La derecha chilena en la encrucijada: la contrahegemonía de los liderazgos subnacionales y solidarios

Fecha de publicación:
12/2020
Autor:
Stéphanie Alenda, Julieta Suárez-Cao y Carmen Le Foulon
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Fecha de recepción: 27.04.20

Fecha de aceptación: 14.09.20

Cómo citar este artículo: Alenda, Stéphanie; Suárez-Cao, Julieta y Le Foulon, Carmen. «La derecha chilena en la encrucijada: la contrahegemonía de los liderazgos subnacionales y solidarios». Revista CIDOB d’Afers Internacionals, n.º 126 (diciembre de 2020), p. 65-87. DOI: doi.org/10.24241/rcai.2020.126.3.65

Resumen: Este artículo muestra que la dicotomía «lo nuevo» versus «lo viejo» resulta insuficiente para aprehender las continuidades y rupturas entre las viejas y nuevas formaciones políticas de derecha en Chile. La actual centro-derecha chilena es más compleja, sus adaptaciones ideológicas recientes revelan una mayor diversificación de sus sensibilidades internas. Una encuesta representativa de los estratos dirigentes de la actual coalición gobernante Chile Vamos da cuenta de ello. Hoy, la sensibilidad mayoritaria del sector es puesta en tela de juicio por quienes sustentan posiciones más afines a una mayor intervención del Estado; y algunos de los principales protagonistas de esta batalla son las autoridades subnacionales, lo que traslada la disputa territorial al interior de la coalición de gobierno. Así, lo nuevo en esta centro-derecha posee diferentes aristas: desde una renovación en ciertas posiciones valóricas a la revitalización de una sensibilidad pro-Estado impulsada por líderes subnacionales.

Palabras clave: Chile, derecha, Chile Vamos, élites, adaptaciones ideológicas, líderes subnacionales, contrahegemonía 

Las autoras agradecen a los proyectos Fondecyt Regular n.º 1191083 y n.º 1151503 por su aporte para llevar adelante la investigación. 

Stéphanie Alenda, profesora asociada, Facultad de Educación y Ciencias Sociales, Universidad Andres Bello (salenda@unab.cl), ORCID: 0000-0003-0185-7615; Julieta Suárez-Cao, profesora asociada, Instituto de Ciencia Política, Pontificia Universidad Católica de Chile (julieta.suarez@uc.cl), ORCID: 0000-0001-5278-5151; Carmen Le Foulon, investigadora, Centro de Estudios Públicos (clefoulon@cepchile.cl), ORCID: 0000-0002-0127-8157. 

 

Plantear la pregunta de investigación sobre los cambios, o «lo nuevo», en la centro-derecha chilena –que llegó por segunda vez al poder en las elecciones de 2017– obliga, en primer lugar, a tomar en cuenta una dimensión coyuntural que ha alterado la agenda pública y el programa de gobierno de la coalición Chile Vamos1, en un contexto de fuerte desconfianza en las instituciones políticas: el estallido social que tuvo como fecha de inicio el 18 de octubre de 2019 y, a partir del mes de marzo de 2020, los avances de la pandemia del COVID-19 que han puesto entre paréntesis la protesta social. De manera incremental, las transformaciones estructurales anheladas por los manifestantes del estallido, pero también la puesta en evidencia de la cobertura desigual de los sistemas de salud en el mundo y la presión de la pandemia sobre las arcas fiscales, han puesto en el centro de la atención el rol fundamental del Estado en la disminución de las desigualdades y el fortalecimiento de la democracia2. En segundo lugar, además de este foco en el eje redistributivo, la pregunta invita a examinar el perfil de la coalición de gobierno –sus características sociológicas e ideológicas– tomando como momento bisagra el ánimo refundacional con el que se inició el primer Gobierno de Sebastián Piñera en 2010, en el que se planteó institucionalizar una «nueva derecha» que tomara distancia de la herencia pinochetista y fuese susceptible de convertirse en un referente mayoritario, competitivo y legítimo. Más allá del discurso, esta renovación se plasmó en la fundación de nuevos partidos como Evolución Política (Evópoli), que nació como movimiento en 2012, y en la aparición de nuevos think tanks que buscaron revigorizar las ideas del sector (Alenda et al., 2020a).

Una de las formas de poner en evidencia los cambios en la actual coalición de gobierno consiste en comparar los posicionamientos de sus cuadros dirigentes respecto al eje Estado-mercado, con el perfil ideológico de la derecha que se reconfigura al alero del régimen de Pinochet. Otra forma reside en atribuir esta renovación a los partidos nuevos, bajo el supuesto de que, desde los años setenta del siglo pasado, dichos partidos son un producto posindustrial y reflejan la disminución del impacto de la clase social y la ideología en la política (Harmel y Gibson, 1995). En Chile Vamos, esta hipótesis implica indagar sobre el carácter posideológico de Evópoli en relación con la derecha tradicional representada por Unión Demócrata Independiente (UDI) y Renovación Nacional (RN), a partir de las tipologías existentes sobre los nuevos partidos. Estas ponen el acento en su condición posprogramática de tipo catch-all y su preocupación por la forma más que por la sustancia de la política (Sikk, 2012).

