Anuario Internacional CIDOB, 2023

Salud global: ¿estamos preparados para la próxima pandemia?

Fecha de publicación:
11/2023
Autor:
Xavier Prats Monné
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Xavier Prats Monné, presidente del patronato de la Fundació de Gestió Sanitària de l'Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona; exdirector general de Salud y Seguridad Alimentaria de la Comisión Europea 

Desde luego, es una buena noticia constatar que la mayoría de los gobiernos, así como las instituciones internacionales y la comunidad científica, están ahora mucho mejor preparados que al inicio de la pandemia de la COVID-19.

Y lo más importante es que la lucha contra la COVID-19 ha demostrado que la cooperación científica transnacional e interdisciplinar tiene una capacidad asombrosa para resolver incluso los retos sanitarios más complejos. Cuando el 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia mundial, probablemente no había ni un solo científico o responsable político en todo el mundo que hubiera afirmado sin dudarlo que, tan solo nueve meses después, dos vacunas altamente eficaces gracias a la revolucionaria tecnología del ARN mensajero estarían listas para la inoculación masiva.

La mala noticia –afirman abiertamente la OMS y el Grupo Banco Mundial (GBM)– es que, a pesar de las significativas mejoras, el mundo sigue sin estar en condiciones óptimas para afrontar una nueva crisis sanitaria mundial, pues sigue sin disponer de los recursos, el liderazgo y la coordinación necesarios (tal y como se afirma en el Manifesto for Preparedness-Global Preparedness Monitoring Board, del GBM y la OMC en 2023).

En pocas palabras, aún no tenemos la capacidad de detectar y responder a las enfermedades infecciosas emergentes antes de que se conviertan en globales, lo que es un reflejo de una gobernanza deficiente, y no de una ciencia deficiente. Solamente estaremos preparados para la próxima pandemia si logramos fomentar más confianza entre los ciudadanos y más solidaridad entre las naciones.

Las duras lecciones de la pandemia

No encontraremos artículo académico ni discurso alguno, por inspirador que sea, que defienda una gobernanza multilateral sólida de forma más elocuente que la pandemia del coronavirus. ¿Es necesario aún demostrar las ventajas de la cooperación y la solidaridad contra las amenazas sanitarias, después de ver cómo se extendía como la pólvora el virus, sin atender a fronteras, o después de ser testigos de la eficacia de unas vacunas creadas en pocos meses?

Y, al mismo tiempo, nada podría haber expuesto las deficiencias de los sistemas sanitarios de todo el mundo de manera más flagrante que la propia COVID-19: sistemas nacionales con poca capacidad de resiliencia, asistencia sanitaria transfronteriza inadecuada, escasez general de recursos humanos, financieros y materiales, falta de previsión o cadenas de suministro poco diversificadas. La mayoría de los países fueron incapaces de utilizar datos sanitarios transparentes que fundamentaran unas decisiones y una supervisión efectivas y, en muchos casos, carecían de sistemas eficaces de contratación pública o de coordinación entre departamentos administrativos.

Tras el pánico y la confusión de las primeras semanas, se adoptaron numerosas iniciativas a escala mundial y local en respuesta a esta amenaza sin precedentes: aumento de los sistemas de vigilancia y de alerta temprana; la investigación y desarrollo de vacunas y tratamientos; el refuerzo de los sistemas de salud pública; la adopción de un enfoque «de salud única» para reconocer la interconexión entre personas, animales, plantas y del entorno que comparten; la mejora de la regulación del comercio de fauna salvaje; o la financiación de iniciativas sanitarias mundiales. La UE y sus estados miembros han dado pasos sin precedentes hacia una «Unión Europea de la Salud», que incluye desde la producción y distribución de vacunas hasta la contratación pública y la inversión en infraestructuras sanitarias. Esto habría sido impensable hace tres años, cuando las instituciones de la UE consideraban abiertamente que la salud era una prioridad negativa y un ámbito de competencia exclusivamente de carácter nacional.

Aun así, todo ello resulta insuficiente, y la eficacia de todas estas medidas, incluidas las adoptadas a nivel de la UE, solo podrá ponerse a prueba con la llegada de una nueva crisis. El factor clave será de nuevo la confianza de los ciudadanos: en la ciencia, en sus propias autoridades sanitarias, o en los dirigentes y responsables políticos que les exigirán el cumplimiento de políticas públicas impopulares, como las restricciones a la movilidad o el distanciamiento social.

Mejores políticas nacionales

No existe una solución simple o única para un reto tan complejo como la preparación ante una pandemia, ya que las políticas específicas de cada país deben regirse en función de sus rasgos diferenciales, como la densidad y la edad de la población, la capacidad del sistema sanitario, el desarrollo de las infraestructuras sanitarias o la cualificación de la mano de obra. No obstante, existe un consenso razonable acerca de las medidas que deberían tomar los gobiernos para estar mejor preparados (véase el informe Resilience of Health Systems to the COVID-19 Pandemic in Europe: Learning from the first wave, de Francesca Colombo, OECD, 19.11.2020).

