20 años después del 11-S

20 años después del 11-S emerge una nueva geopolítica global

Publication date:
07/2021
Author:
Antoni Segura i Mas, presidente, CIDOB; catedrático de Historia Contemporánea, Universidad de Barcelona
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Sin duda, como recogía la editorial de The New York Times del día siguiente, para muchos estadounidenses el 11 de septiembre marcó un antes y un después. Esa mañana, entre las ocho y cuarenta y cinco minutos y las nueve y treinta y cinco, lo impensable sucedió y unos atentados como nunca antes se habían conocido golpearon el corazón económico (las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York) y militar (el Pentágono en Washington) de la primera potencia mundial. Diecinueve militantes de Al Qaeda, una organización fundada con el concurso de los servicios de inteligencia de Arabia Saudí, Pakistán y Estados Unidos a mediados de los años ochenta en el contexto de la guerra de los muyahidines afganos contra el Ejército Rojo y apenas conocida más allá de unos pocos expertos en terrorismo confesional, secuestraron cuatro aviones comerciales que volaban entre las dos costas de Estados Unidos y los dirigieron cual misiles contra los objetivos fijados. Un cuarto avión cayó o fue abatido cerca de Pittsburgh. En Nueva York, como resultado del ataque y del incendio resultante, que dañó severamente la estructura de las torres gemelas, a las diez y cinco minutos se desplomó la torre sur y, treinta y tres minutos después, la torre norte siguió el mismo destino. En esas dos horas de terror –seguidas con perplejidad en todo el mundo– el skyline de Nueva York quedó desfigurado, dejando un balance de casi tres mil víctimas mortales (2.602 en Nueva York y 125 en Washington).

Un año después, Joseph S. Nye, profesor de Harvard y exasesor de Bill Clinton, expresó con claridad el sentimiento de vulnerabilidad que embargó a los ciudadanos de Estados Unidos tras el 11-S: “Nos habíamos vuelto complacientes durante la década de 1990. Tras el derrumbe de la Unión Soviética, ningún país podía igualarnos ni compararse con nosotros. La guerra del Golfo a principios de la década fue una victoria fácil; nos equiparábamos a la Gran Bretaña de la gloria victoriana, pero con un alcance global incluso mayor… Nos creíamos no solo invencibles, sino invulnerables. Pero todo esto cambió con el 11 de septiembre. El atentado terrorista fue un terrible síntoma de los cambios profundos que están sucediendo en el mundo. Paradójicamente, ahora que los EEUU se han convertido en la única superpotencia mundial, podría ser también que se incrementara su vulnerabilidad y que se acelerara la erosión de su supremacía”1

Una cascada de reacciones… ¿programadas?

El 11-S puso al descubierto que el sistema de seguridad de Estados Unidos había sido incapaz de prever el ataque terrorista y que los sistemas de defensa convencionales, pensados para afrontar amenazas procedentes de otros estados, no podían garantizar la seguridad cuando la mundialización se traducía en una creciente movilidad de personas, capitales y recursos. Los atentados provocaron cambios en las relaciones internacionales y en las políticas de defensa, no siempre en la dirección adecuada. En un primer momento, revitalizaron el debate entre seguridad y libertades concebidas como vasos comunicantes, propugnando que para garantizar la primera hay que restringir las segundas. En esta línea, el presidente George W. Bush proclamó poco después de los ataques la USAPatriot Act, que permitía restringir las libertades y las garantías constitucionales para facilitar la lucha contra el terrorismo. Esta ley, provista de plazos para su revisión, fue renovada en 2005 y, a pesar de las promesas de Barack Obama, de nuevo en 2015 y 2020, con algunas modificaciones relativas a los servicios de inteligencia –y por ello rebautizada como USA Freedom Act.

Pero sin duda, el efecto más importante de los atentados del 11-S fue que se convirtieron en el Pearl Harbour que necesitaban los neocons para convencer a la opinión pública de la necesidad de reorientar la estrategia internacional de los Estados Unidos hacia el rearme, y una política más agresiva y contundente contra las organizaciones o países que amenazan la paz mundial, los intereses de EEUU o el sistema de valores occidentales. Actuando, si es necesario, de manera unilateral. En suma, poner en práctica las recomendaciones del informe del think tank neoconservador en política exterior The Project for the New American Century (PNAC) fundado en 1997 por William Kristol y Robert Kagan y que, con la vista puesta en Oriente Medio y en el régimen de Saddam Hussein, daba credibilidad al «choque de civilizaciones» preconizado por Samuel Huntington, que apuntaba claramente a los países árabes y al islam2.

