Aníbal Cavaco Silva

© Comunidades Europeas (2007)

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Actualización: 31 octubre 2017

Portugal

Presidente de la República (2006-2016) y primer ministro (1985-1995)

  • Aníbal António Cavaco Silva
  • Mandato: 9 marzo 2006 - 9 marzo 2016
  • Nacimiento: Boliqueime, Loulé, distrito de Faro, 15 julio 1939
  • Partido político: Partido Social Demócrata (PSD)
  • Profesión: Profesor de Economía
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Presentación

El 9 de marzo de 2006 inauguró su mandato electoral como presidente de la República Portuguesa quien fuera durante diez años, de 1985 a 1995, primer ministro y líder del centroderechista Partido Social Demócrata (PSD). Cavaco Silva es recordado como el gobernante que, con pulso liberal, metió al país ibérico por la senda de las grandes reformas estructurales y modernizadoras, que para la oposición de izquierdas, sin embargo, pecaron de insensibilidad social. Hombre con fama de frío y que siempre ha hecho gala de un estilo tecnocrático y profesional, asume la jefatura del Estado luso para los próximos cinco años con la intención de contribuir a la estabilidad política y el despegue económico de Portugal.

(Texto actualizado hasta marzo 2006)

Biografía

1. Profesor de Economía e incondicional de Sá Carneiro
2. Fulgurante salto a las jefaturas del PSD y el Gobierno minoritario de 1985
3. 1987-1991: primera andanada de reformas y crecimiento desarrollista
4. 1991-1995: segunda mayoría absoluta y declive del cavaquismo
5. Diez años de retiro como antesala de la elección presidencial de 2006


1. Profesor de Economía e incondicional de Sá Carneiro

Hijo de un gasolinero rural, Teodoro Gonçalves Silva, y crecido en un ambiente de clase media-baja, sólo con tesón y trabajo consiguió superar las estrecheces económicas, abandonar su Algarve natal y matricularse en el Instituto Superior de Ciencias Económicas y Financieras (ISCEF, luego llamado Instituto Superior de Economía, ISE, y más tarde Instituto Superior de Economía y Gestión, ISEG) de la Universidad Técnica de Lisboa. Compaginando las clases con la práctica deportiva de la carrera de vallas, especialidad atlética de la que llegó a ser campeón nacional, en 1964 obtuvo la licenciatura en Finanzas y a continuación realizó el servicio militar obligatorio en la administración del Ejército portugués en la entonces provincia ultramarina de Mozambique. El año anterior contrajo matrimonio con Maria Alves da Silva, una titulada en Filología Germánica con la que tuvo dos hijos, Patrícia Maria –quien iba a darle cuatro nietos- y Bruno.

Satisfechas sus obligaciones con la milicia, Cavaco emprendió en el ISCEF una carrera académica muy bien jalonada. Primero profesor asociado de Economía Pública y Economía Política a la vez que becario investigador en la Fundación Calouste Gulbenkian, en 1968, el año en que murió el dictador António de Oliveira Salazar y el profesor Marcelo Caetano se convirtió en el nuevo rostro del régimen republicano del Estado Novo, se mudó al Reino Unido para perfeccionar su formación en la Universidad de York, donde alcanzó el doctorado en Economía en 1973.

Cavaco acababa de regresar de Inglaterra junto con su esposa cuando tuvo lugar la Revolución de los Claveles, el 25 de abril de 1974, y, a diferencia de muchos compañeros de generación, se mantuvo al margen de la efervescencia política del momento. Con todo, se hizo militante del Partido Popular Demócrata (PPD), formación de centro pero pronto escorada a la derecha echada a andar el 6 de mayo de aquel año por Francisco Sá Carneiro, secretario general del partido a la vez que ministro en el primer Gobierno Provisional que siguió al derrocamiento de Caetano, Francisco Pinto Balsemão y José Magalhães Mota. Los congresos III y IV del PPD, celebrados como uno solo el 30 y el 31 de octubre de 1976, aprobaron la nueva denominación de Partido Social Demócrata (PSD) y consagraron el liderazgo de Sá Carneiro, que fue elegido presidente de la Comisión Política Nacional (CPN) del partido. Entonces, el PSD encabezaba la oposición parlamentaria al Gobierno monocolor formado en julio por Mário Soares, secretario general del Partido Socialista (PS), el cual, con una diferencia de más de 10 puntos de voto y 34 escaños, había ganado la partida a su rival en las elecciones legislativas de abril.

Concentrado por el momento en las aulas, Cavaco reanudó la actividad docente en la ISE, que en 1975 extendió, ya como profesor titular, a la Universidad Católica Portuguesa (UCP), donde dirigió la revista Economia, y en 1978 a la Facultad de Economía de la Universidad Nueva de Lisboa (UNL). En 1977 debutó en la función pública del Estado con el nombramiento de director del Departamento de Estadísticas y Estudios Económicos del Banco de Portugal, cuando el gobernador de la entidad era José da Silva Lopes, labor que realizó hasta 1979.

El prestigio como experto en cuestiones económicas adquirido por Cavaco en el seno del PSD fue tomado en consideración por Sá Carneiro, al que el austero profesor prodigaba una profunda admiración y una lealtad a toda prueba. Así se observó durante la crisis interna de noviembre de 1977, cuando el dirigente fundador, enfrentado por el liderazgo con António de Sousa Franco, representante de un ala moderada y menos beligerante con los socialistas -quienes estaban pasando grandes apuros para mantener a flote su Gobierno-, y entre duros ataques a la participación de las Fuerzas Armadas en los asuntos del Estado, al presidente Ramalho Eanes y a la Constitución vigente por su naturaleza "social-colectivista", dimitió al frente de la CPN. Entretanto, el espigado treintañero contribuía a elaborar el programa económico del PSD, que podía calificarse de social-liberal –y, a pesar del nombre del partido, no propiamente socialdemócrata, tal como se entendía esta corriente ideológica en los demás países del entorno, que en Portugal la representaba más bien el PS-, en el seno del Gabinete de Estudios del PSD.