Este artículo busca mostrar que la dicotomía «lo nuevo» versus «lo viejo», cuando toma en cuenta únicamente la antigüedad de los partidos, resulta insuficiente para aprehender las continuidades y rupturas entre las viejas y nuevas formaciones políticas de derecha en Chile. La centro-derecha chilena actual debe ser comprendida a partir de sus transformaciones sociológicas y adaptaciones ideológicas recientes que revelan una mayor diversificación de sus sensibilidades internas. Al respecto, se concluye que tanto el estallido social como la crisis sanitaria del COVID-19 han dado una mayor visibilidad a quienes aquí identificamos como «solidarios», en el interior de Chile Vamos, así como a los liderazgos locales por encima de los nacionales, lo que ha desatado una batalla de ideas en el seno de la coalición.

El análisis se estructura de la siguiente manera: en primer lugar, se presentan los rasgos adquiridos por la derecha chilena desde sus orígenes, su reconfiguración durante el régimen militar, así como su progresiva adopción de una estrategia adaptativa mediante la cual ha buscado acercarse al centro político. En segundo lugar, se explora empíricamente lo anterior, considerando la irrupción en 2015 de un nuevo partido en el sector y sobre la base de un doble eje: la comparación del rol que los tres partidos de la coalición gubernamental atribuyen al Estado y al mercado, y sus posiciones sobre temas llamados «posmateriales» (Inglehart, 1977 y 1990) o coyunturales. Se pone en evidencia que lo «nuevo» en Chile Vamos tiene raíces tanto en términos partidarios como de sensibilidades políticas. En tercer lugar, se bucea en las disputas recientes de la coalición a partir de la crisis social y política de 2019, seguida de la pandemia del COVID-19 hasta la actualidad. Se explora la contraofensiva de las élites «solidarias» que desafían la hegemonía de la derecha tradicional y las estrategias del Gobierno para lidiar con esas discrepancias. Por último, en las conclusiones se delinea el futuro probable de la derecha en Chile.

 

Orígenes y transformaciones recientes de la derecha chilena

En los estudios contemporáneos sobre la derecha latinoamericana (Gibson, 1996; Chalmers, et al., 1992; Middlebrook, 2000) prevalece una definición sociológica de los partidos conservadores inspirada en el estudio de Edward Gibson (1996) sobre el conservadurismo en Argentina. En ella, los sectores altos de la sociedad son presentados como «el núcleo central y perdurable de apoyo» (core constituency) de aquellos partidos que, para ser electoralmente exitosos, han de movilizar un electorado multiclasista en torno a un proyecto político común.

Un libro reciente sobre la derecha chilena (Alenda, 2020a), sin embargo, ha dado un respaldo empírico a una definición ideológica de la derecha3, al poner en evidencia que ese núcleo central era susceptible de evolucionar bajo efectos cruzados, como una mayor diversificación de sus relaciones sociales (Pelfini y Rueda, 2020) o la disolución de los clivajes tradicionales. Así, la derecha chilena mantendría un núcleo duro doctrinario enraizado en una visión tradicionalista y/o religiosa del mundo –compatible con la doctrina neoliberal, como veremos más adelante–, lo que explica que permanezcan en el tiempo ciertos principios claves tales como el culto a la familia, depositaria de los valores morales, o la defensa de la vida desde el momento de la concepción. El estudio repara, no obstante, en la evolución y adaptación de estos principios, lo que ejemplifican en particular las visiones contrastadas que las derechas tienen respecto a las desigualdades. Mientras las posiciones más ortodoxas defienden la existencia de jerarquías naturales, el liberalismo, por el contrario, pone el foco en los logros más que en las posiciones heredadas, según lo cual las desigualdades derivarían del mérito. Una vertiente del socialcristianismo –expresada a través de una derecha intelectual, heterodoxa, centrada en la defensa de los valores tradicionales amenazados por la mundialización a ultranza y el apego irrestricto al mercado– ha reparado, por su lado, en los efectos nefastos de un capitalismo desenfrenado (Mansuy, 2019). En este sentido, resulta cuestionable la definición de Bobbio (1995), retomada por Luna y Rovira (2014: 3), la cual establece como diferencia fundamental entre derecha e izquierda el hecho de concebir, la primera, las desigualdades como naturales y difíciles de erradicar y, la segunda, como construcciones sociales «superables en una agenda propicia al cambio social». Según los autores, esta «definición ideológica mínima» definiría principalmente a la derecha por su posición sobre el eje Estado-mercado y sus reticencias a promover políticas redistributivas tendientes a corregir niveles extremos de desigualdad. Alenda et al. (2020a: 96), en cambio, invitan a complejizar la mirada sobre «la» derecha chilena tomando en cuenta sus tres tradiciones de pensamiento (Rémond, 1982 [1954]): a) el conservadurismo valórico que se opone al cambio de las costumbres y convierte a la familia en su base primordial (Pereira, 1994); b) una noción del papel del Estado basada en el «equilibrio justo» de raigambre socialcristiana que lo habilita para subsanar las falencias del mercado con miras a mejorar la justicia social4, y c) el liberalismo económico que asume en Chile posiciones ortodoxas.  

