Rafiq Hariri

© Comunidades Europeas (2002)

© Comunidades Europeas (2002)

Actualización: 2 mayo 2018

Líbano

Primer ministro (1992-1998, 2000-2004)

  • Rafiq Baha ad-Din al-Hariri
  • Mandato: 23 octubre 2000 - 21 octubre 2004
  • Nacimiento: Sidón, distrito de Sidón, gobernaduría de Líbano Sur (Ej Jnoub), 1 noviembre 1944
  • Defunción: Beirut, distrito de Beirut, gobernaduría de Beirut, 14 febrero 2005
  • Partido político: sin filiación
  • Profesión: Empresario multisectorial
Descarga

Biografía

Nacido en el seno de una familia humilde de la ciudad portuaria de Sidón, su padre se ganaba la vida como jornalero agrícola y su madre subvenía también las necesidades domésticas vendiendo frutas y hortalizas. Los Hariri eran de religión musulmana sunní, y el muchacho creció en este entorno modesto y piadoso en compañía de dos hermanos, Shafiq y Bahiya. Recibió la educación primaria y secundaria en Sidón antes de ingresar en 1964 en la Universidad Árabe de Beirut, con la intención de graduarse en administración de empresas. Sin embargo, sus escasos recursos no le permitían costear la carrera, así que en el segundo año decidió emigrar a Arabia Saudí, donde las ofertas laborales, sobre todo en el sector de la construcción, atraían a miles de trabajadores de todo Oriente Próximo.

Discurría 1965 y los primeros pasos de Hariri en la tierra de oportunidades que entonces era la monarquía del Golfo le auguraban un feliz arraigo en este país de adopción. Se puso a dar clases de matemáticas en un centro escolar de Jeddah, a orillas del mar Rojo, y luego fue contratado como contable por una compañía de ingeniería. Ese mismo año contrajo matrimonio con una irakí, Nidal Bustani, madre que sería de sus tres hijos mayores. En 1976, tras el pertinente divorcio islámico, Hariri volvería a casarse con una ciudadana local, Nazik Audeh, quien le daría otros tres vástagos, dos chicos y una chica.

Inteligente, emprendedor y dotado de un innegable encanto personal, Hariri no tardó en hacerse un hueco en la élite profesional del ramo de la construcción, que entonces vivía un boom en Arabia Saudí, en plena opulencia de los ingresos petroleros. Una catarata de petrodólares se abatió sobre el Reino a raíz de la crisis (para Occidente) del crudo en 1973, provocada por el entonces monarca saudí, Faysal, quien cortó el grifo de los suministros a los países occidentales que se habían posicionado con Israel y en contra Egipto y Siria en la guerra del Yom Kippur, provocando una escalada en el precio del barril.

En 1969, Hariri, con 24 años, fundó en Riad su primera constructora, Ciconest, que registró facturaciones millonarias gracias a los numerosos contratos que recibió, tanto privados como del Gobierno, para la erección de edificios tales como hoteles, centros de convenciones y hospitales. En 1977 la fortuna con letras de oro llamó a su puerta cuando al rey Khalid, sucesor del asesinado Faysal en 1975, anunció su deseo de construir un suntuoso centro de conferencias con capacidad hotelera, y que de paso le permitiera alojarse a él y su séquito como si de un palacio privado se tratara, en la ciudad de Ta'if, al sudeste de La Meca. El monarca exigía que el edificio estuviera terminado y perfectamente equipado en tan sólo seis meses, plazo que ningún contratista habitual de los Saud se atrevió a asumir al considerarlo imposible. Entonces apareció Hariri, que garantizó a Khalid la satisfacción de su capricho en las condiciones estipuladas, para lo cual formó una joint-venture con la filial saudí del grupo francés Oger.

El libanés cumplió el audaz envite, haciendo realidad el Hotel Intercontinental Massarah, con lo que se metió en el bolsillo a la familia real y dio el salto a la condición de gran magnate empresarial, entre los más exitosos de todo Oriente Próximo, si no el que más. A Hariri le llovieron los contratos de los príncipes y notables de la vasta familia Saud y de los jeques de la aristocracia local. Para ellos construyó nuevos hoteles y centros de conferencias en Ta’if, Medina, Jeddah y Riad, así como bloques de oficinas, palacios y villas de lujo, a cual más ostentoso.

Se enriqueció vertiginosamente y para 1979 ya estaba en condiciones de comprar a los socios franceses la Oger Saudí, la sociedad bipartita en la que hasta ahora él venía participando con el 40% del capital. La compañía pasó a denominarse Oger Internacional y fijó su sede central en París. Tan contentos estaban con Hariri el rey Khalid y su hermanastro, el príncipe heredero Fahd, que en 1978 le concedieron un muy raro privilegio para un inmigrante: la nacionalidad saudí. Posteriormente, diversificó sus participaciones empresariales y desembarcó en la banca comercial, las telecomunicaciones, la microinformática, los hidrocarburos, los seguros y la prensa escrita y audiovisual. Sobre la marcha, adquirió propiedades inmobiliarias en todo el mundo, inclusive una mansión de 26 habitaciones en Washington D. C. En 1983 compró el Méditerranée Investment Group (MIG), que contaba con varios bancos en Arabia Saudí y otros estados del golfo Pésico.

Para entonces, su país de origen llevaba varios años desangrándose en una caótica guerra civil. Las hostilidades a gran escala habían estallado en abril de 1975 entre las formaciones palestinas radicales prosirias y los milicianos cristianos maronitas de los partidos de la extrema derecha nacionalista, el Kataeb, o la Falange, y el Partido Nacional Liberal (PNL), cuyos caudillos eran respectivamente Pierre Gemayel y Camille Chamoun. El delicado equilibrio interconfesional que desde la independencia de la República Libanesa en 1943 otorgaba una clara preponderancia a los cristianos frente a los musulmanes sunníes y shiíes, saltó en pedazos con las sañudas batallas que enfrentaron a los incómodos huéspedes palestinos y los cristianos enemigos de toda forma de nacionalismo árabe.

La guerra se hizo general cuando empuñaron las armas contra el Kataeb los fedayines de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat, que desde su expulsión de Jordania en 1971 había encontrado en el país de los cedros su nueva base de operaciones guerrilleras contra Israel, y sus aliados libaneses, los drusos del Partido Socialista Progresista (PSP), que lideraron Kamal Jumblatt hasta su asesinato en 1977 y luego su hijo, Walid Jumblatt, los shiíes prosirios de los Destacamentos de Resistencia Libaneses (Amal) y los sunníes de la Organización Popular Nasserista (OPN).

