Alberto II de Bélgica

© Unión Europea (2012)

© Unión Europea (2012)

Actualización: 2 diciembre 2016

Bélgica

Rey (1993-2013)

  • Albert Félix Humbert Théodore Christian Eugène Marie Saxe-Cobourg-Gotha
  • Mandato: 9 agosto 1993 - 21 julio 2013
  • Nacimiento: Castillo de Stuyvenberg, Bruselas, 6 junio 1934
Descarga

Presentación

Alberto II de Bélgica anunció el 3 de julio de 2013 la cesión del trono a su primogénito, el príncipe heredero Felipe, tras 20 años de reinado. La abdicación del rey de los belgas, efectiva el 21 de julio, llega tres meses después del idéntico paso tomado por la reina Beatriz en la vecina Holanda y en un momento de pérdida de fuelle de la Corona, afectada por los escándalos y polémicas que viene suscitando esta familia real de la dinastía Sajonia-Coburgo y Gotha. Alberto, un monarca cansado, ha aducido motivos de salud y su avanzada edad, 79 años, para acelerar una sucesión que algunos políticos nacionales, en especial los francófonos de la región valona, habrían preferido para algo más tarde. Su padre, el rey Leopoldo III, una figura controvertida de la Segunda Guerra Mundial, también abdicó en 1951, aunque en unas circunstancias harto distintas.

En 1993 el entonces príncipe de Lieja, próximo a ser sexagenario, fue proclamado rey a la muerte de su hermano cuatro años mayor, el riguroso y querido Balduino, quien no había tenido descendencia con la reina Fabiola. Atrás quedó una vida principesca habitualmente retratada como frívola, desordenada y poco concienciada con las obligaciones estatales propias de un cabeza de la línea sucesoria. Antes del súbito fallecimiento de su hermano se daba por hecho que el trono sería heredado en su momento no por él, sino por su hijo Felipe. Luego, las comparaciones con Balduino y la revelación sensacionalista de su larga infidelidad a la que era su esposa desde los 25 años, la ahora reina Paola, con una miembro de la aristocracia local y cuyo fruto era una hija ilegítima no reconocida (la artista Delphine Boël, quien en junio de 2013 reclamó a la justicia una prueba genética del monarca para demostrar su paternidad), dificultaron la consolidación regia de Alberto, quien durante unos años siguió siendo visto como un soberano que sólo estaba de paso.

Aunque las polémicas familiares no amainaron, Alberto, que llegó a la jefatura del Estado justamente cuando este adquiría la formal federal, demostró sus cualidades moderadoras y arbitrales, reconocidas por la Constitución, durante el atolladero político de 2007-2011, etapa convulsa en la que Bélgica, muy fragmentada en partidos, regiones y comunidades lingüísticas, pareció estar al borde de la desintegración como Estado por el auge del secesionismo entre los flamencos neerlandófonos y el desacuerdo con los francófonos en torno a una serie de reclamaciones autonomistas y reformas constitucionales. En Flandes, el desapego a la Monarquía y los sentimientos republicanos aumentaron considerablemente. La decisiva actuación del monarca, pues sólo su perseverancia permitió que finalmente, tras unas provisionalidades insólitamente largas, llegaran a constituirse los gobiernos poselectorales del democristiano flamenco Yves Leterme y el socialista valón Elio Di Rupo, le granjeó el respeto y la gratitud de quienes confiaban en la Corona como institución vertebradora y símbolo de una unidad nacional crecientemente cuestionada. En estas dos décadas, Bélgica tuvo diez gobiernos, todos de amplia coalición, con cuatro partidos involucrados como mínimo, y cinco primeros ministros.

Con el panorama político más sosegado, aunque también con la incertidumbre de lo que puedan deparar las elecciones generales de 2014, Alberto II arrancó su último año de reinado con la decisión por el Gobierno Di Rupo, a rebufo de las críticas recibidas por la reina Fabiola por sus tejemanejes fiscales, de recortar las asignaciones económicas de la familia real, que de paso tendrá que pagar impuestos. Se ha decidido que Alberto, quien por cierto es tío del gran duque Enrique de Luxemburgo y primo carnal del rey Harald V de Noruega, y Paola conserven los títulos de reyes.

