Las derechas neopatriotas en América Latina: contestación al orden liberal internacional

Fecha de publicación:
12/2020
Autor:
José Antonio Sanahuja y Camilo López Burian
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Fecha de recepción: 07.04.20

Fecha de aceptación: 14.09.20

Cómo citar este artículo: Sanahuja, José Antonio y López Burian, Camilo. «Las derechas neopatriotas en América Latina: contestación al orden liberal internacional». Revista CIDOB d’Afers Internacionals, n.º 126 (diciembre de 2020), p. 41-63. DOI: doi.org/10.24241/rcai.2020.126.3.41

Resumen: La crisis de 2008 marca el fin de la globalización como etapa histórica y orden hegemónico, poniendo en cuestión el orden liberal internacional. El fin del ciclo de las materias primas, que expresa ese cambio en América Latina, es el marco del ascenso de nuevas fuerzas de ultraderecha neopatriotas, de perfil nacionalista y soberanista, con fuertes retóricas antiglobalistas. Examinando factores de estructura y de agencia globales y nacionales, este artículo parte del ascenso de las derechas latinoamericanas neopatriotas para analizar sus matrices de política exterior e inserción internacional, mostrando como elementos comunes el alineamiento con Estados Unidos y la contestación a las normas y las instituciones regionales y al multilateralismo. Finalmente, examina en qué medida el ascenso de las nuevas derechas latinoamericanas, más allá de sus especificidades nacionales y regionales, forma parte de una tendencia o ciclo global de contestación al orden internacional liberal y la globalización.

Palabras clave: América Latina,derecha, crisis, globalización, antiglobalismo, contestación, orden liberal internacional

 

La crisis de 2008 marca el fin de la globalización, entendida como estructura histórica y orden internacional hegemónico. Ello comporta cambios estructurales en los modelos productivos –la división internacional del trabajo– y, tanto por razones de estructura como de agencia, pone en cuestión las instituciones, normas e ideas en las que se basó el orden liberal internacional de las tres décadas anteriores1. Ese cambio, de naturaleza estructural, tiene en América Latina rasgos propios: supone el fin del ciclo de las materias primas, con el que se insertó en la globalización, y su dinámica de expansión económica y avances sociales (Sanahuja, 2017b), situando a la región en un escenario más adverso en el comercio y las finanzas internacionales, de mayor vulnerabilidad externa y menor crecimiento. Como consecuencia, los avances sociales de ese ciclo expansivo –mejoras en el empleo y reducción de la pobreza, leve descenso de la desigualdad, mayor inclusión social y expansión de las clases medias– se estancan o retroceden. Ello conforma un escenario de demandas sociales insatisfechas, menor capacidad de los estados para afrontarlas, descontento social y reclamos de cambio político que han llevado, a lo largo del «superciclo» electoral 2017-2019, a la derrota del oficialismo en la mayoría de los países de la región y al ascenso de nuevas fuerzas de derecha «neopatriota», cuyo principal exponente es Jair Bolsonaro en Brasil. Se trata de un fenómeno distintivo respecto a etapas anteriores, ya que estas nuevas fuerzas de derecha se distinguen con claridad de la derecha liberal-conservadora presente hasta el momento en la región. Por otro lado, son la expresión latinoamericana –con sus características particulares– de la derecha y ultraderecha neopatriota en ascenso a escala global, representada por Donald Trump en Estados Unidos, Boris Johnson en el Reino Unido, Vladimir Putin en la Federación Rusa, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, o Narendra Modi en la India, entre otros. Con ello, América Latina también es parte de un fenómeno global asociado a esas nuevas derechas: el cuestionamiento o contestación del orden liberal internacional, el regionalismo, y el multilateralismo (Önis y Kutlay, 2020).

Considerando factores de estructura y de agencia, este artículo aborda el surgimiento de las nuevas derechas neopatriotas en América Latina, teniendo en cuenta tanto sus dinámicas nacionales como su relación con la crisis de la globalización. Se argumenta que existen factores causales de orden estructural imputables a esa crisis, así como factores de agencia presentes en cada país. Unos y otros, en conjunto, explican el ascenso electoral y en la esfera pública de estas nuevas derechas neopatriotas en el marco de los procesos de cambio político presentes en la región. El artículo señala sus características distintivas respecto a la más tradicional derecha liberal-conservadora. Y, a partir del caso brasileño, plantea algunas ideas sobre las visiones del mundo y las matrices de política exterior de estas derechas neopatriotas latinoamericanas y sus rasgos comunes, como el alineamiento con Estados Unidos y la contestación al regionalismo y al multilateralismo. En conclusión, más allá de los actores, mediaciones y especificidades nacionales y regionales, se sitúa a estas fuerzas dentro de una tendencia o ciclo global de ascenso de la ultraderecha y el nacionalismo extremo y, con ello, de cuestionamiento de la democracia liberal y de contestación a la globalización y al orden internacional vigentes.

Las nuevas derechas neopatriotas y sus rasgos distintivos

El ascenso de las derechas neopatriotas en América Latina no es solo una reacción contestataria al anterior ciclo de gobiernos progresistas enmarcada en el tradicional clivaje izquierda-derecha. En esas nuevas derechas se expresa también el nuevo clivaje normativo entre nacionalismo y cosmopolitismo presente en otras latitudes y, en particular, entre una posición favorable o contraria frente a la globalización y el orden liberal internacional. Por un lado, existen derechas liberal-conservadoras «globalistas» y cosmopolitas y, por otro, nuevas fuerzas de derecha y ultraderecha, que aquí denominamos «neopatriotas», que son marcadamente nacionalistas, contrarias a la globalización, e impugnan ese orden. Así, aunque unas y otras cuestionan el legado de organización regional de la etapa anterior, las segundas tienen como elemento diferenciador el nacionalismo extremo y el rechazo al globalismo, al orden liberal internacional y al multilateralismo, en cuanto a sus visiones de la política exterior.

