Ashraf Ghani

© Fardin Waezi/UNAMA

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Actualización: 31 marzo 2016

Afganistán

Presidente de la República (2014-)

  • Ashraf Ghani Ahmadzai
  • Mandato: 29 septiembre 2014 - En ejercicio
  • Nacimiento: Provincia de Logar, 12 de febrero de 1949
  • Partido político: Sin filiación
  • Profesión: Economista y antropólogo
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Presentación

Las conflictivas elecciones celebradas en Afganistán el 5 de abril y el 14 de junio de 2014 desembocaron en la instalación presidencial el 29 de septiembre de Ashraf Ghani Ahmadzai, candidato independiente aunque apoyado por personas del entorno de Hamid Karzai, al que sucede en el puesto. Ghani fue declarado vencedor en la segunda vuelta al cabo de tres meses de recuentos y forcejeos con su rival en las urnas, el opositor Abdullah Abdullah, ganador de la primera votación y quien sostuvo denuncias de fraude. Emplazados por Estados Unidos, los contendientes se plegaron a un acuerdo de gobierno multiétnico de unidad nacional con reparto de cuotas de poder; ahora, Abdullah flanquea a Ghani desde el cargo, creado ad hoc, de jefe del Ejecutivo, una especie de primer ministro.

El nuevo presidente de Afganistán, segundo desde del derrocamiento de la teocracia talibán en 2001, es un intelectual pashtún de reconocido prestigio y con una dilatada experiencia en los campos de la economía, la antropología social y la consultoría internacional. Más tecnócrata que político y con cierta fama de hombre destemplado, rasgo de carácter que no casa bien con la urgente necesidad de consensos en Kabul, fue analista del Banco Mundial así como asesor y ministro de Finanzas de Karzai, al que luego retó en la mascarada electoral de 2009, que tanto daño hizo a la credibilidad de la democracia afgana. Su bagaje de experto en las prácticas de buena gobernanza y el "arreglo" de estados fallidos nutre un repertorio de propuestas centradas en el desarrollo económico, la eficacia gestora y la triple lucha contra la corrupción, la pobreza y la inseguridad abrumadoras que padece la gran mayoría del pueblo afgano. Este sigue sin percibir transformaciones positivas tras una década larga de presidencia cuestionada de Karzai, de intervención militar foránea saturada de daños colaterales y de ingentes gastos en una reconstrucción exigua en resultados. Pese a tan prolongados esfuerzos de la comunidad internacional, Afganistán sigue siendo una nación sin tejido productivo y arruinada, totalmente dependiente de la ayuda exterior (razón del crecimiento nominal del PIB) y extenuada por una secuencia de conflictos bélicos que no ha cesado en ningún momento desde el lejano 1978.

La primera actuación presidencial de Ghani ha sido las firmas de los acuerdos de Seguridad Bilateral con Estados Unidos (BSA) y sobre el Estatus de las Fuerzas con la OTAN (SOFA), bloqueadas por Karzai durante meses. El nuevo marco de seguridad, que entrará en vigor a la expiración del mandato de la ISAF de la OTAN el 31 de diciembre, regula la permanencia por dos años más, hasta finales de 2016, de unos 12.500 soldados aliados en misión no de combate, fundamentalmente el adiestramiento del aún débil Ejército afgano, el cual, en teoría, tendrá que ser capaz de conducir por sí solo las operaciones contrainsurgentes. Mientras el grueso de las fuerzas internacionales concluye la repatriación comenzada en 2011, sigue sin tregua, e incluso se recrudece, la ofensiva guerrillera de los talibanes, que ya controlan amplias extensiones provinciales y a los que Ghani ofrece unas negociaciones de paz, luego de la esterilidad de los intentos de diálogo anteriores.  

(Texto actualizado hasta septiembre 2014)

Biografía

1. Un antropólogo con 24 años de carrera académica y profesional en Occidente
2. De colaborador gubernamental a contrincante electoral de Hamid Karzai
3. La acerba elección presidencial en 2014: conflicto y pacto con Abdullah Abdullah


