17A: Barcelona cambia de guion

Fecha de publicación:
02/2018
Autor:
Blanca Garcés Mascareñas, investigadora sénior, CIDOB
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El objetivo de un atentado terrorista no son las muertes en sí, sino la respuesta que estas provocan. En su libro de referencia Terrorism: how to respond (2010), Richard English afirma que la amenaza que representa el terrorismo para la democracia no es el peligro de muerte y destrucción, siempre limitado en comparación con una guerra, sino el peligro de provocar respuestas malpensadas y contraproducentes por parte de los estados. Según Simon Jenkins (2016), el peligro se da cuando las muertes se convierten en política. Ahí es donde radica, justamente, lo que Yuval Noah Harari (2017) denomina la estrategia de la mosca. Sabiéndose pequeña y frágil, la mosca entra dentro de la oreja del elefante para que este acabe provocando los efectos que ella no puede producir por sí sola. Así es como, en muchos atentados terroristas, se pasa de las muertes al terror y del terror a la política del miedo.  

Desde la perspectiva de los terroristas, las muertes son el emisor a través del cual se reivindica y difunde un determinado mensaje. Para Al Qaeda primero y Estado Islámico después, son muertes necesarias para defenderse de las guerras perpetuadas por Occidente y, en consecuencia, para recordar que el mundo vive bajo amenaza permanente. Desde la perspectiva de los países y ciudades afectadas, los atentados han tendido a generar discursos reactivos de polarización. Uno de los casos más emblemáticos es el de Estados Unidos tras el 11S. Según Kellner (2007), la administración Bush construyó toda una retórica maniquea basada en la distinción entre el bien y el mal, entre aquellos que «como nosotros» están a favor de la libertad y aquellos que «desde el eje del mal» quieren destruirnos. Desde ahí, la «política del miedo y la mentira» así como el «espectáculo de la guerra» hicieron posible cambios legislativos hasta el momento impensables, una expansión sin precedentes de la industria armamentística y la intervención militar sobre Afganistán e Irak.  

También en Europa se han desplegado argumentos similares tras cada atentado. Hay quienes han equiparado terrorismo con islam, inmigración o refugiados; quienes han vuelto a poner en duda la integrabilidad de los musulmanes; quienes han distinguido sin matices un Occidente de la razón y a favor de la libertad frente a un Oriente bárbaro y destructor. Estos argumentos han llevado a muchos gobiernos a declararse en guerra. Ahí es donde la narrativa se convierte en hechos. Declararse en guerra no implica necesariamente el inicio de una guerra. Francia, por ejemplo, formaba parte de una coalición contra Estado islámico desde 2014. Declararse en guerra significa formalizar verbalmente estar en guerra y lanzar una operación militar contra un lugar concreto (Raqqa, en el caso del atentado de París de noviembre de 2015) con el propósito no de ganar la guerra, sino de castigar simbólicamente apelando a la justicia, aunque implícitamente también a modo de venganza, a aquellos que supuestamente atentaron contra los propios. 

Pero en Europa, tras cada atentado yihadista, la guerra se ha declarado sobre todo contra un supuesto enemigo interior. La mejor ilustración de esta guerra hacia dentro es la declaración del estado de emergencia, con el despliegue indefinido del ejército, el refuerzo de medidas de vigilancia online y offline, la introducción de penas preventivas y el recorte de derechos y libertades fundamentales a cambio de mayor seguridad. Son medidas de emergencia que pueden desplegarse de forma indefinida (por oxímoron que pueda parecer el estado de emergencia indefinido) y que, en algunos casos, acaban convirtiéndose en ley. Aquí, de nuevo, el caso de Francia es paradigmático, con una nueva ley antiterrorista (de noviembre de 2017) que, según el Gobierno, representa el «justo equilibrio entre libertad y seguridad» y, según organizaciones de derechos humanos, implica convertir en ley medidas hasta ahora estrictamente excepcionales.  

