Una visión francesa de las relaciones internacionales

Data de publicació:
07/2018
Autor:
Bertrand Badie, Profesor en el Institut d’Études Politiques, París
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Nunca resulta sencillo asociar una visión de las relaciones internacionales a cualquier pueblo en su conjunto, sobreentendiendo de este modo una especie de unanimidad en relación con una serie de cuestiones que revisten, en esencia, una enorme complejidad. El debate en torno a las lecturas parciales de las relaciones internacionales ha existido siempre: pro la Europa legitimista o la revolucionaria a finales del siglo XVIII; a favor de la colonización o en su contra, a lo largo de todo el siglo XIX; a favor del pacifismo o del belicismo durante la Primera Guerra Mundial; en apoyo o denuncia de los Acuerdos de Múnich; de neutralidad o de intervención al lado de la República en la Guerra Civil Española; entre la colaboración y la resistencia en el contexto de la Segunda Guerra Mundial; a favor de las posiciones socialistas o por el denominado “mundo libre” durante la Guerra Fría, etc. A lo largo de su historia, Francia ha debatido con frecuencia acerca de la esfera internacional, y se ha mostrado dividida en este ámbito. Existe, sin embargo, un elemento común y vertebrador, una especie de cultura gala de las relaciones internacionales que se ha ido conformando con el tiempo y que pesa sobre sus dirigentes, forjando una política exterior en ocasiones vacilante e incierta, pero siempre apoyada en referentes fijos, cuyos resortes, giros y resultados intentaremos desvelar en este artículo.

Los resortes de la política internacional: del Imperio a la “grandeur”…

Francia siempre ha albergado un sueño imperial cuya fuente sea tal vez la historia romana que fundamenta su latinidad. En tiempos antiguos, fue víctima de las ensoñaciones de otros imperios, y padeció el impacto colonial, lo que aportó a la memoria histórica y las aspiraciones francesas de un sentimiento de resistencia nacional. Del mismo modo, la impronta imperial está presente en su derecho público, elaborado por expertos “romanistas” a finales de la Edad Media.Y a lo largo de todo este tiempo, dicho referente nunca ha desaparecido del todo. Como ya hiciera Carlomagno, Luis XIV soñaba con ser emperador y sus proyectos europeos entrañaban sin duda un trasfondo imperial, que llegaría a materializarse con Napoleón. Y tras su derrota en 1815, el sueño imperial europeo transmutó en un sueño imperial colonial, universalista, emancipador, mesiánico, e incluso generoso, en la mente de sus defensores más exaltados. La noción actual de “Françafrique” (1) bebe de ese sueño imperial que aún se resiste a morir y que alimenta de manera más o menos perversa, las políticas francesas contemporáneas, como el gusto por la intervención o la celeridad a la hora de asumir como propios todos los asuntos internacionales, incluidos los más alejados.

El imperio francés ha sido siempre precario, a menudo imaginado, más onírico que real. Al no haber se impuesto de manera duradera, alumbró la idea de nación, enmendada por su concepto más político que cultural, más universalista que identitario. Como un sutil compromiso forjado por la historia, el concepto de nación conserva el matiz universal del sueño imperial y se presenta, una alternativa integradora, que, por ese motivo, siempre ha herido la sensibilidad identitaria de la derecha francesa. Aquí, la transacción desemboca en el conflicto, tal vez en la contradicción, que contrapone una lectura extravertida y emancipadora de la nación a una visión más particularista: determinada izquierda ve a la nación francesa a través de una realización de los valores republicanos y emancipadores, allí donde por lo general la derecha solo concibe una Francia cristiana, occidental, blanca.

A la primera le corresponde un laicismo militante que observa al mundo más allá de sus religiones; a la otra, Juana de Arco, el orden moral y la perpetua tentación antisemita que es fácilmente extensible a la arabofobia y a la islamofobia. Esta división, muy francesa, dista mucho de no tener efectos –como cabe imaginar– en las políticas internacionales, que conducen a menudo a una sobrevaloración del parámetro religioso a la hora de considerar situaciones de conflicto, y a una prescripción política y diplomática siempre cuidadosa en esta materia.

Profundamente marcada por la cultura del Estado –cuya paternidad parece reivindicar con frecuencia la Historia de Francia–, esta política internacional sigue siendo jacobina, apasionada por los debates sobre la soberanía, vinculada a una cultura westfaliana, cuya impronta francesa se tiene en cuenta a menudo. Así, la universalización del modelo estatal permanece en el centro de su dinámica, activando, al menos de manera simbólica, el momento de la descolonización, que supuestamente universaliza el modelo estatal de extracción francesa. El Concierto Europeo, tal y como se concibió y se organizó tras la derrota de Waterloo, sigue siendo también un referente potente; la recuperación de la debacle napoleónica, la compensación al sueño imperial roto y el medio de oficializar el pa pel de Francia como cogerente del mundo. La idea se mantiene hoy en día intacta y firme: explica hasta qué punto valora Francia su puesto como miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, su presencia en la mayoría de los “grupos de contacto”, en el G7, en el G20, así como su inclusión entre los “grandes”. Contrariada por su adscripción desde el exterior, en cambio, al concepto de “potencia intermedia”, Francia aspira, en primer lugar, a ser una “gran potencia”. Insegura, al mismo tiempo, en cuanto a su capacidad real, insiste sin cesar en su “grandeur”, fórmula forjada por el General de Gaulle en virtud de la cual la influencia sustituye a un poder coercitivo menos evidente, y donde la visualización prevalece sobre la eficacia de los recursos de los que se dispone. De este modo, el rango clasificatorio se convierte en una prioridad que debe preservarse a toda costa, y el overachievement en un imperativo permanente de su diplomacia. Así es como debe entenderse la voluntad política de De Gaulle de dotar a Francia de armamento nuclear, un medio infalible, entonces, para mantenerse en “primera división”.