El 29 de enero de 2002, en el discurso del Estado de la Unión, Bush definió a Irak, Irán y Corea del Norte como el “eje del mal” y señaló sus prioridades políticas: la guerra contra el terrorismo, la seguridad del país y la recuperación económica. En septiembre, el Departamento de Estado publicó la Estrategia de Defensa del nuevo presidente y subrayó que EEUU se reservaba el derecho de atacar “siempre que exista una amenaza suficiente contra la seguridad nacional (...) atacaremos (...) sin sentirnos obligados por las instituciones internacionales, y no dudaremos en actuar solos si es necesario, para ejercer nuestro derecho a la autodefensa, con una operación preventiva (...) América posee y se propone conservar una tal superioridad militar que le permita responder a cualquier desafío bélico (... ). Ha llegado el momento de confirmar el papel esencial de la fuerza militar norteamericana”. En suma, este documento ya adelantó el concepto de “guerra preventiva” –que después desarrollaría la entonces consejera de Seguridad Nacional Condoleezza Rice– y advirtió que EEUU no dudaría en hacer uso de la fuerza, incluso unilateralmente, para combatir todos aquellos que apoyan el terrorismo o que, según su criterio, son una amenaza para la paz mundial3.

En definitiva, los atentados del 11-S sirvieron de argumento a los neocons y al presidente Bush para reafirmar la hegemonía estadounidense en el mundo de la posguerra fría e imponer sus propias decisiones, de manera unilateral y con independencia de las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Tal como lo teoriza Robert Kagan en contraposición a la que considera la débil Europa, la misión a que se ven forzados los neocons es la de hacer de Estados Unidos el nuevo Leviatán capaz de imponer un nuevo orden mundial en un mundo donde impera la violencia hobbessiana: “Estados Unidos permanece atrapado en la historia, ejerciendo el poder en el anárquico mundo hobbesiano donde no se puede confiar en las leyes y reglas internacionales y donde la verdadera seguridad, defensa y promoción de un orden liberal aún dependen de la posesión y el uso del poder militar”4. Parecería que los neocons se ven como la nueva Roma, capaz de hacer frente a la barbarie que anida en los confines del imperio y que intenta acabar con la civilización.

El núcleo duro de los neocons que llegó a la Casa Blanca fue un grupo reducido de entre 20 y 25 personas, algunos de ellos discípulos del catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Chicago Leo Strauss (muerto en 1973), de quien conservaban la creencia de que las verdades esenciales sobre la sociedad y la historia humanas deben estar en manos de una élite y no ser reveladas a aquellos que no tienen suficiente fortaleza para asumir la verdad. La sociedad necesita mentiras reconfortantes. Según sus postulados, la claridad moral es un elemento esencial, frente al que el relativismo de la sociedad estadounidense moderna solo conduce a un caos, que impide discernir los enemigos reales. Sus discípulos se ven a sí mismos como ese conciliábulo escogido –“una pequeña élite esotérica y conspiradora”– que deberá pilotar las políticas unilaterales que precisa EEUU para imponer su hegemonía. En ese núcleo duro se encontraban nacionalistas realistas como Richard “Dick” Cheney (vicepresidente) o Donald Rumsfeld (secretario de Defensa); pragmáticos, como Condoleezza Rice (consejera de Seguridad Nacional), reconocida experta en “kremlinología”, profesora en la Universidad de Stanford y partidaria de la realpolitik, es decir que las relaciones entre los países se rigen por consideraciones de poder y no éticas; ultraconservadores, como John Ashcroft (fiscal general); neoconservadores puros, como Paul Wolfowitz (subsecretario de Defensa) y Richard Perle (Comité de Política de Defensa del Pentágono), e internacionalistas liberales o pragmáticos como Colin Powell (secretario de Estado), Presidente del Estado Mayor conjunto con Bush padre y Consejero de Seguridad Nacional con Reagan. Salvo Powell, todos ellos asumían el rol imperial de EEUU como única superpotencia mundial5.

