Conversaciones CIDOB: ¿El final de la globalización?

Conversaciones CIDOB: ¿El final de la globalización?

Fecha de publicación:
09/2022
Autor:
Alicia García-Herrero y Carme Colomina
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Carme Colomina, investigadora principal y editora en CIDOB

EN CONVERSACIÓN CON

Alicia García-Herrero, economista jefe de Asia-Pacífico en NATIXIS e investigadora sénior en el think tank Bruegel

Alicia García-Herrero (España,1969) es economista jefe de Asia-Pacífico en NATIXIS, investigadora sénior en Bruegel e investigadora no residente en el Emerging Market Research Institute de la Johnson Cornell University. Su especialidad es la economía asiática y, en especial, la de China, donde ha residido durante varios años. Es profesora adjunta en la City University de Hong Kong, y profesora visitante en la University of Science and Technology (UST) y en el China-Europe International Business School (CEIBS). Anteriormente, fue Chief Economist for Emerging Markets en el BBVA, con sede en Hong Kong, y miembro del Programa de Investigación sobre Asia en el Bank of International Settlements (BIS), jefa del Departamento de Economía Internacional del Banco de España, miembro del Consejo del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo y economista en el Fondo Monetario Internacional. 

Carme Colomina (CC): Bienvenida Alicia, y gracias por acompañarnos para debatir muchas de las cuestiones centrales de la agenda internacional, como el futuro de la globalización, la fragmentación del sistema internacional, el contexto postpandemia o la deriva de la economía china. Comencemos por el futuro de la globalización: hace más de una década que estamos hablando de desglobalización o de slowbalization, una tendencia que se ha ido gestando desde la crisis financiera de 2008-2009 y que se ha visto agudizada por factores como la rivalidad geopolítica entre EEUU y China, la COVID-19 y el consiguiente colapso de los flujos comerciales, la disrupción en las cadenas de valor y, ahora, además, por una guerra en Ucrania que tiene también un indudable impacto global. ¿Cuál es su diagnóstico de todo este proceso? ¿Nos encontramos verdaderamente ante el final de la globalización? 

Alicia García-Herrero (AG-H): Sin duda, este es un tema esencial para comprender la realidad internacional. Ciertamente, estamos asistiendo a la desglobalización, que se ha acelerado. Lo más importante no es el nombre que le asignemos, o incluso la dirección concreta, sino más bien la velocidad con la que tienen lugar los cambios. No hay duda de que el mundo cada vez está menos globalizado y la pregunta que debemos hacernos es en qué sectores o áreas este proceso de desglobalización va a ir más rápido, y en qué ámbitos va a ir más lento. También debemos interrogarnos acerca de si existen quizá algunos terrenos en los que la globalización sigue avanzando. Debemos decir que no existe un consenso en este debate, ya que, por ejemplo, hay quien opina que en el ámbito digital vamos a seguir globalizándonos; mi opinión es la contraria, pienso que también en el ámbito digital la tendencia va a ser la de la desglobalización. 

CC: Coincido con usted, especialmente en lo que concierne al mundo digital, donde resulta cada vez más evidente la fractura entre dos modelos de Internet, que encarnan dos aproximaciones muy distintas de la tecnología: el modelo que podríamos llamar «Occidental» y el modelo que persigue China; y la duda es si en algún momento van a poder interconectarse o permanecerán aislados, lo que, en cierto modo, contribuye también a la polarización entre China y EEUU. Permítame recuperar algo que apuntaba ya en su anterior respuesta, cuando diferenciaba entre sectores de la economía, según vayan a desglobalizarse más o menos rápidamente. ¿Cuáles son aquellos sectores que se desglobalizarán primero? 

