Nota Internacional nº 236

Trump vs Biden ¿Cambio de líder para un país en cambio?

Publication date:
10/2020
Author:
CIDOB
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Los investigadores de CIDOB responden

¿Qué hay en juego en estas elecciones?

Pol Morillas, director, CIDOB

Gane quien gane el 3 de noviembre, la próxima administración norteamericana tomará las riendas de una potencia en transformación. El histriónico primer mandato de Donald Trump refleja la expresión más ruda de varios factores de cambio estructural, tanto en el plano interno como en el internacional. Estas elecciones son fundamentales porque contraponen dos visiones antagónicas, pero de su resultado no cabe esperar una vuelta al pasado.

Los Estados Unidos son hoy una potencia en transformación. Internamente, la sociedad y la política americana sufren un alto grado de polarización, en consonancia con lo que sucede en otras muchas sociedades. El Partido Republicano ha optado en 2020 por asegurar el voto al defensor del hombre blanco, de mediana edad y preocupado por su estatus menguante. Es una estrategia cortoplacista, que contrasta con la necesidad de los demócratas de alinearse con los cambios a largo plazo de una sociedad crecientemente desigual y diversa, racial y culturalmente. La fragmentación política y social ve en la gestión migratoria buena parte de esta contradicción, mientras que el uso de la desinformación y el aumento de la violencia de extrema derecha amenazan los pilares de la sociedad abierta americana.

En el plano internacional, la administración Trump ha incomodado a sus aliados tradicionales y se ha acercado a las nuevas potencias sobre la base de vínculos personalistas e inestables con líderes como Putin, Modi, Erdogan, Bolsonaro o Kim Jong-un. La infraestructura diplomática americana ha condicionado la puesta en práctica de la lógica del repliegue, de la diplomacia transaccional, de los juegos de suma cero, así como el empeño de Trump en socavar las bases del orden internacional y la cooperación multilateral. Pero, no por ello, la nueva administración dejará de encontrarse con un tablero de juego transformado en Oriente Medio, una América Latina desestructurada, una Rusia crecientemente asertiva o una China que ya es rival sistémico en lo comercial y lo tecnológico.

Si gana, Trump no sosegará su diplomacia errática en un segundo mandato. Al contrario,  con la reelección asegurada,  puede desatar sus impulsos. Biden, en cambio, restablecería los canales diplomáticos tradicionales con los aliados, los pactos rotos por Trump y conversaría en el seno de las instituciones internacionales con el objetivo de reformarlas. Sin embargo, por primera vez, se suma una tercera y alarmante posibilidad a los dos escenarios que se derivan de toda elección presidencial: la no aceptación del resultado electoral por parte del presidente saliente y la consecuente crisis política y constitucional a la que deberá enfrentarse una potencia fracturada internamente y transformada en lo internacional.    

¿Cómo podría Trump doblegar la democracia estadounidense?

Pere Vilanova, investigador sénior asociado, CIDOB

Supongamos que el experimento Trump se limita solo a la primera legislatura (2017/2020), mejor no pensar siquiera en cuatro años más. Estados Unidos, como sistema político basado en la democracia representativa y lo que se denomina una división rígida de poderes (entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial), nos ofrece un balance de más de dos siglos con una cierta alternancia de tipo bipartidista entre republicanos y demócratas. Ha habido diferentes mayorías en las dos Cámaras del Congreso, y entre presidentes, con un número limitado de incidencias (el asesinato de JFK, el Watergate de Nixon) que el propio sistema supo afrontar y gestionar con sus propios mecanismos constitucionales y la intervención, en su caso, del Tribunal Supremo. Bien, pues todo esto puede entrar en crisis bajo las iluminaciones de Donald Trump.

Su legado más peligroso es doméstico. Como presidente,Trump ha arrastrado por los suelos las tradiciones, convenciones y costumbres de la democracia americana. Ha convertido esta campaña electoral en un carnaval trágico. Ha azuzado una nueva guerra civil de tipo racial y racista, cuando las consecuencias de la Guerra Civil de hace un siglo y medio siguen agazapadas. Trump es racista, mentiroso, misógino, y el problema es que casi la mitad del país le sigue, ciegamente, sin comparación con ninguna elección anterior. Supongamos que no acepta el resultado del próximo 3 de noviembre, pero no a la manera de George W. Bush en el 2000, a través de mecanismos legales, sino que, en el peor de los casos, se niega a abandonar (literalmente) la Casa Blanca, o intenta movilizar a las fuerzas federales bajo su autoridad (lo hizo en Portland, Oregon),  o convoca a sus milicianos libertarios armados. La propia Constitución de los Estados Unidos y sus enmiendas no pueden prever supuestos de este tipo.

