Putin, icono de los populismos euroatlánticos

Data de publicació:
04/2017
Autor:
Nicolás de Pedro, investigador principal, CIDOB
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Putin es un referente para los populismos de derechas a un lado y otro del Atlántico. Hace años ya, mucho antes de la aparición política de Donald Trump, que el ala más reaccionaria del Partido Republicano -el Tea Party- y grupos racistas de extrema derecha estadounidenses muestran su admiración por el presidente ruso. Durante la campaña presidencial, Trump lo presentó como un arquetipo de sus aspiraciones presidenciales. Algo parecido sucede con la mayor parte de movimientos xenófobos europeos. Tanto el Front National (FN) francés como la Alternative für Deutschland (AfD) alemana o el United Kingdom Independence Party (UKIP) británico parecen fascinados por la imagen que proyecta  –y cultiva– Putin de líder enérgico, viril y tradicionalista. Por caminos distintos, partidos como Syriza en Grecia, el Movimento 5 Stelle italiano o Podemos en España –que cabe definir como populistas de izquierda– también muestran gran sintonía con Moscú, aunque, en este caso, por supuestas razones «geopolíticas». Así, sus simpatías se decantan por una suerte de «eje de la resistencia» ampliado que incluye además de Rusia a países como Irán, Siria o Venezuela aglutinados por su enfrentamiento con Washington. En este contexto, cabe preguntarse por la naturaleza del putinismo y por la posibilidad de incardinarlo o no dentro de la marea populista en Europa. 

La caracterización ideológica del régimen de Putin genera debates intensos entre los expertos. En particular, existe poco consenso en lo relativo a la agenda conservadora impulsada tras su retorno a la presidencia en marzo de 2012. Para algunos como Michel Eltchaninoff, las convicciones del presidente ruso hunden sus raíces en el pensamiento ruso más nacionalista y conservador –particularmente en la obra del redescubierto Ivan Ilyin– y reflejan un intento consistente por modelar una identidad e idea rusa redefinida sobre estos parámetros y, en buena medida, confrontada con el Occidente liberal y cosmopolita. Para otras, como Marlène Laruelle o Kadri Liik, si algo caracteriza al putinismo es su flexibilidad y uso instrumental de varios registros doctrinales, con fines pragmáticos y escaso interés por articular una suerte de nueva ideología oficial. Y lo cierto es que el régimen de Putin ha oscilado notablemente en sus propuestas y narrativa pública –o, si se prefiere, ha evolucionado–, pero su concepción estatista –la centralidad del Estado en la vida política y social– es un elemento constante e invariable. Ese es, en mi opinión, el rasgo fundamental del pensamiento político del presidente Putin.   

A primera vista, el régimen de Putin no encaja fácilmente en la definición de Cas Mudde, adoptada por este volumen, que pone el énfasis en la dicotomía entre la «gente pura» y la «élite corrupta». Si algo tienen claro los rusos comunes es que hay un abismo insalvable entre ellos y las acaudaladas élites políticas y económicas del país. Y si algo revela la creciente desmovilización electoral, y confirman reiteradamente las encuestas, es que el ciudadano medio considera que su capacidad para influir políticamente es nula. 

Sin embargo, el eje gente/pueblo es una constante en el discurso de Putin y en la narrativa del Kremlin. De hecho, el régimen se presenta a sí mismo como una encarnación de las aspiraciones y destino del pueblo ruso, siguiendo en esto la tradición soviética. Más allá de la pasividad social y política, una de las claves para explicar esta situación –aparentemente aceptable para la gran mayoría de la población– tiene que ver con el lugar asignado al Estado en el espacio simbólico, presentado como manifestación tangible de la identidad colectiva rusa. De esta manera, no sólo no pueden concebirse el uno sin el otro, sino que los intereses de la gente y el Estado no pueden, desde esta perspectiva, presentarse como divergentes. 