1. Un antropólogo con 24 años de carrera académica y profesional en Occidente

Ashraf Ghani nació en 1949 en la provincia de Logar, al sur de Kabul, en el seno de una familia de notables Ahmadzai, una de las principales ramas tribales de Afganistán, de etnia pashtún y religión musulmana sunní. Las fuentes son confusas sobre la condición de su padre, llamado Shah Pesand. Así, algunos medios indican que trabajaba en una empresa de camiones estrechamente vinculada al Gobierno del rey Zahir Shah y que luego, huyendo del régimen comunista, montó un negocio de transportes por carretera en Pakistán, dando a entender con ello que no gozaba de un estatus social particularmente destacado. Sin embargo, resulta que Ashraf tiene como hermano menor a Hashmat Ghani, actualmente jefe del Gran Consejo de Kuchis (pashtunes nómadas), quien por su parte es presentado como el hijo de un alto funcionario real muy bien conectado con la dinastía Barakzai y que durante muchos años fungió de ministro de Transportes. La reseña biográfica oficial del nuevo dirigente afgano no entra en estos detalles y se limita a decir que el presidente procede de una familia "influyente" en Afganistán.

Sea como fuere, el caso es que el joven tuvo la oportunidad de formarse en la Escuela Habibia, un centro tradicionalmente escogido por las élites kabulíes para educar a sus retoños. Posteriormente marchó a Líbano para matricularse en la afamada Universidad Americana de Beirut, donde emprendió estudios de Economía. Allí conoció a su futura esposa y madre de sus dos hijos, Rula Saade, una cristiana maronita que tenía la doble nacionalidad libanesa y estadounidense. Ghani se graduó en 1973, el año del derrocamiento de la Monarquía y la instauración de la República bajo la presidencia autoritaria de Mohammad Daud Khan, y durante un tiempo permaneció en Líbano. En 1974 regresó a Afganistán para dar clases de Antropología en la Universidad de Kabul y en 1977, previa experiencia lectiva en la Universidad de Aarhus en Dinamarca, partió con una beca a Estados Unidos para obtener una licenciatura superior en dicha especialidad de humanidades en la Universidad de Columbia.

En principio, Ghani contaba con estar de vuelta al cabo de su estadía académica de dos años en Nueva York, pero el agravamiento de la situación política en Afganistán a raíz de la toma violenta del poder por los comunistas en 1978, golpe revolucionario que inauguró un sangriento ciclo de enfrentamientos sectarios, instigó la rebelión las tribus y desembocó en la invasión soviética de diciembre de 1979, vino a torcer estos planes. Mientras los miembros varones de su familia sufrían la represión en casa o debían refugiarse en el extranjero por sus posiciones políticas hostiles al comunismo, Ghani prosiguió sus estudios antropológicos en Columbia, hasta sacarse el título de doctor. En 1983 fue invitado a dar clases en la californiana Universidad de Berkeley y poco después entró en la plantilla docente de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, Maryland.

En la década de los ochenta el profesor afgano se labró una reputación de experto en dinámicas culturales y estudios sociales de su país, instalado en el candelero internacional por la jihad antisoviética que tenía lugar allí, el foco más caliente de la Guerra Fría, de manera que sus valoraciones y análisis eran solicitados por universidades, think tanks y medios de comunicación. Así, fue comentarista habitual para los servicios de difusión de la BBC en los idiomas pashtún y dari, y participó en los programas académicos de la escuela de negocios INSEAD y de la Stanford Graduate School of Business. En 1985, con el apoyo de una beca Fulbright, realizó una investigación de campo en las madrasas o seminarios coránicos de Pakistán, principales centros de adoctrinamiento y reclutamiento de los mujahidines que combatían al Gobierno comunista y al Ejército soviético de ocupación en Afganistán.

En 1991 Ghani fue contratado por el Banco Mundial como especialista antropólogo y asesor de sus programas y proyectos regionales. En los diez años siguientes, el consultor afgano se dedicó a elaborar procedimientos de análisis y evaluación de las condiciones sociales de aquellos países, en particular los del sur de Asia, que solicitaban la asistencia financiera y técnica del Banco Mundial a sus planes de desarrollo, y que requerían el diseño de estrategias ad hoc. También pasó largas temporadas en China, India y Rusia, trabajando en el análisis de programas de reforma económica y ajuste estructural.


