Notes internacionals CIDOB nº 302

La diplomacia subnacional en Estados Unidos: una práctica todavía en expansión

Fecha de publicación:
02/2024
Autor:
Agustí Fernández de Losada, investigador sénior y director del Programa Ciudades Globales, CIDOB
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De ser una realidad relevante durante la segunda mitad del siglo XX, aunque de corte episódico y mirada doméstica, la diplomacia subnacional en Estados Unidos ha transitado con el nuevo milenio hacia nuevos esquemas multiactor, más complejos, sofisticados y con mayor capacidad de impacto. Esquemas en los que algunas organizaciones filantrópicas, el sector privado, think tanks altamente influyentes y la academia tienen un peso muy significativo.

Hoy, la embajadora Nina Hachigian, representante especial de Estados Unidos para la diplomacia de ciudades y estados, lidera una estrategia que busca ganar influencia en el Departamento de Estado con el objetivo de situar a los gobiernos subnacionales como piezas de peso en el engranaje de la diplomacia estadounidense. Está por ver su evolución, más aún con Donald Trump en el horizonte.

En una coyuntura fuertemente marcada por la reformulación del orden global y por la intensa competición entre Estados Unidos y China, la diplomacia subnacional está adquiriendo un papel cada vez más significativo. En un mundo que se urbaniza de manera acelerada, especialmente en el Sur global, las ciudades desempeñan un papel clave en el abordaje de algunas de las principales transformaciones económicas y sociales que se están produciendo. No es posible entender los procesos de transición ecológica y digital, la reformulación del modelo productivo o las nuevas desigualdades sin situarlas en el centro de la ecuación.

Hoy en día, metrópolis como Nueva York, París, Londres, Tokio o Shanghái se encuentran entre las principales economías del planeta; y no es posible entender América Latina sin São Paulo, Ciudad de México o Buenos Aires; tampoco África sin Johannesburgo, El Cairo o Lagos; ni la región Asia Pacífico sin Seúl, Sídney o Singapur; o América del Norte sin Los Ángeles, Chicago o Toronto; y Europa sin Berlín, Ámsterdam, Viena o Barcelona. Las ciudades aglomeran poder político, económico, creatividad y talento; sus gobiernos cuentan con una capacidad normativa cada vez mayor, promueven derechos e impulsan soluciones en ámbitos críticos como la movilidad, la vivienda o frente a las múltiples formas de desigualdad o fragmentación.

Todo ello las ha posicionado como actores reconocidos y cada vez más visibles del sistema de las relaciones internacionales. Actores dinámicos e innovadores que, aun operando en un escenario todavía monopolizado por los estados-nación, impulsan alianzas y suman fuerzas para incidir en las agendas internacionales, se proyectan en búsqueda de oportunidades económicas, generan espacios para intercambiar conocimiento o tejen redes de solidaridad en contextos complejos. En una coyuntura de retos compartidos, los alcaldes y alcaldesas y sus equipos interactúan trabajando en red para abordar los desafíos que tienen ante sí.

El potencial transformador de las ciudades y su capacidad para articularse a nivel global no ha pasado desapercibido por las grandes potencias mundiales. En Europa, cuna del municipalismo internacional, la Unión Europea (UE) ha forjado durante décadas una alianza con los gobiernos locales que ha servido para abrir espacios de colaboración e intercambio en prácticamente todas las regiones del mundo. Desde los años noventa del siglo pasado, Bruselas ha impulsado diferentes programas financieros para acompañar a las ciudades en algunos de los principales desafíos que enfrentan, reforzando sus capacidades y reconociéndolas como actores clave para el desarrollo sostenible. Sin embargo, y aunque en los últimos meses se está hablando de la necesidad de localizar el Global Gateway 1, el apoyo europeo a las diversas expresiones de la diplomacia subnacional parece haber perdido el vigor que tenía (Fernández de Losada y Galceran-Vercher, 2023).

Diversos analistas han puesto también el foco en el creciente peso que las ciudades y los procesos de urbanización tienen en la proyección exterior de China (Curtis y Klaus, 2023). Efectivamente, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés) –la piedra angular del expansionismo del gigante asiático– se expresa de manera evidente en muchas ciudades alrededor del mundo. Las inversiones millonarias que China ha facilitado para desarrollar infraestructuras críticas en entornos urbanos de Asia, África y América Latina, pero también en Europa, son buena prueba de ello. En paralelo, la diplomacia subnacional china es cada vez más dinámica y teje vínculos en todas las regiones del planeta, mientras asegura una presencia de peso en algunas de las principales redes que operan a escala global.

