Los Países Bajos como síntoma

Los Países Bajos como síntoma

Data de publicació:
03/2017
Autor:
Carme Colomina, investigadora asociada, CIDOB
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Las elecciones legislativas holandesas son las primeras de un año decisivo que medirá la fortaleza en las urnas del populismo xenófobo en la Unión Europea. En enero pasado, en la ciudad alemana de Coblenza, las grandes fuerzas de la derecha populista europea se unieron para escenificar “el inicio de una primavera patriótica” que “devolverá la palabra al pueblo”. Y los Países Bajos se erigen ahora en la vanguardia de esta transformación. No es la primera vez.

El malestar que hoy recorre buena parte de Europa ha vivido ya sus propias precuelas en la historia reciente de los holandeses. Desde la irrupción, a principios de 2000, de un político carismático y populista como Pim Fortuyn –asesinado dos años después-, que revolucionó la política holandesa con su aborrecimiento de lo políticamente correcto y sus críticas al fundamentalismo islámico y a la inmigración masiva, a otra muerte –en este caso atribuida al fundamentalismo islámico- la del cineasta Theo van Gogh, en 2004,  después de estrenar Submission, su película sobre la mujer y el Corán. Franceses y holandeses fueron también los responsables del fracaso electoral del proyecto de Constitución Europea, que sumió la UE en una profunda crisis de identidad de la cual aún no ha conseguido recuperarse.

Así pues, los Países Bajos permiten tomar el pulso a Europa. Por eso, el éxito del Partido de la Libertad del líder xenófobo Geert Wilders –que incluso con una victoria en votos no conseguiría formar Gobierno- no se mide tanto en escaños como en su capacidad de determinar la agenda política de su país.

En la escena política holandesa se concentran, además, muchas de las tendencias que, en dosis distintas, explican la fuerza del populismo de derechas en la Unión. La primera, la radicalización del discurso migratorio. Durante esta campaña electoral, el primer ministro, Mark Rutte, publicó un anuncio a página entera en los principales periódicos del país advirtiendo que aquellos “que rechacen adaptarse y critiquen nuestros valores” que “actúen normal o se vayan”. No es la primera vez que el liberal Rutte endurece su discurso migratorio durante unos comicios, de la misma manera que, en los últimos años, la extrema derecha ha influido en el endurecimiento de políticas y debates sobre la inmigración en países como Francia, Austria o Dinamarca.

La crisis de los partidos tradicionales y la emergencia de nuevas fuerzas políticas que se extiende por toda la Unión Europea han acrecentado aún más la tradicional fragmentación de la política holandesa. La formación de nuevos partidos para estos comicios no solo refuerza la atomización del voto sino también un Partido de la Libertad que ejerce de grande en un escenario de partidos pequeños.

Como en el populismo austríaco, que nació en la Carintia para convertirse en una fuerza electoral determinante, en Holanda también se respira un cierto populismo de la periferia contra el poder y la capital. Los Países Bajos son mucho más que Ámsterdam, y Wilders representa, precisamente, al país que se alza contra las élites culturales y políticas de las grandes ciudades, en Ámsterdam, Rotterdam o La Haya. Wilders es originario de Limburgo, una provincia católica del sureste del país, que atravesó una crisis económica en la década de los ochenta por el cierre de las minas de carbón. Por ello, cuando ataca a las élites que pervierten la identidad y acusa a los tecnócratas de usurpar la soberanía, no se dirige únicamente a Bruselas sino también a les grandes ciudades cosmopolitas de la costa holandesa.

Wilders ha cultivado su imagen y su carácter deliberadamente provocador como antítesis de la tecnocracia y la política convencional que aborrece y ése ha sido, precisamente, el secreto de su éxito.

Su fuerza es el triunfo de la política de la disrupción, acrecentada por la debilidad de las instituciones europeas y una profunda erosión de la unidad en el seno de un proyecto  comunitario concebido como escenario de choque de los distintos intereses nacionales.

La Unión Europea lleva décadas lidiando con la presencia de la extrema derecha pero, en los últimos quince años, el populismo se ha extendido, fortalecido y reinterpretado hasta transformar la agenda, la retórica y las políticas comunitarias. La extrema derecha ha ido cambiando de estética y enemigos para asegurarse una supuesta respetabilidad y nutrir su cesta de votos pero, sobre todo, su verdadero éxito radica en haber conseguido erigirse en alternativa depoder: por vía indirecta, a fuerza de imponer su agenda política a gobiernos y partidos tradicionales (la llamada crisis de los refugiados y los atentados han exacerbado discursos y apoyos); y por vía directa, ejerciendo de refugio electoral de aquellos que se han sentido excluidos de la política y de las políticas dictadas en los últimos años. El populismo ha dejado de ser síntoma de descontento para convertirse en alternativa real, que gobierna en Hungría o Polonia, forma parte de coaliciones gubernamentales como en Finlandia, o ejerce de actor clave en la escena política francesa, holandesa o danesa.

Cada uno de estos populismos aglutina desencantos o frustraciones distintas (austeridad, inmigración, una defensa de la soberanía y la identidad, la lejanía de Bruselas) y eso les  permite arraigar tanto en países económicamente fuertes, como Austria, como en estados receptores netos de ayudas comunitarias, como Polonia o Hungría. En estas nuevas democracias iliberales que se consolidan en el seno de la Unión, así como en los argumentarios políticos de líderes populistas como Geert Wilders, el desdén por las instituciones -europeas, pero tamb­ién nacionales- que constriñen su poder es una constante. En su ideario figura, además, una nueva interpretación de los derechos, menos universales y más centrados en los derechos de los suyos, los de su potencial electorado.

Aunque la inseguridad económica, la precariedad laboral y los costes sociales de la crisis han actuado como ejes movilizadores del apoyo electoral a estas fuerzas, el discurso identitario es el fino hilo conductor del populismo de derechas. Pueden discrepar en sus recetas económicas u oscilar entre el conservadurismo y el liberalismo social, pero coinciden ampliamente en su discurso sobre inmigración y derechos de las minorías. Todas estas fuerzas tienen, a su vez, un mínimo común denominador: un euroescepticismo que ha traspasado los límites de señalar a la UE como culpable de todos los males por sus política injustas y tecnocráticas. Ahora la Unión Europea también es culpable por lo que es, por lo que representa como instrumento político y administrativo, por la cesión de soberanía que conlleva, porque obliga a repensar y a abrir la idea de identidad y de pertenencia. 

D.L.: B-8439-2012