Quizás es que Trump ha entendido como nadie lo que ha cambiado: la delicada (y frágil) relación entre política y sociedad, atacada también desde el fango de las redes. Todo vale para conseguir el poder y para mantenerse en él. Por eso, a pocos días de las elecciones, el presidente se resiste a decir si aceptará o no el resultado. Lo nunca visto. 

¿Hasta dónde puede llegar la polarización política en Estados Unidos?

Carme Colomina, investigadora principal, CIDOB

La confianza es central en un sistema político pero Donald Trump ha hecho de la manipulación de la verdad una constante. El presidente propaga unas 50 falsedades al día, según el equipo de verificadores del Washington Post, y con ellas ha alimentado la tribalización mediática y las burbujas sociales alrededor de supuestas verdades compartidas. Ha sido el presidente de la polarización, de la doctrina del nosotros versus ellos y este ellos ha ido variando a cada crisis interna: los migrantes, el “virus chino”, la prensa, la justicia, la “revolución cultural de la izquierda”... Una polarización que apela a la identidad y no tanto a la ideología, donde la incomodidad con el propio partido es inferior al desprecio por el contrario. Es lo que Iyengar y Westwood llaman “polarización afectiva”, en la que la política partidista se ha convertido en un indicador clave en las relaciones interpersonales.

La pregunta en estas elecciones es si los fracasos de Trump en la gestión del covid-19 conseguirán penetrar el muro divisorio de esta polarización. Hasta ahora, lo ha alimentado. Una encuesta reciente del Pew Research Centre asegura que el partidismo es el principal impulsor de las actitudes de los estadounidenses hacia el coronavirus, empequeñeciendo los efectos de la geografía, la edad, el género o la raza. Desde la percepción de seguridad y la confianza en las medidas oficiales, a los actos más cotidianos (72% de republicanos frente al 37% de demócratas se sentían cómodos cortándose el pelo; 65% de republicanos frente al 28% de demócratas estaban dispuestos a comer en un restaurante; el 31% de republicanos frente al 8% de demócratas asistiría a una fiesta concurrida). Incluso el uso de la mascarilla ha entrado a formar parte de las “guerras culturales” que dividen la sociedad estadounidense, sobre todo por el negacionismo presidencial.

¿Puede Joe Biden cambiar esta realidad? Difícil. Barack Obama ya fue víctima de unas cámaras incapaces para el compromiso. El primer presidente afroamericano de la historia dejó el país en una tensión racial que acabó encaramando a un magnate racista y xenófobo hasta la Casa Blanca. Cada vez son más los analistas que creen que, más que un cambio de líder, habrá que esperar a un cambio generacional en Estados Unidos. Gane quien gane el 3 de noviembre, el trumpismo seguirá. 

¿Cómo ha evolucionado la extrema derecha con el trumpismo?

Moussa Bourekba, investigador, CIDOB

Desde su campaña en 2016, Donald Trump dio un nuevo impulso a la extrema derecha  mediante un discurso contra la inmigración, contra los musulmanes y contra los liberales. El objetivo era claro: convencer a ciertas franjas del electorado blanco de que su identidad (American identity) estaba en peligro. Como consecuencia de esta estrategia, que algunos llaman white grievance politics, el actual presidente de Estados Unidos ha mantenido una peligrosa ambigüedad respecto a la extrema derecha violenta, especialmente en lo que se refiere al supremacismo blanco.

En 2017, tras las manifestaciones en Charlottesville–que culminaron con un atropello mortal perpetrado por un neonazi - Trump desató la polémica al responsabilizar tanto a los neonazis como a los grupos de izquierda, asegurando que había “gente muy buena” en ambos bandos. Mantuvo esta misma línea hasta el 2020, año marcado por la muerte de George Floyd durante un arresto policial, y por el auge del movimiento por la justicia racial. En el primer debate presidencial del pasado mes de septiembre, el presidente renunció a condenar la violencia cometida por los supremacistas blancos como los Proud Boys, a quien pidió “retroceder y esperar”. Así es la estrategia de Trump: ofrecer respuestas ambiguas y contradictorias acerca de su postura respecto a la extrema derecha de modo que sus partidarios y detractores puedan hacer su propia interpretación. Esta ambigüedad hacia la extrema derecha, junto con la normalización de su retórica y la visibilización de estos grupos, parece tener efectos reales: según el FBI y el Departamento de Seguridad Nacional, la mayoría de los actos extremistas violentos han sido cometidos por individuos o grupos supremacistas blancos en los últimos años. En este sentido, es difícil imaginar que la posible reelección de Trump no de más margen de maniobra para discursos y acciones de la extrema derecha, incluso violenta. Pero también es difícil de imaginar que un cambio en la presidencia acabaría con ello. 

