Yukio Hatoyama

© UN Photo/Evan Schneider

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Actualización: 18 julio 2016

Japón

Primer ministro (2009-2010)

  • Mandato: 16 septiembre 2009 - 8 junio 2010
  • Nacimiento: Tokyo, región de Kanto, 11 de febrero de 1947
  • Partido político: Partido Democrático (Minshuto)
  • Profesión: Ingeniero
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Presentación

La histórica mudanza que las elecciones de 2009 trajeron a Japón lanzó al estrellato a Yukio Hatoyama, líder del centroizquierdista Partido Democrático y ex miembro del mismo partido conservador, el Liberal Demócrata, que la debacle electoral desalojó del poder tras disfrutarlo durante 53 años. Un político no especialmente carismático y sin apenas experiencia de gobierno, Hatoyama focalizó las esperanzas de cambio y renovación en un país afligido por la crisis económica, el paro y la deflación. Su difícil apuesta por el consumo y las políticas sociales sin subir los impuestos o emitir deuda soberana apuntaba a un nuevo modelo de crecimiento, generador de empleo y menos dependiente de las exportaciones. Tras asumir, Hatoyama renegó de algunas de sus promesas fiscales bajo la presión del déficit y la deuda públicos, se vio envuelto en un escándalo de donaciones irregulares y aceptó mantener la presencia militar estadounidense en Okinawa contra el deseo de los isleños. El clamoroso derrumbe de su popularidad y la ruptura de la coalición con los socialdemócratas precipitaron su compungida dimisión en junio de 2010, tras menos de nueve meses en el cargo.

(Texto actualizado hasta junio 2010)

Biografía

1. Cuarta generación de un linaje de políticos conservadores
2. Abandono del Jiminto, escisión del Sakigake y creación del Minshuto
3. Los vaivenes en el mando del principal partido de la oposición nipona
4. Histórica victoria electoral y llegada al Gobierno en 2009: el mensaje del cambio
5. Presiones económicas y promesas incumplidas
6. El derrumbe de un liderazgo cuestionado: aceptación de la base estadounidense en Okinawa y dimisión en 2010


1. Cuarta generación de un linaje de políticos conservadores

Orientaciones políticas actuales aparte, el sexagésimo primer ministro de Japón compartió con todos los colegas institucionales que le antecedieron en la década anterior a su llegada al Gobierno la pertenencia a una estirpe de aristócratas de la política con larga tradición en el poder. Al igual que sus tres inmediatos predecesores en el cargo, Yukio Hatoyama es descendiente en línea directa de otro primer ministro de la posguerra; en su caso, es nieto de Ichiro Hatoyama (1883-1959), potentado tokyota que encabezó tres veces el Gobierno entre 1954 y 1956, cuando Yukio era niño, y quien a su vez era hijo de Kazuo Hatoyama, presidente de la Cámara de Representantes de la Dieta imperial en las postrimerías del siglo XIX, en la era Meiji, y el fundador de esta dinastía de cuatro generaciones.

El segundo de los Hatoyama condujo la restauración en 1956 de las relaciones diplomáticas con la URSS, paso que desbloqueó el ingreso de Japón en la ONU y que debía preparar la adopción de un tratado de paz entre los dos países, pendiente desde el final de la Segunda Guerra Mundial (y que a día de hoy sigue sin firmarse). Como líder partidista, el historial de Ichiro fue aún más decisivo: en noviembre de 1945, recién producida la rendición de Japón, el abuelo paterno figuró entre los fundadores del Partido Liberal (Jiyuto), del que fue primer presidente; en 1953 abandonó el Jiyuto y un año más tarde, semanas antes de convertirse en primer ministro, puso en marcha el también conservador Partido Democrático de Japón (Nihon Minshuto); finalmente, en noviembre de 1955, fusionó su formación con el Jiyuto, que entonces comandaba Shigeru Yoshida, dando lugar al Partido Liberal Democrático (Jiminto). Hasta su baja en el Gobierno en diciembre de 1956, Hatoyama fue el primer presidente del Jiminto.

Por parte de la madre, Yukio tenía como abuelo a Shojiro Ishibashi (1889-1976), magnate de la industria del caucho y fundador del gigante de los neumáticos Bridgestone. En cuanto al padre, Iichiro Hatoyama (1918-1993), primogénito de Ichiro, tras servir en la Armada Imperial ingresó en el aparato burocrático del Gobierno y se colocó bajo el patrocinio de Takeo Fukuda, uno de los más prominentes capitostes del partido y desde 1962 cabeza de la facción Seiwa, que era la heredera directa del grupo demócrata del mayor de los Hatoyama, luego comandado por Nobusuke Kishi. A la vera de Fukuda, Iichiro tomó la antorcha de su padre y emprendió una carrera política de altos vuelos.

Yukio estudió en la Universidad de Tokyo, al igual que su hermano un año más joven, Kunio. Pero mientras que éste, siguiendo los pasos del padre y el abuelo, se matriculó en la Escuela de Derecho, él se decantó por la carrera de Ingeniería. En 1969 terminó la licenciatura y en 1976, el año en que su progenitor se convirtió en el ministro de Asuntos Exteriores del Gabinete Fukuda, se sacó el doctorado en Ingeniería Industrial por la californiana Universidad de Stanford, de donde se trajo además un fluido inglés. Siendo doctorando en San Francisco, Hatoyama conoció a una compatriota, Miyuki, que había estudiado arte dramático y había trabajado como actriz en una compañía de teatro. La pareja se enamoró y ella, cuatro años mayor y casada, no dudó en divorciarse de su primer marido para casarse con Yukio. Los Hatoyama contrajeron matrimonio en 1975 y tuvieron un hijo, Kiichiro.

De regreso a Japón, Hatoyama trabajó como auxiliar de investigación en el Instituto de Tecnología de Tokyo (Tokodai) y en 1981 obtuvo una plaza de profesor asociado en la Universidad Senshu de la capital nipona. Sin embargo, la docencia fue vencida por el gusanillo de la política y en 1983 se dispuso a añadir un capítulo propio a la saga del Jiminto que llevaba su apellido. Su hermano Kunio ya llevaba un lustro ganándose la vida como político profesional: en 1976 había ganado un escaño en la Cámara de Representantes como miembro del Nuevo Club Liberal, una pequeña escisión del Jiminto impulsada por Yohei Kono, aunque una vez convertido en legislador, el menor de los Hatoyama regresó al redil del partido de la familia.

Yukio se puso al servicio de su padre, entonces miembro de la Cámara de Consejeros de la Dieta, en calidad de secretario privado. Tres años después, Iichiro, con 67 años, al tiempo que lanzaba su campaña de reelección en la Cámara alta, impulsó la candidatura de su hijo a la diputación por el 38º Distrito de la prefectura de Hokkaido, la isla más septentrional del archipiélago japonés, donde la familia tenía importantes propiedades. Las elecciones generales fueron el 6 de julio de 1986 y Hatoyama, próximo a estrenar la cuarentena, ganó su primer mandato de representante nacional en las filas del Jiminto.

En los cuatro años siguientes, Hatoyama se adiestró en las lides políticas como diputado del oficialismo liberaldemócrata, que tuvo sucesivamente como jefes de Gobierno y del partido a Yasuhiro Nakasone, Noboru Takeshita, Sosuke Uno y Toshiki Kaifu. La legislatura se vio estremecida por el mayor escándalo de corrupción de la época, el Recruit-Cosmos, una trama de intercambio de favores políticos y empresariales alimentada por unas lucrativas especulaciones bursátiles, que costó sus puestos gubernamentales y partidistas a varios pesos pesados del Jiminto.

