La crisis del orden liberal mundial

Data de publicació:
07/2018
Autor:
G. John Ikenberry, Profesor Albert G. Milbank de Política y Relaciones Internacionales de la Woodrow Wilson School y del departamento de Política de la Universidad de Princeton (EEUU)
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Durante setenta años, el mundo ha estado dominado por las democracias liberales occidentales. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y sus aliados organizaron un orden internacional poliédrico y expansivo, construido en torno al aperturismo económico, las instituciones multilaterales, la cooperación en la seguridad y la solidaridad democrática. Durante este período, Estados Unidos se convirtió en el “ciudadano prominente” de este orden, proporcionando un liderazgo hegemónico –afianzando las alianzas, estabilizando la economía mundial, fomentando la cooperación y abogando por los valores del “mundo libre”–. Europa Occidental y Japón emergieron como aliados fundamentales, que fiaron su seguridad y su destino económico a este orden liberal ampliado. Al término de la Guerra Fría, este orden siguió extendiéndose hacia nuevos confines. Varios países de Asia Oriental, de Europa del Este y de América Latina hicieron transiciones democráticas y se integraron en la economía mundial.Y a medida que el orden de la posguerra ganó nuevos espacios, también lo hicieron sus instituciones de gobernanza. Se amplió la OTAN, se fundó la OMC y el G20 ocupó el centro del escenario. Observando el mundo a finales del siglo XX, uno tenía motivos para pensar que la historia estaba avanzando en una dirección internacionalista, progresista y liberal.

Hoy, este orden liberal internacional está en crisis. Por primera vez desde la década de 1930, Estados Unidos ha elegido a un presidente que es activamente hostil con el internacionalismo liberal. Comercio, alianzas, derecho internacional, multilateralismo, medio ambiente, tortura y derechos humanos: en todos estos temas, el presidente Trump ha hecho declaraciones que, de obrar en consecuencia, le llevarían a acabar efectivamente con el rol de Estados Unidos como líder del orden mundial liberal. Esto coincide con la decisión británica de abandonar la Unión Europea y con un sinfín de otros problemas que afligen a Europa y que amenazan con poner punto y final al largo proyecto, iniciado también en la posguerra, de ampliación de la unión. En tanto que baluarte seguro del orden liberal internacional más amplio, las incertidumbres de Europa tienen una trascendencia global. Mientras, la propia democracia liberal parece estar en retirada, como refleja el ascenso de diversas versiones del “nuevo autoritarismo” en Turquía, Hungría, Polonia y Filipinas. Asimismo, en el seno del mundo democrático liberal proliferan las tendencias populistas, nacionalistas y xenófobas de una política reaccionaria.

¿Cuál es la profundidad de esta crisis? Bien podría ser simplemente un contratiempo transitorio. Con un nuevo liderazgo político y un crecimiento económico renovado, el orden liberal podría recuperarse. Sin embargo, no es la opinión predominante entre los observadores internacionales, que perciben algo más fundamental en marcha, algo que tiene que ver con una crisis del liderazgo hegemónico estadounidense. Durante setenta años, el orden internacional liberal ha estado ligado al poder de EEUU: a su economía, su moneda, su sistema de alianzas y su liderazgo. Es posible que estemos asistiendo a una “crisis de transición” en la que los viejos fundamentos políticos del orden liberal liderado por EEUU están dando paso a una nueva configuración del poder global, coaliciones de estados e instituciones de gobernanza. Esta transición podría conducir a una especie de orden postestadounidense y postoccidental que permanece relativamente abierto y basado en normas. Otros ven una crisis más profunda, una crisis del propio internacionalismo liberal. Según este punto de vista, se está produciendo un cambio duradero en el sistema global que lo aleja del libre comercio, del multilateralismo y de la cooperación en seguridad. El orden global está dando paso a diversas combinaciones de nacionalismo, proteccionismo, esferas de influencia y proyectos regionales de gran potencia. En efecto, no hay internacionalismo liberal sin hegemonía estadounidense y occidental, y esta era está llegando a su fin. El internacionalismo liberal es esencialmente un artefacto de una era anglo-estadounidense que está desapareciendo rápidamente. Por último, algunos van aún más lejos y sostienen que lo que está sucediendo es que la larga era de la “modernidad liberal” está llegando a su final. Con sus raíces en la Ilustración y discurriendo por la revolución industrial y el ascenso de Occidente, todo apuntaba a una profunda lógica desarrollista encaminada al cambio histórico mundial. Se trataba de un movimiento progresista guiado por la razón, la ciencia, el descubrimiento, la innovación, la tecnología, el aprendizaje, el constitucionalismo y la adaptación institucional. El mundo en su conjunto quedaba incluido en este movimiento modernizador global. Tal vez la crisis actual señala el final de la trayectoria global de la modernidad liberal. Era un artefacto de un tiempo y un lugar concretos, que el mundo parece estar dejando atrás.

