Ismail Haniya

Actualización: 7 noviembre 2016

Palestina

Primer ministro (2006-2007, y en rebelión en Gaza hasta 2014)

  • Mandato: 29 marzo 2006 - 14 junio 2007
  • Nacimiento: Gaza, 29 enero 1963
  • Partido político: Hamás
  • Profesión: Profesor de universidad
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Presentación

La formación en marzo de 2007 del primer Gobierno de coalición palestino entre el partido Fatah del presidente Abbas y el movimiento Hamás confirmó como primer ministro a Ismail Haniya, el dirigente islamista llegado al puesto el año anterior como resultado de las elecciones autonómicas. El primer jefe de Gobierno de la Autoridad Palestina no miembro de la OLP sino del partido que con más tenacidad, inclusive la terrorista, venía oponiéndose a los sucesivos planes y acuerdos de paz con Israel, recibió una nueva oportunidad para obtener el desbloqueo de las ayudas occidentales, suspendidas por la negativa de su grupo a renunciar a la lucha armada contra la ocupación y a reconocer al Estado de Israel, y para aliviar la catastrófica situación en los territorios palestinos, asediados implacablemente por el Ejército israelí y minados desde dentro por las violencias fratricidas. Esperanza que arruinó el estallido en junio de 2007 de una verdadera guerra civil palestina que se saldó con el control de Cisjordania por Fatah y la conquista por Hamás de Gaza, donde Haniya, destituido por Abbas, continuó ejerciendo de facto, disputando la legitimidad con el nuevo primer ministro de Ramallah, Salam Fayyad.

(Texto actualizado hasta junio 2007)

Biografía

1. Activista del islamismo palestino
2. Lugarteniente del jeque Yassín y ascenso al liderazgo de Hamás
3. Primer ministro de un Gobierno poselectoral bajo presión exterior
4. Sanciones económicas occidentales y hostigamiento militar de Israel
5. Violencia sectaria con Fatah como preludio del Gobierno de coalición
6. Ruptura con el presidente Abbas, guerra interpalestina y control sobre Gaza
7. Un régimen atrincherado: el bloqueo egipcio-israelí y la devastación bélica de Plomo Fundido


1. Activista del islamismo palestino

Vino al mundo en 1963 en el campo de refugiados palestinos de Ash Shati, pegado a la ciudad de Gaza por su flanco asomado al mar, a donde sus padres habían recalado 14 años antes tras abandonar su hogar en la cercana ciudad de Al Majdal, sita al norte siguiendo la línea de la costa, en el territorio conocido como Neguev occidental, que había sido conquistada por el Ejército del flamante Estado judío en la primera guerra árabe-israelí.

Al Majdal caía dentro del Estado árabe contemplado por el Plan de Partición de Palestina que elaboró la ONU en 1947 y que nunca vio la luz. En mayo de 1948, en las primeras fases de la guerra, la población fue ocupada por el Ejército egipcio, al igual que la Franja de Gaza; tras duros combates, en noviembre, fue capturada por los israelíes, que en los meses siguientes expulsaron a Gaza a los residentes palestinos que no habían huido. Hasta mediados de la década de los cincuenta Al Majdal y las poblaciones colindantes fueron repobladas con colonos judíos, y de su fusión surgió la urbe conocida hoy como Ashkelón. Cuando Haniya tenía cinco años, en 1967, la Franja de Gaza fue arrebatada a Egipto por Israel en la Guerra de los Seis Días.

En las reseñas biográficas divulgadas por los medios de comunicación internacionales la trayectoria de Haniya se dibuja sólo a grandes pinceladas. Como los demás expatriados palestinos que por decenas de miles se hacinaban en los campos de Gaza, Haniya y su familia subsistieron con las asignaciones mensuales que les facilitaba la Agencia de Socorro y Trabajos de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA). En 1983, cuando la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), bajo el mando de Yasser Arafat, luchaba en Líbano por su supervivencia contra israelíes y sirios, el joven se matriculó en la Universidad Islámica de Gaza, un centro donde bullía el sentimiento de resistencia al ocupante israelí pero bajo la influencia político-religiosa de los Hermanos Musulmanes egipcios, dando pie a unos enfoques completamente alejados del laicismo socializante y militarista de que hacían gala la OLP y el partido Fatah de Arafat.