(Texto actualizado hasta julio 2013)

Biografía

1. Seis décadas como príncipe de Lieja
2. Un reinado de 20 años: entre el escándalo familiar y el laberinto político
3. Abdicación en favor del príncipe heredero Felipe


1. Seis décadas como príncipe de Lieja

Nacido el 6 de junio de 1934 en el bruselense Castillo de Stuyvenberg con el título de príncipe de Lieja, Alberto II es el tercero de los tres hijos de Leopoldo III (1901-1983), rey de Bélgica entre 1934 y 1951, perteneciente a la dinastía de origen alemán Sajonia-Coburgo y Gotha, y la malograda reina Astrid de Suecia. Astrid, vástago de la dinastía Bernadotte, reinante en Suecia y antes también en Noruega, perdió la vida en un trágico accidente de circulación en Suiza el 29 de agosto de 1935. Sólo tenía 29 años, y su muerte se produjo a los 18 meses de convertirse en reina consorte de Bélgica y 14 meses después de dar a luz a Alberto, quien por lo tanto creció sin conocer a su madre. Entonces, una de las hermanas de Astrid, Marta, era la esposa del príncipe heredero de Noruega, al que dio tres hijos. Marta falleció en 1954, tres años antes de ascender al trono noruego su marido con el nombre de Olaf V; su sucesor en 1991, Harald V, era por tanto primo carnal de Alberto, quien siguió sus pasos dos años después.

Cuando el 10 de mayo de 1940 se produjo la invasión alemana de Bélgica, Alberto, con cinco años, fue llevado junto con sus hermanos mayores Josefina Carlota (nacida en 1927) y Balduino (nacido en 1930) al exilio en Francia, de donde pronto pasaron a España. Desde el 2 de agosto de 1940 los príncipes quedaron bajo custodia de las fuerzas alemanas de ocupación en Bélgica. Los jóvenes reanudaron sus estudios en Laeken y en el Castillo Real de Ciergnon, en Las Ardenas. En 1941 el padre, siendo prisionero de guerra de los alemanes en el Castillo de Laeken, se casó en secreto con Lilian Baels, una paisana educada en el Reino Unido, quien adoptó el título de princesa de Réthy.

A raíz del desembarco aliado en Normandía en junio de 1944, el rey Leopoldo, la princesa Lilian y los niños príncipes, a los que en 1942 se había sumado Alejandro, primero de los hijos tenidos por Leopoldo con su segunda mujer (tras el final de la guerra Alberto iba a tener otros dos hermanastros, dos chicas, las princesas María Cristina y María Esmeralda), fueron deportados a Hirschstein, en Alemania, y luego a Strobl, en Austria. Allí se encontraban el 7 de mayo de 1945, el día de la rendición nazi, cuando fueron liberados por las tropas norteamericanas. La tensa situación política que vivía Bélgica tras la liberación hacía desaconsejable el regreso inmediato de la familia real. Leopoldo optó por instalarse temporalmente en la localidad suiza de Pregny-Chambésy, cerca de Ginebra, que resultó ser su residencia en los cinco años siguientes. Fue allí donde Alberto cursó la educación secundaria. Entre tanto, la jefatura del Estado belga permanecía en manos del príncipe Carlos, el hermano menor de Leopoldo, en calidad de regente.

La continuidad de Leopoldo en el trono topaba con una fuerte hostilidad que se remontaba a su polémica decisión en mayo de 1940 de ordenar la capitulación del Ejército belga (cerca de medio millón de soldados, que fueron amputados al bando aliado en un momento crítico para franceses y británicos) sin consultar con el Gobierno y tras 18 días de inútil lucha contra el invasor, cuya maquinaria bélica era aplastante. El hecho de que él se rindiera, y quedara cautivo a causa de ello, mientras la mayoría de los ministros del Gobierno escogía huir al Reino Unido, lugar de destino también de otros monarcas europeos de países invadidos por el III Reich (como el noruego Haakon VII y la holandesa Guillermina) que habían decidido continuar la lucha junto con los aliados, era considerado por muchos un acto de traición y de deshonor para la patria.

La Question royale fue envenenando la política nacional y al comenzar 1950 Bélgica estaba tan dividida en torno a la figura de Leopoldo que llegó a temerse que la crisis política degenerara en un conflicto civil. Un referéndum popular celebrado el 12 de marzo no consiguió resolver el problema, pues aunque el se impuso a nivel nacional, lo hizo por un margen pequeño. En la región neerlandófona de Flandes la mayoría de la población era ampliamente favorable al retorno del rey, pero en la francófona Valonia, particularmente en las urbes industriales con fuerte implantación del movimiento socialista, los sentimientos predominantes eran los contrarios.

El 22 de julio de 1950 Leopoldo retornó a Bruselas con Balduino y Alberto para encontrarse con una huelga general de tintes insurreccionales y separatistas en Valonia dirigida directamente contra su persona. Confrontado con la fractura del país, el entonces primer ministro, el socialcristiano Jean Pierre Duvieusart, obligó al monarca a nombrar regente al príncipe heredero Balduino, duque de Brabante. Esta situación se prolongó durante un año. El 16 de julio de 1951, convencido de que su reputación y su legitimidad como monarca estaban irreparablemente dañados a los ojos de una parte considerable de los ciudadanos, Leopoldo se resignó a abdicar en favor de Balduino, quien se convirtió en el nuevo rey de los belgas.