Nadie sabe con certeza el calado real de la crisis del internacionalismo liberal. Mi visión, que defenderé a lo largo de este artículo, es que el internacionalismo liberal todavía tiene un futuro. Ciertamente, la disposición hegemónica estadounidense del orden liberal se está debilitando, pero las ideas estructuradoras y los impulsos más generales del internacionalismo liberal han calado profundo en la política mundial. Lo que ofrece el internacionalismo liberal es una visión de un orden abierto y basado en normas flexibles. Es una tradición de construcción de orden que surgió con el ascenso y la propagación de la democracia liberal, y sus ideas y programas se han ido configurando a medida que estos países se han confrontado y han luchado con las enormes fuerzas de la modernidad. Crear un “espacio” internacional para la democracia liberal, reconciliar los dilemas de la soberanía y la interdependencia, buscar protección y preservar derechos entre y dentro de los estados: estos son los objetivos subyacentes que han propulsado al internacionalismo liberal a lo largo de las “eras doradas” y las “catástrofes globales” de los dos últimos siglos. Pese a las convulsiones y a la destrucción de la guerra mundial, la depresión económica y el ascenso y caída del fascismo y el totalitarismo, el proyecto liberal internacional sobrevivió. Es probable que también sobreviva a las crisis actuales. Pero para ello, igual que sucedió en el pasado, el internacionalismo liberal tendrá que ser repensado y reinventado.

Doscientos años de internacionalismo liberal

A comienzos del siglo XIX las ideas y los movimientos internacionalistas arraigaron en Occiden te. Las sociedades modernas estaban emergiendo. Los estados europeos se dedicaban a comerciar y a construir imperios a distancias oceánicas. La revolución industrial y el predominio de las democracias liberales habían comenzado; la sociedad internacional y la economía mundial estaban floreciendo, impulsados por el movimiento de personas, mercados, capitales e ideas. En el interior de Europa, después de las Guerras Napoleónicas, los estados punteros crearon un sistema de diplomacia concertada para gestionar sus relaciones. Grandes fuerzas fueron dando forma al mundo del siglo XIX: el capitalismo industrial, el nacionalismo, el imperialismo, la política del poder y la democracia liberal. Occidente estaba experimentando un crecimiento masivo de su poder y riqueza, y se posicionaba para dominar el mundo. Fue entonces cuando aparecieron los primeros atisbos de una orientación internacionalista hacia “lo global”, con sus diversas y cambiantes ideas sobre el comercio, la ley, los derechos, el imperio, la civilización, la justicia social, la prevención de la guerra y el progreso.