2. De colaborador gubernamental a contrincante electoral de Hamid Karzai

Como para tantos miles de compatriotas exiliados de manera más o menos forzosa por la sucesión de contiendas bélicas y regímenes políticos represivos (a la retirada soviética en 1989 le siguieron el derrumbe del Gobierno comunista y la toma de Kabul por los mujahidines, la guerra civil entre facciones islamistas y, desde 1997, la instauración con extrema violencia de la fanática teocracia talibán, pronto protectora y cómplice de Al Qaeda), los atentados del 11 de septiembre de 2001 le supusieron a Ghani el reencuentro esperanzador con su torturado país. Desde ese momento, el economista concentró su atención expectante en Afganistán, de nuevo en el ojo del huracán por ser el primer escenario de la guerra global contra el terrorismo tras el 11-S. Durante la operación militar de Estados Unidos y sus aliados afganos que consiguió expulsar a los talibanes de Kabul y arrinconarlos en sus reductos sureños linderos con Pakistán (pero no derrotarlos por completo), Ghani colaboró intensamente con algunas de las principales cadenas de radio y televisión de Estados Unidos y el Reino Unido que cubrían el conflicto.

En noviembre de 2001 el hasta entonces experto del Banco Mundial aceptó ser el asesor especial del diplomático argelino Lajdar Brahimi, el recién nombrado representante especial para Afganistán del secretario general de la ONU. Como miembro del equipo de Brahimi, Ghani estuvo implicado en los preparativos y el desarrollo de la Conferencia interafgana de Bonn, de la que salió un acuerdo para la creación de una autoridad de gobierno interina y multipartita con reparto del poder entre pashtunes, tadzhikos, hazaras y uzbekos, las principales comunidades etnolingüísticas del país. Finalmente, en diciembre de 2001, tras 24 años de ausencia, Ghani retornó a Kabul para ponerse a las órdenes de las nuevas autoridades provisionales afganas y volcar sus conocimientos y experiencia en los esfuerzos de reconstrucción de un país devastado y exangüe.

En febrero de 2002 el presidente de la Administración Interina designado por consenso de las principales facciones afganas y con el concurso decisivo de Estados Unidos, el dirigente pashtún Hamid Karzai, nombró a Ghani su asesor jefe. Como tal, Ghani tomo parte muy activa en la implementación por etapas del Acuerdo de Bonn, la convocatoria de la Loya Jirga (la gran asamblea consultiva de ancianos de clan, expertos religiosos y demás notables tradicionales de la sociedad afgana) y la puesta en marcha del proceso constituyente que alumbró la Carta Magna de 2004.

En junio de 2002 Karzai, en vísperas de ser renovado en la presidencia de facto en calidad de jefe del Estado para la Administración de Transición, reforzó la posición política de su colaborador nombrándole ministro de Finanzas. Durante su mandato gubernamental, Ghani diseñó un paquete de reformas financieras, monetarias y fiscales de muy ardua aplicación toda vez que Afganistán seguía sumido en una cruenta guerra contra la nueva insurgencia de los talibanes y los focos jihadistas Al Qaeda. Por el momento, el frágil Estado afgano únicamente se sostenía gracias a las componendas entre el Gobierno de Kabul, a su vez una coalición multiétnica de facciones no siempre bien avenidas, y los poderosos señores de la guerra regionales, mientras que su defensa y seguridad corrían íntegramente a cargo de los miles de soldados desplegados por Estados Unidos, los aliados de la OTAN y el resto de países integrantes de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) .

Mientras bregaba con todo tipo de dificultades técnicas y forcejeaba con los donantes internacionales para que hicieran honor a sus promesas y transfirieran los fondos que el Gobierno precisaba para hacer inversiones públicas de carácter urgente –empezando por la construcción de una red interprovincial de carreteras-, lo que le permitiría ganar autoridad fuera de Kabul y obtener el reconocimiento de la población, Ghani adquirió notoriedad como un dignatario muy celoso en la lucha contra la corrupción, uno de los grandes cánceres de Afganistán. También, proyectó una imagen de persona temperamental, impaciente e intolerante, rasgos de su personalidad que no le ayudaban a tejer una red de relaciones públicas de amplio espectro político. Hoy, se describe al ministro de Finanzas Ghani como un servidor de Karzai particularmente enérgico en los esfuerzos de fortalecimiento y legitimación del Estado afgano surgido de la intervención militar estadounidense de 2001, pero no muy apreciado por sus explosiones de irascibilidad, que sufrían colegas e interlocutores tanto paisanos como occidentales. Con estas pinceladas negativas pinta a Ghani el prestigioso autor pakistaní Ahmed Rashid.

