Mobilus in Mobili. "President Washington"Flickr.

Polarización y debate migratorio en América del Norte

Fecha de publicación:
06/2019
Autor:
Laia Tarragona, analista de política exterior norteamericana
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Donald Trump ya no es la excepción. Jair Bolsonaro en Brasil o Matteo Salvini en Italia son algunos ejemplos de políticos de otras latitudes que están en su misma línea. Steve Bannon se dedica a asesorar a la ultraderecha europea, y están saliendo imitadores con un estilo parecido al del 45º presidente de Estados Unidos. Todos ellos comparten una retórica populista con poco o ningún respeto a la verdad y con el discurso antinmigración como una de sus marcas principales. Los medios de comunicación se rinden a su estilo directo y provocador, prestando consciente o inconscientemente sus plataformas para la amplificación de sus mensajes, que expanden al instante a través de las redes sociales que ellos utilizan a diestro y siniestro. La polarización política se ha convertido en tendencia global, y América del Norte ahora ya no es en eso tampoco una excepción. Más bien lo contrario, con Estados Unidos más polarizado que nunca, la región parece haberse erigido como ejemplo a seguir para quienes buscan imponer sus tesis a costa de sociedades divididas. Entre otros, los debates sobre el aborto, el matrimonio homosexual, el control de armas o la inmigración están fuertemente polarizados. De estos, el debate migratorio marca la agenda política de los países de América del Norte y la relación entre ellos.

La migración es, desde siempre, uno de los grandes temas que rigen las relaciones bilaterales entre México y Estados Unidos, y desde que Trump entró en escena con su campaña electoral a finales del 2015, el debate sobre los inmigrantes en situación irregular y la necesidad de controlar la entrada de migrantes ha centralizado los debates políticos. Obama (cuya administración es la que más deportaciones ha realizado, de momento) intentó impulsar una reforma migratoria que estableciera un camino para acceder a la ciudadanía estadounidense, pero sus planes fueron bloqueados sistemáticamente por el Congreso y el Senado. A pesar de que el número de personas en situación irregular en Estados Unidos va disminuyendo desde el año 2007, Trump no solo no prevé impulsar ningún tipo de reforma similar, sino que ya tomó medidas en sentido contrario. Entre otras, contra los dreamers (hijos de inmigrantes no regularizados nacidos en suelo estadounidense) o contra la protección temporal que existía para salvadoreños y hondureños.

A día de hoy, la mayoría de migrantes que intentan llegar a Estados Unidos provienen de Centroamérica. De hecho, México ha pasado de ser un país de emigrantes a ser un país receptory de tránsito, y uno de los focos de atención se ha trasladado también a la frontera sur de México. Con la entrada a Estados Unidos cada vez más restringida, se prevé que muchos migrantes centroamericanos decidan quedarse en México o se vean forzados a ello.

Incluso en Canadá, que tiene políticas migratorias y de integración que a menudo se toman como modelo, el debate migratorio apunta como uno de los temas principales de campaña en las elecciones federales previstas para el próximo mes de octubre del 2019.

La inmigración en el centro del debate político

En febrero del 2018, el Servicio de Ciudadanía e Inmigración de los Estados Unidos (USCIS, en sus siglas en inglés) modificó la descripción de su misión en su página web. Donde anteriormente se mencionaba que la razón de ser de esta agencia era ser garante de la promesa americana de una “nación de inmigrantes”, en la descripción actual ya no se incluye esta cita y en cambio se pone el foco en la protección y la seguridad. Se habla de proteger a los estadounidenses, de la seguridad, y de honrar los valores estadounidenses: “El Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos administra el sistema de inmigración legal de la nación, (...) al tiempo que protege a los estadounidenses, la seguridad de la nación, y que honra nuestros valores”. Una modificación que simboliza el cambio de paradigma y de narrativa en temas migratorios que ha impuesto la Administración Trump.