Las muestras de oscurantismo y deshonestidad en los más altos estratos de su partido empujaron al diputado a poner en marcha un Grupo de Estudios de Política Utópica, especie de gabinete de reflexión interna que adoptó como propia la filosofía de la "fraternidad" (yuai), divulgada por Ichiro Hatoyama antes de ser primer ministro y de fundar el Jiminto. Así, en 1953 el abuelo de Yukio había expuesto la necesidad de que en Japón floreciera una "revolución fraterna" que, con ecuanimidad y rectitud, se impusiera sobre el izquierdismo socialista o comunista y a la vez sobre el extremismo de derechas.


2. Abandono del Jiminto, escisión del Sakigake y creación del Minshuto

Hatoyama vio revalidado su escaño en las elecciones del 18 de febrero de 1990, que, como todas las habidas –once- desde la creación del partido 35 años atrás, fueron ganadas por el Jiminto con una mayoría tal que le permitió seguir gobernando con comodidad. La continuación de los escándalos político-corporativos, que ponían de manifiesto las perniciosas colusiones entre un partido de gobierno esclerotizado y venal, la burocracia estatal y los emporios empresariales y financieros del sector privado, agudizaron en el diputado por Hokkaido el sentimiento de desilusión y la actitud crítica frente a los turbios tejemanejes de los provectos barones que sujetaban las riendas de la formación.

Las expectativas de renovación interna quedaron decepcionadas en noviembre de 1991 con la elección como presidente del partido y primer ministro, sustituyendo a Kaifu, del septuagenario Kiichi Miyazawa, un maniobrero cabeza de facción que a finales de 1988, seis meses antes de correr la misma suerte el primer ministro Takeshita, había tenido que dimitir como ministro de Finanzas por su implicación en el escándalo Recruit. Miyazawa se rodeó de varios antiguos colaboradores en el nuevo Gabinete, donde tomó asiento asimismo, como responsable de Educación, Kunio Hatoyama. El desencanto de Yukio por los derroteros del partido era extensible a otros muchos dirigentes medios (e incluso altos) y cargos electos. Todo este clima de descontento cristalizó en 1992, cuando se puso en marcha una ola de deserciones y escisiones que colocó a la todavía formación hegemónica de Japón contra las cuerdas. Kunio, aunque estaba en el Gobierno, compartía el pensamiento crítico de su hermano.

Así que el 21 de junio de 1993, tres días después de perder el Gobierno Miyazawa una moción de censura parlamentaria presentada por el Partido Socialista de Japón (Nihon Shakaito, la eterna y, hasta ahora impotente, primera fuerza de la oposición) y que salió adelante gracias al apoyo de varias decenas de diputados rebeldes de su propio partido, los hermanos Hatoyama, un puñado de colegas de bancada liderados por Masayoshi Takemura y Shusei Tanaka, y el diputado izquierdista Naoto Kan pusieron en marcha el Nuevo Partido Sakigake (Pionero), cuya plataforma centrista advocaba la renovación del discurso político y la modernización del cuestionado modelo japonés con las reformas que hiciesen falta. Menos de un mes más tarde, el 18 de julio, el Sakigake tuvo su debut electoral en las elecciones generales que Miyazawa se había visto obligado a anticipar.

Sus discretos resultados, 13 escaños entre los que estaba el de Yukio, debían ponerse en el contexto de un sistema de partidos enriquecido casi de súbito por el reguero de escisiones del Jiminto, las más potentes de las cuales sumaron 90 escaños. Se trataban del Partido de la Renovación de Japón (Shinseito), fundado a la vez que el Sakigake por Tsutomu Hata y el ex ministro del Interior Ichiro Ozawa, y el Nuevo Partido de Japón (Nihon Shinto), lanzado en 1992 por Morihiro Hosokawa. Pero lo más relevante de estas históricas elecciones fue que el Jiminto, por primera vez en su historia, no conservó una mayoría suficiente como para mantenerse en el poder, ni en solitario ni apoyándose en unos socios que no encontró.

Para descabalgar al Jiminto del poder, trabaron coalición virtualmente todos los partidos del arco de la oposición, la vieja, la nueva, la izquierdista y la conservadora. Así, el Sakigake tomó parte en un Gobierno de lo más heterogéneo junto con el Shakaito, el Shinseito, el Shinto, el Komeito (Partido del Gobierno Limpio, budista) y dos pequeñas agrupaciones socialdemócratas. La presidencia del primer Ejecutivo no liberaldemócrata desde 1955, inaugurado el 9 de agosto, fue confiada a Hosokawa, que era el más carismático de la nueva hornada de líderes reformistas. Takemura, en tanto que líder del Sakigake, obtuvo el influyente puesto de secretario jefe del Gabinete, mientras que Hatoyama fue reclutado como subsecretario jefe con funciones de portavoz.

Meses más tarde, en diciembre, el fallecimiento de su padre Iichiro puso en las manos de Hatoyama y su hermano un legado calculado en 15.000 millones de yenes. Además, la madre, Yasuko, era dueña de una importante participación en Bridgestone. En adelante, podía considerarse a Hatoyama un hombre extremadamente rico (de hecho, ya lo era), con recursos más que suficientes para financiar sus empresas políticas.

La inesperada dimisión de Hosokawa el 8 de abril de 1994 tras informarse que en el pasado había aceptado sobornos trompeteó el naufragio del frente anti-Jiminto. Aunque facilitaron su investidura como nuevo primer ministro, el Sakigake y los socialistas no quisieron tomar parte del Gabinete, a la postre fugaz, de Hata, viceprimer ministro y ministro de Exteriores con el prematuramente consumido Hosokawa. En junio, confrontado con su minoría, Hata arrojó la toalla y dejó el camino libre al socialista Tomiichi Murayama, que se alió con el Jiminto y, relegado a la condición de socio testimonial de lo que en realidad era una gran coalición bipartita, el Sakigake. Takemura recibió el Ministerio de Finanzas, pero Hatoyama se quedó fuera del Gabinete. La exclusión de los liberaldemócratas del Ejecutivo sólo había durado diez meses.

Insatisfecho con su condición de diputado y secretario general del Sakigake, Hatoyama, que además tenía que aguantar los comentarios irónicos y las burlas de los liberaldemócratas por sus ideas "fraternales" y "utópicas", y por su estilo de hombre melifluo y abstraído -estaban, además, sus ojos protuberantes y su pelo ahuecado, por todo lo cual le endilgaron los poco halagadores motes de El Alien y E.T.-, se replanteó su futuro inmediato.

A finales de 1994 Hatoyama habló de postularse a gobernador de Hokkaido, pero el primer ministro Murayama le persuadió para que no diera ese paso a fin de no perjudicar al candidato consensuado por su partido, el Shinseito y el Komeito. Llegado 1995, Hatoyama recibió la oferta de Murayama de fusionar sus respectivas formaciones para crear un gran partido de centro-izquierda de tendencia socialdemócrata. El ingeniero, que pese a su discurso de renovación mantenía una orientación ideológica más bien conservadora, dio largas al gobernante socialista. En enero de 1996 Murayama dimitía por sorpresa –permitiendo al Jiminto, en la persona de su presidente, Ryutaro Hashimoto, recobrar la jefatura del Gobierno- y el proyecto de fusión Shakaito-Sakigake quedó cancelado.

A cambio, Hatoyama enfocó su interés en quienes, como él, habían sido miembros del Jiminto hasta no hacía mucho. En abril de 1996 anunció conjuntamente con Hajime Funada, dirigente del Partido de la Nueva Frontera (Shinshinto), un proyecto de creación de un nuevo partido de oposición que les iba a exigir el abandono de sus respectivas agrupaciones. El Shinshinto había surgido en diciembre de 1994 de la fusión del Shinseito, el Shinto, el Komeito y otras facciones menores. Su primer presidente había sido el ex primer ministro liberaldemócrata Kaifu, pero en 1995 Ichiro Ozawa arrebató el mando. El estilo de liderazgo de Ozawa, denunciado por doquier como autocrático, estaba detrás de la disidencia de Funada, mientras que a Hatoyama lo que le preocupaba sobre todo era la fuerte influencia del Shakaito (en adelante denominado Partido Socialdemócrata, Shaminto) en la política nacional.