Los gobernantes civiles, el presidente cristiano Soleimán Franjieh, líder de la Marada, moderado y prosirio, y el pequeño Ejército nacional, abocado a la instrumentación sectaria y a la desintegración, se vieron incapaces de sofocar el incendio. 1976 conoció la novedad de la intervención del Ejército de Siria, dudosamente legitimado como fuerza de interposición a petición del Gobierno libanés y por mandato de la Liga Árabe, pero cuyo verdadero objetivo era impedir la derrota de los cristianos a manos del bando palestino-musulmán-izquierdista. En 1978 volvieron a cambiar las tornas al invadir Israel el sur del país, hasta el límite del río Litani, con el fin de destruir las bases de la OLP que atacaban Galilea, y comenzar, como consecuencia, las hostilidades entre las tropas de ocupación sirias y los falangistas, que a su vez se acercaron a los israelíes para aplastar a su principal enemigo común, la OLP.

El Estado se evaporó y el país quedó atomizado, colocado a merced del sinfín de actores combatientes, ya fueran milicias partidarias locales o tropas regulares extranjeras. Una extenuante sucesión de alianzas, contraalianzas, altos el fuego fracasados, venganzas sectarias, fracturas internas en las comunidades religiosas, salvajes espasmos bélicos, atentados terroristas y magnicidios sumió al torturado país levantino, otrora conocido como la Suiza de Oriente en un espantoso estado de cosas que parecía no tener fin.

Hariri había tomado contacto con las ideas nacionalistas árabes en su paso por la Universidad Árabe de Beirut, aunque no desarrolló inquietudes políticas que le llevaran a militar en movimiento alguno. Su mundo era sobre todo el de los negocios privados de altos vuelos, pero esta fascinación por las posibilidades del capitalismo no obstó al desarrollo de una genuina preocupación por la dramática situación que vivían sus compatriotas. Actuando siempre con el beneplácito de los Saud, a quienes tanto debía, y con un sentido profundamente filantrópico, en 1979 estuvo de vuelta en Sidón para poner en marcha, junto con otros prohombres coterráneos igualmente deseosos de contribuir a la educación y la oferta de horizontes sociales para las nuevas generaciones de libaneses, el Instituto Islámico por la Cultura y la Educación Superior, rara iniciativa pedagógica en estos años de guerra civil y un capítulo de su biografía que por sí solo ya le habría reputado.

En 1984 el Instituto se transformó en una fundación homónima de su principal artífice a la vez que movió su sede a Beirut y abrió delegaciones en distintos puntos del país y oficinas en algunas capitales extranjeras. La Fundación Hariri se volcó con gran prodigalidad en la concesión a bachilleres de becas y créditos blandos para estudiar en prestigiosas universidades de Oriente Próximo, Europa y Estados Unidos. Gracias a Hariri, más de 30.000 jóvenes libaneses, sin distingos de fe religiosa, pudieron recibir formación de la mejor calidad, a la vez que evitaron ser engullidos por la dinámica bélica, conformando una reserva de esperanza para cuando llegara el día en que un Líbano pacificado necesitara de profesionales capacitados.

En el mismo Beirut, Hariri levantó dos centros de educación secundaria, el Liceo Abdelkader y la Escuela Superior Hariri, y en la localidad sureña de Kfar Falous erigió un complejo dotado de una escuela de secundaria, una escuela de formación profesional, un colegio de ingeniería, un colegio médico y un polideportivo. La Fundación prestó también valiosos servicios en los terrenos de la salud, el desarrollo social y la preservación del patrimonio cultural musulmán, actuación esta última que gozó de pingües donaciones saudíes.

El compromiso de Hariri con su país natal se expresó también en su ámbito más genuino, la construcción, para la circunstancia, la reconstrucción. Creó una filial de su imperio empresarial específica para Líbano, Oger Líbano, y en 1982, nada más amainar los catastróficos bombardeos terrestres, aéreos y navales israelíes contra la parte occidental de Beirut, donde habían estado atrincheradas las huestes de la OLP y sus aliados de la izquierda libanesa, los bulldozers y las palas excavadoras de Oger Líbano se pusieron manos a la obra para remover los edificios en ruinas y desescombrar las avenidas y carreteras, permitiendo a la devastada urbe recuperar parte de su pulso vital. El personal de Hariri también se esmeró, aprovechando las intermitencias bélicas, en las rehabilitaciones parciales de Trípoli y, por supuesto, Sidón, también destrozadas por los combates. Hariri no cobró una libra por estos trabajos y por si fuera poco donó 12 millones de dólares para el socorro humanitario de las víctimas de la invasión israelí.

No conforme con todo ello, Hariri se involucró en los contactos políticos a múltiples bandas que, una y otra vez, intentaron llevar a los recalcitrantes señores de la guerra libaneses a un arreglo negociado del conflicto, para lo que echó mano tanto de su inagotable faltriquera, no dudando en correr con los onerosos gastos logísticos que este tipo de encuentros generaba, como de sus múltiples contactos con las élites de todo Oriente Próximo. Desde 1983 el industrial probó sus habilidades como mediador, asesor y promotor de acuerdos de cese de hostilidades, intercambio de prisioneros y liberación de rehenes, siempre en calidad de emisario del Gobierno saudí. En 1984 fue una de las personalidades que organizaron las conferencias de reconciliación nacional de Ginebra y Lausana, que, a la postre, no consiguieron poner término a la guerra, defraudando las esperanzas abiertas tras la decisión del presidente maronita procedente de la Falange, Amín Gemayel (hijo de Pierre), de abrogar un tratado de paz suscrito con Israel el año anterior y de negociar un modus vivendi con dictador de Damasco, Hafez al-Assad.

Los generosísimos dispendios económicos de Hariri en aras de la paz no hicieron mella en su colosal fortuna. En 1988 la revista Forbes le incluyó en una lista de los 119 empresarios más ricos del mundo no estadounidenses, con un patrimonio superior a los 1.000 millones de dólares. Era uno de los diez prebostes o familias árabes citados en la relación, todos de las monarquías del Golfo salvo él y la familia libanesa Safra. En el verano de 1989 el MIG adquirió, junto con el Banque Indosuez, el control del capital del Al Saudi Banque. El vasto holding financiero de Hariri, luego llamado Groupe Méditerranée, poseía ya o iba a poseer el Banque de la Méditerranée, el Banque de la Méditerranée (Suisse), el Saudi Lebanese Bank y el Allied Bank, entre otros.

