorridos también en Turkmenistán y con menos insistencia en Kazajstán y Kirguizistán), sobre que era imprescindible asegurar el orden social. Fue tal la cortapisa al libre desenvolvimiento democrático que en 1992 él mismo auspició la puesta en marcha del partido Progreso de la Patria (VT), integrado por intelectuales y hombres de negocios progubernamentales, como la alternativa formal al OCDP.

Dos partidos genuinamente opositores, los centristas Erk y Birlik (Unidad), fueron desde el primer momento excluidos del juego político con el fin de "preservar la paz étnica" y sus líderes forzados al exilio. A pesar del talante liberal de la Constitución adoptada el 8 de diciembre de 1992, texto que entre otros puntos proclamaba la libertad de cultos, en Uzbekistán se implantó un presidencialismo autoritario que solo toleraba los partidos avalados por el poder. Por otro lado, Karímov, cuyo nombre de nacimiento era el de la fe fundada por Mahoma, con lo que podía alardear de hombre piadoso, compatibilizó su defensa del Estado secular con la reivindicación de lo musulmán como pilar de la identidad nacional. De esta manera, buscaba sustraerle el discurso religioso al díscolo Partido del Renacimiento Islámico, basado en Fergana.

Karímov se sumó de buen talante al Tratado de Seguridad Colectiva (TSC) que seis repúblicas de la CEI adoptaron en Tashkent el 15 de mayo de 1992, en virtud del cual, en octubre de aquel año, unidades uzbekas se unieron a las tropas rusas que facilitaron la caída en Dushanbé del Gobierno de coalición dominado por los islamistas y la subida al poder del prorruso Inomali Rajmónov (luego llamado Emomalii Rajmón). Tadzhikistán volvía a tener un régimen afín y Karímov ofreció a las nuevas autoridades de Dushanbé determinadas garantías de protección y seguridad, más allá de los compromisos adquiridos en el seno de la CEI en forma de una brigada de pacificación de la frontera tadzhiko-afgana, conjuntamente con tropas rusas, kazajas, kirguizas. Esta propuesta entró en colisión con los intereses de Rusia.

La clara reacción de Moscú frente a lo que parecía la finta de un miembro relativamente menor de la CEI con vocación de potencia regional principió una etapa de mutuas suspicacias y distanciamiento. Karímov aspiraba a que Yeltsin le reconociera a su país sin salida al mar un rol cuasi paritario en la vigilancia de Asia Central, considerando su peso económico y demográfico: así, el PIB de Uzbekistán, país exportador de algodón, gas natural y oro, era sensiblemente inferior al de Kazajstán, potente productor de hidrocarburos, petróleo principalmente, pero en cuanto a población, con 22 millones de ciudadanos censados, le superaba en seis millones de personas, pese a tener menos de una quinta parte de su extensión.

Si esta pretensión era inaceptable en un heredero de la URSS que cada vez concebía más a la CEI como un mero instrumento de reafirmación imperial, las otras cuatro repúblicas centroasiáticas hicieron lecturas aprensivas en torno a una hegemonía regional uzbeka, a la que Karímov parecía aludir cuando mencionaba la necesidad de "descubrir el potencial" de su país. Pero Uzbekistán podía permitirse menos hipotecas con Rusia que otros porque no compartía frontera con ella y porque los ciudadanos uzbekos rusófonos no representaban más que el 5% de la población. Los instrumentos de presión de Moscú eran, por tanto, limitados.

A Karímov le costó establecer un sistema de alianzas regional para consolidar su independencia de Moscú. Sin mucha convicción, en 1995 sacó a colación el concepto de un Turquestán unificado de las cinco repúblicas que no podría basarse ni en la dependencia rusa ni en el elemento pantúrquico, ya que este referente excluiría a Tadzhikistán, país persáfono. La identificación de mutuos lazos culturales e históricos como aglutinante de esta hipotética entidad no convenció ni en Alma-Atá, ni en Bishkek, ni en Dushanbé, que no renunciaban a delegar en Rusia la seguridad de sus fronteras (en tanto que Ashjabad, como en todo lo demás, prefirió ir por libre) ni dejaban de recelar de la autoproclamación por el régimen de Tashkent como el heredero directo del imperio levantado -a sangre y fuego- en la Asia Central del siglo XIV por el caudillo turcomongol Tamerlán, glorificado por Karímov como un "enviado del Todopoderoso" al pueblo uzbeko. De hecho, existían ya tensiones con Kazajstán por litigios territoriales y con Kirguizistán por la situación de la minoría uzbeka en la ciudad fronteriza de Osh.

En estas circunstancias, la incorporación de Uzbekistán a diversas fórmulas de integración comercial y económica, tanto bilaterales como subregionales, obedeció a necesidades eminentemente prácticas, es decir, de exportación algodonera y gasífera. El 2 de marzo de 1994 Karímov suscribió con Borís Yeltsin en Moscú un acuerdo de liberalización comercial ruso-uzbeko. Días después, el mandatario se avino a adoptar una unión aduanera centroasiática con el kazajo Nursultán Nazarbáyev y el kirguizo Askar Akáyev. Y el 3 de noviembre de 1995 decidió sumarse a la Unión Aduanera de la CEI creada por Rusia, Bielarús y Kazajstán meses atrás, y a la que ahora se sumaron también Kirguizistán y Tadzhikistán.

Ahora bien, el uzbeko se marginó del acuerdo ruso-bielorruso-kazajo-kirguizo adoptado el 29 de marzo de 1996 para desarrollar un mercado común y coordinar las políticas económicas, marco que en octubre de 2000, con la adición de Tadzhikistán, iba a dar lugar a la Comunidad Económica Euro-Asiática (CEEA), ya que ambicionaba algo más que una unión aduanera y dotarse de una ligazón jurídica. Tashkent seguía rechazando la participación en cualquier estructura con vocación de supranacionalidad en la que tomara parte Rusia y apostando, pese a sus crecientes dificultades, por el eje a tres con Kazajstán y Kirguizistán. La constatación de sus diferencias no fue óbice para que Karímov, Nazarbáyev y Akáyev adoptaran en Bishkek el 10 de enero de 1997 un Tratado de "Amistad Eterna" entre los tres países que incluía un compromiso de defensa mutua si la integridad territorial de alguno de ellos era violentada.