Junto a la securitización del Estado, en muchas ciudades europeas se ha dado también una progresiva «criminalización» de la inmigración. De nuevo, esto ha tenido lugar en un primer momento a nivel discursivo, explicando el terrorismo por origen, religión o falta de integración. En un segundo momento, la narrativa se ha convertido en hechos, ergo en políticas, con medidas cada vez más restrictivas contra la inmigración irregular, un mayor control sobre las entradas (incluyendo la de los refugiados que debían ser reubicados desde Grecia e Italia) y más programas de integración, no solo para apoyar los procesos de inclusión cultural y socioeconómica, sino también para demostrar (de forma casi declarativa) que el Estado va a acabar con los outsiders, premiando aquellos que se integren y penalizando a los que no. Algunas medidas buscan más gestos declarativos que resultados. Esto demuestra que las políticas no siempre se convierten en hechos, o si lo hacen, a menudo siguen manteniéndose en el plano de lo discursivo o simbólico.   

En este contexto, ¿qué ha pasado en Barcelona tras los atentados del 17 de agosto de 2017? ¿Hasta qué punto se han desplegado discursos similares o, por el contrario, Barcelona ha cambiado de guion?  

Los tres noes  

En los primeros días tras los atentados del 17 y 18 de agosto en Barcelona y Cambrils (17A) se sucedieron tres noes. El primero, como en el resto de ciudades europeas, fue el NO al terrorismo. Los mensajes de condena al terrorismo fueron unánimes por parte de todas las instituciones, partidos políticos, entidades sociales, gobiernos e instituciones internacionales. Hasta aquí Barcelona mantuvo el guion.  

Junto a los mensajes de condena al terrorismo, se desplegó un segundo no: el NO al racismo y la xenofobia. Así como los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid (11M) se interpretaron como consecuencia de la guerra de Irak y, por lo tanto, la discusión fue fundamentalmente política, tras el 17A los actos de odio contra el islam crecieron de forma significativa: desde ataques a mezquitas en Montblanc, Granada, Sevilla, Logroño y Fuenlabrada, a pequeñas manifestaciones de grupos de extrema derecha. Esta vez, las redes sociales también amplificaron los mensajes xenófobos y de odio hacia el islam, por ejemplo convirtiendo la etiqueta #StopIslam en trending topic durante los días posteriores al atentado. En este contexto, la respuesta por parte de la mayor parte de actores políticos y sociales fue contundente: NO a la xenofobia, al racismo y a la islamofobia, casi con la misma intensidad que el NO al terrorismo.  

Al cabo de unos días, fue tomando forma un tercer no: el NO al miedo, que se verbalizó en el «NO tengo miedo» («No tinc por» en catalán). Este fue, de hecho, el lema que encabezó la manifestación del 26 de agosto en rechazo a los atentados. Tras la pancarta, no iban políticos. Por decisión del Ayuntamiento de Barcelona, quienes encabezaron la manifestación fueron los cuerpos de seguridad, los servicios de emergencia y protección civil, los trabajadores municipales de limpieza, los taxistas, los ciudadanos anónimos que ayudaron a las víctimas, en resumen, todos aquellos que habían estado en primera línea durante los atentados. La manifestación terminó con un discurso en el que se explicaba a qué no tenemos miedo y por qué no tenemos miedo (ahora dicho en plural). Entre otros motivos, se afirmaba que «no tenemos miedo» porque «en lugar de dividirnos nos encontrarán más unidos en la defensa insobornable de la libertad y la democracia desde nuestra diversidad de culturas y creencias» y porque «ni la islamofobia, ni el antisemitismo, ni ninguna expresión de racismo ni de xenofobia tienen cabida en nuestra sociedad».   

Barcelona sí cambió de guion en este triple NO al terrorismo, la xenofobia y el miedo. Son tres noes que no fueron rebatidos, no fueron objeto de discusión. En este sentido, funcionaron más como lemas que como puntos de llegada tras un debate público y político en profundidad. Sin embargo, los lemas también tienen su fuerza. Condenar la xenofobia casi con la misma intensidad con la que se condena el terrorismo implica justamente recordar que la cuestión no es de unos contra otros. De hecho, la declaración de la manifestación del 26 de agosto no habla ni de enemigos ni de terroristas. Declarar «NO tengo miedo, NO tenemos miedo» significa también rechazar, aunque sea implícitamente, la estrategia del terror de unos y la política del miedo de otros. 

