El declive demográfico y el futuro de la democracia

El declive demográfico y el futuro de la democracia

Fecha de publicación:
11/2023
Autor:
Ivan Krastev
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Ivan Krastev, presidente del consejo rector del Center for Liberal Strategies y miembro permanente del Instituto de Ciencias Humanas de Viena (IWM)

*Este texto está basado en el artículo «Democracy, Demography and the East-West Divide in Europe», publicado por Ivan Krastev en Groupe d'Études Géopolitiques (GEG), enero de 2022.

Una de las evidencias que nos deja el actual contexto posCOVID es que la política europea ya no se vertebra en torno a la tradicional oposición ideológica entre izquierda y derecha, sino que ahora, esta se conforma por el choque de dos grandes imaginarios apocalípticos. El primero es el imaginario ecológico, que responde a la perspectiva de una catástrofe ambiental inminente. Se trata de un imaginario que propugna la idea que, si no modificamos significativamente nuestro modo de vida, la humanidad está condenada a desaparecer de la Tierra, sino inmediatamente, sí en un breve periodo de tiempo. El segundo imaginario en ciernes es el imaginario demográfico; en este caso, el temor es a la erradicación como colectivo, no como especie, y se rige por el miedo a la desaparición de «mi pueblo» o de «nuestro modo de vida».

El poeta y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger, fallecido en 2022, fue quien mejor captó la esencia del imaginario demográfico europeo en 1994, al referirse a la «bulimia demográfica» que padece Europa, entendida como el miedo reprimido «a que en un mismo territorio, coexistan al mismo tiempo demasiadas y demasiado pocas personas» ­–es decir, pocos de nosotros y muchos de ellos–1. Esto responde a la evidencia que, desde una perspectiva global, la población nacida en Europa se reduce al tiempo que los no europeos emigran en gran número al continente.

Existen proyecciones que apuntan a que en torno al 2040 un tercio de la población de Alemania habrá nacido fuera del país. En el caso de que se produzca una «oleada migratoria africana sostenida» ‒desde una cada vez más populosa África hacia una Europa decreciente demográficamente‒, la población afrodescendiente residente en Europa, que en 2019 ascendía a nueve millones de personas, podría aumentar hasta situarse entre 150 y 200 millones en 2050 (incluyendo a los migrantes y a sus descendientes)2.

El miedo a la despoblación no es un fenómeno nuevo. Lo que sí resulta novedoso en el debate actual ‒que navega entre el derrotismo poético y cierto racismo elegante‒, es el papel clave que juegan las proyecciones demográficas a la hora de inflamar los sentimientos de la opinión pública. En Europa, como en el resto del mundo, las ansiedades demográficas se nutren, no solo de las proyecciones que nos ofrecen los demógrafos, sino que lo hacen también de las percepciones de la opinión pública acerca de cómo se distribuye étnicamente la población. Y sabemos, por multitud de ejemplos, que estas pueden diferir mucho de la realidad. Gracias a estudios recientes, sabemos que, de media, los estadounidenses creen que los nacidos en el extranjero representan alrededor del 37% de la población del país cuando, en realidad, la cantidad es muy inferior, en torno a un tercio de esa cantidad (13,7%)3. De manera similar, de media, los franceses creen que una de cada tres personas residentes en el país es musulmana (33%), cuando en realidad, la proporción es seis veces menor (7,7%)4.

Si bien, actualmente, la mayoría de los europeos siguen siendo nacidos en el continente, esto no obsta para que cada vez sean más los que temen un futuro en el que estos hayan devenido una minoría perseguida y que, llegado el caso, la democracia pueda jugar en su contra. Las investigaciones de Jennifer Richeson, psicóloga social de la Universidad de Yale, y Maureen A. Craig, psicóloga social de la Universidad de Nueva York, son claras a la hora de subrayar el notable peso político del imaginario demográfico. De ellas se desprende que, en las sociedades democráticas, el tamaño de los diversos grupos es un indicador de dominancia y, también, que cuando uno de estos disminuye de tamaño, se siente amenazado y cada vez más impotente. Su estudio, que tiene como muestra a población blanca estadounidense elegida al azar, demuestra que aquellos sujetos a los que se dio a leer un informe del censo que afirmaba que en 2044 la población blanca sería minoría en EEUU, eran mucho más propensos a expresar sentimientos negativos hacia las minorías raciales y a defender políticas de inmigración restrictivas que los que no tuvieron acceso al mismo informe.