Haniya estuvo activo en el bloque de estudiantes islámicos y en 1987 completó sus estudios con una diplomatura en Literatura Árabe, título que le facultaba para ejercer la enseñanza superior. En diciembre de ese mismo año los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza, pero muy en especial la superpoblada y empobrecida franja mediterránea, vivieron el estallido de la revuelta popular palestina, la Intifada. Haniya tomó parte activa en los violentos disturbios, que las fuerzas israelíes intentaron sofocar mediante una vasta campaña represiva, y antes de terminar el año sufrió un breve período de prisión. En 1988 los soldados israelíes volvieron a arrestarle y le tuvieron entre rejas un semestre. En 1989, al poco de ser liberado, le sobrevino una tercera detención. Esta vez fue juzgado por subversión y condenado a tres años de cárcel, pena que cumplió íntegramente.

En los primeros días de la Intifada, Haniya se hizo miembro del Harakat Al Muqawama Al Islamiyya, el Movimiento de Resistencia Islámico, más conocido por su acrónimo, Hamás, palabra que en árabe significa también celo. Dado a conocer en vísperas del comienzo de la Intifada por una serie de activistas religiosos vinculados a los Hermanos Musulmanes entre los que destacaba el jeque Ahmed Yassín, Hamás, junto con la Jihad Islámica, empezó por disputar a Fatah y los partidos palestinos de la izquierda laica el control sobre los cabecillas de la revuelta popular en los territorios ocupados al tiempo que extendía una red de asistencia social.

Aunque los servicios de inteligencia israelíes, con la intención de debilitar a la OLP y los partidos palestinos laicos que practicaban la resistencia violenta, realizó una serie de maniobras tolerantes que lo favorecieron, permitiéndole, por ejemplo, un amplio campo de acción en los terrenos educativo, sanitario y caritativo, Hamás era mucho menos transigente que Arafat a la hora de valorar el conflicto de Palestina y el Estado de Israel. El 18 de agosto de 1988 el movimiento adoptó una Carta en la que se presentaba a sí mismo como “una de las ramas” de los Hermanos Musulmanes en Palestina y proclamaba el objetivo de “elevar la bandera de Dios sobre cada rincón de Palestina”. Los redactores del texto manifestaban la necesidad de poner fin a la “usurpación por los judíos de Palestina” mediante la “jihad” contra los “invasores sionistas”; una vez liberado, todo el territorio formaría parte del “Estado del Islam”. Rebosante de retórica antisionista –si no antisemita-, la Carta incluso confería credibilidad, en una referencia expresa, a los infames Protocolos de los Sabios de Sión.

El extremado manifiesto político de Hamás contenía, por tanto, una oposición frontal a la existencia de Israel en cualquiera de sus trazados fronterizos desde la guerra de 1947-1949, al principio de los dos estados en Palestina y al compromiso del no uso de la lucha armada y el terrorismo como instrumentos de acción política. Tres puntos que fueron asumidos por la OLP (exceptuando la ocupación militar y la colonización de Cisjordania y Gaza, así como la anexión de hecho de Jerusalén oriental, ilegales a la luz del derecho internacional) de manera implícita en las resoluciones aprobadas por el Consejo Nacional Palestino en Argel en noviembre de 1988, y de manera explícita, como puntales básicos que eran del proceso de paz que entonces se inició, en los Acuerdos de Oslo de agosto de 1993 y en la Declaración de Principios firmada en Washington en septiembre siguiente, la cual puso en marcha la instalación de un Autogobierno Interino Palestino en Gaza y Cisjordania –inicialmente, sólo en la ciudad de Jericó-: la Autoridad Nacional Palestina (ANP), presidida por Arafat.

