Delcy Rodríguez Gómez

En la madrugada del 3 de enero de 2026 Estados Unidos, en una fulminante operación militar acompañada de bombardeos aéreos contra instalaciones estratégicas, capturó al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en su residencia de Caracas y lo trasladó a Nueva York para enfrentar cargos por narcoterrorismo. Horas más tarde, la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la jefatura del Estado en funciones en tanto que presidenta encargada de la República Bolivariana, posición de la que prestó juramento en la Asamblea Nacional dos días después. 

El histórico golpe de mano ordenado por Donald Trump contra Venezuela, que viola la legalidad internacional e inaugura un agresivo intervencionismo geopolítico altamente desestabilizador, ha decapitado el régimen en su vértice. Pero, por el momento, ha dejado intacta la pirámide del poder de este sistema profundamente autoritario, que no era, y menos ahora, exclusivamente unipersonal. 

Maduro se apoyaba en un núcleo duro o trípode conformado por Rodríguez en la Vicepresidencia y el Ministerio del Petróleo, Diosdado Cabello en el Ministerio del Interior y el gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), y Vladimir Padrino en el Ministerio de Defensa. Los tres siguen al timón. Más allá de la conmoción inicial, la destrucción de equipos militares y el balance de bajas propias en la acción de comandos de la Delta Force —varias decenas de soldados de protección abatidos, entre ellos una treintena de agentes cubanos—, la neutralización de Maduro, aprehendido y deportado junto con su esposa Cilia Flores, no ha generado ningún vacío de poder.

Por su parte, Trump ha dejado claro que él es quien está ahora "al cargo" de Venezuela. Que Estados Unidos, adherido a la vieja Doctrina Monroe en toda su crudeza, quiere hacerse con los ricos recursos naturales del país sudamericano y que, lejos de impulsar una transición rápida a la democracia con cambio de Gobierno, espera de las autoridades chavistas una colaboración plena con sus designios de seguridad antidrogas, control económico y subordinación hemisférica, so pena de recurrir a las armas de nuevo. Se trataría de un segundo ataque "mucho mayor" que el del 3 de enero, bautizado como Operación Resolución Absoluta, el cual sobrevendría si Caracas no satisficiera "nuestras demandas" y no tomase las "decisiones correctas".

Tras denunciar el secuestro con violencia de Maduro, del que exigió una "prueba de vida" y al que sigue considerando el presidente constitucional titular, y la "agresión sin precedentes bajo falsos pretextos" sufrida por la nación, Rodríguez, con tono más conciliador, se ha mostrado dispuesta a "cooperar" con Washington "en el marco de la legalidad internacional" y sobre una base de relaciones "equilibradas y respetuosas", lo que alimenta las especulaciones sobre conversaciones entre bastidores. Exista una connivencia previa o se trate de una adaptación pragmática a unos hechos consumados trufados de peligros, Rodríguez, juradera de su puesto "con honor y con dolor", se aferrará sin duda a la supervivencia, la del régimen que ahora encabeza y la suya personal.

La nueva presidenta encargada toma las riendas de Venezuela en circunstancias de incertidumbre aguda y con muchas preguntas por responder. A la espera de los próximos pasos que de cada parte, otra cosa resulta clara: que Trump, despreciando a la oposición democrática doméstica (empezando por su principal líder, la Premio Nobel de la Paz María Corina Machado), admite implícitamente la validez institucional de Rodríguez, no obstante tratarse de la mano derecha del mandatario apresado así como de un pilar del aparato civil del chavismo, y le da una oportunidad. Un estatus, el de la legitimidad, que Trump no reconoció al dictador Maduro, hoy encerrado en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn y a la espera de juicio en el Tribunal del Distrito Sur de Nueva York. 

Para Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, Rodríguez, la primera mujer presidenta de Venezuela, sí es en cambio una interlocutora viable, una gobernante con la que se puede trabajar, mientras Washington "maneja" el país y "arregla" su infraestructura petrolera. Se tratará de un "acceso total" por parte de Estados Unidos, pero sin ocupación directa, "hasta que podamos hacer una transición segura, apropiada y juiciosa", añade el presidente. 

Rodríguez está sujeta a sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea, pero, a diferencia de Maduro y de los ministros Cabello y Padrino, no ha sido formalmente imputada ni acusada penalmente por la justicia federal estadounidense. El hecho de que la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), por boca del general Padrino, haya reafirmado su respaldo a la sucesora de Maduro constituye para la Administración Trump, que necesita estabilidad interna para sus planes, un decisivo punto a su favor, aunque sujeto a condicionalidad. Así, Trump ha lanzado una amenaza directa a Rodríguez: de ella dependerá no tener que "pagar un precio muy alto, probablemente mayor que el de Maduro". La tensión suma y sigue en Venezuela, que, paradójicamente, podría ver cómo se recrudece la represión.

(Texto actualizado hasta 6 enero 2026. Un desarrollo de la biografía de Delcy Rodríguez está en preparación).    

 

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