Treinta años de postsovietismo: una descolonización inconclusa

Data de publicació:
06/2020
Autor:
Carmen Claudín, investigadora sénior asociada, CIDOB
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La desaparición de la Unión Soviética en diciembre de 1991 ha convertido a las antiguas repúblicas federadas en estados independientes, al menos nominalmente. Los vínculos que estos nuevos sujetos del derecho internacional habían tejido entre ellos tuvieron que ser recompuestos sobre la base de las viejas relaciones entre repúblicas del sistema soviético. En aquel, todos sabían quién mandaba (el actor político, único y central, el Partido Comunista) y qué había que hacer para evitar problemas y vivir sin que te molestaran. A partir de esa premisa, quedaba muy claro para todos –gestores del Estado y población (evitamos deliberadamente el uso del concepto ciudadanos)– que la URSS era una federación, pero que solo había un centro (Moscú) y que todos los pueblos que la componían eran iguales, pero los eslavos más que los demás y los rusos más que todos.

La asimetría que ya existía entre ellos en el período soviético quedó claramente reflejada en la correlación de fuerzas que se impuso después. Una vez desaparecida esta claridad soviética, las relaciones entre repúblicas –mucho menos fraternas de lo que pretendía la propaganda oficial– se volvieron más complejas al pasar a relaciones entre estados soberanos, llenas de tensiones más o menos soterradas, entre los que solo uno seguía dominando, Rusia. En este marco regional, nuevo y viejo a la vez, han crecido aspiraciones nacionales que ya se habían manifestado en el pasado (como los bálticos1, Ucrania, Armenia o Georgia) o que empezaron a descubrirse a sí mismas, como en Asia Central.

Rusia ha dado siempre por supuesto tanto su papel hegemónico en el espacio dejado por la URSS como la legitimidad de sus intereses allí. Por ello, Moscú no habla de poder emergente sino de restauración de aquello que nunca debería haber dejado de existir pero que se derrumbó por culpa de los occidentales. Como apuntaba tras la anexión de Crimea el muy influyente analista ruso, Serguéi Karaganov2, la estrategia occidental “se basa en malentendidos y errores de cálculo. El malentendido es que esto es, en el fondo, un enfrentamiento por Ucrania. Para los rusos, es algo mucho más importante: es una lucha para evitar que otros expandan su esfera de control en territorios que creen que son vitales para la supervivencia de Rusia”.

Así, a partir del lanzamiento de la Política Europea de Vecindad en el 2004, el Kremlin interpreta la ampliación de la Unión Europea siempre como una amenaza a sus intereses naturales. Siguiendo la misma conveniente lógica, el Kremlin no puede ni siquiera concebir que otros estados de su extinta órbita aspiren a decidir autónomamente su futuro y miren hacia la Unión Europea sin necesidad de que ninguna maniobra exterior oculta les empuje a ello, como, según el Kremlin, habría sido el caso de las llamadas revoluciones de color en Ucrania, Georgia o Kirguistán, a principios de los años 2000 y otra vez en Ucrania con el Euromaidán en el 2014. No por casualidad, es a partir de este principio que Moscú reaviva y perfecciona hasta altos grados de sofisticación el viejo instrumento de la desinformación, llegando a niveles sin precedentes de interferencia en terceros países, en particular la Unión Europea y Estados Unidos. 

Conflictos congelados y conflictos calientes

Los primeros conflictos que, con el paso del tiempo y falta de resolución, fueron llamados “congelados” aparecieron a finales los ochenta y principios de los noventa (Transdnistria y Nagorno-Karabaj) y en el 2008 (Osetia del Sur y Abjazia). La anexión rusa de Crimea en febrero-marzo del 2014 y la guerra híbrida en la parte ocupada del Donbás (Donetsk y Luhansk) han vuelto a poner el foco en la existencia de esos cuatro conflictos (ver cuadro en la página 128). 

La presencia de minorías rusas en todos los nuevos estados ha sido para el Kremlin el argumento privilegiado para legitimar sus intervenciones en el espacio de la antigua Unión Soviética. Tras la disolución de la URSS, unos veinte millones de rusos étnicos quedaron fuera el territorio ruso, convertidos en ciudadanos de otros estados. Moscú designa a todos los rusófonos como sus compatriotas, una definición ambigua que permite dar un salto de lo que dice el artículo 61.2 de la Constitución rusa (“garantizar a sus ciudadanos protección y asistencia en el extranjero”) a la definición que utiliza el Concepto de Política Exterior rusa (2013), según el cual Rusia ha de “proteger integralmente los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos y compatriotas rusos que residen en el extranjero”. La lógica de este planteamiento es que Rusia está en su derecho de proteger –o sea de intervenir, incluso militarmente– a sus “compatriotas” estén donde estén. En este marco, Moscú ha desarrollado lo que algunos expertos llaman pasaportización3 a saber, la política de otorgar con la mayor facilidad pasaportes rusos a todos los rusos y no rusos (abjazos y osetios, por ejemplo) que los deseen aunque sean ciudadanos de otros estados. Con ello, Moscú hace crecer a su conveniencia el número de compatriotas por defender cuando lo considere oportuno.