Pero el acontecimiento que más puso a Hariri en el candelero fue la sesión especial del Parlamento libanés inaugurada el 30 de septiembre de 1989 en Ta'if bajo la égida saudí, con el objetivo de consensuar un documento de entente nacional y finiquitar una guerra que en los últimos meses había registrado en Beirut un último y prolongado paroxismo de violencia en forma de duelos artilleros entre las tropas de Damasco y los leales al general y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Michel Aoun, autoproclamado primer ministro y nuevo adalid del campo maronita antisirio.

Hariri pagó de su bolsillo todos los gastos de estadía y manutención de los diputados, los cuales cerraron el 22 de octubre un histórico acuerdo de paz ligado a un paquete de reformas políticas y constitucionales, contenido en la llamada Carta Libanesa de Reconciliación Nacional, que pasaba por la supresión de los privilegios de poder, no ajustados a su actual peso demográfico, de la comunidad cristiana maronita, la formación de instituciones de composición paritaria con los musulmanes y la potenciación de la capacidad decisoria de la Cámara de Representantes, si bien el tradicional reparto de puestos institucionales con criterio confesional (la Presidencia de la República para los maronitas, la jefatura del Gobierno para los sunníes y la presidencia de la Cámara para los shiíes) no fue alterado.

Toda vez que en Ta’if no se estableció un calendario claro de retirada de los 35.000 soldados sirios y, antes bien, se proclamó la necesidad de formalizar las "relaciones especiales" entre ambos países, Aoun y otros nacionalistas cristianos llamaron a boicotear el proceso. Los nubarrones que amenazaban una paz todavía no efectiva se espesaron en noviembre con el asesinato del recién elegido presidente René Moawad, investido por los diputados con arreglo a lo pactado en Ta'if. A Moawad le sustituyó otro maronita moderado y prosirio, Élias Harawi.

Hariri continuó teniendo su residencia en Arabia Saudí por tres años más, período en el que el renacido Estado libanés, tutelado muy de cerca por Assad, que en mayo de 1991 trajo a Damasco a Harawi para la firma de un Tratado de Hermandad, Coordinación y Cooperación (el cual supuso el reconocimiento de la independencia de Líbano y anuló las tradicionales sospechas de irredentismo anexionista, aunque también vino a consagrar su condición de protectorado sirio en la práctica), se afanó en restablecer el Ejército nacional no sectario, desarmar a las milicias, someter a los enemigos del proceso de Ta’if (la disidencia de Aoun fue aplastada por las tropas sirias en octubre de 1990 y el general hubo de huir a Francia, viniendo la paz definitiva a Beirut tras 15 años de luchas y no menos de 150.000 muertos en todo el país), reparar los tremendos estragos materiales y resucitar una economía moribunda que sólo en 1989 retrocedió el equivalente al 42% del PIB.

A lo largo de 1991 Hariri financió el programa gubernamental de reconstrucción del casco histórico de Beirut, pero no se decidía a instalarse en Líbano. Esta renuencia, así como su negativa a hacerse un profesional de la política no obstante llevar años codeándose con los principales cabezas de facción y conocer expertamente los entresijos del sistema nacional, empezó a diluirse cuando su hermana Bahiya ganó el escaño de diputada por Sidón en las históricas elecciones legislativas, primeras desde 1972 y primeras no con arreglo al código electoral de 1943 (que se basaba en los porcentajes religiosos del censo, absolutamente desfasado, de 1932), que tuvieron lugar en agosto y septiembre de 1992.

Estos comicios, que, a pesar de los reajustes de Ta’if (reparto paritario de los 128 escaños entre musulmanes –64 puestos para sunníes, shiíes, drusos y alauís- y cristianos –64 para maronitas, grecolatinos, grecoortodoxos y armenios-, listas abiertas y multiconfesionales basadas en los candidatos, no en los partidos), perpetuaban la segmentación confesional de la Cámara de Representantes, fueron boicoteados por los partidos de la derecha maronita antisiria (Kataeb, PNL, el Frente de Liberación de Aoun, las Fuerzas Libanesas de Shamir Geagea y otros) y supusieron la entrada en el Legislativo de los shiíes proiraníes del Partido de Dios (Hezbollah) así como el reforzamiento de las fuerzas de la izquierda laica. En conjunto, las elecciones de 1992 manifestaron un voto de castigo al Gobierno ostentosamente prosirio de Rashid as-Solh.

Quien durante la guerra civil nunca había elevado críticas a Siria y, antes bien, había sido proclive a hacer una abstracción generalista de la violencia, sin acusar de la misma directamente a unos o a otros (excepción hecha del invasor israelí), se perfiló entonces como un magnífico candidato de consenso para el puesto de primer ministro, que, tal como dictaba la norma consuetudinaria no escrita en la Constitución de 1926 enmendada en 1990, y vigente desde el Pacto Nacional de 1943, debía corresponder a un musulmán sunní. Con el beneplácito de Siria y grandes expectativas en una población civil exhausta, material y anímicamente, tras 15 años de padecimientos, Harawi nombró a Hariri para el cargo el 22 de octubre.

Ateniéndose escrupulosamente a los compromisos de Ta’if, y no sin antes desplazarse a Damasco para realizar la preceptiva consulta con el omnipresente Assad, Hariri formó un Gabinete con igual representación de cristianos y musulmanes, y en el que dio cabida a tantos ex jefes de milicia y representantes de confesión como a hombres de negocios y tecnócratas. El crucial Ministerio de Finanzas se lo reservó para sí, y de paso se hizo acompañar, otorgándole un ministerio sin cartera, de su mano derecha en todos estos años de actividad en el sector privado, Fouad Siniora, paisano de Sidón, amigo desde la infancia y hasta ahora presidente y director ejecutivo del Groupe Méditerranée. El Ejecutivo de Hariri no fue, empero, un verdadero gobierno de unidad nacional, ya que no contó con los partidos de la derecha antisiria.

Nada más tomar posesión el 31 de octubre, Hariri, que conservó la nacionalidad saudí y que precisamente en aquellos días estaba cerrando una gran operación de fusión de su Banque de la Méditerranée con el Banque Française de l'Orient (BFO), anunció a la nación sus ambiciosos planes: la reconstrucción material de Beirut y los principales centros urbanos; el retorno de los refugiados; el pleno sometimiento a la autoridad del Estado de las antiguas milicias reconvertidas a la civilidad; la estabilización monetaria y de los precios mediante el respaldo a la baqueteada libra libanesa y la lucha contra la inflación, que rondaba el 100% anual; la captación de inversiones privadas; y, la implicación de la numerosa diáspora libanesa en los urgentes aportes financieros.