Lo cierto era que desde las independencias nacionales en 1991 los intercambios de Uzbekistán con los socios de la CEI no hacían más que disminuir, y para mediados de la década de los noventa el país ya comerciaba más con el resto del mundo. Karímov estaba firmemente determinado a escapar de la zona rublo y obtener la autosuficiencia energética y alimentaria. Así, el 1 de julio de 1994 entró en circulación la nueva divisa nacional, el som, que sustituyo a una unidad de cuenta tan provisional como fallida, el som-cupón. Para estabilizar el som, que por supuesto nacía como una moneda no convertible, Karímov recurrió a la asistencia financiera del FMI, lo que a su vez forzó el despegue de las reformas pro mercado y la liberalización de la economía.

A través de sucesivos decretos presidenciales, aplicados por los gobiernos de los primeros ministros Abdulhashim Mutalov y, desde diciembre de 1995, Otkir Sultonov, se procedió a subir los salarios y los precios de productos de primera necesidad, a privatizar empresas estatales y a captar inversiones para diversificar las exportaciones, que desde tiempos de la URSS estaban abrumadoramente dominadas por el algodón (del que Uzbekistán era el segundo productor mundial, aunque luego iba a caer hasta la sexta posición), con los hidrocarburos y el sector automotriz. En 1996 la economía uzbeka dejó atrás un lustro de recesión y desde 1997 el PIB registró tasas de crecimiento de aproximadamente el 4% anual. A partir de 2004 el ritmo sostenido se duplicó, manteniéndose envidiablemente estable en torno a 8%, aunque generando inflación.

Las relaciones con el FMI estuvieron erizadas de dificultades por la reluctancia de Karímov a introducir reformas decisivas como la privatización de la tierra y la total liberalización de los precios por la vía de la cancelación de los subsidios, sin duda por temor a su impacto social y porque atentarían contra el sistema tradicional de privilegios y prebendas en pago a fidelidades. A medida que crecían las susceptibilidades con Rusia y los vecinos centroasiáticos, Karímov tendió puentes de colaboración con países como Estados Unidos, Francia, Turquía y China, todos los cuales visitó, si bien aclarando que no deseaba patrocinios de nadie y que Uzbekistán seguiría una línea autónoma en las relaciones internacionales. Como sucedió con otros países de la CEI, Washington se aproximó a Tashkent al comprobar su negativa a caer en la órbita de Moscú y accedió a mantener un importante nivel de cooperación que incluyó los aspectos militares.

Karímov se solidarizó con el embargo estadounidense a Irán y se interesó por el ambicioso proyecto, grato a Occidente, de exportar los hidrocarburos del mar Caspio por la vía azerí-georgiano-turca, en competencia directa con la red rusa de oleoductos ya en servicio. Así, el 29 de octubre de 1998 unió en Ankara su firma a las de sus colegas de Turquía, Georgia, Azerbaidzhán y Kazajstán para integrarse en el proyecto del oleoducto que partiría desde la capital azerí, Bakú, y terminaría en el puerto turco de Ceyhan, en el Mediterráneo. El llamado Oleoducto BTC (Baku–Tbilisi–Ceyhan) iba a entrar en servicio en 2005, aunque el crudo que bombeaba empezó siendo íntegramente azerí, no uzbeko; para que el lejano petróleo uzbeko, no precisamente abundante, (o el kazajo) pudiera ser exportado a Occidente vía Azerbaidzhán y Turquía, era preciso empalmar al BTC una complicada red terrestre y marítima a través de Kazajstán y el Caspio.

El mantenimiento de las barreras a las inversiones y la petrificación del régimen político terminaron por pasar factura a las relaciones uzbeko-estadounidenses, aunque en el ámbito de la CEI progresaron los vínculos con otras repúblicas resueltas a fortalecer su emancipación de Rusia. El 24 de abril de 1999, en el marco de la cumbre especial de la OTAN en Washington con motivo del quincuagésimo aniversario del Tratado del Atlántico Norte, y en la que Uzbekistán tomó parte en tanto que miembro del Consejo de Asociación Euro-Atlántico (CAEA) y adherente al programa Asociación para la Paz (ApP), Karímov decidió con sus homólogos de Georgia, Ucrania, Azerbaidzhán y Moldova la entrada de Uzbekistán en el ámbito GUAM (sigla tomada de las iniciales de los cuatro países fundadores y que en adelante pasaba a llamarse GUUAM), un alineamiento subregional de la CEI, de naturaleza no institucional todavía, que decía aunar intereses económicos y estratégicos, y que presentaba una clara orientación prooccidental y proatlantista. En junio de 2001, en una cumbre de presidentes en Yalta, el foro de consultas GUUAM quedó formalizado como alianza con la firma por sus cinco integrantes de una carta de principios.

Al menos hasta finales de 1997, Uzbekistán gozó de estabilidad y no tuvo que enfrentar grandes retos a su seguridad. Pero la victoria militar de la milicia integrista de los talibán en Afganistán, certificada con la caída del bastión uzbeko de Mazar-e-Sharif en 1998, y las primeras manifestaciones de subversión armada en el valle de Fergana por un movimiento islamista que hasta entonces había canalizado lo esencial de su activismo religioso en el terreno cultural, pusieron en guardia a Karímov, el cual vio golpeadas sus ambiciones de supremacía regional, dentro de una especie de competición soterrada con el más discreto líder kazajo, Nazarbáyev. Con sus intrigas a varias bandas en Tadzhikistán (en noviembre de 1998 el presidente Rajmómov le acusó de azuzar una rebelión contra su Gobierno de coalición de neocomunistas e islámicos) y Afganistán (protegiendo al general uzbeko Rashid Dostum, uno de los líderes de la alianza norteña antitalibán, que de resultas de la caída de Mazar-e-Sharif hubo de escapar a Turquía), el dirigente uzbeko creyó al menos haber conjurado un "segundo Tadzhikistán" en su país.

A lo largo de 1998 y 1999 se sucedieron una serie de incidentes violentos que definitivamente acabaron con la noción de Uzbekistán como remanso de estabilidad en una zona de crecientes turbulencias. En el triángulo formado por Fergana, el saliente sudoccidental de Kirguizistán y la región tadzhika de Jujand, en el extremo norte de este país, se asentó un trasiego de militantes islámicos uzbekos que causaron graves trastornos en los tres estados. Pero el verdadero aldabonazo se produjo el 16 de febrero de 1999 cuando el mismo Karímov escapó ileso a un aparatoso atentado con bombas en el centro de Tashkent, que no obstante mató a una veintena de personas y dejó destrozada la sede del Ministerio del Interior.