Mientras su hermano mayor, recién entrado en la veintena de edad, se esmeraba en conseguir la reconciliación nacional ajustándose al marco constitucional de la monarquía parlamentaria, Alberto ingresó en la Escuela Naval de Brujas, donde se graduó como cadete de la Armada Real en 1953. En 1958, al cumplir los 24 años y como mandaba la tradición, fue nombrado senador, y en 1962 le fue conferida la presidencia de honor del Consejo de Administración de la Oficina Belga de Comercio Exterior (OBCE), organismo del Estado que en los 31 años siguientes iba a encargarle numerosas misiones comerciales en el extranjero. Desde 1954 el príncipe de Lieja presidió también el Consejo de Administración de la Caja Central de Ahorros y Pensiones (CGER) y desde 1958 la Cruz Roja Belga. Aquel año estuvo igualmente al frente del patronato de la Exposición Universal de Bruselas, y en 1969 el Consejo de Europa le nombró responsable de la Conferencia de Ministros sobre la protección del patrimonio cultural y arquitectónico europeos. Fueron numerosas sus participaciones como representante del Estado belga en conferencias internacionales sobre el medio ambiente, incluyendo la organizada por las Naciones Unidas en 1972 en Estocolmo.

El 2 de julio de 1959 Alberto, con 25 años, contrajo matrimonio católico en Bruselas con la noble italiana Paola Ruffo di Calabria, miembro de una familia de gran prosapia, a la que había conocido el año anterior en Roma con motivo de la coronación del papa Juan XXIII. De nombre completo Paola Margherita Maria Antonia Consiglia y nacida en 1937 en la provincia de Lucca, la en adelante princesa de Lieja era la benjamina del príncipe Fulco Ruffo di Calabria, sexto Duque de Guardia Lombarda, y de la condesa Luisa Gazelli di Rossana e di Sebastiano. El real noviazgo y los esponsales a que dio lugar despertaron un enorme interés en la Europa de la época por la juventud de la pareja y la belleza de Paola. Además, Alberto se casó un año antes que el rey Balduino, quien en 1960 tomó como esposa a la española Fabiola de Mora y Aragón.

Antes que sus hermanos, en 1953, había pasado por el altar la princesa Josefina Carlota: su marido era el príncipe heredero del vecino Gran Ducado de Luxemburgo, Juan. Cuando en 1964 el príncipe Juan sucedió a su madre, que también se llamaba Carlota, en la jefatura del país vecino, la princesa belga pasó a ser la gran duquesa consorte de Luxemburgo (Josefina Carlota ostentó esta condición hasta la abdicación de su esposo en 2000, cinco años antes de fallecer ella a los 77 años de edad).

Alberto y Paola, cuya afición a la vida mundana, divulgada con avidez por la prensa del corazón, marcaba un fuerte contraste con la retraída y piadosa personalidad de Balduino, tuvieron tres hijos. El 15 de abril de 1960 nació Felipe (Philippe Léopold Louis Marie), príncipe de Bélgica; el 5 de junio de 1962 le siguió la princesa Astrid (Astrid Joséphine-Charlotte Fabrizia Elisabeth Paola Marie); y el 19 de octubre de 1963 vino al mundo el príncipe Lorenzo (Laurent Benoît Baudouin Marie). De los tres, el primero en casarse, antes de que los padres cambiaran la condición principesca por la regia, fue Astrid. Su boda el 22 de septiembre de 1984 con Lorenz d'Aviano, cabeza de la Casa Archiducal de Austria-Este, la convirtió en archiduquesa de esta casa nobiliaria centroeuropea con los tratamientos de alteza imperial y real. Astrid y Lorenz dieron a Alberto y Paola sus primeros nietos: Amadeo (1986), María Laura (1988), Joaquín (1991) y Luisa María (1995), a los que posteriormente iba a sumarse Leticia María (2003).

Felipe y Lorenzo rompieron su soltería y estrenaron la paternidad cuando su padre ya llevaba tiempo instalado en el trono. El primero, seis años después de convertirse oficialmente en príncipe heredero con el título de duque de Brabante, contrajo matrimonio el 4 de diciembre de 1999 con la logopeda y psicóloga Matilde (Mathilde Marie Christiane Ghislaine) d'Udekem d'Acoz, nacida en 1973 en el seno de una familia aristocrática formada por los condes Patrick d'Udekem d'Acoz y Anna Maria Komorowska. La princesa Matilde de Bélgica y duquesa de Brabante tuvo con Felipe cuatro hijos: la princesa Isabel (2001, segunda en la línea de sucesión), el príncipe Gabriel (2003), el príncipe Manuel (2005) y la princesa Leonor (2008). El príncipe Lorenzo y la anglo-belga Claire Louise Coombs, en adelante princesa Clara de Bélgica, se casaron el 19 de octubre de 1963. Tuvieron tres hijos, la princesa Luisa (2004) y los príncipes, nacidos el mismo día y gemelos, Nicolás y Emerico (2005).