El retorno triunfal de Sá Carneiro a la jefatura orgánica del partido y el arrinconamiento del sector progresista de Sousa Franco en el VI Congreso, el 1 y el 2 de julio de 1978, más la confirmación de ese mando en la siguiente cita congresual, un año más tarde, preludiaron el salto de Cavaco a la alta política. La oportunidad de demostrar su valía en la gestión de la cosa pública le llegó tras las elecciones legislativas "intercaladas" del 2 de diciembre de 1979, en las que la Alianza Democrática (AD) formada por el PSD, el Centro Democrático y Social (CDS) de Diogo Freitas do Amaral y el Partido Popular Monárquico (PPM) de Gonçalo Ribeiro Teles conquistó una mayoría absoluta de 128 escaños sobre 250 con el 44,9% de los votos. El 3 de enero de 1980 tomaba posesión el Gabinete de Sá Carneiro, con Cavaco portando una cartera descollante, la de Finanzas y Planificación.

En los meses que desempeñó su ministerio, el doctor en Economía aplicó medidas deflacionistas, como la revalorización del escudo en relación al dólar, y otras de austeridad, como la estabilización del presupuesto al nivel de 1979, que buscaban poner coto al déficit de las finanzas públicas y en particular aliviar la abultada carga que para el erario entrañaba el parque de empresas del Estado, lastradas por la baja productividad y la nula rentabilidad, y que se mantenían a flote gracias a los subsidios del Gobierno. Asimismo, dispuso la liquidación del monopolio estatal sobre la banca y los seguros, así como la entrega de determinadas empresas públicas industriales a la iniciativa privada en régimen de concesión de explotación, a través de un proyecto de ley que fue aprobado por la Asamblea de la República. Esta reversión de las medidas nacionalizadoras tomadas tras la caída del salazarismo fue duramente criticada por los partidos de la izquierda, el especial el Comunista (PCP), que la consideraron un ataque frontal al espíritu del 25 de Abril.

Pero la oposición no se circunscribió al ámbito de la Asamblea: el Consejo de la Revolución, alta institución del Estado a través de la cual los militares ejercían el papel fiscalizador y consultor en los asuntos civiles que se habían arrogado, y cuyo cabeza era el propio presidente de la República, el general Eanes, se apresuró a vetar la ley de privatización por considerarla "inconstitucional". Aunque entonces todavía no se hablaba de cavaquismo, ante la opinión pública quedó constancia del talante reformador de Cavaco en un sentido economicista y liberal, que no tenía ningún vínculo, ni ideológico ni sentimental, con el Movimiento de 1974. Fracasó, por tanto, este su primer intento de desmontar, más allá de algunas desregulaciones concretas, el entramado legal que conformaba un modelo marcadamente socialista, o socialdemócrata, en el sentido clásico del término.

En las legislativas del 5 de octubre de 1980 Cavaco ganó su primer mandato electoral; el suyo fue uno de los 134 escaños obtenidos por el PSD y la AD, que en conjunto alcanzaron el 47,6% de los sufragios. Aunque el PS le acusaba de abusar de la política de financiar las empresas públicas deficitarias con cargo al endeudamiento, Cavaco podía alardear de una reducción de la inflación desde el 24% al 17% en menos de un año. Tampoco mantenía buenas relaciones con varios dirigentes de su propio partido y del CDS, pero seguía gozando de la confianza de Sá Carneiro. Cavaco habría continuado en el Ministerio de no producirse el trágico fallecimiento de su mentor en el accidente aéreo del 4 de diciembre. Disconforme con la designación de Pinto Balsemão como nuevo primer ministro, rehusó continuar en el segundo Gobierno de la AD, que inició su andadura el 9 de enero de 1981.


2.Fulgurante salto a las jefaturas del PSD y el Gobierno minoritario de 1985

En los cuatro años siguientes, Cavaco estuvo alejado de las palestras públicas, aunque no dejó de tomar el pulso a la situación política del país ni de criticar la nueva línea de entendimiento con el PS establecida por la cúpula del PSD. El VIII Congreso del partido, celebrado del 20 al 21 de febrero de 1981, le escogió para integrar el Consejo Nacional, órgano ejecutivo de 30 miembros, a la vez que Pinto Balsemão y António d'Orey Capucho eran elegidos respectivamente presidente de la CPN y secretario general. Sin embargo, sus pésimas relaciones con el primer ministro desembocaron en su salida de dicha instancia en el IX Congreso, en diciembre del mismo año.

Luego de la derrota del PSD -el 27,2% de los votos y 75 escaños- y el CDS, concurriendo esta vez por separado, en las legislativas del 25 de abril de 1983, Cavaco encajó como una especie de acto contra natura el pacto forjado por el sucesor de Pinto Balsemão en el liderazgo del PSD, Carlos da Mota Pinto, quien fuera primer ministro del Ejecutivo técnico de 1978-1979, y Soares para compartir un Gobierno de coalición cuya presidencia recayó en el jefe socialista y en el que el primero tomó los puestos de viceprimer ministro y ministro de Defensa. Fuera de la actividad partidaria, Cavaco retomó la docencia en la universidad y continuó vinculado al servicio de Estado en la plantilla de expertos del Banco de Portugal y como presidente del Consejo Nacional de Planificación, función que desempeñó hasta 1984.