Esta realidad contrasta con el imaginario ecológico, que desde la base de una perspectiva cosmopolita, considera que la humanidad solo puede salvarse si actúa conjuntamente. Se contrapone por tanto a este imaginario demográfico al que hemos hecho referencia, de tipo nativista, y que defiende el supuesto de que otros quieren reemplazarnos y que debemos hacer lo posible para impedirlo. Dicho de otro modo, mientras que los activistas climáticos se plantean si es moral traer hijos a un planeta que avanza hacia la destrucción, los nativistas defienden que una familia con menos de tres hijos es poco menos que una traición a la causa.

Paradójicamente, y pese a sus diametrales diferencias, ambos imaginarios comparten un sentido de emergencia similar; tanto los activistas climáticos, como los nacionalpopulistas, comparten la sensación de estar a las puertas del fin del mundo.

¿Qué importancia tiene la fractura Este/Oeste en Europa?

Si aceptamos el postulado que la política europea actual se dirime entre aquellos que quieren «salvar la vida» y los que quieren salvar «su modo de vida», ¿qué importancia tiene, en este contexto, la fractura Este/Oeste? y, ¿cómo afectará esta fractura al futuro de la Unión Europea?

Pongamos como punto de partida la tesis de que, si bien ambos imaginarios ‒tanto ecológico como demográfico‒ están presentes en todas las sociedades europeas, en Europa Occidental el imaginario dominante es el ecológico, ‒lo que se desprende del auge de los partidos verdes y del ambientalismo‒, mientras que en Europa del Este, el imaginario político más determinante es el demográfico.

Lo cierto es que la realidad nos confirma que esta fractura Este/Oeste no es el factor más determinante a la hora de conformar los valores y las preferencias políticas de los ciudadanos, ya que, por ejemplo, resulta más determinante la residencia en un entorno urbano o rural ‒un habitante de Varsovia está más cerca de uno de Berlín, en términos de valores, que del mundo rural polaco‒. Donde sí que la fractura Este/Oeste cobra toda su relevancia es a nivel de los gobiernos y estados, donde tiene una importancia existencial para la UE, siendo este el conflicto que más probabilidades tiene de provocar su desintegración. Esta fractura resulta fundamental, además, porque remarca los estereotipos culturales ya existentes y subraya las diferentes trayectorias históricas de la construcción del Estado en Europa del Este y en Europa Occidental.

La diferencia entre tener piernas o tener raíces

Tal y como señala el académico israelí Liav Orgad en su encomiable libro The Cultural Defense of Nations (2015): «en la historia de la humanidad nunca antes se había prestado tanta atención al desplazamiento humano». En 2019, los datos cifraban en 272 millones los migrantes en el mundo, lo que suponía un incremento de 51 millones respecto a 2010 (+23%). En el momento actual, un 3,5% de toda la población mundial es inmigrante, cuando en 2010 esta equivalía al 2,8%. Y la expectativa es que la cifra vaya en aumento. Tomando prestada la frase a George Steiner, «los árboles tienen raíces, los hombres y las mujeres, piernas», lo que hace parte de su naturaleza el querer desplazarse a aquellos lugares donde confían tener una vida mejor.