En cuanto a Ucrania, Rusia declara que respeta su integridad territorial y su soberanía pero, a la vez, considera que son un mismo pueblo que no puede ser separado sino por medios artificiales. Ello explica en parte que Moscú no perciba su relación con Ucrania solo como un tema de política exterior y que la envuelva en una narrativa esencialista. También le interesa mucho al Kremlin convencer al auditorio doméstico e internacional de que Rusia no tiene conflicto con Ucrania y que la contienda en la parte ocupada del Donbás es un conflicto interno entre ucranianos, es decir, una guerra civil. 

Pero, tras evaluar los hechos, un dictamen de la Corte Penal Internacional4 contradice claramente esta óptica interesada, al concluir que la guerra en el este de Ucrania es “un conflicto armado internacional entre Ucrania y la Federación de Rusia”. En cuanto a Crimea, una resolución adoptada por Naciones Unidas (GA/11493) en marzo del 2014 que llama a no reconocer la anexión recogió 100 votos a favor, 11 en contra y 58 abstenciones5. En un gesto muy significativo, incluso Kazajstán y Uzbekistán, los dos socios más importantes de Rusia, se abstubieron de reconocer la anexión. Los que tampoco apoyan la anexión son los tátaros de Crimea, verdaderos moradores históricos de la península, que por ello se han convertido en objetivo predilecto de la represión de las autoridades locales.

Los acuerdos de Minsk, negociados entre Ucrania, Rusia, Francia y Alemania en el 2015 para el cese de hostilidades en el Donbás, han permitido alcanzar un estado de “ni guerra ni paz” pero no conseguirán salir adelante en su enunciado actual porque Rusia no es neutral en ese tablero: sostiene a los insurgentes a los que no solo arma y mantiene económicamente, sino que nutre de combatientes irregulares y, en al menos dos ocasiones, respalda con sus fuerzas armadas regulares. No por casualidad, las violaciones del alto el fuego son constantes. Si lo  quisiera el Kremlin, la confrontación militar se habría acabado. A Moscú le interesa mantener a Kiev ocupada con el esfuerzo bélico en lugar de concentrarse en la tarea primordial de reformar democráticamente el sistema y demostrar que es posible fuera de la órbita rusa. Una situación sin parangón en territorio europeo desde la Segunda Guerra Mundial: un territorio anexionado ilegalmente manu militari por un estado tercero, un frente abierto desde hace seis años y un balance de unas 13.000 víctimas mortales y 1,5 millones de personas desplazadas.

Así, la militarización del espacio postsoviético es uno de los balances más inquietantes desde la disolución de la URSS y un claro peligro para la seguridad europea. El actor central de esta situación es lógicamente Rusia y si Azerbaiyán y Armenia tienen, como hemos visto, su parte de mérito, ninguno de ellos hubiera llegado al nivel de capacidad militar que ostentan sin la aquiescencia de Moscú. Yereván se ha quejado repetidamente por la venta de armamento a Azerbaiyán por un Gobierno (el ruso) que se supone amigo y socio institucional; pero es en vano: un estudio de SIPRI6 muestra que, entre el 2005 y el 2014, el 85% del armamento comprado por Bakú provenía de Rusia.

El orgullo ruso por la recobrada capacidad militar es parte inherente –y precede al desarrollo económico y social– de cómo Rusia entiende la noción de potencia: “Nuestro país está encontrando su lugar. Compare las Fuerzas Armadas soviéticas, pesadas y caras, con los ágiles militares de la Rusia moderna. (...) Rusia no se rendirá. Esto se ha convertido en una cuestión de vida o muerte de nuestra nación”7

Dinámicas de integración... ¿o matrimonios de conveniencia?

