Diez días de agosto

Fecha de publicación:
02/2018
Autor:
Jordi Moreras, investigador senior asociado, CIDOB; Departamento de Antropología, Universitat Rovira i Virgili
Descarga

Tras los lamentos siempre vienen las preguntas. O por lo menos, eso mismo se pensaba que ocurriría después de los atentados del pasado mes de agosto en Barcelona y Cambrils. Pero no fue así. La clase política, los medios de comunicación y la opinión pública estaban demasiado absortos en la controversia entre España y Cataluña como para hacer frente a las cuestiones que tan abruptamente pusieron sobre la mesa un grupo de jóvenes marroquíes residentes en Ripoll, quienes durante meses habían planeado una serie de atentados en tierra catalana. Nunca hasta entonces se había producido una situación en la que, tras un suceso de estas características, se pasase página tan rápidamente, sin que se extrajeran conclusiones de lo sucedido o que, al menos, se anunciara a la ciudadanía que tal cuestión quedaba pendiente de debatir.  

Después de los trágicos sucesos se activaron los mismos patrones que desgraciadamente se han hecho habituales tras cualquier atentado terrorista atribuido al yihadismo en suelo europeo. Dolor, solidaridad con las víctimas y muchos interrogantes. Frente al terror, se ha articulado una triple respuesta que actúa con efecto paliativo sobre las conciencias colectivas: determinación política (proclamando la «unión de los demócratas ante el terrorismo»), acción securitaria (mediante el despliegue de medidas policiales y preventivas) y solidaridad emocional (participando de un duelo colectivo que sirve para generar un sentimiento de victimización compartida, mediante el uso de la etiqueta #notincpor). Se trata de gestos que se activan de forma prácticamente automática, en un contexto postraumático que superpone la respuesta emocional sobre la racionalización de lo sucedido (Badiou, 2016) (1). Los medios de comunicación se encargan de situarnos dentro de contextos de significado en los que solo se habla de lo sucedido, haciendo que el resto de la actualidad quede en segundo plano.  

Cuando los gestos políticos, las medidas securitarias y las expresiones espontáneas de emoción contenida también se convierten en noticia, se cierran las dos terceras partes del relato que pretende establecer lo que realmente sucedió, ya sea antes, durante o después de los atentados. La tercera y última parte del círculo narrativo supone la elaboración de un discurso experto, que suele combinar ejercicios inductivos, deductivos y prospectivos, mediante los cuales se pretende analizar las causas, motivaciones, ramificaciones, conexiones, consecuencias y otras evidencias que surgen de inmediato con respecto a los autores de los atentados. Este texto propone una reflexión sobre lo sucedido en aquellos diez días de agosto que, más que una descripción cronológica, o un balance sobre lo que se hizo bien o no tan bien, quiere servir como recordatorio de cómo nuestras sociedades maduran y aprenden cuando se enfrentan a la adversidad (Muro, 2017). Debe hacerse una revisión de lo sucedido desde la perspectiva basada en el conocimiento social acumulado en tanto que sociedad que ha tenido que hacer frente a una serie creciente de incertidumbres, a las que ha tenido que dar respuesta de manera más o menos articulada.  

Tres singularidades  

Estos atentados han estado marcados sustantivamente por tres singularidades: en primer lugar, el hecho de que los servicios policiales y de información no hubieran sido capaces de detectar ningún indicio de la preparación de los mismos, y que todo se precipitara tras la explosión fortuita por manipulación de gas días antes en Alcanar (Tarragona), muestra hasta qué punto no han sido eficaces los radares de detección desplegados por el territorio catalán. En segundo lugar, ya se ha hecho referencia implícitamente a ese periodo de duelo extremadamente corto, que apenas llegó a las dos semanas. Las circunstancias políticas que se viven en Cataluña desde hace algunos años pueden explicar la brevedad de este duelo social en relación con otros atentados similares. Tomando una expresión común en estos tiempos, puede decirse que la sociedad catalana pasó de pantalla rápidamente, inmersa en el contencioso soberanista que estaba en juego entre España y Cataluña. Por último, la tercera singularidad merece ser analizada con más detalle, por ser muy reveladora de la manera en que la sociedad catalana se ha ido pensando a sí misma como sociedad en progresiva pluralización: desde el momento en que se supo que el lugar en el que habían crecido los autores de los atentados era Ripoll, y que en sus trayectorias vitales nada hacía presagiar que se convertirían en terroristas, surgieron los primeros interrogantes sobre qué había fallado. 

