Ariel Sharon

© UN Photo/Evan Schneider

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Actualización: 1 noviembre 2016

Israel

Primer ministro (2001-2006), ministro de Defensa (1981-1983) y de Exteriores (1998-1999)

  • (Nacido Ariel Scheinermann)
  • Mandato: 7 marzo 2001 - 4 enero 2006
  • Nacimiento: Kfar Malal, consejo regional de Drom HaSharon, Distrito Centro, 27 febrero 1928
  • Defunción: Ramat Gan, Distrito de Tel Aviv, 11 enero 2014
  • Partido político: Kadima (anteriormente, del Likud)
  • Profesión: Militar
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Presentación

En enero de 2006, un masivo derrame cerebral con resultado de coma irreversible puso repentino final a la vida política de Ariel Sharon, primer ministro de Israel desde hacía cinco años, antiguo general del Ejército y una de las grandes personalidades de Oriente Próximo, donde su polémico legado sigue plenamente vigente. Justo ocho años después, en enero de 2014, sin haberse recobrado de su estado vegetativo, el estadista falleció en un hospital de Tel Aviv a la edad de 85.

Laureado veterano de las cuatro guerras libradas por Israel con sus vecinos árabes entre 1948 y 1973, en las que adquirió una merecida fama de soldado intrépido e indisciplinado, Arik Sharon colgó el uniforme para emprender en las filas del partido conservador Likud una carrera política desde la que continuó luchando por la consecución de sus ideales sionistas de engrandecimiento del Estado, aunque al margen del judaísmo religioso. El tanque y la excavadora siguieron siendo los métodos favoritos de Sharon, visto a sí mismo como un "guerrero" al que no le temblaba la mano para golpear implacablemente a sus enemigos en el campo árabe. En 1982, siendo ministro de Defensa con Menachem Begin, ejecutó la invasión a gran escala de Líbano para aplastar a las fuerzas de la OLP y permitió el asesinato por falangistas libaneses de cientos de refugiados palestinos, crimen atroz que le obligó a dimitir y le convirtió en un paria internacional. Aunque vituperado y temido en casa, Sharon se las arregló para seguir activo en la escena doméstica desde puestos ministeriales menores, que no dudó en instrumentar para subrayar sus credenciales de halcón hostil a toda negociación con los palestinos y contrario a la descolonización de los Territorios Ocupados.

En 1998 Binyamin Netanyahu le nombró ministro de Exteriores y un año más tarde se hizo con las riendas del Likud. Sharon planteó una oposición férrea al primer ministro del Partido Laborista, Ehud Barak, por su voluntad de culminar la paz con la Autoridad Nacional Palestina sobre la base de nuevas retrocesiones territoriales y en septiembre de 2000 se paseó por la Explanada de las Mezquitas de la Ciudad Vieja de Jerusalén, gesto que fue sentido como una provocación por los musulmanes y que prendió la mecha de la segunda Intifada. Su incendiario movimiento proporcionó a Sharon, impensado ave fénix de la política israelí ya septuagenario, una victoria avasalladora en las votaciones de 2001 a primer ministro. El gran corrimiento a la derecha del electorado israelí premió la promesa del viejo general de devolver a toda costa la seguridad a Israel, golpeado por una sangrienta ola de atentados terroristas de las organizaciones extremistas palestinas, sin la cual no podría haber una "paz verdadera". La fórmula de la "paz por seguridad" reemplazó a la de la "paz por territorios", profundo cambio conceptual que, junto con la imposición de las dinámicas más violentas, vino a sepultar el Proceso de Oslo iniciado en 1993.

En el lustro que siguió, Sharon, un líder de personalidad exuberante, desembozada y artera acostumbrado a salirse con la suya, hizo y deshizo en Israel y Palestina, y desafió sin costes propios a la comunidad internacional. Con sucesivas operaciones militares contra las ciudades y los campos de refugiados palestinos, a cual más brutal y destructiva, e invocando siempre la legítima defensa, persiguió aniquilar el terrorismo palestino y de paso demolió de manera sistemática las estructuras y los símbolos de la ANP, a cuyo detestado presidente, Yasser Arafat, negó validez como interlocutor, dio por desahuciado y puso peligrosamente en la mirilla de sus tropas.