El 27 de agosto de 1996 Hatoyama dimitió como secretario general del Sakigake y tres días después abandonó el partido, arrastrando tras de sí a una quincena de diputados, entre ellos Naoto Kan, popular ministro de Salud y Bienestar Social del Gobierno Hashimoto, y generando un terremoto interno que se llevó por delante la jefatura de Takemura. El proyecto, financiado sin reparar en gastos por la venerable Yasuko Hatoyama –llamada en lo sucesivo la "madrina de la política japonesa´"-, succionó también a una parte de la bancada parlamentaria del Shaminto y a un diputado del Shinshinto, Kunio Hatoyama, que en 1994 se había separado de su hermano para fichar por el grupo de Hata. Finalmente, el 28 de septiembre, a tiempo para competir en las elecciones anticipadas del 20 de octubre, Hatoyama y Kan presentaron el Partido Democrático de Japón (Minshuto). En el momento de su creación, el Minshuto contaba con 57 diputados, siendo, tras el Jiminto y el Shinshinto, el tercer grupo de la Dieta.

Puesto bajo el liderazgo dual de Hatoyama y Kan, con el primero haciéndose cargo de los asuntos internos del partido y el segundo conduciendo su acción parlamentaria, el Minshuto nacía con la vocación de ser un "tercer polo liberal" apoyado en los trabajadores de clase media y en los jóvenes urbanos, especialmente los de las prefecturas de Tokyo, Hokkaido y Nagano. Su aspiración estratégica era consolidarse como una alternativa al restablecido dominio de los liberaldemócratas, aunque su meta más inmediata era disputarle el electorado al Shinshinto, que sobre el papel compartía sus proclamas reformistas y regeneradoras. En los comicios, ganados con autoridad aunque sin mayoría absoluta por la formación de Hashimoto, el duelo entre el Minshuto y el Shinshinto se zanjó en contra del primero, que hubo de conformarse con el 16,1% de los votos y 52 diputados, 104 menos que el segundo. Hatoyama fue reelegido en su escaño por tercera vez.

Pero lo que impidió la voluntad del electorado, lo posibilitó el controvertido Ozawa, cuyo autoritarismo interno resultaba insoportable para un número creciente de conmilitones. Como resultado, el Shinshinto empezó a desintegrarse: varios de sus diputados regresaron el redil del viejo partido padre -lo que, junto con la proliferación de microfacciones disidentes, permitió al Jiminto recobrar la mayoría absoluta perdida en 1993-, pero otros muchos, como Hosokawa y Hata, crearon escisiones por su cuenta o bien se pasaron al Minshuto. El 16 de diciembre de 1997, mientras el Shinshinto se acercaba rápidamente a su autodisolución, Hatoyama y Kan arreglaron una reorganización del liderazgo: en lo sucesivo, el segundo fungiría como presidente único del partido y el primero seguiría en la brecha como secretario general.

Convertido por méritos ajenos en la principal fuerza de la oposición, el Minshuto se aprestó a fagocitar la parte del león de los despojos del Shinshinto y a rentabilizar la profunda erosión del Gobierno monocolor de Hashimoto, en la cuerda floja a causa de un escándalo de sobornos y por el desastroso impacto en la economía nipona de la gran crisis financiera y bursátil de Asia oriental. El objetivo declarado era derribar a Hashimoto y forzar el adelanto electoral.

El 8 de enero de 1998 el Minshuto formó un grupo parlamentario único de 97 diputados, Minyuren, con otras cinco formaciones, todas las cuales contaban sólo con meses o incluso días de vida: el Partido del Sol (Taiyoto), de Hata; Desde Cinco (Furomu Faibu), de Hosokawa; La Voz del Pueblo (Kokumin-no-Koe), de Michihiko Kano; el Nuevo Partido de la Fraternidad (Shinto Yuai), de Kansei Nakano; y la Liga Reformista Democrática (Minshu-Kaikaku-Rengo), de Tatsuo Ozawa. Jornadas después, el Taiyoto, el Faibu y el Kokumin se fusionaban orgánicamente y daban lugar al Partido del Buen Gobierno (Minseito), con Hata de líder. Finalmente, el 12 de marzo, culminando el proceso de convergencia de este ramillete de siglas, el Minshuto, el Minseito, el Yuai y el Rengo decidían constituirse como un todo con el nombre, también, de Partido Democrático de Japón. La flamante agrupación, que con tan variopintos orígenes amalgamaba sensibilidades liberales, social liberales y socialdemócratas, inició su andadura de manera oficial el 27 de abril.

Si hasta ahora había sido el número dos, Hatoyama tuvo que ceder el puesto a Hata y conformarse con ser el número tres. La convención fundacional del nuevo Minshuto, clasificado por los observadores alternativamente como partido de centro y de centro-izquierda, eligió a Kan presidente, a Hata secretario general y a Hatoyama vicesecretario general. Kan era, decían las encuestas, no sólo la figura más popular del Minshuto, sino el político mejor valorado del país, mucho más que Keizo Obuchi, el grisáceo primer ministro liberaldemócrata que cogió el testigo al dimitido Hashimoto, vencido por la crisis financiera y los malos resultados de unas elecciones senatoriales parciales.

Los más optimistas ya veían en Kan al próximo primer ministro de Japón. Pero transcurridos unos pocos meses, la divulgación de detalles sobre una relación extramarital con una periodista televisiva dañó seriamente su imagen. En 1999 el partido, para clarificar su liderazgo antes de los próximos comicios generales, abrió un proceso de elección interna al que se presentaron Kan, Hatoyama y un antiguo socialista, Takahiro Yokomichi. El 25 de septiembre, tal como se esperaba, el tranquilo vicesecretario general se llevó la Presidencia del Minshuto. Por cierto que a principios de ese mismo año, el otro hermano Hatoyama, quejoso de la, en su opinión, excesiva línea social del nuevo Minshuto, se apartó del mismo para presentarse como independiente a la elección a gobernador de Tokyo; tras perder la partida frente al aspirante ultranacionalista de los liberaldemócratas, Shintaro Ishihara, Kunio optó por reintegrarse en el Jiminto.


3. Los vaivenes en el mando del principal partido de la oposición nipona

El debut de Hatoyama como líder del principal partido de la oposición japonesa no resultó muy gratificante. El 25 de junio de 2000, pese a la impopularidad del nuevo primer ministro del Jiminto, Yoshiro Mori, los liberaldemócratas volvieron a ganar las elecciones generales con 233 escaños en la Cámara baja y, apoyados en el Nuevo Komeito y el pequeño Partido Conservador (Hoshuto, una escisión del Partido Liberal, Jiyuto, de Ozawa), reeditaron el Gobierno. Aunque los resultados para el Minshuto podían considerarse buenos (127 diputados con el 25,5% de los votos computados por el sistema proporcional, que sólo elegía a 180 de los 480 escaños), la formación tendría que seguir esforzándose si quería gobernar Japón. Espoleados por el rápido deterioro de la economía, que auguraba la segunda recesión en tres años, los demócratas lanzaron contra Mori dos mociones de censura, en noviembre de 2000 y en marzo de 2001, pero fracasaron.

Mori, presionado desde su propio partido, dimitió en abril de 2001. Su sucesor, Junichiro Koizumi, se reveló como un dirigente tremendamente carismático que cautivó a los japoneses con su imagen transgresora y de hombre inmune a la corrupción, y sus promesas de atajar la crisis económica y sanear un sistema financiero enfermo mediante audaces reformas estructurales; el nuevo primer ministro se comprometió a realizar su ambicioso programa reformista aun al precio de enfrentarse con los sectores tradicionalistas de su propio partido. El enérgico mensaje renovador y el dinamismo de Koizumi pusieron las cosas complicadas a Hatoyama y los demócratas, que desde el principio de las defecciones del Jiminto en la década anterior habían tenido el monopolio del mensaje del cambio. En realidad, Koizumi, con su prolongado mandato –para los estándares nipones- de cinco años, iba a ser capaz de revertir la tendencia electoral negativa de su partido. El anunciado ocaso del Jiminto quedó pospuesto.