Si se profundiza en las respuestas que se dieron en caliente durante esos días, así como en algunas de las consecuencias derivadas meses más tarde, podemos observar cómo se intentó dar explicación a aquello que nadie había llegado a imaginar que pudiera ocurrir y que no era el hecho de que Barcelona, como el resto de ciudades globales, no fuera candidata a engrosar la lista de capitales heridas por el yihadismo, sino que sus autores no respondían al perfil común de joven de origen inmigrante marginalizado. 

Habrá que analizar si el conjunto de preguntas y respuestas planteadas tras los trágicos hechos podrían haber tomado direcciones opuestas entre sí. O bien sugerir una reflexión introspectiva que sirva para revisar la manera en que la sociedad catalana valora su propio modelo social, o bien desplazar todos los interrogantes hacia la búsqueda causal de una serie de factores externos, cuya confluencia hubiera provocado este fatal desenlace. Todo parece indicar que el primer grupo de interrogantes ha quedado aparcado y nos hemos lanzado a abrazar el siempre cómodo recurso de que se trata de un elemento externo a la realidad catalana (e incluso a la realidad de las mismas comunidades musulmanas en Cataluña). Enunciar que la causa primera y última de lo sucedido recae sobre la extensión de la presencia de comunidades musulmanas de inspiración salafí, ha servido en clave de exorcismo para poder identificar el mal que es preciso erradicar o limitar una amenaza que ha sido posible nombrar. Es evidente que, al optarse por esta segunda vía, se ha querido dejar en suspenso esa necesaria autocrítica que debemos hacer con respecto a un modelo de integración social, del que hay que preguntarse si todavía sigue siendo válido en el presente. 

Nunca fueron nuestros 

En su clásico ensayo sobre el forastero, Alfred Schutz (1974) argumentaba que, para la sociedad que lo recibe, este es una persona desconocida puesto que su huella es aún muy reciente. Ni ha formado parte ni ha compartido la historia de esta sociedad, y solo puede ser valorado por sus actos presentes. La sociedad en la que se inserta reclama de él un compromiso permanente, tanto respecto a su integración individual como a la de los suyos. Sin que su memoria sea reconocida, y ante el peso de las obligaciones presentes, las trayectorias vitales se convierten en el único capital que le es concedido al forastero para reivindicar su singularidad. Nuestra sociedad es resistente a las evidencias sociológicas: a pesar de que muchos hijos de padres que emigraron no heredan la condición migrante de los mismos, siempre les acabamos recordando –implícita o explícitamente– su condición expatriada. Las estadísticas nos dicen lo contrario: a 1 de enero de 2017, el 21,5% de los marroquíes que viven en Cataluña (211.384 según Idescat) han nacido en suelo español, y el 36,8% de ese total tienen menos de 25 años. A pesar de todo, recientes informes (Portes et al., 2017), cuya síntesis global anuncia que «la consistente similitud de resultados entre miembros de la segunda generación y los hijos de españoles de la misma edad apunta a la integración de los primeros a una misma comunidad», sugieren otros resultados mucho menos esperanzadores: 

«Aunque los orígenes nacionales no son causas significativas de ninguno de los indicadores claves de integración, una vez controladas otras variables, los jóvenes de origen marroquí y otros de ascendencia islámica deben ser sujetos de mayor atención por las autoridades y por la sociedad en general para impedir que su identificación religiosa genere actitudes reactivas de oposición y receptividad a ideologías radicales. Si en su totalidad, la segunda generación avanza hacia una incorporación positiva a España, sabemos que unas pocas excepciones a este proceso pueden conllevar resultados trágicos. Es allí, donde la atención de las autoridades, agentes sociales y la sociedad española en general debe concentrarse» (Portes et al., 2017: 15-16)

Las conclusiones de este estudio fueron presentadas el 27 de noviembre de 2017, por lo que no hay que descartar el hecho de que sus autores tuviesen en mente lo sucedido en agosto. Como excepción que parece confirmar la regla, se destaca que el desarrollo de unas identidades ordenadas en torno a unas referencias tan estructuradas como las religiosas representa en primer término una variable no satisfactoria en una premisa basada en la idea de la integración. 