La constante labor de zapa realizada por Cavaco, capitán oficioso del sector derechista del PSD a pesar de no pertenecer a ninguno de sus órganos ejecutivos, fue decisiva en la dimisión de Mota Pinto el 3 de febrero de 1985. El ministro de Justicia, Rui Machete, asumió la dirección del partido con carácter interino, hasta la celebración del XII Congreso; en vísperas de éste, el 7 de mayo, Mota Pinto falleció de manera súbita. Entonces, el ex ministro de Finanzas, próximo a cumplir los 46 años, destapó a las claras la ambición de poder que desde incierto tiempo atrás mantenía soterrada. Tres eran los estandartes que alzó: la reivindicación exclusiva de la custodia de la doctrina y el legado de Sá Carneiro; la cancelación del experimento del denominado Bloco Central con los socialistas; y, la conformación de una "gran derecha" con el CDS, que si bien no iba a llegar al punto de resucitar la AD, sí se materializó en un cierre de filas tras la candidatura de Freitas do Amaral en las elecciones presidenciales de 1986.

En la trascendental cita de Figueira da Foz, Coimbra, los días 17, 18 y 19 de mayo, Cavaco, que ni siquiera tenía la credencial de delegado, disputó la jefatura de la CPN a João Salgueiro, miembro del Consejo Nacional y también antiguo ministro de Finanzas, que auspiciaba la continuidad de la línea socialdemócrata "independiente", sin convergencia con los democristianos ni asunción de los planteamientos liberales. Contra pronóstico, el 19 de mayo, Cavaco, luego de encandilar a los congresistas con un discurso rebosante de posibilismo, derrotó a Salgueiro con 57 votos. El prometido golpe de timón no se hizo esperar: el 4 de junio, sin dar mayores explicaciones, el flamante presidente del PSD declaró rota la coalición con el PS. Como consecuencia, Soares puso su cargo a disposición de Eanes, la legislatura quedó truncada y el presidente convocó elecciones anticipadas.

La campaña de las legislativas del otoño de 1985 fue una demostración inusitada de la energía y el carisma no convencional de Cavaco. Con una puesta en escena centrada en su persona y no en el partido, y proyectándose como un candidato que nada tenía que ver con la élite de políticos fogueados en la etapa revolucionaria y que despreciaba el politiqueo tradicional, el "hombre sin currículum político", cómo desdeñosamente le llamó Soares, combinó el discurso moralizador, con llamamientos a suprimir los actos de corrupción, el amiguismo y el clientelismo en la Administración pública, y la apuesta por la superación de la grave crisis económica que padecía el país a través de "reformas progresivas" en el triple frente tributario, laboral y administrativo.

Al incidir en la "flexibilidad" del mercado laboral, en el "fomento" del trabajo, en la inversión y el ahorro mediante una adecuada política fiscal, en la "conservación" de las cuentas externas, en la "lucha" contra la burocracia y en la "gestión correcta" del déficit presupuestario, Cavaco anunciaba una era de reformas liberales, por más que se cuidara de pronunciar esa etiqueta, prácticamente un tabú en el Portugal de entonces. En este sentido, él se consideraba un socialdemócrata para el que fórmulas neoliberales como las que estaban en boga en el Reino Unido no tenían cabida en el país luso. Eficiencia, profesionalidad y solvencia era lo que este hombre de perfil anguloso y oratoria lacónica pero contundente exigía a los servidores de la cosa pública, y lo que prometía de sí mismo y de su equipo en caso de llegar al poder.

Los militantes y votantes del PSD estaban encantados con este nuevo líder que destilaba autoridad, disciplina y la seguridad de quien se había hecho a sí mismo con la obstinación del individualista. Para las izquierdas, Cavaco era meramente un tecnócrata frío y amante de los números que no tenía el menor respeto por las conquistas sociales de la Revolución y para el que el progreso consistía en el enriquecimiento insolidario de los individuos. Las comparaciones con el estilo y las actitudes de Margaret Thatcher, a su pesar, eran inevitables.

El 6 de octubre de 1985 las urnas validaron la estrategia realista elaborada por Cavaco, que era de victoria pero por mayoría simple: el PSD, con el 29,9% de los votos y 88 diputados, infligió al PS una derrota sin precedentes, aunque se quedó lejos de la mayoría absoluta. El 6 de noviembre, luego de recibir el preceptivo nombramiento presidencial, el dirigente socialdemócrata tomó posesión de la Residencia Oficial de São Bento al frente de un Gabinete de minoría monocolor, pero que confiaba en los apoyos parlamentarios del CDS (22 escaños) y, más importantes, del Partido Renovador Democrático (PRD), la formación sin ideología clara y propensión al populismo montada por los partidarios de Eanes y que había irrumpido con fuerza en la Asamblea de la República, donde disponía del tercer bloque de diputados (45 escaños). Sólo la abstención constructiva del PRD permitiría al Ejecutivo sacar adelante sus proyectos de ley, ya que la suma del PSD y el CDS se quedaba a 16 escaños de la mayoría absoluta.