Si bien el fenómeno de la inmigración no es el único tema en el que el gobierno de Trump ha desarrollado un discurso disruptivo –el comercio con China o el cambio climático siguen siendo temas favoritos en la agenda tuitera del presidente norteamericano– sí que es, posiblemente, el tema en el que la confrontación es más evidente y el que más utiliza en sus mensajes. Su ya famoso discurso en Arizona en el 2016 en el que señaló las principales líneas de sus propuestas en materia migratoria se ha confirmado como la política que se está impulsando desde el gobierno de los Estados Unidos.

A modo de ejemplo, el año pasado acabó con el tercer cierre de la administración (shutdown) del año, y destacadamente el más largo de la historia del país. La razón: la financiación del muro fronterizo con México. Definido por él mismo como “su” cierre, el cierre de Trump, los demócratas se mantuvieron ante él firmes hasta que se llegó a un acuerdo para desbloquear la situación y abrir la Administración de nuevo tras 35 días de clausura. En esta ocasión, los demócratas ganaron la batalla del relato sobre el cierre y ello supuso una importante derrota política para Trump.

La historia no acabó aquí. Como respuesta, Trump decretó la situación de emergencia nacional en la frontera con México, una decisión muy criticada y a la que el Congreso puso fin mediante una resolución en contra.

Trump vetó esta decisión y desvió 6.000 millones de dólares del Departamento de Defensa para la construcción del muro. Tras ello, siguió amenazando con cerrar la frontera sur de manera inminente, señalando a México como el máximo culpable por no hacer nada para evitar la entrada de migrantes centroamericanos que cruzan ese país a pie para llegar a Estados Unidos. Presionado desde las propias filas republicanas, Trump finalmente rebajó esa amenaza. En vez de cerrar la frontera, dio a México un año de plazo para frenar la supuesta entrada de drogas y de inmigrantes irregulares por la frontera sur, bajo amenaza de imponer aranceles y de cerrar el paso fronterizo. El año de plazo finalizará en abril del 2020 y nos situaría ya en plena campaña electoral para las elecciones presidenciales de noviembre del 2020.

El juego electoral será clave en los próximos meses y hasta los citados comicios El tema del cierre de la frontera está muy condicionado por los estados fronterizos (California, Arizona, Nuevo México y Texas), que tienen enormes intereses económicos y lazos con México, a los que un cierre de la frontera no beneficiaría para nada. Como evidencia, varios congresistas y senadores republicanos retiraron su apoyo a Trump en el tema del cierre de frontera, evidenciando que es un asunto peliagudo. Y en los comicios de noviembre del 2020 los estados fronterizos serán clave, sobre todo en lo que se refiere a los escaños republicanos del Senado correspondientes a Texas y Arizona.

En este contexto, Trump ha empezado a calentar motores para la campaña electoral del año que viene, y donde más se evidencia es, de nuevo, en el tema migratorio. Hay señales que apuntan a una escalada antinmigración de Trump. Por un lado, el presidente ha retomado su discurso más agresivo –que nunca abandonó del todo. Siguen los ataques sistemáticos y las acusaciones constantes contra México. Acusaciones que son totalmente infundadas, pues México tiene una política más bien dura en su propia frontera sur. De hecho, deporta a más personas centroamericanas que Estados Unidos. Pero para Trump, presentar a México como enemigo es una potente arma electoral que ya le ayudó a llegar a la presidencia en el 2016. Otra muestra de la vuelta de tuerca que está dando Trump es que recientemente ha ordenado suspender las ayudas a Honduras, El Salvador, y Guatemala, países de los que provienen la mayoría de migrantes que intentan entrar a Estados Unidos y solicitan asilo huyendo de la violencia y la pobreza. Trump acusa a los gobiernos de estos países de no hacer nada por detener el flujo migratorio. Por otro lado, ha habido cambios en puestos clave dentro de su equipo de gobierno. Recientemente la secretaria de Seguridad Interior Kirstjen Nielsen, encargada de medidas antinmigración tan polémicas como la separación de familias que llegaban a Estados Unidos –que fue parada por los tribunales– dimitió a principios de abril. Al parecer Trump consideraba que su departamento debía ser todavía más agresivo, lo cual es indicativo del rumbo que quiere tomar el presidente de Estados Unidos.