Haniya terminó su condena carcelaria en 1992, meses antes de producir los negociadores de Oslo los acuerdos que merecieron el furioso anatema de Hamás. En diciembre de 1993, al cabo de un año largo de deportación en el paraje de Marj az-Zahour, en el sur de Líbano, compartiendo castigo con 450 activistas y dirigentes de Hamás y la Jihad Islámica, como Abdel Aziz Rantisi y Mahmoud Jaled az-Zahhar, fue finalmente puesto en libertad, pudiendo regresar a Gaza y principiar la profesión docente desde un puesto de alta categoría, el de deán de la Universidad Islámica.

El regreso de Haniya a la Universidad de Gaza fue coincidiendo con el inicio por el brazo militar de Hamás, las Brigadas de Ezzedín Al Qasam, de una sanguinaria ofensiva terrorista contra objetivos del interior de Israel, la cual, a partir de los atentados de abril de 1994 en las localidades de Afula y Hadera, hizo tristemente familiar la figura del dinamitero suicida que se hacía estallar en autobuses o recintos de ocio repletos de gente y con los años iba a contribuir decisivamente, junto con la reluctancia israelí a cumplir algunos de sus compromisos y el abierto incumplimiento de otros (como el crecimiento de los asentamientos de colonos en Cisjordania y Jerusalén oriental), al colapso del proceso de paz iniciado en Oslo. Para Hamás, los ataques contra las ciudades y los civiles israelíes no eran terrorismo, sino legítimas acciones militares contra el ocupante. En otras palabras, la deletérea Carta de 1988 empezó a aplicarse al pie de la letra.

Paralelamente, el movimiento islamista multiplicó sus labores en el terreno social, financiadas a partir de donaciones, cuotas de militancia y limosnas caritativas por prescripción coránica (zakat). La red de escuelas, orfanatos, clínicas, cocinas populares, mezquitas y ligas deportivas que Hamás patrocinaba o regentaba, unida a las labores de propaganda, reclutamiento y adoctrinamiento, formaba una verdadera administración paralela a la de la ANP en manos de la OLP, y su eficiencia, en agudo contraste con el desorden y la corrupción imperantes en las estructuras oficiales, no hizo sino acrecentar la popularidad del movimiento en los territorios autónomos y ocupados, sobre todo en Gaza. Con todo, la OLP, y más concretamente Fatah, continuaron ostentando la hegemonía política y gozando de la fidelidad mayoritaria de las masas palestinas.


2. Lugarteniente del jeque Yassín y ascenso al liderazgo de Hamás

El perfil de Haniya se tornó más político en 1997 cuando el fundador y líder espiritual de Hamás, el jeque Yassín, le puso al frente en Gaza de su oficina personal tan pronto como fue excarcelado por los israelíes, que accedieron a canjearle por dos agentes del Mossad capturados en Jordania cuando se disponían a asesinar a Jaled Mashal, uno de los dirigentes del movimiento en el exilio. El profesor universitario se ganó el afecto del anciano jeque de apariencia inofensiva y postrado en su silla de ruedas, al que el Gobierno israelí consideraba el máximo artífice de los atentados terroristas. Tras el estallido a finales de septiembre de 2000 en la misma Explanada de las Mezquitas de la Ciudad Antigua de Jerusalén oriental de la segunda Intifada o Intifada de Al Aqsa, que sepultó las esperanzas palestinas de alcanzar la estatalidad en unos términos favorables y sumió a los territorios en un estado de guerra, Haniya reforzó su ascendiente político y entró a formar parte del liderazgo colectivo de Hamás.

El cierto crédito adquirido como dirigente de Hamás de pensamiento algo más moderado que otros colegas, su personalidad calmosa y su propensión a ocupar un segundo plano, dejando a líderes más fogosos como Rantisi, enemigo de cualquier compromiso con Israel y encomiasta de la “liberación de toda Palestina” (amén de negador de plano de la veracidad del Holocausto), el protagonismo que aseguraban los mítines y ruedas de prensa incendiarias, no le libró de ser incluido en la lista negra del Ejército israelí, que además de provocar un elevado número de víctimas palestinas y enormes destrucciones materiales con sus reiteradas invasiones terrestres y bombardeos aéreos contra edificios oficiales, campos de refugiados y oficinas de las milicias y partidos radicales en Gaza y Cisjordania, se propuso destruir el desafío terrorista mediante la controvertida táctica de los asesinatos selectivos o extrajudiciales.