Mientras infligía matanzas impunes como las de Jenín (2002) o Jabaliya (2004) y multiplicaba los castigos colectivos, los asesinatos selectivos y las confiscaciones de tierras, el primer ministro presentaba la posibilidad, diferida a un nebuloso futuro, de un Estado palestino superreducido, desmilitarizado y subordinado, sin nuevas transferencias de territorios, sin retorno de los refugiados y sin capital en Jerusalén, y siempre que cesaran de raíz las agresiones contra Israel y que la ANP reformara sus instituciones. Con esta desvaída oferta, Sharon hacía ver a los palestinos que él no era todo intransigencia, que aspiraba sinceramente a la paz y que a su derecha había sectores muy radicales partidarios de soluciones más drásticas, luego les convenía aceptar.

Haciendo gala de unas extraordinarias astucia y habilidad, Sharon, pescador maestro en el río revuelto de los atentados del 11-S y la invasión de Irak, consiguió imponer a Estados Unidos, el vital aliado y protector de Israel, su estrategia de hechos consumados. Todo un paradigma de la política exterior de la superpotencia quedó trastocado y la mediación diplomática activa de Washington en el añejo conflicto de Oriente Próximo dio paso a la asunción pública de las tesis israelíes. La Administración Bush, condescendiente a pesar de la acumulación de desaires y abusos de confianza de su díscolo socio, aceptó el muro de seguridad, una obra declarada ilegal e injustificable por el Tribunal de La Haya, y aplaudió el Plan de Desconexión de Gaza, consistente en la evacuación unilateral de la franja, incluidos sus colonos, a cambio de la conservación permanente de casi todos los asentamientos de Cisjordania y Jerusalén oriental, a cuyo "crecimiento natural" el Gobierno no estaba dispuesto a renunciar.

Sin embargo, ambos proyectos subvertían los principios internacionales básicos de la completa retirada de los Territorios Ocupados en 1967 como condición para una paz justa y del no reconocimiento de la alteración unilateral de las fronteras. Además, pugnaban con la Hoja de Ruta, el plan de paz alternativo presentado por el Cuarteto en 2003 y que tenía como meta la solución de los dos estados, el cual Sharon primero acogió con desdén, luego dijo aceptar con una amplia lista de "reservas" y finalmente eludió cumplir, convirtiéndolo en papel mojado al dar luz verde a la construcción de miles de nuevas viviendas para colonos en Cisjordania.

El abandono total de Gaza, que hacía enmienda de su anterior valimiento a ultranza del sueño expansionista del Gran Israel, fue presentado por Sharon como una "concesión dolorosa" en aras de la paz, pero la extrema derecha nacionalista, los ortodoxos sionistas y el movimiento de colonos lo vieron como una "traición". En 2005, la retirada del apoyo de estos sectores y la desintegración del Gabinete de coalición formado tras las elecciones legislativas de 2003 fueron remediados por Sharon con la repetición del Gobierno de unidad con los laboristas, que ya había funcionado entre 2001 y 2002. Apoyado en Shimon Peres y –gran paradoja- el conjunto del centro-izquierda, Sharon consiguió ejecutar el Plan de Desconexión al tiempo que reanudaba el diálogo y escenificaba el final de una guerra de 5.000 muertos con el sucesor de Arafat, Mahmoud Abbas.

A últimos de 2005, Sharon, harto de las constantes escaramuzas con su gran rival dentro del Likud, el ex primer ministro Netanyahu, y del boicot de los conmilitones inmovilistas tomó una audaz decisión que puso patas arriba la política israelí: dio portazo al que había sido su partido desde hacía tres décadas, puso en marcha su propia agrupación de reclamadas posiciones centristas y posibilistas, Kadima, y, de común acuerdo con los laboristas, declaró finado el Gobierno y precipitó el adelanto electoral. El dirigente reclutó para su nueva aventura a varios capitostes del Likud, empezando por su hombre de mayor confianza, el viceprimer ministro Ehud Olmert, y se dispuso a conquistar un gran triunfo electoral para seguir gobernando sin rémoras, dinamitando de paso la clásica hegemonía bipartidista con la inserción de una tercera fuerza en la Knesset. Sin embargo, en enero de 2006, a menos de tres meses de los comicios, el infatigable primer ministro fue fulminado por una apoplejía que lo dejó completamente incapacitado y a las puertas de la muerte. El óbito no se produjo entonces, pero Sharon quedó sumido en un estado vegetativo del que ya no salió.