Para reforzar la legitimidad popular de su mensaje, el Kremlin cuenta con las voces nacional-populistas de la leal oposición parlamentaria a izquierda y derecha –el Partido Comunista de la Federación Rusa, liderado por Guennadi Ziugánov, y el Partido Liberal Demócrata, encabezado por Vladímir Zhirinovsky– que agitan el espacio público con soflamas demagógicas, pero sin suponer ningún desafío político real ni cuestionar la figura del presidente Putin.  A ello, por supuesto, se añade el hecho de que el Kremlin construye para su opinión pública un supuesto enemigo exterior –Occidente– que aspira a quebrar el Estado ruso y con ello la prosperidad de la gente. Esto facilita la pretendida convergencia de intereses y un esquema de fortaleza asediada en el que los críticos locales se convierten en quintacolumnistas y traidores. Y como no se trata de Occidente en general, sino de sus élites en particular, es posible construir un relato en el que un Kremlin dominado por millonarios de vida ostentosa y con mansiones en Londres o la Costa Brava se presenta como guardián y garante de los intereses de la gente común –el pueblo ruso–frente a unas elites «globalistas y cosmopolitas», pretendidamente depredadoras en lo económico y depravadas en lo moral (y, cabría añadir, en lo étnico-racial). 

Y es esta dimensión exterior la que permite comprender, además, por qué una figura como el opositor Alekséi Navalny que aspira a liderar la resistencia de la gente pura frente a la élite corrupta puede ser caracterizado como un liberal al servicio de intereses extranjeros por los medios de comunicación rusos y ser percibido como tal por una parte significativa de la población. Y esto a pesar de que el movimiento de Navalny se articula en la denuncia constante de la corrupción imperante entre la élite dirigente, lo que lo asemeja a movimientos populistas europeos de izquierda y con el espíritu originario de los indignados. Pero, Navalny también coquetea en su discurso con el rechazo a la inmigración del Cáucaso y Asia Central –achacadas también al Kremlin y sus proyectos de integración eurasiática– y ha flirteado en ocasiones con el nacionalismo xenófobo, lo que lo acerca al FN, el AfD o el UKIP. En cualquier caso, la naturaleza del sistema político ruso, y el empleo por parte del Kremlin de todo tipo de recursos formales e informales para impedir la consolidación de cualquier alternativa, hacen inviable una toma del poder por medios electorales. En otras palabras, un Podemos, sencillamente, no podría emerger en Rusia.  

La agenda conservadora y la idea de fortaleza asediada promovidas por el Kremlin se han intensificado con la oleada de protestas en Moscú y San Petersburgo de finales de 2011 y con la crisis de Ucrania. Unidos a ellas, el progresivo deterioro de la economía rusa y las pobres perspectivas a medio plazo han obligado al Kremlin a buscar nuevas fuentes de legitimidad. Por consiguiente, cabe interpretar la anexión de Crimea como una operación motivada también, e incluso principalmente, por razones de política doméstica. Como apuntaba Ivan Krastev en una entrevista publicada en junio de 2015, con la anexión –y la consiguiente fiebre del Krim nash (Crimea nuestra)– Putin ha conseguido «desvincular su propia legitimidad y la de su régimen del desempeño económico de Rusia». Si bien, sobre este punto, es importante indicar que la legitimidad de Putin y su estructura de poder discurren, parcialmente, de forma independiente. La genuina popularidad del presidente contrasta con el malestar imperante frente al contexto socioeconómico y las pobres expectativas vitales. Y ello a pesar de la enorme concentración de poder en manos del propio presidente. Pero, a ojos de muchos y como en otros entornos autoritarios y con fuerte culto a la personalidad, funciona la fórmula del «si el buen Rey supiera lo que hacen sus ministros»… 

Como otros populistas, Putin ha tenido, como mínimo, el olfato político para intuir un estado de ánimo latente en la ciudadanía rusa que, sugiere Krastev en la misma entrevista, deseaba, fundamentalmente, dotarse de significado como respuesta ante la crisis. Y esto se traduce en una agitación nacionalista y patriotera que galvaniza el apoyo popular y desvía la atención de otros asuntos. El llamado consenso Putin se ha redefinido y, a falta de prosperidad económica, ahora ofrece significado, espectáculoy exaltación dentro de unos límites claramente fijados por el Kremlin y bastante más estrechos de lo que suele creerse. La gran incógnita es, claro, si este esquema es sostenible y por cuánto tiempo. Ya no se trata, como en los dos primeros mandatos (2000-2008), de una propuesta de normalidad –que ha fracasado–, sino de excepcionalidad. Es una apuesta, además, extremadamente dependiente de un contexto regional e internacional con pocos visos de mejorar a corto plazo. Lo cataloguemos de populista o no, el régimen putinista seguirá, por ello, generando una enorme incertidumbre hacia dentro y hacia fuera.