En primer lugar, invertir en la contratación y formación del personal sanitario (para abordar las necesidades de cualificación, el envejecimiento y las carencias estructurales), y reducir las desigualdades en la capacidad de los sistemas sanitarios. En la UE, por ejemplo, el número de unidades UCI en relación con la población es en algunos casos seis veces mayor –o menor, según se mire– entre algunos de los estados miembros.

En segundo lugar, es preciso aumentar la capacidad de respuesta (pruebas, rastreo, aislamiento, etc.) y el uso eficiente de los datos. La mayoría de los países acabaron implantando medidas de contención similares durante la COVID-19, pero a un ritmo y con una eficacia muy dispares y, buena parte de ellos, fueron incapaces de utilizar datos sanitarios simples para fundamentar decisiones y sistemas de vigilancia eficaces. La mayoría de los gobiernos necesitan mejores mecanismos de coordinación y comunicación entre las autoridades regionales y nacionales, o entre la salud pública y la política social.

En tercer lugar, los gobiernos deben reforzar la atención primaria y la prevención como herramientas clave en la capacidad de resiliencia de la salud pública y para darle continuidad a la atención sanitaria. La pandemia debería ser un incentivo para que los países aborden un viejo problema: el insuficiente nivel de inversión (absoluta y relativa) en la promoción de la salud y en la prevención de enfermedades (ya que de media, menos del 3% del gasto sanitario total se destina a la prevención).

En cuarto lugar, la inversión en infraestructuras sanitarias: la capacidad de los sistemas sanitarios y la disponibilidad de recursos, como equipos de protección personal e instalaciones médicas, desempeñan un papel fundamental en la preparación ante una pandemia.

En quinto lugar, debe aumentar la concienciación pública y la educación sanitaria: la pandemia de la COVID-19 ha elevado la concienciación pública sobre la importancia de la higiene, el distanciamiento social y la vacunación, pero también el escepticismo sobre esas mismas políticas y sobre las vacunas. Es esencial garantizar un mejor cumplimiento de las medidas preventivas durante futuras pandemias.

Por último, mejorar la cooperación internacional en ámbitos con un claro valor añadido: hacer frente a las amenazas transfronterizas para la salud, lograr sinergias en la cooperación en materia de investigación y adquisición pública de medicamentos (incluidas aquí las vacunas y los productos sanitarios), mejorar la movilidad de los profesionales sanitarios o hacer más resilientes las cadenas de suministro de medicamentos.

Una mejor gobernanza global

Las instituciones y políticas multilaterales no son ni serán los principales actores en la preparación ante una pandemia. La responsabilidad principal de la asistencia sanitaria y del bienestar preventivo seguirá recayendo en los gobiernos nacionales, y la diversidad de situaciones entre los países y dentro de ellos exigirá, si cabe, planteamientos aún más diferenciados en el futuro. Sin embargo, los virus no entienden de fronteras. Debe haber, por tanto, margen para reforzar la dimensión internacional de las políticas sanitarias, ya que solo mediante la solidaridad global podrá hacerse frente a las amenazas globales.

La OMS tiene ciertamente, muchas deficiencias, que quedaron de manifiesto durante la pandemia de la COVID-19 y en anteriores luchas contra enfermedades contagiosas, pero desde hace 75 años ha desempeñado un papel destacado en logros de salud pública tan importantes como la erradicación de la viruela y la poliomielitis. Así pues, la prioridad de cualquier estrategia mundial de preparación ante una pandemia debe ser reforzar la capacidad, transparencia y eficacia de la OMS como principal reguladora e institución responsable de la salud pública mundial.

Si bien las instituciones de la UE no tienen suficiente legitimidad para tomar decisiones difíciles sobre el uso y distribución de recursos limitados que afectan a la vida de las personas, es innegable que un grupo de países unidos por fronteras y valores comunes tiene un interés obvio en garantizar la existencia de mejores instrumentos reguladores, coordinación y solidaridad frente a las amenazas para la salud. ¿Cómo convencer a los ciudadanos de que la UE se preocupa por ellos si no es capaz proteger su salud? Las instituciones europeas pueden ayudar a orientar el desarrollo y la innovación de las políticas, sobre todo en lo que respecta a los riesgos sociales emergentes y las amenazas transfronterizas –pues qué duda cabe de que habrá nuevas pandemias–, ya que estas quedan fuera del ámbito tradicional de la mayoría de los regímenes nacionales de bienestar y requieren un alto grado de innovación social. 

Cientos de años de incendios forestales nos han enseñado que la preparación ante emergencias no es una pérdida de tiempo ni de dinero: todas las grandes ciudades cuentan ahora con un cuerpo de bomberos permanente y una reserva de aviones y vehículos autobomba. La COVID-19 debería servir como recordatorio permanente de que debemos estar preparados para las futuras pandemias y de que la ciencia nos proporciona los medios para ello, si optamos por cooperar en lugar de competir.

La verdadera lección de la COVID-19 es que unos sistemas sanitarios fuertes y resilientes no son un coste para la sociedad, sino una inversión a largo plazo, y que una gobernanza mundial fuerte y la solidaridad entre países y ciudadanos no son solo instrumentos eficaces contra las amenazas transfronterizas; también son un bajo precio que pagar por nuestra supervivencia colectiva.