(Texto actualizado hasta enero 2014)

Biografía

1. Un historial de soldado temerario e implacable
2. Halcón en lides militares y políticas: de la guerra de Yom Kippur al Ministerio de Defensa
3. La invasión de Líbano y el escándalo de las matanzas de Sabra y Shatila
4. Retorno al primer plano de la actualidad israelí: rechazo al Proceso de Oslo, ministro con Netanyahu y líder del Likud
5. La visita a la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén: el rédito electoral de un lance incendiario
6. Sharon, primer ministro: estrategia de guerra antipalestina a ultranza en coalición con los laboristas
7. Desafío a la comunidad internacional: la masacre de Jenín y el muro de seguridad
8. Objeción de la Hoja de Ruta, derechización del Gobierno y el acorralamiento de Arafat
9. El Plan de Desconexión de Gaza, nuevas operaciones militares y tumulto en el oficialismo
10. Diálogo con Mahmoud Abbas, evacuación efectiva de Gaza y segunda alianza con los laboristas
11. Portazo al Likud, fundación del partido Kadima e incapacitación física


1. Un historial de soldado temerario e implacable

Hijo de judíos ruso-lituanos emigrados a Palestina desde el Azerbaidzhán soviético, el padre, Shmuel Scheinermann, antiguo estudiante de agronomía en la Georgia zarista y sionista convencido, cambió el apellido de la familia por la forma hebrea Sharon, que era el nombre del valle que acogía el moshav agropecuario, Kfar Malal, a pocos kilómetros al nordeste de Tel Aviv, en el que se estableció junto con su esposa en 1922. Precedido por una hermana dos años mayor, Yehudit, el niño Ariel vino al mundo en 1928 en esa cooperativa agrícola; así, el futuro militar y estadista estaba llamado a ser uno de los primeros sabras, es decir, israelíes nacidos en Palestina, en alcanzar los más altos puestos dirigentes en el Estado de Israel.

El muchacho ingresó en el movimiento sionista juvenil Hassadeh hacia 1938, cuando la armonía hogareña se resentía por la negativa de los padres, pese a simpatizar con el Mapai, el partido socialista que lideraba David Ben-Gurion, a someterse a la rígida organización asamblearia de Kfar Malal, inspirada en el comunismo soviético, lo que les había granjeado el ostracismo de sus convecinos y obligado a adoptar una especie de autarquía económica.

En 1942, con 14 años, para escapar de las desavenencias entre sus padres, Sharon se alistó en el Gadna, un batallón paramilitar juvenil dependiente de la Fuerza de Defensa Judía o Haganah. Esta era a su vez el ejército clandestino concebido para la protección de la población judía frente a los ataques de los árabes y el embrión de las futuras Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI, o Tzahal), que además estaba vinculado al mayoritario sionismo de izquierda. Mientras cursaba la educación secundaria en Tel Aviv, Sharon fue admitido en la Haganah. En 1945 la organización le envió a un curso para la formación de oficiales y dos años después le encomendó la instrucción de unidades especiales para la vigilancia de los kibbutz y demás asentamientos de colonización.

Participación en las dos primeras guerras árabe-israelíes
El 14 de mayo de 1948 concluyó el Mandato Británico de Palestina y Ben-Gurion proclamó el Estado de Israel. De inmediato, estalló la guerra abierta con los estados árabes que habían prometido liquidar la empresa sionista en Palestina. Al iniciarse las hostilidades, Sharon recibió el mando de una compañía de infantería en la Brigada Alexandroni. Antes de terminar el mes entró en combate en Jerusalén, en el curso de la primera batalla para intentar romper el asedio de los residentes judíos por la Legión Árabe –el Ejército regular jordano-, y resultó herido de gravedad.

En septiembre de 1949, una vez terminada la contienda con victoria total para Israel (que se anexionó los territorios de Palestina adjudicados por la ONU a un futuro Estado árabe así como la parte occidental de Jerusalén), Sharon fue promovido a comandante de la unidad de reconocimiento de la Brigada Golani, también conocida como la 1ª Brigada de las FDI. En 1951 se integró en la Inteligencia Militar, la Aman, donde recibió la misión de reunir información sobre las actividades guerrilleras palestinas en las fronteras con Siria y Líbano.

A partir de 1952, año en que fue exonerado temporalmente del servicio activo para tomar clases de Historia de Oriente Próximo en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Sharon comenzó a dirigir operaciones de comando contra territorio jordano a modo de represalias por los mortíferos ataques terroristas sufridos por numerosos asentamientos judíos en el área de Jerusalén. En agosto de 1953, ostentando el rango de mayor, recibió del primer ministro el encargo de organizar la Unidad 101, una sección de infantería de las FDI especializada en misiones encubiertas como sabotajes, asesinatos selectivos y otras acciones de castigo y venganza típicas de la guerra sucia que se libraba en la región. Al frente de esta controvertida unidad de élite Sharon comenzó a cimentar su fama de militar expeditivo y poco escrupuloso.