En cambio, las fuerzas de derecha liberal-conservadora –identificadas con la visión del mundo de inspiración neoliberal del Foro Económico Mundial de Davos– son favorables a la democracia liberal y al libre comercio; asumen el globalismo como ideología y su institucionalización normativa u ordoglobalismo (Slobodian, 2018). Es decir, defienden la integración económica global y se alinean con las visiones de la tecnocracia de los organismos económicos multilaterales. En América Latina, como ha señalado Cannon (2016), esta tendencia, que cuenta con una mayor trayectoria, agrupa gobiernos como los de Sebastián Piñera en Chile (2010-2014 y 2018 hasta el presente), Mauricio Macri en Argentina (2015-2019), Pedro Pablo Kuczynski en Perú (2016-2018), Enrique Peña Nieto en México (2012-2018) o Michael Temer en Brasil (2016-2018). Esa visión, marcadamente ideologizada, impidió observar que la globalización ya se encontraba en crisis y en retroceso, que el sistema internacional se tornaba más cerrado y proteccionista de la mano de nuevos gobiernos de ultraderecha –en particular, el de los Estados Unidos de Donald Trump– y no iba a atender sus reclamos de apertura (Sanahuja y Comini, 2018).

Las nuevas derechas neopatriotas se caracterizan por mostrar un perfil ultranacionalista y soberanista, así como una fuerte retórica antiglobalista. Y más que a los sectores medios y altos, que se sienten más cómodos con la apertura económica y cultural, logran movilizar a quienes se sienten amenazados por la globalización, sea por razones socioeconómicas o por sus implicaciones socioculturales –rechazo a las sociedades abiertas y a la diversidad cultural, étnica o de orientación sexual–, especialmente a clases medias y medias bajas. Recurre a un discurso nacionalista y populista y, en algunos casos, se asocia a actores religiosos que reivindican valores tradicionales y un discurso de «ley y orden» relacionado con la remilitarización de la política (Verdes-Montenegro, 2019). Lo ilustran, sobre todo, la coalición que llevó al Gobierno de Brasil a Jair Bolsonaro en 2018, la que impulsó el golpe de Estado en Bolivia en 2019 o nuevas fuerzas como el Partido Republicano en Chile o Restauración Nacional en Costa Rica. En el ámbito económico, estas derechas tienen una relación ambivalente con el mercado global, como en el caso de Brasil, en el que mantienen el enfoque neoliberal arraigado en las derechas latinoamericanas (Cannon, 2016) coexistiendo con el rechazo, en clave nacionalista, a las instituciones regionales o globales de las que dependen los mercados abiertos.

De esta forma, el clivaje nacionalismo versus cosmopolitismo que se plantea en torno a la globalización –eminentemente ideológico– es el más relevante para caracterizar a estas nuevas derechas neopatriotas, que así se distinguen de las otras derechas más asentadas y abiertamente globalistas. En el marco analítico planteado por Luna y Rovira (2014: 3), respecto a la cuestión de la desigualdad, los posicionamientos políticos y el elemento sociológico (base electoral) serían los elementos distintivos en el tradicional clivaje o eje izquierda-derecha. Aquí se observa que unas y otras derechas comparten posiciones en torno a la cuestión de la desigualdad, sobre la que tienen posiciones muy similares; sin embargo, la hostilidad a la globalización y el multilateralismo, así como los sectores sociales a los que movilizan, son los elementos, en este caso, sobre los que descansa esa distinción. Ellos permiten diferenciar unas y otras derechas y, en particular, a la nueva ultraderecha representada por líderes como Trump y Bolsonaro, construida a partir del clivaje patriotas versus globalistas (Mudde, 2019: 20)

Asimismo, es importante señalar que aun teniendo en algunos casos rasgos populistas, estas nuevas derechas neopatriotas no pueden ser subsumidas dentro de esa categorización, cuya definición, además, es contestada y poco precisa. En el contexto de América Latina, como subrayan Mudde y Rovira (2017: 3), el término populismo se ha utilizado de manera muy distinta: puede aludir al planteamiento emancipatorio y de democracia radical de Laclau y Mouffe, o al utilizado por economistas liberales, de manera peyorativa, para cuestionar políticas redistributivas que suponen una gestión macroeconómica «irresponsable». También se utiliza, a menudo, de forma poco precisa y con connotaciones negativas para cuestionar liderazgos personalistas y estrategias políticas de movilización basadas en la apelación directa al pueblo, sin mediaciones institucionales propias de la democracia representativa. Más allá de estos usos politizados e inadecuados, desde el punto de vista analítico, Mudde y Rovira (2017: 6 y 27-29) abogan por una definición ideacional del término populismo: más que una ideología «gruesa» o «densa» (thick ideology), se trataría de una ideología «delgada» o «tenue» (thin ideology), eminentemente discursiva, que contrapone, de manera dualista, al pueblo y la élite, que niega el pluralismo y que puede asociarse tanto a elementos ideológicos de derechas como de izquierdas.  

En este sentido, aunque comparten algunos de sus rasgos característicos, y es parte de su origen, las nuevas derechas neopatriotas tampoco responden bien a lo que Cas Mudde (2007 y 2017) define como la «derecha populista radical», que cuenta con una larga trayectoria en los países avanzados. Según este autor, para que una fuerza política pueda ser encuadrada dentro de esa categoría, debe contar necesariamente con estos tres elementos definitorios: a) el nativismo, entendido como combinación de nacionalismo y xenofobia, orientado a una suerte de etnocracia, de base étnica, cultural y/o religiosa, en la que se contrapone a los autóctonos con la inmigración o el otro, y que niega la diversidad; b) el autoritarismo, que securitiza y criminaliza a quien no responde a un concepto conservador y restringido de ley y orden marcadamente tradicional y patriarcal, y c) el populismo, al contraponer al pueblo con la élite o la clase política. De hecho, en materia económica, estas fuerzas de derecha populista radical oscilan entre el neoliberalismo y planteamientos más estatistas o welfaristas, en respuesta a demandas de protección social frente al mercado o a las élites económicas. Contrarias, por lo general, a la globalización, la definen más en clave sociocultural –como rechazo a la inmigración, al pluralismo y a la diversidad cultural–, que en términos económicos. Si bien esta derecha ha sido tradicionalmente hostil a la globalización y al multilateralismo, así definida (Mudde, 2007: 187 y 193), esa oposición no ha sido uno de sus rasgos definitorios, como sí lo es en el caso de las nuevas derechas neopatriotas.