La creación de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), en diciembre de 1991, aportó el marco legal necesario para gestionar las relaciones entre los nuevos estados soberanos. De los doce miembros iniciales (Armenia, Azerbaiyán, Bielarús, Georgia en 1993, Moldova, Kazajstán, Kirguistán, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán, Uzbekistán y Ucrania) quedan nueve, Georgia, Ucrania y Turkmenistán habiéndola abandonado de jure o de facto en momentos distintos. Pero este marco de gestión –que se complementó en 1992 con el Tratado de Seguridad  Colectiva– no respondió a las expectativas ni de Moscú ni de sus ahora socios. Una vez superada la conmoción inicial de la desintegración, en particular en Asia Central, estos últimos empezaron a valorar su soberanía y a demostrar su descontento de formas diversas (abiertas o indirectas), pero bastante claras. La llegada de Putin al poder pone en marcha, a partir del año 2000, una política activa de reintegración del espacio postso-viético, que culmina en la Unión Económica Euroasiática (UEE), creada en mayo del 2014 por Rusia, Bielarús y Kazajstán y a la que Armenia y Kirguistán se unen un año después8.

Uno de los problemas estructurales que aqueja a este proyecto –y, de hecho, a toda la  dinámica de integración– es la desorbitada preponderancia rusa (en todos los niveles: político, económico, militar, energético, élites, etc.) respecto a sus socios (incluso aquellos con más recursos como Kazajstán o Azerbaiyán). Si bien no lo demuestran públicamente por igual, todos los socios son conscientes de algo que les resulta familiar: la voluntad rusa de dominar imponiendo un papel dirigente que considera natural. El uso por parte del Kremlin de las minorías rusas, presentes en todos estos países, no les ha pasado desapercibido, y la anexión de Crimea acaba de dejar muy claro hasta dónde Moscú puede estar dispuesto a llegar. Por ello Kazajstán y Bielarús, principales socios de Rusia, se han resistido a ir más allá del ámbito económico y llegar, como le complacería a Moscú, hasta una integración más política con cesión de soberanía a la manera de la UE.

La Unión Económica Euroasiática es para el presidente Putin su proyecto emblemático, destinado a demostrar que Rusia puede liderar un proyecto regional capaz –se estima– de convertirse en un actor global entre la Unión Europea y China. Todos sus miembros tienen el mismo voto pero la sobredimensión de Rusia es aplastante: ella sola representa el 86% de su PIB9. El diseño institucional está inspirado principalmente en la Unión Europea pero el desarrollo práctico dista mucho de la lógica de una verdadera cooperación entre socios con un equilibrio real de los intereses nacionales.

Cinco años después, las propias estadísticas oficiales10 muestran que el ritmo de integración real no acaba de despegar. Algunos estudios11 apuntan incluso a que el comercio entre los miembros de la UEE era mayor antes de que se formara el bloque de libre comercio: en el 2018, por ejemplo, el comercio con Rusia representó el 96,9% de todo el comercio dentro de la Unión Euroasiática mientras que comercio entre los cuatro países más pequeños solo alcanzaba el 3,1% restante. Para los miembros económicamente más potentes (Rusia,  Kazajstán y, en parte, Azerbaiyán, por el gas), los socios comerciales principales siguen siendo la UE y China. Solo para los débiles (Bielarús, Armenia y Kirguistán) la pertenencia a la UEE tiene una importancia económica real, en particular, para cubrir sus necesidades energéticas.

Por su parte, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) nace en mayo de 1992 para dotar a los nuevos estados de un marco institucional que permita asegurar la seguridad colectiva. Los miembros actuales son Armenia, Bielarús, Federación Rusa, Kazajstán, Kirguistán y Tayikistán. Ucrania, Moldova y Turkmenistán se han mantenido siempre fuera, mientras Azerbaiyán y Georgia lo abandonan en 1999 y Uzbekistán en el 2012. Con una baja probabilidad de agresión militar por parte de un tercer Estado, excepto Rusia que siempre se considera amenazada por la OTAN, la actividad principal va dirigida a la lucha contra el narcotráfico, el crimen organizado y el terrorismo. Además de acoger ejercicios y  entrenamientos militares, la OTSC resulta sobre todo muy útil para la colaboración en el comercio de armamento.

Toda la política del Kremlin ha demostrado que, para Moscú, la integración del espacio postsoviético tiene más valor geopolítico que económico12. En cambio, para los socios más pobres, como Tayikistán, Uzbekistán, Bielarús o Armenia, es una oportunidad para mandar a inmigrantes a Rusia y recibir inversiones rusas. Sin embargo, Crimea ha tenido como  consecuencia, ciertamente no deseada por el Kremlin, la consolidación de dos ideas en los socios de Rusia en la UEE: no profundizar en la dimensión política de la integración y recortar, dentro de lo posible, la dependencia respecto a Rusia, desarrollando para ello relaciones con la Unión Europea y China.

En conclusión, ¿cuándo acabará el reciclaje de lo viejo?