AG-H: El fenómeno es ya una realidad en las cadenas de producción, y no como algo reciente, sino que observamos este proceso desde hace ya algunos años. Si nos fijamos en los datos existentes acerca del flujo económico entre los distintos sectores productivos –las tablas de input-output– que son el indicador de referencia para los economistas para medir el tamaño de las cadenas de producción, nos encontramos con una caída importante de las importaciones y las exportaciones de productos intermedios –que son los componentes de productos finales–. Si nos detenemos a analizar dónde y por qué nos podemos llevar alguna sorpresa: donde más caen es en Europa, y donde menos, en China. ¿A qué se debe esto? Pues a que en Europa han caído las exportaciones de productos intermedios fundamentalmente porque lo que se importa se queda dentro de las fronteras europeas, es decir, no se re-exporta. Dicho de otra manera, han caído las exportaciones de bienes intermedios europeos para que el resto del mundo los re-exporte. El caso de China es justamente el contrario: han caído las importaciones de productos intermedios, que luego China re-exporta. Y cuidado, porque esto no tiene por qué ser negativo; lo que China está haciendo es, en realidad, aumentar el valor añadido de sus productos. Está inmersa en lo que los economistas definimos como la «integración vertical de su producción», de hecho, ya no necesita importar tanto como antes. Y esto refleja algo que debemos considerar al hablar de la reducción de las cadenas de producción: estas no siempre se reducen por la imposición de barreras –como por ejemplo de medidas proteccionistas– sino que también pueden acortarse por el mero hecho de que una determinada economía haya conseguido el suficiente nivel de innovación o de capacidad tecnológica para no depender tanto de las importaciones de productos intermedios, como es el caso de China, y también de India. No nos dejemos llevar pues por un análisis demasiado simplista, que nos lleve a creer que estamos ante un proceso negativo. No niego que pueda existir en ocasiones un cierto nacionalismo subyacente al proceso que empuje a los consumidores a no consumir productos del resto del mundo. Sin embargo, esto no lo explica todo, ni mucho menos; estamos ante un proceso mucho más complejo. Y aquí el factor más determinante a la hora de explicar la caída de las importaciones y exportaciones de productos intermedios es precisamente la innovación, es decir, la capacitación tecnológica de la economía en cuestión. 

CC: Podríamos decir entonces que, en cierta medida, las cadenas de valor siguen siendo globales pero que se han simplificado, que tienen menos pasos intermedios… 

AG-H: Sin duda. Eso es exactamente lo que sucede. 

CC: Centrémonos ahora en el debate de la relocalización que, como sabe, entronca con una cierta sensación de vulnerabilidad que los europeos hemos sentido en el contexto de la pandemia; debido a que la producción industrial ha cambiado tanto, ¿no resulta realista pensar que la producción volverá al mismo territorio europeo­?.  O ¿más bien estamos hablando de una relocalización de proximidad, un acercamiento al territorio europeo, que es donde finalmente se consumen los productos finales de estas cadenas de valor?. 

AG-H: Sí, esto se suma al factor innovación del que ya hemos hablado. Y se relaciona con un cambio en el modelo de producción: como productor, ahora quieres que tu cadena de valor sea más fiable. Hemos pasado del modelo «just in time», donde lo que prima es la eficacia –producir al menor coste posible y con la mayor rapidez– a otro modelo, que es el que se está imponiendo ahora, que podemos definir como «just in case», y que apela a cadenas de producción fiables, seguras y estables ante posibles shocks de tipo económico, social o incluso climáticos. Eso permite un mayor control de la cadena de producción y ayuda a convencer a los inversores de instalar la cadena en un sitio o en otro. 

CC: Relacionado con esto, me viene a la mente el documento de autonomía estratégica de la Comisión Europea, cuando al hablar de los sectores industriales, recomienda un aumento de stocks, lo que contradice precisamente la lógica del «just in time»… 

AG-H: Totalmente. El aumento de stocks es poco eficaz a nivel productivo, pero lo cierto es que aumenta la seguridad y la resiliencia, una palabra que hoy está en boca de  todos y que encontramos en mucha legislación relativa a las cadenas de producción que emiten EEUU y Europa. La resiliencia es ahora más importante que la eficacia. La idea subyacente es que en caso de colapso de la cadena de producción, el aumento del stock permite tener suficiente inventario a disposición para capear el primer impacto y poder reaccionar a tiempo. Tú controlas tu propia cadena de producción. 