Dos años de Trump y un Congreso que vuelve a manos demócratas

En enero del 2019 se cumplieron dos años de la presidencia de Donald Trump. “Impredecible” e “incertidumbre” fueron dos palabras que se utilizaron a menudo en los primeros meses desde las elecciones de noviembre del 2016 para describir el devenir de este mandato. Sin embargo, el gobierno de Trump está resultando ser cada vez menos incierto y menos impredecible. No solo en su estilo sino también, y lo más importante, en el sentido de que su visión del mundo y su modo de entender las relaciones entre países se ha visto confirmada una y otra vez. Las esperanzas de que el ejercicio de la presidencia rebajase sus mensajes o políticas se han visto defraudadas a lo largo de los dos primeros años de mandato. Los cargos de su administración inicial que servían de cierta contención han ido desapareciendo poco a poco y en su lugar se nombraron sustitutos de perfil más halcón. Temas como la guerra comercial con China, la escalada de tensión con Irán o el alejamiento de Europa como aliado van marcando su presidencia, y muchas decisiones evidencian el espíritu aislacionista del actual gobierno de Estados Unidos. La negativa a firmar el Pacto para las Migraciones de Naciones Unidas –Estados Unidos fue el primer país en anunciar que no lo firmaría– o la suspensión de un importante acuerdo de desarme nuclear con Rusia de 1987 –el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio– son algunas de las decisiones de la Administración Trump este último año.

No obstante, es importante recordar que los pesos y contrapesos del sistema estadounidense han frenado algunas de las políticas de Trump. Como muestra, los tribunales pararon la política de separación de familias y recientemente un juez ha bloqueado la política Remain in Mexico (“Permanece en México”), que consistía en la devolución a México de solicitantes de asilo que cruzaban la frontera para que esperaran allí hasta que se resolvieran sus casos. Dicho esto es importante destacar que Trump ha conseguido nombrar ya a dos jueces del Tribunal Supremo de perfil marcadamente conservador, así como a muchos jueces federales, y esto puede tener repercusiones más allá de su Administración, ya que son nominados de por vida.

El otro contrapeso, el poder legislativo, también ha entrado en juego ahora que el Congreso, tras las elecciones de mitad de mandato de noviembre del 2018 ha dejado de tener mayoría republicana. Muchas de las propuestas o ideas que lanza Trump deben ser aprobadas por el Congreso, algo que ahora tiene más difícil. Las elecciones midterm de noviembre no llegaron a ser una “marea azul” tal y como quería el partido demócrata, pero sí han supuesto un freno para Trump, que lo tendrá más difícil para llevar a cabo algunas de sus políticas, entre otras cosas porque el Congreso controla el presupuesto. Las elecciones dejaron el Congreso de Estados Unidos más diverso y más femenino de la historia (en la bancada demócrata). Y también uno de los más polarizados. De hecho, las elecciones se plantearon como un voto en contra o a favor de Donald Trump.

Con la vista puesta en las presidenciales del 2020

La carrera electoral para los comicios del 2020 ya ha empezado este año. Apenas pasados unos meses desde las elecciones midterm, ambos partidos han empezado ya a calentar motores y han surgido los primeros nombres de candidatos a las primarias de cada partido. En el bando demócrata, se han anunciado más de 20 candidaturas, entre las que destacan por el momento las de Kamala Harris, Bernie Sanders, Elizabeth Warren, Beto O’Rourke, Pete Buttigieg o el exvicepresidente Joe Biden. En todo caso, las candidaturas se irán definiendo a medida que avance el año y el primer debate entre candidatos del Partido Demócrata se celebrará en junio. Por otra parte, en el Partido Republicano, suenan de nuevo nombres como Mitt Romney, pero no se prevé por ahora que aparezca un contrincante peligroso para Donald Trump. La ausencia de candidatos potentes es algo habitual cuando se trata de la reelección de un presidente. También se ha presentado la candidatura de algún independiente como Howard Schultz, fundador de Starbucks, algo que ha puesto nerviosos a los demócratas porque puede contribuir a dividir el voto anti-Trump.