A partir de los años cincuenta y sesenta5, el corporativismo y el nacionalismo se van a combinar con estas tradiciones, contribuyendo a la emergencia de una «nueva derecha», pero sin alcanzar a constituirse en una de ellas a la par del conservadurismo, el liberalismo y el socialcristianismo. Aunque el corporativismo remite al fascismo europeo de entreguerras, se plasmó en Chile a través de la influencia de los teóricos tradicionalistas españoles (Moulian y Torres, 1988). Esta ideología pretende organizar la economía, en particular, y la sociedad, en general, en asociaciones intermedias –las corporaciones–, con miras a restablecer un ordenamiento católico tradicionalista. Asimismo, el corporativismo no es propio de ninguna tradición partidista, sino que puede verse desde la democracia cristiana chilena, en el mismo gremialismo6 (Alenda, et al., 2020a), pero también en los principios fundantes del Gobierno militar (Cristi y Ruiz, 1992: 13). Durante la dictadura, el corporativismo converge con las enseñanzas de Hayek y la Escuela de Economía de Chicago. El principio de subsidiariedad expresa cabalmente esta confluencia, ya que poseeuna doble vertiente: por un lado, la línea corporativista heredera del franquismo español y recelosa de los partidos7 y, por el otro, una línea neoliberal que busca circunscribir la intervención estatal en el mercado a las situaciones en las que las personas o grupos no pueden ser autosuficientes.

La hegemonía neoliberal terminó así generando un consenso en la derecha que oscureció las divisiones tradicionales, puesto que el principio de subsidiariedad se apropió de la discusión Estado-mercado, y generó políticas que focalizaron el gasto público en los grupos más vulnerables8. Durante los años ochenta, se instaló un acuerdo sobre «la defensa de la sociedad libre», expresado en particular por un sector de RN, que buscó dar impulso a una democracia de los acuerdos, corriéndose hacia el centro político (Cañas, 1992; Godoy, 2005; Mackinnon, 2005). Esa relativa apertura se caracterizó al mismo tiempo por una fuerte identificación con el legado económico del régimen de Pinochet. Por su parte, la UDI, más doctrinaria y monolítica (Alenda, 2014), recién adoptó a principios de este siglo una estrategia de moderación programática. Finalmente, la primera elección de Sebastián Piñera en 2010 consagró ese ímpetu posideológico al abogar por una «nueva derecha» en el marco de un proyecto político que «expandía el abanico de temas a derechos humanos, protección del medioambiente, justicia social, seguridad laboral y pueblos originarios» (Alenda, et al., 2020b: 130-131; véase también Hinzpeter, 2010).

Más allá del discurso, la idea de una «nueva derecha» se encarnó en cierta renovación ideológica del sector en reacción a las movilizaciones estudiantiles de 2011, la cual desembocó en la creación de nuevos referentes partidarios de corte liberal como Evópoli, fundado como partido en 2014, o Amplitud, fruto efímero de una escisión del ala liberal de RN el mismo año9. En Evópoli se asentó también, progresivamente, un discurso liberal cultural que reorientó las diferencias entre «conservadores» y «liberales» hacia aspectos de orden moral (divorcio, matrimonio igualitario, etc.) (Díaz, 2016: 489). Estas tradiciones de pensamiento, junto con las ideologías que vieron la luz a partir de los años cincuenta y sesenta y formatearon a la derecha chilena durante el régimen militar, se actualizan hoy en «sensibilidades políticas» (Ansart, 1982: 143) que podemos distinguir empíricamente. Así, tres sensibilidades se encuentran presentes en la dirigencia actual de Chile Vamos, plasmando visiones distintas sobre el rol deseable del Estado en la economía (Alenda et al., 2019). La sensibilidad subsidiaria, mayoritaria, es heredera del «Chicago-gremialismo» que marca la confluencia entre liberales y católicos en dictadura; la ultraliberal, minoritaria, se origina en un liberalismo económico más ortodoxo, y la solidaria es la que más se vincula con las tradiciones históricas de pensamiento mencionadas (ibídem, 2019), dado su carácter estatista-conservador y de raíz socialcristiana. Estas sensibilidades presentan la característica llamativa de distribuirse de manera análoga al interior de los partidos, aun en Evópoli, de creación más reciente.

En suma, la derecha chilena sigue un patrón de adaptación basado en dos aspectos distinguibles: una mayor apertura a cuestiones de orden moral, expresada en particular por Evópoli, y la contraofensiva de las élites solidarias quienes –en medio del estallido social de 2019 y la pandemia del COVID-19 en 2020– disputan a la hegemonía subsidiaria ciertas estrategias de gobierno para lidiar con la crisis. 

La nueva cara de la derecha chilena: posmaterialismo y sensibilidades en disputa10

Dentro de la coalición Chile Vamos conviven tres sensibilidades. En términos operacionales, a diferencia de las categorías partidarias que son autoreportadas, dichas sensibilidades fueron construidas a partir de las respuestas de los y las dirigentes a dos preguntas relacionadas con el rol deseable del Estado en la economía11. Si bien la mayoría de la dirigencia sigue siendo de sensibilidad subsidiaria, es posible observar cómo, en segundo lugar, destaca la sensibilidad solidaria, y que existe una minoría de dirigentes ultraliberales. Desde el punto de vista de los partidos, y como muestra la figura 1, este patrón se repite con unas pocas salvedades (Alenda et al., 2020a)12.