Ghani declinó continuar en el nuevo Gobierno nacional formado en diciembre de 2004 por Karzai, una vez inaugurado su mandato democrático de cinco años de acuerdo con los resultados de las elecciones presidenciales directas celebradas en octubre, primeras en la historia de Afganistán, en las que había batido fácilmente a su rival tadzhiko Yunus Qanuni. Pese a su fama de hombre difícil en el trato personal y el limitado conocimiento que el pueblo llano tenía de él, Ghani estaba considerado una de las mentes más lúcidas del país. Tras abandonar el Gobierno, su influencia intelectual quedó preservada e incluso aumentó, al convertirse en el rector de la Universidad de Kabul, alto cargo académico que desempeñó durante cuatro años.

Por otro lado, en 2006, junto con la asesora de la ONU y activista internacional Clare Lockhart, antigua colega de los equipos de expertos del Banco Mundial y en la implementación del Acuerdo de Bonn para Afganistán, puso en marcha en Estados Unidos el Instituto para la Efectividad del Estado (ISE). Basado en Washington, el nuevo think tank de Ghani nacía con los propósitos de documentar los modelos exitosos de transición nacionales desde situaciones de conflicto, identificar métodos y estrategias capaces de llevar la seguridad y el desarrollo a sociedades fracturadas, e incentivar las prácticas de buena gobernanza y transparencia económica en países con problemas, sobre todo aquellos en riesgo de convertirse en estados fallidos. En 2008 la Oxford University Press iba a publicar el libro Fixing Failed States: A Framework for Rebuilding a Fractured World, obra conjunta de Ghani y Lockhart.

Ghani se sumó además a la nueva Comisión para el Empoderamiento Legal de los Pobres (CELP), auspiciada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Más aún, en 2006 dio el paso de postularse candidato a la sucesión del ghanés Kofi Annan como secretario general de la ONU a partir del 1 de enero de 2007. Sin embargo, la competición por el eminente puesto ya tenía un claro favorito, el surcoreano Ban Ki Moon, a la postre ganador del proceso de selección, y Ghani ni siquiera llegó a disputar la primera criba de aspirantes, votada en julio por el Consejo de Seguridad.

Pero no todo era actividad académica e internacional. Las vicisitudes de la política doméstica seguían captando el interés del ex ministro de Finanzas, que a lo largo de 2007 y 2008 vertió numerosas opiniones, por lo general con acentos críticos, sobre la actualidad afgana. Sin morderse la lengua, Ghani arremetió contra la forma en que Estados Unidos y Occidente concebían la reconstrucción de Afganistán, pues, a su entender, el recurso sistemático a contratistas extranjeros para construir infraestructuras básicas como escuelas o centros de salud generaba unas facturas exorbitantes que consumían con rapidez los fondos asignados por los donantes internacionales. Igualmente, mostró su disgusto por la realidad de un "Estado paralelo" en el que los socios internacionales del Gobierno se dedicaban a levantar en Kabul oficinas y edificios de dudosa utilidad para el pueblo afgano, que seguía sin disponer de unas instituciones nacionales efectivas.

Inevitablemente, las quejas de Ghani alcanzaron a la gestión de presidente Karzai, ya puesta en la picota por multitud de responsables políticos, funcionarios y observadores de dentro y fuera del país. Ghani, con su impresionante bagaje académico y técnico, y su repertorio de propuestas, se consideraba a sí mismo más que capacitado para liderar Afganistán, así que el 7 de mayo de 2009 registró su candidatura para enfrentarse a su anterior jefe, quien optaba a la reelección, en la votación presidencial del 20 de agosto.

Faltándole una buena base de apoyos políticos en casa, el aspirante presidencial apeló al respaldo de la diáspora afgana para financiar una campaña en la que no se cansó de enfatizar la importancia del buen gobierno, la administración responsable, la transparencia gestora y el manejo eficiente, con destino a los servicios públicos y a las actividades productivas generadoras de empleo y riqueza, de los recursos fiscales disponibles, que eran casi exclusivamente los fondos aprobados por las conferencias internacionales de donantes. Ocho años después del derrocamiento de los talibanes, Afganistán seguía siendo un país asolado por la violencia, pobre de solemnidad y profundamente subdesarrollado.