Partiendo de formidables obstáculos, como la reluctancia asistencial de los organismos multilaterales de crédito debido al elevado déficit presupuestario y a la actitud huidiza del empresariado nacional, y, por supuesto, la magnitud de la obra reconstructora, Hariri se volcó en su cometido gubernamental con el mismo entusiasmo que había caracterizado sus operaciones en el sector privado. La recuperación empezó a observarse a lo largo de 1993, con una potente reevaluación de la libra, la mejora de la balanza de pagos gracias a las transferencias desde el exterior y el regreso del control estatal sobre la recaudación de los impuestos y la gestión aduanera. Con todo, los nuevos ingresos no permitieron al Gobierno, metido en los cuantiosos gastos de la reconstrucción y el pago de la deuda pública, aliviar el déficit presupuestario, en torno a los 350 millones de dólares.

La reconstrucción a gran escala de Beirut comenzó en mayo de 1994, cuando Hariri inauguró el consorcio Solidere, con él de accionista mayoritario, para servir de brazo ejecutor del programa de infraestructuras contenido en el plan Horizonte 2000, aprobado por el Gobierno el año anterior. Tachado de faraónico por algunos medios, Horizonte 2000 pretendía no sólo retirar hasta el último cascote del Distrito Central de Beirut, reedificar en los solares y restablecer los servicios de electricidad, telefonía y transporte, amén de la asistencia sanitaria y la capacidad educativa, sino también convertir a la urbe mediterránea en una de las principales plazas de los negocios, el sector inmobiliario y los servicios de todo Oriente Próximo. En otras palabras, aspiraba a recuperar el bullicio financiero, el cosmopolitismo, el nivel de vida y la armonía multiconfesional de la otrora Suiza de Oriente.

El Gobierno preveía destinar a Horizonte 2000 11.700 millones de dólares de dinero público, que en su gran mayoría tendría que salir de las emisiones de deuda (en septiembre de 1994 se produjo una primera y exitosa emisión de eurobonos) y los préstamos internacionales, ya que los recursos propios eran muy limitados. Optimista contumaz, aunque siempre con un pie en la realidad, este dignatario regordete, de espesas cejas negras, recio mostacho entrecano y sonrisa afable prometió crear 20.000 puestos de trabajo a corto plazo, en un país con un 35% de paro oficial, y tasas de crecimiento anual de la economía del 10% hasta 2002, cuando el PIB tendría que haberse duplicado. Horizonte 2000 pasó a ser supervisado por el Consejo de Desarrollo y Reconstrucción, un órgano estatal que se encargó de ofertar y conceder las licitaciones a empresas privadas para los trabajos de rehabilitación de los servicios públicos y las redes de transportes y comunicaciones.

Aunque algunas de las metas macroeconómicas más ambiciosas no se alcanzaron (entre 1992 y 1998 el PIB libanés creció un promedio anual del 4,6%, siendo 1994 el mejor año con una tasa del 8%, mientras que persistió el agudo déficit presupuestario, en tanto que la inflación se contrajo hasta el 6% en 1995 para luego repuntar ligeramente), a mediados de la década la reconstrucción de Líbano, y en particular la de Beirut, avanzaba a velocidad de crucero. Por otro lado, Hariri, en otros tantos movimientos puramente empresariales que no contribuyeron precisamente a separar sus funciones públicas de sus intereses privados, fundó un periódico y una cadena de televisión, ambos llamados Al Mustaqbal (El Futuro), que se sumaron a las dos estaciones de radio, una de ellas instalada en París, que ya poseía. A mayor abundamiento, adquirió una participación sustanciosa en An Nahar, uno de los periódicos libaneses de más tirada.

El proceso de paz multilateral en la región, a pesar de continuar la doble ocupación militar del país por Israel y Siria, y de no callar las armas en el extremo sur, con la guerrilla de Hezbollah atacando esporádicamente el norte de Galilea y el Ejército israelí replicando con furiosos bombardeos y hasta lanzando operaciones militares de envergadura que causaron numerosos muertos (la más grave de estas incursiones aeroterrestres, en abril de 1996, se cebó contra objetivos shiíes en Qana, Sidón, Tiro, la Beqaa y el mismo Beirut), fue un factor contextual que mejoró el diálogo con los organismos crediticios y animó a los miembros del llamado Grupo de Amigos de Líbano, con Francia (múltiples visitas de Hariri al palacio del Elíseo y dos desplazamientos del presidente Jacques Chirac a Beirut) y Estados Unidos a la cabeza, a asumir sustanciosos compromisos de donación.

Hariri era partidario de alcanzar un tratado de paz con Israel, pero supeditándolo, eso sí, a la evacuación por el Ejército de este país, en cumplimiento de las resoluciones de la ONU, de la "zona de seguridad" de 15 km de profundidad creada unilateralmente en 1985 al sur del río Litani. Asimismo, el primer ministro, en lo que no se distinguió del dócil y abúlico presidente Harawi (que en 1995 obtuvo de los diputados una prolongación por tres años de su mandato sexenal), no cuestionó una prescripción básica del diktat sirio a Líbano como era la imposibilidad de disociar el tratado de paz libanés-israelí del no menos hipotético tratado sirio-israelí, que a su vez pasaba por la previa devolución de los Altos del Golán, ocupados a Siria en 1967 y anexionados de hecho por el Estado judío en 1981.

Hariri, en lo que, en opinión de algunos, hacía gala más de un patriotismo teñido de nacionalismo árabe que de un verdadero talante servil a los intereses de la potencia tutelar, tampoco tenía nada que objetar a la negativa a otorgar garantías de seguridad fronteriza a Israel (demorando el despliegue del Ejército regular y el desarme de Hezbollah) hasta que Tel Aviv no diera su brazo a torcer en la cuestión del Golán y se pusiera de acuerdo con la Autoridad Nacional Palestina que presidía Arafat sobre el retorno de los 350.000 palestinos refugiados en Líbano desde hacía décadas. Más aún, Hariri consideraba al brazo armado de Hezbollah un movimiento de "resistencia legítimo", no terrorista, enfoque que iba a indisponerle con Estados Unidos.

Al margen de todo ello, en su primera gestión Hariri sufrió con reiteración las zancadillas políticas que le puso el presidente de la Cámara, Nabih Berri, jefe de Amal y tercer vértice del esquema institucional del Estado, que no veía con buenos ojos muchos de los aspectos del programa económico del Gobierno. Esta falta de entendimiento impelió al primer ministro a amenazar con dimitir en mayo y diciembre de 1994. En mayo de 1995 hizo realidad su advertencia, pero sólo ser para ser nombrado de nuevo por Harawi, tras lo cual formó un segundo Gabinete del que expurgó a la mitad de los 28 ministros. Con estas fintas, Hariri se aseguró el respaldo explícito de los sirios y consiguió silenciar, aunque temporalmente a sus detractores.