figura 1_derecha Chilena

Resulta sorprendente que las tres sensibilidades se repliquen en el interior de los partidos, puesto que la emergencia de un nuevo partido como Evópoli podría haber conllevado la expresión de posturas más heterodoxas en lo que atañe al rol del Estado en la economía. Sin embargo, las tipologías existentes sobre los nuevos partidos muestran que no todos ellos son ideológicos ni desarrollan una relación conflictiva con los partidos tradicionales (Lucardie, 2000). De hecho, Evópoli integra una coalición de gobierno en la que intenta ocupar un espacio relevante. Al mismo tiempo, realiza un aggiornamiento ideológico del sector (Alenda et al., 2020c)13. En los datos recogidos, entonces, las mayores diferencias entre partidos no se observan en el eje Estado-mercado –el cual define las sensibilidades–, sino en relación con los valores posmateriales. Este resultado es coincidente con la literatura especializada que sostiene que las nuevas organizaciones partidarias suelen surgir para articular demandas en torno a nuevos problemas o a cuestiones desatendidas por los partidos tradicionales, estando al mismo tiempo inmersas en las interacciones estratégicas y coacciones institucionales propias de los sistemas políticos (Harmel y Robertson, 1985; Inglehart y Adeweg, 1993; Hug, 2001; Sikk, 2012)14.  

En la figura 2 se puede observar dentro de cada partido el porcentaje que está de acuerdo o muy de acuerdo con las siguientes políticas públicas cercanas al ideario posmaterial alrededor del mundo: la despenalización del aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y la despenalización del consumo de marihuana. En el caso específico de Chile, la controversia sobre la reforma constitucional, aunque coyuntural, también puede incluirse en este espectro por tratarse de un asunto no material. La Constitución vigente, si bien reformada varias veces, data de la dictadura y su cambio constituye una reivindicación histórica de la agenda de izquierdas. La derecha ha tendido a defender el legado de Pinochet y, con ello, la legitimidad de la actual ley fundamental, por lo cual resulta interesante observar cómo se posiciona Evópoli en calidad de partido nuevo vis a vis sus socios de coalición. En todos estos temas, se puede corroborar que este partido presenta diferencias sustantivas y estadísticamente significativas con los demás integrantes de Chile Vamos15.

figura 2_derecha Chilena

Los datos evidencian dos resultados interesantes. Por un lado, el alto grado de desacuerdo con la despenalización del aborto de la derecha chilena en general; un tema que sigue uniendo a los partidos de Chile Vamos más allá de su fecha de creación. Por otro lado, la claridad con la que Evópoli se distingue de sus socios en temas cercanos a la moral religiosa –como el matrimonio igualitario– y al legado de Pinochet –como el apoyo a una nueva Constitución–. De hecho, este último asunto cobra una relevancia mayor con posterioridad a la crisis social y política de 2019. Ante el escenario del plebiscito por la nueva Constitución, reprogramado el 25 de octubre de 202016 debido a la pandemia del COVID-19, fue Evópoli el único de los tres principales partidos de Chile Vamos que se encolumnó inicialmente a favor del cambio (Rivas, 2020), mientras que la UDI se decidió por apoyar al rechazo (El Mostrador, 2020a) y RN dejó en libertad de acción a sus militantes17. Se puede asimismo considerar que Evópoli renueva hasta cierto punto a la derecha, acercándose al tipo ideal del partido «purificador» (Lucardie, 2000), pues solo moderniza a la centro-derecha mediante la liberalización de su apoyo a cuestiones morales y posmateriales, en la línea del «nuevo» Partido Conservador británico y su giro «pragmático» (Norman, 2014: 222)18. Si esta nueva cara de la derecha ha sido posible gracias a Evópoli, es porque este logró irrumpir en el coto de caza de los partidos tradicionales de derecha, manteniéndose a la vez dentro de la coalición de gobierno. Ello le ha permitido traer cierto aire fresco sobre algunos temas sin revisitar de manera profunda las posiciones de la coalición, en particular en lo tocante a la dicotomía Estado-mercado. Esta formación activa además un clivaje posmaterial reflejado en el perfil tanto etario como religioso de su dirigencia, lo que permite entender el mayor liberalismo moral del partido, en sintonía con las transformaciones culturales recientes de la sociedad chilena19.

Esta renovación tiene, sin embargo, sus límites. Si se observan las reformas asociadas al eje Estado-mercado, se repite el patrón constatado al mirar las sensibilidades. La figura 3 muestra así que no existen diferencias en la proporción de dirigentes que está de acuerdo con eliminar el lucro en la educación, o bien aumentar los impuestos a las grandes empresas, lo que vuelve a los partidos de Chile Vamos indistinguibles respecto a políticas públicas en el ámbito de la economía.

figura 3_derecha Chilena

Las diferencias de actitudes en la élite dirigente de la coalición pueden ser entendidas tanto a través de un efecto de partido, como de un efecto de sensibilidad. Si los partidos dividen la coalición a lo largo de líneas organizacionales, las sensibilidades cortan a estos de manera homogénea, expresando las diferentes visiones de la dirigencia con respecto al rol deseable del Estado en la economía. En este sentido, el potencial de renovación de la derecha chilena radica también en las diversas sensibilidades presentes en ella. Como se observa en la figura 4, existen importantes diferencias –sustantivas y estadísticamente significativas– en el grado de acuerdo según la sensibilidad a las políticas públicas relativas a la economía.

figura 4_derecha Chilena

Tanto en la deseabilidad de eliminar el lucro en la educación como en la de aumentar los impuestos a las grandes empresas, las élites solidarias presentan actitudes distinguibles de las élites subsidiarias o ultraliberales y son más favorables a una intervención mayor de Estado en la economía. La encuesta muestra que, en el seno de la coalición, ya existía en 2016 un núcleo de dirigentes que apoyaban una agenda más alejada de la zona de confort tradicional de la derecha en Chile. Estas posiciones, que han adquirido mayor visibilidad en el marco de la crisis social, política y sanitaria, vienen a cuestionar la hegemonía neoliberal forjada en la dictadura. En la próxima sección se ahonda sobre dichas crisis y sus efectos acumulativos sobre el fortalecimiento de los liderazgos solidarios. 