Finalmente, es necesario precisar qué se entiende por emergencia o ascenso de la nueva derecha neopatriota en cuanto actores políticos. Esta última noción alude tanto a la identidad e intereses desde los que un actor proyecta su estrategia, como a los recursos que utiliza para implementarla (Acuña y Chudnovsky, 2013: 36-49). En cuanto al carácter emergente, se refiere a su irrupción como novedad y actitud desafiante, así como al papel que adquieren en el sistema político, el cual puede definirse a partir de su labor en la oposición, su capacidad de veto, de forjar una coalición o de formar Gobierno (Sartori, 1980). Sin embargo, no se limita a esa dimensión: también se refiere a su capacidad de construcción discursiva y de agenda, que obliga a otros actores a reajustar sus posiciones. Al respecto, la derecha liberal-conservadora, en particular, se ve forzada por razones de competencia electoral a tomar distancia, o bien a asumir posiciones y agendas de estas nuevas derechas neopatriotas.

La crisis de la globalización como gran transformación: expresiones latinoamericanas

Tal como argumenta John Ikenberry (2018: 10), la crisis del orden liberal internacional es la expresión de una gran transformación de sus bases económicas y sociales que, en términos de Karl Polanyi (2007), pone en cuestión las asunciones colectivas sobre la democracia social y la legitimidad de todo el sistema. El cuestionamiento de la democracia liberal, de las relaciones de mercado, así como del orden liberal internacional, que plantea la ultraderecha a escala global puede verse como un «doble movimiento» o «contramovimiento» por el que las sociedades reclaman la protección del Estado frente al impacto, riesgos e incertidumbres de una globalización en crisis (ibídem).

Desde el método de las estructuras históricas de Robert W. Cox (1981), la globalización se puede considerar como una estructura hegemónica que conforma un sistema de dominación a través de un orden internacional hegemónico. Por ende, la crisis de la globalización se puede entender como «crisis orgánica» de ese sistema y, por ello, como crisis de hegemonía (Sanahuja, 2017a y 2019b). Los acontecimientos que marcan la crisis de la globalización –como la crisis financiera de 2008 o, para América Latina, el fin del ciclo de las materias primas se pueden percibir, en ese contexto de crisis de hegemonía, como coyunturas críticas. A partir de un shock exógeno que afecta a las estructuras históricas y genera una encrucijada, se abren o cierran opciones en términos de agencia para los actores sociales. Tiene un carácter fundacional o fundante –o, en su caso, refundante– en términos de ascenso de nuevos actores políticos, de nueva correlación de fuerzas, de cuestionamiento y redefinición de las normas e instituciones en las que se basa una estructura histórica, y de oportunidades clave para construir discursivamente nuevas narraciones y sentido y, con ello, nuevos principios y criterios de legitimidad2.

Estas dinámicas tienen factores causales locales, nacionales y en cada región, pero son parte de una dinámica global que vincula la crisis de la globalización con el «malestar en la democracia» (Sanahuja, 2019a). En los países avanzados, ese malestar responde a expectativas en descenso ante la erosión de los derechos sociales, la pérdida de ingresos, la precarización del trabajo y las relaciones sociales, así como la tendencia a una mayor desigualdad, que empieza a abrir brechas entre ganadores y perdedores de la globalización, o que se perciben como tales (Lakner y Milanovic, 2016). Además, las transformaciones económicas que se han acelerado tras la crisis de 2008 –en parte impulsadas por el cambio tecnológico– son un factor añadido que pone en cuestión el relato tecnooptimista de la globalización y las certezas sobre las que se ha basado el contrato social básico del que depende la legitimidad del orden social y político, tanto en el plano doméstico como en el internacional.

Con esta lente deben señalarse los profundos cambios sociales que ha experimentado América Latina: al calor de la globalización y del auge de las materias primas, se produjo una notable expansión de las clases medias, surgiendo una amplia franja de población no pobre pero vulnerable que, como la anterior, ha estado expuesta a los riesgos de una recesión económica que ya está presente. Este escenario supone una difícil combinación de desigualdad persistente y crecientes expectativas sociales en materia de consumo –acceso a servicios públicos, movilidad social ascendente y buen gobierno–, y también de frustración y descontento, al comprobarse que aquellas no se pueden materializar por varios factores interrelacionados: la recesión económica, la baja calidad de las políticas públicas y/o la persistente discriminación o segmentación en su acceso o provisión, la corrupción y la falta de transparencia, así como la resistencia de las élites a ceder privilegios o abrirse al cambio social. Estos sectores medios, junto con otros sectores más populares, fueron activados políticamente durante el ciclo del giro a la izquierda, pero ello no significa que hayan seguido apoyando a esas fuerzas sin una respuesta a sus expectativas y, aún más, incluso pueden empezar a cuestionar el conjunto del sistema político.

De hecho, desde 2014, con el fin de ciclo de las materias primas, la actividad económica se ha desacelerado y, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2019: 11), incluso antes del choque económico de la COVID-19, el período 2014-2020 ha sido el de menor crecimiento de los últimos 70 años. Como consecuencia, los avances sociales se han detenido, las sociedades son más vulnerables y ha vuelto a aumentar la pobreza, afectando especialmente a las nuevas clases medias y de la franja de personas que, no siendo pobres, son aún vulnerables, con empleos precarios, de bajos ingresos, y escasa o ninguna protección social. Todo esto ocurre en la región con los peores índices de desigualdad de renta a nivel mundial, a la que se suma la arraigada desigualdad generada por mecanismos de exclusión basados en el género o la etnia.