¿Cómo afectan estas elecciones a la política de inmigración y refugio?

John Slocum, investigador sénior asociado, CIDOB, e investigador sénior, Chicago Council on Global Affairs

La inmigración se convirtió en un tema central para la identidad de la administración Trump. Tanto en términos de retórica como de política, Donald Trump ha sido estridentemente anti-inmigrante desde el día en que anunció su candidatura, cuando se refirió infamemente a los inmigrantes mexicanos como criminales y violadores. Después de prometer durante años un "gran y hermoso muro" en la frontera entre los Estados Unidos y México, en la campaña para su reelección, ha satanizado a los refugiados como antiamericanos y peligrosos.

Su administración tomó medidas para reducir la inmigración legal, limitar el acceso a los visados de trabajo temporales, reducir las admisiones de refugiados a mínimos históricos y restringir el acceso al asilo. Entre sus políticas punitivas se encuentran la separación de familias, la intensificación de la detención de inmigrantes y la imposición de una dura norma, llamada de "carga pública", que dificulta el acceso de las familias de estatus mixto  a las subvenciones sociales. El coronavirus le proporcionó un pretexto para tomar medidas aún más severas, en particular, cerrando el asilo en la frontera meridional, que permanece abierta solo para diversos tipos de tránsito "esencial".

Es improbable que su reelección significase algún cambio importante. Una segunda administración Trump podría ver medidas que facilitasen la obtención de visados para trabajadores agrícolas, o incluso la legalización de los " Dreamers" (inmigrantes indocumentados cuyas familias los trajeron a los EE.UU cuando eran niños). Pero es poco probable que el tono general y la dirección de las políticas variasen, consolidando así una disminución significativa del estatus de Estados Unidos como destino de migrantes y refugiados. 

Por el contrario, bajo una administración Biden se podría esperar un cambio total de tono en materia de inmigración, medidas ejecutivas tempranas para revertir las restricciones impuestas por Trump sobre refugio y asilo, y un menor uso de la detención de inmigrantes. También cabría esperar que Estados Unidos volviese a participar en plataformas de política migratoria multilateral como el Pacto Mundial para la Migración.  Pero los grandes cambios de política que requieren legislación - incluyendo la legalización y un camino hacia la ciudadanía para los migrantes indocumentados, así como una renovación de los programas de visas temporales - probablemente dependerán de que los demócratas tomen el control del Senado así como de la Cámara de Representantes. 

¿Hacia dónde se dirige la rivalidad entre EEUU y China?

Oriol Farrés, gestor de proyectos, CIDOB

En pocas cuestiones, el impacto de la administración de Trump ha supuesto una ruptura tan clara con sus antecesores como en la narrativa dominante respecto al papel de China en el mundo. Un choque que se ha visto alimentado al final de la legislatura por la crisis de la covid-19, que el presidente insiste en denominar el “virus chino”. En coherencia con la lógica transaccional y confrontacional de suma-cero que rige la acción exterior de la actual Casa Blanca, EEUU ha buscado deliberadamente la confrontación, implementando medidas que han dado lugar a la guerra comercial (de sanciones y aranceles) y tecnológica (casos Huawei, 5G), que de ganar un segundo mandato, sería bendecida con otros cuatro años de recorrido.

Cabe decir que Trump es la expresión vociferante de una dinámica de fondo, que ha ganado adeptos en Washington (y en ambos partidos) acerca del fracaso de la estrategia de favorecer el desarrollo y la apertura económica de China como mecanismo para lograr su apertura política -y un cambio de régimen-. Así lo expresa la actual estrategia de la Casa Blanca (2020) que afirma que las dos últimas décadas de política exterior no han convertido a China en un actor benévolo ni en un socio más fiable. En los últimos años, hemos asistido a un aumento de las tensiones en el Mar del Sur de China y un retorno al autoritarismo, a la represión de las protestas en Hong Kong o a la persecución de la comunidad uigur en Xinjiang. La covid y el empeño de Trump han llevado a récords históricos la visión negativa que de China tienen los estadounidenses (73%).

