Marcando la agenda del Brexit: el populismo y el UKIP en el Reino Unido

Data de publicació:
04/2017
Autor:
Pol Morillas, investigador principal, CIDOB
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Las malas lenguas dicen que en el Reino Unido ya no hace falta votar al UKIP (UK Independence Party, partido eurófobo y de extrema derecha) para votar por sus ideas. La influencia del partido ha sido fundamental para entender las dinámicas de la política británica antes y después del referéndum del Brexit, convirtiendo buena parte de las ideas del partido de Nigel Farage en agenda de gobierno.  

Antes del referéndum del Brexit, el partido Conservador, bajo el liderazgo de David Cameron, vio cómo su ala más euroescéptica daba por buenas las proclamas antieuropeas del UKIP. Esto llevó a Cameron a prometer un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE si ganaba las elecciones generales de 2015. Durante la campaña del referéndum del Brexit, las tesis del UKIP endurecieron la campaña del «leave» con proclamas para «recuperar la soberanía» y en contra de la inmigración. Consumada la opción del Brexit, la línea dura se ha impuesto como condición de partida de las negociaciones con Bruselas, con la voluntad declarada de Theresa May de abandonar el mercado único para atajar la inmigración europea y eliminar la jurisdicción del Tribunal de Justicia de la UE.  

La ideología del UKIP ha permeado en la agenda de las fuerzas políticas de centro en el Reino Unido, y este es quizá el aspecto más relevante de los efectos del populismo en la política británica. Tan es así que, incluso en el momento en el que el UKIP se ha visto engullido por luchas fratricidas desde la dimisión de Nigel Farage como líder, buena parte de sus ideas han seguido en el debate público después del referéndum. Es el caso de la agenda de gobierno de la primera ministra británica, pero también del líder de la oposición Jeremy Corbyn, que nunca se ha mostrado dispuesto a defender posiciones radicalmente distintas a las del Gobierno en la gestión del Brexit. Haciendo uso del marco planteado por Diego Muro en este volumen, el UKIP y la política británica post-Brexit se caracterizan por compartir elementos clave con la definición de populismo.  

En primer lugar, el Brexit se ha planteado como una confrontación entre la «gente común» y el establishment, propia de las fuerzas populistas cuando dicen empatizar con las preocupaciones del «pueblo» y atacar los intereses de sus dirigentes. Durante la campaña del referéndum, la división en el partido conservador, por un lado, y la presión de su ala más euroescéptica y del UKIP, por otro, provocaron que el Brexit se convirtiera en arma arrojadiza contra el Gobierno de David Cameron, que vio cómo perdía popularidad a medida que se acercaba el voto.  

Las críticas contra el establishment incluían objetivos tan variados como el Banco de Inglaterra, el Fondo Monetario Internacional, los líderes de las principales potencias mundiales o los sindicatos y patronales –todos ellos favorables al «remain»-, lo que llevó al antiguo ministro de Justicia de Cameron a pronunciar su famoso «Britons have had enough of experts». La animadversión hacia las élites ha permanecido después del referéndum y los tabloides británicos han llegado a bautizar como «enemigos del pueblo» a los jueces que obligaron al Gobierno de Theresa May a someter la activación del artículo 50 del Tratado de la UE para el Brexit al Parlamento británico.  

En segundo lugar, la campaña del Brexit dio centralidad a dos elementos clave de la agenda populista: la soberanía y la inmigración. La exclamación de Nigel Farage «we want our country back» inspiró el lema oficial de la campaña del Brexit: «take back control». Durante la campaña, alrededor de un 30% de los encuestados creía que un motivo de peso para acudir a las urnas era el derecho del Reino Unido a «actuar independientemente», a la par con las preocupaciones sobre el empleo y la economía en general. En lo alto de sus prioridades para negociar un acuerdo con la UE después del Brexit, Theresa May puso «retomar el control de nuestras propias leyes» y acabar con la jurisdicción europea.  

Un poco por detrás figuraba la necesidad de «controlar la inmigración» proveniente desde Europa, lo que se tradujo en la voluntad de abandonar el mercado único y la libertad de movimientos que lleva aparejada. La inmigración figuraba también en lo alto de las preocupaciones de los británicos durante los meses anteriores al referéndum (cerca del 50% de los ciudadanos así lo afirmaba, mientras que un 30% reconocía que la inmigración sería un elemento determinante de su voto). Sin embargo, a diferencia de otros populismos en Europa, el rechazo a la inmigración en el Reino Unido no ha tomado tintes antiislam tan destacados, sino que se ha centrado en buena parte en atajar la llegada de ciudadanos europeos.  

Finalmente, el Brexit también ha puesto de relieve lo difícil que resulta llegar a un consenso acerca de los elementos causales del populismo. Algunos estudios han enfatizado elementos socioeconómicos clásicos como la pobreza, la vulnerabilidad y la falta de oportunidades como elementos explicativos del voto Brexit, relacionándolo con la ola de rechazo generada por los «perdedores de la globalización». Otros han puesto de relieve la variable educativa, sin negar la correlación existente entre esta y otros elementos estructurales como la situación económica. Incluso algunos han explicado el voto favorable a abandonar la UE como algo ligado a los valores personales, encontrando niveles de correlación sorprendentes entre el apoyo al Brexit y a la pena de muerte o el rechazo a las sociedades abiertas.  

Sea como fuera, el Brexit ha resultado ser el primer evento de una serie de reacciones «contra el sistema», desde la victoria de Trump en Estados Unidos al auge de Marine Le Pen en Francia, pasando por Orbán en Hungría o Wilders en Holanda. Todos ellos forman parte de una temida «internacional populista», a pesar de que sus raíces y expresiones toman formas distintas en función del escenario nacional en el que actúan. El Brexit no deja de ser algo en lo que estos líderes se ven reflejados, precisamente gracias a su capacidad de transformar en convencionales ideas como «retomar el control» o luchar contra «los de fuera», anteriormente en manos de partidos extremistas como el UKIP y hoy en el centro de la agenda política británica.