CC: Volvamos al debate en torno al acercamiento de las producciones al lugar de consumo, y a la forma en que este tendrá lugar. Se habla a menudo de nearshoring o reshoring, ¿en qué se diferencian ambos conceptos y cuál es más aplicable a nuestra realidad? 

AG-H: Cuando hablamos de nearshoring nos referimos a producir más cerca, es decir, a cambiar una planta de producción establecida en China y llevarla, por ejemplo, a Turquía. Lo que esto permite es poder controlar mejor el producto y, al mismo tiempo, reducir los costes de transporte, que como sabes están aumentando mucho, y lo seguirán haciendo. Esto se debe al aumento del precio de la energía, pero no solamente, ya que intervienen también otros factores como las medidas de lucha contra la COVID-19, que han disparado el precio de los contenedores. Ante un escenario en el que los costes de transporte pueden aún multiplicarse por cuatro o por cinco, cobra pleno sentido intentar reducirlos acercando la producción a los mercados. Otra ventaja que ahora tiene más valor que antes es la existencia de acuerdos de libre comercio que, más allá de reducir los aranceles, lo que ofrecen es seguridad jurídica, algo muy importante ante posibles crisis o circunstancias adversas debido a que permite una mayor capacidad de reacción. En cambio, por reshoring entendemos el retorno al país de origen de los procesos productivos que se deslocalizaron en el pasado. Y aquí quizá sí pueden existir oportunidades para España, ya que a pesar de ser un país de renta media-alta, puede llegar a competir en la atracción de inversión hacia algunas de sus regiones, y en algunos sectores deslocalizados en China o en otros lugares. Sin embargo, está un poco a medio camino entre los más y los menos atractivos y queda por ver como los inversores valoraran su especialización y talento, la existencia de ingenieros y otros profesionales altamente cualificados. Si que parece más claro que veremos una relocalización en Europa hacia países como Portugal u otros de la Europa del Este. La tendencia actual es acercar la producción a los mercados naturales de cada país y donde exista la protección de acuerdos comerciales. Y hacía ahí es donde se dirigirá también la inversión. 

CC: ¿Qué papel otorga al cambio climático en todo este proceso? Porque parece cada vez más un factor determinante de las dinámicas internacionales. 

AG-H: Precisamente iba a subrayar que a raíz del cambio climático los costes del comercio internacional se van a multiplicar. Esto no se deberá exclusivamente a que los costes de transporte se mantengan altos –que muy bien puede ser–, sino que veremos aumentar también los costes, por decirlo de alguna manera, «creados». El más obvio de ellos es el Mecanismo de Ajuste del Carbono en Frontera (en inglés, Carbon Border Adjustment Mechanism, o CBAM), un impuesto verde estipulado por la Comisión Europea que busca gravar algunos bienes específicos producidos fuera de Europa y que a pesar de que tienen un coste de transporte añadido tienen la ventaja comparativa de no pagar por las emisiones de carbono generadas durante la producción y que sí se pagan en Europa. Es más, a medida que aumentamos el número de sectores cubiertos por los sistemas de pago por las emisiones (Emissions Trading System, EU ETS), cada vez más sectores se vuelven menos rentables en Europa debido a los impuestos ambientales. Es por ello que la UE va a aumentar los aranceles ambientales para volver a hacer rentable la producción de determinados productos en Europa, más allá de los salarios o los costes propios de producción. Sencillamente, se trata de igualar el campo de juego, y por un buen motivo, como es reducir las emisiones de carbono a la atmosfera. 