Crisis de la globalización, malestar en la democracia, voto indignado y aumento de la protesta social van de la mano. El resultado es una tendencia global de creciente desafección política y crisis de representación, que erosiona los sistemas de partidos y la legitimidad de la democracia liberal. Ello supone un amplio cuestionamiento de las élites, pone en cuestión las sociedades abiertas y el reconocimiento de la diversidad y, finalmente, se traduce en la aparición de líderes y fuerzas políticas que, sea en la oposición o en el Gobierno, impugnan la globalización y el orden liberal internacional.

El ciclo electoral 2017-2019 mostró un escenario más fragmentado y polarizado, y la gran mayoría de fuerzas y líderes políticos no renovaron su mandato. En parte, esto responde a una amplia crisis de representación y al voto de protesta contra las élites y la mayor desconfianza en partidos e instituciones (Zovatto, 2019). Factores importantes son la corrupción y falta de transparencia y rendición de cuentas, así como la baja calidad de los servicios públicos y el aumento de la violencia y la inseguridad. Como se indicó, el ascenso de las clases medias, junto a la presencia de sectores vulnerables, suponen demandas crecientes sobre gobiernos débiles para proveer bienes públicos, afrontar conflictos distributivos, regular los mercados protegiendo a la ciudadanía, a los consumidores y al territorio y el medio ambiente, así como gestionar las políticas públicas.

La creciente insatisfacción de la ciudadanía de la región con la forma en la que funcionan las democracias muestra los peores resultados de la serie histórica del Latinobarómetro desde 1995. La proporción de personas insatisfechas pasó de 51% a 71% de 2009 a 2018 (Latinobarómetro, 2018). Un factor importante es la «captura de políticas» por parte de las élites (Oxfam, 2018). Entre 2006 y 2018, la proporción de personas que pensaba que se gobernaba «para unos cuantos grupos poderosos en su propio beneficio» pasó del 61% al 79%, y las cifras más elevadas se encontraban en Brasil (90%) y México (88%). En ambos países, el «voto indignado» explicaría la elección de presidentes que se perciben como ajenos al establishment tradicional (Latinobarómetro, 2018: 38-39).

En este sentido, aunque con rasgos propios, América Latina se sincroniza con una tendencia global de desafección democrática y de cuestionamiento del orden liberal internacional. El «voto indignado», cuando no la protesta social directa, expresa la «rebelión contra las élites» de la que se nutre y, a la vez, retroalimenta el discurso «pueblo versus élites» también presente en América Latina. En la propagación de estas narrativas y discursos tienen un papel clave unos medios de comunicación más polarizados e ideologizados que nunca. Incide también el manejo de las emociones colectivas a través de las redes sociales, cuyos algoritmos –basados en las preferencias personales– generan bucles cognitivos autorreferenciales que potencian esos discursos y transforman la arena política en muchos países, tornándola más polarizada e ideologizada. Capaces de responder con mucha rapidez, dichas redes también fragmentan la esfera pública frente a unos mecanismos de deliberación, representación y mediación política de la democracia liberal en franco retroceso, rezagados respecto a los cambios socioeconómicos y tecnológicos actuales. El «malestar en la democracia» que caracteriza a la región conduce así al cuestionamiento de las élites, las normas y las instituciones, así como de los mecanismos de gobernanza tanto en el plano nacional como transnacional. En la región, fueron ejemplos de esto las izquierdas cosmopolitas y globalistas representadas por el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, o las izquierdas antiglobalistas del Movimiento al Socialismo boliviano o el chavismo venezolano. Posteriormente, ese cuestionamiento ha alcanzado a las derechas globalistas, como el Gobierno de Michel Temer, también en Brasil, el de Mauricio Macri en Argentina, o el de Peña Nieto en México.

A lo anterior se suman las tensiones sociales que han irrumpido en América Latina a lo largo de 2019. En un plazo breve, un buen número de países (Honduras, Nicaragua, Ecuador, Chile, Bolivia y Colombia) se han visto sacudidos por amplias protestas sociales. Perú también vivió una crisis política relacionada con la corrupción vinculada al caso Odebrecht. A ello se suma la crisis de Venezuela, que ha generado un éxodo poblacional masivo. Con ello, el panorama de relativa estabilidad que ofrecía América Latina de la mano de un ciclo de gobiernos liberal-conservadores se evaporó en pocos meses. Sin embargo, en tanto factores causales de carácter estructural, la crisis de globalización y el malestar en la democracia no presuponen que emerja una respuesta política predeterminada. Vista en términos de coyuntura crítica, esta situación amplía las posibilidades para la agencia y el cambio; pero, que la respuesta se encamine por vías electorales o irrumpa a través de la protesta social, o que sea inducida, capitalizada o encauzada por fuerzas políticas progresistas, de ultraderecha, o tenga carácter anómico, dependerá de la mediación de actores y de circunstancias o especificidades tanto globales como regionales y nacionales. La emergencia de una nueva derecha antiglobalista o neopatriota en la región debe entenderse en ese contexto de cambio, e integra tanto factores causales de estructura como de agencia que exigen, en cada caso, el correspondiente esfuerzo de análisis e interpretación.