2. Un reinado de 20 años: entre el escándalo familiar y el laberinto político

El hecho de que el rey Balduino no tuviera descendencia (la reina Fabiola había sufrido hasta cinco abortos espontáneos) situaba a su hermano Alberto a la cabeza de la línea de sucesión, pero sólo sobre el papel. En la década de los ochenta arraigó la creencia de que Alberto, que ya era cincuentón, terminaría renunciando a sus derechos sucesorios, probablemente en favor de su primogénito. El príncipe Felipe venía recibiendo una educación tal que sugería su preparación para convertirse en el sucesor directo de su tío cuando llegara el momento. Pero también podría estar pensándose en la princesa Astrid, tal como sugirió la abolición de la ley sálica en 1991.

Sin embargo, estos planes sucesorios debieron quedar trastocados el 31 de julio de 1993. Ese día, Balduino, a una edad todavía no provecta, 62 años, falleció de un súbito paro cardíaco cuando veraneaba en su finca de Motril, España. En Bruselas, el Consejo de Ministros, encabezado por el popularcristiano flamenco Jean-Luc Dehaene, asumió las funciones de la jefatura del Estado y el 1 de agosto, mientras el cuerpo de Balduino era repatriado, anunció, para sorpresa de muchos, que el nuevo monarca era Alberto. El 7 de agosto tuvieron lugar los solemnes funerales de Balduino con la asistencia de más de 40 jefes de Estado y de Gobierno.

El 9 de agosto, tras nueve días de vacancia en el trono, el hermano menor del monarca difunto prestó jura ante el Parlamento como sexto rey de los Belgas con el nombre de Alberto II; el primer ordinal lo había portado su abuelo tocayo, rey entre 1909 y 1934. En ese momento, Felipe se convirtió oficialmente en príncipe heredero con el título de duque de Brabante. Alberto II, que en la ceremonia de entronización juró comprometerse a preservar la integridad y la independencia de Bélgica, inauguró su reinado precisamente cuando el Parlamento acababa de aprobar, el 14 de julio, una importante revisión constitucional.

Las enmiendas a la Carta Magna fundacional de 1831, que iban a entrar en vigor el 17 de febrero de 1994, redefinían a Bélgica como un Estado federal (el país ya venía siéndolo en la práctica) compuesto de tres Comunidades lingüísticas, la Flamenca, la Francesa y la Alemana, y tres Regiones territoriales, la Flamenca (Flandes), la Valona (Valonia) y Bruselas. Estas seis regiones y comunidades, puestas en marcha entre 1980 y 1989, veían ahora reforzadas sus competencias autonómicas a costa de las autoridades centrales. Además, se proclamaban, aunque sin un ordenamiento institucional propio en este caso, cuatro "regiones lingüísticas", a saber, la neerlandófona, la francófona, la germanófona y la bilingüe de Bruselas-Capital.

La Monarquía, que veía preservado un rango de atribuciones ejecutivas, no meramente protocolarias, dentro del sistema de la democracia parlamentaria, quedaba perfilada como una institución eminentemente estatal, símbolo de la unidad nacional por encima de las divisiones regionales y comunitarias. El rey debía servir de nexo de los diversos entes subestatales y, eventualmente, desempeñarse como un moderador de los conflictos que pudieran surgir entre los partidos de diferente adscripción ideológica, territorial o lingüística. La Carta Magna reservaba al soberano una serie de responsabilidades en el proceso de formación del Gobierno. Aparte, Alberto II era el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas belgas, mando militar al que daban una genuina efectividad jerárquica sus rangos de teniente general del Ejército y vicealmirante de la Fuerza Naval.

Al principio de su reinado, Alberto tuvo en su contra la imagen, labrada desde la juventud principesca, de un hombre de carácter blando poco convencido de sus obligaciones institucionales y con un insuficiente sentido de Estado, aptitud que en un país como Bélgica, cuya existencia dependía del buen entendimiento entre flamencos y valones, adquiría una especial gravedad. El recuerdo permanente del rey Balduino mantenía vivas las comparaciones entre el estilo impreciso de Alberto y la dedicación abnegada, de una rigidez casi monacal, de que había hecho gala su popular y respetado hermano, en un país progresivamente fragmentando en lo político y en lo social. Muchos siguieron creyendo que el suyo sería un reinado sólo provisional, a la espera de que el príncipe Felipe contrajera matrimonio, tuviera descendencia y terminara de cualificarse para ser rey.