CC: Y esto abre nuevas oportunidades para España, el sur de Europa y, en especial, para la orilla sur del Mediterráneo dentro de esta dinámica de nearshoring 

AG-H: Así es. Cuando hablamos de nearshoring desde Europa nos referimos al vecindario más próximo: la zona del norte de África, pero también a Turquía y los Balcanes. Sin embargo, también estas regiones vecinas deberían pagar la tasa del carbono de la que hablábamos, de la que solo quedarían exentos los miembros de la UE. Esta tasa hace que el precio relativo de producir en Europa mejore, y aquí es donde se pueden generar oportunidades. Habrá quien diga que estas medidas distorsionan y que no son buenas para el mundo emergente; y quizá sea así. Mi percepción es que lo que logran estas medidas es igualar Europa con el resto del mundo. Cuando mucha de la producción abandonó Europa, tampoco lo hizo en igualdad de condiciones, sino que precisamente lo que resultaba atrayente eran ventajas como la nula protección de los derechos laborales o la inexistencia de los sindicatos. Y eso también eran distorsiones. Con la nueva legislación que prepara Europa se deberá cumplir con una serie de exigencias respecto a los derechos de los trabajadores, la protección laboral, y del medio ambiente, que es muy posible que a los productores les haga pensar que es más factible y cómodo el retorno a Europa. Quizá esto no afecte las plantas ya en funcionamiento, pero seguramente sí a las de nueva construcción. Además, debemos añadir que hoy día el nivel de vida y los salarios de países en muchos lugares de Asia, como por ejemplo Taiwán o Hong Kong, se han equiparado ya al de países como Portugal. Por consiguiente, el argumento de que no somos competitivos no es cierto. Es una cuestión de convicción; debemos creer que somos competitivos, especialmente en los servicios digitales, ya que desde ciudades europeas con una gran calidad de vida podemos ofrecer servicios 24h a todo el mundo a través de Internet. La clave en este punto es diseñar un sistema fiscal que evite que todo esto sea un coste, es decir, que encuentre el equilibrio entre un entorno fiscal competitivo –en España ofrecieron exenciones fiscales a los trabajadores durante la pandemia– y el sostenimiento de la recaudación fiscal, ya que las cotizaciones son necesarias. Insisto, la clave es ser competitivos en esta nueva realidad de manera que las cadenas de producción, en especial las digitales, que serán cada vez más importantes, vuelvan a Europa. 

CC: Como sabe, uno de los temas clave en el debate sobre la globalización es la desigualdad. Ahora somos mucho más conscientes de las desigualdades que ha traído la globalización y a raíz de la pandemia estas se han agravado no solo en los países de renta baja, sino también en muchos países europeos donde existen segmentos de población que se sienten víctimas de la globalización. En su opinión, ¿cómo podríamos corregir estas desigualdades externas, entre países, pero también las más internas, entre beneficiarios y perdedores de la globalización? 

AG-H: Es un tema importante, ya que creo que la desigualdad será un factor que también contará en esta capacidad de atracción de las empresas de las que hablábamos. Creo que cada vez más las empresas buscaran países para establecerse donde la desigualdad de la renta sea pequeña, porque de esta manera disminuyen el riesgo de explosión social, violencia, revoluciones, etc. Quizá los costes son más bajos, pero los riesgos son más altos. La realidad que nos rodea es la de un mundo cada vez más incierto, y de ahí que el valor que se la da a la estabilidad social sea mayor. Antes la falta de legislación podía beneficiar la ubicación de la producción en algún país fuera de la ley; hoy no, porque ante cualquier disturbio la empresa extranjera se convierte en el chivo expiatorio. Esto conduce a que aquellos países que sepan gestionar bien sus ingresos y con un Estado del bienestar razonable van a tener ventajas a la hora de atraer inversión. Y esto actuará como factor corrector natural de las desigualdades. Sin embargo, déjeme apuntar que mi impresión es que damos un peso enorme a la globalización como motor de las desigualdades, –que las tiene–, pero no deberíamos ignorar el enorme impacto que ha tenido el cambio tecnológico, que es un factor más difícil de contemplar en los estudios y que ha sacado del mercado de trabajo a una buena parte de la fuerza laboral. Digámoslo de otro modo: ¿la globalización ha tenido un impacto sobre las desigualdades? Eso sin duda; no obstante, yo sostengo que esto ha sido porque ha magnificado el impacto del cambio tecnológico y lo ha diseminado a la escala global. 