La respuesta del presidente fue draconiana: tras culpar sin vacilar del intento de magnicidio a "fundamentalistas wahhabíes" (una designación en parte abusiva, pues en lo sucesivo fue aplicada a cualquier musulmán practicante de casa sospechoso de desleal con el régimen), Karímov desencadenó una vasta represión en los ambientes organizados que acarreó cientos de detenciones y juicios sumarios tanto de activistas religiosos como laicos, acentuó el control gubernamental sobre las mezquitas y seminarios musulmanes, y cerró a cal y canto las sinuosas y permeables fronteras con Tadzhikistán y Kirguizistán para impedir las infiltraciones de terroristas.

El repliegue y el endurecimiento por razones de seguridad resultaron muy perjudiciales para los intercambios comerciales e inversiones de Uzbekistán, y no menos para las relaciones con Kirguizistán, pese a compartir el problema. El bombardeo en agosto de 1999 por la aviación uzbeka de pueblos kirguizos tomados por guerrilleros de Fergana levantó las iras del Gobierno de Bishkek, que ya venía siendo instado por Tashkent a coordinar una respuesta firme, totalmente militar, para aplastar a los rebeldes. Karímov veía a Akáyev como un gobernante blando que dejaba demasiado margen de acción a su oposición democrática y que con su tolerancia política ponía en riesgo al propio Uzbekistán. Para obligarle a tratar a los yihadistas con mano más dura, empezó a interrumpir los suministros energéticos a Kirguizistán.

A partir de entonces, Karímov, también, reiteró las acusaciones a los talibán afganos, y de paso a sus protectores saudíes y pakistaníes, de instigar los movimientos integristas sunníes de toda Asia Central e incluso denunció una conexión chechena, todo lo cual permitía vislumbrar, según él, una auténtica "conspiración internacional" para crear un Estado islámico en Asia Central. Aunque la hostilidad al régimen talibán de Kabul colocaba teóricamente a Uzbekistán en el mismo bando que Rusia, Irán, Tadzhikistán y Kirguizistán, Karímov insistió en continuar sus padrinazgos o tutelas particulares sobre los dos últimos países citados y sobre el partido de Dostum en Afganistán, así como en rechazar cualquier exhibición de fuerza por parte de Rusia.

En mayo de 1998 Karímov estuvo de acuerdo con Yeltsin en Moscú en que era perentoria una coordinación de los países afectados para hacer frente al "peligro fundamentalista", pero en vísperas del atentado de 1999 anunció que Uzbekistán no iba a renovar su participación en el TSC puesto en marcha por la CEI en 1992. En efecto, en abril de 1999 el Gobierno uzbeko, al alimón con el georgiano y el azerí, rehusó firmar un protocolo para la extensión del TSC hasta 2004. En 2000 menudearon los enfrentamientos del Ejército uzbeko con las partidas de un Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU), organizado como guerrilla en Fergana y liderado por el misterioso cabecilla yihadista Juma Namangani, pero Karímov rechazó de Rusia tanto la oferta de tropas para neutralizar esta comprometida subversión como la propuesta de bombardear posiciones de los talibán en el norte de Afganistán desde territorio uzbeko.

Karímov siguió conminando a los gobiernos kirguizo y tadzhiko a que desarrollaran una capacidad militar y de vigilancia de las fronteras suficiente y coordinada para combatir al enemigo común. Todavía en esta línea de dar prelación absoluta a las consultas en materia de seguridad, el 5 de julio de 2000 el presidente asistió en Dushanbé por primera vez como invitado a una cumbre de líderes del denominado Grupo de Shanghai, foro que sentaba en una misma mesa a China, Rusia, Kazajstán, Kirguizistán y Tadzhikistán, y que atrajo su interés porque excedía las cuestiones meramente comerciales y se ocupaba de temas como la vigilancia de las fronteras y la seguridad regional. Además, la presencia de China en el Grupo como potencia que llevaba la iniciativa abría un espacio de cooperación asiática diversificado que le resultaba sumamente atractivo. En junio de 2001 Uzbekistán pasó ser el sexto miembro del Grupo, que profundizó sus lazos dándose el nombre de Organización de Cooperación de Shanghai (OCS).

En la política interior, el jefe del Estado uzbeko no dejó un resquicio a la oposición. En las elecciones legislativas a tres vueltas del 25 de diciembre de 1994 y el 8 y 22 de enero de 1995 sólo el domesticado VT fue autorizado a competir, dando lugar a un reparto de los 83 escaños del nuevo Oliy Majlis o Asamblea Suprema abiertos al sufragio universal. Al OCDP le tocaron 69 puestos. Otros 167 diputados fueron nominados por las autoridades locales, que a su vez habían sido nombradas por el presidente. El 26 de marzo siguiente el 99,6% de los votantes refrendó la prolongación del primer mandato quinquenal de Karímov, que expiraba en enero de 1997, por tres años con el objeto de "sincronizar" en el año 2000 las elecciones presidenciales y legislativas. Sin embargo, tal sincronización, en sentido estricto, no iba a tener lugar.

Las segundas elecciones al Majlis tuvieron lugar el 5 y 19 de diciembre de 1999. Esta vez, además del OCDP fueron autorizadas a concurrir, y con garantía de obtención de escaños, otras cuatro formaciones, todas progubernamentales y más que sospechosas de haber sido directamente creadas por el poder. Se trataban del VT, el Partido Democrático del Auto Sacrificio Nacional (FMDP), el Partido Democrático de la Justicia Social (ASDP) y el Partido Democrático del Renacer Nacional de Uzbekistán (OMTDP). El resto de fuerzas, con el pretexto de que ofrecían unos perfiles sectarios de tipo étnico o religioso, presentaban carices subversivos o fomentaban la división social, quedaron vetadas o simplemente ya estaban prohibidas, circunstancia en la que se apoyó la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) para descalificar los comicios. Karímov dictaba las reglas del juego y, por lo que se veía, decidía los resultados. En las presidenciales del 9 de enero de 2000 el aspirante a la reelección por un período adicional de cinco años "ganó" con el 91,9% de los votos a un contrincante de circunstancias, Abulhafiz Jalolov, filósofo y dirigente del FMDP.

Se daba el caso de que Jalolov había sustituido en junio de 1996 al frente del OCDP a Karímov, quien oficialmente se desvinculó ahora de cualquier adscripción partidista. Más aún, la candidatura presidencial de Karímov fue avalada por dos de los partidos aceptados para el juego político, el ASDP y el FMDP; de hecho, Jalolov, en un gesto insólito, no tuvo ambages en informar que su voto en las urnas había sido no para él, sino para el presidente. La OSCE, a la que secundó Estados Unidos, declaró que las segundas elecciones presidenciales de la independencia no habían sido "ni libres ni limpias", considerando la proscripción de otros aspirantes al cargo, la inexistencia de una prensa libre y la coacción de la población por las fuerzas de seguridad. El 22 de enero de 2000 Karímov arrancó un mandato quinquenal que constitucionalmente debía ser el último.