Tras los primeros momentos de reacción emotiva, se articularon otro tipo de interrogantes acerca de cómo pudo pasar lo que pasó. Sin lugar a dudas, el testimonio que concitó una mayor emoción durante aquellos días (2) fue el de la educadora social de Ripoll, Raquel Rull, quien escribió un texto dirigido a uno de los jóvenes que participaron en los atentados («¿Cómo puede ser, Younes?»), que fue viralizado a través de las redes sociales y posteriormente publicado por algunos periódicos (3). Esta desgarradora carta no solo mostraba a raudales la desesperación de alguien que conoció de primera mano las trayectorias de estos jóvenes, sino que también transmitía un interrogante de hondo calado: ¿qué hemos hecho (o hemos dejado de hacer, o nunca pensamos que teníamos que hacer) para que sucediera esto? La lectura del escrito contiene un mensaje que difícilmente podrá ser transmitido por cualquier estudio sociológico que se haga de ahora en adelante en Ripoll, y que tampoco será capaz de reflejar el sumario de la causa judicial que está en marcha. Y es que tiene la valentía de preguntarse por las dimensiones inciertas de la realidad social, aquellas que se hallan implícitas y que no conseguimos atrapar con nuestros instrumentos teóricos y metodológicos. Raquel Rull se atreve, con sus propios términos, a reconocer que, a pesar de tener la impresión de que se habían hecho muchos esfuerzos para conseguir que estos jóvenes se sintieran como uno más, hubo algo que echó por la borda todo este esfuerzo. Su testimonio, junto al de otras personas (4), sirvió para desplazar las preguntas en otra dirección que no fuera las razones que llevaron a estos jóvenes a cometer estos atentados. Se plantea una pregunta que no se dirige a nadie en concreto, ni busca responsabilidades políticas, sino que se proyecta al conjunto de la sociedad catalana, pues surge desde la cotidianidad de aquellas personas que conocen de primera mano las dificultades inherentes a la convivencia diaria. Y que, como en anteriores ocasiones, ofrecen un testimonio de lo que cuesta generar una confianza sólida y lo fácil que es perderla. Sin lugar a dudas, los planteamientos de estos testimonios podrían ser perfectamente asumidos por otras personas que fueran conscientes de la frágil consistencia de los vínculos sociales que se tejen en otros barrios del resto de Cataluña. 

¿Y por qué Ripoll? Se podía imaginar que lo sucedido transcurriera en otro escenario, pero no en una ciudad interior de Cataluña, con 11.000 habitantes y situada a las puertas del Pirineo de Girona. Pocos se han dado cuenta de que este caso puso en evidencia los errores de apreciación que sugerían que en las poblaciones más pequeñas la integración de inmigrantes era mucho más efectiva que en las grandes aglomeraciones urbanas. Se ha dicho que eso se debía a la proximidad en el trato entre personas, algo que es apreciado en la vida de pequeñas localidades e incluso de barrios con un fuerte tejido asociativo. Aunque siempre hay que relativizar y atender a otros factores, lo sucedido ha invalidado esa idea que planteaba que los procesos de radicalización violenta se generan en contextos urbanos con una fuerte presencia de colectivos inmigrantes. La prueba de ello es que los radares de las fuerzas de seguridad nunca se habían enfocado hacia Ripoll, al menos no de la manera en que lo hacen respecto a otros municipios de la Cataluña metropolitana. 