En este contexto, Estados Unidos lleva ya algunos años tratando de posicionarse en el ecosistema urbano global. A pesar de que, como se analiza en este artículo, esto no siempre ha sido así, las grandes ciudades y algunos estados del país gozan hoy de una fuerte presencia internacional. Una presencia marcada por la globalización, por agendas de gran impacto como la climática o la migratoria y por la irrupción de algunas organizaciones filantrópicas con fuerte capacidad de incidencia. La diplomacia subnacional estadounidense opera sustentada en una narrativa bien construida, en instrumentos dirigidos a reforzar sus capacidades y en un vínculo que se quiere cada vez más fuerte con la política exterior del país.

La diplomacia comercial y la municipal foreign policy

Durante muchos años, el peso de la diplomacia subnacional de Estados Unidos no ha ido en consonancia con el peso que ha tenido y tiene el país en el orden global. En la segunda mitad del siglo XX, en el periodo que va desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el fin de la Guerra Fría, los marcos de referencia que guían la acción de los gobiernos territoriales del país son fundamentalmente domésticos. Los asuntos locales y nacionales predominan sobre la mirada exterior, en una lógica que se podría calificar de insular. Sin embargo, el análisis de la acción exterior de los gobiernos subnacionales del país durante estos años ofrece algunos indicios que hay que tomar en consideración. Se observa una actividad que se podría definir como episódica y que, aunque en algunos periodos es significativa, queda relativamente al margen de las dinámicas que ocupan al municipalismo internacional de la época. Ciudades y estados construyen vínculos exteriores, pero ponen el foco en asuntos de trascendencia local, como puede ser el comercio y la captación de inversiones exteriores o la promoción de valores relevantes para la comunidad, como la paz, la protección de los derechos humanos y la solidaridad.

A pesar de que el municipalismo estadounidense tiene presencia en las primeras expresiones del municipalismo internacional de la década de 1920, el primer hito de la diplomacia subnacional del país se debe situar en el lanzamiento en 1956 de la plataforma Sister Cities International (SCI). Impulsada por el presidente Eisenhower, esta iniciativa promueve desde entonces el establecimiento de miles de relaciones bilaterales de cooperación entre ciudades y condados estadounidenses con sus pares en terceros países en todo el globo. SCI facilita misiones de cooperación técnica e intercambio, impulsa proyectos de promoción de los derechos humanos y la paz, así como vínculos de carácter comunitario y programas de voluntariado. La organización opera, sin embargo, en un marco de relevancia doméstica y poca conexión con organizaciones similares en otras regiones del mundo.

En la década de 1980, un buen número de estados y ciudades del país ya cuentan con representaciones comerciales y para la captación de inversiones en el exterior. Ciudades como Tokio –con 19 delegaciones en 1982–, Londres, Bruselas o Frankfurt acogen las más de 60 oficinas permanentes que 33 estados y alguna ciudad, como Nueva York, tienen en más de 70 países alrededor del mundo (Duchacek, 1984). Según datos de la Asociación Nacional de Gobernadores2, en 1981 los estados del país invirtieron más en acciones promocionales que el propio Departamento de Comercio de la administración federal. También las asociaciones municipalistas se suman al empeño impulsando campañas y eventos promocionales como los organizados por la US Conference of Mayors en Zúrich y Hong Kong, en 1982 y 1983, respectivamente, bajo el lema «Invest in America’s Cities» (ibídem).

Aunque, seguramente, lo más destacado de la diplomacia subnacional en las postrimerías del siglo pasado lo constituye lo que el Center for Innovative Diplomacy (CID) con base en Irvine (California) bautiza como «municipal foreign policy». Efectivamente, desde finales de los años setenta, la década de los ochenta y principios de los noventa varios estados y ciudades de Estados Unidos desafían las políticas de la administración federal en América Central o Sudáfrica o se alinean con los movimientos globales contrarios a la proliferación nuclear. Urbes como Burlington (Nueva Jersey), Pittsburgh (Pensilvania) o Rochester (Nueva York) se movilizan en contra del apoyo de la administración Reagan a las fuerzas anticomunistas y contrarrevolucionarias que operan en América Central. Y lo hacen alineándose con sectores importantes de sus propias comunidades, levantando fondos para ayudar a las ciudades con las que mantienen hermanamientos y ofreciendo a los miles de refugiados centroamericanos que pueblan las ciudades de Estados Unidos, un lugar seguro (Leffel, 2018); un movimiento que constituye el origen de las ciudades santuario.