El Portugal de finales de 1985 era un país que presentaba importantes atrasos y desequilibrios. Con una renta per cápita de 2.000 dólares, una deuda pública externa de 16.700 millones (monto que representaba el 80% del PIB y el 167% del nivel de reservas de divisas), una tasa récord de desempleo del 8,5%, un nivel de analfabetismo del 16% y una red de carreteras y vías férreas obsoleta, el Estado atlántico presentaba el nivel de desarrollo más bajo de Europa occidental. La inflación anual, superior al 20% en el último cuatrienio, se había tragado una cuarta parte del poder adquisitivo de los salarios –algunos de los cuales no se abonaban a tiempo- y magnificado las bolsas de pobreza en el Alentejo, la región más deprimida del país. A los elevados endeudamiento del Estado y déficit de las cuentas públicas se les añadían unos bajos niveles de productividad y competitividad, una función pública a todas luces hipertrofiada y un mercado de trabajo que empresarios e inversores consideraban asfixiantemente rígido. La inminente entrada en la Comunidad Europea (CE), el 1 de enero de 1986, suponía tanto una gran oportunidad, por el ingreso de ingentes ayudas y subvenciones, como un formidable desafío, por la necesidad de adaptar las anticuadas estructuras del país a las exigencias comunitarias.

El primer Gobierno de Cavaco, décimo constitucional desde 1976, experimentó los sinsabores de su debilidad congénita y tuvo corta vida, aunque su caída sólo fue el preámbulo de un espectacular retorno. Luego de aplicar una retahíla de medidas mixtas, como la bajada de los tipos de interés y la subida de las pensiones por un lado, y la subida de las tarifas de los combustibles, los transportes y las comunicaciones por el otro, Cavaco comenzó a enviar a la Asamblea los proyectos de ley que él consideraba fundamentales para la modernización del país, como el levantamiento del monopolio estatal sobre la televisión y la revisión de la regulación laboral para permitir el libre despido de las plantillas excedentarias de las empresas públicas, pero el obstruccionismo practicado por el PS y el PCP, y la postura ambivalente del PRD, apenas le dejaron margen de maniobra.

La derrota de Freitas do Amaral frente a Soares en la segunda vuelta de las presidenciales en febrero de 1986 inauguró en las dos jefaturas del poder ejecutivo la cohabitación que el primer ministro había tratado de evitar por todos los medios. Poco después, la elección del izquierdista Vítor Ribeiro Constâncio como nuevo secretario general del PS garantizó el empeoramiento de las relaciones con la principal fuerza de la oposición. Cavaco dependía totalmente del apoyo tácito del PRD. El 27 de junio de 1986 se sometió y ganó, gracias a la abstención de los diputados eanistas y el voto a favor de los democristianos, una moción de confianza que consideraba necesaria ante la catarata de críticas a su intención de actuar por decreto en materia de regulación laboral. Este balón de oxígeno se agotó a las primeras de cambio, ya que semanas después, las enmiendas presentadas por el Gobierno a la ley de la reforma agraria fueron derrotadas en el hemiciclo. En septiembre, Soares hizo uso por primera vez de su prerrogativa presidencial de veto y se negó a firmar la ley que revisaba el estatuto de autonomía de Azores.

El desenlace del marasmo vino con la moción de censura presentada por el PRD el 23 de marzo de 1987. Al ganar el respaldo de socialistas y comunistas, el 3 de abril los renovadores lograron su propósito de derribar el Gobierno con 134 votos contra 108. Continuaba, por tanto, la racha iniciada en 1976, por la que ningún ejecutivo había conseguido llegar al final de su mandato emanado de elecciones. Paradójicamente, Cavaco fue descabalgado cuando más popularidad tenía debido al éxito de sus medidas de saneamiento financiero, reconversión industrial, estímulo del crecimiento -hasta el 4% del PIB- y creación de empleo, en una coyuntura favorable estimulada por la integración europea, aunque el índice de precios, debido al aumento del consumo interno, acababa de revertir su ritmo descendente.

Presto a librar en las urnas una batalla que se prometía triunfal, Cavaco, que el 13 de abril firmó en Beijing con su homólogo Zhao Ziyang una declaración sobre la devolución de Macao a la República Popular de China en diciembre de 1999 bajo el principio de "un país, dos sistemas", solicitó a Soares que disolviera la Asamblea y llamara a alecciones. Por el contrario, el PS se ofreció para formar un gobierno apoyado en una alianza, harto heteróclita, con el PCP y el PRD. Soares no vio factible la alternativa patrocinada por su propia formación y actuó tal como quería el jefe socialdemócrata.

En la campaña electoral, Cavaco, seguro como estaba de una victoria arrolladora, desideologizó, o mejor dicho, despolitizó su discurso al máximo, como queriendo sacudirse de los clichés tradicionales de derecha e izquierda, y se limitó a pedir que se votara en masa al PSD para que Portugal, por una vez, dispusiera de un gobierno despreocupado de las zancadillas parlamentarias y concentrado en sacar adelante un ambicioso programa modernizador y reformista. La imagen de seriedad, autoconfianza, honradez y laboriosidad volvió a ser el mejor argumento de un candidato que más que liderar una lista legislativa parecía competir en una liza presidencial, tal era el grado de personalización que imprimió a su campaña.


3. 1987-1991: primera andanada de reformas y crecimiento desarrollista

El 19 de julio de 1987 el electorado respondió al llamamiento de Cavaco. Con un 50,2% de los sufragios y 148 escaños, el partido fundado por Sá Carneiro noqueó al PS gracias a la succión masiva del voto del CDS, que quedó reducido a su mínima expresión, y, sobre todo, del PRD, que fue laminado y que ya nunca más iba a levantar cabeza. Saltaba a la vista que el recolectado por Cavaco era un voto transversal e interclasista. Era la primera vez que un partido ganaba en solitario la mayoría absoluta. Portugal cerraba un capítulo de su historia caracterizado por la inestabilidad política, con nada menos que 16 gobiernos en 13 años.