Viejos debates, nuevos temas 

Como suele ocurrir en situaciones como estas, se vuelven a activar viejas cuestiones que probablemente no quedaron del todo resueltas, o que quizás quedaron aparcadas hasta otra ocasión. La implicación del imam de una de las dos mezquitas de Ripoll en la rápida radicalización de estos jóvenes planteó de nuevo la situación de los imames en Cataluña. Su precariedad formativa y contractual, añadida a la falta de conectividad con el contexto social en donde tienen que llevar a cabo su función siguen siendo sus principales puntos críticos. A principios de la década de los 2000, en Cataluña se generó un estado de opinión que forzó la necesidad de llevar a cabo una formación para imames. Y así se hizo desde 2002 a 2012, ofreciendo una formación de aprendizaje del catalán, a la que se añadieron progresivamente otros elementos relacionados con la historia, el derecho y las instituciones públicas catalanas. Pero las cuestiones que surgieron tras los atentados ya no se orientaban hacia la formación, sino respecto al control de los imames, ante la evidencia de que las comunidades los seleccionaban de forma poco adecuada. 

Al inicio de este debate todas las miradas se dirigieron al director general de asuntos religiosos de la Generalitat de Catalunya, Enric Vendrell, quien en unas declaraciones en la emisora RAC-1 (22 de agosto) afirmó que bajo el principio de libertad religiosa «cada confesión tiene absoluta autonomía para seleccionar a sus figuras religiosas», sugiriendo que lo único que podía hacer el Gobierno catalán, a lo sumo, era un acompañamiento en el proceso de selección. Esta respuesta, acorde con el marco legal vigente en Cataluña, topaba con los comentarios de algunos representantes de la comunidad musulmana que solicitaban una mayor implicación de la Generalitat en la regulación de la figura de los imames (Rodríguez y Ribas, 2017). El elemento implícito que se encontraba tras estas demandas era la cuestión de la representación del islam en Cataluña, al suspenderse el apoyo institucional que ofrecía la Generalitat al Consell Islàmic i Cultural de Catalunya, con el que había firmado un convenio de colaboración en el año 2002. La situación de no representación de facto del islam en Cataluña, a pesar de las reiteradas quejas planteadas por las comunidades musulmanas, no parecía urgir a las instituciones políticas catalanas antes de los atentados pero, tras los mismos, era necesario demostrar quién era quién y escenificar la existencia de tales interlocuciones. La primera prueba tuvo que superarse en las horas sucesivas a los atentados con las primeras apariciones de representantes musulmanes en las televisiones y en la recepción ofrecida por el president de la Generalitat el 21 de agosto. En ambos casos surgieron las primeras voces desde el seno de estas comunidades cuestionando la representatividad de determinadas personas en estos actos. No es este un fenómeno nuevo, pues hace años que se produce en Cataluña y las instituciones políticas catalanas son claramente conscientes de ello. De ahí el desconcierto que se generó ante la ausencia de una estructura mínimamente representativa entre los musulmanes catalanes. 

La reunión celebrada el 21 de septiembre en la sede de la Conselleria de gobernación de la Generalitat de Catalunya –presidida por la propia consellera en compañía del director de asuntos religiosos– tenía como objetivo paliar esta ausencia. Según el artículo publicado por El Punt Avui (22 de septiembre), «la reunión se hizo a petición de la consejera, que quiere iniciar un proceso de trabajo con las comunidades islámicas, y se acordó que se irán haciendo reuniones periódicas con el fin de ir alcanzando acuerdos» (Rourera, 2017). La imagen en la que aparecían los participantes en aquella reunión, la primera que se hacía tras los atentados, volvió de nuevo a despertar suspicacias entre diferentes sectores de la comunidad musulmana, que expresaron públicamente a través de las redes sociales sus dudas respecto la representatividad de algunas de las personas invitadas. Lo cierto es que estaban presentes miembros de entidades socioculturales con larga implantación en Cataluña, a pesar de que nominalmente no pueden ser consideradas como entidades religiosas, ni como representantes de comunidades musulmanas. 

Una vez más, se ha puesto en evidencia la dificultad que existe para la constitución de una instancia mínimamente representativa del islam en Cataluña. Pero uno de los efectos colaterales de los atentados es que ya se están produciendo las primeras reacciones en el seno de este tejido asociativo, debido a que una serie de actores (en concreto aquellas grandes mezquitas que albergan un número importante de fieles) quieren jugar un papel más significativo, por lo que algunos de los equilibrios previamente existentes pueden verse alterados. 