Así, el 14 de octubre de 1953 sus hombres penetraron en el pueblo cisjordano de Qibya, entonces bajo soberanía del Gobierno de Ammán, y asesinaron sin miramientos a 69 civiles palestinos, niños y mujeres en su mayoría, valiéndose de sus armas automáticas y de cartuchos de dinamita. La masacre fue condenada por Estados Unidos y el Consejo de Seguridad de la ONU, que la consideró una flagrante violación del alto el fuego de 1949, pero Sharon recibió el respaldo de Ben-Gurion. Sin embargo, el primer ministro siguió los consejos del alto mando militar y a principios de 1954 ordenó que la Unidad 101 se integrara en el 890 Batallón, o unidad de comandos aerotransportados, dando lugar a la 202 Brigada Paracaidista.

Sharon continuó en primera fila como comandante de la nueva brigada, que no tardó en demostrar sus letales capacidades. En febrero de 1955, una vez repuesto de las heridas sufridas seis meses atrás en una acción similar contra un puesto fronterizo cerca de Deir al-Balah, condujo personalmente un aparatoso raid contra posiciones egipcias en la franja de Gaza, con el resultado de 42 soldados enemigos muertos y ocho bajas propias. En octubre de 1956 el objetivo fue un fortín de la Legión Árabe en Qalqilya, Cisjordania, operación en la que perecieron 18 israelíes y cerca de un centenar de jordanos.

Pero la acción que consagró la nombradía del jefe de la Brigada Paracaidista fue la captura del estratégico paso de Mitla, corredor que comunica la desértica península del Sinaí y el extremo meridional del Canal de Suez, en noviembre de 1956, durante la invasión del Egipto nasserista y en paralelo a la intervención militar franco-británica que pretendía hacerse con el control del Canal, nacionalizado por el régimen revolucionario de El Cairo. Tácticamente brillante aunque estratégicamente imprudente y de hecho innecesario, el asalto aeroterrestre montado por Sharon costó 38 bajas en las filas israelíes.

La toma de Mitla fue el episodio más vistoso por parte israelí de esta breve guerra que se saldó sin ganancias territoriales para el Estado judío, pero a Sharon le acarreó una severa amonestación del Estado Mayor de las FDI, entonces encabezado por el general Moshe Dayan, por desobedecer las órdenes recibidas y actuar por su cuenta. Esta indisciplina, que, aguijoneada por el fragor de la lucha, iba a manifestarse de nuevo en el futuro, entorpeció el ascenso en el escalafón de Sharon, quien de lo contrario, considerando su historial repleto de medallas y servicios distinguidos, tal vez habría llegado a la cima en la profesión marcial, esto es, la jefatura del Estado Mayor de la FDI.

Desmovilizado en 1957 para asistir a un cursillo de teoría militar en la Escuela de Estado Mayor de Camberley, en Surrey, Inglaterra, al año siguiente Sharon regresó al servicio activo como comandante de la Escuela para Cuerpos de Infantería y Comandantes de Escuadrón (BISLACH), de una brigada de infantería y de una brigada blindada. Asimismo, amplió su formación académica tomando clases de Derecho en la Universidad de Tel Aviv, hasta recibir la correspondiente licenciatura.

El 2 de mayo de 1962 Sharon enviudó de su esposa desde hacía nueve años, Margalit, una judía emigrada de Rumanía y que trabajaba de enfermera en un hospital psiquiátrico; con 31 años, Margalit Sharon se mató en un accidente de tráfico sufrido en la carretera de Jerusalén a Tel Aviv, donde el vehículo Austin que conducía chocó frontalmente con un camión. Meses después, en 1963, el militar volvió a casarse y con su propia cuñada, Lily, hermana mayor de Margalit, que se ganaba la vida como pintora y decoradora de interiores. Lily Sharon se convirtió en la madrastra de su sobrino, Gur, un niño de seis años, y luego iba a ser la madre biológica del segundo y el tercer hijos de Sharon, Omri y Gilad, nacidos en 1964 y 1967, respectivamente.

Comandante impetuoso en el frente egipcio de la Guerra de los Seis Días
La llegada del general Yitzhak Rabin a la jefatura del Estado Mayor en 1964 fue el revulsivo que la estancada carrera militar de Sharon necesitaba. Ese mismo año fue nombrado jefe del Comando Norte, que vigilaba al Ejército sirio en la región de Galilea, y en 1966 fue puesto al frente del Departamento de Instrucción del Ejército. La guerra de los Seis Días, iniciada el 5 de junio de 1967 como un ataque sorpresa de las FDI contra Egipto, Siria y Jordania, empujó hacia arriba la trayectoria castrense de Sharon, siempre deseoso de entrar en acción.