Hatoyama tenía dificultades para meter cuñas electoralistas en la actuación doméstica y exterior de Koizumi, y de puertas adentro, además, vio su liderazgo cuestionado. El 23 de septiembre de 2002 logró la reelección en la Presidencia del Minshuto frente a Kan, secretario general desde hacía dos años, y otros dos retadores, Yoshihiko Noda y Takahiro Yokomichi, pero poco después, su propuesta de fusión con el Jiyuto de Ozawa levantó tal rechazo interno que no tuvo más remedio que presentar la dimisión, el 3 de diciembre; una semana más tarde, Kan era elegido presidente del partido. Irónicamente, la fusión con el Jiyuto no se canceló y ésta tuvo lugar a finales de septiembre de 2003, en vísperas de unas elecciones generales, las del 9 de noviembre, que el Jiminto, sólidamente conducido por Koizumi, ganó con una rotundidad rayana en la mayoría absoluta. Los demócratas se consolaron con su salto hasta los 177 diputados y su victoria, inédita, en la parte de los comicios realizada por el sistema proporcional, donde sacaron el 37,4% de los votos, 2,5% puntos más que sus adversarios conservadores, lo que era bastante alentador.

Hatoyama se mantuvo en un segundo plano durante casi tres años. En mayo de 2004 el Minshuto confirmó que tenía un problema de liderazgo con la dimisión forzosa de Kan tras reconocer que en su época como ministro de Salud, en 1996, no había abonado sus cotizaciones al sistema nacional de pensiones durante diez meses. A la vez, Hatoyama admitió que él había incurrido en el mismo "descuido" nada menos que durante once años, desde que fue elegido diputado por primera vez hasta 1997; entonces, aseguró, se "dio cuenta" del débito al Estado e hizo las compensaciones necesarias.

En julio de 2004 el Minshuto concibió nuevas esperanzas al ganar un escaño de senador más que el Jiminto, 50 frente a 49, en las elecciones parciales a la Cámara de Consejeros, aunque globalmente el partido del Gobierno siguió teniendo la mayoría. Estas votaciones mostraron a las claras la pujanza del voto demócrata en las grandes ciudades –en algunas de ellas, barrió- y la tendencia del voto liberaldemócrata a concentrarse en las poblaciones pequeñas y las circunscripciones rurales. El 10 de septiembre de 2004 el nuevo presidente del partido, Katsuya Okada, devolvió a Hatoyama parte del protagonismo perdido nombrándole ministro de Exteriores en el llamado próximo gabinete (fórmula inspirada en el shadow cabinet británico). En las legislativas del 11 de septiembre de 2005, adelantadas por Koizumi al perder, por culpa de la postura contraria de un grupo de legisladores de su partido, en una crucial votación parlamentaria sobre la privatización del sistema postal, el Jiminto cosechó una espectacular mayoría absoluta de 296 escaños que hizo trizas las esperanzas del Minshuto.

Los demócratas, incapaces de perfilar en su campaña un programa de reformas internas sustancialmente divergente del perseguido por el Gobierno (unos y otros coincidían en la necesidad de reducir los gastos corrientes, podar la función pública y sopesar ciertas alzas fiscales, mientras que en política exterior y de defensa, el Minshuto, si bien se había opuesto al envío de tropas de paz a Irak, estaba de acuerdo con revisar la pacifista Constitución japonesa para permitir la creación de unas Fuerzas Armadas permanentes), descendieron al 31% de los votos y perdieron 64 diputados, quedándose con 113. El inesperado desastre electoral precipitó la dimisión de Okada y abrió amargos debates sobre qué era lo que el partido estaba haciendo mal. Sin embargo, las predicciones, apuntadas por varios comentaristas, sobre que el Minshuto sufriría deserciones en cadena a raíz del estropicio en las urnas, no se cumplieron. El nuevo presidente desde el 17 de septiembre, Seiji Maehara, un joven ex miembro del Sakigake experto en leyes, repescó a Hatoyama nombrándole secretario general. Pero la inestabilidad en la cúpula del Minshuto no cesó.

En la primavera de 2006 a la dirigencia le estalló un desagradable escándalo cuando Maehara dio crédito a una conexión entre diputados del Jiminto y el caso de fraude que afectaba al proveedor de servicios de Internet Livedoor sobre la base de un correo electrónico que resultó ser falso. Con la reputación descalabrada, Maehara renunció a la Presidencia del partido y Hatoyama y otros altos responsables, por solidaridad con su jefe, le secundaron. Sin embargo, días después, el 7 de abril, Ozawa se hacía con el puesto cimero y decidía reponer a Hatoyama en la Secretaría General, a la vez que nombraba a su rival en la elección interna, Kan, vicepresidente del partido.

El nuevo triunvirato del Minshuto prometió una oposición más agresiva al Gobierno. Dicho y hecho, los demócratas criticaron con dureza las polémicas visitas de Koizumi al santuario shintoísta de Yasukuni (donde se rinde tributo a los espíritus de quienes dieron la vida combatiendo por el emperador, incluidos varios criminales de la última guerra mundial), que causaban viva indignación en China y Corea del Sur. Luego, denunciaron el nacionalismo derechista de la política exterior del nuevo primer ministro, Shinzo Abe. Y posteriormente, intentaron impedir en la Dieta la prolongación de la misión de las unidades de la Fuerza Naval de Autodefensa en el océano Índico para abastecer de combustible a las fuerzas militares de Estados Unidos destacadas en la zona, que era una apuesta trascendental del tercer primer ministro en poco más de un año, Yasuo Fukuda, llamado a ser tan efímero como Abe.

Hatoyama, para movilizar al máximo a sus simpatizantes, advirtió que si el partido no obtenía unos resonantes resultados en las elecciones senatoriales parciales del 29 de julio de 2007, entraría en un proceso desestabilizador que podría desembocar en su desintegración. Los demócratas obtuvieron el triunfo que necesitaban para recobrarse del varapalo de las legislativas de 2005: sumaron 28 consejeros y, por primera vez, se convirtieron en el primer partido en la Cámara alta con 109 escaños, 26 más que un Jiminto en caída libre.

Paradójicamente, su nueva situación de fuerza costó al Minshuto la enésima convulsión en su jefatura. Valiéndose de su mayoría en la Cámara de Representantes, Hatoyama y los suyos impidieron la aprobación de una legislación antiterrorista especial que habría permitido a la Fuerza Naval de Autodefensa proseguir sus actividades logísticas en el Índico. Para desbloquear la situación, Fukuda ofreció a Ozawa un consenso sobre el operativo naval a cambio de la entrada de su partido en un Gobierno de gran coalición. Toda vez que no rechazó la propuesta con la rapidez que sus colegas de partido hubiesen querido, Ozawa fue objeto de un torrente de recriminaciones y el 4 de diciembre expresó su intención de dimitir. Al punto, Hatoyama y el resto de la junta directiva salieron a pedir a Ozawa que continuara como presidente, logrando que la espantada se quedara en finta.

Pero Ozawa no iba a poder ser el próximo primer ministro de Japón. En marzo de 2009, la detención de un colaborador personal acusado de amañar los libros de contabilidad del partido para ocultar una donación empresarial ilegal de 35 millones de yenes hundió automáticamente en los sondeos a un taimado estratega que nunca logró zafarse de su imagen problemática. El 11 de mayo, de común acuerdo con la plana mayor demócrata y con el fin de no arriesgar las posibilidades de victoria en las elecciones generales del verano dejando pasar la más mínima sospecha de vista gorda con las prácticas corruptas, Ozawa dimitió irrevocablemente.