El 17 de agosto Cavaco estrenó su segundo Gobierno y nueve días después defendió ante la Asamblea su programa de gobierno. Con la solemnidad propia de los momentos históricos, el primer ministro anunció que la época del "Estado paternalista" pasaba a mejor vida, que en adelante, el Estado sólo controlaría determinadas empresas estratégicas y de servicio público, y que la iniciativa privada debía abrirse paso en todos los demás ámbitos de la economía nacional. Las reprivatizaciones totales o parciales se ejecutarían progresivamente y con diálogo, en el marco del Consejo Nacional de la Concertación Social –creado por el Gobierno de Soares-, y aportarían los medios financieros necesarios para modernizar el sector público y la Administración, abonar las deudas del Estado y realizar inversiones en infraestructuras y programas sociales.

La evolución positiva del poder adquisitivo de salarios y pensiones, las inversiones productivas y el nivel de empleo era el contexto idóneo para tramitar en la Asamblea las grandes reformas estructurales que aguardaban en el bufete de Cavaco. Así, tocaba proceder a la "clarificación jurídica" de las propiedades agropecuarias expropiadas por ley después de ser ocupadas por los jornaleros del campo con la instigación del PCP y la aquiescencia de los gobiernos provisionales en los primeros años de la Revolución; ahora, alrededor de un millón de hectáreas de tierra cultivable, en su mayor parte al sur del Tajo, iban a ser desnacionalizadas por el doble mecanismo de la restitución a los anteriores propietarios o de la venta por el Estado al mejor postor. La restauración de los antiguos latifundios y la conversión de las últimas unidades colectivas de producción en cooperativas clásicas, aprobadas por la Asamblea a finales de junio de 1988, supusieron la liquidación de hecho de la reforma agraria, uno de los emblemas, si bien nunca completado, de la Revolución.

La nueva legislación agraria fue convalidada por el Tribunal Constitucional y promulgada. Pero en mayo del mismo año, la ley sobre las privatizaciones y la primera versión de la ley de liberalización laboral, la cual ampliaba las causas del despido individual y generalizaba el contrato temporal para los menores de 25 años, y que motivó la convocatoria por los sindicatos CGTP y UGT de una huelga general el 28 de marzo, tropezaron con la sentencia negativa del alto tribunal, luego de que el presidente Soares, antes de estampar su firma, requiriera de la corte una "verificación preventiva de la constitucionalidad" de ambas normas. Este traspiés obligó a Cavaco a rectificar en una de sus tres reformas clave, en lo que mostró no poco pragmatismo. Las disposiciones conflictivas de la ley laboral quedaron expurgadas y el nuevo texto fue aprobado por la Asamblea y firmado por el presidente si más novedad.

En cuanto a la ley de privatizaciones, puesto que el Tribunal Constitucional, en su sentencia, obligaba a acometer una reforma de la Carta Magna –la cual establecía el carácter irreversible de las nacionalizaciones- para remover los puntos que generaban la incompatibilidad, y como las enmiendas requerían la mayoría parlamentaria de dos tercios, Cavaco convenció al PS, liderado desde enero de 1989 por Jorge Sampaio, quien no era precisamente un entusiasta de echar cables al PSD, de la necesidad de sacar adelante esta mudanza.

Una vez abierta la puerta de una segunda reforma constitucional, más allá de la revisión de octubre de 1982, Cavaco aprovechó para realizar un objetivo acariciado durante años: además de las trabas en la ley suprema a la privatización de las empresas públicas, suprimir también el desiderátum socialista de la sociedad sin clases como culminación del sistema democrático. En otras palabras, se planteó la oportunidad de cambiar el modelo socioeconómico de referencia y de instituir por ley el sistema de economía de libre mercado vigente en el resto de la CE. El 1 de junio de 1989, por fin, se aprobaron los cerca de 300 nuevos artículos de la Constitución, drástica reforma que fue saludada por el primer ministro como el paso decisivo que iba a permitir a Portugal acelerar las reformas estructurales necesarias para adaptar su economía a los "desafíos de la integración y del Mercado Único Europeo".

Desde el segundo semestre de 1989 y hasta el final de la legislatura, Cavaco hubo de volver la mirada repetidas veces al comportamiento de las variables económicas. Empujada por el maná de los Fondos Estructurales de la CE, pero también por el dinamismo de los actores domésticos, la economía lusa venía creciendo desde 1986 a un ritmo superior al 4% anual. Sin embargo, el relanzamiento de la demanda interna y la reducción de las barreras aduaneras desataron tensiones inflacionistas. Las medidas aplicadas por el Gobierno para controlar los precios (prohibición de las ventas de productos y servicios a plazos, severas restricciones al crédito) provocaron descontento social y eso se reflejó en las elecciones autárquicas del 17 de diciembre de 1989, cuando el PSD, tras cuatro años de marcha triunfal, retrocedió al 31,5% de los votos y vio arrebatadas las cámaras municipales de Lisboa y Oporto por el PS, que dos meses atrás había lanzado en la Asamblea una moción de censura, a sabiendas de que estaba perdida de antemano, a causa, según Sampaio, ahora nuevo alcalde lisboeta, de la "falta de credibilidad" y la "prepotencia" del equipo gobernante.

Imperturbable, Cavaco valoró el revés electoral como un "mero accidente de recorrido", pero al comenzar 1990, no por casualidad, abrió una crisis de Gobierno que supuso cinco ceses, entre ellos los del viceprimer ministro y ministro de Defensa, Eurico Teixeira de Melo, quien también era vicepresidente del PSD, el ministro de Finanzas, Miguel José Ribeiro Cadilhe, considerado el coartífice de la política económica, y el titular de Administración Interna, José Silveira Godinho. Por si hubiera alguna duda del mando omnímodo de Cavaco en el PSD, el XV Congreso del partido, discurrido en Lisboa del 6 al 8 de abril, le reeligió por aclamación presidente de la CPN.