Durante el siglo XX las actividades y las ideas internacionalistas liberales se propagaron más ampliamente y se convirtieron en un cuerpo de doctrina más coherente acerca del moderno orden internacional. En Estados Unidos, esta doctrina se puso de manifiesto en la visión del presidente Woodrow Wilson de un orden post-1918 construido en torno a la seguridad colectiva, la ley internacional y el libre comercio, un orden consagrado en la Liga de las Naciones. Las ideas internacionalistas de Wilson recibieron un golpe terrible en 1919 con la no entrada de Estados Unidos en la Liga, y de nuevo en las siguientes décadas, con la ruptura del Acuerdo de Versalles.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos promovió una vez más ideas internacionalistas liberales acerca del orden, forjando finalmente uno liderado por Occidente. Durante las décadas de la Guerra Fría el internacionalismo liberal liderado por los estadounidenses emergió como un tipo característico de orden. Estados Unidos llegó a asumir una serie de funciones y responsabilidades, a tener un papel directo en la administración de dicho orden, y también se encontró cada vez más vinculado a los otros estados de aquel orden. Estados Unidos se convirtió en un proveedor de bienes públicos, o al menos de los “bienes del club”. Mantenía las normas y las instituciones, potenciaba la cooperación en seguridad, lideraba la gestión de la economía mundial, y propugnaba la cooperación y unas normas compartidas entre las democracias liberales pro-occidentales. En asuntos de seguridad, Estados Unidos estableció una serie de asociaciones para la seguridad, empezando con la OTAN y las alianzas en Asia Oriental. En la gestión de la economía mundial, el sistema de Bretton Woods quedó ligado al mercado y al dólar estadounidenses. A la sombra de la Guerra Fría, el sistema doméstico de EEUU –su mercado y su sistema político– se “fusionó” con el orden liberal de la posguerra, que estaba que crecía en extensión y profundidad, primero hacia su periferia y luego con un alcance global.

Crisis y transformaciones

Los fundamentos de este orden hegemónico liberal de posguerra se están debilitando.Asistimos a grandes cambios en la distribución del poder y a las consecuencias que de ello se derivan. Estados Unidos y sus aliados son ahora menos poderosos de lo que lo eran cuando construyeron el orden de la posguerra. El momento unipolar –cuando Estados Unidos tenía una posición dominante en los planos económico y militar– está llegando a su fin. Europa y Japón también se han debilitado. Juntos, estos viejos patronos trilaterales del orden liberal de posguerra poseen una parte más pequeña del poder global. Probablemente, la mejor forma de interpretar este cambio no es verlo como una transición desde un orden hegemónico estadounidense a uno chino, como un “retorno a la multilateralidad” o como un “ascenso del mundo no-occidental”. Se trata simplemente de una gradual difusión del poder lejos de Occidente. No es probable que China reemplace a Estados Unidos como una suerte de hegemon liberal, ni que el Sur Global emerja como bloque geopolítico directamente desafiante del orden liderado por EEUU. Pero aun así, Washington –y sus viejos aliados– representarán una parte más pequeña del todo global, lo que limitará su capacidad de sostener y defender el orden liberal internacional.

Las dificultades políticas dentro de las propias democracias liberales occidentales magnifican las implicaciones de los trasvases de poder globales. Como hemos dicho anteriormente, en todas partes las democracias se enfrentan hoy a dificultades y descontentos internos. Las democracias occidentales más antiguas experimentan un repunte de la desigualdad, estancamiento económico y crisis fiscal, además de la polarización y la parálisis política. Del mismo modo, muchas democracias más jóvenes y más pobres, están siendo asediadas por la corrupción, la recaída en los errores y el aumento de la desigualdad. La gran “tercera ola” de la democratización parece haber alcanzado su punto más alto y estar ya retrocediendo. En la medida en que las democracias se muestran incapaces de resolver problemas, su legitimidad doméstica se ve menoscabada y, cada vez más, cuestionada por el resurgimiento de movimientos nacionalistas, populistas y xenófobos. En conjunto, todos estos desarrollos proyectan una sombra oscura sobre el futuro de la democracia.

Irónicamente, la crisis del orden liberal liderado por EEUU puede re-montarse al colapso de la bipolaridad de la Guerra Fría y a la consiguiente difusión del internacionalismo liberal. Las semillas de la crisis se plantaron en este momento de triunfo. El orden liberal internacional fue efectivamente globalizado. Se liberó de sus fundamentos en la Guerra Fría y rápidamente se convirtió en la plataforma de un sistema global en expansión de democracia liberal, mercados y una interdependencia compleja. Durante la Guerra Gría, el orden liberal era un subsistema global, y el sistema global bipolar sirvió para reforzar los roles, los compromisos, la identidad y la comunidad que se manifestó como hegemonía liberal. La crisis del internacionalismo liberal puede verse como una reacción a cámara lenta a esta profunda transformación en el escenario geopolítico del proyecto internacional liberal de posguerra. Concretamente, la globalización del internacionalismo liberal puso en marcha dos efectos duraderos: una crisis de gobernanza y de autoridad, y una crisis de propósito social.

