Anuario Internacional CIDOB, 2023

Si los intelectuales chinos no pueden criticar al gobierno, entonces… ¿de qué hablan?

Fecha de publicación:
11/2023
Autor:
David Ownby, catedrático del Centro de Estudios de Asia Oriental y del departamento de Historia, University of Montreal
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Si bien la imagen predominante en la prensa occidental acerca de la pluralidad de pensamiento en China se centra ‒y no sin razón‒ en los esfuerzos del gobierno chino por reprimir la disidencia y censurar los puntos de vista críticos, lo cierto es que esta es una imagen que no refleja la complejidad de la China actual. Las últimas cuatro décadas de la reforma y apertura económica han tenido como trasfondo una escena intelectual vibrante y pluralista en China, reflejo del proceso de globalización y comercialización emprendido por el país. Con vistas a fomentar la competitividad, el Partido-Estado1 ha invertido intensamente en educación universitaria y ha fomentado el intercambio académico con Occidente. También ha promovido la expansión de Internet que, a pesar de los cortafuegos impuestos por la denominada «Gran Muralla Digital» china, ha facilitado la circulación de ideas, además del desarrollo económico. Con notables excepciones, y a diferencia de periodos históricos anteriores ‒como en la época de Mao‒, el Gobierno chino ha desistido en su empeño de controlar de manera general lo que pensaba y decía el pueblo chino sobre las reformas. 

Como resultado, hoy día existen cientos de intelectuales chinos que no son ni disidentes, ni propagandistas del régimen, y que abordan la actualidad en la prensa y en Internet con la esperanza de influir en otros intelectuales, en el público en general o incluso en el gobierno. No son «intelectuales públicos» en el sentido occidental, ya que la esfera pública china está sujeta al control del Estado y, ciertamente, hay temas que los intelectuales chinos no pueden abordar sin correr peligro. No obstante, antes de que Xi Jinping llegara al poder –y, en cierta medida, también después–, los denominados neoconfucionistas sostenían abiertamente, por ejemplo, que en el siglo XX China había errado al centrar su atención en las nociones occidentales de socialismo y democracia. También los liberales chinos podían afirmar que los partidos revolucionarios habían perdido su utilidad histórica y debían abandonar el escenario en favor de regímenes que respetaran los derechos de propiedad, las constituciones y las sociedades civiles. Estos temas ‒y otros semejantes‒ se podían expresar abiertamente y sin restricciones en libros y revistas, así como en foros y grupos de discusión en línea. 

Sin embargo, es bien sabido que Xi Jinping no es afín al pluralismo intelectual, tal vez por su similitud con el pluralismo político. Como consecuencia, desde 2013 ha tratado de frenar a los intelectuales chinos y reimponer la disciplina ideológica. No lo ha logrado completamente, pero el tono general del discurso intelectual chino se ha vuelto menos radical. Los liberales, que antaño reivindicaban los derechos humanos y el Estado de derecho, han sido relegados a lugares ocultos de Internet, porque el gobierno cierra sus cuentas en las redes sociales. Sorprendentemente, muchos de ellos son ahora fervientes partidarios de Donald Trump ‒atraídos por sus ataques a lo políticamente correcto‒, y critican más a los liberales chinos ubicados a su «izquierda» por su creciente autoritarismo, que al propio Gobierno chino. 

Entonces, si a los intelectuales chinos no se les permite criticar al gobierno, ¿de qué hablan? ¿Por qué merece la pena leer lo que escriben? Hoy es posible hablar abiertamente sobre las desigualdades de la sociedad, el sistema educativo, el mercado inmobiliario, los conatos de reforma, las relaciones sinoestadounidenses o incluso del apoyo de China a Rusia en la guerra de Ucrania, siempre que se evite la crítica directa a Xi Jinping o al Partido-Estado. Pero lo cierto es que muchos intelectuales chinos no se ven a sí mismos como críticos o disidentes, sino como potenciales «proveedores de contenidos» para Xi Jinping y el Partido, tratando de dar forma al mensaje del Partido de una manera que refleje sus propias convicciones. Ejemplo de ello es el denominado «sueño chino», una noción propugnada por Xi Jinping al inicio de su mandato y que, si bien era relativamente vago en cuanto a contenido, captaba la grandeza nacional y sugería la idea de sustituir el sueño americano por algo mejor, aunque aún por determinar. Muchos intelectuales, con independencia de que fueran liberales, de la nueva izquierda o neoconfucianos, han tratado de definir ese sueño en sus escritos, directa o indirectamente. 

La cuestión central aquí es la legitimidad del régimen, más allá del eslogan político. Si bien a Xi y al PCCh les gustaría atribuirse el mérito del ascenso de China, muchos ciudadanos chinos son escépticos, y atribuyen este éxito a la inserción de la economía en la globalización y el empresariado chino. De ello son plenamente conscientes tanto Xi como el Partido-Estado, motivo por el cual las autoridades se han esforzado permanentemente a lo largo de la reforma económica en atribuir el ascenso nacional a la grandeza de la civilización tradicional china, haciendo hincapié en la continuidad allí donde Mao Zedong enfatizaba la ruptura clara con el pasado. Este énfasis en la continuidad es una oportunidad para que los intelectuales chinos hagan sus aportaciones, ya que conocen mejor la historia, la cultura y la civilización chinas que el Partido, y desean elaborar un mensaje ideológico que resuene en el pueblo chino y que, al mismo tiempo, aleje al régimen de peligros como el nacionalismo, el populismo o un retorno a la ideología revolucionaria de la era de Mao. 