Durante su larga trayectoria, Joe Biden ha hecho bandera del aperturismo hacia China y  parece que una mayoría de norteamericanos ve con mayor confianza al líder demócrata para lidiar con Beijing. Trump, por su parte, se mueve en la incoherencia de denostar al régimen chino y elogiar a su líder, Xi Jinping. Sin embargo, el contexto ha cambiado y queda por ver si, en caso de victoria, Biden recalibraría su política hacia China, algo que en campaña (y para no quedar como débil frente al beligerante Trump) ya ha empezado a evidenciar. 

La preeminencia de EEUU está en cuestión en el medio plazo, y queda por ver cual es la justa porción de poder global -si la hay- que Washington acepta compartir con Beijing. En este siglo, la rivalidad es inevitable; no así la confrontación. 

¿Cómo tratará Estados Unidos de mantenerse en la vanguardia tecnológica?

Andrea G. Rodríguez, investigadora, CIDOB

Durante la presidencia de Donald Trump, la rivalidad tecnológica con China ha cambiado de tono. Desde el año 2013 hasta hoy, Beijing ha demostrado ser capaz de patentar, desarrollar, comerciar e implementar alta tecnología con una independencia antes impensable de los intermediarios estadounidenses y europeos. A pesar de la retórica beligerante, los cuatro años de Trump en la Casa Blanca han servido para organizar una estrategia de respuesta contra el desarrollo tecnológico chino y su avance en el mercado mundial.

La propuesta estadounidense “Red Limpia” busca de manera integral garantizar la seguridad de la información frente a la posible amenaza del espionaje chino. Se trata de una alianza entre operadores de telecomunicaciones y países, liderados por EEUU, que se comprometen a excluir de sus redes de comunicaciones a la tecnología china. Ello incluye no sólo la distinción de cables submarinos “limpios” —aquellos no construidos u operados por empresas chinas—, sino también busca retirar de las tiendas de aplicaciones móviles a las desarrolladas por empresas chinas, como el popular juego Fornite de Tencent, o dejar fuera del mercado a grandes empresas chinas de almacenamiento en la nube como Alibaba. En este contexto debe entenderse también la implicación de la administración Trump en la operación de compra por parte de Oracle de la parte estadounidense de Tik Tok.

Teniendo en cuenta la buena acogida de la iniciativa por parte de países aliados de EEUU como Suecia, Polonia o Grecia, y de empresas europeas y estadounidenses como Telefónica o Verizon, es difícil imaginar que una administración Biden renunciara a liderar la alianza. Al fin y al cabo, el avance tecnológico chino en detrimento del poder estadounidense es uno de los pocos desafíos en los que coinciden ambos candidatos.

Sin embargo, el avance de la “Red Limpia” puede leerse de dos maneras. Por un lado, confirma la tendencia de la fragmentación del ciberespacio en parcelas cerradas controladas por algunos estados. Por otro, evidencia cual es la aproximación política de Trump al desafío tecnológico ya que, desde su llegada a la Casa Blanca, Estados Unidos ha dejado de promover un ciberespacio único, libre y abierto, y abrazar de nuevo la política de poder (power politics). 

¿A quién votaría Putin?

Carmen Claudín, investigadora sénior asociada, CIDOB

Rusia, la soviética y la postsoviética, ha preferido tradicionalmente a los republicanos frente a los demócratas. El lenguaje de fuerza y de confrontación que suele caracterizar al  Grand Old Party en sus relaciones con Moscú es el que los dirigentes rusos entienden mejor porque lo comparten y les permite saber a qué atenerse: tiene la virtud de la claridad y de la predecibilidad. Los demócratas, en cambio, se empeñan en su recurrente discurso de defensa de los derechos humanos, en particular en el vecindario ex soviético de Rusia, un espacio que el Kremlin considera fundamental para la protección de sus intereses.