Pese a las serias dudas que le provocaba el proceso electoral, sometido a groseras manipulaciones para asegurar la victoria de Karzai, como la hinchazón de los padrones con decenas de miles de electores fantasma (hasta 800.000 nombres falsos pudieron ser colados en el censo electoral, denunció el ex ministro), y sin garantías de seguridad en muchas circunscripciones, Ghani mantuvo su candidatura. A mediados de septiembre, al cabo de un caótico recuento que no mereció credibilidad por la catarata de denuncias de fraude e intimidaciones a gran escala, Karzai fue declarado ganador con el 54,6% de los votos, seguido a gran distancia por el ex ministro de Exteriores Abdullah Abdullah (candidato del Frente Nacional Unido, sucesor parcial de la desaparecida Alianza del Norte), el independiente Ramazan Bashardost y, hundido en la cuarta posición, Ghani, al que la Comisión Electoral Independiente (CEI) sólo adjudicó el 2,7% de los sufragios. Luego, en octubre, la ONU certificó que la elección de agosto había sido fraudulenta y que Karzai no había alcanzado el 50% de los votos. De mala gana, Karzai aceptó medirse con Abdullah en una segunda vuelta electoral que fue convocada para primeros de noviembre pero que no llegó a disputarse porque el anterior responsable diplomático optó por la retirada.


3. La acerba elección presidencial de 2014: conflicto y pacto con Abdullah Abdullah

En enero de 2010 Ghani estuvo entre los asistentes a la Conferencia Internacional sobre Afganistán, celebrada en Londres con la participación de 60 países. Con tono conciliador y diciendo servir únicamente "a los intereses de la nación", el consultor sobre buenas prácticas de gobierno rompió una lanza a favor de Karzai y su nueva iniciativa de reconciliación nacional, cuyo plato fuerte era un delicado proceso de diálogo con los talibanes para sondear su voluntad de alcanzar la paz. Además, el presidente acababa de escuchar atentamente en Kabul las propuestas de Ghani para combatir la corrupción, el contrabando, el narcotráfico y otras prácticas ilícitas.

Ghani se mostraba optimista también sobre los resultados de la nueva estrategia militar de la Administración Obama, anunciada en diciembre de 2009 y consistente en el refuerzo inmediato del contingente estadounidense con 30.000 soldados, como antesala de un calendario de retirada gradual de las tropas a partir de 2011. El Gobierno de Washington, la OTAN y Karzai abordaron el objetivo de completar la repatriación ordenada de las fuerzas extranjeras a últimos de 2014; entonces, si todo había marchado bien, la ISAF concluiría su mandato otorgado por la ONU, y el Ejército y la Policía afganos asumirían el control de la seguridad en todo el país.

En noviembre de 2010, en la Cumbre de la Alianza Atlántica en Lisboa, Karzai firmó el acuerdo sobre la denominada Asociación Duradera entre la OTAN y Afganistán, marco que empezaría a regir después del año clave de 2014, y en junio de 2011 arrancó el proceso de retirada de los diversos contingentes internacionales, en paralelo a la transferencia por etapas de las tareas de seguridad a las fuerzas afganas. Entonces, Ghani se despidió de la presidencia de su instituto radicado en Washington, el ISE, y se instaló de nuevo en Kabul para pilotar la comisión especial encargada de supervisar la transición militar.

Llegado 2013, la falta de resultados de los contactos con los talibanes, que redoblaron sus contraataques guerrilleros, asaltos urbanos y atentados terroristas, ensombreció enormemente el futuro a corto plazo del atormentado país centroasiático, donde la paz y la seguridad parecían más lejanos que nunca, mientras que los proyectos de reconstrucción, o podían darse por fracasados, o resultaban inapreciables para la gran mayoría de la población. Además, Karzai se encolerizó con Estados Unidos por sus intentos de entendimiento particular con los talibanes en unas conversaciones intermitentes en Qatar y también con la OTAN debido al gran número de bajas civiles que estaban causando los bombardeos de la aviación aliada en las zonas controladas por los subversivos, matanzas, supuestamente provocadas por error, que destrozaban la confianza de los paisanos en las fuerzas internacionales.

El 24 de noviembre de 2013 la Loya Jirga dio luz verde a Karzai para que, previa aprobación por la Asamblea Nacional, firmara el Acuerdo Bilateral de Seguridad (BSA), instrumento que permitiría a Estados Unidos mantener un número significativo de tropas, dedicadas únicamente a la dirección de operaciones antiterroristas y al adiestramiento de los militares afganos, por al menos una década más, hasta 2024, así como una serie de bases permanentes. Washington quería que el BSA fuera firmado a la mayor brevedad, so amenaza de cancelar cualquier plan para prolongar la presencia de efectivos norteamericanos más allá de diciembre de 2014, lo que además dejaría en el aire el desembolso de los 8.000 millones de dólares ya comprometidos para el sostenimiento de las Fuerzas Armadas afganas y el pendiente desarrollo económico del país.