4. 1991-1995: segunda mayoría absoluta y declive del cavaquismo

En 1991, Cavaco llegó a sus terceras elecciones generales como líder de los socialdemócratas demandando a los portugueses otra mayoría absoluta para poder completar las reformas estructurales y prolongar las repercusiones positivas de su gestión. Ya estaba en marcha una segunda ola de privatizaciones, que afectó de lleno a la banca, los seguros y los hidrocarburos. Las altas tasas de crecimiento, sostenidas hasta 1990 gracias a la euforia consumista, habían dado pábulo a la expresión, engañosa para algunos, de "milagro económico portugués", aunque el índice registrado este año electoral, el 2,7%, confirmó que el ciclo había iniciado la cuesta abajo. La inflación, en consonancia, después del repunte del 13,7% registrado en 1990, cayó por debajo del 10%. El paro se situaba en niveles mínimos, en torno al 4%, tasa que, por cierto, era cuatro veces mayor en la vecina España. La situación financiera del sector público estaba mucho más desahogada que hacía seis años.

Así las cosas, el 6 de octubre de 1991 el PSD volvió a avasallar, capturando el 50,6% de los sufragios y 135 de los 230 escaños de que constaba la nueva Asamblea. El 31 de octubre tomó posesión el tercer Gobierno de Cavaco, que se planteó como objetivos prioritarios y a corto plazo reducir la inflación al 8% y el déficit público al 4% del PIB, con los fines de, primero, meter al escudo en el Sistema Monetario Europeo –transición que tuvo lugar en abril de 1992 y a la que siguió una ola de ataques especulativos que obligó al Gobierno a devaluar la divisa nacional un 6%- y, segundo, ir aproximándose a los criterios de convergencia nominal fijados por el Tratado de la Unión Europea, que se centraban en el rigor financiero y monetario, para entrar en la tercera fase de la Unión Económica y Monetaria en 1997 o 1999.

El esfuerzo en pro de la moneda única europea entrañaba aumentar los ingresos y reducir los gastos, pero el tijeretazo presupuestario resultaba más doloroso en una coyuntura de deceleración económica. La inversión extranjera cayó bruscamente, descendieron las producciones industrial y agrícola, y se contrajeron las exportaciones a la par que crecieron las importaciones, agudizando el déficit comercial. La rigurosa política monetaria mantuvo a raya la inflación, pero empujó hacia arriba los tipos de interés, desincentivando el crédito cuando el país más necesitaba los negocios generadores de riqueza y empleo.

Afloraron los límites del modelo de crecimiento aplicado con brillantes resultados en la segunda mitad de la década anterior. Los déficits estructurales quedaron al desnudo. La economía se comportó alarmantemente en 1992 y tocó fondo en 1993, año en que el PIB sufrió un crecimiento negativo del 0,4% y el desempleo rebotó hasta el 5,9%, en el contexto, eso sí, de la recesión europea, luego en modo alguno cabía hablar de excepcionalidad portuguesa. El malestar social se manifestó en una serie de huelgas y paros laborales. Cundía la sensación de que toda la riqueza generada en los años pasados había magnificado las desigualdades sociales por el descuido de los mecanismos redistributivos. Otro balance subrayaba el desfase de los progresos hechos en la sanidad y la educación en comparación con las infraestructuras de transportes y comunicaciones. En 1994 el país salió del bache, pero convaleciente y sin ganas de alharacas.

Criticado por doquier, Cavaco fue restringiendo sus comparecencias públicas y se descolgó con dos frases, separadas en el tiempo, que se hicieron célebres y que muchos consideraron, sobre todo la segunda, expresiones de su propensión a la arrogancia o incluso epítomes de su verdadera personalidad: "Deixem-me trabalhar" y "Eu nunca me engano e raramente tenho dúvidas". En un ambiente político caldeado por los debates revisionistas sobre la Revolución y las manifestaciones nacionalistas de los sectores más a la derecha, el primer ministro, que en el primer semestre de 1992 fue el presidente de turno del Consejo de la UE, empezó a quejarse de que la estructura supranacional de Bruselas recortaba demasiada soberanía a los estados miembros.

Por otra parte, Cavaco señaló la existencia de unas "forças de bloqueio" que saboteaban su labor, y entre los "bloqueadores" no nombrados estaría, creía la opinión pública, el presidente de la República. La verdad fue que la cohabitación entre Cavaco y Soares, bastante tranquila en la pasada legislatura, empezó a chirriar en 1993 con actuaciones presidenciales como la negativa a firmar la nueva ley del asilo. 1994 fue un año de desencuentro permanente, con duros reproches de Soares al estilo y las políticas de Cavaco, y su veto de más normas aprobadas por el Parlamento, que en el caso de la ley sobre los Servicios de Información y Seguridad (SIS) fue reincidente.

Fue precisamente en un pico de la "crisis institucional" que enfrentaba a los dos cabezas del poder ejecutivo, en diciembre de 1994 y en la recta final de la legislatura, cuando trascendió a los medios que Cavaco ya había comunicado a dirigentes del PSD su intención de retirarse de la política antes de las elecciones generales de 1995. El anuncio oficial del interesado tuvo lugar el 23 de enero, mientras la oposición intentaba sacar réditos del escándalo que implicaba al ministro de Defensa y número dos del partido, Joaquim Fernando Nogueira, por un asunto menor pero convertido en revuelo por la prensa: la reparación realizada por una empresa pública dependiente de la Fuerza Aérea portuguesa de dos motores de helicópteros del Ejército indonesio, país con el que Portugal había roto las relaciones diplomáticas en 1975 a raíz de la invasión y anexión por el régimen de Yakarta de la ex colonia portuguesa de Timor Oriental.