Las tensiones en el interior de la coalición Chile Vamos

La segunda Administración de Sebastián Piñera (iniciada en marzo de 2018) ha enfrentado circunstancias extraordinarias marcadas por las crisis social y política que comenzaron el 18 de octubre de 201920, a las que se sumó la pandemia del COVID-19 unos meses más tarde. En su transcurso, el Ejecutivo se vio desbordado por diferentes tipos de actores (ediles, pero también una institución policial demasiado autónoma, expertos que fiscalizaron el actuar del Gobierno en materia de control de la pandemia o un «parlamentarismo de facto» percibido como disruptivo en relación con un régimen presidencial exacerbado)21. Se vio también presionado a apoyar políticas fuera de la zona de confort de la derecha, entre las cuales cambiar la Constitución y aumentar la intervención del Estado en la economía. Como se mostró en la sección anterior, en la coalición ya existían voces a favor de estas medidas. Tanto el respaldo de Evópoli a una reforma constitucional instalada por el Gobierno de la presidenta Bachelet en 2016, como el apoyo de los solidarios a una mayor injerencia estatal, son ejemplos de sectores de derecha que han logrado sintonizar con la nueva agenda política que emergió de las diferentes crisis22. Las políticas relacionadas con una mayor intervención del Estado en la economía pueden entonces vincularse con esta sensibilidad solidaria distribuida de manera relativamente homogénea en los partidos.

Aunque esta última no represente a la mayoría de las élites de la coalición, es posible argumentar que la influencia de estas ideas no depende linealmente de la proporción de dirigentes que las profesan, siendo relevante el factor del liderazgo entendido en cuanto protagonismo de figuras individuales que puedan instalar exitosamente su visión del mundo. La disputa sobre cómo salir de la crisis se ha trasladado así en el interior de la coalición de gobierno, tensionando a las élites tanto entre partidos, por el cambio de la Constitución, como entre sensibilidades, por el mayor rol que le corresponde jugar al Estado. Esta última tensión ha llegado a su paroxismo con la pandemia, que plantea desafíos a la vez sanitarios y económicos, y pone en el banquillo de acusados a un Gobierno que debe al mismo tiempo cuidar la salud física de sus habitantes frente al COVID-19 y el tejido socioeconómico del país.

En este contexto, este artículo muestra que la confluencia de estas crisis ha fortalecido a los liderazgos solidarios. De hecho, las figuras más prominentes de la coalición que se han enfrentado al Gobierno central mostrándose a favor de medidas intervencionistas son ejemplos de líderes solidarios. El exalcalde de Puente Alto y actual senador, Manuel José Ossandón (RN), y el excandidato presidencial y actual alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín (UDI), han sido las personalidades mejor evaluadas por la opinión pública en medio del estallido social. Según la última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) de diciembre de 2019, los políticos de la coalición que ocupaban las posiciones más destacadas eran Joaquín Lavín, Manuel José Ossandón y Cathy Barriga con el 20% o más de valoración positiva. Por su parte, el expresidente de RN –actual ministro de Defensa–, Mario Desbordes, que en la encuesta CEP de mayo de 2019 tenía una valoración similar a la del exsenador de RN –actual ministro de Relaciones Exteriores–, Andrés Allamand, subió en diciembre en su posición relativa23. Si el Gobierno había priorizado una agenda ortodoxa en relación con el rol del Estado, el estallido social, primero, y la pandemia, después, pusieron en cuestionamiento la capacidad de esa agenda para dar respuesta a los trances actuales.

Estos liderazgos solidarios de derecha comparten en su mayoría otra característica que es interesante recalcar en un sistema de gobierno tan centralizado como el chileno. Las primeras voces que se alzaron en el interior de la coalición, criticando las decisiones del Gobierno durante el estallido social y posteriormente durante la pandemia, fueron las autoridades locales, alcaldes y alcaldesas y senadores y diputados con una trayectoria ligada a la política local. Son los alcaldes quienes gozan de un mayor respaldo de parte de la opinión pública. En la misma encuesta CEP de diciembre de 2019, mientras un 81% consideraba que el Gobierno de Sebastián Piñera había actuado mal o muy mal, y un 80% opinaba lo mismo del Congreso y un 72% de la oposición, ese porcentaje caía a 50% en el caso de los alcaldes. Según la encuesta Cadem del 13 de abril de 2020, un 77% evaluaba muy positivamente su gestión ante la crisis del COVID-19, versus un 28% que aprobaba la gestión presidencial de la pandemia. Así, los solidarios en general, pero también en particular quienes tienen una relación de mayor cercanía con la ciudadanía, levantaron su parecer disidente respecto al rumbo económico y también político del Gobierno, proponiendo medidas alternativas.