En primer lugar, con el colapso de la esfera soviética, el orden internacional liberal liderado por EEUU se convirtió en el único sistema superviviente del orden, bajo el paraguas del cual se congregaron un número cada vez mayor y más diverso de estados. Fue precisamente el éxito del modelo lo que añadió complejidad a la gobernanza del orden. Durante la Guerra Fría, el orden liberal de orientación occidental lo lideraron Estados Unidos, Europa y Japón, y se organizó en torno a una compleja serie de regateos, relaciones de trabajo e instituciones. De hecho, durante los primeros años de la posguerra la mayor parte de los grandes acuerdos en materia de comercio, finanzas y relaciones monetarias fueron pactados inicialmente entre Estados Unidos y la Gran Bretaña. Estos países no estaban de acuerdo en todo, pero con respecto al resto del mundo, constituían un núcleo pequeño y homogéneo de estados occidentales. Sus economías convergían, sus intereses estaban alineados y generalmente confiaban unos en otros. Estos países se encontraban también en el mismo bando de la Guerra Fría, y el sistema de alianzas liderado por los norteamericanos reforzaba la cooperación. Este sistema de alianzas comerciales facilitaba a Estados Unidos y a sus socios asumir compromisos y soportar cargas, y facilitaba a los estados europeos y de Asia Oriental ponerse de acuerdo para operar en el marco del orden liberal liderado por los estadounidenses. En este sentido, las raíces en la Guerra Fría del orden liberal de posguerra reforzaron la sensación de que las democracias liberales estaban implicadas en un proyecto político común.

Con el fin de la Guerra Fría, estos apoyos fundacionales del orden liberal se aflojaron. Un número cada vez mayor y más diverso de estados entraron en este orden, con nuevos puntos de vista y nuevas agendas. Esa nueva etapa también puso en juego nuevos y complejos problemas globales como los del calentamiento del planeta, el terrorismo y la proliferación de armamentos, y los retos crecientes de la interdependencia. Estos eran problemas respecto a los cuales resultaba muy difícil que se pusiesen de acuerdo estados que venían de regiones, políticas, orientaciones y niveles de desarrollo muy diferentes. En consecuencia, los retos a la cooperación multilateral han aumentado. En la base de estos retos estaba el problema de la autoridad y la gobernanza. ¿Quién paga, quién regula y quién dirige? Los estados no occidentales en alza emergieron como estados que buscaban tener una voz más potente en la gobernanza del orden liberal en expansión. ¿Cómo podía redistribuirse la autoridad dentro de este orden? La vieja coalición de estados –liderada por Estados Unidos, Europa y Japón– construyó un orden de posguerra sobre capas de tratos, instituciones y relaciones de trabajo. Pero este viejo núcleo trilateral no es el centro del sistema global como lo fue en su día. Hoy la crisis del orden liberal es en parte un problema de cómo reorganizar la gobernanza de este orden. Los viejos fundamentos se han debilitado, pero los nuevos pactos y acuerdos de gobernanza todavía han de acabar de negociarse.(1)

En segundo lugar, la crisis del orden liberal es una crisis de legitimidad y de propósito social. Durante la Guerra Fría, el orden liderado por EEUU tenía un sentimiento compartido de ser una comunidad de democracias liberales que eran física y económicamente más seguras afiliándose unas a otras. Las primeras generaciones del período de posguerra comprendieron que estar dentro de este orden era estar en un espacio político y económico en el que sus sociedades podían prosperar y sentirse protegidas. Esto lo captó muy bien John Ruggie con su noción de “liberalismo integrado.” El comercio y la apertura económica se hicieron más o menos compatibles con la seguridad económica, la estabilidad del empleo y la mejora del nivel de vida. El orden liberal de orientación occidental tenía características propias de una comunidad de seguridad, una especie de sociedad de protección mutua. La pertenencia a este orden era atractiva, porque proporcionaba unos derechos y unos beneficios tangibles. Era un sistema de cooperación multilateral que proporcionaba a los gobiernos nacionales herramientas y capacidades para promover la estabilidad económica y el progreso.