En la primera década larga de su reinado, cuyo arranque coincidió con las repercusiones, muy negativas para la credibilidad de la clase política, de los escándalos de corrupción que asolaron a varios partidos principales a principios de la década, turbulencias que más tarde se vieron agravadas por el caso criminal, motivo de gran conmoción nacional, del asesino y pederasta Marc Dutroux, Alberto no tuvo que emplearse a fondo en las funciones de arbitraje y mediación que se esperaban de la Corona. En esta época, las tensiones comunitarias, que las hubo, no adquirieron un relieve tal que los ojos del sector de la opinión pública (sostenida por los valones del sur y muchos bruselenses) identificada con el concepto de belgitud se posaran en Alberto, aguardando a que ejerciera de garante efectivo de una unidad nacional amenazada. La pléyade de partidos democristianos socialistas, liberales y ecologistas, plenamente regionalizados, fue capaz de insuflar nuevos aires al tradicional cabildeo multilateral y alumbró gobiernos estables de coalición –de cuatro socios como mínimo- tras las elecciones generales de 1995, 1999 y 2003.

Los quebraderos de cabeza empezaron a surgirle a Alberto desde otro lado, el más íntimo y personal. En octubre de 1999 un jovencísimo periodista flamenco de 18 años, Mario Danneels, sacó a la venta una biografía no autorizada de la reina titulada Paola, van 'la dolce vita' tot koningin (Paola, de la 'dolce vita' a reina). El libro, centrado en los "años frívolos" de los entonces jóvenes príncipes de Lieja, narraba detalles de una relación extramarital de Alberto con la baronesa Sybille de Selys Longchamps, casada entonces con el magnate industrial Jacques Boël. Según el autor, el fruto de esta infidelidad conyugal era una hija ilegítima de Alberto, cuya identidad permanecía en el anonimato. Con el escándalo sembrado, algunos periódicos se pusieron a averiguar quien sería esta hija y las pesquisas se detuvieron en la escultora y artista multimedia Delphine Boël, nacida en 1968 y de innegable parecido físico con el rey.

Al principio, tanto Boël como su madre rehusaron hacer comentarios sobre el asunto y el Palacio Real negó cualquier credibilidad a lo contado por Danneels, situando su supuesta revelación en el terreno de los chismorreos y las maledicencias. Sin embargo, no hubo denuncia por libelo contra el autor. Más aún, en su discurso de Navidad de 1999, Alberto leyó a la nación unas frases que el público interpretó como un reconocimiento implícito, sin ningún género de dudas, de que la aventura extramarital que le atribuían era cierta.

La parte del discurso real que aludía al caso con visos de reconocimiento, por lo menos de la infidelidad a Paola, pero aparentemente no de la paternidad ilegítima, era la siguiente: "Estas fiestas de Navidad son también una oportunidad para que cada uno de nosotros piense en su propia familia, en sus momentos felices y también en los difíciles. La reina y yo recordamos períodos de mucha felicidad, pero también la crisis por la que nuestra pareja pasó hace más de treinta años. Juntos pudimos, hace ya mucho tiempo, superar aquellas dificultades y recuperar un entendimiento y un amor profundos. Este período nos ha sido recordado hace poco. No queremos insistir en un tema que pertenece a nuestra vida privada. Sin embargo, si algunos de los que hoy se enfrentan a problemas similares pudieran extraer de nuestra experiencia vital algún motivo de esperanza, nos sentiríamos muy contentos".

Hasta mayo de 2005, en un plató de la cadena de televisión France 3, Delphine Boël no salió a pronunciarse, para reconocer que, en efecto, su padre era el rey. En su testimonio, Boël explicó que tras aflorar el escándalo había hablado por teléfono con el monarca para pedirle ayuda para su madre, la baronesa Sybille, a la que acosaban los periodistas. Según la artista, Alberto II le replicó secamente con un: "Déjame en paz con esta historia, tú no eres mi hija". En la misma entrevista, Boël aseguró también que cuando a los nueve años se mudó con su madre a Inglaterra, el entonces príncipe indicó su disposición a divorciarse de Paola, de la que estaba totalmente distanciado pese a las apariencias palaciegas, e irse a vivir con ellos a Londres. Los contactos telefónicos entre Sybille y Alberto continuaron hasta 1984, cuando la relación se cortó. Delphine conoció de su madre la verdad sobre su padre cuando cumplió los 18, en 1986.

Posteriormente, la baronesa aportó sus propios datos sobre la trama: según Sybille de Selys, el divorcio de los príncipes estuvo a punto de producirse, pues el rey Balduino había dado su consentimiento y hasta el primer ministro había sido informado. Pero la ruptura no se consumó gracias a ella, ya que no podía aceptar las "muy duras" condiciones impuestas a Alberto, que para entonces ya era padre de Felipe, Astrid y Lorenzo. En 2008 Delphine iba a hacer un extenso repaso a su vida en el libro autobiográfico Couper le cordon.