CC: Y de ahí que la globalización hiciera rentable la cultura del «que inventen ellos», es decir, de una serie de países que se beneficiaron de la innovación ajena sin los costes asociados para desarrollarla. 

AG-H: Es que la globalización te engaña temporalmente. Con la deslocalización, hay países que pueden producir productos en base a una tecnología que no han desarrollado por sí mismos. Crea el espejismo de que puedes vivir sin mejorar. Sencillamente, importas esas mejoras y sacas provecho de ellas a un coste menor, por ejemplo, debido a salarios más bajos. Esto genera un incremento del consumo que es falso, ya que si no mejoran tus propias condiciones llegará un momento que no lo podrás pagar. La única solución para mantener el pulso de la globalización es mantener el ritmo de la productividad y distribuir sus beneficios de manera óptima para que también se sostenga a los más rezagados, hasta que logren ponerse al nivel. Me refiero a la productividad individual y también a la productividad agregada, de manera que esta se gestione para que en la distribución no se pierda demasiado. Y creo que aquí hemos fallado, porque parece que hemos creído que no era necesario mantener la productividad, lo que ha tenido un impacto muy negativo sobre la distribución de la renta. 

CC: ¿Y qué opina de la fe ciega en el sector servicios como motor de la economía? ¿No le parece que nos ha hecho más dependientes y, al fin y al cabo, nos ha empobrecido? 

AG-H: No podría coincidir más con este diagnóstico. Recuerdo un estudio que realicé con un colega japonés sobre la productividad en su país y tuve la sorpresa de que la productividad sectorial era bajísima, incluso más baja que en España. Los datos estaban correctos y la conclusión fue que la baja productividad era debida a que, precisamente, la mayoría de los nuevos puestos de trabajo que se generaban en el país lo hacían en el sector servicios –mayormente en negocios como las convenience stores (tiendas 24h), o los repartidores a domicilio– que son de las ocupaciones menos productivas que existen.

CC: …y esto es aún más preocupante si pensamos que con la automatización, muchos desempleos van a desaparecer pronto. 

AG-H: Y tan pronto. Estamos frente a dos problemas: primero, que como hemos dicho, los sectores que hemos desarrollado son muy poco productivos; y segundo, que en muy poco tiempo vamos a sustituir muchos de los empleos por robots. Todo ello nos conduce a un escenario en el que pasaremos de una baja productividad a productividad cero, y vamos a tener que pasar también a un Estado asistencial. 

CC: Me gustaría acabar esta conversación hablando de su gran área de especialidad: China. Tengo la sensación de que tanto el proceso de globalización como el de desglobalización están muy relacionados con los cambios que se están produciendo con respecto a China, y dentro de China. Usted ya ha apuntado algunos de estos elementos, como, por ejemplo, la simplificación de las cadenas de valor internas. Esto se ve complicado también por la actual política de COVID cero en China o la rivalidad geopolítica con EEUU. Hemos empezado hablando de tecnología y quizá debamos cerrar también con el mismo tema: ¿hasta qué punto estamos asistiendo a una fractura del orden tecnológico global y a un desacoplamiento en dos bloques? 