Las esperanzas de democratización y las expectativas de cambio que acompañaron el derrumbamiento del sistema soviético se han visto defraudadas principalmente por el reciclaje de los viejos modos de hacer política, apoyados en los viejos mecanismos de connivencias y corruptelas. En este marco de falta dramática de un mínimo de cultura política democrática, los reformistas más destacados se vieron apartados, cuando no perseguidos o físicamente eliminados. La mayoría de la población, excepto en Ucrania y Georgia, regresó al terreno conocido del conformismo y la resignación. Y las dinámicas regionales siguen supeditadas a los intereses de Moscú. Treinta años después, el espacio postsoviético se encuentra aún inserto en una lógica de descolonización.

Autócratas y oligarcas, salidos en mayor o menor grado de las filas de las élites soviéticas, controlan la mayoría de los estados independientes o regiones secesionistas sin Estado. En este contexto, es poco previsible que la pandemia llegue a representar un revulsivo para mejor. Muchos de estos líderes, al contrario, aprovecharán para eliminar oponentes o periodistas molestos. Si la covid-19 puede poner en peligro su supervivencia en el poder al dejar al descubierto las graves carencias de su régimen, ninguno de ellos tendrá estímulo alguno para gestionar la crisis dando la prioridad al bienestar de su población. La exhibición de virilidad del presidente bielorruso en un partido de hockey sobre hielo en plena pandemia es la caricatura de esa realidad.

Como apunta la analista azerí Leila Alieva13, Putin considera que lo que él hace “es ‘copiar’ Occidente cuando se involucra en distintos lugares del mundo; sea estableciendo la presencia militar de Rusia, ayudando a regímenes establecidos, sea usando conflictos secesionistas para preservar la influencia de Rusia […] o arrastrando, cuando es posible, a algunos estados hacia organizaciones regionales lideradas por Rusia”. Es cierto. El Kremlin siempre argumenta que la Unión Europea maniobra y ejerce presión sobre aquellos de sus vecinos (Ucrania, Georgia y Moldova durante unos años) que han optado por políticas independientes del Kremlin. Pero comparemos: mientras el amplio abanico de represalias rusas hacia sus díscolos vecinos exsoviéticos abarca desde prolongados bloqueos comerciales, conflictos congelados u ocupación militar, ¿puede alguien imaginar a Bruselas o a su socio de mayor peso, Alemania, desplegando políticas comparables contra, por ejemplo, el Reino Unido por el Brexit?

NOTAS

1. No incidiremos aquí sobre los estados bálticos porque, por razones diversas, han conseguido salir muy pronto de la ecuación del postsovietismo.

2. Karaganov, 2014.

3. Klein, 2019.

4. ICC, 2016.

5. Los 11 países que votaron en contra fueron: Armenia, Bielarús, Bolivia, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua, Rusia, Siria, Sudán, Venezuela y Zimbabwe. Entre las abstenciones se encontraron Kazajstán y Uzbekistán, así como China e India.

6. Wezeman, 2015.

7. Karaganov, 2014.

8. Este texto analiza a las organizaciones integradas solo por estados postsoviéticos, de manera que no abordamos aquí la Organización de Cooperación de Shanghái (China, Rusia, Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán, Uzbekistán, India y Pakistán), muy importante a los ojos del Kremlin.

9. Maufrais, 2017.

10. CISSTAT, 2020.

11. Bhutia, 2019.

12. Dragneva, 2018.

13. Alieva, 2019.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Bhutia, Sam. “Russia dominates Eurasian Union trade. Here are the numbers”. Eurasianet. 18 de octubre del 2019. Disponible en: https://eurasianet.org/russia-dominates-eurasian-union-trade-here-are-the-numbers

CISSTAT (Interstate Statistical Committee of the Commonwealth of Independent States). Share of the CIS and Other Countries of the World in Total Exports [and Imports] of Individual Countries of the Commonwealth. 2019. Disponible en: http://www.cisstat.com/eng/index.htm

The Ministry of Foreign Affairs of the Russian Federation. “Concept of the Foreign Policy of the Russian Federation”. 18 de febrero del 2013. Disponible en: https://www.mid.ru/en/foreign_policy/official_documents/-/asset_publisher/CptICkB6BZ29/content/id/122186

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Klein, Margarete. “Russia’s Military Policy in the Post-Soviet Space Aims, Instruments and Perspectives”. SWP Research Paper 2019/RP01, enero del 2019. Doi:10.18449/2019RP01. Disponible en: https://www.swp-berlin.org/fileadmin/contents/products/research_papers/2019RP01_kle.pdf 

Maufrais, Pauline. L’Union économique eurasiatique, un nouveau modèle d’intégration?. Nouvelle Europe. 21 de noviembre del 2017.

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