Karzai, sin embargo, insistió en poner nuevas condiciones a su aliado, como que se comprometiera a ayudar a su Gobierno a iniciar el proceso de paz con los talibanes, y a terminar con tácticas del combate antiterrorista como la irrupción violenta por soldados norteamericanos en viviendas civiles sospechosas de esconder a militantes. El presidente se mantuvo en sus trece y difirió la firma del BSA hasta después de las elecciones presidenciales del 5 de abril 2014, de las que iba a salir su sucesor.

Como en 2009, Ghani estaba listo para batirse en la arena política y el 30 de septiembre de 2013 lanzó vía Twitter su candidatura presidencial. De nuevo, concurría como independiente. En la lista de 27 postulantes publicada por la Comisión Electoral Independiente el 6 de octubre, el último día para presentar nominaciones, además de Ghani, figuraban entre otros Abdullah Abdullah (ahora, como candidato de la Coalición Nacional de Afganistán), el antiguo gobernador de Kandahar Gul Agha Sherzai, el ex ministro de Defensa Abdul Rahim Wardak, el ex ministro de Finanzas Hedayat Amin Arsala, el hasta la víspera titular de Exteriores del actual Gobierno, Zalmai Rassoul (un hombre de confianza de Karzai) y, llamativamente, el hermano menor de Ghani, Hashmat, así como el hermano mayor de Karzai, Quayum.

El 22 de octubre la CEI anunció once descalificaciones, entre ellas la de Hashmat Ghani, debido a una serie de incumplimientos técnicos, y posteriormente se apearon por propia voluntad Quayum Karzai, Wardak y un tercer independiente, Sardar Mohammad Nadir Naeem. Al final, sólo ocho candidatos llegaron a las urnas. Ghani presentó un manifiesto electoral articulado en cuatro ejes, el desarrollo económico, la rendición de cuentas públicas con transparencia y probidad, el acceso por los ciudadanos al más amplio elenco de derechos sociales y económicos, y, por supuesto, la consecución de la seguridad, seguridad que era violentada por los talibanes a cada momento y con altas dosis de crueldad en la mitad de las 34 provincias de Afganistán.

Ni el corazón de Kabul, pese a las extremas medidas de vigilancia, se libraba de los zarpazos que los talibanes infligían a la capital con desoladora frecuencia. El 25 de marzo de 2014 el candidato Ghani experimentó casi de primera mano el coladero en que se había convertido la seguridad de Kabul al ser atacado por un comando talibán una oficina de la CEI contigua a su domicilio. Las explosiones y los tiroteos entablados por los terroristas con los guardias privados que protegían la vivienda del político, quien en esos momentos se dirigía a Gardez para participar en un acto de campaña, se prolongaron hasta después de acudir los efectivos policiales. Según el Ministerio del Interior, en la refriega perecieron cinco pistoleros y dos policías. Pese a todo, el aspirante pashtún, y en esto no marcaba ninguna distancia de su adversario Abdullah, apostaba por una exploración de la paz negociada con los talibanes además de por la firma inmediata del BSA, que seguía en el alero.

Por otra parte, Ghani generó una fuerte polémica por su acuerdo electoral con el prominente caudillo uzbeko Abdul Rashid Dostum, uno de los más poderosos señores de la guerra de las contiendas anteriores a 2001 y también de los de peor reputación. Ghani reclutó a Dostum para su lista como candidato al puesto de vicepresidente primero a pesar de que cuando las elecciones de 2009, en las que Dostum respaldó a Karzai a cambio de poder dejar su exilio en Turquía y retornar a su feudo norteño de Sheberghan, se había referido a él como un "reconocido asesino" en un artículo escrito para el London Times. Ahora, Ghani veía a Dostum con ojos muy distintos, ojos prácticos, pues "la política no es un matrimonio por amor, sino el producto de necesidades históricas", razonó en declaraciones a la agencia AFP. Para el puesto de vicepresidente segundo de la República, el seleccionado por Ghani fue un hazara shií, Mohammad Sarwar Danish, actual ministro de Justicia en la Administración Karzai y miembro del partido Hezb-e Wahdat. El jefe histórico de esta formación y antiguo señor de la guerra, Karim Jalili, venía siendo el vicepresidente segundo de Afganistán desde 2004.