Víctimas frente a terroristas 

El 17A pasó en Barcelona pero lo hizo de una manera extraña, distinta a otros atentados similares en otras ciudades europeas. En agosto Barcelona se vacía, en los barrios los comercios cierran, la sensación general es que solo quedan turistas en las calles de la ciudad. Más aún en las Ramblas, o en la Sagrada Familia, donde parece que querían atentar en un principio. Por lo tanto, no es de extrañar que entre los 16 fallecidos hubiera, además de españoles, ciudadanos de Italia, Bélgica, Canadá, Estados Unidos, Australia y Portugal, y que la mayoría de los 155 heridos fueran también turistas de 34 nacionalidades distintas. El atentado, pues, no fue en un tren repleto de gente camino del trabajo a primera hora de la mañana, como en Madrid; o durante una fiesta nacional con un paseo marítimo lleno de familias de la propia ciudad, como en Niza; o en un mercado navideño una tarde cualquiera, como en Berlín. En el atentado de Barcelona las víctimas representaban el mundo entero. 

¿Y quiénes eran los terroristas? Por un lado, tenemos a Abdelbaki Es Satty, presuntamente el cerebro de la célula terrorista. Como señala Galdon (2017), su trayectoria sí responde al retrato tipo del yihadista europeo: hombre joven (pero no adolescente), socializado en la pequeña delincuencia (contrabando de hachís, en su caso), con un tiempo en la cárcel y contactos con Estado Islámico en algunos de sus viajes al extranjero. Por otro lado, tenemos un grupo de jóvenes de entre 17 y 24 años, de origen marroquí y crecidos en Ripoll, un pequeño pueblo del Prepirineo catalán. Según Galdon, nunca antes se habían visto terroristas tan jóvenes. Todos eran conocidos en el pueblo, con trabajo, amigos y una vida aparentemente normal. Como recordaba en una carta abierta Raquel Rull, trabajadora social en Ripoll: «eran niños como todos. Como mis hijos, eran niños de Ripoll» (1) . 

Mientras que las víctimas procedían del mundo entero, los terroristas eran de aquí y, en Ripoll especialmente, se consideraban (al menos tras los atentados) parte del nosotros. Esto explica que la gran pregunta para muchos fuera: ¿por qué ellos? Más allá de los discursos culturizantes que explican los procesos de radicalización por origen y religión, se desplegaron dos relatos paralelos no excluyentes el uno con el otro. Por un lado, la radicalización de los jóvenes de Ripoll se explicó como resultado de la manipulación de Abdelbaki Es Satty, quien parece que los convenció desde su posición de imam de Ripoll. La misma alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, denunciaba «la infinita crueldad de quienes deshumanizan adolescentes y los convierten en asesinos» (2). Posiblemente por su edad, porque casi no tuvieron tiempo de tener motivos o no suficientes para preferir morir matando, se abrió la pregunta: ¿hasta qué punto fueron conscientes de lo que hicieron, hasta qué punto querían realmente morir matando? 

Por otro lado, la radicalización de los jóvenes de Ripoll planteó también la pregunta de qué estamos haciendo mal como sociedad. Como declaró la hermana de uno de ellos en el acto de Ripoll, «que un joven que ha nacido o ha llegado de pequeño a Cataluña se rebele contra el país y contra lo más preciado que tiene, su ciudad, quiere decir que tenemos un verdadero problema que no debemos esconder» (3) . ¿Qué ha fallado para que tantos jóvenes hayan preferido morir matando a formarse, enamorarse o divertirse? ¿Cómo se explica que el imam de Ripoll pudiera encontrar en un municipio de 10.000 habitantes una docena de jóvenes, casi adolescentes, con más rabia que ganas de vivir? Según el propio alcalde de Ripoll, «habían disfrutado de la escuela pública, de programas de integración laboral, tenían novias, hacían deporte» (4). En palabras de Olivier Roy (2016): «no eran los más pobres, los más humillados ni los menos integrados». 