Llegó entonces, por puro accidente político, la gran hora de Hatoyama. El 16 de mayo de 2009, en la preceptiva elección efectuada por los 221 legisladores de la Dieta, el hasta ahora secretario general se impuso con 124 votos a su único rival, Okada, ahora mismo vicepresidente, que recibió 95 apoyos. A continuación, el nuevo presidente del Minshuto, el séptimo titular en sus once años de historia, nombró a Okada secretario general y a Ozawa vicepresidente, a la vez que confirmaba en sus respectivas vicepresidencias a Kan y a Azuma Koshiishi.


4. Histórica victoria electoral y llegada al Gobierno en 2009: el mensaje del cambio

Aunque no era el líder más carismático que el Minshuto había tenido, Hatoyama encaró las trascendentales elecciones del 30 de agosto de 2009 en una situación de comodidad rayana en el triunfalismo porque todas las encuestas eran masivamente favorables a su partido. La victoria de la oposición parecía segura y, además, se prometía arrasadora. El Jiminto, y particularmente su líder, Taro Aso, primer ministro desde la abrupta dimisión de Fukuda en septiembre de 2008, sufrían un descrédito sin precedentes tras muchos años de escándalos de corrupción, prácticas opacas, endogamia, nepotismo y, evidente desde la marcha de Koizumi, falta de reflejos y eficacia a la hora de lidiar con la crisis económica.

El país, víctima como el resto del mundo desarrollado de la gran crisis financiera global, había entrado técnicamente en recesión en la primavera de 2008, siete años después de sufrir la última, al encadenar dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo. A finales de ese año, la producción industrial, seriamente tocada por la contracción del consumo interno y las exportaciones, había experimentado la peor caída de la posguerra. La situación adquirió tintes dramáticos en el primer trimestre del año electoral, con un desplome del PIB del -14,2% con respecto al mismo período de 2008 y del -3,8% en relación con el trimestre precedente, rendimiento que era considerablemente peor que los de Estados Unidos y la Unión Europea.

Pero en el segundo trimestre de 2009 la recesión quedó atrás al registrar el PIB un crecimiento positivo del 0,9% con respecto a enero-marzo (posteriormente, la tasa iba a ser revisada a la baja, dejándose en el 0,6%, en términos interanuales, una contracción del -6%). El inesperado dato, aunque esperanzador, se conoció escasos días antes de las elecciones y no tuvo ningún efecto en la campaña. Aso y los liberaldemócratas no pudieron convencer a un electorado enfadado y angustiado de que sus medidas de estímulo fiscal estaban dando resultado.

Además, el panel de alarmas seguía iluminado por gran número de luces rojas. El déficit del Estado (predicciones del 8% y de hasta el 10% para este año) y la deuda pública (camino del 200%) representaban unos porcentajes del PIB de insólita enormidad. Los precios, con bajadas mensuales del 2%, pintaban un cuadro deflacionista nefasto para el consumo. Y los salarios en el sector privado menguaban a un ritmo nunca visto. Con todo, lo que más consternación –y auténtico miedo- causaba era el volumen de paro, que alcanzó en julio el 5,7%, una tasa sin parangón desde el final de la guerra y que a los japoneses, acostumbrados al pleno empleo, les parecía una abominación.

Inspirado en los eslóganes empleados el año anterior por el demócrata Barack Obama en Estados Unidos, Hatoyama reclamó sin ambages un "cambio de régimen" (seiken koutai) que pusiera fin a la era del "control de los burócratas" y alumbrara otra en la que prevaleciera el "espíritu de la fraternidad" y donde "las vidas de las personas cuenten primero". El actual modelo social "vertical", de "intereses encubiertos", debía dar paso a otro de tipo "horizontal", basado en los "lazos humanos".

En el terreno de lo tangible, el dirigente demócrata se planteó como meta más urgente estimular el consumo y expandir la demanda interna para dinamizar una economía que, insistía –y con esto estaba de acuerdo Aso-, ya no podía seguir fundándose en las exportaciones, a merced de las fluctuaciones de la capacidad de compra del principal cliente, Estados Unidos, y de la cotización del dólar, igualmente a la baja: ahora mismo, el yen estaba revalorizándose fuertemente con respecto a la divisa estadounidense, con el consiguiente perjuicio para las ventas niponas al exterior. Mientras durase el abatimiento económico, y en cualquier caso hasta 2013, los impuestos al consumo quedarían congelados, y las cargas fiscales a los carburantes y a la pequeña y la mediana empresa serían reducidas, prescribía una de las recetas fundamentales del Minshuto.

En los ciudadanos, no en las compañías, estaba la clave de la recuperación económica. Pero para Hatoyama, la persona y las familias, su bienestar y su calidad de vida, eran prioritarios por principios, más allá de determinada coyuntura, en un país donde la población envejecía rápidamente y contemplaba con temor la evolución del mercado laboral y la sostenibilidad del sistema sanitario del futuro. Así, el programa del Minshuto aparecía cuajado de promesas en el capítulo social: elevación del salario mínimo a los 1.000 yenes la hora, así como de las pensiones; ayudas con 100.000 yenes mensuales a los parados en formación; para fomentar la natalidad, ayudas a los padres con 26.000 yenes al mes por hijo menor de 15 años, escolaridad gratuita y generosas becas para el ingreso en la universidad; más subsidios para los agricultores; y supresión de los peajes de las autopistas, entre otras medidas.

Para financiar tan onerosos compromisos, Hatoyama, puesto que descartaba subir los impuestos y seguir tirando de la emisión de deuda pública (aunque esto último se antojaba desde ya de muy difícil cumplimiento), entraría a saco en la administración pública y el servicio civil, donde esperaba ahorrar hasta 5 billones de yenes (37.500 millones de euros) recortando plantillas y suprimiendo programas "despilfarradores", como los de construcción de obras públicas. La reforma política era, por supuesto, inexcusable, y eso pasaba por reducir el número de escaños en la Cámara baja y acabar con la "herencia" familiar de los puestos parlamentarios, práctica inveterada y generalizada de la que él mismo no era ajeno. El cuarto pilar, tras el económico, el social y el político, del programa reformista del Minshuto afectaba a las relaciones internacionales, y aquí Hatoyama sacó a relucir un discurso de claro sabor izquierdista, que sintonizaba con algunas posturas tradicionales de la socialdemocracia japonesa.

Aunque la alianza de seguridad y defensa con Estados Unidos, que era el "fundamento" de su política exterior, no se cuestionaba, Japón aspiraba a una relación "igualitaria" que le permitiera ejecutar una política exterior más independiente, autonomía necesaria para reorientar las prioridades diplomáticas a China, la superpotencia emergente en la región, y los demás países de Asia y el Pacífico con los que las islas mantenían unas intensas relaciones comerciales y de cooperación. Japón necesitaba aumentar su ascendiente allí, con medios exclusivamente propios, "sin subordinaciones", ante las perspectivas de una pérdida de la influencia de Estados Unidos. Por de pronto, Beijing ya recibió del candidato opositor garantías de que bajo un gobierno suyo, el santuario de Yasukuni dejaría de ser motivo de discordia en la medida en que no volvería a ser visitado por un primer ministro o un ministro.

El Minshuto recordó que entre sus metas estaba enmendar la Constitución para convertir las Fuerzas de Autodefensa en unas verdaderas Fuerzas Armadas orientadas a la participación en las misiones de paz de la ONU. Ahora bien, Hatoyama dijo que en su agenda no figuraba "aumentar significativamente" el presupuesto de defensa. Una cierta ambigüedad y algunas contradicciones sobre la marcha presidieron los posicionamientos de los demócratas sobre el estatus de los 47.000 soldados estadounidenses estacionados en Japón –más de la mitad, en la isla de Okinawa- y sobre el "papel" de las bases militares de ese país, temas que prometieron "reexaminar". Lo mismo podía decirse con respecto al asunto, no menos delicado, de la misión naval de repostaje en el Índico, cuya conclusión en enero fue barajada por el secretario general del partido, Okada.