Promovido a general de división para la circunstancia, su unidad de caballería, la 138 División Acorazada de Reserva, fue una de las cuatro puntas de lanza que emprendieron la galopada hacia el Canal de Suez, conquistando Abu Ageila, alcanzando el paso de Mitla -ocupado ya por los paracaidistas- y continuando hasta la misma orilla del Canal en el área de Suez en tan solo dos días, provocando con ello el derrumbe de las defensas egipcias.

Con todo, la mayor fama y la gloria se las llevaron los generales Dayan, ministro de Defensa, y Rabin, jefe del Estado Mayor, quienes se personaron en el Muro de las Lamentaciones tan pronto como la parte oriental de Jerusalén y los Santos Lugares fueron arrebatados al Ejército jordano. Además del Sinaí y Jerusalén oriental, Israel salió de esta fulminante campaña engrandecido con los territorios de Gaza, Cisjordania y los Altos del Golán, puestos todos bajo un régimen de ocupación militar. De regreso del campo de batalla en el Sinaí, Sharon se encontró con que la fatalidad volvía a cebarse con su familia. El 4 de octubre de 1967, su primogénito, Gur, con 11 años, resultó muerto de un disparo efectuado accidentalmente mientras jugaba con unos amigos con una vieja pistola cargada de pólvora. Según relatos periodísticos que recogen el suceso, el niño expiró en los brazos de su desolado padre cuando éste lo conducía en coche hasta el hospital.


2. Halcón en lides militares y políticas: de la guerra de Yom Kippur al Ministerio de Defensa

En 1969 Sharon fue nombrado jefe del Comando Sur del Estado Mayor, con lo que se puso al frente de las operaciones encuadradas en la llamada guerra de desgaste, el conflicto intermitente y de baja intensidad que hasta 1970 continuaron librando las FDI y el Ejército egipcio. En Gaza, además, combatió a los fedayines palestinos de la OLP.

El general tenía puesto el ojo en la jefatura del Estado Mayor, pero en diciembre de 1971 el Gobierno laborista de Golda Meir se decantó por David Elazar como recambio de Haim Bar-Lev. Frustrado, en julio de 1973 el héroe del Sinaí decidió pasar a la reserva militar, montar un negocio agropecuario en el desierto del Neguev, para lo que adquirió una inmensa hacienda, y, más importante, meterse en política. En parte porque guardaba resentimiento a las élites laboristas que habían gobernado el Estado desde la independencia y con cuyos ideales de hecho había simpatizado, Sharon se ofreció a la oposición derechista como un fichaje del que andaban muy necesitados: un héroe de guerra con tirón popular para encabezar una lista de candidatos.

En septiembre de 1973 Sharon fue uno de los artífices del Likud (Consolidación), bloque formado por la alianza Gahal, que integraban a su vez los partidos Herut (Libertad) de Menachem Begin y Liberal (Libralit) de Peretz Bernstein, más dos pequeñas formaciones de la extrema derecha nacionalista.

Hazañas en los campos de batalla de Suez y el Sinaí
Begin fue designado líder del bloque y Sharon obtuvo un puesto destacado en las listas del Gahal de cara a las elecciones generales que debían celebrarse en octubre. Sin embargo, un nuevo estallido bélico, el sorpresivo ataque de Egipto y Siria en la festividad judía del Yom Kippur, el 6 de octubre, dejó en suspenso todos los tejemanejes políticos y reclamó con urgencia a Sharon, que volvió a enfundarse el uniforme. El general regresó a toda prisa al terreno que conocía a la perfección, el área del Sinaí próxima a Suez, al mando de la 143 División Acorazada de Reserva. El primer día de la guerra Sharon desobedeció la orden de Dayan de replegarse a posiciones defensivas 120 km al este del Canal ante el riesgo de ser copado por la avalancha de las tropas egipcias, que estaban mucho mejor entrenadas y pertrechadas que en 1967.

El alto oficial israelí no sólo no se retiró, sino que optó por contraatacar: al frente de sus tropas, cruzó la lengua de mar e instaló una precaria cabeza de puente en la orilla egipcia, abriendo así una brecha en la retaguardia enemiga. Sin embargo, esta audaz maniobra de diversión dejaba a sus hombres peligrosamente expuestos en casi todos los flancos, así que terminó acatando las enérgicas órdenes de su superiores para que volviera a vadear el Canal y se atrincherara en la orilla derecha. Las ansias de pelea de Sharon encontraron desahogo el 15 de octubre, cuando el Estado Mayor ordenó la contraofensiva general en el Sinaí. Entonces, el general atravesó el Canal por el área de los Lagos Amargos y estableció una sólida cabeza de puente a modo de cuña entre el II y el III ejércitos egipcios, situados respectivamente al norte, entre Port Said e Ismailía, y al sur, entre Ismailía y Suez.