Los atentados del 11-S cometidos por Al Qaeda elevaron súbitamente las relaciones uzbeko-estadounidenses a un nuevo nivel. De la noche a la mañana, Karímov se convirtió a los ojos de la Administración Bush en un colaborador valiosísimo para el éxito de la intervención militar en Afganistán. Ahora resultaba que la destrucción del régimen talibán y la captura o eliminación de sus huéspedes alqaedistas pasaban en buena medida por la transformación de Uzbekistán en una plataforma logística de la que partieran tanto los bombardeos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos como los suministros para las tropas afganas rebeldes de la Alianza del Norte, de la que formaban parte el general Dostum y sus combatientes uzbekos. En septiembre de 2001 Karímov cogió al vuelo la oferta que se le hacía de ser un aliado estratégico de Washington en la guerra contra el terror porque así contaría con la cobertura perfecta para asestar el mazazo definitivo a la subversión del MIU en Fergana, y de paso vería atenuarse, o incluso tal vez desaparecer, las amonestaciones del Departamento de Estado por sus orquestaciones electorales y sus arrestos masivos.

La ONG Human Rights Watch, denunciante regular de la terrible situación en las prisiones uzbekas, atiborradas de presos que en muchos casos debían considerarse puramente de conciencia y donde la tortura era práctica sistemática, quedó consternada por la arribada de 800 soldados estadounidenses a la base aérea de Karshi-Khanabad (K2), en el sur del país, que antaño había acogido a escuadrones de la Fuerza Aérea de la URSS, y servido de facilidad de retaguardia para la invasión de Afganistán en 1980 y el sostenimiento del régimen comunista de Kabul frente a los muyahidines hasta 1989. El Kremlin, mandado desde el último día de 1999 por Vladímir Putin, también estaba muy molesto, pero por razones bien distintas: sin consultarle, Karímov había puesto Karshi-Khanabad a disposición de Estados Unidos en una conversación telefónica mantenida con Bush el 19 de septiembre; tan solo tres días después, las primeras unidades norteamericanas aterrizaron subrepticiamente en el país y el acuerdo sobre el estatus de estas fuerzas (SOFA) fue suscrito el 6 de octubre. Uzbekistán, de espaldas a Rusia, no solo era el primer aliado centroasiático ganado por Estados Unidos, sino que hacía historia como el primer Estado miembro de la CEI que acogía a tropas de la superpotencia occidental para realizar operaciones bélicas contra un tercer país, no meramente maniobras.

Pero Karímov estaba encantado: entre noviembre y diciembre de 2001 las fuerzas especiales de Estados Unidos partidas de Karshi-Khanabad y las de la Alianza del Norte capturaron Mazar-i-Sharif y Kabul, los talibán fueron puestos en fuga y, de regalo, Juma Namangani, el enemigo público número uno del régimen de Tashkent, ya condenado a muerte en ausencia, resultó muerto en un ataque aéreo en el curso de la ofensiva afgana. En marzo de 2002 Bush recibió a Karímov en la Casa Blanca y el encuentro alumbró una declaración sobre un Marco Estratégico de Asociación y Cooperación (SPCF). La personalidad susceptible y tornadiza de Karímov, empero, iba a encargarse de que este vuelco estratégico en las relaciones exteriores de Uzbekistán no tuviera mucho recorrido. En julio de 2005 el presidente, airado por el rapapolvo del Departamento de Estado con motivo de la masacre, perpetrada en mayo anterior, de cientos de oponentes en Andijan (véase infra), y ya molesto con Washington desde que en julio de 2004 el Departamento de Estado descertificara a Uzbekistán como país receptor de ayuda económica y militar debido a su deplorable expediente en materia de Derechos Humanos, ordenó al Gobierno norteamericano que sacara a sus tropas de Karshi-Khanabad en el plazo de seis meses, evacuación que el Pentágono se resignó a completar en noviembre de aquel año.

El drástico final de la cooperación militar con Estados Unidos por una cuestión de celo soberano empujó a Karímov a volver sus ojos a Rusia y a intensificar los contactos con China en las dimensiones bilateral y multilateral, es decir, en el marco de la OCS, cuya cuarta cumbre había acogido Tashkent en junio de 2004. El 7 de octubre de 2005 Uzbekistán se unió a la CEEA, el instrumento de integración económica mantenido por Rusia, Bielarús, Kazajstán, Kirguizistán y Tadzhikistán, y de cuya génesis en 1996 había preferido mantenerse al margen. Incluso días antes de los sangrientos sucesos de Andijan, el 5 de mayo, Tashkent ya avisó de su alejamiento de la esfera prooccidental y proatlantista con la notificación de que se retiraba de la GUUAM, que por lo tanto volvía a llamarse GUAM. El siguiente paso significativo llegó el 23 de junio de 2006 con el anuncio por los portavoces de Karímov de que Uzbekistán retornaba al paraguas ruso del TSC, desde 2002 constituido en una alianza militar en toda regla con el nombre, a modo de émulo de la OTAN, de Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva (OTSC). No obstante, los uzbekos no ratificaron ningún acuerdo adoptado en el marco de la organización ni tomaron parte en los ejercicios militares conjuntos.

De nuevo, el carácter mudable de Karímov vino a alterar la, por lo demás siempre escasa, singladura internacional de Uzbekistán. Tremendamente suspicaz ante cualquier señal de que Rusia tratase a sus socios en estos proyectos de integración del campo postsoviético como comparsas o satélites, meros instrumentos útiles a sus deseos de reafirmación como gran potencia frente a Estados Unidos y la Unión Europea, el férreo mandamás de Tashkent no tardó en recular: en octubre de 2008, sin dar explicaciones, suspendió la participación en la CEEA, que estaba evolucionando hacia una Unión Económica Euro-Asiática (UEEA), y en junio de 2012 hizo lo mismo con respecto a la OTSC; en diciembre siguiente, los restantes presidentes de la OTSC, reunidos en Moscú bajo la batuta de Putin, anunciaron que Uzbekistán ya no era miembro de la organización.