A partir de 2006, la convulsa política nacional tomó el relevo a los avatares familiares (que de hecho no amainaron, como dieron fe el juicio por el desfalco y desvío de dos millones de euros del Componente Marítimo (ex Fuerza Naval) en el que el príncipe Lorenzo, cuya Villa Clémentine en Tervuren había sido decorada con cargo a parte de esos fondos, tuvo que declarar en calidad de testigo con la previa autorización expresa de su padre, amén del contraataque editorial del corrosivo Mario Danneels, que en Het trauma van de troon (El trauma del trono) pintó un retrato demoledor de los miembros de la familia real) como el principal motivo de que Alberto se colara en los titulares de prensa.

El auge del soberanismo en Flandes, contundentemente expresado en las urnas, y las crecientes reclamaciones de los partidos de habla holandesa, que exigían nuevas reformas constitucionales, mayores transferencias económicas del Gobierno federal y la división de la circunscripción electoral bilingüe de Bruselas-Halle-Vilvoorde (BHV, motivo de conflicto desde hacía décadas), pusieron en serios aprietos la capacidad negociadora de los partidos y requirieron la implicación directa del rey en el complicado proceso político. Así, el monarca debió hacer un auténtico encaje de bolillos entre su papel constitucional de vertebrador del Estado, sus servicios como mediador aceptados y reclamados por los partidos, y la discreción declarativa esperable de la institución que encabezaba.

Para entonces, el partido Vlaams Belang, representante de la extrema derecha republicana e independentista flamenca, ya había arrastrado al príncipe Felipe, inesperado paladín de la unidad nacional, a un áspero cruce de acusaciones que suscitó la pública amonestación del primer ministro, el liberal flamenco Guy Verhofstadt. El propio Alberto irritó a los flamencos, y no sólo a los de línea radical, en su discurso de Año Nuevo de 2006, cuando criticó a los "subnacionalismos" y al "separatismo nefasto y anacrónico" que estaba tomando cuerpo en el norte.

Entre mediados de 2007 y finales de 2011 Alberto, nombrando y despachando un pintoresco pelotón de informadores, exploradores, clarificadores, mediadores, conciliadores, pre-formadores y formadores, que seleccionó de entre las muchas personalidades de la abigarrada clase política, fue un catalizador esencial para la formación, al cabo de unas negociaciones extraordinariamente tortuosas, de los gobiernos poselectorales de 2007 y 2010. Los bizantinismos, los interminables regateos y la inconstancia de los líderes políticos pusieron a prueba la perseverancia y la paciencia del monarca, que una y otra vez, con lógica preocupación, apremió a los distintos partidos y cabezas de facción para que sus legítimas diferencias no condenaran a Bélgica a un bloqueo político tan prolongado como para poner en entredicho su propia continuidad como país. Más en una coyuntura económica y financiera francamente delicada.

Sólo el férreo marcaje de Alberto a los políticos evitó que el democristiano flamenco Yves Leterme y el socialista valón Elio Di Rupo, que pulverizaron todos los récords de provisionalidad sin Gobierno, necesitaran todavía más tiempo de negociaciones o desistieran definitivamente en sus intentos de dotar al país de un Ejecutivo viable. Leterme, un político tornadizo proclive a arrojar la toalla y a dimitir a la primera dificultad, requirió 284 días para formar con cinco partidos neerlandófonos y francófonos su primer Gabinete de coalición en marzo de 2008.

Su sucesor, Di Rupo, teóricamente más hábil en la forja de consensos y el líder del PS francófono, que fue el segundo partido más votado en las elecciones anticipadas de junio de 2010 (a raíz de la ruptura del segundo Gobierno Leterme) por detrás, en un registro sin precedentes, de la Nueva Alianza Flamenca (N-VA, partidaria de la secesión gradual de Flandes y la disolución pactada de Bélgica), invirtió la friolera de 540 días, récord mundial absoluto, para inaugurar en diciembre de 2011 un Gobierno de seis partidos. A ambos el rey, que apeló al "sentido de la responsabilidad" y a la "valentía" de los partidos, rechazó sus declaraciones de impotencia y sus anuncios de renuncia.

En otro orden de cosas, en septiembre de 2010 Alberto y Paola realizaron una visita a la República Democrática del Congo con motivo del quincuagésimo aniversario de la independencia de la antigua colonia belga. La primera visita regia a Kinshasa desde la efectuada por Balduino en 1985 sirvió para suavizar las siempre difíciles relaciones entre la ex colonia y la ex metrópoli, sobre las que pesaban agravios y traumas históricos muy profundos.