Cavaco informó que, después de cuatro reelecciones consecutivas y diez años de ejercicio, abandonaba el liderazgo del PSD ya mismo, y que, por ende, renunciaba a encabezar la próxima campaña electoral y a ser candidato a jefe del Gobierno. El dirigente justificó su partida por "razones personales y familiares" (si bien los comentaristas conjeturaron que la verdadera razón sería la certeza de, como mínimo, la pérdida de la mayoría absoluta en los próximos comicios, lo que le obligaría a gobernar entre pactos a derecha e izquierda, algo sumamente desagradable para él), y lanzó un mensaje de tranquilidad: "La recuperación económica está en marcha, la inflación y el paro controlados, el déficit presupuestario ha sido reducido y todos los compromisos asumidos por el Gobierno para el año en curso están cubiertos con los recursos necesarios".

La transmisión del mando del PSD aconteció en el XVII Congreso, del 17 al 19 de febrero en Lisboa. El nuevo presidente de la CPN, Nogueira, que ganó la partida al titular de Exteriores, el renovadorJosé Manuel Durão Barroso, con una plataforma de continuidad, ya se veía que no tenía el carisma y el nervio de quien se despedía de los suyos con un último mensaje vindicador: "No hay alternativa a la política que mis gobiernos han seguido en los últimos años".

Cavaco se iba con la satisfacción de los deberes bien hechos y con un innegable prestigio entre sus colegas europeos. Para Estados Unidos, había sido un buen aliado y un atlantista sin matices. En su haber exterior destacaba la tenaz mediación en la larga guerra civil de Angola, hasta convertirse en el patrocinador del Acuerdo de Paz firmado por el presidente José Eduardo dos Santos y el líder de la guerrilla UNITA, Jonás Savimbi, en Lisboa el 31 de mayo de 1991.

También, sobresalía el relanzamiento de las relaciones con España, al ritmo de los sucesivos encuentros sostenidos con el gobernante socialista Felipe González, con el que, empero, no surgió ninguna química especial. El enorme impulso dado en esta década a los intercambios con el único país que compartía fronteras con Portugal se entendía mejor si se recordaba que en 1985 España era el destino de sólo el 4,1% de las exportaciones y el origen del 7,4% de las importaciones lusas, muy por detrás del Reino Unido, Alemania y Francia. Estos valores se multiplicaron varias veces en los años siguientes, hasta convertir al otro país ibérico en el primer socio comercial.

Pero no había sonado aún la hora del mutis de Cavaco, que, a sus 56 años y considerando su talla como estadista, tendría una jubilación de la política que parecería harto prematura. Nada más saber la abultada derrota del partido –retroceso al 34,1% de los votos y los 88 escaños- frente el PS de António Guterres en las legislativas del 1 de octubre, Nogueira y Durão Barroso prácticamente suplicaron al primer ministro saliente que se presentara a las elecciones presidenciales de enero de 1996 para impedir que a Soares le sucediera el popular alcalde de Lisboa, Sampaio.

Cavaco mantuvo la incertidumbre sobre sus intenciones hasta el 10 de octubre, cuando anunció que se postulaba para la jefatura del Estado, pero como un candidato "equidistante de todos los partidos", para contribuir a la estabilidad política y ayudar al país a vencer los desafíos de la modernización, y con la intención de ser "el presidente de todos los portugueses". A fin de realzar el carácter personal y suprapartidista de su decisión, informó que se había dado de baja del PSD y que en caso de ganar ni disolvería la Asamblea ni sería un incordio para el Gobierno socialista.

El 28 de octubre terminó su actividad en el Palacio de São Bento con la asunción de Guterres, pero el camino hacia el Palacio de Belém fue parado en seco el 14 de enero de 1996, cuando Sampaio, sin necesidad de disputar la segunda ronda, se llevó la Presidencia con el 53,8% de los votos frente al 46,1% cosechado por el ex primer ministro. En la derrota del aspirante conservador resulto decisivo el voto útil de la izquierda, ya que en el tramo final de la campaña se retiraron los candidatos del PCP, Jerónimo Carvalho de Sousa, y de la Unión Democrática Popular (UDP), Alberto Manuel Matos, para no perjudicar las posibilidades del socialista.


5. Diez años de retiro como antesala de la elección presidencial de 2006

El frustrado envite presidencial de 1996 provocó de manera automática el repliegue de Cavaco a la vida privada. Comenzaba una década en la que La Esfinge, por citar uno de los epítetos que le endilgaron, se mostró desapegado del acontecer político nacional y estuvo concentrado en dar clases en la UNL como catedrático de Economía, en prestar asesoría al Banco de Portugal y en escribir libros, entre los que destacó el que pasaba revista a su trayectoria personal, Autobiografia Política, que dio para dos volúmenes, publicados en 2002 y 2004. Más tarde, trasladó su labor académica a la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la UCP, en cuya Facultad de Ciencias Humanas su esposa ejercía de auxiliar de docencia. En añadidura, desarrolló actividades en la Sociedad Científica de la UCP, el Instituto Internacional de Finanzas Públicas (IIPF, con sede en Saarbrücken), la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España (de la que es miembro honorario desde 1993), el Club de Madrid y la Fundación Liderazgo Global, una ONG activada en 2004 por el ex presidente sudafricano Frederik de Klerk.