En el caso de Hamás, la organización empezó a ser descabezada con el asesinato de Salah Shahad, comandante en jefe de las Ezzedín Al Qasam, el 22 de julio de 2002. En marzo y agosto de 2003, respectivamente, corrieron la misma suerte Ibrahim al-Makadmeh e Ismail Abu Shanab, del ala política de Gaza. Entre medio, el 10 de junio, Rantisi, el dirigente político y portavoz más conspicuo del movimiento, cuya línea dura representaba, fue objeto de un ataque que la causó heridas de diversa consideración.

El 6 de septiembre siguiente, en medio de una lucha por el poder en la ANP entre el presidente Arafat, cercado por los tanques israelíes en Ramallah, y el primer ministro Mahmoud Abbas (Abu Mazen), y apenas unas horas después de que la Unión Europea (UE), sumándose al Gobierno de Estados Unidos, declarara a Hamás organización terrorista, Yassín, Haniya y otras 13 personas sostenían una reunión en un bloque de apartamentos en Gaza cuando un avión descargó una bomba sobre el edificio. El grupo, alertado por el estrépito del cazabombardero israelí, abandonó precipitadamente el inmueble segundos antes del impacto, lo que seguramente les salvó la vida. Haniya salió ileso y algunos de sus compañeros, incluido el jeque, resultaron heridos de levedad.

El ataque se enmarcó en el rosario de represalias aprobadas por el Gabinete israelí a raíz de la voladura el 19 de agosto por un suicida palestino de un autobús que transportaba a judíos ortodoxos cerca de Jerusalén, con el resultado de 22 muertos. Esta vez el ataque “de precisión” no había cumplido su objetivo, pero el primer ministro israelí, Ariel Sharon, estaba resuelto a eliminar a la cúpula de Hamás con estos métodos propios del terrorismo de Estado y que él justificaba como medidas de legítima defensa, en aras de la seguridad de sus gobernados.

Finalmente, el 22 de marzo de 2004, en el curso de una gran operación militar contra campos de refugiados en Gaza que acumulaba un balance provisional de 50 palestinos muertos, la Aviación israelí mató con un misil a Yassín y a otras ocho personas cuando el jeque se dirigía en su silla de paralítico a hacer las oraciones matutinas en una mezquita cercana. Y el 17 de abril le tocaba el turno a Rantisi, mortalmente alcanzado, también por los misiles disparados desde un helicóptero y en Gaza, a la vez que su hijo y un guardaespaldas. Portavoces de la organización anunciaron un “terremoto” y un “volcán de venganza” para Israel, y la cólera de decenas de miles de militantes echados a las calles así lo parecía presagiar, pero estas amenazas de ribetes apocalípticos no se materializaron.

En realidad, los líderes de Hamás sobrevivientes tuvieron que extremar las precauciones para no incurrir en las iras homicidas de los israelíes, que parecían conocer al dedillo todos sus movimientos. Fue así que Haniya, Zahhar, Mashal, que residía en Damasco, y el resto de la dirigencia colectiva resolvieron mantener en secreto la identidad del sucesor de Rantisi como jefe político del movimiento en Gaza. Los medios de comunicación especularon con que la nueva jerarquía de Hamás en la franja estaba compuesta por Zahhar en la cúspide, Haniya como el número dos y Said as-Siyam como el número tres. Antes de terminar el año, dos cabecillas del aparato militar, Ezzedín Sheij Jalil y Adnán al-Ghoul, engrosaron la lista de “mártires” de la organización.