La comunidad shií, nutrida fundamentalmente por libaneses de las clases bajas más desfavorecidas, fue una crítica constante de las políticas del Gobierno, vistas como demasiado preocupadas por satisfacer los intereses del gran capital, la burguesía nacional y las clases urbanas de Beirut y el Monte Líbano, mayormente cristianas, en detrimento de los habitantes de la periferia rural, sobre todo en el sur y el valle de la Beqaa al este. En febrero y marzo de 1996 el Ejecutivo arrostró unas jornadas nacionales de protesta convocadas por los sindicatos contra la desatención de los problemas sociales, aunque en las marchas también se escucharon quejas por la relegación del objetivo de recuperar la plena soberanía nacional sin interferencias de Siria. En esta ocasión, Hariri mostró su rostro más intransigente, dirigiendo todo tipo de improperios a los huelguistas y negándose a reconocer cualquier error en su gestión.

En las elecciones legislativas, repartidas en cinco rondas, de agosto y septiembre de 1996, que fueron ganadas ampliamente por los candidatos progubernamentales (en Beirut se hicieron con 14 de los 19 escaños en juego y en el Monte Líbano con 32 de los 35) merced al nuevo boicot de los maronitas de derecha, Hariri ganó su primer mandato legislativo, representando a la capital, a la cabeza de su propia lista multiconfesional. El 15 de octubre dimitió ritualmente y nueve días después Harawi le nominó por tercera vez.

Sin embargo, el desgaste comenzó a pasarle factura a Hariri. En 1998 el crecimiento económico estaba en franco retroceso, la cuenta corriente acumulaba déficits por valor de 5.800 millones de dólares, la balanza de pagos estrenó números rojos y la deuda pública, interna y externa, se había desmandado a los 18.400 millones, cantidad equivalente al 114% del PIB y cuyo servicio absorbía cerca de la mitad del presupuesto del Estado. El oneroso coste de la reconstrucción resultaba más irritante porque las prácticas del favoritismo y la corrupción campaban por sus respetos, ante la aparente indiferencia de Hariri. Las acusaciones al primer ministro y sus hombres de gobernar con trapacería, opacidad y prepotencia, y de tener serios conflictos de intereses, se dispararon, aunque también era cierto que a Hariri no se le acusaba personalmente de enriquecimiento ilegal.

Del malestar general con la labor del Gobierno se hizo eco el nuevo presidente de la República, el hasta ahora comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, general Émile Lahoud, un servidor de excelente reputación, hostil a las corruptelas económicas y obediente a Damasco a carta cabal. Lahoud fue investido por la Cámara el 15 de octubre de 1998 y tomó posesión el 24 de noviembre. Su movimiento inicial fue pedir a Hariri que continuara en el cargo, pero la definición de unas nuevas reglas del juego  mucho más exigentes, por fiscalizadoras, de la labor del Gabinete, nada que ver con la carta blanca de hecho que Harawi le había dado, empujaron al multimillonario a declinar la oferta el 30 de noviembre con el argumento de que el flamante jefe del Estado, con sus consultas partidistas, había violado el principio constitucional de la separación de poderes entre las dos oficinas del Ejecutivo. Dos días después, Lahoud devolvía a la jefatura del Gobierno a todo un veterano como Selim al-Hoss (titular del puesto en 1976-1980 y 1987-1990) y Hariri se quedaba en el Parlamento como jefe de su grupo de diputados, ahora de definición opositora.

La marginación política de Hariri sólo duro un bienio. Vindicado por el recuerdo de los años de la prosperidad desarrollista bajo su Gobierno, que contrastaban espectacularmente con el crecimiento cero y la virtual recesión de ahora (más el agravamiento de la deuda pública, que equivalía ya al 140% del PIB y que seguía creciendo sin control), Hariri se lanzó a la campaña de las legislativas de 2000 haciendo alarde de méritos y promesas, pasando por alto los aspectos negativos de su anterior mandato y gastando a manos llenas, dispendio que causó un mínimo quebranto a una fortuna personal cuantificada por Forbes en los 3.800 millones de dólares, aunque algunos observadores elevaban esta cifra a los 10.000 millones.

Con guiños populistas, Hariri pidió que se le votara para regresar a la bonanza económica, atraer las imprescindibles inversiones productivas, bajar los tipos de interés y estabilizar las finanzas. No menos importante, se las arregló para forjar una serie de alianzas bastante atípicas con sectores cristianos, shiíes y drusos. La estrategia fue todo un éxito: el 3 de septiembre de 2000, la lista de Hariri, Al Karameh (Dignidad), capturó 18 de los 19 escaños beirutíes y humilló a la lista oficialista encabezada por el primer ministro Hoss, quien salió de la contienda escaldado (perdió su escaño e igual suerte corrieron tres de sus ministros) y quejándose de haber sido vencido por la "apisonadora del dinero". Al Karameh se situó como el segundo grupo parlamentario detrás de Resistencia y Desarrollo, fruto de la alianza shií, forzada por Damasco, entre Amal y Hezbollah.

Aunque no albergaba simpatías por Hariri, Lahoud no podía menos que hacer honor a los resultados democráticos y otorgar el mandato al único dirigente que parecía capaz de revertir la grave crisis económica. El 17 de octubre Hoss dimitió y el día 23 el presidente encargó al empresario la formación de un gobierno que estuvo ultimado tres días más tarde y que su artífice llamó "de unidad", no obstante volver a ser marginada la derecha maronita antisiria. Que Hariri seguía confiando en el poder y la experiencia del dinero se vio en la colocación al frente del Ministerio de Finanzas de su fiel Siniora, quien meses atrás, a instancias de Hoss, había sido investigado por firmar un contrato de 52 millones de dólares con una empresa italiana para la construcción de una incineradora de basuras de la que nunca más se supo, y en el nombramiento del diputado Issam Faris, otro multimillonario enriquecido en Arabia Saudí, para el puesto de viceprimer ministro.

El Gabinete mereció la confianza de 106 de los 128 diputados, todo un manto de legitimidad añadida. Además, el influyente jefe del PSP, Walid Jumblatt, a pesar de su malestar por la enésima intromisión de Damasco en la formación del Gobierno (comenzaba un viraje en la orientación prosiria del líder druso), aseguró el apoyo parlamentario a quien había sido su superior gubernamental en su etapa de ministro de Asuntos de los Desplazados, entre 1992 y 1998. Nada más tomar posesión, Hariri, para estimular la demanda interna y obtener más ingresos con que hacer frente a la desaforada deuda pública, decretó fuertes rebajas de los aranceles sobre determinadas importaciones de bienes de consumo y se dispuso a introducir el IVA, aunque esta reforma fiscal no pudo aplicarla hasta febrero de 2002. Además, se plantearon grandes dificultades en el diálogo con los proveedores de fondos.