Estas dos narrativas no estuvieron libres de crítica. Mientras que unos denunciaron la poca atención que habían recibido las víctimas (por ejemplo, en la manifestación del 26A), otros criticaron la proximidad y condescendencia con que fueron tratados los terroristas y sus familias. Refiriéndose a un acto organizado en Ripoll, Antonio Puigverd (2017) señaló en un artículo en La Vanguardia «que no parecía que las víctimas fuesen los muertos de la Rambla (citados solo una vez) sino los magrebíes de Ripoll». Para Puigverd ya no eran «nuestros jóvenes» sino «magrebíes». Voces como la suya pedían establecer una línea más gruesa entre víctimas y terroristas, entre nosotros y ellos. Esta misma crítica reapareció semanas después tras el pregón con el que la filósofa Marina Garcés abrió las fiestas de la Mercè en Barcelona. Garcés aludió a la ausencia tanto de las víctimas como de los «jóvenes de Ripoll» y recordó que nunca sabremos «si realmente quisieron morir matando, como hicieron» (5). Esta simple pregunta desencadenó denuncias por parte de algunos partidos políticos y periódicos y, tras ellos, una avalancha de acusaciones a través de las redes sociales.  

Nosotros frente a ellos 

Muchos vieron el asesinato del cineasta Theo van Gogh en manos de un extremista islamista (Ámsterdam, 2004) como la prueba irrefutable del fracaso de las políticas multiculturales. Para muchos fue también la confirmación definitiva de que el islam es incompatible con las democracias occidentales, que los valores de unos no pueden convivir con los de los otros. De forma similar, Francia ha vivido «sus atentados» como un ataque directo perpetrado desde dentro por parte de aquellos que rechazan los valores fundacionales de la República. En un artículo reciente, Gilles Kepel (2017) habla de la necesidad de «integrar los outsiders en el universo de los insiders». Tanto en un caso como en el otro, se han establecido líneas divisorias, cada vez más demarcadas, entre un nosotros ilustrado defensor de los valores liberales y un ellos bárbaro, oscurantista y fanático, a menudo asociado con la inmigración y el islam.  

Este pensamiento dicotómico ha estado relativamente ausente en los relatos que se desplegaron tras el 17A en Barcelona. Además de la condena de la xenofobia, la islamofobia y el racismo, la mayor parte de discursos institucionales coincidieron en insistir una vez más en los mensajes integradores y de defensa de la convivencia en la diversidad. Hubo, no obstante, una gran excepción: Xavier García Albiol, líder del Partido Popular (PP) en Cataluña, pidió más control de las mezquitas y los oratorios y que se cerraran todos aquellos centros religiosos que fueran ilegales. Aunque admitió que la mayoría de musulmanes no «practican el terrorismo», sino que son una minoría, afirmó que el islam es la única religión en el mundo que «mata en nombre de Dios». García Albiol también aprovechó la ocasión para justificar el rechazo hacia los inmigrantes en general con el consabido y reiterativo argumento de «primero los de casa». Esto lo llevó a afirmar que «aquí no hay islamofobia, lo que hay son unos señores que han venido a aprovecharse de nuestro sistema» (6).  

Sin embargo, a diferencia de otras ciudades europeas, este discurso excluyente y dicotómico no fue el relato dominante, ni tan solo aquel que pugnó por dominar. Fue hecho desde posiciones aisladas y, en el caso de García Albiol, incluso dentro de su propio partido. Esto no quiere decir que la sociedad catalana y española sea más tolerante o abierta a la diversidad. De hecho, las encuestas de opinión muestran que las actitudes hacia la inmigración no difieren substancialmente de las del resto de países europeos. Lo que sí es distinto es el discurso político dominante. Palabras como convivencia, diversidad o interculturalidad están en boca de la mayor parte de partidos políticos. Las políticas de integración, ahora con presupuestos muy menguados, se elaboran y justifican desde estos mismos principios de convivencia e interculturalidad. Esto explica por qué los discursos, pero también las políticas, no cambian substancialmente cuando se dan cambios de Gobierno, como en el caso del Ayuntamiento de Barcelona. 

