Acotando el fascismo como fenómeno histórico

Fecha de publicación:
12/2020
Autor:
Alfredo Crespo Alcázar , profesor, Universidad Antonio de Nebrija y Universidad Internacional de Valencia
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Alfredo Crespo Alcázar, Profesor, Universidad Antonio de Nebrija y Universidad Internacional de Valencia

Reseña de libros:

Gentile, Emilio. Quién es fascista. lianza Editorial, 2019, 222 págs.

Finchelstein, Federico. Del fascismo al populismo en la historia. Taurus, 2019, 352 págs.

DOI: doi.org/10.24241/rcai.2020.126.3.275

Reflexionar sobre el fascismo implica hacerlo sobre uno de los conceptos que mayor presencia mediática y política ha tenido en la última centuria, si bien aquella no siempre ha sido regular. En efecto, al apogeo y consolidación que adquirió durante el período de entreguerras, le siguieron otras etapas, particularmente a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, en las que su protagonismo resultó marginal tanto en resultados electorales como en lo que atañe a capacidad de movilización.

En la actualidad, cuando menos a nivel de la opinión pública y del punto de vista expresado hacia ciertas formaciones y líderes políticos, parece que el fascismo ha regresado para quedarse una larga temporada. No obstante, en lo relativo a esta última afirmación conviene ser cautos y formularse la siguiente pregunta: ¿nos encontramos ante la misma ideología fascista que se difundió y consolidó entre 1919 y 1945? Dicho con otras palabras: ¿se emplea el concepto fascismo con precisión? Las dos obras que manejamos ofrecen respuestas rigurosas científicamente hablando, si bien no siempre idénticas, lo que en última instancia enriquece el debate.

El Doctor Emilio Gentile, citando las palabras de Benedetto Croce en 1944, nos propone una respuesta inicial al anterior interrogante con la que anticipa su punto de vista sobre esta cuestión: «en las polémicas diarias la calificación de fascista se lanza y se vuelve a lanzar por parte de un adversario contra otro» (p. 45). Para Gentile hemos asistido a una trivialización del fascismo que en última instancia ha desnaturalizado su esencia y su significado: «desde el tiempo en que Croce escribía, el uso de la calificación de “fascista”, en el lenguaje tanto político como académico, se ha dilatado continuamente, según el flujo de la ola léxica, para incluir a personas, a movimientos y regímenes a veces semejantes y afines entre sí, otras veces diferentes e incluso opuestos» (p. 46).

En consecuencia, calificar al adversario de fascista con el fin de estigmatizarlo en ningún caso resulta un hecho novedoso. En este sentido, ya se observó una «metodología» similar durante el apogeo del fascismo en la Italia mussoliniana o posteriormente en los primeros años de la segunda posguerra mundial, cuando los comunistas italianos tildaron de fascistas a los representantes de la democracia cristiana. Gentile analiza este aspecto con la precisión de un cirujano, ofreciendo nombres y apellidos.

En efecto, durante la década de los años veinte y parte de los años treinta del pasado siglo, los comunistas italianos (por ejemplo, Gramsci y Togliatti) utilizaron el adjetivo fascista para referirse a todos sus adversarios políticos, en particular a los socialistas: «para los comunistas cualquier antifascista que no luchaba para derribar también, además de al régimen fascista, a la burguesía y al capitalismo, era objetivamente semifascista o socialfascista» (p. 95), sentencia el aludido autor.

Hoy en día el uso, tan abusivo como erróneo, del binomio fascismo-fascista lleva a aplicarlo a políticos muy diferentes entre sí (Tump, Salvini, Bolsonaro o Erdogan). Sobre esta cuestión, Federico Finchelstein afirma que: «hoy los expertos y los políticos usan el fascismo para describir a la ligera no solo el populismo sino también los regímenes autoritarios, el terrorismo internacional o las posturas represivas estatales, o incluso protestas callejeras de la oposición»(p. 34). Emilio Gentile se expresa en términos parecidos: «en el origen de los actuales neonacionalistas populistas, que poseen una legitimación democrática, lo que hay es más bien un temor a la modernidad, la adopción de una política de proteccionismo defensivo, para cerrar puertas y ventanas, para salvaguardar inciertas identidades nacionales, amenazadas por la globalización y por las “invasiones de inmigrantes”», (págs. 139-140). Por tanto, en este heterogéneo grupo de dirigentes pueden concurrir algunas o varias características del fascismo pero ello no les convierte necesariamente en fascistas.