En paralelo, y ante la tibieza de la administración federal, un número importante de ciudades estadounidenses se posicionan en contra del Apartheid que practica el Gobierno de Sudáfrica. Hasta 59 ciudades, y algunos estados y condados, cuentan con legislación que prohíbe las inversiones en el país sudafricano, lo que tiene un impacto calculado en más de 450.000 millones de dólares (Spiro, 1986). Asimismo, se movilizan en contra de la administración federal las más de 160 ciudades que se declaran «Nuclear Free Zones» (NFZ), que legislan para prohibir la fabricación de componentes para armas nucleares en sus territorios. Lo hacen por convicción, pero también como reacción a la decisión de la administración Reagan de desviar fondos federales, inicialmente previstos para apoyar las políticas locales, hacia el presupuesto de defensa con el objetivo de acelerar la competición nuclear con la Unión Soviética (Leffel, 2018).

No obstante, y a pesar del notable, aunque episódico, dinamismo que exhibe la diplomacia subnacional estadounidense, resulta muy significativa la ausencia de las grandes ciudades de algunos de los principales debates y procesos que se dan en el seno del municipalismo internacional. Su presencia es menor en eventos considerados clave como la Cumbre de la Tierra, que tiene lugar en Rio de Janeiro en 1992, o la conferencia Hábitat II, celebrada en Estambul en 1996, donde además se convoca la primera Asamblea Mundial de Ciudades y Autoridades Locales (WACLA, por sus siglas en inglés). Más aún, no tienen peso en las organizaciones que componen el denominado G4+3 creado en su momento para asegurar la interlocución con las Naciones Unidas en el proceso de implementación de los acuerdos alcanzados en la capital de Turquía. Dicha irrelevancia puede explicar, en parte, la incapacidad de frenar el veto que Estados Unidos impone, junto a China y otros países, a la Carta Mundial de la Autonomía Local4.

En la misma línea, también mantienen un perfil bajo en las organizaciones clave en ese momento. A pesar de que la National League of Cities y la US Conference of Mayorsson parte de la Unión Internacional de Autoridades Locales (IULA, por sus siglas en inglés), las grandes ciudades del país no están con sus homólogas de todo el mundo en las principales plataformas que las reúnen: la Federación Mundial de Ciudades Unidas (FMCU)5, Summit6 o Metropolis. Por otro lado, aunque sí se integran en el Consejo Internacional para las Iniciativas Ambientales Locales (ICLEI, por sus siglas en inglés) a los seis años de su fundación en 1990, tampoco están en el proceso que deriva en 2004 en la fundación de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU)7, la principal organización municipalista a escala global, presidida entonces por el alcalde de París y en cuya primera junta directiva aparece el alcalde de South Bay, un municipio de 4.700 habitantes de Florida. 

La globalización, el activismo climático y la filantropía como catalizadores de una diplomacia subnacional para el siglo XXI

Como se han encargado de describir numerosos autores (Sassen, 2005; Curtis, 2018), el proceso de globalización neoliberal que se da con la caída del muro de Berlín sitúa a las ciudades globales como nodos conectores de un nuevo orden global que tiene a Estados Unidos como potencia hegemónica. Ciudades como Nueva York, Los Ángeles o Chicago, junto con sus pares en todo el mundo, irrumpen en el escenario internacional como piezas clave en el engranaje de los flujos de capital, bienes, servicios y conocimiento, aunque también de algunos de los principales retos que la globalización pone sobre la mesa.

En este contexto, la emergencia climática se sitúa como un desafío global con una fuerte trascendencia urbana y una gran capacidad de movilizar a la comunidad internacional. Un desafío que reconfigura en buena medida los esquemas a través de los cuales opera la diplomacia urbana orientándola hacia una lógica multiactor, más compleja y sofisticada, dotada de mayor capacidad de incidencia. Efectivamente, la lucha contra el cambio climático activa una alianza entre las grandes ciudades del mundo y algunas de las principales organizaciones filantrópicas y think tanks, fundamentalmente estadounidenses. Una alianza que explica, en parte, el auge de la diplomacia subnacional de Estados Unidos, y que ha acercado el municipalismo internacional a los marcos de referencia políticos, económicos, sociales y culturales que rigen en el país norteamericano.