La continuidad prevaleció con los sucesores del General de Gaulle, que no pertenecían siempre, sin embargo, a la misma familia política. Gaullista de pura cepa, Georges Pompidou flexibilizó la lectura gaullista de Europa de la que se había observado que no era hostil a una integración comedida: el “delfín” del general puso no obstante fin al bloqueo que impedía a Gran Bretaña ocupar su lugar. De esencia más liberal que gaullista,Valéry Giscard d’Estaing prosiguió en lo esencial la política exterior del fundador de la V República, incluso si la había criticado en ocasiones antes, en particular en relación con el conflicto árabe-israelí. En esencia, François Mitterrand, por muy oponente histórico que pudiera ser y a menudo virulento crítico de la política exterior gaullista, se esforzó por conservar los postulados hasta dar lugar al neologismo “gaullo-mitterrandismo” para definir una doctrina que apenas se discernía: equidistancia entre los Estados Unidos y Gran Bretaña en pleno neoliberalismo, confianza renovada en el eje franco-alemán, misma política árabe y un leve mayor acento en la necesidad de la integración europea.

Paradójicamente, la ruptura con el gaullismo la llevó a cabo Jacques Chirac, de extracción gaullista, y se agrandó con sus sucesores, cada uno de ellos perteneciente a horizontes políticos diferentes, pero seducidos todos por una especie de neoconservadurismo a la francesa. En sus inicios, Chirac también había tomado la senda de la continuidad, oponiéndose en particular, de manera resuelta, a la intervención de Estados Unidos en Irak en 2003. Sin embargo, esto fue poco más que el canto de cisne del gaullismo, que tuvo una culminación rápida en la Cumbre del G8 celebrada en Evian en junio del mismo año: Chirac se reconcilió con Bush de manera espectacular; aceptó votar, en el Consejo de Seguridad, varias resoluciones que avalaban la intervención de los Estados Unidos; se lanzó a una estrecha cooperación con Washington para firmar conjuntamente la famosa Resolución 1.559 sobre el Líbano y Siria; recibió en 2005 a Ariel Sharon en París para relanzar las relaciones con Israel; e inició activamente una política de acercamiento con la OTAN que permitió a su sucesor consagrar la vuelta de Francia al mando integrado de la organización.

Nicolas Sarkozy solo tuvo, por tanto, que prolongar la política reconcebida de este modo y darle un contenido doctrinal y simbólico. Refrendado en su campaña por G.W. Bush, amasando referencias casi obsesivas a la “familia occidental”, cultivando la amistad franco-árabe únicamente entre los emiratos del Golfo, poco inclinado a interesarse por el Sur, bastante incómodo fuera de los caminos trillados de la esfera internacional, desorientado por Putin, poco dispuesto a interesarse por Asia, Sarkozy dejó a François Hollande un legado diplomático atlantista, poco sensible a lo que empezaba a cambiar en Estados Unidos a raíz de la elección de Barack Obama. Su sucesor se reconcilió más con la antigua SFIO (antecesora del Partido Socialista) que con el gaullo-mitterrandismo. Intervencionista a ultranza (Malí, República Centroafricana, el Sahel, Siria, Irak,Afganistán, etc.), esta política retomaba las principales características, ciertamente atenuadas, del neoconservadurismo estadounidense de principios de nuestro siglo: fundamento mesiánico, creencia en una causa justa más que realista, reafirmación de la identidad occidental, proclamación de la superioridad de los valores vinculados a estas, creencia en la capacidad de la fuerza para ”acabar con el mal”, superación de los escrúpulos soberanistas, fe en las virtudes de la injerencia… a fin de cuentas, visión jerárquica de la globalización.

La paradoja consistió en desarrollar esta visión en el momento en el que los Estados Unidos empezaban a abandonarla y cuando Barack Obama se disponía a inaugurar una política diametralmente opuesta. Y, además, fue articulada en el Elíseo cuando la mayoría de los países europeos ya se apartaban de la misma y la condenaban con una discreción educada. Lo más sorprendente es que no suscitó ninguna crítica real ni consistente entre la clase política francesa, excepto la reticencia del Partido Comunista y del ala izquierda de Los Verdes. Se puede explicar esta extraña evolución por la pérdida parcial de la influencia francesa, asociada a presidencias débiles y poco carismáticas, a dificultades económicas que rompieron el equilibrio en la pareja franco-alemana y que llevaron a París a buscar otros medios para compensar estas debilidades. También cabe subrayar el efecto doloroso para Francia de la ampliación de la Unión Europea en 2004, que, probablemente, le hizo perder el liderazgo diplomático que la época gaullista había permitido construir. Revela también la consecuencia de un corte progresivo con los países del Sur, fuente de regresión de su influencia y de evolución perniciosa de una visión que, en lo sucesivo, lleva a desempeñar, en África o en Oriente Medio, un papel más de gendarme que de socio.