La esperanza en el progreso es algo muy humano, nada baladí; en palabras de Ayelet Shachar en su libro The Birthright Lottery (2009), «la pertenencia a un Estado –con un determinado nivel de riqueza, de estabilidad y de respeto a los derechos humanos– tiene un impacto muy significativo en cómo se configuran nuestra identidad, seguridad y bienestar, al tiempo que determina el abanico de oportunidades al alcance de cada uno». Podemos afirmar, por tanto, que uno de los activos más valiosos que poseen, por ejemplo, hoy día, los ciudadanos alemanes, es su pasaporte; no es de extrañar, pues, que teman que, si este se generaliza y se comparte en exceso, pueda devaluarse. Y es que la pertenencia plena a una sociedad próspera es, en cierto modo, una forma compleja de transferencia patrimonial: un derecho codiciado que se transmite –por ley– a un grupo restringido de beneficiarios, y bajo unas condiciones que perpetúan la transferencia de este preciado derecho a sus herederos, al que se asocian determinados derechos, beneficios y oportunidades. Excluyendo al 4% de población migrante, el restante 96% de la población mundial –más de 7.600 millones de personas– recibe de por vida y por azar de su lugar de nacimiento, un paquete de derechos y valores que, o bien hacen suyos, o bien acatan a la fuerza.

Esta «lotería del nacimiento» entra en contradicción con la principal promesa de la política liberal y otorga un papel central a las migraciones en las cuestiones globales. En un mundo tan interconectado como el actual, la migración equivale a una nueva revolución; una que a diferencia de las del s. XX no está impulsada por las masas, sino por los individuos y las familias. Hoy en día, el fenómeno migratorio no lo estimula ninguna propaganda grandilocuente acerca de un futuro prometedor y radiante, sino más bien, las asépticas imágenes de Google Maps que muestran en detalle cómo es la vida al otro lado de la frontera. Podemos afirmar que el problema colosal que enfrenta hoy el liberalismo moderno es cómo hacer compatible el derecho de los individuos a cruzar fronteras en busca de la libertad y la felicidad y, al mismo tiempo, preservar el derecho de los estados a protegerlos.

Según datos del Banco Mundial, los migrantes que se trasladan de países de renta baja a países de renta alta pasan a ganar de promedio entre tres y seis veces más que en su país de origen. El cálculo resulta, pues, sencillo para quien nace en un país subdesarrollado y quiere asegurar el futuro económico de sus hijos: la mejor opción es que nazcan en Canadá, Estados Unidos o en la Unión Europea. El impacto político de este movimiento masivo de personas es en cierto modo impredecible, más aún en un contexto de inminente crisis ecológica, pero sin duda está ya presente en la mayoría de sociedades y en la forma de los dos imaginarios referidos al inicio; por un lado, el ecológico, que genera el temor entre la gente de que en el futuro deberán abandonar sus tierras; y por el otro, el demográfico, que agita el espantajo de que otros vendrán a poblar su territorio, en el caso de Europa, cada vez más vacío debido a las bajas tasas de fecundidad.

En el caso de los gobiernos y sociedades de Europa del Este, la estremecedora hostilidad hacia los refugiados mostrada durante la crisis de los refugiados de 2015 no se explica únicamente por el miedo a la llegada de extranjeros, sino que a ello, se suma también el trauma infligido por las decenas de millones de europeos del Este que han abandonado la región en los últimos treinta años. Sus sentimientos hacia la apertura de fronteras son profundamente contradictorios, ya que la libertad de movimiento ha sido, a la vez, lo mejor y lo peor que les ha sucedido. Lo mejor, porque pueden viajar, estudiar y trabajar libremente en el extranjero; no obstante, es esa misma libertad la que ha facilitado que el médico del pueblo o su vecino más cercano hayan decidido partir hacia el Oeste.

Es por ello que en Europa del Este, la retórica nacionalista de los gobiernos populistas tiene un doble filo, ya que no se limita a tratar de frenar la llegada de extranjeros al país, sino que también pretende frustrar el deseo de emigrar de los nacionales. Cuando los líderes populistas de Europa del Este afirman que Europa Occidental está invadida por inmigrantes de Oriente Próximo, y que Occidente ya no es Occidente, esperan disuadir a sus jóvenes para que renuncien al sueño de emigrar hacia esa parte de Europa.