En un artículo publicado en Ara, el politólogo Jordi Muñoz (2017) explicaba la predominancia de estos discursos más inclusivos por la ausencia de partidos xenófobos. No es que no hayan aparecido opciones claramente contrarias a la inmigración, como por ejemplo Plataforma per Catalunya o el propio PP en momentos determinados, sino que cuando se han dado, no han funcionado. En el caso de Cataluña, no hay que olvidar tampoco los efectos del Pacto Nacional para la Inmigración (2008), que consensuó una visión compartida entre la mayor parte de fuerzas políticas (excepto el PP), entidades municipalistas y principales agentes económicos y sociales. Si bien la predominancia de estos discursos evitó distinciones dicotómicas al estilo de lo que hemos visto en otras ciudades europeas, también cerró discusiones importantes. La pregunta «qué estamos haciendo mal como sociedad» difícilmente puede responderse sin cuestionar al mismo tiempo qué hay más allá del propio discurso. ¿Y si los «jóvenes de Ripoll» no se sintieron tan parte del nosotros como nuestros relatos nos quieren y les quieren hacer pensar? ¿Y si nuestro modelo de convivencia difiere del que pensamos tener? 

NO a la guerra 

Según el investigador Bourekba (2015), es fundamental «desislamizar» el enfoque del fenómeno yihadista y considerarlo como un modo, entre otros, de violencia política. En otras palabras, dejar de hacer hincapié en la narrativa religiosa de los protagonistas, que refuerza la idea de incompatibilidad entre islam y democracia y, en consecuencia, favorece la estigmatización creciente de los musulmanes en Europa. Hablar, en cambio, de «violencia política» implica entender los motivos de su radicalización en el contexto más amplio de renacimiento del autoproclamado Califato en tierras musulmanas y las guerras que ahí tienen lugar. Si analizamos cuáles han sido las respuestas hasta hoy en Europa, podríamos concluir que han pesado más las explicaciones culturizantes e islamizadoras, equiparando el extremismo yihadista con el islam, la inmigración o los refugiados. Cuando se ha leído en clave política, ha sido, como hemos visto, para «declarar la guerra». En este contexto, ¿qué ha pasado en Barcelona tras el 17A? 

Ni en Cataluña ni en el resto de España, ningún político ha declarado la guerra. Seguramente la guerra de Irak, los atentados del 11M en Madrid y la entonces masiva movilización ciudadana, que no solo cambió el Gobierno, sino que llevó a la retirada inmediata de las tropas, son hechos demasiado recientes como para que ningún político haya podido olvidarlos. Pero no solo no se ha declarado la guerra. En Barcelona, una parte de la ciudadanía, encabezada por las entidades sociales, ha denunciado la participación (directa o indirecta) del Estado español en esas otras guerras a menudo olvidadas desde Occidente. En la manifestación del 26A, eran los que iban vestidos de azul y retomaron antiguos lemas como «No a la guerra» o «Vuestras guerras, nuestras muertes». Según Francesc Mateu (2017), director de Oxfam Intermón en Cataluña, quisieron ir más allá de un cierto modelo de manifestación de duelo y condena para apuntar también responsabilidades y exigir políticas y actitudes distintas. 

¿Cuáles fueron las reivindicaciones de los que iban de azul (#anemdeblau) en la manifestación del 26A? El manifiesto unitario hacía cinco grandes demandas: insistía en la condena de la xenofobia y la islamofobia; exigía que la respuesta al atentado del 17A no fuera la de más seguridad represiva; recordaba esas muchas otras muertes que «no salen en las portadas de los periódicos»; y denunciaba la hipocresía de los políticos, sobre todo del Gobierno español y la Monarquía, «que promueven guerras y alimentan conflictos armados mediante la venta y comercio de armas a países como Arabia Saudí» (7); finalmente, en clara continuidad con la campaña ciudadana Casa Vostra Casa Nostra (#volemacollir) y la gran manifestación que tuvo lugar en Barcelona en febrero de 2017, pedía fronteras abiertas para los refugiados.  