En 2005, el entonces alcalde de Londres, Ken Livingstone, impulsa la creación de C40, una alianza entre las grandes urbes globales que deciden compartir estrategias para combatir el cambio climático. La organización, pieza clave para la diplomacia urbana estadounidense8, tiene una importante capacidad de incidir en la agenda climática global. Una de las características que la definen ha sido su habilidad para sumar visión, estrategia y acción no solo entre alcaldes y alcaldesas, sino también con las grandes organizaciones filantrópicas estadounidenses y con el sector privado. En 2006, la red se expande con el apoyo de la Clinton Climate Initiative (CCI) y, desde 2011, recibe el apoyo continuado de Bloomberg Philanthropies. Por otro lado, C40 apuesta fuertemente por incentivar la colaboración público-privada, poniendo en contacto las empresas y centros de investigación que desarrollan soluciones con los gobiernos de las ciudades que las requieren. Asimismo, ha contribuido a generar nuevos engranajes conectados con las múltiples expresiones que hoy tiene el multilateralismo. Buen ejemplo de ello es el U20, el espacio que C40 convoca junto con CGLU, a través del cual las principales ciudades del mundo, también las estadounidenses, tratan de situar sus prioridades en la agenda del G-20. 

En una lógica muy similar operan otras instancias como Resilient Cities Network o el Global Covenant of Mayors (GCoM). La primera, impulsada en 2013 desde la Fundación Rockefeller, pone el foco en apoyar a las ciudades en la definición de planes de resiliencia climática; un tema que preocupa a las ciudades de Estados Unidos, las cuales conforman la sección más importante de la red con 26 miembros. La segunda, el GCoM, se centra en reforzar el liderazgo de las ciudades para el impulso y desarrollo de planes locales de acción climática y transición energética, reuniendo a miles de ciudades de todo el mundo, 185 de las cuales estadounidenses; además, introduce un factor novedoso al combinar el liderazgo de una junta directiva integrada por alcaldes y alcaldesas, una dirección ejecutiva fruto de una alianza entre la Comisión Europea y el filántropo y exalcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, con la representatividad de las principales agencias de la Naciones Unidas que trabajan en este ámbito y las principales redes de ciudades. Pero la lógica de colaboración multiactor va más allá de lo climático y se extiende, con el paso de los años, a otros ámbitos en los que las ciudades de Estados Unidos tienen una presencia muy activa. Buen ejemplo de ello lo tenemos en el Mayors Migration Councilla plataforma financiada entre otros por Open Society Foundations y que integra a más de 200 ciudades de todo el mundo, 40 de las cuales estadounidenses– cuyo objetivo es posicionarlas en los debates globales sobre las migraciones.

En este contexto, algunas ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Chicago, San Francisco, Huston o Boston se encuentran entre los operadores más dinámicos de la diplomacia urbana global; mantienen vínculos con ciudades de todo el mundo, están presentes en los grandes espacios del multilateralismo urbano y participan de las principales redes. Aunque, en relación con esto último, cabe destacar que el municipalismo estadounidense sigue teniendo una presencia muy limitada en las redes tradicionales de raíz europea, aquellas que tienen su origen en el movimiento municipalista del siglo XX, ya que apuesta casi en exclusiva por los espacios multiactor y de nuevo formato. Cabe apuntar, en este sentido, que la transición de la diplomacia urbana estadounidense y global hacia estos nuevos formatos ha venido acompañada por una cohorte de centros de investigación y think tanks, la mayoría con sede en Washington y en otras ciudades estadounidenses. La visión que han tenido la Brookings Institution, el Chicago Council on Global Affairs, el German Marshall Fund o, más recientemente, el Truman Center for National Policy para construir un relato que justifica y acompaña a las ciudades del país en su acción internacional, ha sido más que notable. Hoy, Estados Unidos y su academia son referentes y lideran la producción de conocimiento, también aplicado, en el ámbito de la diplomacia subnacional. 

El apoyo del Departamento de Estado: ¿mucho ruido y pocas nueces?

Buena parte de este relato formulado desde los escritorios de algunos de los principales think tanks del país ha servido para que la administración federal se posicione y acompañe a ciudades y estados en sus esfuerzos diplomáticos. Se busca no solo reforzar su capacidad de impacto, sino también sumar todos los activos y el potencial de que disponen para complementar la política exterior y de seguridad de Estados Unidos, que hoy es más inclusiva y diversa, aunque también más compleja. Sin embargo, no estamos ante una estrategia nueva. Ya a finales de 1978, durante la administración Carter, se crea por primera vez una oficina encargada de gestionar el vínculo con los gobiernos locales y estatales en el Departamento de Estado. Liderada por el embajador en misión especial W. Beverly Carter Jr., esta oficina tiene un recorrido corto y es suprimida en enero de 1981 tras la elección de Ronald Reagan como presidente. Sus funciones van pasando de un departamento a otro y durante más de treinta años quedan en un plano marginal hasta que, en 2010, en la primera administración Obama, el Departamento de Estado vuelve a apostar por un acercamiento a las ciudades y los estados a través de la denominada Oficina de la Representante Especial para los Asuntos Globales Intergubernamentales, encabezada por Reta Jo Lewis.