La pregunta evidente de cara a laspróximas elecciones es si es posible que haya un segundo mandato de Trump. A pesar de todos los escándalos y los continuos cambios en puestos clave de su Administración y en su equipo, Donald Trump no pierde adeptos. Pero no debe olvidarse que Trump obtuvo 2,87 millones de votos menos que Hillary Clinton, por lo que la respuesta dependerá en gran medida de la capacidad de movilización que tengan los demócratas en estas elecciones. Desde la victoria de Trump, los demócratas están ganando espacio y han surgido figuras que ilusionan a las bases demócratas y que pueden tener capacidad para movilizar el voto, algo que Hillary Clinton no logró en el 2016. Destacan muchas figuras emergentes, como Alexandria Ocasio-Cortez o Nancy Pelosi. El actual presidente, por otra parte, lo tendrá más difícil para jugar la carta que esgrimió constantemente en el 2016: que viene de fuera de la política... porque llevará ya cuatro años en el poder. Y por supuesto, todavía hay otros muchos factores que están en el aire y pueden afectar sus posibilidades de reelección (por ejemplo, si hubiera una desaceleración económica antes de las elecciones del 2020). Lo cierto es que a día de hoy, a año y medio de las elecciones, el escenario electoral está plenamente abierto.

México entra de nuevo en campaña… en Estados Unidos

Todo parece indicar que la frontera sur y México se utilizarán como arma electoral en las próximas elecciones de Estados Unidos. En el 2016, uno de los grandes temas de campaña fue precisamente la construcción del muro con México. En octubre y noviembre del año pasado, en las semanas previas a las elecciones midterm, el presidente estadounidense tuiteó sin freno sobre la caravana de migrantes que se dirigía a la frontera entre los dos países, relacionándola con la criminalidad y el terrorismo. Parece todo preparado para que la vida de personas que intentan progresar y llegar a Estados Unidos huyendo de la violencia y la pobreza sea, de nuevo, utilizada y abusada en la próxima gran campaña electoral en EEUU.

Todo esto situará a México en una posición claramente incómoda. Sorprendentemente, el presidente López Obrador ha mantenido hasta ahora un perfil bajo frente a los continuos ataques de Donald Trump. Algo que parece claramente buscado, y que ha consistido en ignorar comentarios humillantes del mandatario estadounidense, y en algunos casos acceder a ciertas demandas. Por ejemplo, se accedió a la política de Remain in Mexico y se autorizó que los solicitantes de asilo se quedasen en el país a la espera de que las autoridades estadounidenses resolvieran sus casos. Esta política ha sido ahora frenada por un juez federal de California, pero habrá otras igual de discutibles sobre las que el gobierno mexicano deberá posicionarse. México tendrá que vercómo conseguir un frágil equilibrio entre mantener la cordialidad con su principal socio comercial y vecino del norte y mantener su dignidad, con las consecuencias que ello conlleva también a nivel interno.

Desde diciembre del 2018, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), político y activista de izquierdas, es el nuevo presidente de México, tras ganar las elecciones a un muy desgastado Enrique Peña Nieto. Una victoria que supone un cambio de rumbo importante en la política mexicana. AMLO ganó con una amplia mayoría, pero la gestión de las expectativas a lo largo de su mandato será clave, especialmente en temas esenciales para el país como la corrupción y la seguridad. Si bien por el momento el presidente mexicano está siendo pragmático y menos combativo de lo esperado, su inicio de mandato no ha estado exento de polémicas, como la estrategia de seguridad o la escasez de gasolina.