En los días siguientes, Sharon, con miles de soldados y cientos de tanques de refuerzo bajo sus órdenes, profundizó su incursión en la retaguardia egipcia en varias decenas de kilómetros, llegando hasta los arrabales de Ismailía y cortando la carretera El Cairo-Suez, lo que completó el cerco del III Ejército egipcio adelantado en el Sinaí, que vio yuguladas sus líneas de suministros. La perspectiva de una catástrofe militar egipcia que Sharon, con su furioso arrojo, estaba a punto de provocar, apremió al presidente Anwar as-Sadat a aceptar un armisticio que fue firmado el 11 de noviembre.

Sharon, ya ampliamente conocido como Arik, salió de su cuarta guerra más aureolado que nunca, de manera que en las elecciones legislativas del 31 de diciembre no tuvo dificultad para ganar el escaño en la Knesset o Parlamento como candidato del Gahal. Pese a la animosidad general contra el Partido Laborista (Avoda) de Meir, Dayan y Shimon Peres, y contra los mandos militares por su imprevisión y sus desaciertos en la reciente conflagración bélica, el Likud, con 39 escaños, volvió a fracasar en las urnas. Al inquieto Sharon le debió aburrir la actividad como diputado de la oposición, ya que al cabo de un año, el 23 de diciembre de 1974, dejó la Knesset y, aspirando a puestos de más enjundia, se aproximó al Avoda en el poder.

Sharon aceptó comandar un cuerpo de la reserva acorazada de las FDI y como tal se encargó de la pacificación de la franja de Gaza, densamente poblada por palestinos. La brutalidad de sus métodos represivos levantó tales protestas en la opinión pública israelí que el Gobierno hubo de cesarlo a mediados de 1975. A cambio, se puso al servicio de Rabin, primer ministro laborista en sustitución de la dimitida Meir, como asesor especial de seguridad. Su nuevo cometido civil duró aún menos que el mandato parlamentario, ya que en marzo de 1976 se despidió de Rabin para reactivar su apenas rodada carrera política. Primero intentó regresar al Likud, pero Begin le vetó por urdir en su contra una intriga que pretendía desbancarlo del mando del bloque y reemplazarlo por el liberal Simha Erlich. A continuación, se dirigió otra vez al Avoda y a un partido centrista de nuevo cuño, el Movimiento Democrático por el Cambio, encontrando sus puertas cerradas también.

Visto que ninguna agrupación quería tenerlo en sus filas, Sharon optó por poner en marcha su propia fuerza política, el Partido de la Paz de Sión, Shlomtzion, con el que volvió a la Knesset tras las elecciones del 17 de mayo de 1977. Sharon, perseguido por su reputación de mílite individualista e intratable, y el pedagogo Yitzhak Yitzhaky fueron los únicos candidatos del Shlomtzion que sacaron el escaño.

Anclaje político en el Likud con un pensamiento de expansionismo sionista
La visión política de Sharon, pese a sus prolongados coqueteos con el laborismo, era parangonable al sionismo revisionista más recalcitrante: abrazaba con ardor la noción del Eretz Yisrael, el Gran Israel bíblico, presentada como la garantía de unas fronteras estatales seguras frente a la hostilidad indeclinable de los estados árabes y los palestinos. Ello suponía anexar al Estado la totalidad de Jerusalén, el Golán y Cisjordania, territorio este último, llamado Judea y Samaria por Israel, que sería abierto de par en par a la colonización judía. Sharon llegó a proponer la expulsión de todos los palestinos de Cisjordania y su transferencia a Jordania, que consideraba el Estado natural por ellos reclamado.

Cuando Begin, ganador de los comicios de 1977, se dirigió a él en busca de aliados para dotar de mayoría absoluta a su futuro Gobierno, Sharon no se lo pensó dos veces y fusionó el Shlomtzion en el Likud, que presentaba planteamientos nacionalistas muy similares. En el Gabinete de amplia coalición y de fuerte perfil derechista y religioso que Begin alineó el 21 de junio, Sharon figuró como ministro de Agricultura y además se hizo cargo del Comité interministerial de Colonización, que tenía jurisdicción sobre los asentamientos en Cisjordania, e ingresó en el Comité interministerial de Defensa. Cuando Begin fue preguntado por las razones de este nombramiento, el veterano líder conservador declaró: "los árabes respetan la fuerza, y Sharon la encarna".