En suma, la crisis de la globalización define, de esta manera, un escenario más propicio para la contestación al orden internacional vigente por parte de nuevos actores políticos y sociales. Esta contestación se refiere a «la gama de prácticas sociales que expresan discursivamente la desaprobación de las normas» (Wiener, 2017: 112). De manera más específica, Hooghe et al. (2019) analizan la contestación a las organizaciones internacionales como la disputa ideologizada en torno a las normas y mecanismos que les brindan legitimidad de origen, proceso y resultados. Se trata, en suma, de un proceso de repolitización y cuestionamiento del orden liberal internacional, en sus dimensiones nacional, regional y global –y de sus discursos universalistas y cosmopolitas– y, en particular, de las teleologías de progreso humano de la globalización en términos de inclusión, seguridad y certeza. Ese cuestionamiento se dirige tanto a la derecha globalista como a la izquierda cosmopolita, y encuentra un eco favorable en gran parte de los perdedores o autopercibidos perdedores de este proceso, sea en términos materiales o simbólicos (Grande y Kriesi, 2012; Grande y Hutter, 2016; Höglinger, 2016). Ello comporta un «retorno de la política» o repolitización que, en este caso, adopta un tono marcadamente populista, nacionalista y anticosmopolita, con un discurso de protección que la ultraderecha invoca con éxito (Zürn, 2014, Mudde y Rovira, 2017) tanto en su dimensión económica, como sociocultural (Kriesi et al, 2012). Forma parte de un movimiento reaccionario o backlash sociocultural (Norris e Inglehart, 2019) que alientan nuevos líderes y partidos que logran definir la agenda política y movilizar a sectores desafectos (Kriesi, 2012; Dolezal, 2012).

En América Latina, el ascenso de los sectores sociales subalternos y/o excluidos generó también un movimiento de rechazo que aparece, en particular, en el discurso punitivista que marcó los ciclos electorales brasileño y costarricense en 2018 (Natanson, 2018) y uruguayo en 2019, junto a la reivindicación –a menudo alentada por las iglesias evangélicas– de los valores tradicionales de un pasado imaginario donde la patria, la cultura, la comunidad, la familia y el orden tradicional no eran subvertidos o corrompidos por las demandas de reconocimiento de los derechos de sectores subalternos en ascenso, de la diversidad social o de los valores de apertura del cosmopolitismo globalizador. Un ejemplo claro es el rechazo virulento a la agenda de derechos de las mujeres o de los colectivos LGBTIQ, con el cuestionamiento de una supuesta «ideología de género».

La emergencia de «neopatriotas» en América Latina

En diferentes países de la América Latina, las derechas neopatriotas aparecen como actores emergentes que impactan en el sistema a partir de su ideología y el efecto de su acción política y discursiva, llegando su ascenso, en algunos casos, a que lideren el Gobierno o formen parte de las coaliciones de gobierno. Como se verá a continuación, varios ejemplos ilustran la emergencia y el ascenso de estos actores en la región. Se seleccionaron casos para ilustrar las diferentes formas en que los neopatriotas influyen en la toma de decisiones y, en concreto, se toma Brasil como caso típico para profundizar y mostrar en la siguiente sección el vínculo entre las categorías conceptuales que se proponen en este artículo y sus premisas teóricas, además de la plausibilidad de la inferencia descriptiva que planteamos.

Así, establecemos los siguientes grupos de países: un primer grupo, con los casos de Costa Rica y Chile como ejemplos, muestra a actores políticos emergentes que logran impactar discursivamente en el sistema y la agenda política, generando reacciones en otros actores; un segundo grupo lo constituye Uruguay, donde la derecha neopatriota integra la coalición de gobierno; y, por último, un tercer grupo, integrado por Brasil y Colombia, presenta a las derechas neopatriotas en el Gobierno.

En Costa Rica, la candidatura ultraconservadora del pastor evangélico Fabrizio Alvarado, líder de Restauración Nacional (RN), se impuso en las elecciones presidenciales de 2018 en la primera vuelta, y cerca estuvo de lograr el triunfo en la segunda al quedar a corta distancia de Carlos Alvarado, candidato progresista del Partido de Acción Ciudadana. Con el respaldo evangélico, Fabrizio Alvarado polarizó la campaña con su rechazo al matrimonio igualitario, como respuesta a una resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que, a petición del Gobierno costarricense, había declarado su constitucionalidad. RN utilizó esta circunstancia para cuestionar, en clave soberanista, la sujeción de Costa Rica a las organizaciones y normas internacionales. El rápido ascenso de RN dislocó el tradicional sistema de partidos en el país, y mostró que las democracias más asentadas –en las que se dan por hechos ciertos consensos políticos– y las sociedades relativamente más cohesionadas también se ven afectadas por los cambios estructurales –la creciente desintegración social– y por factores de agencia como la aparición de actores políticos que se presentan como outsiders del sistema, con planteamientos soberanistas, retórica reaccionaria y, en ocasiones, con tintes religiosos y discursos y prácticas de polarización. El ascenso de RN evidencia, en concreto, que esos cambios generan espacios más favorables a «emprendedores políticos» y a dinámicas de polarización, en las que se cruzan factores socioeconómicos y las «guerras culturales» en torno a los valores y la identidad (Fuentes, 2018).  

En Chile, por su parte, la derecha adoptó un programa más liberal y moderado a fin de ganar competitividad electoral, dejando «huérfana» a una parte de su electorado (Rovira, 2019) potencialmente movilizable por un emprendedor político neopatriota frente al desgaste de la matriz globalista. En 2019, José Antonio Kast, exdiputado de la derechista Unión Demócrata Independiente (UDI), fundó el Partido Republicano (PR) que logró el 8% de los votos en las elecciones presidenciales de noviembre de 2017. Este partido tiene un discurso excluyente, autoritario, punitivista y securitario, y es abiertamente reaccionario en materia de aborto e igualdad de género. Reivindica el legado del pinochetismo y defiende propuestas ultraconservadoras, que han sido secundadas por las iglesias evangélicas, frente a las demandas para reformar la Constitución de 1980. En este sentido, apela a un marco religioso, moral e ideológico que afirma la desigualdad natural entre los seres humanos, hace apología a la propiedad privada y reivindica a las Fuerzas Armadas como reserva moral de la nación (Walder, 2019). Su líder, quien se vincula con el ideólogo de la ultraderecha global, Steve Bannon, y con la nueva ultraderecha española de Vox, ha endurecido su discurso sobre el Gobierno de Piñera, al que rotula como «derecha cobarde» (Soto, 2019), logrando definir su agenda y que sus planteamientos sean naturalizados e incorporados al discurso de las derechas tradicionales. Al respecto, por ejemplo, Piñera ha adoptado en materia de seguridad pública un discurso y práctica crecientemente punitivista frente a la protesta social, con el fin de no ser calificado como «débil» o «cobarde» por la ultraderecha. Pero, en este país, el PR no es el único caso de derecha neopatriota, ya que el Movimiento Social Patriota está camino de constituirse como partido, reivindicando a Orban, Salvini, Trump y Putin y, al igual que Bolsonaro, oponiéndose a lo que denominan «ideología globalista» y afirmando la existencia de una supuesta conspiración global contra lo nacional.