Dos ejemplos dan cuenta de esta tendencia protagónica de las autoridades locales: uno relacionado con la crisis social y el otro con la pandemia del COVID-19. En las primeras semanas posteriores al estallido social, cuando el Gobierno no podía controlar la violencia de la revuelta y la represión ya había conseguido titulares en la prensa mundial, fueron los y las alcaldes quienes impulsaron una consulta a la ciudadanía sobre la posibilidad de cambiar la Constitución, viendo en ello una potencial salida política a la crisis social. «Aquí estamos poniendo una primera piedra para que a través de los municipios se propongan soluciones para resolver las justas demandas sociales, y así recuperar la paz, la tranquilidad y honrar la institucionalidad del país», dijo a la prensa Raúl Torrealba (RN), alcalde histórico de la comuna de Vitacura, la más rica de Chile (Saleh, 2019). La consulta ciudadana concitó un apoyo transversal y ejerció presión sobre el Gobierno y los actores nacionales quienes, semanas después, acordaron llamar a un plebiscito vinculante sobre el cambio a la Constitución.

De hecho, las figuras más prominentes de la coalición a escala local declararon su apoyo al cambio de la ley fundamental, aún en contra de sus partidos, como fue el caso de los ediles ligados a la UDI –Joaquín Lavín (Las Condes) y Rodolfo Carter (La Florida)24–, o pertenecientes a RN –Felipe Alessandri (Santiago) y Luis Sanhueza (San Miguel)–. Como se ha mencionado anteriormente, es el alcalde de Las Condes quien tiene una mejor imagen en la ciudadanía y se perfila como el principal presidenciable de la centro-derecha, a pesar de tener una posición contraria a la mayoría de la coalición en lo relativo al cambio constitucional y al modelo económico vigente. En una columna de opinión publicada en El Mercurio, realizó una defensa del cambio de la ley fundamental, usando la analogía de que la actual Constitución es como un «traje» que se lleva puesto y ya no queda bien. Criticó también mordazmente a la élite: «El club cerrado le hace daño a Chile. Nos limita. Nos pone techo al impedir que todos los talentos puedan ser aprovechados al máximo» (Lavín, 2020; véase también Muñoz, 2020).

Durante la pandemia, los alcaldes de la coalición impugnaron también al exministro de Salud, Jaime Mañalich (Neira, 2020). Destacando el protagonismo del alcalde de Puente Alto Germán Codina (RN y delfín político del senador Ossandón) y de la alcaldesa de Maipú Cathy Barriga (Independiente pro-UDI y nuera de Joaquín Lavín), algunos de los alcaldes adoptaron posturas cercanas a la sensibilidad solidaria y se volvieron los principales opositores al manejo de la crisis sanitaria por el Gobierno nacional. El alcalde Codina denunció que «el principal problema de los municipios es que las medidas económicas de La Moneda no se concretan» (citado en Becerra, 2020), impidiendo que los gobiernos locales puedan intervenir en el manejo de la emergencia sanitaria. Por su parte, la alcaldesa de Maipú, que lideraba junto con su suegro la aprobación de la ciudadanía en medio de la pandemia, según la encuesta Cadem del 13 de abril, no ha ocultado su molestia a raíz de que su comuna no fuera declarada en cuarentena en medio de la estrategia gubernamental de contención de los contagios (Ilustrado.cl, 2020). Escaramuzas similares se replicaron en diferentes comunas –por ejemplo, de parte del alcalde Claudio Radonich (RN) de Punta Arenas (La Prensa Austral, 2020)–, evidenciando que la pandemia vino a profundizar la tendencia a convertir a las autoridades locales en portavoces privilegiados de las preocupaciones ciudadanas, más allá de las líneas partidistas. 

Conclusiones: ¿el camino doble de la renovación en Chile Vamos?

En este artículo se ha argumentado que dos elementos centrales dan cuenta de una potencial renovación de la derecha. Por un lado, la emergencia de una nueva organización política a través de Evópoli trajo aire fresco sobre ciertas ideas, despegando a la coalición de su identificación con la dictadura de Augusto Pinochet y actualizando sus posiciones con respecto a temas posmateriales. Por otro lado, se observa un fortalecimiento del protagonismo de los liderazgos solidarios que tensionan a la coalición con respecto a lo que fuera la amalgama más fuerte de Chile Vamos, que no había siquiera cuestionado la irrupción de Evópoli: la convicción de que el Estado solo debía intervenir de manera subsidiaria.

Mientras el estallido social y la esperanza de una convención constituyente reactivaron el debate ideológico sobre el tipo de Estado que surgiría del conflicto, la crisis del COVID-19 dio un paso más al rehabilitar el rol del Estado a través de los millonarios paquetes que fueron adoptados para rescatar las economías mundiales (Castillo, 2020). La crisis actual constituye una ventana de oportunidad para cambiar en el largo plazo la percepción del Estado, cuyo papel se encuentra revalorizado en el marco de la pandemia. Esta valoración toca tanto el ámbito de la protección social a través de la relevancia atribuida al sistema sanitario y a los hospitales públicos25, como del orden y seguridad a través de un repunte en la aprobación de la Policía de Investigaciones, Carabineros y el Ejército, instituciones que venían muy deslegitimadas por las denuncias de violación a los derechos humanos durante el estallido social26.