La exclusión como herencia 

Las preguntas más importantes que esperan respuesta después de lo sucedido siguen estando ancladas a las dudas ante el porqué. Aún pasará un tiempo antes de que se pueda acceder a más detalles sobre los contextos sociales y las circunstancias familiares y personales que modelaron las vidas de los jóvenes que participaron en estos atentados. Pero sí es momento de articular algunas reflexiones que puedan servir para entender lo que pasó en Ripoll, y lo que puede volver a pasar en cualquier otro municipio o barrio de Cataluña. El sociólogo Santi Eizaguirre (2017) publicó en Critic.cat un artículo muy interesante en el que explicaba el contexto socioeconómico de Ripoll y de la comarca en donde se sitúa. Algunos de sus apuntes son especialmente importantes para poder definir el escenario que albergó los procesos que activaron el fatal desenlace. Este autor afirma: 

«Ripoll […] es también una ciudad del sur de Europa, envejecida y empobrecida. […] Las personas jóvenes más bien formadas no encuentran muchas oportunidades, marchan a las ciudades más próximas y no vuelven a la comarca. […] En el caso de los implicados en los atentados, se pone de manifiesto que a los jóvenes no se les puede tratar como un colectivo en un sentido amplio y homogéneo» (Eizaguirre, 2017). 

Lo que sugiere este autor, además de describir un contexto de crisis estructural prolongada en una comarca de montaña, es que a pesar de que puedan existir dinámicas de inclusión social que vinculan entre sí espacios e instituciones, sigue existiendo un panorama restrictivo de oportunidades que obligan a emigrar y a buscar otros lugares más propicios para progresar laboralmente. Su comentario final, sugiriendo que existen elementos que diferencian al colectivo de jóvenes y que les impide que sean tratados como un todo homogéneo, se puede interpretar como otro nuevo argumento a favor de la idea de que a los jóvenes que cometieron los atentados en ningún momento se les trató como al resto. Nunca fueron nuestros, porque tampoco lo eran sus familias. Nunca valoramos su papel socializador, ni entendimos el porqué deseaban que sus hijos e hijas siguieran sus pasos. No valoramos su bagaje cultural, ni su idioma, por no hablar de sus creencias. Nos resistimos a que estos se incorporen en la escuela y deseamos que se fundan en nuestra identidad sin derecho a réplica. Están entre nosotros, pero nunca les hemos considerado como uno más de nuestra comunidad. Nuestra indiferencia ante su proyecto de continuidad y transmisión cultural ha llevado a la crisis a sus dos principales instituciones sociales: la familia y la mezquita. 

Alain Badiou (2016: 71) argumentaba que «el origen de los jóvenes importa bastante poco, su origen –se dirá– espiritual, religioso, etc. Lo que cuenta es la elección que hicieron en cuanto a su frustración». Y en eso existen importantes diferencias entre padres e hijos, porque tanto unos como otros han vivido en circunstancias socioeconómicas diametralmente diferentes. Aún no hemos sido capaces de valorar el efecto de la crisis económica sobre los colectivos migrantes, en especial el marroquí. Conocemos el significativo desplazamiento de familias que se ha producido a otros contextos europeos con mayores oportunidades, pero no sabemos el impacto que ha supuesto esta pérdida de capital humano. La crisis ha coincidido temporalmente con la edad de entrada en el mercado laboral de muchos jóvenes de origen marroquí, hubieran o no finalizado sus estudios. Si esta crisis se ha cebado con los padres, expulsándolos de sectores productivos en los que habían estado durante años, desconocemos aún el impacto que estará teniendo sobre los jóvenes que se incorporaban a su primer trabajo. Y siguiendo a Eizaguirre (2017), aquí no nos sirve aplicar las estimaciones del paro juvenil en conjunto sin hacer referencia específica a la trayectoria de los jóvenes de familias marroquíes. 