El impacto del determinismo demográfico en las elecciones estadounidenses

El 14 de noviembre de 2020, la cadena de televisión Fox News emitió la crónica devota de cómo decenas de miles de partidarios del presidente Donald Trump –exaltados y decididos a salvar su patria al grito de «¡Nos han robado las elecciones!»– se reunieron en Washington DC para instar a Donald Trump a no conceder la victoria al presidente electo, Joe Biden. Ciertamente, las protestas contra los procesos electorales que una parte de los electores considera que han sido amañados no son algo excepcional en la historia de la democracia. No obstante, lo llamativo en este caso fue que no solo consideraban que las elecciones habían sido adulteradas, sino que, en el futuro, nunca más volverían a ser justas. Lo que indignaba a los partidarios de Trump no era tanto el recuento de las papeletas, como la configuración del censo. En su opinión, los comicios estaban siendo manipulados a través de la apertura de las fronteras y las escasas restricciones a la naturalización de extranjeros ilegales, políticas ambas introducidas por los demócratas que, de este modo, trataban de asegurar su futura preeminencia a costa de disolver al pueblo estadounidense y remodelar el electorado a su conveniencia.

En esta línea se había expresado Donald Trump en un mitin electoral en 2016, al afirmar que «estas serán las últimas elecciones en las que los republicanos tengan alguna oportunidad de ganar, porque habrá un gran flujo de gente a través de la frontera; llegarán inmigrantes ilegales y serán legalizados y podrán votar y, cuando esto ocurra, olvidaos de ganar».

Trump ha sido el político que con mayor vehemencia ha dado voz al miedo de los votantes del grupo demográficamente dominante a quedar marginados políticamente por el cambio demográfico y generacional. El argumento de que aquellas eran las últimas elecciones a su alcance galvanizó la ansiedad demográfica y puso en contra del proceso democrático a una parte considerable de los votantes republicanos.

Una condición previa para la sostenibilidad de la democracia es que exista la convicción de que, los que pierden las elecciones hoy, pueden tener una oportunidad justa de convertirse en los ganadores de los comicios de mañana, sin tener que asaltar el poder por la fuerza. Y esto no ocurre cuando los perdedores de una elección creen que han sido defenestrados y que nunca más podrán volver a ganar. Y menos, aún, cuando a este pesimismo se suma la angustia de que sus filas son cada vez más estrechas y las de sus oponentes aumentan, debido por un lado a la emigración y también, a la consolidación de una nueva generación de conciudadanos cuyos valores perciben como tan o incluso más ajenos que los de los migrantes. En una guerra, puede que los actos heroicos de unos pocos acaben derrotando a un enemigo mucho más numeroso, pero esto no sucede así en democracia, donde los números –en este caso los votos– resultan determinantes. Surge por tanto, una pregunta cada vez más esencial: ¿hasta qué punto, aquellos partidos políticos que hacen suyo el miedo al declive demográfico seguirán comprometidos en el futuro con la democracia y con sus reglas?

Ya lo hemos apuntado: la democracia es un juego de números. Cuando los números cambian, el poder cambia de manos. La narrativa democrática insiste en que el poder cambia de manos porque los votantes han cambiado de opinión. Pero tenemos evidencias de que esto no es siempre así; el poder también puede cambiar de manos cuando cambia la población. Así ocurrió en las democracias occidentales, por ejemplo, cuando en los años sesenta y setenta, una nueva generación electores con preferencias por lo colectivo alcanzó la mayoría de edad. Algo similar ocurre cuando un volumen considerable de nuevos votantes se incorpora al sistema político y lo reconfigura; sucedió, por ejemplo, en todos los regímenes electorales cuando adoptaron el sufragio universal o cuando tras la Guerra Fría, cientos de miles de judíos emigraron desde la extinta Unión Soviética hacia Israel. Y ha ocurrido así en Europa Central y del Este, si bien han sido testigo de otra variante de este mismo fenómeno, en el sentido inverso, ya que millones de personas que deseaban vivir en una sociedad más abierta han abandonado estos países –sobre todo en dirección a Occidente–, erosionando con ello la base de voto potencial de las fuerzas políticas liberales. Cuando esto sucede, lo que alimenta el miedo a la migración no es la aversión a la diversidad cultural o a que los migrantes copen los trabajos, sino a perder el poder; una parte esencial de lo que los votantes blancos de Trump consideran parte de su identidad es precisamente ser mayoría, algo que comparten plenamente con los populistas de Europa del Este.