En política exterior, Bush optó, inicialmente, por los postulados de los nacionalistas realistas y los hegemonistas y como manifestó irónicamente Rice en alusión a la política de construcción de naciones (nation-building) de Bill Clinton, “no necesitamos tener a la 82a Aerotransportada escoltando a los niños al jardín de infancia” en Bosnia y Kosovo. En la misma línea apuntó Brent Scowcroft, asesor de seguridad nacional de Bush padre, cuando afirmaba que la política exterior del nuevo presidente era “mucho más conservadora, mucho más hostil al multilateralismo” que la de su predecesor6. Pero esos postulados dieron un giro de 180º tras los atentados del 11-S. Bush abrazó entonces las premisas neoconservadoras más duras, inspirándose en el informe antes mencionado del PNAC de septiembre de 2000.

Así pues, la irrupción de Al Qaeda en el corazón del imperio con los brutales atentados del 11-S condicionó la política exterior estadounidense y de gran parte del mundo occidental y de Oriente Medio en los primeros años del siglo. En Estados Unidos, sirvió a los neocons para revitalizar un concepto esencial de la Guerra Fría, el del “mal”, un mal absoluto antes personificado por la URSS y ahora por el “eje del mal”, Al Qaeda y, por extensión, en unos primeros momentos, el islam en su conjunto (la rectificación definitiva no se produjo hasta el discurso de Obama en la Universidad de El Cairo del 9 de junio de 2009). De ello se derivó una nueva filosofía política que rompía con la tradición aislacionista de los conservadores y del partido republicano, y que reivindicaba un nuevo orden mundial basado en la supremacía imperial de EEUU. Muy pronto esta nueva política se manifestó en dos guerras imperiales que concluirían con el fiasco de las ocupaciones de Afganistán e Irak, y que abrirían nuevos espacios para la expansión de Al Qaeda y de sus organizaciones afines.

En general, durante una década, los medios de comunicación occidentales se habituaron a leer la realidad de los países árabes y de algunos países musulmanes a través de la lente distorsionada de Al Qaeda, una versión espuria del islam de raíz wahabita. La sensación de vulnerabilidad a la que se refería Nye se había expandido como una mancha de aceite por los países occidentales y, paradójicamente, ahora que la conflictividad era mucho menor que durante la Guerra Fría, la percepción de inseguridad era mayor. Ello se debía, por un lado, a que los conflictos armados están desde entonces menos controlados, debido a que no encontramos solo a una o dos de las grandes potencias tras las partes implicadas. En el mundo de la posguerra fría no existen unas reglas de juego claras que regulen los conflictos armados o, en todo caso, Al Qaeda y otros grupos terroristas no están dispuestos a seguirlas. Y, por otro lado, la reiteración de atentados en países occidentales o en zonas turísticas (Bali, Madrid, Londres…) acrecentaban la sensación de inseguridad entre la población occidental. Sin embargo, la realidad evidencia que ésta es una percepción totalmente errónea, ya que en los últimos 40 años la mayor parte de los atentados y de víctimas han tenido lugar en países musulmanes. Entre 1979 y 2019, el 94,7% de los atentados de grupos islamistas han ocurrido en Oriente Medio, África del Norte, Asia Meridional y África Subsahariana; el 89,1% de ellos y el 91,2% de las víctimas son de países musulmanes; y el 89,4% y el 93% son responsabilidad de grupos sunníes, el 2% de grupos chiíes y el resto de filiación desconocida7.

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Así, la reacción en los países occidentales a los atentados del 11-S fue una multiplicación de las leyes antiterroristas y las legislaciones de emergencia, que en algunos casos pusieron en cuestión el respeto a los derechos humanos –cuando no los conculcaron directamente, a lo que se sumaron un endurecimiento de las políticas migratorias y de las leyes de extranjería, un incremento de la xenofobia (y la islamofobia) y, un repunte de los movimientos populistas y de extrema derecha, que ganaron fuerza en algunos parlamentos nacionales y que más tarde contagiaron al Parlamento Europeo, donde el voto populista de derecha radical se triplicó entre 2009 y 2019, pasando del 8% al 25%8.

En junio de 2004, la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (CERI) del Consejo de Europa ya denunció que “a consecuencia de la lucha contra el terrorismo emprendida desde los sucesos del 11-S, ciertos grupos de personas –en particular los árabes, judíos, musulmanes, determinados solicitantes de asilo, refugiados e inmigrantes– algunas minorías notorias y figuras visibles de dichos grupos son particularmente vulnerables al racismo y/o la discriminación racial en muchas esferas de la vida pública, incluyendo la educación, el empleo, la vivienda, el acceso a los bienes y servicios, el acceso a lugares públicos, y la libertad de circulación”9. Dos años más tarde, el Observatorio Europeo del Racismo y la Xenofobia registró los principales incidentes islamófobos sucedidos en Europa entre 2003 y 2005: en Francia, 196;  en Finlandia, 160 (el 40% del total de delitos racistas); en Países Bajos, 150 (incluidas pintadas en mezquitas y en escuelas y tiendas islámicas); en Reino Unido, 45 (sobre un total de 78 incidentes racistas); en España, 30; en Irlanda, 24; en Dinamarca, 22 (sobre un total de 32 incidentes xenófobos); en Alemania, 14 (incluidos 4 ataques a mezquitas); y en Grecia, 4 (relacionados con la profanación de mezquitas y cementerios)10.

