Demografía: multiplicador de riesgos en el Sahel

Fecha de publicación:
06/2019
Autor:
Juan A. Mora Tebas, analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE)
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El estudio y análisis de la demografía es esencial para entender las sociedades y elaborar políticas en todos los campos, incluido el de la seguridad y el desarrollo. Por más que sus predicciones sean relativas, se ha demostrado que, precisamente, las proyecciones demográficas son las que menos se desvían del desarrollo real del futuro. En África, y concretamente en el Sahel, estas son cruciales, ya que el incremento de los indicadores de crecimiento demográfico está entre los más altos del mundo jamás vistos en la historia de la humanidad, encontrándonos ante una situación sin precedentes conocidos (Pourtier, 2016). Diversos estudios apuntan una fuerte correlación entre la evolución de los indicadores demográficos y la seguridad en determinadas circunstancias que parecen confluir en el Sahel. La Unión Europea (UE) es sensible a los retos que plantea esta posible confluencia y por ello, en su Estrategia de Seguridad Global de 2016, sitúa los desafíos demográficos inmediatamente por detrás de la amenaza del terrorismo. En 2009, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA/UNEP) subrayaba en su informe «Del conflicto a la consolidación de la paz» la potencial amenaza de numerosos conflictos internos e internacionales derivados de la correlación entre desarrollo demográfico, la explotación del medio ambiente y los cambios climáticos.
En esta correlación arraigan muchas de las potenciales amenazas securitarias a nivel global: la población sigue creciendo y, por tanto, también la demanda de recursos, con el riesgo exponencial de un aumento de conflictos por la explotación de los mismos. A todo lo anterior se suman los efectos del cambio climático sobre la disponibilidad de agua; la seguridad alimentaria; la prevalencia de ciertas enfermedades (desnutrición infantil severa, malaria, meningitis, etc.); la indefinición de las fronteras –incluidas las marítimas– y la desigual distribución de la población y la riqueza, que también pueden agravar tensiones existentes y generar nuevas crisis.