La relación con Estados Unidos es uno de los temas con los que tiene que lidiar el nuevo mandatario. Más allá de la respuesta a los ataques de su homólogo estadounidense, un México con López Obrador al frente se distancia todavía más –ideológicamente– de Estados Unidos y de Trump. En los primeros meses de la nueva presidencia, las tensiones entre ambos países se han dado principalmente en dos asuntos: en primer lugar por el tema migratorio, por los constantes ataques y comentarios humillantes y, sobre todo, la nueva política de asilo de Estados Unidos; y en segundo lugar, por la crisis de Venezuela. En enero del 2019 Estados Unidos y Canadá reconocieron rápidamente a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela, mientras México en cambio sigue reconociendo a Nicolás Maduro como legítimo presidente. De hecho, el secretario de Estado Mike Pompeo canceló su visita a México prevista en enero del 2019 precisamente por este motivo, y parece que fue a petición de México. Más allá de los problemas con Estados Unidos, está por ver si México sabe adaptarse a la incipiente transformación de país emisor a país receptor de inmigración. Desde el 2014, México detiene y deporta cada año un alto números de migrantes en su frontera sur, en parte presionado por las demandas de su vecino del norte. Una de las prioridades de AMLO fue precisamente llevar a cabo una reforma de la política migratoria del país, pasando de una visión securitaria a una centrada en los derechos humanos y estimulando la cooperación con Centroamérica. México fue, por ejemplo, el primer país en adoptar el Pacto Mundial para la Migración promovido por la ONU, en contraste con su país vecino, que fue el primero en confirmar que no lo haría. En cuanto a la reforma migratoria, el gobierno mexicano lanzó una importante medida en este sentido con la concesión de una visa humanitaria de un año con permiso de trabajo y libertad de movimientos (Migration Policy Institute, 2019). Esta medida, no obstante, se frenó a las pocas semanas y, aunque ha vuelto a reanudarse su concesión, no están claros los criterios ni está garantizada su continuidad. Por otro lado, recientemente aumentaron significativamente las deportaciones desde México a Centroamérica.

La  transformación de  México  a país receptor y de tránsito de migrantes y los supuestos cambios en la política migratoria suponen importantes retos. Por un lado, México debería aumentar los recursos para dar respuesta a la llegada de un creciente número de personas cada año. Sin un incremento de recursos e inversión, toda reforma quedará en el vacío. El contexto de violencia y pobreza en países como El Salvador, Honduras y Guatemala no tiene visos de cambiar, y esto inevitablemente seguirá empujando a centenares de miles de personas a arriesgar sus vidas para intentar llegar a Estados Unidos. La mayoría, seguirán entrando en México de manera irregular. Por otro lado, el gobierno mexicano deberá lidiar con las presiones de Estados Unidos. De hecho, el freno en la concesión de visas humanitarias se debe precisamente a estas presiones. Asimismo, debe también gestionar que esto sea blanco del presidente de Estados Unidos, algo que parece inevitable –de hecho, Trump ya ha utilizado en numerosas ocasiones las caravanas migrantes para avivar el miedo y el rechazo a la entrada de migrantes utilizando falsedades. Y por último, pero no menos importante, habrá que ver las implicaciones que tiene esto a nivel doméstico. El año pasado, cuando una de las caravanas de migrantes llegó a México, se vieron imágenes de mexicanos protestando por su llegada, y en abril de este año hubo tensiones en Huixtla, un municipio de Chiapas, cuando las autoridades intentaron bloquear el acceso de una caravana migrante. De momento, estas reacciones son episodios residuales, pero habrá que estar atentos a la respuesta de la sociedad mexicana ante la llegada y permanencia de migrantes en su país. En definitiva, a día de hoy existen muchas trabas para que se produzca realmente un viraje sustancial en la política migratoria de México.

Canadá: en la senda electoral

Tradicionalmente identificado como país de inmigrantes, aproximadamente uno de cada cinco residentes en Canadá ha nacido fuera del país. Su relativo aislamiento a nivel geográfico, y el hecho de que colinda solo con un país, que además goza de condiciones económicas y sociales muy similares, ha facilitado sin duda su modelo migratorio. Pero es indiscutible que buena parte del éxito se debe a las políticas de integración basadas en el multiculturalismo impulsadas desde los sucesivos gobiernos. La inmigración se ha establecido como un factor positivo para el país y los ciudadanos canadienses la perciben como una contribución y beneficio para todo el país. Décadas de estas políticas y de esta narrativa y concepción en positivo de la inmigración serán claves en los meses y años que vienen para garantizar cierta inmunidad frente a la retórica antinmigración. No obstante, conviene no bajar la guardia, porque en Canadá el debate migratorio puede ser uno de los temas presentes en las próximas elecciones previstas para octubre del presente año 2019.