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En los años que siguieron al 11-S, la guerra contra el terrorismo del presidente Bush reprodujo toda clase de abusos, desde el limbo judicial de la base militar de Guantánamo (Cuba), donde se practicaban todo tipo de métodos de interrogación poco ejemplares (privación del sueño, permanencias prolongadas en posiciones incómodas, música ininterrumpida a gran volumen, etc.), al uso de cárceles secretas en países poco escrupulosos con los derechos humanos donde se usaba la tortura para obtener información de los sospechosos de terrorismo… No faltaron las denuncias de diversas organizaciones de derechos humanos y del Lawyers Committee for Human Rights de Estados Unidos, que publicó informes sobre este tipo de prácticas “irregulares”11. En este contexto, incluso gobiernos poco respetuosos con los derechos humanos y las libertades apelaron a la lucha contra el terrorismo para erradicar o encarcelar a la oposición, agudizando aún más las aristas totalitarias y represivas de algunas dictaduras. Es bajo este prisma que deben interpretarse algunos de los cambios legislativos o la explotación de la retórica antiterrorista que ha tenido lugar en Pakistán, Egipto, Kenya, Israel, Liberia, Zimbabwe, Eritrea, Indonesia, China o Rusia –que no desaprovechó la ocasión para sumarse al carro del combate contra el terrorismo para poder actuar con más libertad en Chechenia. En definitiva, gobiernos todos ellos sobre los que pesan denuncias de abusos sobre los derechos humanos y las libertades democráticas, que utilizaron la amenaza del terrorismo internacional y la nueva legislación antiterrorista de Estados Unidos como fuente de legitimidad para justificar unas dictaduras que, autoerigiéndose en el dique capaz de contener el ascenso del islam político, aniquilaban cualquier tipo de oposición democrática. Diez años más tarde, las revueltas de la dignidad de la primavera árabe desmintieron el argumentario de estos regímenes. En torno a las mismas fechas, en mayo de 2011, en el transcurso de una operación encubierta de dudosa legalidad, una unidad de élite de la Marina de Estados Unidos localizó y ejecutó a Osama Bin Laden en su refugio pakistaní de Abbottabad. 

De Westfalia a la compleja geopolítica global

Sin duda, los atentados del 11-S demostraron que Al Qaeda y otras organizaciones afines estaban en condiciones de socializar el terror y de amenazar la seguridad en muchos países –en particular de los musulmanes y puntualmente de las democracias occidentales. De hecho, muy pronto, la organización creada por Osama Bin Laden se convirtió en un icono de la jihad (en la interpretación de “guerra santa” que se le da en Occidente) capaz de difundir su ideario y sus mensajes por la red y perpetrar atentados mediante franquicias o “lobos solitarios”. Sin embargo, como advirtió el filósofo de ciencia política John Gray, es ilusorio creer que se puede transformar el mundo a través de una serie de atentados mediáticamente espectaculares. Del mismo modo, también es ilusorio creer que a medida que el resto del mundo asuma la ciencia y la tecnología occidental y se vuelva moderno, se transformará en laico, ilustrado y pacífico12. En el contexto post 11-S, estos son dos mitos que se retroalimentan.

Por un lado, el 26 de diciembre de 2001, tres meses después del 11-S, Bin Laden emitió un mensaje en que se jactaba de haber resistido la última ofensiva del «infiel» para capturarlo (se refería a la operación de las montañas de Tora Bora de inicios de diciembre tras el fin de la ocupación de Afganistán), reconocía como mártires a los diecinueve autores de los atentados del 11-S que “sacudieron el trono de Estados Unidos" añadiendo que "Con la voluntad de Dios, el final de Estados Unidos no estará lejos (…) no dejaremos de atacaros”13. Por el otro, el 7 de octubre de 2001, la maquinaria militar estadounidense se ponía en marcha contra el régimen talibán en Afganistán, que se negaba a entregar a los dirigentes de Al Qaeda, invocando, de manera un tanto forzada, el concepto de “guerra justa” y el principio de autodefensa de la carta de Naciones Unidas. Pero la guerra tiene un punto de obscenidad, dadas las diferencias económicas y militares de los dos contendientes. En apenas dos meses, Afganistán quedó ocupado y los principales dirigentes talibanes huyeron a Waziristán (Pakistán) y los de Al Qaeda a Pakistán, Irán e Irak.