Mientras Begin negociaba un Tratado de Paz por separado con Egipto que iba a requerir la devolución del Sinaí arrebatado en 1967, Sharon se encargó de acelerar la construcción de colonias en Cisjordania, política de hechos consumados que incumplía flagrantemente la segunda demanda de Sadat, cual era la creación de una autonomía para los palestinos en los Territorios Ocupados, estatus que eventualmente podría dar lugar a una entidad soberana.

El llamado ministro de los bulldozers concitó las iras de los palestinos al arrasar ancestrales poblados árabes de Judea, Samaria y Galilea para levantar con la misma rapidez nuevos asentamientos judíos, cuyo número duplicó en el tiempo que estuvo en el cargo. El celo expansionista de Sharon le llevó muchas veces a anticiparse a las decisiones de la Knesset, e incluso a tolerar la "colonización salvaje" del Sinaí. La misma perseguía boicotear la devolución del territorio a Egipto tal como estipulaban los Acuerdos de Camp David de septiembre de 1978. Sin embargo, tras la firma del Tratado de Paz de marzo de 1979 Sharon no tuvo más remedio que colaborar con el Ministerio de Defensa, encabezado por el propio Begin desde 1980, para la desocupación escalonada del territorio.

Igual pasión colonizadora, aunque esta vez con el respaldo del Gabinete, adoptó el general retirado en el Golán sirio, como prolegómeno de su anexión formal el 14 de diciembre de 1981. Aunque no era entonces ni lo iba a ser después un hombre religioso, el ministro dio su apoyo al Gush Emunim, el Bloque de los Creyentes, un movimiento político-religioso que, esgrimiendo argumentos mesiánicos y bíblicos, perseguía la absorción por el Estado de todos los territorios poseídos por los antiguos reinos hebreos en el Levante de Oriente Próximo.

Después de las elecciones del 30 de junio de 1981, en las que renovó su escaño, Sharon recibió de Begin la codiciada cartera de Defensa como premio a su contribución a la ajustada victoria del Likud, que con el 37,1% de los votos y 48 diputados prácticamente empató con el Avoda. El 5 de agosto el temible halcón de halcones de la política israelí se puso al frente de los asuntos de la milicia con el traje de civil, alta posición desde la que iba a dar pábulo a la controversia y, seguidamente, al mayor escándalo doméstico en la historia del Estado de Israel.


3. La invasión de Líbano y el escándalo de las matanzas de Sabra y Shatila

Deseoso de poner fin de una vez por todas al "problema palestino", el equipo de Begin, con Sharon como más entusiasta paladín, planeó la invasión a gran escala de Líbano, origen de las incursiones de los fedayines contra el norte de Israel y cuartel general de la OLP de Yasser Arafat desde su expulsión de Jordania en 1970.

Belicoso paladín de Paz de Galilea
El vecino país de los cedros ya había sido objeto de una invasión limitada en marzo de 1978, cuando las FDI llegaron hasta el río Litani, justo al norte de Tiro, pusieron en fuga a los efectivos locales de la OLP y luego, acatando el mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, procedieron a replegarse, pero no sin dejar la franja de terreno comprendida entre el Litani y la frontera vigilada por una milicia libanesa aliada, el Ejército del Líbano Libre del comandante Saad Haddad, quien luego reorganizó a sus huestes como el Ejército del Sur del Líbano (ESL).

La Operación Paz de Galilea comenzó el 6 de junio de 1982 con la participación de 75.000 soldados, 800 carros de combate, 1.500 vehículos blindados y más de 600 aviones. Compartiendo el mando estratégico con Begin y el mando táctico operativo con el general Rafael Eitan, jefe del Estado Mayor, Sharon condujo al Tzahal a las tomas de Tiro, Sidón, Nabatiyah, el distrito de Chouf y, a partir del día 13, el sector oriental de la capital, Beirut, y el adyacente distrito de Baabda, derrotando a todas las fuerzas irregulares palestinas y regulares sirias salidas a su encuentro, y reduciendo a la impotencia al presidente cristiano maronita, Elías Sarkis, y al desvanecido Ejército regular libanés. Arafat, su estado mayor y el grueso de los combatientes de la OLP, cuya liquidación física se pretendía, quedaron cercados en la parte occidental de Beirut, en la zona de mayoría musulmana.