Entre medio, Karímov exploró la recomposición de las relaciones con Estados Unidos y Europa, muy dañadas por culpa de la masacre de Andijan. En marzo de 2008 la Fuerza Aérea estadounidense recibió permiso para operar de manera limitada en la base de Termez, asomada a la frontera afgana. En enero de 2009 el presidente Barack Obama invitó al uzbeko a un "nuevo comienzo" en las relaciones bilaterales y la respuesta de Tashkent fue autorizar los transportes de aprovisionamiento aéreo desde territorio uzbeko a las tropas destacadas en Afganistán. En octubre siguiente, Washington levantó el embargo de armas impuesto en 2005. La UE ya hacía meses que había concluido el suyo.

Desde los años noventa, Karímov no dejaba de debatirse entre la obsesión por preservar su autonomía y su margen de maniobra frente a los designios de cualquier potencia extranjera, y la preocupación por apuntalar su régimen despótico y enclaustrado con salvaguardias del exterior. Si se quedaba fuera de la CEEA y de la OTSC, renunciaba a cubrir las necesidades estratégicas económicas y de seguridad en un ámbito multilateral regido por Moscú, aunque al menos en el primer terreno, el comercial, cabían fórmulas intermedias. Karímov todavía no había dicho su última palabra en relación con los tratos con Rusia.

Así, el 18 de octubre de 2011 Uzbekistán firmó su adhesión al Área de Libre Comercio de la CEI (CISFTA, en su sigla en inglés), asociación que brindaba beneficios económicos sin cesiones de soberanía a las estructuras de la CEEA/UEEA. El tratado correspondiente fue ratificado por Karímov en diciembre de 2013 y entró en vigor en enero de 2014. Acto seguido, el impredecible líder uzbeko volvió a crearles problemas a Kirguizistán y a Rusia al cortarle al primer país los envíos de gas en respuesta a la adquisición por la compañía estatal Gazprom, instrumento del Kremlin, de la red de distribución gasífera kirguiza. Gazprom llegó a un acuerdo con las quisquillosas autoridades de Tashkent y en diciembre de 2014 Karímov recibió la visita apaciguadora de Putin, quien le anunció la condonación de 865 millones de dólares de deuda externa uzbeka contraída con su país.


3. Recrudecimiento de la represión, perpetuación de la dictadura y amistad con China

En 1995 Karímov había hecho sumar tres años a su primer mandato de cinco y el 27 de enero de 2002 repitió la jugada con respecto a su segundo mandato, inaugurado dos años atrás y cuya fecha original de caducidad era enero de 2005. Esta vez, los uzbekos aprobaron dócil y masivamente en referéndum que Karímov siguiera mandando hasta 2007, instituyendo así los períodos presidenciales de siete años. Todo el mundo daba por sentado que el presidente, que manejaba el Estado, sobre el papel de derecho, a su antojo, ya encontraría la manera de burlar la limitación constitucional a los dos mandatos consecutivos y de extender más allá de 2007 una férula personal de horizontes claramente vitalicios. Con un porcentaje de síes similar, el 93,6%, los electores aprobaron de paso la creación de un Parlamento bicameral. Como en las convocatorias anteriores, los gobiernos y organizaciones occidentales elevaron críticas por las formas y el trasfondo del plebiscito, pero estas quejas no resultaron estridentes.

Dada su naturaleza fuertemente represiva, desconfiada y hermética, poco era lo que se sabía sobre la estructura de poder y los entresijos del régimen enraizado en Uzbekistán, más allá de su personalización extrema en el omnipresente Karímov, del que parecía fluir una cadena rígidamente vertical, y no piramidal, de mando. Así que en enero de 2003 causó sensación la publicación en Internet, antes del fulminante bloqueo de los servidores uzbekos, de una serie de textos, en apariencia filtrados por una fuente gubernamental bien informada, en los que se daba cuenta de unos elevados niveles de corrupción interna, de la implicación de altas autoridades del Estado y del propio Karímov en el tráfico de opio afgano, y de tensiones entre clanes de la cúpula (el de Samarkanda, del que Karímov era miembro, y el de Tashkent, que controlaba el aparato de seguridad) a causa de una supuesta enfermedad del presidente, próximo a cumplir los 65 años, que le tendría al borde de la dimisión.

Esta última especie resultó ser falsa, pero los medios internacionales siguieron intrigados por lo que se cocía en Tashkent. Los focos pasaron a posarse en la primogénita del presidente, Gulnara Karímova, nacida en 1972 y fruto de su relación conyugal en segundas nupcias con Tatyana Karímova, una economista ruso-tadzhika desposada con el entonces apparatchik comunista en 1967, luego de divorciarse él de su primera mujer, Natalya Kuchmi, madre que había sido de su único vástago varón, Petr. Con una hermana seis años menor, Lola, Gulnara era retratada como una mujer de fuerte personalidad, empeñada en cultivar una imagen entre intelectual, sofisticada y glamurosa, y ambiciosa en grado sumo, cuya visibilidad aumentó a partir de 2008 al recibir los despachos diplomáticos de representante permanente de Uzbekistán en la sede de la ONU en Ginebra y embajadora en España.

El elenco de actividades de Gulnara, a la que no le faltaba un florido currículum universitario, abarcaba las funciones en el Gobierno, las misiones oficiales en el extranjero, la supervisión de ONG culturales y caritativas, y las operaciones empresariales rodeadas de turbiedad. Sin embargo, los medios se fijaron sobre todo en su vertiente artística o frívola, puesta en contraste con los gravísimos abusos humanitarios del régimen de su padre, en tanto que cantante pop con el nombre de Googoosha, partenaire ocasional de celebridades del mundo del espectáculo, y diseñadora de moda y joyas. También circularon informaciones sobre su accidentada vida sentimental, que incluiría un segundo matrimonio, no confirmado, con el ministro de Exteriores de Uzbekistán y supuesto favorito de Karímov, Sodiq Safoyev. Gulnara, que en 2009 fue invitada a hablar en el Foro Económico Mundial, llegó a ser retratada como una delfín potencial de su padre, si bien este perfil sucesorio (adjudicado también a Safoyev) nunca terminó de adquirir un contorno preciso.

En marzo de 2004 comenzó en Uzbekistán un rosario de atentados con bomba, ataques suicidas, tiroteos y, como respuesta, operaciones de las fuerzas de seguridad para "exterminar" a los subversivos islamistas. La situación generada abrió interrogantes sobre la estabilidad del régimen de Karímov, hasta entonces considerada muy firme. Las autoridades señalaron al MIU, a Al Qaeda y también al Partido de la Liberación (Hizb ut-Tahrir), un grupo islamista radical proscrito que hasta la fecha no había estado envuelto en actividades abiertamente terroristas. El objetivo de todas estas agresiones no era otro que "romper la paz del pueblo, sembrar el caos en la sociedad y minar la política del país", sentenció Karímov, quien subrayó por enésima vez el patrocinio del que estas bandas de extremistas disfrutaban en el extranjero.