En este punto es donde cobra protagonismo la tesis defendida por Federico Finchelstein: fascismo y populismo comparten ciertas semejanzas pero en ningún caso se pueden considerar sinónimos. Las diferencias las percibe con nitidez en dos aspectos principales. Por un lado, en la visión de la democracia: el fascismo persigue eliminarla, mientras que el populismo la instrumentaliza y la distorsiona. Esto último genera la irrupción de una democracia autoritaria en la que la participación del pueblo en la vida política se difumina de forma acelerada. Por otro lado, en la diferente concepción de la violencia: para el fascismo significaba un fin, mientras que el populismo la descarta como medio tanto para acceder al poder como para perpetuarse en él, si bien podría recurrir a ella puntualmente.

Por su parte, Emilio Gentile, sin entrar a definir el populismo, efectúa una referencia implícita al mismo a través del concepto de «democracia recitativa». Bajo este sintagma explica que se hacen llamamientos periódicos cada vez más frecuentes para que el pueblo vote, cuando en realidad aquel es un mero comparsa en un escenario político controlado por castas, oligarquías y camarillas.

Con todo ello, ambas obras coinciden en otorgar al fascismo italiano la escarapela de referente o prototipo. Sin embargo, en esta cuestión también vemos ciertas diferencias, en tanto en cuanto Federico Finchelstein considera que el fascismo fue un movimiento global, es decir, no limitado geográficamente solo a Europa o a Italia. El nexo entre los fascismos locales-nacionales lo hallamos en que todos justificaron el uso de la violencia antes y, sobre todo, tras acceder al poder.

Además, Finchelstein reconoce que en cada uno de los países en los que arraigó el fascismo, el contexto nacional resultó fundamental a la hora de conformar sus características: «como en la mayoría de los lugares, muchos hindúes en India reconocían el fascismo como un fenómeno a la vez global y local, mientras que musulmanes como el intelectual fascista Inayatullah Kahn al Mashriqi no solo sostenían que habían inspirado el propio programa de Hitler sino que consideraban que su propio “fascismo musulmán” era la mejor versión del fascismo. Si al Mashriqi sostenía que el fascismo debía seguir la “luminosa guía del Santo Corán”, los fascistas argentinos sostenían que su versión clericofascista era superior a las versiones europeas, más seculares» (p. 81).

Esta globalidad del fascismo de la que nos habla el profesor Finchelstein resulta compatible con la consideración de Benito Mussolini como el «inventor» de aquel, rodeándolo de una serie de atributos fácilmente identificables (antimarxismo y antiliberalismo, primacía de la nación, importancia de la estética, recurso a lo binario…), en los que profundiza en mayor medida Emilio Gentile. Este último considera al fascismo como un régimen totalitario en tanto en cuanto persigue, entre otras finalidades, la creación del hombre nuevo (subordinado en todo momento al Estado) y el establecimiento de una nueva civilización a nivel internacional (para lo cual el expansionismo se convirtió en la herramienta privilegiada). Finchelstein también subraya el rol del expansionismo, en tanto en cuanto se entendía como el indicador por excelencia de la vitalidad de las naciones.

Finchelstein valora positivamente los rasgos que ofrece Gentile del fascismo, aunque, como hemos indicado con anterioridad, sostiene que nos hallamos ante una ideología transnacional. Para Emilio Gentile el nacimiento del fascismo histórico se produjo en 1921, momento en el cual Mussolini abandonó su retórica antiestatista previa. En cuanto a sus consecuencias, aunque por todos conocidas, Gentile las enumera y desarrolla, pudiendo simplificarlas en dos. Por un lado, destrucción del sistema liberal italiano y establecimiento de un régimen totalitario que se convirtió en el modelo que trataron de imitar los diversos sistemas antidemocráticos que surgieron en Europa durante esa época. Por otro lado, alineamiento con Hitler, lo que provocó que el antisemitismo apareciese en Italia. Como punto de unión, subraya que a mitad de los años treinta el fascismo había sido aceptado como la política oficial del país transalpino, puntualizando que, posteriormente, muchos de sus principales jerarcas, de manera ciertamente desvergonzada, afirmaron que fueron fascistas poco menos que a la fuerza.

No obstante, dejando de lado el cinismo que tal comportamiento encierra, sí que debe ponerse en relación con un argumento al que Finchelstein concede amplio espacio en su obra. El descrédito que rodeó al fascismo a partir de 1945, en particular por su empleo sistemático de la violencia en los años precedentes, hizo que el populismo –que emergió en países como Argentina de la mano de Juan Domingo Perón– prescindiera de aquella para acceder al poder. Este modus operandi populista se mantuvo inalterable durante las décadas siguientes.

En definitiva, dos libros oportunos y mayúsculos en los que sus autores son capaces de trazar relaciones entre pasado y presente cuando abordan una ideología y un concepto tan polisémico y complejo como es el fascismo. En su argumentación, Gentile y Finchelstein se desmarcan de tópicos y lugares comunes, centrándose únicamente en diseccionar la historia de la que extraen valiosas lecciones alejadas del dogmatismo.