El 30 de agosto de 2009 el Minshuto ganó una mayoría absoluta de 308 diputados con el 42,4% de los votos. Le faltaron 12 escaños para alcanzar la mayoría de dos tercios, que le habría permitido reformar la Constitución a su voluntad y sortear un hipotético veto en la Cámara de Consejeros, dónde sólo gozaba de la mayoría simple, a la legislación aprobada por una Cámara de Representantes enteramente controlada. El Jiminto encajó unos resultados catastróficos, mucho peores que los de 1993. Vio desvanecerse 177 escaños, quedándose con 119, y perder 11,5 puntos de voto, hasta situarse en el 26,7%. Docenas de ministros, ex ministros, responsables parlamentarios y dirigentes del partido fueron derrotados en sus circunscripciones y la mayoría perdió el escaño; sólo el sistema proporcional salvó las diputaciones de los restantes. Al socio menor de los liberaldemócratas, el Nuevo Komeito, las cosas no le fueron mucho mejor y perdió 10 de sus 31 representantes. La hora de la alternancia en el poder, imprescindible para la consolidación de la democracia bipartidista, había llegado al país asiático.

Aunque tenía motivos para sentirse eufórico, Hatoyama hizo un alarde de contención. En su primera rueda de prensa, concedida en su casa de Tokyo tras conocer los datos definitivos que confirmaban la arrolladora victoria de su partido, el primer ministro in péctore, con gesto austero, explicó que "la situación del país no me permite saborear la victoria". Y añadió: "Por fin, vamos a ser capaces de hacer avanzar la política, de crear una nueva clase de política que satisfaga las expectativas de la gente". Rápidamente, el Minshuto estableció un acuerdo de coalición con los socialdemócratas del Shaminto y el centroderechista Nuevo Partido Popular (Kokuminshinto), que aportaban al oficialismo en ciernes una decena más de representantes y otros tantos consejeros, los suficientes para disfrutar de la mayoría absoluta en la Cámara alta.

Hatoyama tomó en consideración la demanda de la jefa de los socialdemócratas, Mizuho Fukushima, de que se reclamara a Estados Unidos el traslado de la base aérea Futenma del Cuerpo de Marines, sita en Okinawa, fuera de la prefectura o incluso fuera del país. Esta pretensión iba más allá del acuerdo adoptado en 2006 por los respectivos gobiernos, por el que 8.000 marines y sus familias serían trasladados desde Okinawa al territorio estadounidense de Guam en 2014, mientras que Tokyo, a cambio, pondría los 2.800 millones de dólares que costaría construir una nueva base aérea en otro emplazamiento de Okinawa más apartado de las áreas pobladas. Los residentes isleños querían la marcha inmediata de los marines, envueltos en los últimos tiempos en una serie de accidentes y delitos graves (incluida la violación de una niña en 1995) cometidos por soldados indisciplinados.

Mientras aplazaba un pronunciamiento nítido en ese tema, Hatoyama hizo un contundente llamamiento a la lucha contra el calentamiento global y se planteó el compromiso de reducir en un 25% las emisiones japonesas de efecto invernadero para 2020 con respecto a los niveles de 1990. La apuesta decidida por las fuentes de energía renovables y los sistemas de eficiencia energética debía generar de paso abundante empleo en los sectores de las manufacturas y las nuevas tecnologías.

El 16 de septiembre de 2009, Hatoyama, que, según sus propias palabras, estaba "entusiasmado con la perspectiva de cambiar la historia", fue investido por la Cámara de Representantes con 327 votos. La jornada era histórica de por sí, pero además pasó revista a una efeméride muy especial: la transmisión del mando protagonizada en 1954 por los abuelos (Aso era nieto de Shigeru Yoshida) de quienes ahora, 55 años después, repetían la historia.

A continuación, Hatoyama constituyó su Gabinete, donde destacaban Okada como ministro de Exteriores, Toshimi Kitazawa en el puesto de Defensa, Hirofumi Hirano como secretario jefe del Gabinete y el veterano Hirohisa Fujii en Finanzas, posición que ya desempeñara con Hosokawa. No podía faltar el siempre potente Naoto Kan, que obtuvo el cargo de viceprimer ministro y jefe de la Oficina de Estrategia Nacional, órgano de nueva creación, encargado de coordinar las políticas reformistas y de supervisar el aparato burocrático del Estado. La líder del Shaminto, Fukushima, fue nombrada asesora especial del primer ministro en una serie de áreas, y su colega del Kokuminshinto, Shizuka Kamei, recibió el cometido de ministro de Estado para los Servicios Financieros y la Reforma Postal.

El 22 y el 23 de septiembre Hatoyama tuvo un debut internacional de alto nivel al mantener unas conversaciones en Nueva York con el primer ministro británico Gordon Brown, al que comunicó el interés de su Gobierno en poner fin a la misión naval en el Índico a cambio de un programa de formación profesional para ex combatientes afganos, y Obama, con el que acordó mantener una "estrecha cooperación" bilateral en Afganistán, Corea del Norte y los esfuerzos pro desnuclearización. Una jornada más tarde, el 24 de septiembre, el primer ministro discurseó en la Asamblea General de la ONU con motivo del 64° Período de Sesiones y como miembro del Grupo de Líderes orientado a la próxima Conferencia de Copenhague sobre el Cambio Climático; todo en un día, participó en la reunión especial del Consejo de Seguridad que aprobó una resolución de apoyo a la no proliferación y el desarme nucleares. A renglón seguido, asistió a la Cumbre del G20 en Pittsburgh. Y el 2 de octubre defendió en la capital danesa la candidatura de Tokyo a los Juegos Olímpicos de 2016.

La campaña proselitista de Hatoyama destacó los aspectos más cotidianos del personaje. Así, poniendo énfasis en su espíritu moderno, se le retrataba como un gran aficionado a las retransmisiones deportivas, la informática, Internet y los géneros del manga -incluido el subgénero erótico- y el anime. Una pasión, por cierto, compartida en mayor grado por su predecesor en el cargo, Aso, quien alardeaba de ser un otaku, o fan incondicional de estos cómics y películas animadas de la cultura popular japonesa.

Hatoyama, además, tenía debilidad por la música y el karaoke. En 1988 había grabado un single de vinilo con la canción Take heart: vuela, paloma de la paz, del que el autor de la letra hizo un centenar de copias para distribuirlas en Hokkaido. A comienzos de septiembre de 2009, en vísperas de convertirse el cantante ocasional en primer ministro, medios nipones informaron que uno de estos viejos discos había sido recientemente vendido en una subasta en línea por la respetable cantidad de 35.000 yenes. El otro aspecto colorista del nuevo gobernante japonés lo aportaba su esposa Miyuki, una mujer extrovertida y multifacética, autora de recetas de cocina macrobiótica, diseñadora de su propia ropa y modeladora de cerámica, a la que su marido se refería con palabras llenas de gratitud y cariño.

Después de las elecciones, la prensa mundial recordó que el año anterior la futura primera dama había publicado un libro titulado Cosas muy extrañas que me he encontrado, donde relataba su convicción de que cuando era joven, en el curso de un sueño mientras compartía lecho con su primer cónyuge, su alma viajó a bordo de un "platillo volante triangular" hasta llegar a Venus, planeta que describía como "un lugar muy hermoso y muy verde". Según la ex actriz, cuando despertó, contó a su pareja la experiencia, pero él la desechó como un mero sueño. Ahora bien: "Mi actual esposo tiene una manera muy distinta de ver las cosas; lo más seguro es que habría exclamado: ¡Oh, es genial!", manifestaba Miyuki Hatoyama en su libro. Más recientemente, en una entrevista, Miyuki había explicado que conoció a Tom Cruise en una vida anterior cuando el espíritu del actor estadounidense estaba encarnado en un japonés, y que le encantaría hacer una película con él.