Ello tenía mucho que ver con la mala situación política regional e internacional, con el colapso del proceso de paz palestino-israelí y el estallido de la segunda intifada en los territorios autónomos y ocupados, luego los ataques terroristas de Al Qaeda contra Nueva York y Washington, y más tarde la monumental crisis de Irak, que borraron de un plumazo las expectativas abiertas tras la evacuación por el Ejército israelí en mayo de 2000 de la zona de seguridad del extremo sur, poniendo fin a 18 años de ocupación. Toda vez que los israelíes no hicieron lo mismo con una pequeña porción de terreno anejo a los Altos del Golán, las llamadas granjas de Shaba, conquistada en 1967, y que un estado de guerra desangraba Palestina, Hezbollah siguió encontrando motivos para seguir disparando morteros contra Galilea.

A raíz del fatídico 11 de septiembre de 2001, Hariri fue presionado por la Administración de George W. Bush para que metiera en el redil a la milicia de Hezbollah, congelara sus cuentas bancarias y, en particular, abriera investigaciones criminales o bien entregara a la justicia norteamericana al líder espiritual del partido shií, Mohammad Hussein Fadlallah, al secretario general de la organización, el jeque Hassán Nasrallah, y a otros dos dirigentes por su presunta relación con actos terroristas antiestadounidenses cometidos en los años ochenta. Hariri dio largas a la requisitoria de Washington, negando que Hezbollah fuera una organización terrorista y que en Líbano hubiera células de Al Qaeda, y advirtiendo que cualquier acto de fuerza contra el partido shií, al que ensalzó como "héroe de la resistencia contra Israel" y la "única fuerza árabe que ha expulsado a Israel de suelo árabe", sólo serviría para reventar la paz social del país, tan fatigosamente labrada.

La negativa de Hariri a participar en la coalición global contra el terrorismo apadrinada por Estados Unidos en las condiciones de cooperación exigidas por Bush tuvo el precio de retrasar un crucial acuerdo con el Grupo de Amigos de Líbano. De todas maneras, Estados Unidos no quiso porfiar más en el asunto de Hezbollah porque Hariri, a fin de cuentas, era su principal interlocutor en Líbano. Con todo, hasta noviembre de 2002, y gracias a los buenos oficios de Chirac, sin duda el mejor amigo internacional con que Hariri contaba, el cual pergeñó el acuerdo en la conferencia París II, Líbano no se encontró sobre la mesa con un compromiso de aportación de 10.100 millones de dólares para refinanciar la deuda externa, a cambio de acometer varias reformas estructurales pendientes, impulsar las privatizaciones y perseverar en las medidas promercado.

La vuelta del superávit a la balanza de pagos, los nuevos ingresos fiscales generados por el IVA, la animación del sector inmobiliario y el aumento de la liquidez de la banca privada fueron las bases de una tímida recuperación económica que, generando escasa inflación, produjo unas tasas de crecimiento anuales del 3,9% en 2001, el 3,4% en 2002 y el 3,2% en 2003. Por el contrario, la deuda pública seguía intratable: en 2003, los débitos internos y externos sumaron el colosal monto de los 32.900 millones de dólares, esto es, el 185% del PIB, que era el segundo ratio más elevado del mundo.

Por lo demás, 2002 fue valorado como el año en que, por primera vez desde el inicio de la guerra civil en 1975, Líbano despegó una diplomacia autónoma, a tenor de las celebraciones en Beirut de una cumbre especial de la Liga Árabe, el 27 y el 28 de marzo, en la que se ofreció a Israel la paz multilateral a cambio de su retirada de Cisjordania y Gaza, y de la IX Cumbre de la Organización Internacional de la Francofonía (OIF), del 18 al 20 de octubre. Las dos citas debieron mucho a los extensos contactos diplomáticos de Hariri, quien se apuntó los tantos en vez de Lahoud. Sin embargo, este "retorno de Líbano al escenario internacional", como algunos medios dieron en llamar, resultó engañoso. En abril de 2002, el boicot al alimón de los ministros de Exteriores de Líbano y Siria a la V Conferencia Euromediterránea celebrada en Valencia, debido al envío de una delegación por Israel, frustró la firma de un Acuerdo de Asociación Euromediterráneo con la Unión Europea (UE). Las autoridades comunitarias encontraron muy poco presentable esta espantada de los libaneses, aunque el Acuerdo pudo ser firmado el 17 de junio.

En realidad, la sumisión a Siria se tornó más intensa, sobre todo tras la ilegal invasión angloestadounidense de Irak en marzo y abril de 2003, cuando Estados Unidos amagó con tratar al régimen baazista de Bashar al-Assad de la misma manera expeditiva con que acababa de deshacerse de Saddam Hussein, por la presunta implicación de Damasco en el terrorismo internacional y su posible posesión de armas químicas. Profundamente inquietos e invadidos por una sensación de cerco, los dictadores sirios activaron una estrategia de cierre de filas que incluyó a Irán y Líbano.

Con Estados Unidos y la UE a la cabeza, la comunidad internacional redobló sus presiones a Siria para que fuera más allá de la retirada militar (más bien, un repliegue a nuevas posiciones) que en junio de 2001 afectó a Beirut y las áreas aledañas, y aplicara el compromiso sobreentendido en los Acuerdos de Ta’if sobre la completa evacuación de Líbano. A mediados de abril de 2003, en plena escalada de acusaciones de Estados Unidos a Siria, Hariri formó su quinto Gobierno, el más prosirio de todos los presididos por él. En julio siguiente, para apaciguar la animosidad en su contra, el Gobierno sirio dispuso un repliegue adicional de los 20.000 soldados asentados en Líbano.

La marejada diplomática con Damasco en la picota perturbó las relaciones entre Hariri y Lahoud, el cual adoptó una postura de tal mansedumbre frente a los mangoneos hegemonistas de los sirios que le resultaba difícil de asumir incluso a un hombre, su primer ministro, que desde 1992 había aceptado con naturalidad las cortapisas del statu quo. El primer rifirrafe serio con Lahoud, y con Assad, se produjo en agosto de 2004, cuando el presidente libanés anunció su intención de servir un segundo mandato, lo que requería la reforma de la Constitución.