Dicho acercamiento responde a una lógica clara. Una parte importante de los acuerdos que el Gobierno de los Estados Unidos asume en el seno de las Naciones Unidas y otras instancias del multilateralismo requieren para su implementación de otros actores como las organizaciones de la sociedad civil, el sector privado o las autoridades locales (Klaus y Singer, 2018). Las agendas ligadas al desarrollo sostenible que se impulsan entre 2012 y 2016 son buena muestra de ello y encuentran en el Departamento de Estado un actor comprometido. Destaca la participación del Gobierno estadounidense en foros clave para las ciudades como la COP21 en 2015, en la que se alcanza el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, o la Conferencia Habitat III que tiene lugar en 2016 en Quito y en la que se aprueba la Nueva Agenda Urbana. Pero la elección de Donald Trump a finales de ese año pone fin a la apuesta de Estados Unidos por las Naciones Unidas, el multilateralismo, la agenda climática y las ciudades. De hecho, se inaugura una época marcada por el negacionismo climático, el aislacionismo internacional y la confrontación con el mundo urbano y las élites progresistas. En este contexto, resulta significativo que diversos operadores, desde think tanks a miembros del Congreso, sigan reclamando que se recupere el vínculo con la diplomacia subnacional y que ello se institucionalice a través de una acción legislativa que evite que se dependa de los sucesivos cambios políticos.

Instituciones tan relevantes como el Council on Foreign Relations o el Truman Center for National Policy están en esa línea. El primero publica un artículo en 2017 en el que recomienda a la administración del presidente Trump que vuelva a crear una oficina especializada y que despliegue todo el potencial que tiene la diplomacia subnacional del país. Por su parte, el segundo convoca un grupo de expertos de alto nivel que, en 2022, publica un informe en el que no solo se reclama el restablecimiento de una oficina, sino que apuesta por mapear activos, expandir la capacidad de incidencia de las ciudades y los estados en el exterior, así como reforzar las alianzas con think tanks y organizaciones filantrópicas que tan buenos resultados han dado. El presidente Biden y el secretario de estado Blinken se muestran receptivos y, ese mismo año, nombran a la embajadora Nina Hachigian como representante especial para la diplomacia de ciudades y estados. Su designación no es neutra, puesto que, aparte de embajadora de carrera, era la vicealcaldesa responsable de relaciones internacionales de la ciudad de Los Ángeles, uno de los emblemas de la diplomacia urbana norteamericana. Este nombramiento no ha pasado desapercibido en la comunidad internacional. La embajadora ha mantenido un perfil visible y reconocible: ha tenido presencia en foros de muy alto nivel, tanto en el ámbito del multilateralismo –como la COP28 celebrada en Dubái, el Foro Político de Alto Nivel de Nueva York o la Conferencia de Seguridad de Múnich, todos en 2023–, como del municipalismo internacional en sus múltiples expresiones; asimismo, ha reforzado el vínculo con las principales ciudades y estados del país, así como con el cuerpo diplomático, organismos multilaterales, organizaciones filantrópicas, think tanks, centros de investigación especializados y, también, con el sector privado.

Sin embargo, y a pesar de que se han lanzado iniciativas tan relevantes como la Cumbre de las Ciudades de Denver que, en 2023, reunió a alcaldes de todo el hemisferio en un excelente ejercicio de diálogo político, o el Programa Cities Forward, un incipiente, aunque prometedor instrumento de apoyo a la cooperación técnica entre ciudades, la realidad es que la representante especial Hachigian opera con recursos presupuestarios y profesionales muy limitados y con una posición en el seno de la Secretaria de Estado todavía periférica. Su equipo se sitúa en la Oficina de Partenariados Globales y todavía no ha logrado reconocimiento orgánico. De hecho, la iniciativa legislativa sobre diplomacia subnacional presentada en 20199 y en 202110 en el Congreso no ha prosperado, pese a los múltiples e importantes apoyos recibidos. 