No hace tanto, los republicanos estaban dispuestos a abrazar el cambio demográfico de Estados Unidos cuando este sugería una nueva mayoría republicana. Así lo expresaba el estratega republicano Donald T. Critchlow al afirmar que «la tesis de que la demografía favorecerá a los demócratas en el futuro es errónea»5. A su modo de ver, la base demócrata –una convulsa coalición de mujeres, minorías y votantes jóvenes– acabaría sucumbiendo ante el poder republicano, que atraería el voto hispano y asiático. Los asiático-estadounidenses –que están en la cima del rendimiento académico– son enemigos naturales de los programas de discriminación positiva. El hecho de que la mayoría de los hispano-estadounidenses se consideren blancos y que la mayoría viva en barrios no segregados, en los que existe una mezcla racial y de ingresos, los acerca a las ideas republicanas. Pero en el momento en que el nativismo se convierta en una ideología republicana, estos corren el riesgo real de perder el apoyo de los grupos minoritarios.

Aunque el determinismo demográfico sea una falacia, ello no impide que pueda convertirse en una profecía autocumplida, ya que socava la democracia cuando propugna que es posible saber –o al menos predecir– el sentido del voto de la gente con tan solo conocer su identidad étnica y racial. Bajo este prisma, el deber de todo buen patriota debe ser proteger el cuerpo político de la contaminación étnica. De manera similar, los gobiernos nacionalistas pueden mostrarse tolerantes con los trabajadores extranjeros, pero no son proclives a darles la ciudadanía ni a intentar integrarlos en la sociedad política.

En su famosa conferencia de 1949 On the Development of Citizenship, el sociólogo inglés Thomas Humphrey Marshall hacía una distinción entre las dimensiones civil, política y social de la ciudadanía. Según su interpretación de la historia, Occidente necesitó tres siglos de lucha para dotarse del actual acerbo de derechos. El siglo XVIII fue el de la lucha por los derechos civiles, la libertad de expresión y de credo, y de la igualdad ante la ley. El siglo XIX fue el de los derechos políticos y de la extensión del derecho a voto a una mayor parte de la población. Lo que antes era un privilegio ‒votar‒ se convirtió en un derecho. Llegado el siglo XX, el estado del bienestar amplió la noción de ciudadanía a la esfera social y económica, al reconocer el derecho a unas condiciones mínimas de salud, educación y nivel de vida. Así pues, según la definición de Marshall, el estado liberal moderno sería una combinación de todos estos derechos, aceptando que los derechos sociales son siempre los más cuestionados.

Llegados al s. XXI, lo que caracteriza el momento actual es el empeño de los iliberales en desvincular el trío de dimensiones de derechos establecido por Marshall; están más o menos dispuestos a abrir sus mercados a los extranjeros y también a darles derechos sociales, pero en ningún caso, contemplan darles derechos políticos. El derecho al voto sigue siendo un privilegio en base al origen, un ámbito reservado en exclusiva para la mayoría etnocultural y, cuando estas existen, para las minorías tradicionales nacionales.

El miedo a la reducción numérica

En su libro The Fear of Small Numbers (2006), publicado en plena «guerra contra el terror», el antropólogo indo-estadounidense Arjun Appadurai se hacía una pregunta muy pertinente: ¿Cómo es posible que minorías sumamente pequeñas puedan ser objeto del odio y los impulsos genocidas de una sociedad en la que no suponen más del 3 o 4% de sus habitantes? A su modo de ver, el problema de las minorías es que cuestionan la sensación de totalidad del grupo mayoritario, y le recuerdan que, quizá un día, también podría convertirse en minoría.