Hariri dijo a las claras que no estaba de acuerdo con el proyecto, pero su parecer dio un giro de 180 grados a la salida de una reunión concertada con toda premura con el jefe de los servicios de inteligencia castrenses sirios en el país, general Rustom Ghazaleh, y, sobre todo, a la vuelta de un no menos urgente viaje a Damasco, donde mantuvo con Assad una brevísima conversación, de menos de media hora de duración, cuyo contenido no fue divulgado. Esta misteriosa reunión fue el 26 de agosto. Dos días después, el Consejo de Ministros aprobaba un proyecto de enmienda constitucional dando luz verde a la prolongación del mandato de Lahoud, que expiraba el 24 de noviembre, hasta 2007. Obediente, el Parlamento aprobó la reforma ad hoc con la preceptiva mayoría de dos tercios el 3 de septiembre, horas después de que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobase una resolución que instaba a Siria, sin citarla por su nombre, a retirar íntegramente sus tropas de Líbano.

La precipitada enmienda a la Carta Magna y lo clamoroso de la prescripción de Siria, que lo último que quería en estas circunstancias difíciles era una mudanza en la Presidencia de la República Libanesa, una oficina tan atenta a sus intereses bajo la titularidad de Lahoud, abocaron al Gobierno a una crisis insoluble, con divisiones políticas muy serias que descendieron al ámbito de la sociedad civil. El 6 de septiembre presentaron la dimisión cuatro ministros, tres miembros del PSP y un maronita, en protesta por la extensión del mandato de Lahoud. Hariri reconoció implícitamente que estaba tocado y el 20 de octubre, sin provocar sorpresas por cuanto que el desenlace estaba cantado, envió su carta de renuncia a Lahoud, que se la aceptó. Lo que sí desbarató muchos pronósticos fue que Lahoud se dirigiera a otro notable sunní, el ex primer ministro (1990-1992) Omar Karame, para formar un poco creíble "Gobierno de unidad nacional", y no encomendara la tarea al mismo Hariri.

En realidad, lo que sucedió fue que Hariri arrojó la toalla, y así se lo hizo saber a Lahoud, cuando se dio cuenta de que no iba a poder retener en el nuevo Ejecutivo a los drusos de Jumblatt y a otros importantes sectores que no querían que se les utilizara para legitimar la presidencia adicional de Lahoud, a estas alturas convertido en una especie de procónsul de Damasco en Beirut. Como midiendo sus palabras al milímetro y rizando la abstracción, Hariri explicó que había renunciado porque se sentía incapaz de "hacer frente a los retos" del momento, unas "realidades políticas conocidas" salidas al paso del "frente doméstico unido", en trance de ser formado para "realizar los objetivos del pueblo libanés".

Aunque la situación de ahora era con mucho más áspera, por no decir delicada o crítica, Hariri repitió los pasos de 1998: regresó silenciosamente a su bancada en la Cámara de Representantes, se guardó de criticar abiertamente a Siria y se dispuso a batallar por un nuevo encumbramiento político por la vía electoral. Al parecer, su discreción escondía un cambio radical de mentalidad: se había convencido de lo perentorio de que Siria renunciara a su jurisdicción sobre Líbano, evacuara a los 15.000 soldados que aún tenía concentrados en el Monte Líbano, Líbano Norte y la Beqaa, y desmantelara su todavía más robusta red de agentes de inteligencia y policías secretos, muchos de los cuales operaban discrecionalmente en Beirut. En otras palabras, se pasó al bando antisirio, pero sin abandonar la moderación.

El ex primer ministro estaba crecido. A principios de enero de 2005, sus portavoces informaron que su lista electoral no iba aceptar a ningún candidato que contara con el parabién de Damasco. Hariri comunicó la espinosa decisión al general Ghazaleh, quien en la anterior elección había tenido la prerrogativa de escoger a tres candidatos de Al Karameh que luego obtuvieron el escaño. Medios periodísticos y políticos, algunos del más alto nivel, de Líbano y Siria empezaron a hostigar a Hariri y, con más intensidad aún, hasta llegar a las amenazas de muerte veladas, a Jumblatt, ahora mismo, el principal aliado del sunní. Explícita e implícitamente, Hariri fue acusado de haberse convertido en un "colaboracionista" de los norteamericanos y los franceses, y en un "traidor" a su país. Incluso se le achacó la instigación, entre bambalinas, de la resolución del 2 de septiembre del Consejo de Seguridad de la ONU, extremo que, dicho sea de paso, de acuerdo con algunos artículos de prensa no tendenciosa, pudo ser cierto. El ministro libanés sin cartera Talal Arslán (druso, a la sazón) llamó a Hariri "serpiente venenosa".

Los cuartos comicios desde el final de la guerra se iban a disputar en mayo y Hariri acudía a los mismos con unas perspectivas inmejorables. El 2 de febrero, Hariri y Jumblatt presentaron un manifiesto nacionalista en el que pedían el fin de las presencias militar y policial sirias, y tras el que pretendían aglutinar a toda la oposición, ya fuera sunní, cristiana o drusa, para concurrir de manera unitaria a las elecciones legislativas. El Movimiento Patriótico Libre que dirigía desde su exilio francés el ex general Aoun, quien se ufanaba de ser el único cabeza de facción que nunca había rendido pleitesía a los sirios y siempre les había combatido, rehusó unirse a la iniciativa.

El 14 de febrero, Hariri y un nutrido séquito de colaboradores y escoltas se desplazaban en sus vehículos blindados por Beirut de regreso de una sesión parlamentaria cuando el automóvil que transportaba al político fue alcanzado de lleno por una descomunal explosión. En un principio se pensó en el tradicional coche bomba y en un conductor suicida, pero días después los peritajes concluyeron sin lugar a dudas que el estallido se había producido en el subsuelo y la detonación se había hecho a distancia, lo que indicaba un atentado muy bien planificado y ejecutado, obra seguramente de profesionales. Por la magnitud del cráter abierto en la calle y los destrozos en los edificios adyacentes, el siniestro debió provocarlo una carga de enorme poder destructivo, tal vez una tonelada de TNT. Sea como fuere, Hariri resultó fatalmente leso por la deflagración y falleció minutos después cuando era trasladado a un hospital cercano. Junto con él perecieron otras 20 personas, entre guardaespaldas y viandantes. Posteriormente perdió la vida también Bassel Fleihán, ex ministro de Economía y Comercio, y actualmente diputado del bloque de Hariri, de fe cristiana protestante. Fleihán sucumbió a sus heridas el 18 de abril.