La manifestación del 26A quedó parcialmente teñida de azul. Al igual que las manifestaciones que siguieron el 11M en Madrid, parte de la ciudadanía respondió reclamando como propias esas otras muertes olvidadas desde Occidente (con consignas como «Madrid=Bagdad» o «también son nuestras muertes») y cuestionando el papel de los gobiernos occidentales en las guerras, que se entienden como causantes últimas de los atentados. «El enemigo es la guerra», se gritaba desde de Madrid. «Vuestras guerras, nuestras muertes», se volvió a gritar desde Barcelona. Con este tipo de consignas, los atentados fueron leídos en su dimensión de «violencia política», pidiendo no «más guerra», sino un «NO a la guerra», cuestionando el papel del propio Gobierno en la violencia que se esconde detrás del extremismo yihadista a escala mundial y, con ello, disolviendo las líneas divisorias entre amigo/enemigo, demócratas/violentos, Occidente/barbarie. 

Conclusión 

¿Hasta qué punto Barcelona ha cambiado de guion? A diferencia de otras ciudades europeas, el elefante –volviendo a la estrategia de la mosca de Harari (2017)– no se ha movido como se esperaba. Más allá de la reproducción casi mimética y ritualizada de la expresión del duelo y la condena, Barcelona no se ha declarado en guerra ni hacia el exterior ni hacia un supuesto enemigo interior. En los relatos posteriores al atentado han dominado los relatos de NO al terrorismo, NO a la xenofobia, NO al miedo y, finalmente, desde las organizaciones sociales y parte de la sociedad civil, NO a la guerra. Desde ahí, no se han construido los razonamientos dicotómicos amigo/enemigo, Occidente/barbarie o insider/outsider, tan propios de los relatos desplegados en otras ciudades europeas. Desde el NO al miedo, tampoco ha habido lugar para la «política del miedo»: ni hemos presenciado una progresiva securitización del Estado ni una gradual criminalización de la inmigración. O no de momento ni de forma dominante. Tampoco se dio en Madrid tras el 11M. 

Pero que el elefante no se mueva como se esperaba no quiere decir que no reaccione. Lo ha hecho puntualmente, con voces que pedían una mayor delimitación entre víctimas/terroristas o nosotros/ellos. Y lo ha hecho sobre todo en el eje nacional, en la confrontación Cataluña/España. Ahí es donde el elefante ha ido más lejos. Periódicos como El País, El Mundo, La Razón o ABC denunciaron que la gestión de los atentados se utilizara para «hacer campaña del procés», mientras que al mismo tiempo pedían que el 17A sirviera como toque de alerta para acabar con «las absurdidades democráticas» atribuidas a los independentistas catalanes. Una de las principales dianas en esta batalla de narrativas fueron los Mossos d’Esquadra. El 17A puso en evidencia la gravedad de la descoordinación policial entre unos cuerpos y otros, así como las implicaciones de tener cuerpos de seguridad con competencias en terrorismo, pero sin acceso a las principales bases de datos internacionales. Los Mossos se convirtieron en el objeto de crítica de aquellos que reclamaban una gestión unitaria de la crisis, mientras que en Cataluña fueron aclamados por muchos políticos, medios de comunicación y parte de la ciudadanía como un ejemplo (casi heroico) de lucha antiterrorista y protección ciudadana. En este contexto, no es de extrañar que la manifestación del 26A, más allá de los que «iban de azul», se convirtiera también en espacio de confrontación entre unos y otros. 