Esta idea del orden liberal como una comunidad de seguridad se pierde a menudo en los relatos de la era de la posguerra. Estados Unidos y sus aliados construyeron un orden, pero también “formaron una comunidad” basada en intereses comunes, valores compartidos y una vulnerabilidad mutua. Los intereses comunes eran evidentes, por ejemplo, en los ingresos procedentes del comercio y en los beneficios de la cooperación entre aliados. Los valores compartidos se ponían de manifiesto en el grado de confianza pública y en la disposición a cooperar derivada de los valores e instituciones de la democracia liberal. La vulnerabilidad mutua era la sensación de que estos países estaban experimentando un conjunto similar de peligros a gran escala derivados de los grandes peligros e incertidumbres de la geopolítica y la modernidad. Esta idea de una comunidad de seguridad occidental se entrevé en el concepto de “sociedad de riesgo” propuesto por el sociólogo Ulrich Beck. Su argumento es que la aparición de la modernidad –el surgimiento de un sistema global que progresa rápidamente– ha generado una conciencia creciente y una serie de respuestas al “riesgo”. La modernización es una marcha hacia el futuro inherentemente inquietante. Una sociedad de riesgo es, tal como la define Beck, “una forma sistemática de hacer frente a los peligros e inseguridades inducidos e introducidos por la propia modernización”(2). La Guerra Fría intensificó esta sensación de riesgo, y a partir de un sentimiento creciente de vulnerabilidades económicas y securitarias compartidas, las democracias liberales occidentales forjaron una comunidad de seguridad.

Más tarde, con la globalización del orden liberal, este sentimiento de comunidad de seguridad se vio comprometido. Esto sucedió en primer lugar, como hemos dicho antes, por la rápida expansión en el número y en la variedad de estados en el orden. El orden liberal perdió su identidad como comunidad occidental de seguridad. Ahora era una extensa plataforma para el comercio, el intercambio y la cooperación multilateral. El mundo democrático era ahora menos angloestadounidense u occidental. Incluía la mayor parte del mundo: el desarrollado y el que estaba en vías de desarrollo, el Norte y el Sur, el mundo colonial y el postcolonial, el asiático y el europeo. También esto era un ejemplo de “éxito” que sembraba las semillas de la crisis. El resultado fueron unos puntos de vista cada vez más divergentes en el interior del orden respecto a su propio lugar en el mundo, a sus históricos legados y reivindicaciones, diluyendo con ello el sentimiento de que el internacionalismo liberal era el marco que daba sentido a una comunidad con narrativas compartidas acerca del pasado y el futuro.

El objetivo social del orden liberal se vio aún más socavado por la creciente inseguridad económica y por las protestas en todo el mundo industrial occidental. Al menos desde la crisis financiera del año 2008, la suerte de los trabajadores y de los ciudadanos de clase media en Europa y en Estados Unidos se ha estancado. Las oportunidades y los salarios de que disfrutaron las primeras generaciones de la postguerra también parecen haberse estancado. En Estados Unidos, por ejemplo, casi todo el crecimiento económico desde la década de 1980 ha beneficiado exclusivamente al 20% superior de la sociedad. El crecimiento del comercio y de la interdependencia posterior a la Guerra Fría no parece haber mejorado directamente los ingresos y las oportunidades vitales de muchos segmentos de las democracias liberales occidentales. Branko Milanovic ha descrito muy bien los beneficios diferenciales en todo el sistema global durante las dos últimas décadas como una “cura de elefante”. Analizando los niveles de ingresos en el mundo, Milanovic ha visto que la mayor parte de los ingresos reales en renta per cápita se han producido en dos grupos diferentes. Uno es el de los trabajadores de países como China e India, que han encontrado trabajo en el tramo inferior del sector industrial y del sector servicios, y que habiendo empezado con unos niveles salariales muy bajos han obtenido unos beneficios espectaculares, aunque siguen situados en el tramo inferior del espectro global en cuanto a ingresos. El otro grupo es el 1% –incluso el 0,01%– de lo alto de la pirámide social, que han experimentado un aumento considerable de su riqueza.(3)Este estancamiento en la situación económica de los trabajadores y las clases medias del mundo occidental se ve reforzado por los cambios duraderos en la tecnología, las pautas comerciales, la organización sindical y los puestos de trabajo en la industria.