Con todo lo visto, podemos afirmar que el miedo de la mayoría que se siente amenazada es uno de los principales motores de la política europea actual. Europa del Este encarna el miedo a la reducción numérica. Representa el choque entre dos significados muy diferentes de «mayoría» inherentes a la política democrática; por un lado, la promesa de una mayoría étnica y cultural permanente, nacida en el contexto de la lucha por la autodeterminación y asociada con la emergencia de los estados posimperiales en la Europa de los siglos XIX y XX; por el otro, la noción de mayoría que se desprende de la política democrática. En cierto modo, el choque entre liberalismo e iliberalismo es también el choque entre sendas nociones de mayoría; la una, nacida con el Estado-nación, con unas características étnicas y culturales muy concretas e inmutables; la otra, la noción de mayoría adoptada en la política electoral, donde la mayoría es una suerte de voluble Barbapapá ‒por la tan querida criatura de la película infantil francesa‒ que cambia constantemente de forma. Las democracias europeas se ven lastradas por la fricción constante entre estas dos nociones de mayoría, una fricción que la ansiedad demográfica agudiza cada vez más.

En 1995, el gran antropólogo estadounidense Clifford Geertz aceptó la invitación del Instituto de Ciencias Humanas de Viena para impartir una conferencia sobre el significado de la Posguerra Fría. En contra del consenso dominante de la época, Geertz definió el recién nacido orden internacional no como un orden marcado por la convergencia y la adopción de los modelos occidentales, sino como un orden obsesionado por la identidad, y en el que estaba emergiendo «una corriente de fracturas oscuras y extrañas inestabilidades».

Geertz creía que, para comprender este mundo, es importante entender «cómo la gente ve las cosas, cómo responde ante ellas, cómo las juzga o cómo se enfrenta a ellas» y también adoptar «formas de pensar que respondan a particularidades, individualidades, peculiaridades, discontinuidades, contrastes y singularidades».

Es justo reconocer que vivimos ya en este nuevo mundo. Y, desde el punto de vista de Geertz, la respuesta que demos a las preguntas «¿qué es un país si no es una nación?» y «¿qué es una cultura si no es un consenso?» determinará el futuro de Europa. Porque son estas dos cuestiones las que desgarran hoy a Europa.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Appadurai, Arjun. The fear of small numbers. Durham: Duke University Press, 2006.

Critchlow, Donald. Future Right: Forging A New Republican Majority. Nueva York: St. Martins Press, 2016.

Enzensberger, Hans Magnus. Civil Wars: From L.A. to Bosnia. Trad. de Piers Spence y Martin Chalmers. Nueva York: New Press, 1994, p.117.

Smith, Stephen. The Scramble for Europe: Young Africa on Its Way to the Old Continent. Cambridge: Polity, 2019, p. 7.

Mehta, Suketu. This Land Is Our Land: An Immigrant’s Manifesto. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2019.

Millman, Noah. «The African Century. Africa is the largest place on Earth it’s possible to ignore. It won’t be forever». Politico Magazine (5 de mayo de 2015). (en línea)  https://www.politico.com/magazine/story/2015/05/africa-will-dominate-the-next-century-117611/

Neidig, Harper. «Trump says 2016 is the GOP’s last chance to win». The Hill (9 de septiembre de 2016). (en línea)
https://thehill.com/blogs/ballot-box/presidential-races/295264-trump-this-will-be-the-last-election-that-the-republicans/

Orgad, Liav. The cultural defense of nations. Oxford: Oxford University Press, 2015.

Shachar, Ayelet. The birthright lottery. Cambridge: Harvard University Press, 2009.

Von Clausewitz, Carl. On War. Princeton: Princeton University Press, 2008.

 

Notas: 

1- Véase Enzensberger (1994: p. 117).

2- Véanse Smith (2019: p. 7) y Millman (2015).

3- Véase Methta (2019).

4- Véase Neidig (2016).

5- Véase Critchlow (2016).