Así, mientras la crisis social y política impulsó el tema constitucional, la crisis del coronavirus entrega a los liderazgos solidarios la posibilidad de hacer valer sus ideas en un contexto de nuevo protagonismo del Estado. Con ello, la renovación de la derecha podría consolidarse más allá de la defensa de valores posmateriales. Si bien la fluidez del momento dificulta establecer predicciones acabadas, las encuestas más recientes y el reciente nombramiento del exalcalde de la comuna Estación Central como Ministro del Interior, siguen confirmando el protagonismo de los liderazgos solidarios y subnacionales en la política chilena. 

Referencias bibliográficas

Alenda, Stéphanie. «Les avatars de la ‘nouvelle droite’ chilienne: la fabrique d’une institution partisane (1967-2010)», POLITIX. Revue des sciences sociales du politique, nº106 (27), 2014, p.135-161.

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Notas:

1- La crisis estalló a raíz de un anuncio del Gobierno Piñera de subir las tarifas del metro, lo que desencadenó la protesta de centenares de escolares que invitaron a eludir el pago del pasaje. La represión de los intentos de saltar los torniquetes condujo a una espiral de evasión-represión que fue in crescendo hasta el enfrentamiento entre manifestantes y las fuerzas del orden. El 18 de octubre de 2019, se añadió a los disturbios el incendio simultáneo de nueve estaciones del metro en Santiago, tras lo cual fue decretado el estado de emergencia. En pocos días, las movilizaciones se masificaron a nivel nacional. Aunque mayoritariamente pacíficas, fueron acompañadas de saqueos y ataques incendiarios a 25 estaciones de metro. Las protestas mantuvieron su intensidad (el 26 de octubre dio lugar a la marcha más masiva desde el retorno de la democracia, de más de un millón de manifestantes), al igual que la inusitada violencia, hasta el estallido de la crisis del coronavirus.

2- Sobre la gestión del estallido social, véase Alenda (2020b).

3- Por supuesto, estos no son los únicos temas que tensionan a la coalición. La temática de género venía ganando especial relevancia en Chile con las tomas feministas de las universidades en 2018, que generaron un amplio respaldo a las demandas feministas (Reyes-Housholder y Roque, 2019), también de parte de figuras de la centro-derecha. De hecho, algunas de las propulsoras de la paridad de género en la próxima convención constitucional y de la extensión del posnatal de emergencia fueron diputadas de Chile Vamos. En el interior de la coalición, coexisten con figuras más cercanas a los movimientos conservadores, algunos cercanos al evangelismo, que están vehementemente en contra de derechos como la identidad de género, el matrimonio igualitario y la educación sexual integral. Cabe subrayar que estas temáticas, aunque alejadas del foco de este artículo, representan una línea de diferenciación en el seno de la centro-derecha.

4- Es importante notar que todos los personajes políticos caen en valoración positiva, pero algunos caen más que otros por lo que las posiciones relativas cambian. Así, Mario Desbordes que pasa de un 22% de valoración positiva a un 18%, sube en términos relativos, mientras que Lavín, Ossandón y Barriga se mantienen como los mejor evaluados de la coalición.

5- Rodolfo Carter militó en la UDI hasta el año 2014.

6- En la encuesta Criteria de marzo de 2020, un 85% estimaba que los hospitales públicos son la institución cuyo rol es el más relevante para superar la crisis del coronavirus.

7- Según la encuesta Cadem del 6 de abril de 2020, la aprobación de su trabajo registró un alza significativa respecto al mes de marzo, ubicándose a la par de las municipalidades.

8- Al cierre de este artículo (noviembre de 2020) ya se ha celebrado el plebiscito, con unos resultados que dieron ganadora a la opción de cambio constitucional de manera contundente. Su aprobación arrasó con un 78% de los votos, mientras la convención constitucional, que era uno de los dos órganos elegibles para redactar el texto de la nueva Constitución se impuso con un 79%. Según la encuesta Cadem del 25 de octubre de 2020, aproximadamente un tercio del electorado de derecha optó por el «Apruebo» (véase: https://www.cadem.cl/wp-content/uploads/2020/10/Post-Plebiscito-VF.pdf .  

9- Según el presidente de RN, el diputado Mario Desbordes (citado en El Mostrador, 2020b): «Una mayoría está por la opción rechazo, no sé cuánto, un 60 por ciento (de militantes) por lo menos. Pero hay una minoría importante, que no es del 10 por ciento, no es del 5 por ciento (…) La mayoría o muchos de nuestros alcaldes están por el “apruebo”. Hay diferentes puntos de vista». Con respecto a Evópoli, después de un apoyo inicial al Apruebo decidieron con posterioridad dejar en libertad de acción a su militancia.

10- Sin embargo, otros analistas relevaron que dicho giro no puso en cuestión los principios fundamentales de la herencia de Margaret Thatcher (Hayton, 2016: 54).

11- Una de las características diferenciadoras de Evópoli es ser el partido más joven de Chile Vamos. Resaltan en él los menores de 45 años, mientras los mayores de 65 solo alcanzan al 4%, versus el 18% en la UDI y el 31% en RN. Los niveles de religiosidad diferencian también a Evópoli de sus socios de coalición, pues el partido concentra el mayor porcentaje de los que no se identifican con una religión (35% versus. 7% y 12% en la UDI y RN, respectivamente) (Alenda et al., 2020b: 181 y 184). 