La ola de violencia enrareció el ambiente de las elecciones legislativas del 26 de diciembre de 2004 y el 9 de enero de 2005. De acuerdo con el guión preestablecido por el Gobierno, recibieron sus cuotas de escaños el OCDP, el FMDP, el OMTDP, el ASDP y una formación nueva, puesta en marcha en noviembre de 2003, poco antes de despedir Karímov al primer ministro Sultonov por el incumplimiento de los objetivos de la cosecha algodonera y de nombrar en su lugar a Shavkat Mirziyóyev: se trataba del Partido Liberal Democrático de Uzbekistán (OLDP, más conocido por el acrónimo O'zlidep). El O'zlidep se estrenó sacando el mayor número de puestos en la Cámara Legislativa del Majlis, 41 sobre 120, y desplazó al OCDP como la colectividad oficialista merecedora del favoritismo de Karímov.

Por otro lado, entre noviembre de 2003 y marzo de 2005 el implacable dictador uzbeko asistió espantado al estallido y triunfo de las llamadas revoluciones de color, las protestas populares democráticas que, a raíz de unos procesos electorales denunciados por las oposiciones respectivas como fraudulentos, desplazaron del poder sucesivamente a los presidentes Eduard Shevardnadze en Georgia, Leonid Kuchma en Ucrania y Askar Akáyev en Kirguizistán. La caída, fuga y exilio a finales de marzo de 2005 de Akáyev, el mandatario vecino con el que venía teniendo sus más y sus menos pero que no dejaba de ser un interlocutor esencial y en buena medida influenciable, alarmó sobremanera a Karímov, que decidió que a él nadie le iba a impugnar en Uzbekistán: cualquier amago de reproducir aquí los sucesos de Georgia o Kirguizistán sería aplastado a sangre y fuego.

La deflagración temida finalmente prendió, pero Karímov la mantuvo confinada en su epicentro periférico y la sofocó con rapidez antes de que pudiera derivar en una revolución de color propagada a todo el país. En mayo de 2005, la brutalidad de la persecución policial y judicial llevada a cabo en círculos religiosos y de la sociedad civil bajo las acusaciones habituales de extremismo, fundamentalismo y separatismo fueron el detonante de una movilización de protesta en la ciudad de Andijan, en el extremo oriental de Fergana. Las multitudes congregadas, no muy numerosas, exigían la liberación de unos empresarios locales que estaban siendo juzgados por su presunta pertenencia a la secta integrista Akromia, calificada de terrorista por el poder. El 13 de mayo un grupo de hombres armados asaltó la prisión donde estaban los detenidos y tras matar a varios guardianes los liberó. Al punto, los amotinados se hicieron con el control de varios edificios oficiales y tomaron numerosos rehenes entre los funcionarios y los representantes del Gobierno. Envalentonados, los rebeldes pregonaron la demanda de la dimisión de Karímov. Nutridos grupos de paisanos corrieron a sumárseles gritando consignas contra los abusos, la corrupción y la pobreza imperantes en la región.

Antes de terminar la jornada, un fuerte dispositivo formado por tropas del Ministerio del Interior y el Servicio de Seguridad Nacional entró en Andijan y acabó con la revuelta haciendo un uso discrecional de sus armas automáticas. La insuficiencia de informaciones contrastadas y lo fragmentario de los testimonios que consiguieron burlar el bloqueo periodístico impuesto por las autoridades no permitieron hacer un retrato preciso de lo sucedido en Andijan, pero sin lugar a dudas se produjo una matanza de casi 200 personas, incluidos habitantes de todo sexo y edad, aunque lo más probable es que los muertos, la mayoría de cuyos cuerpos fueron hechos desaparecer, ascendieran a varios centenares, superando tal vez el millar. Este balance sumamente impreciso pero pavoroso fue manejado por los partidos de la oposición ilegal, medios de comunicación internacionales, cancillerías y ONG.

El Gobierno uzbeko, en cambio, explicó que había desbaratado un ataque dirigido contra las fuerzas del orden por un "grupo armado de criminales y extremistas", mencionó al MIU y a Hizb ut-Tahrir como organizadores de la acción terrorista, y, en un primer momento, cuantificó las bajas mortales en una decena de uniformados y "muchos más entre los criminales armados", dijo el presidente. Karímov añadió que los facciosos habían actuado movidos por su "odio y aversión al curso secular del desarrollo". Las algaradas, las escaramuzas y la represión con víctimas mortales se prolongaron durante unos días más en otros puntos de Fergana próximos a Andijan y en la frontera con Kirguizistán, país al que intentaron escapar cientos o acaso miles de paisanos. El 17 de mayo la Fiscalía General hubo de admitir la cifra de 169 muertos, en su mayoría "terroristas liquidados" por las fuerzas de seguridad y el resto, 32, soldados y policías, puntualizó.

La masacre de Andijan levantó un revuelo internacional que tuvo sus expresiones diplomáticas más sonadas en las recriminaciones de Estados Unidos, a su vez castigadas por Karímov (véase supra) con la cancelación del acuerdo sobre el uso conjunto de la base aérea de Karshi-Khanabad, argumentando que dicha presencia militar había estado ligada estrictamente al derrocamiento del Estado talibán y que esa empresa se había logrado ya en 2001, y de la Unión Europea, que impuso un embargo temporal de armas y visados. Ahora bien, el SPCF de 2002 continuó vigente, al igual que el Acuerdo de Asociación y Cooperación suscrito con la UE en 1999.

A Washington y Bruselas se le sumó la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en la petición a Tashkent de que permitiera una investigación internacional independiente para esclarecer los tristes sucesos de Andijan, posibilidad que por supuesto Karímov rechazó de plano. La Alta Comisionada, Louise Arbour, trasladó su preocupación por las informaciones que le llegaban sobre un "uso excesivo e indiscriminado de la fuerza" en las protestas por parte de los agentes del Gobierno. En cuanto a la OTAN, esta expresó su "profunda conmoción" por la efusión de violencia, pero no suspendió la participación uzbeka en el programa ApP. Por el contrario, Moscú y Beijing echaron un capote a Karímov dando por buena su versión de que el Gobierno se había limitado a abortar un complot terrorista y que en ningún momento había ordenado disparar contra población civil inerme.