Pero tampoco en esto el 11M en Madrid fue muy distinto. Ahí el elefante tampoco se movió en la dirección esperada. En lugar de convertir las muertes en terror y el terror en política del miedo, los atentados de Madrid desencadenaron una confrontación inaudita entre el Gobierno, que durante los primeros días siguió insistiendo en la autoría de ETA, y todos aquellos, cada vez más, que lo ponían en duda. Como consecuencia, tampoco ahí la manifestación fue unitaria. Tal como recuerda Amador Fernández-Savater (2015), al final de la manifestación, de forma sorprendente e imprevista, la cabecera de políticos tuvo que abandonar precipitadamente la calle perseguida por gente anónima que preguntaba a voz en grito ¿quién ha sido? Si en Barcelona la confrontación fue en el eje nacional, en Madrid la confrontación fue más bien en el eje derecha-izquierda. Como también señala Fernández-Savater, entonces reapareció el enfrentamiento civil entre «las dos Españas»: la que insistía en la autoría de ETA y, en consecuencia, apelaba a la Constitución, y la que no solo se preguntó quién fue, sino que exigió el fin inmediato de la guerra

El hecho de que tanto en Barcelona como en Madrid el elefante corriera en una dirección inesperada solo confirma una evidencia: cuando hablamos de inmigración, pero también de terrorismo, no hacemos más que hablar de nosotros mismos. La mosca puede desencadenar la reacción airada del elefante, sin embargo, la dirección que tome este no será otra que la marcada por la senda por la que ya andaba previamente.

 

Notas:

(1) Véase:   http://www.elperiodico.com/es/sociedad/20170822/carta-educadora-social-ripoll-6237368

(2) Véase: http://ajuntament.barcelona.cat/alcaldessa/es/blog/no-tenemos-miedo

(3) Véase: http://www.europapress.es/catalunya/noticia-hermana-oukabir-protagoniza-acto-ripoll-contra atentados-20170826221815.html

(4) Véase: https://www.ara.cat/societat/Alcaldes_0_1859814075.html

(5) Véase: http://ajuntament.barcelona.cat/premsa/2017/09/21/prego-dobertura-de-la-merce-2017/

(6) Véase: http://www.ccma.cat/tv3/alacarta/els-matins-destiu/els-matins-destiu-29082017/video/5685159/

(7) Véase: http://www.lafede.cat/wp-content/uploads/2017/08/manifest26A_adhesions_cat1.pdf

Referencias bibliográficas

 

Bourekba, Moussa. «Después de Charlie Hebdo. El reto de la interpretación multidimensional del radicalismo» Foreign Affairs Latinoamérica, vol. 15, n.º 2 (2015). 

English, Richard. Terrorism: how to respond. Oxford: Oxford University Press, 2010. 

Fernández-Savater, Amador «”El enemigo es la guerra”: ¿por qué el 11-M de 2004 no se convirtió en otro 11-S?». el diario.es (20 noviembre 2015) (en línea)

Galdon, Gemma. «17A: entre ISIS y Columbine», Contexto, n.º 131 (23 agosto 2017) (en línea) h

Harari, Yuval Noah. «La stratégie de la mouche: pourquoi le terrorisme est-il efficace?». BibliObs (18 de agosto 2017) (en línea)

Jenkins, Simon. «The scariest thing about Brussels is our reaction to it». The Guardian (24 de marzo 2016) (en línea)  

Kellner, Douglas. «Bushspeak and the Politics of Lying: Presidential Rhetoric in the “War on Terror”». Presidential Studies Quarterly, n.º 37 (2007), p. 4. 

Kepel, Gilles. «Le procès Merah, une radiographie de la contre-société salafiste». Le Figaro (3 noviembre 2017). 

Mateu, Francesc. “Més enllà del dol”. El Punt Diari (30 de agosto 2017). 

Muñoz, Jordi. «Els beneficis del bonisme». Ara (30 de agosto 2017) (en línea) 

Puigverd, Antonio. «Dedo en la llaga», La Vanguardia (28 Agosto 2017) (en línea)

Roy, Olivier. Le Djihad et la mort. Paris: Seuil, 2016.