12- En este sentido, Evópoli se aparta en particular de la tipología de Sikk (2012) en no ser una organización que solo busque un cambio de formas más que de sustancia, lo que Sikk denomina partidos «de lo nuevo».

13- En perspectiva comparada, las nuevas cuestiones que han dado origen a las nuevas organizaciones partidarias han sido generalmente del orden de lo posmaterial, ligadas a temas medioambientales o identitarios que surgieron con el paso a las sociedades posindustriales (Inglehart, 1977 y 1990). Sin embargo, el clivaje posmaterial no siempre se ha visto activado a través de la emergencia de nuevos partidos (Hug, 2001; Harmel y Robertson 1985) y los casos en que esto sí sucedía han coincidido con ventanas de oportunidad institucionales que facilitaran la emergencia de organizaciones nuevas y su éxito (Rüdig, 1990; Hauss y Rayside, 1978).

14- En todos los casos, los intervalos de confianza y los test estadísticos están calculados utilizando la corrección por muestra finita (Lohr, 2009).

15- Coalición compuesta por tres referentes principales: la Unión Demócrata Independiente (UDI), Renovación Nacional (RN) y Evolución Política (Evópoli).

16- Los tiempos de reconstrucción suelen entregar protagonismo al aparato estatal, fenómeno al que la derecha no ha sido ajena como evidencian, por ejemplo, las reformas emprendidas por Bismarck a fines del siglo xix, que convirtieron a Alemania en una gran precursora en materia de protección social; o mediante los estados de bienestar que se edificaron en Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial, basándose en acuerdos políticos amplios y transversales.

17- En la línea de otros estudios que devolvieron a la ideología cierta primacía para definir a la derecha (Borón, 2000; Cannon, 2016; Luna y Rovira, 2014).

18- El filósofo Hugo Herrera (2014) distingue una «tradición nacional-popular» que incluimos en esta segunda concepción por su carácter estatista y porque no reúne las condiciones para constituirse en familia de pensamiento siguiendo la definición de Rémond: no tiene suficiente duración histórica ni la coherencia que le permita subsistir. Como muestran Fernández y Rumié (2020), el «intento de renovación nacionalista de la derecha» fue una empresa más bien intelectual.

19- Esta etapa histórica es vista por la historiografía como un momento de «ruptura» (Benavente y Araya, 1981) o «discontinuidad histórica» (Moulian y Torres, 1988) porque termina con la predominancia de los partidos de derecha decimonónicos.

20- Corriente de pensamiento inspirada en el corporativismo franquista que fue, desde fines de los años sesenta, el sustento doctrinario de un movimiento conservador que dará nacimiento a la UDI (Alenda, 2014). La UDI nace como partido en 1988 tras abandonar el conglomerado de unidad entre partidos y movimientos de derecha, Renovación Nacional, a raíz de divergencias estratégicas y de liderazgos.

21- Como explica Ruiz (1992: 120), «lo que constituye propiamente la cabeza del cuerpo socio-político, el poder político, no debe intervenir en la sociedad sino en “subsidio” de las debilidades o de las incapacidades de los cuerpos intermedios, ya que cada uno de ellos tiene fines naturales que cumplir».

22- La figura del Chicago Boy, Miguel Kast, es sintomática de esta visión del rol deseable del Estado en la economía (Lavín, 1988).

23- Vio también la luz una nueva generación de think tanks representantes de diferentes sensibilidades: Horizontal (liberalismo cultural), la Fundación para el Progreso (libertarianismo) y el Instituto de Estudios de la Sociedad (socialcristianismo).

24- Esta sección se basa en los resultados de una encuesta representativa a dirigentes de la coalición Chile Vamos. Para construir la muestra se utilizó el registro de dirigentes proporcionado por cada directiva. Una vez validado, para RN y la UDI se generó una muestra en base a un diseño estratificado por cargos y, dentro de cada estrato, se procedió a un muestreo aleatorio sin reemplazo. En cambio, se realizó un censo en Evópoli, dado el tamaño reducido del universo de dirigentes (N=114). La encuesta se aplicó desde mediados de noviembre 2015 hasta finales de octubre de 2016, logrando una alta tasa de respuesta (91% en Evópoli; 65% en la UDI y 47% en RN). Se abarcaron diferentes aspectos relativos a las características y a la vida interna de los partidos: el perfil socioeconómico de la dirigencia, sus trayectorias políticas, sus percepciones sobre el funcionamiento interno de cada organización y sus idearios respectivos. Este artículo se centra en los posicionamientos ideológicos de la dirigencia tanto en el eje redistributivo como sobre cuestiones posmateriales o coyunturales.

25- Así, los ultraliberales son los que se mostraron en desacuerdo con que: «El Estado debe implementar políticas redistributivas para los grupos vulnerables» (13% de la muestra); los subsidiarios estuvieron de acuerdo con esto, pero mostraron su desaprobación con que el Estado deba «aumentar la carga tributaria personal para financiar políticas del ámbito de la protección social» (55,5%); y los solidarios se mostraron a favor de ambas afirmaciones (31,5%).

26- Las figuras muestran la proporción estimada y el intervalo de confianza al 95%.