Desde la barrera, Cavaco fue testigo de los vaivenes políticos y económicos de Portugal, y de las enormes dificultades que encontraba su antiguo partido para llenar el hueco dejado por su liderazgo autocrático; diez años había durado su jefatura orgánica y, ahora, en el mismo período de tiempo, el PSD conoció cinco presidentes, que se sucedieron los unos a los otros al ritmo de las espantadas por las críticas internas, los fracasos electorales o los reclamos internacionales; así, entre 1995 y 2005 encabezaron la CPN Fernando Nogueira, Marcelo Rebelo de Sousa, Durão Barroso, Pedro Santana Lopes y Luís Marques Mendes.

El regreso del PSD al Ejecutivo de la mano de Durão Barroso y con mayoría simple tras las elecciones del 17 de marzo de 2002 no quebró la inercia de casi mutismo de Cavaco, que sólo voceaba sus opiniones críticas con la gestión de Guterres en muy contadas ocasiones y que prefería expresarte a través de sus libros. Su posicionamiento más ostensible fue con respecto a Santana Lopes, efímero y controvertido presidente del partido y del Gobierno a caballo entre 2004 y 2005, cuya candidatura a renovar el segundo cargo en las legislativas del 20 de febrero de 2005, a la postre ganadas por el PS de José Sócrates con mayoría absoluta, se negó a respaldar.

Fue precisamente en los primeros meses del Gobierno de Sócrates, quien debía hacer frente a una situación económica y financiera bastante complicada, que cobró fuerza la especie sobre la candidatura de Cavaco a presidente de la República en las elecciones de principios de 2006, de las que debía salir el titular sucesor de Sampaio, que agotaba su segundo mandato quinquenal no renovable. Fiel a su estilo enigmático, el ex primer ministro no dijo esta boca es mía y, en apariencia, estuvo deshojando la margarita hasta casi última hora. Como no se producía el mentís del interesado y el PSD no perfilaba aspirante, la opinión pública se convenció de que Cavaco ambicionaba la jefatura del Estado, por motivaciones patrióticas y quizá también para resarcirse de su fracaso ante Sampaio una década atrás y para darse el gustazo de vencer en un pulso personal a Soares, que a sus 80 años quería regresar al Palacio de Belém con el soporte oficial de Sócrates y el PS. Los sondeos periodísticos incluyeron a Cavaco en el elenco de presidenciables, donde también figuraba el diputado y poeta Manuel Alegre, cuya postulación aseguraba la división del voto socialista, y resultó que encabezaba los mismos.

Cavaco hizo oficial lo que ya era un secreto a voces el 20 de octubre de 2005. Con tono providencialista, y flanqueado por su esposa y tres colaboradores cercanos, declaró que había resuelto concurrir a las presidenciales "después de una cuidada ponderación" y por un "imperativo de conciencia", para ayudar a Portugal a "superar la crisis económica, el pesimismo y la falta de confianza", para "mejorar la confianza del país" y para "construir un futuro mejor". Dio cuatro razones de por qué era el mejor candidato: "Un buen conocimiento de la realidad portuguesa y del cuadro internacional, experiencia política y responsabilidad". La puesta en escena fue muy parecida a la del anuncio de la candidatura de 1995. Así, puntualizó que había pedido la suspensión de su militancia en el PSD, que su postulación era "estrictamente personal" y que se presentaba "libre" y "sin atender a intereses partidarios". Esta declaración de independencia no fue óbice para que los socialdemócratas de Marques Mendes y los democristianos de José Ribeiro e Castro se apresuraran a notificar su respaldo a Cavaco.

Si bien con fluctuaciones, las encuestas no dejaron de subrayar la condición de Cavaco de máximo favorito en toda la campaña electoral. Las pullas lanzadas por sus cinco adversarios de izquierda, de los que el más acerbo fue Soares, no hicieron mella en sus posibilidades, que apuntaban a la victoria en la primera vuelta. Y, aunque por los pelos, así fue: el 22 de enero de 2006, con el 50,5% de los votos, ganó la partida al socialista independiente Alegre (20,7%), al socialista oficial Soares (14,3%), al comunista Jerónimo de Sousa (8,6%), al izquierdista Francisco Anacleto Louçã (5,3%) y al maoísta António Garcia Pereira (0,4%).

El 9 de marzo, Cavaco prestó juramento en la Asamblea como el sexto presidente de la III República Portuguesa y el primero civil de convicciones conservadoras. En el arranque de su mandato de cinco años, al cabo del cual podrá optar a la reelección, Cavaco reiteró su compromiso de establecer con el Gobierno socialista una "cooperación leal y fructífera" basada en "consensos amplios" para conferir al país una "estabilidad política dinámica". Cinco fueron los desafíos que se marcó hasta 2011: sacar a la economía de su estado de anemia; aumentar la cualificación de los trabajadores, las empresas y la enseñanza; mejorar la eficacia de la justicia; mantener la sustentabilidad de la Seguridad Social; y, dar más credibilidad al sistema político a través de la lucha contra la corrupción.

Aníbal Cavaco Silva, es autor, además de las memorias arriba citadas, de los ensayos Economic Effects of Public Debt (1977), Finanças Públicas e Política Macroeconómica (1982), As Reformas da Década (1995), Portugal e a Moeda Única (1997), União Monetária Europeia, Funcionamento e Implicaçoes (1999) y Crónicas de Uma Crise Anunciada (2001). Su labor como estadista y economista ha merecido el Premio Joseph Bech, concedido en 1991 por la Fundación Alfred Toepfer F.V.S. de Hamburgo, en 1995 el Premio a la Libertad de la Fundación Max Schmidheiny de la Universidad suiza de St. Gallen, y en 1995 también el Premio Carl Bertelsmann de la Fundación homónima basada en la ciudad alemana de Gütersloh. Asimismo, es doctor honoris causa por las universidades de York (1993) y A Coruña (1996).

(Cobertura informativa hasta 19/4/2006)