En el ámbito de política exterior, en 2018 el Gobierno de Piñera comenzó a mostrar posiciones soberanistas más conservadoras, en contraste con su presidencia anterior (2010-2014), impugnando el orden liberal internacional, entre otros aspectos, debido a los incentivos que generaba la presencia de un competidor por la derecha. Así lo evidencia la abrupta retirada de Chile del Pacto Mundial por una Migración Segura, Ordenada y Regular de Naciones Unidas –Acuerdo de Marrakech– de diciembre de 2018, acompañando en estas posiciones a Estados Unidos, Hungría, Israel, Italia y República Dominicana. En materia de derechos humanos, en abril de 2019 Chile se alineó con otros países con gobiernos de derecha para dirigirse a la OEA, cuestionando que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos no tuviera presente los «valores culturales» de cada país, en alusión a sus resoluciones –relativamente avanzadas–, en materia de igualdad de género, matrimonio igualitario y derechos LGTBIQ. Respecto a la cuestión ambiental, Chile rechaza el Acuerdo Regional sobre el Acceso a la Información, la Participación Pública y el Acceso a la Justicia en Asuntos Ambientales en América Latina y el Caribe (Acuerdo de Escazú).  

En Uruguay, las elecciones de 2019 marcaron el fin de 15 años de gobierno del Frente Amplio, un partido encuadrable en la izquierda cosmopolita. El vencedor Partido Nacional responde a un tipo de derecha globalista, como es también el caso del segundo socio de la coalición, el Partido Colorado. La novedad la aporta el tercer partido socio, Cabildo Abierto (CA), una fuerza política encuadrable en la derecha neopatriota que, liderada por el excomandante en jefe del Ejército, el general retirado Guido Manini Ríos, controla una porción relevante del Parlamento y del gabinete ministerial. Presenta un discurso punitivista y securitario, conservador y refractario a la agenda de nuevos derechos impulsados por la izquierda cosmopolita. En su ideario, propone un retorno a las «tradiciones nacionales», se centra en la familia y rechaza la inmigración y la «ideología de género», además de cuestionar el papel de algunas instituciones internacionales en clave soberanista. Asimismo, de forma cada vez más visible y sostenida, crece también el papel político de los evangélicos, pese a que Uruguay es un país de larga tradición laica.

En cuanto a Colombia, en 2018 Iván Duque triunfó en las elecciones presidenciales, en el marco de la consolidación del uribismo y, en parte, como reacción frente a los cambios inducidos por los acuerdos de paz firmados en 2016 entre el anterior gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del pueblo (FARC-EP) (Gamboa, 2019). Tauss et al. (2019) interpretan a la derecha colombiana como líder de un bloque de poder contrainsurgente de alcance regional. Este bloque, liderado por Duque, se desplaza más a la derecha estrechando lazos con Estados Unidos, por ejemplo, al manifestar su apoyo al candidato de Trump para presidir el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Mauricio Claver​-Carone3, o endureciendo la posición hacia Venezuela y frenando los procesos de integración que buscaban mayor autonomía regional frente a la influencia estadounidense. El crecimiento de la extrema derecha colombiana también se nutre del rechazo, por parte de grupos ultraconservadores e iglesias evangélicas de cuño neopentecostal, a las demandas de igualdad de género. Aunque, como señala Gil (2018), esta cuestión –que siguió activa en los círculos pentecostales y más conservadores– tuvo menos prominencia en el debate público de los candidatos a la Presidencia en 2018, donde se recurrió, en cambio, al recurso retórico del «castro-chavismo» y Venezuela para estigmatizar a la izquierda.

Por último, el ejemplo más notorio de derecha neopatriota en la región lo representa el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, que capitalizó el descontento activando aspectos latentes en la desigual sociedad brasileña, como son las tendencias autoritarias y conservadoras. Con mensajes adaptados a los perfiles de sus potenciales votantes, por primera vez, fue clave el papel de las redes sociales, más que la televisión, difundiendo desinformación y fake news (Chagas-Bastos, 2019: 95); aunque debe señalarse que también contó con el apoyo de Rede Record, segundo canal más importante del país, propiedad de Edir Macedo, fundador, líder y obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios. Ello evidencia la creciente influencia política de las iglesias evangélicas pentecostales y neopentecostales. El propio Bolsonaro, evangélico sin dejar de ser católico, es el primer presidente brasileño con un discurso claramente pentecostal. Su primer acto público tras ser electo fue una oración dirigida por un pastor, y su lema de campaña: «Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos». Ese discurso, cercano a la derecha religiosa de Estados Unidos, se opone a la «ideología de género» y al «comunismo», como marcador estigmatizante de cualquier expresión de izquierda. De esta forma, Bolsonaro se erige en representante de un fuerte conservadurismo de base religiosa que busca rescatar «valores tradicionales» y la familia, supuestamente amenazados por la delincuencia, la corrupción, el feminismo y la homosexualidad (Oliveira y Veronese, 2019), así como por la agenda de derechos de colectivos LGTBIQ. En este sentido, sería también el defensor de un «orden natural» de la sociedad amenazado por las demandas de igualdad de los afrodescendientes y de los pueblos originarios, así como por las políticas para los sectores subalternos por razones de etnia, género o clase. Bolsonaro polarizó el discurso en la campaña presentándose como un outsider, sin serlo. En clave populista, invoca al «hombre común» que «toma el control» de la nación frente a las élites, al establishment político (Norris e Inglehart, 2019) y, en particular, al PT. En suma, la derecha neopatriota, en su versión brasileña, se encuentra liderando un Gobierno. En la siguiente sección se examinan sus acciones en el ámbito internacional, donde protagoniza una fuerte contestación al orden liberal internacional. 