Hariri engrosó una larga, muy larga lista de personajes ilustres de la política libanesa asesinados en el último medio siglo. Otros dos primeros ministros sunníes, Riyad as-Solh y Rashid Karame (hermano de Omar Karame), fueron abatidos en el ejercicio de sus funciones en 1951 y 1987, respectivamente. Además de los ya citados Kamal Jumblatt, druso, en 1977 y René Moawad, el presidente maronita salido de Ta’if, en 1989, las balas o las bombas de los magnicidas sectarios terminaron con las vidas –por citar únicamente a cabezas de facción política- de: Maarouf Saad, sunní propalestino y líder de la OPN, en 1975; Amal Moussa as-Sadr, fundador shií de Amal, en 1978; Tony Franjieh, jefe de la milicia de la Marada cristiana prosiria e hijo del entonces presidente, Soleimán Franjieh, en 1978; Bashir Gemayel, presidente electo de Líbano, antiguo jefe militar de las Fuerzas Libanesas organizadas por el Kataeb y primogénito de Pierre Gemayel, en 1982; Dany Chamoun, otro notable maronita, vástago de Camille Chamoun y su sucesor en la dirección del PNL, en 1990; y, más recientemente, en enero de 2002, Élie Hobeika, jefe de las Fuerzas Libanesas prosirias escindidas de los falangistas durante la guerra y ministro y diputado durante la paz, muerto en un atentado en Beirut que presentó un modus operandi calcado del perpetrado ahora contra Hariri. Y a posteriori, en junio de 2005, el siguiente en caer iba a ser Georges Hawi, ex secretario general del Partido Comunista Libanés.

La brutal desaparición de Hariri provocó un revuelo internacional y el pandemónium interior. De inmediato, la oposición en bloque dirigió sus dedos acusadores al poder de Damasco y al Gobierno de Lahoud, y restó toda credibilidad a la reivindicación hecha por una organización fundamentalista desconocida, La Victoria y la Jihad en la Gran Siria, que en un comunicado enviado a la cadena qatarí Al Jazeera dijo haber actuado contra el "infiel" para castigarlo por sus relaciones con Arabia Saudí y en venganza "por aquellos que han muerto a manos del régimen saudí".

Uno de los más vehementes y explícitos inculpadores fue Jumblatt, que aseguró: "Este régimen está apoyado por los sirios. Éste es un régimen de terroristas, y terrorismo es lo que ha sido capaz de aniquilar a Rafiq Hariri. Yo imputo al régimen policial sirio-libanés la responsabilidad de esta muerte". Para añadir con tono lúgubre: "quizá sea yo el próximo". Por su parte, Marwán Hamadah, ex ministro druso de Economía y Comercio (fue uno de los ministros que dimitieron en septiembre de 2004), que había salvado la vida en un atentado similar el pasado 1 de octubre, afirmó: "Es un crimen abominable, cuyas responsabilidades son conocidas: empiezan en Damasco y pasan por Baabda (el palacio presidencial), el Gobierno libanés y los servicios de seguridad libaneses".

El mismo 14 de febrero, el Gabinete de Karame celebró una reunión de emergencia y Lahoud convocó al Consejo de Defensa Supremo para analizar la situación. El presidente ordenó el esclarecimiento de los hechos y decretó tres días de duelo oficial. Desde Damasco, Assad calificó el atentado de "terrible acto criminal" y urgió a los libaneses a "reforzar su unidad nacional" en esta "situación crítica" y a "oponerse a aquellos que buscan crear divisiones en el pueblo". Todos los gobiernos árabes, los de la UE, el de Estados Unidos y la ONU condenaron enérgicamente el magnicidio y expresaron su pesar por la pérdida de Hariri, al que tributaron grandes elogios. Aunque, por prudencia, no realizaron acusaciones directas como las formuladas por la oposición libanesa y la familia del político asesinado, Bush y Chirac aventaron sus firmes sospechas de que Siria, por acción o por omisión, estaba relacionada con el atentado y reclamaron la apertura de una investigación internacional. El desasosiego era máximo y a la mente de todos acudió el recuerdo de los años más negros de la historia reciente de Líbano.

El 16 de febrero, el entierro de Hariri en olor de multitudes (unas 200.000 personas, representando a todas y cada una de las confesiones religiosas de Líbano) en la mezquita Mohammad Al Amín, en el Distrito Central de Beirut, y unos funerales que no fueron de Estado porque la viuda y los hijos del difunto, al que calificaron de "mártir", vetaron las presencias de Lahoud, Karame y el resto de la plana mayor del Estado (por el contrario, asistieron Chirac, Javier Solana por la UE, el príncipe heredero saudí Abdullah, el secretario general de la Liga Árabe, Amr Moussa y el vicesecretario de Estado de Estados Unidos, William Burns, entre otros dignatarios extranjeros), fueron los toques a rebato para una vasta protesta antigubernamental y antisiria que prendió en Beirut, Sidón, Trípolí, Tiro, Baalbeck, Zahleh y otros puntos del país.

Marchas multitudinarias, furibundas consignas contra Assad y Lahoud, ataques a la sede beirutí del Baaz y a comercios regentados por sirios, despliegue de parafernalia nacionalista, llamamientos de la oposición a la huelga general y a una "intifada pacífica por la independencia", y, en esencia, un clamor popular exigiendo la supresión de la égida siria y la dimisión del Gobierno de Karame, fueron los rasgos de la que vino a llamarse la "revolución de los cedros", una revuelta civil sin precedentes desde el movimiento contra el colonialismo francés en los años cuarenta del pasado siglo.

Las primeras consecuencias de este enorme disturbio social fueron varias y de gran impacto político: el anuncio por Damasco de la próxima retirada de todas sus tropas de Líbano, aunque sin concretar fechas (24 de febrero); la dimisión del primer ministro Karame (28 de febrero); la precisión por Assad de un proceso de evacuación militar en dos fases (5 de marzo) y el comienzo efectivo del mismo en la Beqaa (7 de marzo); la reacción prosiria, con una expresión igualmente masiva en las calles, capitaneada por Hezbollah; y, la formación de una alianza preelectoral entre los seguidores de Hariri, galvanizados por el segundo de sus hijos, Saad (que se prefiguraba como el legatario del capital político de aquel), los drusos de Jumblatt y las Fuerzas Libanesas de Sethrida Geagea. En añadidura, el 7 de abril, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución, la 1.595, por la que creó una comisión internacional independiente para investigar in situ, cooperando estrechamente con el Gobierno libanés, "todos los aspectos" del asesinato de Hariri, y para "ayudar a identificar" y a "llevar ante la justicia" a "sus ejecutores, patrocinadores y cómplices".

(Cobertura informativa hasta 1/8/2005)