Al igual que había hecho con las elecciones generales al Consejo de la ANP del 19 de enero de 1996, Hamás practicó el boicot a las elecciones presidenciales del 9 de enero de 2005, convocadas tras la muerte de Arafat el 11 de noviembre de 2004, con lo que facilitó la validación por una abrumadora mayoría como presidente de la ANP de Mahmoud Abbas, quien también había sucedido al histórico líder palestino como presidente de la OLP y de Fatah. El movimiento islamista sí concurrió a los comicios municipales que se desarrollaron por etapas hasta el mes de mayo, cosechando unos resultados sobresalientes en Rafah y Beit Lahya en Gaza, y Qalqilya en Cisjordania.

Se supone que las recomendaciones de Haniya y, al parecer, también de Zahhar a favor de la prudencia en el incierto escenario abierto por la desaparición de Arafat tuvieron influencia en el anuncio hecho por Hamás el 17 de marzo de 2005, al cabo de una reunión en El Cairo entre representantes de la ANP y de trece organizaciones palestinas radicales, de que se atenía a la salvaguardia del “período de calma” (tahdiyah) en vigor. No se trataba de una declaración formal y solemne de alto el fuego (hudna), y además la suspensión de las “operaciones de resistencia” estaba condicionada a la terminación por Israel de sus “agresiones” y a la liberación de prisioneros. Esto fue lo más que pudo arrancar a los fundamentalistas el atribulado presidente Abbas, que en febrero anterior se había comprometido ante Sharon a hacer todo lo que estuviera en su mano para poner término a la confrontación armada.

A diferencia de la Jihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, éstas vinculadas a Fatah, a lo largo de 2005 y el arranque de 2006 Hamás se mantuvo fiel a la Declaración de El Cairo y no perpetró agresiones contra objetivos israelíes, ya fueran incursiones de tipo terrorista o lanzamientos de misiles caseros tierra-tierra. Sin embargo, el maximalismo de su programa político y la intransigencia de su visión del conflicto de Palestina no se debilitaron.

Aunque extraoficialmente se reconocía el hecho irreversible de la “entidad sionista”, seguían en pie los rechazos al reconocimiento del Estado de Israel, al control judío sobre Jerusalén occidental y a la menor presencia de soldados o colonos en cualquiera de los territorios arrebatados manu militari en la contienda de 1967, así como las exigencias de la instalación del Estado palestino en la totalidad de Cisjordania y el retorno a sus hogares de los refugiados provocados por las sucesivas guerras. La Intifada estaba plenamente justificada en tanto que instrumento para conseguir la “liberación nacional”. En cuanto al plan de paz conocido como la Hoja de Ruta, pergeñado por las potencias internacionales como un sucedáneo de los fenecidos Acuerdos de Oslo –y, en la práctica, papel mojado sin apenas haberse inicializado-, carecía para Hamás de cualquier validez.

Y, por supuesto, en lo que sí coincidía con la ANP y la OLP, estaba su rechazo frontal a las iniciativas israelíes de carácter unilateral pensadas para blindar la seguridad nacional y hacer inevitable un Estado palestino superreducido, desmilitarizado, fragmentado en un sinfín de áreas sin continuidad territorial y sin capitalidad en Jerusalén oriental, que eran fundamentalmente tres: la prosecución de la construcción de barrios para población judía en Jerusalén oriental y sus alrededores, la erección del muro de seguridad en torno a Cisjordania y el Plan de Desconexión de Gaza, que supuso la completa evacuación del personal militar y los colonos de la franja pero a cambio de perpetuar los mayores asentamientos en Cisjordania. En febrero de 2005, Jaled Mashal, considerado el dirigente de Hamás más radical de momento, declaró que su movimiento pondría término a la lucha armada si Israel reconocía las fronteras internacionales de 1967, evacuaba la totalidad de Cisjordania y Gaza, y aceptaba la demanda palestina del “derecho de retorno”.


3. Primer ministro de un Gobierno poselectoral bajo presión exterior

Hombre casado y padre de una prole de siete hijos (según otras fuentes, los vástagos serían doce), que vivía con su familia en una modesta vivienda de su Ash Shati natal, de complexión recia, tupida barba entrecana, maneras suaves y hablar articulado, Haniya comenzó a atraer en 2005 la atención de los entrevistadores periodísticos.