Por ello, el analista ruso Serguéi Karaganov, muy influyente en los círculos del poder, se alegraba de que, en la década de 2010, Rusia lograra “detener la expansión de las alianzas occidentales que amenazaban intereses vitales de su seguridad.” En este contexto, Donald Trump surgió inicialmente como una “deliciosa sorpresa” para Moscú pero, al cabo de un par de años, sus erráticas y descontroladas decisiones políticas en la escena internacional generaron alarma y cansancio entre la élite rusa.

El prestigioso analista, Iván Krastev, considera acertadamente que la derrota de Trump repercutirá más negativamente en los gobiernos populistas de Europa Central que en sus homólogos occidentales porque, para ellos, “la América de Biden sería una amenaza abierta para su modelo de democracia iliberal”. Esta idea se aplica perfectamente a la Rusia de Putin, el cual reprocha ya a Biden su “retórica antirrusa” por haber escrito que, de llegar a la presidencia, “apoyará a la sociedad civil rusa”. No será casual pues que, en septiembre, Putin propusiera a Washington un pacto de no interferencia mutua en el ciberespacio, tanto en las elecciones como en los asuntos internos, una llamativa manera de reconocer las propias acciones.

El Kremlin pues votaría a Trump, pero a regañadientes. Y, en todo caso, siempre tendrá que agradecer a Trump su activa contribución al desmantelamiento del “orden liberal” en el que la Rusia de Putin nunca encontró el lugar que estima adecuado para su estatus. 

¿Qué quiere ser Estados Unidos para América Latina?

Anna Ayuso, investigadora sénior, CIDOB

Siendo Secretario de Estado, John Kerry dio por terminada la Doctrina Monroe en un discurso ante la Organización de Estados Americanos (OEA) en 2013. Cinco años más tarde el presidente Donald Trump la resucitaba ante la Asamblea General de Naciones Unidas en 2018. Estas contradicciones ejemplifican las dificultades para analizar el papel de Estados Unidos en América Latina en las últimas décadas y explican la desconfianza que han generado incluso entre sus mejores aliados en la región. El rechazo al intervencionismo del vecino del Norte está arraigado en el continente, pero también la convicción de la necesidad de entenderse con él. Estados Unidos sigue siendo el mayor socio económico para una buena parte de la región, pero su presencia se ve ahora contestada por la penetración de China, que ha incrementado su comercio en más del 200% la última década.

La administración Trump reaccionó con amenazas y el incremento unilateral de tarifas a las exportaciones incluso a aliados fieles como el Brasil de Bolsonaro. Ni la actitud conciliadora del presidente mexicano López Obrador consiguió atenuar el discurso antimigración y la amenaza del muro, ni la Colombia del fiel Iván Duque evitó las imposiciones sobre la estrategia antinarcóticos. La política latinoamericana de Trump ha sido un instrumento al servicio de su reelección, especialmente la estrategia de cambio de régimen en Venezuela y las sanciones a Cuba. También las instituciones regionales han sufrido la confrontación: como el controvertido papel de la OEA en el conflicto de Venezuela o en las elecciones bolivianas de 2019, que acabaron con el derrocamiento de Evo Morales; o la divisoria imposición del candidato norteamericano para la presidencia del BID frente a la tradición de que fuera latinoamericano.

Todas estas fracturas están siendo aprovechadas por actores externos como Rusia o Irán para retar la hegemonía regional en lo que en un tiempo se consideró patio trasero de Estados Unidos. En una América Latina huérfana de liderazgos constructivos, la estrategia norteamericana de confrontación acaba favoreciendo la influencia de otros actores que ofrecen alternativas menos onerosas. La próxima administración se enfrentará al reto de reconstruir puentes o ver como su influencia se ve más contestada desde dentro y desde fuera del continente. 

¿Es Estados Unidos un factor de inestabilidad para Oriente Medio?

Eduard Soler i Lecha, investigador sénior, CIDOB

Según el Global Peace Index, Oriente Medio es la región menos pacífica del mundo. A los viejos conflictos se le han sumado unos cuantos nuevos (Siria, Yemen, Libia), los países de la región encabezan todos los rankings de compra de armamento, y la violencia política contra los que se atreven a discrepar de sus gobiernos es cada vez más sistemática. No hay un único factor que explique esta situación, pero a las puertas de unas elecciones tan trascendentes como las de este 2020 es inevitable preguntarse si Estados Unidos es uno de ellos y hasta qué punto los resultados electorales pueden suponer un factor de inestabilidad adicional.