Hatoyama guardó mutismo sobre el episodio de la "abducción" de su esposa, que tan bien casaba –humorísticamente hablando- con su condición de Alien. Un remoquete que no debía de hacerle mucha gracia y que, aparentemente, intentó contrarrestar, bien que con dudoso acierto, en diciembre de 2007, cuando recriminó al ministro de Defensa del Gobierno Fukuda por su sorprendente afirmación de que las Fuerzas de Autodefensa japonesas deberían considerar el tipo de respuesta adecuada, con la Constitución en la mano, en caso de un ataque procedente del espacio exterior. Entonces, el dirigente opositor tachó esa especulación de "completa fantasía" y reclamó a los miembros del Gabinete que dejaran de hacerse eco del tema ovni. "Si los extraterrestres existen y vienen a la Tierra, tendrían que ser criaturas de una inteligencia mucho mayor que la de los humanos, y eso es imposible", sentenció.


5. Presiones económicas y promesas incumplidas

Al mes de llegar al Gobierno, Hatoyama se declaraba plenamente confiado en sus posibilidades de cambiar una serie de hábitos arraigados en Japón, maneras de entender la política y los negocios que ya no hacían un buen servicio a la gente y al país. "Salta a la vista que la economía de libre mercado hace a una sociedad vigorosa. Pero también es obvio que la idea de permitir a los mercados decidir cualquier cosa con tal de que sobreviva el más fuerte, o la noción del racionalismo económico a expensas de las vidas de las personas, ya no resultan válidas", manifestó el primer ministro. Sin embargo, Hatoyama empezó a encajar contratiempos prácticamente desde el primer día, poniendo espectacularmente de relieve el enorme trecho que había entre sus promesas electorales y su capacidad, ambiental y personal, para cumplirlas.

Al comenzar noviembre, el diario Yomiuri reveló que el político había dejado de declarar en la campaña fiscal de este año el ingreso de 72 millones de yenes, al cambio 543.000 euros, embolsados en 2008 en una operación de venta de 151.000 acciones de diez empresas distintas que cotizaban en la Bolsa de Tokyo. Los colaboradores del primer ministro salieron al paso para asegurar que este "asunto personal" de su jefe ya estaba solucionado, puesto que los contables de su oficina, tras detectar la omisión en la declaración de la renta, dieron parte a Hacienda y saldaron las correspondientes cuentas.

La polémica del fallo en la declaración a hacienda habría podido agotarse de inmediato si no fuera porque se enlazó con otra controversia, en origen sin dimensiones escandalosas, arrastrada desde la campaña electoral, cuando un grupo de ciudadanos denunció que en la lista de donantes de un fondo de financiación del Minshuto, llamado Yuai Seikei Konwa-kai, figuraban cerca de un centenar de identidades falsas. Entonces, a últimos de junio, Hatoyama había reconocido la existencia de datos erróneos en las listas de donaciones a su partido registradas entre 2005 y 2008. La irregularidad en cuestión afectaría a una cantidad de 22 millones de yenes, pero, según él, el misterio estaba resuelto porque ese dinero, en realidad, procedía de un fondo personal suyo; la persona responsable de esta contabilidad había sido despedida. Pero ahora, a medida que el embrollo iba dimensionándose por la actuación de los fiscales de justicia, Hatoyama empezó a decir que no sabía nada de tal dinero.

Al mismo tiempo, en su primer mes en el poder, Hatoyama puso a prueba su pretensión de obtener más autonomía en las relaciones con Estados Unidos. Al secretario de Defensa Robert Gates, de visita en Tokyo el 21 de octubre, le comunicó que las restricciones presupuestarias seguramente iban a impedir a Japón aportar el dinero necesario para completar los planes conjuntos de defensa regional antimisiles, escudo en el que los gobiernos liberaldemócratas venían confiando para blindar la seguridad nacional frente a una hipotética amenaza proveniente de Corea del Norte. Desde abril, cuando el régimen de Pyongyang condujo un lanzamiento de misil balístico sobre el Pacífico que él presento como una exitosa puesta en órbita de un satélite artificial, ya estaban emplazados algunos de los interceptores tierra-aire PAC-3, pero quedaban por instalar las restantes unidades, así como los misiles SM-3 lanzados desde barcos y los sistemas de comunicaciones que sincronizaban las baterías terrestres y navales.

Un poco para compensar a su aliado por este frenazo a un proyecto armamentístico de gran envergadura, Tokyo prometió acelerar la presentación de su decisión final sobre el futuro del personal y las instalaciones de las Fuerzas Armadas estadounidenses en Okinawa. Gates insistió en que no había alternativas viables al acuerdo de 2006, y el 13 de noviembre era el propio Obama quien recalaba en Japón, primera parada de su gira asiática, en busca de una respuesta. Su anfitrión le expresó su compromiso de "renovar y fortalecer" la alianza militar y estratégica entre los dos países, que era "la piedra angular de todo", y ello pasaba por resolver lo más rápidamente posible las diferencias sobre la recolocación de la facilidad de Futenma. A mediados de enero el Gobierno anunció el final de la misión de la Fuerza Naval de Autodefensa en el Índico, pero a cambio ofreció 5.000 millones de dólares en ayuda civil para la reconstrucción de Afganistán.

Mientras seguía sin zanjar las dudas sobre la base de Okinawa, Hatoyama fue reclamado por la economía, que lanzaba señales inquietantes teñidas de contradicción. Las autoridades informaron que en el tercer trimestre de 2009 el PIB había avanzado a un ritmo estimado del 4,8% en la tasa anualizada y del 1,2% en la trimestral gracias al plan de estímulo fiscal y a la recuperación de los países emergentes asiáticos con los que Japón hacía comercio. Pero esta lectura positiva se hacía descontando la caída de los precios; teniéndola presente, la economía nacional no crecía nada e incluso retrocedía. Llegado diciembre, el Gobierno publicó una revisión drásticamente bajista: el crecimiento en el tercer trimestre había sido en realidad del 0,3% con respecto a abril-junio.

Causaba vivo temor la persistente deflación, pero también inquietaban sobremanera el déficit y la deuda, que ponían al Gobierno ante un implacable dilema: sin subir los impuestos, y pese al tijeretazo en los gastos corrientes, a grandes rasgos, había que elegir entre dejar de incentivar con dinero público la actividad económica y el consumo, con el consiguiente riesgo de nueva recesión y más paro, y agrandar aún más los agujeros financieros, lo que podría someter al erario a presiones insostenibles y generar dudas internacionales sobre la capacidad del país para amortizar sus emisiones de deuda. Además, estaban las sustanciosas ayudas sociales prometidas en la campaña.

Por de pronto, Hatoyama optó por una decisión salomónica a corto plazo, consistente en la aprobación de un nuevo plan anticrisis, el cuarto desde 2008, dotado de 7,2 billones de yenes y a incorporar a los presupuestos antes de la conclusión del año fiscal, junto con una revisión a la baja de las medidas de alivio social. Para compensar la extrema flojera de los ingresos tributarios, el Gobierno se veía obligado a cancelar sus planes de desgravación de la gasolina (el sobrecargo actual sería sustituido por un impuesto de igual valor) y de supresión de los peajes de las autopistas. La intención del Gabinete era mantener las otras dos grandes promesas de contenido social, los subsidios en metálico a los hogares con niños y la retirada de las tasas académicas en la educación secundaria.

El primer ministro, en un gesto que iba repetir un número insospechado de veces a partir de ahora, pidió perdón a los electores por esta retractación, pero las encuestas publicadas al cumplirse los primeros cien días de gobierno ya le castigaban con una fuerte caída de popularidad. En líneas generales, los votantes descontentos achacaban a Hatoyama falta de resolución para enfrentar los problemas económicos y zanjar la espinosa cuestión de Okinawa. Antes de terminar el año, el dirigente reaccionó a la acusación formal contra dos antiguos asistentes por presunta violación de las leyes sobre financiación de los partidos políticos declarándose "profundamente responsable" de lo sucedido, que había resultado ser una falsificación deliberada de inyecciones económicas al Minshuto por la cresa familia Hatoyama para hacerlas parecer donaciones de personas individuales. Por lo menos, no había indicios de intento de soborno al entonces líder opositor.