Es evidente que el sentido de la frustración que puedan experimentar estos jóvenes al verse desplazados dentro de la sociedad en la que se han formado y crecido es proporcional al hecho de que se han socializado en la misma, habiendo dominado buena parte de sus códigos y reglas, a diferencia de sus padres. En el texto ya citado de Schutz (1974: 107), este se atrevía a afirmar que el forastero se afana por indagar en la pauta cultural del grupo al que se incorpora, y que cuando consigue reconocer y asumir estos principios, se puede decir que su proceso de integración ha tenido éxito, «entonces el forastero ya no será forastero, y sus problemas específicos habrán quedado resueltos». Aunque es bastante probable que el autor no estaba pensando en jóvenes cuyos padres habían emigrado años antes. 

Al igual que en Ripoll, en otras partes de Cataluña hay un rincón en donde los chicos de origen marroquí siempre se reúnen por la tarde. También hay otro rincón en el que se encuentran los hombres marroquíes adultos, que charlan a la fresca durante los primeros calores de la primavera, esperando la hora de la oración. Ambas presencias ya están instaladas en nuestro escenario social, al igual que los grupos de asiduos que frecuentan un bar u otro, o los jubilados que juegan a la petanca. A nadie le llaman ya la atención, como tampoco los grupitos de mujeres con hiyab que caminan hacia el mercadillo del lunes. A nadie le inquietan estas presencias, pues todos nos tenemos vistos, a pesar de que no nos hayamos cruzado palabra alguna. Pero nadie pregunta por nadie y discretamente todos volvemos a la intimidad que solo importa a unos pocos. Una cortés indiferencia nos indica la ausencia de conflictos, ninguna preocupación nos embarga porque ignoramos lo que sucede. Y mientras tanto, muchas identidades siguen creciendo a la intemperie. 

Notas

(1) Lo que argumentó Alain Badiou tras los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París, en relación con los riesgos colaterales de estas acciones sobre nuestras sociedades, bien podría ser aplicado al caso que nos ocupa. Según él, la dominación exclusiva del traumatismo y la emoción conlleva cuatro consecuencias: autorizar al Estado a tomar medidas que sirven para erosionar las libertades públicas; reforzar las pulsiones identitarias; transformar la idea de la justicia en clave de venganza; y otorgar el triunfo a los terroristas dando un efecto desmesurado a sus acciones.

(2) Junto con la imagen, tomada en Rubí el 24 de agosto, en la que el padre que había perdido a su hijo de tres años en el atentado de Barcelona abrazaba al desconsolado imam de esa población.

(3) La Vanguardia y El Periódico de Catalunya, entre otros (22 de agosto de 2017).

(4) Hafida Oukabir, hermana de uno de los autores, afirmó en el acto organizado en Ripoll el 26 de agosto que el hecho de que «un joven que ha nacido o ha llegado de pequeño a Cataluña se rebele contra el país y contra lo más preciado que tiene, su ciudad, quiere decir que tenemos un verdadero problema que no debemos esconder».

 

Referencias bibliográficas 

Badiou, Alain. Nuestro mal viene de más lejos. Madrid: Clave Intelectual, 2016. 

Eizaguirre, Santi. «Ripoll més enllà del tòpic: el context dels autors dels atemptats». Crític (31.08. 2017) (en línea)  [Fecha de consulta: 04.09.2017]. 

Muro, Diego (ed.). Resilient Cities. Countering Violent Extremism at Local Level. Barcelona: CIDOB-Colección Monografías, 2017. 

Portes, Alejandro; Aparicio, Rosa y Haller, William. «Investigación longitudinal de la segunda generación (ILSEG) en España. Tercera fase 2016» (Informe preliminar). Madrid: Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón y Fundación Spencer (noviembre de 2017). 

Rodríguez, Marta & Ribas, Lara. “Imams sense control”. Diari Ara (22.08. 2017) (on line)  [Fecha de consulta: 26.08.2017]. 

Rourera, Mireia. «El govern i les comunitats islàmiques acorden regular la formació dels imams». El Punt Avui (22.09.2017). 

Schutz, Alfred. «El forastero. Ensayo de psicología social», en: Estudios sobre teoría social. Buenos Aires: Amorrortu, 1974[1944], p. 95-107.