En estas condiciones económicas adversas, hoy es todavía más difícil que en el pasado considerar el orden liberal como una fuente de seguridad y protección económica. En todo el mundo democrático liberal occidental, el internacionalismo liberal se parece más al neoliberalismo, un marco para las transacciones capitalistas internacionales. El carácter “integrado” del internacionalismo liberal se ha ido erosionando lentamente. Los objetivos sociales del orden liberal ya no son los que eran. Hoy es menos obvio que el mundo democrático liberal sea una comunidad de seguridad. ¿Qué ganan los ciudadanos de las democracias occidentales con el internacionalismo liberal? ¿Cómo proporciona seguridad –económica y vital– a sus clases medias un orden internacional abierto y basado en normas flexibles? Durante el siglo XX el internacionalismo liberal ha estado vinculado a unas agendas progresistas en las democracias liberales occidentales. El internacionalismo liberal no era visto como un enemigo del nacionalismo, sino como una herramienta para capacitar a los gobiernos para buscar la seguridad económica y el progreso a nivel nacional. Lo que ha sucedido durante las últimas décadas es que esta conexión entre el progresismo en casa y el internacionalismo liberal en el extranjero se ha roto.

El futuro del orden liberal internacional

El futuro de este orden liberal depende de la capacidad de Estados Unidos y de Europa –y cada vez más de una serie más amplia de democracias liberales– de liderarlo y defenderlo. Esto, a su vez, depende de la habilidad de las democracias liberales para seguir siendo estables, funcionar bien y mantener un enfoque internacionalista. ¿Pueden estos estados recuperar su estabilidad y su orientación como democracias liberales? ¿Pueden recuperar su legitimidad y su prestigio como “modelos” de sociedades avanzadas encontrando soluciones a los grandes problemas de su generación: desigualdad económica, salarios estancados, desequilibrios fiscales, degradación medioambiental, conflictos étnicos y raciales, etcétera? El liderazgo global depende del poder del Estado, pero también del atractivo y de la legitimidad de los ideales y principios que encarnan y proyectan las grandes potencias. El atractivo y la legitimidad del internacionalismo liberal dependerán de la habilidad de Estados Unidos y de otros estados como él de restablecer su capacidad de funcionar y de encontrar soluciones para los problemas del siglo XXI.

Vale la pena recordar que el internacionalismo liberal estadounidense fue configurado y facilitado por los programas domésticos de los progresistas, el New Deal y la Great Society. Estas iniciativas tenían como objetivo solucionar las desigualdades económicas y sociales, y reorganizar el Estado para abordar los problemas derivados de la industrialización y la globalización. Franklin D. Roosevelt y el New Deal fueron el eje crítico de la visión internacionalista y liberal estadounidense del orden. Fue una época de política nacional y exterior pragmática y experimental. Fue un momento en que los principios generales de la fundación de la nación americana y de la Guerra Civil fueron una vez más renovados y actualizados. Fue un tiempo de crisis existencial, pero también de compromisos audaces y visionarios. La experiencia progresista doméstica brinda una lección importante a quienes pretenden superar la crisis de la democracia liberal de esta generación. El internacionalismo liberal del siglo XX estuvo estrechamente vinculado a la política y a los movimientos progresistas domésticos. El internacionalismo de la generación de Wilson y de la época de Roosevelt surgió de sus esfuerzos por construir un orden doméstico más progresista. El internacionalismo se puso al servicio del fortalecimiento de la nación, es decir, de la capacidad de gobiernos y líderes nacionales de cumplir sus promesas de promover el bienestar económico y el progreso social.