El caso de Brasil: los neopatriotas latinoamericanos y su proyección regional y global

El Gobierno de Jair Bolsonaro es la expresión latinoamericana más clara del backlash iliberal (Hunter y Power, 2019) que analizamos en este artículo. En su accionar se visibilizan las formas de contestación al orden liberal internacional y regional de las derechas neopatriotas latinoamericanas, así como su conexión con dinámicas de contestación más amplias que esas fuerzas protagonizan a escala global.

En el seno del Gobierno brasileño pueden identificarse distintas preferencias de política exterior (Caetano et al., 2019). Los denominados «cruzados», entre los que se encuentra el canciller Ernesto Aráujo (Frenkel, 2019), muestran el perfil más ideologizado, en el que el alineamiento con Estados Unidos parece constituirse como un vector claro. Desde una posición marcadamente antiglobalista, Araújo sostuvo que Trump «puede salvar a Occidente» (Rodrigues, 2019: 3). En consecuencia, Brasil ha abandonado la búsqueda de la autonomía en su política exterior, una de las ideas centrales en sus tradiciones diplomáticas. Se trataría de una estrategia de «contestación subordinada», lo que quedaría ilustrado por el apresurado anuncio –luego matizado– de trasladar la embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén o por el endurecimiento del discurso frente a Cuba y Venezuela. A este alineamiento se sumaron otros gobiernos de derecha, como los de Colombia, Hungría, Israel, Italia y Polonia. Con ello, se abandona la autonomía de Brasil y América del Sur como objetivo de la política exterior, pero no para adoptar una política exterior pragmática o «realista», sino una visión muy ideologizada basada en narrativas religiosas y/o mitológicas a fin de interpretar los problemas internacionales contemporáneos tales como el cambio climático, la migración, la intervención militar o el papel de Naciones Unidas (Milani, 2019). En este sentido, el canciller Ernesto Araújo rechaza expresamente la «ideología globalista», afirma que Europa es un «espacio culturalmente vacío», desconfía del multilateralismo –el propio Bolsonaro señaló la posibilidad de aban­donar Naciones Unidas (En Órbita, 2019)– y desprecia la fundamentación científica del cambio climático, a la que calificó de «complot marxista» (Actis, 2019: 56-57).

En términos generales, los neopatriotas latinoamericanos convergen con las derechas globalistas en la entonación neoliberal, privatizadora y aperturista de la política económica. Sin embargo, la gran diferencia es su cuestionamiento al multilateralismo y el fuerte énfasis en la bilateralización de la agenda económico-comercial, con un discurso que apela a un supuesto pragmatismo, pero que es acorde a la estrategia que impulsa Washington de volver a acuerdos bilaterales de comercio administrado. El cuestionamiento que hacen al orden liberal internacional se dirige, en particular, a las organizaciones internacionales y de integración y cooperación regional. Estas derechas confrontan la institucionalidad y la autoridad internacional que regula temas como la migración y el libre comercio, y ponen en tela de juicio la legitimidad del Estado de derecho entre los estados (Hooghe et al., 2019).

En un claro viraje de la política exterior, Bolsonaro rechazó acoger la sede de la Conferencia de Cambio Climático-COP25 de 2019; ha hecho amago de retirarse del Acuerdo de París, siguiendo la estela de Estados Unidos, lo que ha provocado que la UE advierta de que ello impediría la ratificación del acuerdo UE-Mercosur; se ha retirado del Pacto Mundial por una Migración Segura, Ordenada y Regular de Naciones Unidas (Rodrigues, 2019: 6); y ha vetado la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, desde una retórica soberanista, que además ha eliminado del Plan Plurianual 2020-2023 del Gobierno de Brasil. En el plano bilateral, Alemania y Francia cuestionaron la política de Bolsonaro frente a los incendios en la Amazonia (Casarões y Flemes, 2019) y, al respecto, el mandatario brasileño desplegó un discurso soberanista en Naciones Unidas señalando: «Quiero reafirmar mi posición de que cualquier iniciativa de ayuda o apoyo a la preservación de la selva amazónica, o de otros biomas, debe ser tratada en pleno respeto a la soberanía brasilera»4.

Si bien la posición brasileña respecto a las organizaciones internacionales es claramente confrontativa, en el ámbito regional en cambio es más ambivalente. Aquí, mientras coincide con las derechas globalistas en el enfoque eminentemente comercial y liberalizador hacia Mercosur, al mismo tiempo plantea dudas sobre su compromiso real con esta organización, al abandonar cualquier pretensión de liderazgo regional y sin tener una estrategia clara ni para América del Sur ni para el Mercosur. Este hecho hace que la región no sepa cómo responder a la posición brasileña, lo que genera un vacío de liderazgo en América del Sur. Su vinculación al Grupo de Lima, creado en 2017 para presionar al régimen venezolano de Nicolás Maduro, es sobre todo una expresión de su alineamiento con Trump (Tokatlian, 2019). Brasil se sumó pronto al grupo de gobiernos de derecha que en abril de 2018 suspendieron su participación en la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), alegando su sesgo «bolivariano», para posteriormente anunciar su salida definitiva. Asimismo, se sumó a la iniciativa liderada por los presidentes de Colombia, Iván Duque, y de Chile, Sebastián Piñera, para crear el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur) en marzo de 2019. Presentada como una alternativa «pragmática» y «desideologizada» a Unasur, en realidad esta nueva plataforma ha nacido fuertemente marcada por la debilidad institucional y la afinidad ideológica de sus miembros (Sanahuja, 2019c). Finalmente, en enero de 2020 Brasil también impugnó la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) por su supuesto sesgo «bolivariano».