La matanza perpetrada en Andijan simbolizó en lo sucesivo el lado despiadado del régimen de Karímov, un mandamás expeditivo al que no le temblaba el pulso a la hora de atajar en seco los brotes de desafección. El presidente introdujo en sus orientaciones exteriores un realineamiento prorruso, algunos años después enfriado y matizado por la recuperación de cierto cauce de entendimiento con las potencias occidentales, e intensificó el diálogo con los chinos. Con estos mimbres, su dirección del Estado podía considerarse blindada. Las elecciones presidenciales del 23 de diciembre de 2007 no trajeron otras novedades con respecto a las de 1991 y 2000 que el aumento de candidaturas teóricamente rivales de una a tres y la participación de Karímov en nombre, no del OCDP, sino del O'zlidep. En esta ocasión, el jefe del Estado fue validado por siete años más con el 90,7% de los votos, dejando las migajas repartidas entre Asliddin Rustamov (OCDP), Dilorom Toshmuhamedova (ASDP) y Akmal Saidov (independiente).

Karímov se presentó a las urnas sin molestarse siquiera en exponer algún artificio jurídico que justificase su opción al tercer mandato, vetado por la letra de la Constitución. El silencio oficial al respecto invitó a algunos observadores a imaginar que el argumento legal implícito era uno clásico en estos casos: que el primer mandato, el de 1992-2000, no contaba al haber comenzado antes de promulgarse la Carta Magna. Sin embargo, estas cábalas resultaban irrelevantes. Además, las elecciones tuvieron lugar con un año de retraso en virtud del calendario legal, pues sobre el papel el segundo mandato había expirado el 22 de enero de 2007, así que aquel duró en total ocho años. Con palabras muy medidas, los 21 monitores de la OSCE dictaminaron tímidamente que las elecciones presidenciales de 2007 habían distado de satisfacer los estándares democráticos. El 16 de enero de 2008 Karímov, próximo a iniciar su séptima década de vida, prestó el tercer juramento presidencial de su ya dilatada carrera como estadista.

Luego, tocaron las cuartas elecciones parlamentarias de la era Karímov. Los comicios discurrieron a dos vueltas el 27 de diciembre de 2009 y el 10 de enero de 2010, y se saldaron con distribución de escaños entre, por este orden, el O'zlidep, el OCDP, el OMTDP y el ASDP; el quinto partido progubernamental, el FMDP, había sido absorbido OMTDP en 2007.


4. Fallecimiento en 2016 e incertidumbre sucesoria

Los últimos años de Karímov discurrieron sin perturbaciones internas de consideración y con el panorama regional estrictamente centroasiático algo menos agitado, pese a la aparición brutal en Oriente Medio del Estado Islámico -al que se unieron no pocos combatientes uzbekos que ya no podían hacer la yihad en un valle de Fergana pacificado por la fuerza-, a la interminable guerra de Afganistán y a los crónicos forcejeos con los gobiernos kirguizo y tadzhiko. En junio de 2010 cundieron lógicos temores por las salpicaduras transfronterizas de los sangrientos pogromos antiuzbekos en las ciudades kirguizas de Osh y Jalalabad, desarrollados al hilo de un nuevo cambio de Gobierno violento en Bishkek. Sin embargo, Karímov se abstuvo de intervenir en Kirguizistán y únicamente permitió, y por tiempo limitado, la entrada de refugiados de etnia uzbeka. En 2012 el presidente tensionó las relaciones con Tadzhikistán al bloquear la conexión ferroviaria del sur y reanudar los ya clásicos cortes de gas. En apariencia, estas medidas eran una represalia por la ejecución por el Gobierno de Rajmón de un vasto proyecto hidroeléctrico en el río Vajsh, la Presa de Rogun, que Tashkent veía como una amenaza para su producción algodonera.

Previamente, en enero de 2011, en pleno estallido de las revueltas árabes que convirtieron en apestados desahuciados a dictadores laicos como el tunecino Ben Ali o el egipcio Mubarak, y poco antes de obligar a Human Rights Watch a abandonar el país, Karímov se dio el gusto de ser recibido en Bruselas por el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, y por el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen. En cuanto al complejo juego de idas y venidas en las relaciones estratégicas con Rusia y Estados Unidos, estas, como se describió arriba, quedaron relativamente estabilizadas en una suerte de equilibrio salomónico, que permitía a Karímov obtener ventajas sin comprometerse en demasía.

Las andanzas de la polémica hija mayor del presidente, descrita por el embajador de Estados Unidos en los cables diplomáticos de Wikileaks como la "baronesa del robo" y como "la mujer más odiada de Uzbekistán", volvieron a generar titulares chocantes. En mayo de 2011 Gulnara demandó por libelo a una web francesa que había publicado un artículo donde se decía que le había pagado 190.000 euros a la actriz italiana Monica Bellucci por participar en una gala caritativa destinada, según el medio galo, a "lavar" la pésima imagen de Uzbekistán como país que violaba a mansalva los Derechos Humanos (incluso hasta en la recolección del algodón, actividad productiva que, de acuerdo con las denuncias de diversas ONG, descansaba parcialmente en las manos de obra forzosa e infantil).

Luego, en septiembre de 2012, Gulnara se vio implicada en una investigación de una trama de lavado de dinero conducida por la Policía de Suiza, país donde la ex representante permanente ante la ONU venía realizando importantes labores empresariales. A las pesquisas iniciadas por las autoridades helvéticas les siguieron una serie de acontecimientos en Uzbekistán de los que solo se podía concluir que Gulnara, hasta entonces considerada intocable por ser la hija de quien era, había caído en desgracia ante su padre debido, al parecer, a sus excesos corruptos. En octubre de 2013 el Gobierno uzbeko empezó a clausurar negocios, canales de televisión y ONG benéficas controlados por ella.

Gulnara se revolvió para denunciar, valiéndose de las redes sociales Twitter e Instagram, que estaba siendo víctima de una campaña de acoso y persecución por parte de ciertos enemigos personales que tenía en el seno del régimen y preguntarse indignada "dónde quedaban las leyes" en Uzbekistán. Más aún, se enzarzó en una guerra de acusaciones con su propia madre, la primera dama Tatyana Karímova, quien según ella pretendía "destruirla", y con su hermana Lola, actualmente representante nacional en la sede de la UNESCO en París, de la que dijo que practicaba la "brujería" y que también sacó a airear los trapos sucios de la familia. El bizarro culebrón familiar, en el que Karímov no metió pública baza, se prolongó unos cuantos meses. En abril de 2014 la cantante ocasional Googoosha dejó de dar señales de vida en Twitter y entonces se aseguró que había sido puesta bajo arresto domiciliario. En septiembre siguiente, fiscales uzbekos informaron que Gulnara Karímova estaba acusada de pertenecer a una organización delictiva responsable de aceptar sobornos, realizar desfalcos y desviar dinero por valor de nada menos que 65.000 millones de dólares.