Su reluctancia a complacerse en la retórica típica de su grupo sobre la destrucción del Estado de Israel y el mentís expreso de que ellos pretendieran “arrojar a los judíos al mar”, unidos a su determinación, ejercitada con éxito, de impedir que las esporádicas refriegas callejeras entre milicianos de Hamás y de Fatah degeneraran en enfrentamientos sectarios de mayor gravedad, le aparejaron el epíteto de “islamista pragmático”, supuestamente comprometido con la desescalada del conflicto militar y abierto al diálogo con Israel para concertar un cese recíproco de los actos violentos. Ahora bien, el número dos oficioso de Hamás dejó clara su objeción a los Acuerdos de Oslo de 1993, ya que en ellos la OLP había reconocido el Estado de Israel sin que éste hiciera lo mismo con un Estado palestino. “En lugar de ello, lo que tuvimos fue más asentamientos, más ocupación, más controles de carreteras, más pobreza y más represión”, afirmó.

En diciembre de 2005 Hamás tomó la decisión de poner a Haniya al frente de la lista de candidatos al Consejo Legislativo de la ANP, ya que el partido, por primera vez desde el arranque de la autonomía, iba a participar en unos comicios generales, lo que suponía un cambio estratégico de gran calado. Las elecciones iban a tener lugar el 25 de enero de 2006. Bajo el lema de la Lista de las Reformas y el Cambio, Haniya y Zahhar desarrollaron una campaña triunfalista y populista que incidía sobre todo en la urgencia de liquidar el monopolio político y administrativo de la OLP y Fatah, que tras una década de gobierno autonómico dejaban un legado de incuria, corrupción, marasmo económico, paro, autoritarismo y enfrentamientos, a veces a tiro limpio, entre las numerosas facciones, milicias y aparatos de seguridad, los cuales ofrecían una lealtad renqueante al presidente Abbas, quien por su parte, al margen del resultado electoral, iba a continuar teniendo la supremacía en los terrenos de la seguridad, las relaciones exteriores y la interlocución con Israel.

Hamás prometió solvencia, honestidad y servicio a los ciudadanos, así como devolver el orden y la seguridad a las calles. No hizo referencias a la islamización de la sociedad para no dañar sus posibilidades de captar el voto de electores secularizados y familiarizados con los usos y costumbres occidentales. En cuanto al antagonismo con el Estado judío, los mensajes de Haniya y sus conmilitones fueron voluntariamente sobrios, insistiendo sobre todo en la legitimidad de la Intifada y en que Hamás se reservaba el derecho a reanudar sus acciones de “resistencia armada a la ocupación” si el enemigo le daba motivos para cancelar el “período de calma”.

Aunque los últimos sondeos pronosticaban una victoria de Hamás por mayoría simple, lo que de por sí ya constituiría una mudanza para la conmoción, nadie, ni siquiera los islamistas, llegó a imaginar hasta qué punto las masas palestinas, golpeadas por todo tipo de desgracias en grado indecible, iban a expresar con su voto la tremenda frustración que les venía produciendo la gestión interna de Fatah y su impotencia a la hora de encajar los constantes desafueros y las matanzas del Ejército israelí.

Como resultado, el 25 de enero Hamás cosechó un triunfo demoledor: con una participación del 78,2%, en una jornada a salvo de incidentes y en ausencia también de denuncias de fraude o de fallos de organización, el partido de Haniya se hizo con una mayoría absoluta de 74 escaños sobre 132; de aquellos, 29 correspondieron a la lista nacional cerrada elegida por el sistema proporcional y 45 a las listas abiertas presentadas en los distritos electorales. Su porcentaje de voto en toda la ANP fue del 44,4 y su victoria fue especialmente avasalladora en los distritos populosos de Hebrón, Gaza ciudad y Gaza Norte, donde copó todos los escaños. En Jerusalén también ganó la partida a Fatah, duplicando sus dos escaños. Curiosamente, el partido oficialista derrotó completamente a Hamás justo allí donde éste había obtenido grandes victorias en las municipales de 2005, Rafah y Qalqilya.