El 5 de enero de 2010 el ministro de Finanzas, Fujii, presentaba la dimisión con un cuadro médico de hipertensión y agotamiento físico. Hatoyama, a su pesar, se la aceptó y en su lugar colocó a Kan, quien apostaba por un yen débil con respecto al dólar para relanzar las exportaciones, una necesidad irrenunciable mientras la deflación desincentivara el consumo, pese a que el programa del Minshuto había explicado la necesidad de descomercializar la economía nacional.

A los pocos días de esta mudanza en el Gabinete, Hatoyama se topó con el enésimo revuelo provocado por su número dos, Ichiro Ozawa, secretario general desde septiembre anterior en lugar de Okada y convertido a estas alturas en un experto en causar problemas a su partido. En el punto de mira de la justicia de nuevo, la fiscalía fue a registrar la oficina de Ozawa en busca de documentos relacionados con unos dineros procedentes de una operación de compraventa de tierras y que no habían sido declarados en los partes de ingresos. Ahora mismo, tres colaboradores de Ozawa estaban arrestados por su implicación en varios casos de presuntas irregularidades. El secretario general se disculpó por lo que llamó "errores de cálculo" y su superior, agradecido por su excelente trabajo como director de la campaña del partido en las pasadas elecciones, salió a respaldarle. Pero el escándalo produjo otra gran mella en los porcentajes de apoyo al Gobierno y el Minshuto, que por primera vez fueron superados por los de desaprobación.


6. El derrumbe de un liderazgo cuestionado: aceptación de la base estadounidense en Okinawa y dimisión en 2010

El siguiente par de meses trajo cierto a Hatoyama cierto alivio, a la postre efímero. A mediados de febrero se avanzaron las cifras económicas del cuarto trimestre de 2009, que había registrado un crecimiento del 1,1% con respecto al período anterior (a las pocas semanas vino la ya tradicional corrección a la baja, en este caso de dos décimas). Claro que en el conjunto del año, el PIB había retrocedido más de un 5%, contracción sin precedentes en décadas y la más acusada de todas las economías del mundo desarrollado. El 24 de marzo la Cámara de Consejeros aprobó los presupuestos para el año fiscal que empezaba el 1 de abril. El paquete contemplaba gastos por valor de 92,3 billones de yenes y la mitad del mismo sería financiado con una emisión de bonos de 44,3 billones, luego otra intención expresada durante la campaña, no recurrir a la subasta masiva de deuda pública para ajustar desequilibrios, era puesta en cuarentena. Los presupuestos de 2010 entrañaban una subida del 9,8% en el gasto social y un recorte del 18,3% en los proyectos de obras públicas.

El 12 y el 13 de abril el mandatario japonés participó en la Cumbre sobre Seguridad Nuclear en Washington. Aunque no sostuvo una reunión formal con él, Hatoyama transmitió de manera informal a Obama que la decisión sobre Futenma sería adoptada próximamente, poniéndose como fecha límite el 31 de mayo. Además, aprovechó para sostener un encuentro bilateral con el presidente chino, Hu Jintao, para hablar sobre seguridad regional y sobre la aplicación del acuerdo de 2008 para la explotación conjunta de los yacimientos submarinos de gas en la costa de las islas Senkaku, en el mar de China Oriental, cuya soberanía era motivo de disputa entre los dos países. De regreso a Tokyo, el primer ministro se encontró con el ambiente caldeado por las advertencias de sus socios socialdemócratas de que Okinawa debía ser enteramente desocupada por el personal militar de Estados Unidos, y por la movilización en tal sentido de sus habitantes, que el 25 de abril, en número de 90.000 y sin faltar el gobernador de la prefectura, salieron a manifestarse en Yomitan, localidad cercana a la base de Futenma, para dejar patente su oposición a cualquier fórmula de reubicación en la isla.

El 4 de mayo, en un ejercicio de valentía política, Hatoyama se presentó en Okinawa y, pese a la tremenda presión ambiental de las autoridades locales y los manifestantes, con tono sombrío y entre repetidas disculpas, explicó que, "hablando con realismo", resultaba "imposible" desmilitarizar totalmente la isla porque eso afectaría a la seguridad nacional, máxime en tiempos de tensión regional por el desafío nuclear y las provocaciones armadas de los norcoreanos. El 21 de mayo el primer ministro y la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, reafirmaron en Tokyo su compromiso por alcanzar en los próximos días un acuerdo definitivo. Al final, Hatoyama, transigía: se procedería según el acuerdo de 2006 y Futenma sería trasladada a un punto poco poblado del norte de la isla, Henoko, distrito urbano de Nago, donde ya existía un depósito de municiones. La decisión fue hecha oficial por el primer ministro en su segundo desplazamiento a Okinawa el 23 de mayo. "Pido perdón al pueblo de Okinawa por no haber podido mantener mi palabra", dijo Hatoyama en un intento de aplacar, en vano, la furia de los paisanos.

La crisis política en Tokyo estaba servida. Mizuho Fukushima se negó a aceptar el acuerdo con Estados Unidos y el 28 de mayo Hatoyama la despidió como ministra de Estado de Asuntos del Consumidor y Seguridad Alimentaria, Asuntos Sociales e Igualdad de Género. El 30 de mayo los socialdemócratas decidían abandonar la coalición a la vez que un sondeo Nikkei indicaba que la cuota de apoyo al primer ministro se había desplomado al 17%, 50 puntos menos que cuando empezó a gobernar. Al día siguiente, un apurado Hatoyama, sin mucha convicción, aseguraba que dimitir no entraba en sus planes. Sin embargo, saltaba a la vista que en el Minshuto cundía el pánico por lo que este hundimiento en las encuestas pudiera afectar a las elecciones senatoriales del 11 de julio, donde el oficialismo se jugaba la mayoría. Aunque Naoto Kan y otros altos dirigentes insistían en que cambiar de líder no arreglaría los problemas del país, entre los demócratas se formó un torbellino de presiones.

Así que el 2 de junio, menos de nueve meses después de llegar al cargo, siguiendo la senda transitoria de los Abe, Fukuda y Aso, y repitiendo la historia de Hosokawa en 1994 –el rostro fugaz de otro cambio truncado-, Hatoyama comunicó a sus colegas que arrojaba la toalla. Fue un día de interminables peticiones de disculpas para el presidente del partido y primer ministro cesante: disculpas a los legisladores demócratas, por haber provocado la ruptura de la coalición con su decisión sobre Okinawa, haber "causado problemas" a la gente de la prefectura, "tener a un antiguo secretario que ha sido hallado culpable de violar la Ley de Control de Fondos Políticos" y hacer que "el público haya dejado gradualmente de escucharnos"; y disculpas a la nación, porque había fracasado en el intento de "cambiar la política para que el pueblo sea su principal actor".

Todo esto era "muy desafortunado", pero en realidad lo veía como "una reflexión de mis propios fallos", continuó explicando en su comparecencia televisada, con asomo de lágrimas y cuajada de contritas inclinaciones de cabeza. Así que resignaba y de paso no se presentaría a las próximas elecciones a la Cámara alta y ponía término a su carrera política. Además, instaba a Ozawa a seguir sus pasos, presentando la dimisión como secretario general, con el fin de hacer del Minshuto "un partido más fresco y más limpio".

Tres miembros del Gobierno se perfilaban como posibles sucesores de Hatoyama: Kan, viceprimer ministro y ministro de Finanzas, Okada, ministro de Exteriores, y Maehara, ministro de Tierras, Infraestructura, Transportes y Turismo. El 4 de junio el grupo parlamentario se decantó por Kan, quien fue investido por la Dieta ese mismo día y asumió la jefatura del Gobierno el 8 de junio.

(Cobertura informativa hasta 1/7/2010)