Por contra, el curso institucional no sufría sobresaltos. Karímov, que declaró 2013 como el "año del bienestar y la prosperidad" en Uzbekistán y cuyo historial clínico era a todos los efectos un secreto de Estado, se sometió a unas cuartas elecciones presidenciales el 29 de marzo de 2015, al poco de celebrarse las legislativas. La Comisión Electoral Central inscribió la candidatura del titular en ejercicio dando la peregrina explicación de que este todavía se hallaba en el primero de los dos mandatos máximo que estipulaba la Constitución: los dos anteriores no podían tenerse en cuenta debido a las enmiendas introducidas en la Carta Magna con anterioridad a 2008. Como si recibir menos de nueve décimas partes de los sufragios emitidos supusiera una afrenta al dueño y señor absoluto de Uzbekistán, el régimen adjudicó a Karímov el 90,4% de los votos. En esta ocasión, sus falsos competidores fueron Akmal Saidov por el OMTDP, Jatamjan Ketmanov por el OCDP y Nariman Umarov por el ASDP.

El 28 de agosto de 2016, dos meses después de dejar bien patente Karímov el grado superlativo alcanzado por las relaciones con Beijing, fundamentadas en las ventas de gas uzbeko y las inversiones chinas, con la recepción del presidente Xi Jinping y la celebración en casa de la XVI Cumbre de la OCS, el Gobierno de Uzbekistán causó pasmo con un sucinto comunicado a la nación: el presidente, quien no tenía un heredero perfilado (a falta de un sucesor oficial u oficioso, los analistas del opaco sistema uzbeko tendían a mencionar al primer ministro desde 2003, Shavkat Mirziyóyev, al jefe del Servicio de Seguridad Nacional, Rustam Inoyátov, y al ministro de Finanzas desde 2005, Rustam Azímov), acababa de ser ingresado en un hospital de Tashkent para someterse a un completo examen médico y a un tratamiento que podrían llevar "cierto período de tiempo".

Al instante, medios de comunicación uzbekos no controlados por el régimen reportaron en Internet que el dictador, de 78 años, había sufrido un derrame cerebral y que su situación era extremadamente grave. Al día siguiente, 29 de agosto, fue la propia hija menor, Lola Karímova-Tillyaeva, la que, desde su perfil en Instagram, tomó la voz para confirmar que su padre estaba en la unidad de cuidados intensivos a causa de una hemorragia cerebral sufrida el día 27, aunque su condición era "estable", por lo que pedía que no se hicieran "especulaciones". El súbito accidente de salud le sobrevino a Karímov en la antesala de la celebración del Día de la Independencia, el 1 de septiembre, de la que se cumplía un cuarto de siglo.

El oscurantismo habitual de la dictadura se manifestó con toda su fuerza en estos momentos, dando pábulo a los rumores y la confusión. Ya el día 29 por la noche la agencia centroasiática online Fergana News, vocera de la oposición democrática uzbeka, propaló la noticia de que Karímov había fallecido. El día 30 las autoridades uzbekas desmintieron el óbito, del cual tampoco tenía constancia el Kremlin, salió a decir el portavoz de Putin. El 31 de agosto Lola Karímova aseguró que su progenitor se estaba "recuperando" del accidente cerebrovascular y en la jornada posterior un presentador de la televisión estatal leyó un mensaje presidencial con motivo del vigesimoquinto aniversario de la independencia de la URSS; en la misiva, el firmante rememoraba la emancipación nacional de 1991, que había supuesto la "liberación de las cadenas del régimen despótico y abierto el camino para construir una vida libre y próspera". La conmemoración del Día de la Independencia, con su programa de actos recortado por la ausencia del jefe del Estado, fue encabezada por el primer ministro Mirziyóyev, protagonismo que dio que hablar.

En la mañana del 2 de septiembre el Gobierno informó que la salud del presidente había experimentado un drástico deterioro en las últimas horas y que su estado era "crítico". Cruzado el mediodía, el primer ministro de Turquía, Binali Yildirim, afirmó que por las informaciones de que disponía la defunción de Karímov era un hecho, por lo que transmitía sus condolencias al pueblo de Uzbekistán. Lo mismo dijeron varios medios locales independientes y agencias de prensa occidentales, citando fuentes diplomáticas. Fue al filo de la noche de este 2 de septiembre cuando el Gobierno uzbeko, por fin, confirmó el fallecimiento del presidente.

Los funerales de Estado del primer y único presidente de Uzbekistán tuvieron lugar en su Samarkanda natal el 3 de septiembre. Karímov fue enterrado conforme al preceptivo rito musulmán en la Mezquita Hazrati Hizir. A las exequias, donde pudieron verse a miles de ciudadanos compungidos y en las que Mirziyóyev, responsable de la comisión organizadora de los funerales, gozó de la mayor visibilidad, al lado de unas enlutadas Tatyana y Lola Karímova, asistieron el primer ministro de Rusia, Dmitri Medvédev, el presidente de Tadzhikistán, Rajmón, el de Turkmenistán, Gurbanguly Berdymujammédov, y el de Afganistán, Ashraf Ghani. No solo no acudió Putin: tampoco lo hicieron el kazajo Nazarbáyev y el kirguizo Almazbek Atambáyev. Como en el caso de Rusia, en representación de Kazajstán y de Kirguizistán estuvieron los respectivos primeros ministros, al igual que los de Bielarús y Georgia. Irán mandó a su ministro de Exteriores, en tanto que Estados Unidos y China despacharon delegaciones de bajo nivel.

Comentaristas y observadores de la realidad uzbeka cruzaron todo tipo de conjeturas sobre el incierto futuro que aguardaba al país centroasiático, sobre quién sería su nuevo dirigente supremo y qué características adquiriría la nueva estructura de poder. Por de pronto, la jefatura del Estado en funciones recayó, de acuerdo con la previsión constitucional, en el presidente del Senado, Nigmatilla Yuldashev, una personalidad política de escaso relieve y que no figuraba en las quinielas sobre la sucesión. La Ley Fundamental disponía también la celebración de elecciones presidenciales en el plazo de tres meses.

(Cobertura informativa hasta 3/9/2016)

 

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