Meses después, en 2011, el príncipe Lorenzo, envuelto en varias polémicas por su agitado tren de vida y su carácter irascible, volvió a enfadar a la Casa Real y al Gobierno precisamente en relación con el Congo, país que visitó sin la autorización del rey y el primer ministro Leterme en respuesta a una invitación de las autoridades locales. El motivo del viaje era, según Lorenzo, "de trabajo y científico", en nombre de una fundación dedicada al medio ambiente y a la reforestación de la que él era presidente. De vuelta a Bruselas, el primer ministro Leterme llamó a capítulo a Lorenzo, quien fue advertido de que si volvía a actuar fuera de las normas y el protocolo podría quedarse sin su asignación económica anual de 310.000 euros.


3. Abdicación en favor del príncipe heredero Felipe

En marzo de 2012 el diario francófono Le Soir publicó que el rey Alberto tendría la intención de abdicar en favor de su hijo Felipe en una fecha concreta, el 21 de julio de 2013, día de la fiesta nacional de Bélgica y al filo del vigésimo aniversario de su coronación. La hipótesis obtuvo un aparente respaldo del duque de Brabante, que, preguntado por los periodistas sobre el particular, se proclamó "listo para ocupar el trono". La cuestión de una próxima abdicación se mantuvo en el candelero en los meses siguientes. En abril y mayo de 2013, al hilo de la sucesión regia en la vecina Holanda, donde Beatriz de Orange-Nassau dejó paso a su hijo, el príncipe heredero Guillermo Alejandro, tras 33 años de reinado, los rumores se intensificaron.

El 17 de junio Delphine Boël, recientemente desheredada por su padre, Jacques Boël, volvió a ser noticia al solicitar al Tribunal Civil de Bruselas que reclamara a Alberto II una prueba de paternidad y, en caso de no ser esto posible (ciertamente, no lo era, dado el carácter inviolable de la persona del rey), que los príncipes Felipe y Astrid, sus hermanastros, se sometieran a un examen de DNA con el fin de demostrar su parentesco. El Tribunal convocó a los representantes legales de ambas partes a una audiencia el 3 de septiembre para fijar el calendario del caso.

A los pocos días, la madre de Delphine, la baronesa Sybille de Selys, diciendo salir en defensa de su hija, concedió a los diarios Le Soir y De Standaard una larga entrevista en la que se explayó, contando numerosos detalles con tono almibarado, sobre su antiguo romance y relación, no exactamente clandestinos, con Alberto, que según ella se habían prolongado desde 1966 a 1984. Estas últimas informaciones desagradables, unidas a la polémica fiscal que venía rodeando a la reina Fabiola, criticada por haber empleado una fundación privada como ardid para ayudar a sus sobrinos a eludir el impuesto de sucesión por la herencia de Balduino, asuntos todos que eran claramente negativos para el prestigio de la Corona, pusieron la antesala a un solemne comunicado del monarca a la nación.

El 3 de julio de 2013, en un discurso televisado en directo desde su despacho en el Palacio Real de Bruselas, Alberto, de pie y papel en mano, leyó, dirigiéndose por turnos en francés, neerlandés y alemán, el mensaje esperado: considerando su avanzada edad y su salud física, decidía abdicar en favor del príncipe heredero. La transmisión real iba a producirse, tal como habían adelantado hacía un año los medios de comunicación, el próximo 21 de julio. Sin embargo, en las últimas semanas se había especulado con que en el día de la fiesta nacional lo que podría tener lugar sería el anuncio de la abdicación, la cual, en ese caso, no sería inmediata, sino que tendría lugar en el otoño. Estos eran los pasajes clave de la histórica alocución de Alberto II: "He entrado en mi octogésimo año, una edad que nunca alcanzaron mis predecesores en el ejercicio de sus funciones. Constato que mi edad y mi salud no me permiten ejercer mis funciones como me gustaría (…) Tras 20 años de reinado, estimo que es el momento de pasar la antorcha a la siguiente generación. Constato que el príncipe Felipe está bien preparado para sucederme. Él disfruta, junto con la princesa Matilde, de toda mi confianza".

A continuación, el primer ministro Di Rupo, acompañado por todos los miembros del Gabinete, reunidos en sesión extraordinaria del Consejo de Ministros con Alberto justo antes del mensaje de este a la nación, compareció para transmitir su "respeto y comprensión" por la decisión del monarca. El político socialista expresó la gratitud del Gobierno a Alberto, del que destacó su "sinceridad", "su valentía" y su "lucidez" al tomar esta decisión, y su servicio a los belgas en sus veinte años de reinado, período en el que se había ganado el aprecio de los ciudadanos por "su entusiasmo, su empatía, su humor y su inteligencia".