Así pues, el futuro del internacionalismo liberal depende de dos cuestiones. La primera es: ¿pueden Estados Unidos y otras democracias liberales recuperar su orientación política progresista? La “marca” América –tal como la ven en partes del mundo no occidental– es percibida como neoliberal, es decir, firme en su compromiso con el capital y los mercados. Es absolutamente esencial que Estados Unidos refute esta idea. Fuera de Occidente –y de hecho en muchas partes de Europa– esta no es la esencia de la visión democrático-liberal de la sociedad moderna. Si hay un “centro de gravedad” ideológico en el mundo más amplio de las democracias, es más socialdemócrata y solidario que neoliberal. O para decirlo de forma sencilla: se parece más a la visión de la democracia liberal que se articuló en Estados Unidos durante el New Deal y las primeras décadas de la posguerra. Fue un período en que el crecimiento económico fue más inclusivo y construido en torno a los esfuerzos por promover la estabilidad económica y las protecciones sociales. Si el internacionalismo liberal quiere prosperar tendrá que construirse de nuevo sobre este tipo de fundamentos progresistas. La segunda es: ¿pueden Estados Unidos y sus antiguos aliados expandirse y reconstruir una coalición más amplia de estados dispuestos a cooperar en el interior de un orden liberal global reformado? Es un hecho muy simple que Estados Unidos no puede basar su liderazgo en la vieja coalición de Occidente y Japón. Necesita cortejar activamente e incorporar al mundo más amplio de las democracias en vías de desarrollo. Ya lo está haciendo, pero necesita integrarlo en el marco de su gran visión estratégica. El objetivo tiene que ser el de reconfigurar derechos y responsabilidades en las instituciones existentes para reflejar la difusión del poder en un mundo cada vez más multipolar. Y hacerlo de una forma que haga más profundas las relaciones con los estados democráticos dentro del emergente mundo no occidental en vías de desarrollo. Las instituciones multilaterales globales – desde las Naciones Unidas y el FMI hacia abajo– han de reformarse para reflejar esta nueva realidad global.

En definitiva, las fuentes de continuidad en el orden liberal internacional de posguerra se vuelven visibles cuando consideramos las alternativas. Las alternativas al orden liberal son varias clases de sistemas cerrados: un mundo de bloques, esferas y zonas proteccionistas. La mejor noticia para el internacionalismo liberal es probablemente el simple hecho de que cada vez serán más los perjudicados que los beneficiados por el fin de algún tipo de orden liberal internacional global. Esto no significa que vaya a sobrevivir, pero sugiere que hay electores –incluso en las viejas sociedades industriales de Occidente– que tienen motivos para apoyarlo. Más allá de esto, simplemente no hay ninguna gran alternativa ideológica al orden liberal internacional. China no tiene un modelo que resulte atractivo al resto del mundo. Tampoco Rusia. Son estados capitalistas autoritarios. Pero este tipo de estado no se traduce en un conjunto amplio de ideas alternativas para la organización del orden mundial. Los valores, intereses y vulnerabilidades mutuas que impulsaron el surgimiento y la propagación del internacionalismo liberal siguen estando ahí. Las crisis y las transformaciones del internacionalismo liberal han marcado sus doscientos años de viaje hasta el presente. Si la democracia liberal sobrevive a esta era, también lo hará el internacionalismo liberal.

NOTAS
1. Para una visión de conjunto de estos retos a la gobernanza, véase Amitav Acharya, Why Govern? Rethinking Demand and Progress in Global Governance. (Cam- bridge: Cambridge University Press, 2016).
2. Ulrich Beck, Risk Society:Towards a New Modernity (London: Sage Publications, 1992), pag. 7.
3. Branko Milanovic, Global Inequality: A New Approach for the Age of Globalization (Cambridge: Harvard University Press, 2016), cap.1.

Palabra clave: Orden internacional ; China ; 2018; Estados Unidos