Yao Yang es un buen ejemplo de esto. Nacido en 1964, es un conocido economista de la Peking University, director del Centro Chino de Investigación Económica y decano de la Escuela Nacional de Desarrollo (un importante think tank gubernamental). A lo largo de su carrera ha sido un economista práctico, preocupado por cuestiones técnicas relacionadas con la mercantilización y la privatización, así como un pensador de mirada amplia comprometido con la justicia social inspirado en el economista Amartya Sen (1933). Es pragmático más que ideológico, y su principal objetivo es la modernización china que, en última instancia, incluye la realización de la democracia y la sociedad civil. 

Paradójicamente, el ascenso de China y el aparente declive de Occidente han frenado la modernización del país; en Occidente, el auge del populismo y las políticas identitarias han hecho que las democracias sean percibidas como poco manejables e ineficaces, mientras que, en China el hipernacionalismo de Xi Jinping ha fomentado la proliferación de «modelos chinos» iliberales que desdeñan los valores universales. Ante estas derivas indeseables, Yao Yang propone la formulación de un liberalismo confuciano para el siglo XXI, que sea capaz de abordar los problemas del mundo, en China y en otros lugares. 

Su tesis, desarrollada en docenas de artículos, consta de varias partes conectadas entre sí. En primer lugar, considera que si el liberalismo está fracasando en Occidente es porque las políticas de consenso han dado paso al afán de igualitarismo absoluto que expresan las políticas identitarias y la victimización. Algunos intelectuales chinos aplauden el declive del liberalismo occidental, pero para Yao Yang este declive es un desastre, ya que aleja la posibilidad del liberalismo en China. Sostiene que un confucianismo reelaborado y bien entendido ofrece una vía posible para el liberalismo occidental, al aceptar la individualidad, tanto en términos de capacidad innata como de esfuerzo, así como las jerarquías sociales y políticas basadas en el mérito. El pensamiento de Yao Yang no es el de un nacionalista cultural. Interpela a los liberales occidentales –«todos somos ciudadanos del mundo, enfrentamos problemas comunes»–, si bien es consciente de que es poco probable que le lean, y por ello, sus destinatarios son los liberales chinos, a quienes pretende tranquilizar y decirles que no toda esperanza está perdida. 

Al mismo tiempo, Yao Yang atribuye el éxito chino durante la reforma económica al retorno a la tradición y, por tanto, al confucianismo. Sostiene que, cuando Deng Xiaoping instó a los chinos a «cruzar el río tanteando las piedras» –es decir, a experimentar–, el pueblo chino volvió al pragmatismo y al espíritu emprendedor, un empeño al que el gobierno contribuyó con la construcción de un Estado meritocrático. 

A pesar de ello, Yao Yang no está satisfecho con la China actual, ya que el Estado no ha abrazado genuinamente las ideas confucianas, sino que las utiliza como tapadera del autoritarismo. En última instancia, Yao Yang desea que el liberalismo funcione tanto en China como en Occidente, y sostiene que las semillas de un futuro liberal residen en la reinterpretación de la tradición confuciana. En otras palabras, está participando en los esfuerzos por vincular el sueño chino con la civilización china tradicional. 

El 2 de julio de 2021, por ejemplo, Yao Yang publicó un artículo titulado «The Challenges Facing the Chinese Communist Party and the Reconstruction of Political Philosophy»2 que da cuenta de la relevancia que otorga al confucianismo y que concluye afirmando que «el marxismo en su forma original no es adecuado como guía ideológica para que el partido logre la gran renovación de la nación china; lo que tenemos que hacer es desarrollar un marxismo del siglo XXI en el proceso del gran rejuvenecimiento de la nación china. Además, el marxismo es un producto de la civilización occidental, y para que la nación china ocupe su lugar dentro de la civilización mundial debe ofrecer al mundo una cultura creada por China». 

Yao Yang no es más que un ejemplo de los muchos intelectuales chinos que desearían forjar el futuro de China sin bailar al son del Partido-Estado ni acabar exiliados o encarcelados por disidentes. No estoy seguro de que el Estado chino preste mucha atención a Yao Yang o a otros intelectuales afines –como tampoco escucha, al fin y al cabo, a los occidentales–, pero esos pensadores hacen lo que está en su mano para ofrecer su ayuda a China y al mundo.

Notas:

1- N. del E.: el autor emplea en el original inglés la expresión «Party-State» como reflejo de la simbiosis existente entre ambos dentro del régimen chino y la imbricación de organismos, atribuciones y funciones.

2- N. del E.: es posible acceder a una versión traducida del artículo citado en el blog Reading the China Dream, que es la fuente imprescindible para acceder al pensamiento de los intelectuales en China a través de textos seleccionados y traducidos al inglés. El enlace a la pieza es: https://www.readingthechinadream.com/yao-yang-on-rebuilding-chinas-political-philosophy.html