Las captaciones del uzbeko Dostum y el hazara Danish, más el respaldo expreso de sectores minoritarios de las comunidades tadzhikas y de los pashtunes seguidores de una influyente familia de líderes sufíes, los Gailani, pusieron de relieve el carácter multiétnico de la red de apoyos tejida por Ghani. Ahora bien, lo mismo cabía decir de la coalición capitaneada por Abdullah, donde por ejemplo tenían una presencia destacada el más importante de los partidos tadzhikos, el Jamiat-e Islami, y, muy significativamente, puesto que había sido mortal enemigo del anterior, una escisión moderada del Hezb-e Islami, el reaccionario partido islamista de base exclusivamente pashtún fundado por Gulbuddin Hekmatyar, uno de los máximos jefes de la jihad antisoviética y actualmente involucrado en la subversión filotalibán. Además, no pocos uzbekos y hazaras (como los agrupados en una escisión del Hezb-e Wahdat liderada por Mohammad Mohaqiq) salieron a arropar al antiguo ministro de Exteriores.

En suma, por de pronto de cara a la primera vuelta, no se apreció ninguna señal de reagrupamientos en bloques sectarios a favor de cualquiera de los dos candidatos con más posibilidades de alzarse con la victoria, sin olvidar que concurrían otros cinco postulantes y que algunos de ellos estaban en condiciones de fragmentar todavía más las supuestas lealtades de etnia o tribu. Lo estaba en particular el tercer candidato con cierto peso, el ex ministro de Exteriores Rassoul, quien tenía tras su opción independiente tanto a pashtunes como a tadzhikos, amén de las adhesiones personales de los candidatos retirados Wardak, Nadir Naeem y Quayum Karzai, el hermano del presidente, el cual a través de él hacía saber sus preferencias sin violar en la forma sus garantías de neutralidad.

El 5 de abril de 2014, en un ambiente de relativa calma sólo perturbada por algunos actos de violencia esporádicos, a los colegios electorales afluyeron siete de los doce millones de votantes potenciales registrados en Afganistán. El 26 de abril, con una demora sólo excusable por las particulares circunstancias de precariedad que vivía el país, la CEI dio cuenta de unos resultados preliminares que situaban a Abdullah nítidamente en cabeza pero sin superar la barrera del 50% de los sufragios que le habría ahorrado disputar una segunda vuelta. El 15 de mayo la Comisión confirmó la victoria en la primera vuelta del candidato de la Coalición Nacional con el 45% de los votos, seguido por Ghani con el 31,5%.

Como era de esperar, Ghani fue el más votado en las provincias del sur y el este vecinas de Pakistán y con grandes segmentos de población pashtún, así como en las norteñas Faryab y Jowzjan, junto a la frontera de Turkmenistán, pero aquí únicamente porque se trataban de los bastiones de Dostum. El economista sacó el 31,6% en Kabul, bastante a la zaga de Abdullah, mientras que en provincias orientales como Logar, Kunar, Paktika y Jost obtuvo porcentajes de más del 63%. Abdullah dominó en cambio en las provincias del norte, el centro y el oeste pobladas mayoritariamente por tadzhikos y hazaras.

Abdullah y Ghani fueron convocados a librar el duelo definitivo el 14 de junio. Hasta entonces, la campaña se fue caldeando por la multiplicación de los actos de violencia de los talibanes y por los reposicionamientos políticos con tintes de polarización. Mientras que Abdullah consiguió los apoyos de Rassoul y Gul Agha Sherzai, un tanto formidable que teóricamente debía proporcionarle muchos votos extra en el sur pashtún y en particular en la provincia de Kandahar, Ghani atrajo a su redil a Quayum Karzai, quien le piropeó definiendo su plataforma como la única representativa de un "Afganistán libre e independiente". La complicidad Ghani-Karzai puso en guardia a Abdullah, que aventó el temor a una movilización de la maquinaria del oficialismo para favorecer a su rival.

La segunda vuelta de 14 de junio discurrió bajo una atmósfera de miedo y desaliento por la arremetida violenta de los talibanes, que intentaron reventar la jornada democrática con una ola de ataques y atentados. El balance provisional de víctimas describía un auténtico baño de sangre: 240 personas muertas, de ellas 176 insurgentes, 33 civiles y 18 miembros de las fuerzas de seguridad. El 7 de julio, acumulando cinco días de demora, la CEI anunció los resultados preliminares del segundo turno electoral: con el 56,44% de los votos, Ghani era el vencedor provisional, frente al 43,56% cosechado por Abdullah. El espectacular vuelco enfureció al opositor, que acusó a Karzai y a la CEI de manipular las urnas y de perpetrar un pucherazo "a escala industrial", por lo que exigió el recuento de todas las papeletas.