La cascada de reacciones por el “terremoto” que los resultados de las elecciones suponía para Palestina y todo Oriente Próximo no se hizo esperar. En casa, el Gobierno del primer ministro Ahmad Qureia (Fatah) dimitió en pleno y el presidente Abbas, intentado disimular su estupefacción, dio a entender que estaba listo para cohabitar con Hamás en el Ejecutivo. En Israel, el primer ministro que ejercía en funciones desde el infarto cerebral sufrido por Sharon el 4 de enero, Ehud Olmert, quien lideraba el partido Kadima de cara a las elecciones legislativas de marzo con la propuesta de trazar las fronteras definitivas de Israel de manera unilateral y a costa de porciones sustanciales de Cisjordania, se apresuró a manifestar su convicción de que un gobierno palestino dirigido o integrado por Hamás, al tratarse éste de una “organización terrorista que llama a nuestra destrucción”, se convertiría a su vez en un patrocinador del terrorismo y en una institución “irrelevante”, luego no cabía menos que ignorarlo.

A continuación, Olmert anunció la cancelación de todo contacto, diálogo o negociación con la ANP, lanzó una ofensiva internacional para conseguir el aislamiento diplomático y el embargo financiero de la autonomía palestina, y ordenó la congelación de las transferencias de los fondos correspondientes a las tasas aduaneras recaudadas en su nombre y las retenciones fiscales de los palestinos que trabajaban en Israel, medida punitiva que estuvo en vigor entre el 1 y el 5 de febrero.

Estados Unidos y la UE se encontraron ante un complicado dilema, que de alguna manera era consecuencia de sus propias contradicciones a la hora de aplicar el rasero en el conflicto de Palestina: cómo tratar con un gobierno basado en un partido que figuraba en sus listas de organizaciones terroristas, y que ciertamente había cometido muchas atrocidades contra civiles indefensos, pero que emanaba de unos comicios de una impecabilidad democrática excepcional en el mundo árabe; y precisamente, la aplicación de reformas democráticas venía siendo una de las exigencias planteadas por los miembros del Cuarteto (Estados Unidos, UE, ONU y Rusia) a la ANP para la ejecución de la Hoja de Ruta y la formación del Estado palestino. Estadounidenses y europeos se mostraron dispuestos a aplicar sanciones económicas, como la suspensión de su vital ayuda financiera directa, de la que entre otras cosas dependía el abono de los sueldos a los 140.000 funcionarios y asalariados autonómicos, a menos que Hamás desarmara a su aparato miliciano, renunciara públicamente a la violencia, aceptara la validez de los acuerdos firmados hasta la fecha y reconociera a Israel.

Consciente de que a Hamás, paradójicamente, podría costarle muy cara su arrolladora victoria electoral, Haniya, nada más confirmarse el veredicto de las urnas, se dirigió a Abbas para proponerle un gobierno de concentración. La respuesta del presidente fue que los islamistas tenían que abandonar los métodos violentos, luchar por cauces exclusivamente políticos y asumir la legitimidad y la necesidad de hablar con Israel. El 16 de febrero Hamás designó a Haniya candidato a primer ministro, el 20 de febrero la postulación fue presentada a Abbas y un día más tarde el presidente realizó el nombramiento oficial.

En las semanas siguientes, Haniya fracasó estrepitosamente en sus intentos de convencer a Fatah, y también a la Jihad Islámica y a los partidos de la extrema izquierda laica FPLP y FDLP, de gobernar en coalición e instó a los donantes occidentales a no interrumpir sus fondos. Preguntado por su estrategia para confrontar un embargo financiero, el primer ministro designado explicó que ya tenían un “plan económico de autosuficiencia” basado en el “racionamiento” y la “protección” del dinero público. Asimismo, afirmó que los dineros occidentales podrían ser suplidos por los que facilitaran los países amigos del mundo árabe y musulmán, y, en una especie de brindis al sol, aseguró: “A los liberales y a los pueblos libres del mundo no les gustará ver al pueblo palestino viviendo tras un cerco; hemos recibido indicaciones de la comunidad internacional de que las ayudas no se van a detener”.