Estos acontecimientos muestran que las derechas globalistas y neopatriotas han coincidido en un proceso de contestación institucional y normativa –altamente ideologizada– a la integración regional y al regionalismo. Ello ha llevado a la crisis de las organizaciones regionales del llamado «regionalismo posliberal», cuya consecuencia más directa ha sido el desmantelamiento de las capacidades existentes para la gobernanza regional y la pérdida de la limitada condición de actor que esas organizaciones habían conferido a la región en el plano internacional. Estas prácticas y discursos de contestación normativa e institucional, aunque a veces se justifican en nombre del pragmatismo, están cargadas de contenido ideológico. La impugnación del regionalismo latinoamericano es, por lo tanto, parte del cuestionamiento del orden liberal internacional que protagonizan estas derechas neopatriotas. Una contestación discursiva –pero también de las instituciones y la política– legitimada desde narrativas conservadoras, nacionalistas y/o de extrema derecha, acompañada de prácticas que, en tanto factores de agencia, convergen, junto con los aspectos estructurales antes señalados, para explicar la crisis actual de la cooperación y la integración regional latinoamericana. De esta forma, la región también se acompasa, con mediaciones y lógicas particulares, a un ciclo global de ascenso del nacionalismo y la extrema derecha y de contestación material y normativa al regionalismo y la integración (Sanahuja, 2019c).

Finalmente, un factor de agencia relevante es el relacionamiento internacional que estas derechas prefieren y pueden impulsar. Orellana y Michelsen (2019) señalan que no deberíamos esperar de parte de las derechas neopatriotas una mera negación del internacionalismo, sino una nueva definición de lo internacional desde discursos y acciones que impugnan el orden vigente. En la elaboración de una nueva arquitectura normativa, la clave sería la confrontación de identidades diferenciadas. Para ello, el desmantelamiento de las normas liberales es fundamental, a fin de poder reelaborar la institucionalidad sobre principios transaccionales, de poder e identitarios. Según estos autores, esto daría lugar a un «internacionalismo reaccionario». Como señala Gilberto Rodrigues (2019: 2), Bolsonaro contactó en su campaña con Bannon, cuyo proyecto principal, tras ser expulsado del Gobierno de Trump, ha sido construir una internacional de ultraderecha. En dicho proyecto, el Brasil de Bolsonaro tendría un papel crucial en América Latina como pivotal state (ibídem: 2), y similares contactos se han producido con Kast en Chile. Defender la civilización frente al globalismo parece ser la consigna, aunque según Bannon la inmigración debiera ser el elemento más destacado para la estrategia de polarización que es funcional al ascenso de la ultraderecha «neopatriota». Como señaló el canciller Araújo, se trata de «desacralizar la inmigración, combatiendo la ideología del “inmigrante intocable”, del derecho universal a la migración sobreponiéndose a la soberanía nacional» (Bilenky, 2018).

Como marco discursivo, este internacionalismo reaccionario de la extrema derecha neopatriota también da forma a las respuestas políticas a la pandemia de coronavirus. Sus líderes despliegan una vez más la retórica nacionalista y populista con cálculos políticos a corto plazo, cuestionando el conocimiento científico,  y en una lógica de confrontación con los países vecinos, con China, Europa u otros. De alguna manera, la cooperación internacional, así como sus instituciones y sistema de gobernanza, están siendo sometidos a una prueba sustancial. Esta crisis de salud global también se convierte, de esta forma, en el escenario del conflicto entre las instituciones y las normas de una globalización en crisis y los desafiantes discursos nacionalistas de un nuevo internacionalismo reaccionario.

Conclusiones y reflexiones finales

El surgimiento de las derechas neopatriotas es parte del «contramovimiento» que opera dentro de la gran transformación que significa la crisis de globalización. Ese proceso combina factores causales de estructura y de agencia. Los cambios en las fuerzas productivas que definen esa crisis suponen un freno a certidumbres, expectativas y demandas sociales, lo que alienta reclamos a la protección del Estado y abre opciones para la aparición y ascenso de fuerzas políticas que definen nuevos clivajes que trascienden el eje izquierda-derecha: homogeneidad versus diversidad social, cultural y de identidad de género; sobre los derechos de las mujeres, o la aceptación de la inmigración, y, en particular, nacionalismo versus cosmopolitismo/globalismo. El cuestionamiento a la globalización y sus instituciones y reglas es el elemento común que caracteriza, de manera distintiva, a estas nuevas derechas como «neopatriotas» –más que su carácter populista o nativista– y las distingue, en el contexto latinoamericano, de la más tradicional derecha liberal-conservadora. El caso brasileño, en particular, es una muestra de las visiones del mundo y las matrices de política exterior de estas derechas neopatriotas latinoamericanas y de sus rasgos comunes, como el alineamiento con Estados Unidos y la contestación al regionalismo y al multilateralismo. Con ello, América Latina se inscribe en una dinámica ya verdaderamente global de contestación al orden liberal internacional, al regionalismo y al multilateralismo

La crisis de la globalización es una coyuntura crítica, y la configuración política resultante seguramente condicionará la trayectoria global y regional futura. Por ello, si la contestación al orden liberal internacional y regional encierra el germen de un nuevo internacionalismo reaccionario, también podría hacer que estemos frente a la posibilidad latente de procesos políticos alternativos, desde valores y posiciones progresistas a partir de esos mismos condicionantes estructurales, con la emergencia de otros actores y haciendo presentes otros factores de agencia. 

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Notas:

1. Para la caracterización detallada de la crisis de la globalización, véase Sanahuja (2017a y 2019b).

2- Sobre este concepto véase, por ejemplo, Capoccia y Kelemen (2007).

3- Hasta agosto de 2020, Brasil y Bolivia también manifestaron su apoyo a este candidato.

4. Véase: Discurso do Presidente da República, Jair Bolsonaro, na abertura da 75ª Assembleia Geral da Organização das Nações Unidas (ONU) – Português (Brasil) (www.gov.br). Nueva York, 24 de septiembre de 2019.