El mismo argumento de la guerra contra el terrorismo –al que se añadió la posesión de Armas de Destrucción Masiva (ADM)– se utilizaba dos años después para invadir Irak y acabar con el régimen de Saddam Hussein. En ambos casos se trataba, según la administración de George Bush, de democratizar esos países e incorporarlos a la modernidad en el sentido que expresaba John Gray. En otras palabras, el discurso de los neocons y el de Al Qaeda se retroalimentaban y reafirmaban mutuamente durante casi una década.

Diez años antes, el colapso de la URSS en diciembre de 1991 había marcado el comienzo de una crisis geopolítica de larga duración: puso fin al sistema de equilibrio de poder o sistema de Westfalia que había caracterizado las relaciones internacionales en los últimos tres siglos y, cuya última expresión fue el sistema de bloques de la Guerra Fría; provocó un vacío de poder en amplias regiones del mundo y dio lugar a la aparición de nuevos estados fruto de la descomposición de la URSS y de Yugoslavia (buena parte de las antiguas repúblicas populares de la Europa del Este y las repúblicas bálticas acabaron integrándose en la OTAN y la UE); dejó a Estados Unidos como vencedor de la Guerra Fría y, momentáneamente, como única gran potencia mundial (sobre todo en el terreno militar); dio lugar a la aparición de “nuevas guerras” (en expresión de Mary Kaldor) y de nuevos conflictos de carácter asimétrico que enfrentan a fuerzas convencionales con un combatiente difuso –a veces a tiempo parcial, que no persigue prioritariamente el control territorial sino que pretende infligir el mayor daño posible con el mínimo coste y con un fuerte impacto mediático o anímico y que, para ello, no renuncia a socializar el terror mediante atentados indiscriminados, políticas de limpieza étnica, un uso eficiente de las redes sociales o la retransmisión de ejecuciones14. Es en este contexto que se inscribió la acción de Al Qaeda (y de otros grupos afines) durante las primeras décadas del siglo. Y las invasiones de Afganistán e Irak no hicieron más que propiciar nuevos campos de batalla donde Estados Unidos y sus aliados arrollaban en la dimensión convencional –militar– del conflicto, pero debido a los elevados costes de la ocupación, acababan viéndose obligados a retirarse sin haber alcanzado los objetivos propuestos y dejando atrás estados fallidos sumidos en una escalada de violencia inacabable. Al mismo tiempo, el uso de medidas excepcionales para combatir el terrorismo, no siempre respetuosas con los derechos humanos, y el trato dado a inmigrantes han minado la credibilidad democrática de los países occidentales. En definitiva, a los veinte años de los atentados del 11-S, podemos afirmar que el ciclo de cambios que se abrió con la implosión de la URSS y que, en cierta medida, se alumbró dramáticamente aquella mañana del 11-S, configuran hoy un mundo mucho más complejo del que imaginó un pensamiento neoconservador cautivo todavía del maniqueísmo simplista heredado de la Guerra Fría. 

 

Referencias bibliográficas

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Notas:

1- Véase Nye, 2002.

2- Véanse Project for the New American Century, 2000; Huntington, 1993 y 1996.

3- Véanse La Casa Blanca, 2002; Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, 2002.

4- Véase Kagan, 2002 y 2003; Cooper, 2003.

5- Véase Mann, 2004.

6- Citas extraídas de Traub, 2001.

7- Véase Fondation Pour l’innovation Politique, 2019.

8- Sobre los cambios legislativos ver Álvarez Conde y González, 2006. Sobre el ascenso de la extrema derecha, ver Segura i Mas, 2016.

9- Véase Consejo de Europa, 2004.

10- Véase European Monitoring Centre on Racism and Xenophobia, 2006. 

11- Véase Lawyers Committee for Human Rights, 2003a y 2003b; y Doherty y McClintock, 2002.

12- Véase Gray, 2003.

13- Véase Lawrence, 2007.

14- Véase Segura i Mas, 2018.