Desde que ganara las elecciones en el 2015, Justin Trudeau goza de gran prestigio a nivel internacional, especialmente –pero no solo– cuando se le compara con su homólogo estadounidense. En el 2015, la imagen de Trudeau dando la bienvenida a refugiados de Siria dio la vuelta al mundo. Pero la política canadiense no es a día de hoy una balsa de aceite. Las políticas medioambientales y el debate migratorio apuntan como temas centrales en la campaña electoral de cara a las elecciones de octubre. Algunas de las medidas para luchar contra el cambio climático como el impuesto federal a las emisiones de dióxido de carbono, han provocado la oposición desde varias provincias de Canadá, muy dependientes del sector energético. A modo de ejemplo, en abril de este año, el partido conservador ganó las elecciones en una de esas provincias, Alberta. En cuanto a la inmigración, si bien no es una de las preocupaciones principales de los canadienses, el partido conservador está poniendo el foco en la entrada de inmigrantes y solicitantes de asilo de manera irregular a través de la frontera con Estados Unidos. Además, en contra de lo esperado, Trudeau se vio envuelto a inicios de año en un presunto caso de injerencia política. Es su primer y gran escándalo político, del que no consigue pasar página. Todo ello apunta a que los próximos meses serán movidos en la política canadiense. “Posiblemente estemos ante la campaña electoral más divisoria y negativa y fea de la historia de Canadá”, dijo en una entrevista el actual primer ministro canadiense. En otras palabras, la más polarizada.

Una América del Norte fragmentada

Desde la irrupción de Donald Trump en la política estadounidense, las relaciones entre México, Canadá y Estados Unidos se han visto transformadas. Lejos quedan ya las reuniones anuales de los líderes de los tres países que llegaron a conocerse como cumbres de los “Tres amigos”. Aunque el trío sigue estando unido por profundos lazos e intereses que obligan a sus componentes a apostar por la cooperación, América del Norte es ahora una región con sus tres miembros tensionados. Tanto el gobierno de México como el de Canadá han hecho un esfuerzo para mantener el equilibrio entre seguir el juego a Donald Trump como estrategia para evitar males mayores, y defenderse de sus ataques. A veces funciona y a veces no. Quedan todavía dos años de gobierno de la Administración Trump, o seis, en caso de que ganara las elecciones en el 2020.

En noviembre del 2018 los tres países consiguieron llegar a un acuerdo para un nuevo tratado de libre comercio de América del Norte (ahora con el nombre United States– Mexico–Canada Agreement o USMCA; en castellano, Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá o T-MEC). Pero el proceso de negociación tensionó las relaciones entre los tres países, con Estados Unidos, desde luego, pero también entre México y Canadá, que no consiguieron erigir un frente común.

América del Norte se presenta en el 2019 como una región polarizada. A nivel interno, cada país afronta retos importantes y debates que tensionan sus sociedades; a nivel regional, la política y las declaraciones de Donald Trump alejan cada vez más a Estados Unidos de sus vecinos. El debate sobre el fenómeno migratorio se ha situado en el centro de la arena política: ha marcado y seguirá marcando la política interior de los tres países de América del Norte y las relaciones entre ellos a lo largo del 2019 y en los años venideros.Y todo apunta a que la polarización, también.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Domínguez-Villegas, R. (2019): “Protection and Reintegration: Mexico Reforms Migration Agenda in an Increasingly Complex Era”. Migration Policy Institute. Disponible en: https://www.migrationpolicy.org/article/protection-and-reintegration-mexico-reforms-migrationagenda