El conflicto poselectoral estaba servido. El 11 de julio el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, voló a Kabul para intentar encauzar la peligrosa pataleta de Abdullah, que amenazaba con abrir una fractura político de incalculables consecuencias. Tras reunirse con los dos candidatos, el diplomático arrancó un acuerdo para que los casi ocho millones de papeletas fueran auditadas bajo supervisión de la ONU e independientemente del resultado final se formara un Gobierno de unidad nacional que incluiría el puesto, creado para la circunstancia, de jefe del Ejecutivo, es decir, un primer ministro. El "acuerdo por el bien de la estabilidad política y la seguridad de Afganistán", que así era llamado por sus hacedores, quedó sellado por Ghani y Abdullah con un cordial apretón de manos el 8 de agosto.

La crisis poselectoral podría haber terminado aquí, pero la auditoría de los votos se prolongo bastante más de lo esperado. Esta dilación puso a prueba la paciencia de Abdullah, que el 27 de agosto, aduciendo nuevas sospechas de fraude e ignorando el llamamiento a la colaboración del presidente Karzai, anunció su boicot al recuento. La transferencia del poder ejecutivo no pudo realizarse en la fecha prevista, el 2 de septiembre. Nuevamente, el secretario de Estado Kerry tuvo que emplearse a fondo para zanjar el impasse. El 21 de septiembre la CEI declaró por fin a Ghani presidente electo con el porcentaje de votos adelantado el 7 de julio y horas después de suscribir los dos candidatos, en el Palacio Presidencial de Kabul y ante la mirada de Karzai, un documento que estipulaba la formación de un Ejecutivo de coalición con Ghani de presidente, Dostum y Danish de vicepresidentes, y Abdullah de oficial en jefe del Gabinete. Otro de los puntos del acuerdo establecía la convocatoria de una Loya Jirga en el plazo máximo de dos años para enmendar la Carta Magna y dar reflejo constitucional al nuevo puesto institucional estrenado por Abdullah.

El 29 de septiembre de 2014 tuvo lugar la ceremonia de toma de posesión de Ghani como el nuevo presidente de Afganistán para los próximos cinco años. En su discurso inaugural, el mandatario emplazó expresamente a los talibanes y al sector del Hezb-e Islami leal a Hekmatyar a que se prepararan para iniciar "negociaciones políticas" y depusieran su insurgencia, pues "la seguridad es la principal demanda de nuestro pueblo, y porque ya estamos cansados de esta guerra". Ghani prometió también dedicar todos sus esfuerzos a luchar contra la corrupción, aplicar reformas económicas generadoras de riqueza, invertir en el desarrollo y sacar al pueblo de la pobreza. "Un Gobierno de unidad nacional no se refiere a repartirse el poder, sino a trabajar juntos", afirmó en su alocución televisada de casi una hora de duración. Asimismo, el dirigente se congratuló porque Afganistán hubiese culminado su "primera transferencia democrática de poder" y tuvo palabras cálidas para con su nuevo socio del Gobierno. Abdullah, por su parte, aseguró estar listo para trabajar con el presidente "en aras de un futuro mejor, con confianza y honestidad".

La primera medida del Gobierno debutante fue, tal como Ghani había adelantado, la firma, en la jornada siguiente a la jura presidencial, de los cruciales acuerdos de seguridad con los aliados occidentales. Con la plana mayor del nuevo liderazgo afgano a sus espaldas, el asesor de seguridad nacional de Ghani, Hanif Atmar, el embajador estadounidense James Cunningham y el embajador de la OTAN Maurits Jochems estamparon sus rúbricas en dos documentos.

Por un lado, el BSA Afganistán-Estados Unidos, en virtud del cual la potencia norteamericana mantendría 9.800 soldados en el país hasta 2016; y estrechamente ligado al anterior, pues de hecho lo englobaba, el Acuerdo sobre el Estatus de las Fuerzas (SOFA) de la OTAN, por el que aproximadamente 12.500 uniformados de la Alianza Atlántica –incluidos los 9.800 estadounidenses- permanecerían hasta diciembre de 2016 en misiones no de combate, básicamente el entrenamiento, asesoría y equipamiento de las Fuerzas Armadas afganas. Con la expiración del mandato de la ISAF el 31 de diciembre de 2014, estas tropas desarrollarían sus labores de retaguardia en el marco de la Operación Resolute Support.

(Cobertura informativa hasta 1/10/2014)

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