Apunte final

No cabe duda de que la diplomacia subnacional estadounidense ha adquirido en los últimos años una dimensión notoria. Del recorrido intermitente, de corte episódico y mirada doméstica que la caracteriza durante la segunda mitad del siglo XX, ha pasado a una experiencia que se consolida gradualmente y apuesta por nuevos formatos y una agenda de peso. Una agenda que la vincula con algunos de los principales desafíos de la globalización y que la conecta con actores emergentes con una importante capacidad de influencia en el contexto global. Además, el relato que la sustenta es sólido, lo que la posiciona en los grandes debates que cosen lo urbano con lo global.

Sin embargo, pese a los esfuerzos y el liderazgo de la representante especial, el apoyo efectivo que el Departamento de Estado presta a las ciudades y a los estados en su acción exterior parece ser todavía más simbólico que efectivo. Los recursos que destina la administración federal son limitados y la apuesta por la diplomacia subnacional depende en muy buena medida de los grandes filántropos. Así, en un contexto de competición por el liderazgo del orden global en el que lo urbano sigue teniendo una fuerte trascendencia, avanzar y profundizar en el compromiso inicial expresado por el presidente Biden y el secretario Blinken tiene todo el sentido y puede traer muchos beneficios. China está en ello. Europa lo estaba, aunque hoy parece mirar hacia otro lugar. Habrá que ver hacia dónde va Estados Unidos, más aún con Donald Trump en el horizonte. 

Referencias bibliográficas

Curtis, Simon. «Global Cities and the Ends of Globalism». New Global Studies, n.º 12 (2018), p. 75-90.

Duchacek, Ivo D. «The International Dimension of Subnational Self-Government». Publius, vol. 14, n.º 4 (1984), p. 5-31. Federated States and International Relations, Oxford University Press.

Fernández de Losada, Agustí y Galceran-Vercher, Marta. «¿Una Europa a contracorriente? La invisibilidad de las ciudades en las relaciones UE – CELAC». Revista TIP, año 12, n.º 2 (2023), p. 26-38.

Klaus, Ian y Singer, Russell. The United Nations. Local Authorities in Four Frameworks. Penn Institute for Urban Research, 2018.

Leffel, Benjamin. «Animus of the Underling: Theorizing City Diplomacy in a World Society». The Hague Journal of Diplomacy, n.º 13 (2018), p. 502-522.

Sassen, Saskia. «The Global City: Introducing a Concept». Brown Journal of World Affairs, n.º 11 (2005), p. 27-43.

Spiro, P.J. «State and Local Anti-South Africa Action as an Intrusion upon the Federal Power in Foreign Affairs». Virginia Law Review, vol. 72, n.º 4 (1986), p. 824.  

Notes:1- El Global Gateway es la principal estrategia de inversión exterior de la UE.

2- «Committee on International Trade and Foreign Relations, Export Development and Foreign Investment: The Role of the States and its Linkage to Federal Action». Washington D.C.: National Governors' Association (1981), p. 1.

3- Integrado por la Unión Internacional de Autoridades Locales (IULA, por sus siglas en ingles), la Federación Mundial de Ciudades Unidas, Metropolis, la Cumbre de las Grandes Ciudades del Mundo (Summit) y otras organizaciones regionales.

4- «Follow-up to The United Nations Conference on Human Settlements (Habitat II):  Local Implementation of the Habitat Agenda, including The Role Of Local Authorities». HS/C/18/3/Add.1 23 (noviembre de 2000).

5- Fundada en 1957 en Aix-les-Bains (Francia) e integrada por ciudades hermanadas de todo el mundo.

6- Summit Conference of Major Cities of the World (Summit). Nueva York es la única ciudad de los Estados Unidos que está presente en esta red fundada en 1985 y desaparecida en 2005.

7- La CGLU es el resultado del proceso de fusión de la IULA y la FMCU.

8- Estados Unidos cuenta con 14 ciudades de las 96 que integran el C40. Además, esta plataforma ha estado presidida en dos ocasiones por alcaldes estadounidenses: Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York (2010-2013) y Eric Garcetti, alcalde de Los Angeles (2019-2021).

9- S.4426 - City and State Diplomacy Act. 116th Congress (2019-2020). Sponsor: Sen. Cristopher Murphy.

10- H.R.4526 - City and State Diplomacy Act. 117th Congress (2021-2022). Sponsor: Rep. Ted Lieu

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DOI: https://doi.org/10.24241/NotesInt.2024/302/es

ISSN: 2013-4428