Por mucho que en los últimos años se haya hablado de retirada o del desenganche norteamericano de Oriente Medio, Estados Unidos sigue siendo la primera potencia extra-regional en términos de presencia militar (bases, soldados desplegados, acuerdos de cooperación, venta de armamento). Estados Unidos es un actor clave en la configuración del sistema regional que hoy conocemos, con su apoyo sin fisuras a Israel, su asociación con Arabia Saudí, su antagonismo con la República Islámica de Irán o el cuestionado legado de su intervención en Iraq. Lo que dice o hace el inquilino de la Casa Blanca sigue teniendo un gran impacto en el ritmo geopolítico de Oriente Medio. ¿Se acuerdan de que 2020 empezó con el asesinato de Qasem Soleimani? ¿Y de los acuerdos de Abraham?

Pero es igualmente cierto que muchos de los socios y aliados de Estados Unidos en la región empiezan a pensar que ya no pueden confiar como antes en el apoyo norteamericano. Se quejaban de Obama, pero con Trump recelan de su imprevisibilidad. También son conscientes de que Estados Unidos depende cada vez menos de los suministros de petróleo de esta región, que China y el Pacífico es el nuevo foco de atención y que las tendencias aislacionistas se han afianzado en la sociedad norteamericana.

Con o sin Trump, los aliados de Washington seguirán maniobrando para consolidar posiciones, intentarán diversificar apoyos y, si los precios del petróleo lo permiten, aumentarán aún más sus capacidades militares para hacer frente a sus rivales. Del mismo modo, gane quien gane, los enemigos de Estados Unidos intentarán aprovechar cualquier resquicio de vulnerabilidad para empujar a los norteamericanos fuera de la región. Lo que puede cambiar en función de quien ocupe el despacho oval es la estrategia para conseguirlo. 

¿Qué puede cambiar en la brecha transatlántica?

Pol Morillas, director, CIDOB

Europa siente el distanciamiento de Estados Unidos como algo estructural y definitorio de las relaciones transatlánticas. Una nueva victoria de Trump reforzaría el socavamiento progresivo de las instituciones que las sustentan (OTAN o Unión Europea), de los pactos gestados durante anteriores presidencias (Acuerdo de París, el acuerdo nuclear iraní o de control armamentístico ruso) y de la cooperación en el seno de instituciones internacionales (consumación de la retirada de la OMS y otras instituciones multilaterales). Una presidencia de Biden, aunque restauraría los canales diplomáticos transatlánticos y fomentaría posiciones comunes ante asuntos clave de la agenda internacional, podría resultar contraproducente si los europeos esconden la cabeza bajo la arena respecto a sus promesas de mayor autonomía estratégica.

La responsabilidad sobre un mayor protagonismo geopolítico recae en este lado del Atlántico. El refuerzo del pilar europeo de la OTAN, el desarrollo de capacidades en defensa vía la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO) o la coherencia de los instrumentos de acción exterior (seguridad, defensa, comercio o política industrial y tecnológica) dependen en primera instancia de la voluntad política de los estados miembros. Es también entre los socios europeos donde existen mayores fracturas respecto a la profundidad de la relación transatlántica: los bálticos o la Europa central y del este difícilmente querrán distanciarse de Estados Unidos. Las relaciones de los europeos con otras grandes potencias como Rusia o China están necesariamente condicionadas por la posición americana.

La nueva brecha transatlántica se ve afectada también por la decreciente confianza de los europeos hacia los Estados Unidos como guía inspirador. Cada vez son más los asuntos en los que la unidad de visión entre europeos y americanos no puede darse por sentada. Por ejemplo, en el contexto de rivalidad sistémica entre Estados Unidos y China son mayoría los europeos que se decantan por no tomar partido.

La política exterior norteamericana, por su parte, ha dejado de ser objeto de consenso bipartidista. Como otros tantos asuntos de la agenda política, seguirá sometida a las dinámicas de la polarización. La rivalidad con China y la necesidad de que los europeos asuman sus propias responsabilidades son de los pocos consensos que perduran entre demócratas y republicanos, lo que condicionará todavía más el triángulo de relaciones entre Washington, Beijing y Bruselas.

Palabras clave: Estados Unidos, elecciones, Trump, Biden, trumpismo, polarización, dreamers, frontera, extrema derecha, Oriente Medio, América Latina, Rusia, China, tecnología, brecha transatlántica, Europa, Washington, Beijing, Moscú. 

E-ISSN: 2013-4428
D.L.: 2013-4428