AG-H: Diría que uno de los privilegios de vivir en Asia desde hace tanto tiempo es que he podido asistir a este proceso en primera persona.Sin ninguna duda, esto se está dando, y debo decir que esta bifurcación –un término que creo que aplica perfectamente al tema de los datos y la tecnología– desde hace tiempo se está dando en la red, entre el modelo digamos «occidental» y el modelo establecido por China. Internet, que nació como un sistema libre y sin fronteras, ha llegado a un punto de bifurcación que ahora mismo es imparable. El mundo nunca ha sido y nunca va a ser un único modelo político. Y en la era de Internet está claro que los regímenes autoritarios necesitan el control de la nube, de la red, de los datos… no nos engañemos: todos quisieran tenerlo, también los países democráticos; pero en su caso existen mecanismos de control y supervisión, y una división de poderes que requiere del acuerdo entre los distintos sectores e intereses de la sociedad. En el mundo autoritario, esto no es así. 

CC: Sin ir más lejos, China ha aprobado recientemente una ley para regular el mundo digital y el control de los datos por parte del Estado. 

AG-H: En la actualidad existen ya diversas leyes que regulan este terreno, porque es un tema absolutamente clave para China. Recordemos que la prohibición de China a Google para operar dentro de sus fronteras data del 2012, es decir, mucho antes de la llegada de Trump a la presidencia de EEUU y de la guerra comercial. La decisión se debe a que China entendió entonces que Internet podía acabar con el régimen, lo que es una postura totalmente lógica, desde su perspectiva. No debería sorprendernos lo más mínimo que estemos ante una bifurcación, que más tarde o más temprano se habría dado de todos modos. La escisión es real, y lleva mucho tiempo gestándose; en China todas las plataformas digitales –el e-comerce, las búsquedas de Internet– son distintas a las occidentales y no hay una conversión, es decir, hay muy pocos sitios en el mundo donde puedas tener acceso a los dos modelos. Eso no se va a detener, y va a expandirse a otros muchos sectores, más allá del tecnológico. Las grandes empresas que operen en los dos bloques deberán duplicarse, porque no podrán mezclar operaciones a riesgo de sanciones y costes enormes. Los datos deberán permanecer en el lugar de las operaciones y, como hemos dicho, la cadena de valor se reducirá. Y me gustaria subrayar que China, que ahora está sufriendo las consecuencias de este desacoplamiento acelerado con Trump –y que prosigue con Biden–, sabía que esto iba a ocurrir y no sé si decir que incluso lo quería, ya que pese a haberse beneficiado ampliamente de la globalización, sabía que en algún momento debería cerrarse más y volverse hacia su mercado interno que –dicho sea de paso–, es inmenso, si es que quería sostener el régimen político. 

CC: Entonces, ¿podría decirse que, hasta cierto punto, China está acelerando el proceso de desglobalización con nuevas regulaciones en los últimos meses?

AG-H: A eso me refería exactamente. No es solo EEUU quien empuja el proceso de desglobalización; China también la está acelerando a través de sus políticas internas –como vemos por ejemplo con la estrategia de circulación dual–. Lo vemos también en el sector de la educación, donde los intercambios con estudiantes chinos van a reducirse, y no solo porque se les pongan trabas a la entrada; es que China no va a permitirles salir. Es más, China ha sacado de los rankings internacionales a 3 importantes universidades del país y no deja a la escuela Harrow establecerse dentro de sus fronteras a no ser que esté registrada en China y con nombre chino. La bifurcación la vemos también, desde luego, en el movimiento de personas. Quien piense que China, que lleva cerrada desde 2020, va a volver a las condiciones de prepandemia, que se olvide de ello. En un mundo cada vez más fragmentado, la movilidad de personas estará más limitada y no hay duda que veremos aumentar las restricciones de tipo sanitarias, fitosanitarias, visados, educación, etc. En definitiva, creo que nos adentramos en un mundo diferente al que teníamos antes de la COVID-19, si bien es cierto que muchos de los cambios que vienen se estaban gestando ya antes de la pandemia.