En una entrevista concedida al Washington Post, Haniya dejó entreabierta la puerta al reconocimiento de Israel “por etapas” y a la prolongación indefinida de la tregua unilateral de hecho, aunque se expresó en términos vagos (sólo precisó la primera de esas “etapas”, que sería el establecimiento de “una situación de estabilidad y calma que trajera seguridad a nuestro pueblo”) y subrayó la apostilla de que todo estaba condicionado a la satisfacción por Israel de las exigencias fundamentales, a saber: retirada a las fronteras de 1967, reconocimiento del Estado palestino, liberación de todos los prisioneros, reconocimiento del derecho de los refugiados a regresar a sus antiguos hogares y cese de las agresiones militares, que no había semana que no engrosaran las necrológicas palestinas. Por ejemplo, el 23 y el 24 de febrero los soldados judíos abatieron a nueve paisanos en Nablús y Gaza, en unas operaciones que para el bando golpeado no fueron sino provocaciones criminales.

El dirigente palestino aseguró que los de Hamás no eran unos “amantes de la sangre interesados en un ciclo vicioso de violencia”, sino “gente oprimida con derechos”, para quienes una paz que preservara esos derechos sería “una buena paz”. Los israelíes no estaban en absoluto impresionados. Un asesor de Olmert en materia de seguridad no tuvo ambages en amenazar de muerte a Haniya con estas palabras: “Si se produce un ataque terrorista e Israel decide responder, Ismail Haniya sería un objetivo legítimo porque Hamás no comete atentados sin su autorización. No por ser primer ministro goza de inmunidad”. A principios de marzo se expresó en los mismos términos el ministro de Defensa, Shaul Mofaz.

La moderación, quizá más en la forma que en el fondo, de Haniya fue de todas maneras contrarrestada por los pronunciamientos mucho más contundentes de líderes como Mashal, que desde Teherán descartó de plano negociar con los israelíes por tratarse de “una pérdida de tiempo mientras no se plantee la retirada de Palestina”. Y añadió: “La resistencia continuará mientras prosigan la ocupación y la agresión. No habrá reconocimiento de Israel, sea cual sea el coste".

El 19 de marzo Haniya anunció la composición de su propuesta de gabinete, que finalmente fue monocolor. Los 24 ministerios estaban repartidos entre políticos de Hamás, tecnócratas e independientes. La importante cartera de Exteriores fue para Zahhar, quien con sus últimas manifestaciones había reforzado su imagen de radical. Al frente de Interior estaba Said Muhammad Siam, educador y predicador de Gaza, y en Finanzas Omar Abdel Razeq, economista formado en Estados Unidos. Los dos eran miembros del partido. También figuraban una mujer, Mariam Saleh, precisamente en Asuntos de la Mujer, y un cristiano, Tanas Abu Eita, en Turismo. Haniya tomó para sí el Ministerio de Juventud y Deportes.

Llamaba la atención el hecho de que 14 titulares fueran antiguos presos de cárceles israelíes. Y casi todos tenían prohibido moverse entre Gaza y Cisjordania, luego no iban a poder celebrarse plenos del Gobierno. El 28 de marzo el Consejo Legislativo invistió a Haniya y sus ministros con 71 votos a favor, 36 en contra y dos abstenciones. Al día siguiente prestaron juramento en dos actos celebrados simultáneamente en Gaza y Ramallah, y a continuación tomaron posesión de sus oficinas.


4. Sanciones económicas occidentales y hostigamiento militar de Israel

(Epígrafe en previsión)


5. Violencia sectaria con Fatah como preludio del Gobierno de coalición

(Epígrafe en previsión)


6. Ruptura con el presidente Abbas, guerra interpalestina y control sobre Gaza

(Epígrafe en previsión)


7. Un régimen atrincherado: el bloqueo egipcio-israelí y la devastación bélica de Plomo Fundido

(Epígrafe en previsión)

(Cobertura informativa hasta 1/4/2006)