Los resultados: ¿ardor o presunción?

No hay nada peor en política exterior que la desmesura y el contratiempo. El general de Gaulle luchó contra estas dos patologías, en el primer caso tomando, sin proclamarlo demasiado, la medida justa de las capacidades reales de Francia; en el segundo caso acelerando la descolonización y la toma en consideración del Sur. Actualmente, los dos riesgos están presentes de nuevo. Para convencerse del primero, basta con recordar que, en términos presupuestarios, Francia tiene muchas dificultades para cubrir sus operaciones en el exterior, mientras que los resultados de estas parecen cada vez más pobres y a menudo contraproducentes. Por lo que respecta al segundo de los riesgos, se debe al desfase entre el neoconservadurismo a la francesa y la ausencia de una réplica en otros países, en un momento en el que los demás Estados están divididos entre un neoliberalismo que Obama ha intentado promover sin demasiados émulos y una fiebre neonacionalista que parece imponerse un poco en todos lados.

El nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, parece intentar definirse entre estos escollos. Elegido contra el neonacionalismo del ambiente, para Europa y para la globalización, dispone de bazas que los demás dirigentes occidentales no tienen. Sin embargo, su puesta en práctica sigue siendo dudosa, lo que explica su tentación de prolongar la línea precedente en lugar de modificarla, como se puede observar por la confirmación de la presencia militar francesa en África, su cordial encuentro con Donald Trump, el 14 de julio de 2017, las manifestaciones de amistad expresadas a Benjamín Netanyahu (”querido Bibi”) o la reanudación de una política “de seguridad“ en materia de inmigración, basada, entre otros elementos, en la diferenciación entre inmigrantes económicos y refugiados.

De hecho, la política exterior francesa necesita una reinvención por muchas razones. En primer lugar, el peso considerable de su legado histórico la inmoviliza en sus viejos fantasmas: el sueño imperial, el mesianismo republicano, la nostalgia de las diplomacias de club, un nacionalismo construido que frena su conversión sincera a la identidad europea o al cosmopolitismo de la globalización. Cualquiera de estos vuelcos habría podido realizarse en el cambio de siglo, si la ampliación incontrolada de la Unión no hubiera arruinado las posibilidades del momento histórico y si el declive económico de Francia no hubiera transformado a la integración europea en generadora de fobias. Y, aun así, habría sido necesario que los dirigentes de la época hubieran comprendido lo que se dirimía y no hubieran abandonado el gaullo-mitterrandismo por un neoatlanticismo que ya estaba caduco. Hoy en día, el tablero de juego parece estar más bloqueado que nunca, ya que el neoconservadurismo francés se ha convertido en una función del sistema político nacional, una forma de reconstituir el capital de legitimidad de los dirigentes, convirtiendo a estos en protectores del sueño imperial que nadie osa poner en tela de juicio, los garantes de un occidentalismo que la fiebre islamófoba e incluso algo sinófoba reaviva hasta convertirlo en una necesidad identitaria, los defensores de un territorio nacional que se considera amenazado y que se preserva, entre otros aspectos, mediante la vigilancia de los inmigrantes.

Francia tendrá una política internacional enferma si no consigue curase de su fiebre populista, que es a su vez resultado evidente de las disfunciones de su sistema político y de la incapacidad de este para aceptar el mundo nuevo tal y como es, y tal y como perturba los viejos esquemas de antaño, los que alimentaban la pretérita grandeur. El debate gira por tanto en torno a tres direcciones: ¿es Francia una “gran potencia”, como lo afirman sus dirigentes, una “potencia intermedia” como declaran la mayoría de los observadores, o una potencia que solo existirá realmente a través de Europa, como susurran algunos?; ¿debe Francia asumirse en el atlantismo o constituye este un obstáculo a su entrada en la globalización?; ¿es esta compatible con las nostalgias imperiales que todavía conforman la cultura francesa? Tres debates que parecen vetados hoy en día.

Notas:

1- N. del E.: El término “Françafrique” se acuña a mediados de los años 50 y en el marco de la independencia de las colonias subsaharianas francesas, cuando el gobierno del General De Gaulle plantea una política informal de injerencia (política, a través de empresarios y para-diplomacia, aunque también militar y económica) que le permita mantener su influencia política en temas de política doméstica así como en foros internacionales (garantizándose su apoyo). Progresivamente, el término ha ganado connotaciones negativas.

Palabras clave: 2018; Colonialismo; Europa; Francia; Gaullismo; Gobernanza Economica; Grandeur; Macron; política exterior