A pesar de las cálidas palabras de Di Rupo, los medios locales señalaron que en las últimas semanas el primer ministro había intentado convencer a Alberto de que reconsiderara su decisión de renunciar, al menos no en este momento.Y es que faltaba menos de un año para las elecciones generales, en las que los nacionalistas flamencos de la N-VA, ya primeros en la edición de 2010, podrían experimentar un considerable ascenso, con el consiguiente rebrote de la tensión intercomunitaria y un más que probable galimatías a la hora de formar gobierno. El 4 de julio, Felipe, en sus primeras palabras tras el anuncio de abdicación de su padre, pronunciadas desde Amberes, declaró ser "muy consciente de las responsabilidades" que tenía por delante y que como monarca seguiría empleándose "con todo mi corazón". También aprovechó para "rendir homenaje al rey por sus veinte años de reinado".

En la mañana del 21 de julio de 2013, día festivo en Bélgica que conmemora la proclamación constitucional en 1831 de Leopoldo de Sajonia-Coburgo, el iniciador de la dinastía familiar, como rey de los belgas tras producirse la revolución nacional y la independencia de Holanda, tuvo lugar la abdicación-entronización anunciada el día 3. Con un ceremonial más bien austero (ni siquiera fueron invitados a los actos los miembros de otras monarquías del mundo) y con moderadas expresiones de júbilo en la calle, todo ello lejos del boato palaciego y la efusividad popular observados en los Países Bajos el 30 de abril, Alberto II, previa asistencia a la tradicional misa de Te Deum en la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula con motivo de la fiesta nacional, y en presencia de su hijo y de los miembros del Gobierno, los líderes de los partidos y representantes institucionales, firmó el instrumento de abdicación en el Palacio Real de Bruselas. En su último discurso, el monarca saliente apeló al "mantenimiento de la cohesión de nuestro estado federal" y el "diálogo" para preservar "la calidad de nuestra vida juntos" y "el bienestar de todos".

Minutos después, hacia el mediodía, la familia real, las autoridades y el resto de invitados se trasladaron a la sede del Parlamento para el acto de entronización propiamente dicho. Ante los representantes de la nación, Felipe pronunció tres veces seguidas, primero en flamenco, luego en francés y finalmente en alemán, las palabras que le convertían en el séptimo rey de los belgas: "Juro observar la Constitución y las leyes del pueblo belga, mantener la independencia nacional y la integridad del territorio". Alternando su discurso inaugural en los tres idiomas, el rey Felipe se refirió en primer lugar a su padre, de quien destacó su "calidez profundamente humana" al tiempo que ejercía "con responsabilidad" su tarea como jefe de Estado. A continuación, elogió la idiosincrasia y las particularidades de la nación belga, cuya "fuerza" residía en su "riqueza" y "diversidad", y aseguró que sus tareas iban a ser "conciliar las distintas aspiraciones" y "trabajar en perfecto acuerdo con el Gobierno y respetando a la Constitución".

Finalmente, el cortejo regresó al Palacio Real, donde la nueva pareja real y los restantes miembros de la familia saludaron a la población en la balconada. Según lo dispuesto, los padres del nuevo monarca conservaban la condición regia. Esto convertía a Bélgica en una insólita monarquía parlamentaria con dos reyes, Felipe –el único reinante- y Alberto, y tres reinas, Matilde, Paola y Fabiola, los cinco con tratamiento de majestades. Matilde era de paso la primera reina de origen belga en la historia del país, después de una francesa, una austríaca, una alemana, una sueca, una española y una italiana, las esposas respectivamente de Leopoldo I, Leopoldo II, Alberto I, Leopoldo III, Balduino y Alberto II. La princesa Isabel se convirtió ahora en la primera en la línea de sucesión con el título de duquesa de Brabante.

Alberto II de Bélgica posee un amplio número de honores y condecoraciones, nacionales y extranjeros. El Estado belga le concedió, en grado de gran maestro, las órdenes de Leopoldo, Leopoldo II, de la Corona, del León y de la Estrella Africana. En cuanto a las distinciones foráneas, caben mencionar: la Gran Cruz de la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania; la Gran Cruz y el Collar de la Orden del Mérito de la República Italiana; por parte de los Países Bajos, las grandes cruces de la Orden de Orange-Nassau y del León Holandés; por España, la Gran Cruz de la Orden de Carlos III y el Collar de la Orden del Toisón de Oro; por Japón, el Collar de la Orden del Crisantemo; por Polonia, la Gran Cruz de la Orden del Águila Blanca; y por la Commonwealth, la Gran Cruz de la Real Orden Victoriana. Las casas no reinantes de Habsburgo (Austria), Borbón (Francia) y Saboya (Italia) también le otorgaron sus condecoraciones.

A lo largo de su reinado, Alberto II ha sido presidente de honor del Comité Olímpico e Interfederal Belga (COIB). Posee asimismo doctorados honoríficos por las universidades de Gante, Mons y Católica de Lovaina, la Universidad Libre de Bruselas y la Facultad Politécnica de Mons, entre otros centros académicos.

(Cobertura informativa hasta 21/7/2013)

Más información

Web de la Casa Real Belga

Alberto II en YouTube