Sharon había prometido una exitosa guerra relámpago de 48 horas, pero ahora las FDI se exponían a enzarzarse en una penosa lucha callejera con las milicias palestinas y sus aliadas libanesas. Begin ordenó arrasar las áreas bajo control de la OLP en Beirut occidental con bombardeos indiscriminados por tierra, mar y aire, pero las presiones internacionales le obligaron a aceptar la evacuación de Arafat y sus hombres bajo la protección de un contingente militar multinacional, operación que duró del 21 de agosto al 1 de septiembre. A esas alturas, Paz de Galilea arrojaba un balance estremecedor: unos 17.000 palestinos y libaneses, civiles en su mayoría y 5.000 de ellos en Beirut, habían muerto, mientras que las FDI contaban en sus filas más de 600 bajas mortales y unos 3.000 heridos. Toda la mitad sur de Líbano, ya destrozada por la guerra civil a múltiples bandas que desangraba el país desde 1975, era un campo de ruinas.

Las implicaciones personales de una masacre histórica
Sharon dio por cumplidos los objetivos de la invasión. Pero el 15 de septiembre, al día siguiente de ser asesinado el presidente cristiano electo, Bashir Gemayel -jefe del partido derechista maronita Kataeb, la Falange, mortal enemigo de la OLP y por esa razón aliado tácito de los israelíes- en un atentado orquestado por la inteligencia siria, ordenó a las tropas ocupar Beirut occidental para aplastar los últimos focos de resistencia de las milicias libanesas izquierdistas, una decisión que, se aseguró entonces, no fue consultada con Begin.

Al mismo tiempo, Sharon no vaciló en conectar a la OLP, pese al enérgico mentís del exiliado Arafat, con el asesinato de Gemayel. El 16 de septiembre de 1982, poniendo un horrible colofón a esta cadena de hechos acreedores de la execración mundial, milicianos falangistas, para vengar el magnicidio de su jefe, penetraron en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila en Beirut occidental y hasta el día 18 se dedicaron a asesinar impunemente a sus moradores, muchos de ellos mujeres, niños y ancianos, en un número nunca esclarecido a gusto de todos pero que sin duda fue elevadísimo.

Fuentes judiciales y de la inteligencia israelíes establecieron el balance de víctimas en las 460 como mínimo y en las 800 como máximo, cifras en las que se movieron los partes de la Cruz Roja, la Policía libanesa y la mayoría de las cabeceras de prensa occidentales. Sin embargo, algunos medios informativos hablaron de más de 1.000 asesinados y la propia OLP cifró los muertos entre 3.000 y 3.500. La implicación de Israel en tan espantoso crimen pareció incuestionable desde el primer momento, ya que las FDI y la Aman controlaban el sector y con toda seguridad estaban al tanto de los planes de las Fuerzas Libanesas afines al Kataeb y cuyo comandante era el maronita Elie Hobeika.

De haberlo querido, los militares israelíes habrían, no ya interrumpido, sino impedido la matanza. De hecho, el propio Sharon reconoció el 21 de septiembre que la entrada de las Fuerzas Libanesas en los campos había sido expresamente autorizada por las FDI. Las indagaciones posteriores sacaron en claro que los militares israelíes no sólo habían dejado pasar a los milicianos maronitas, sino que les habían dado apoyo logístico y cubierto las espaldas.

La horrenda masacre de Sabra y Shatila desencadenó un enorme revuelo internacional y abrió un trauma sin precedentes en la sociedad israelí, cuyos sectores izquierdistas y pacifistas se echaron a las calles de Tel Aviv y Jerusalén para clamar indignados contra el Gobierno del Likud. Sharon, escarnecido como "señor de la guerra", "carnicero de Líbano" y -en una alusión irónica a sus ardores sionistas-, "rey de Jerusalén", se convirtió en el símbolo personificado de las contradicciones de un país que se preguntaba dónde estaba el límite entre la legítima defensa y el expansionismo vengativo y cruel. La tormenta doméstica no amainó y Sharon fue uno de los nueve altos dirigentes del Gobierno y el Ejército que hubieron de comparecer a testificar ante la Comisión especial encabezada por el juez Kahan, presidente del Tribunal Supremo. La Comisión fue puesta en marcha el 10 de octubre para investigar la matanza de civiles palestinos cometida en Líbano y depurar las posibles responsabilidades, a priori indirectas, de los mandos políticos israelíes.

El 7 de febrero de 1983, después de declarar Sharon "no haber imaginado jamás" que tal tragedia pudiera llegar a producirse, la Comisión Kahan concluyó que el ministro de Defensa tenía una "responsabilidad personal" en los hechos al haber incurrido en un "grave error cuando ignoró el peligro de los actos de venganza y derramamiento de sangre por los falangistas contra la población de los campos de refugiados", en vista de lo cual recomendaba su destitución. El 14 de febrero, no sin resistirse a acatar el fallo del juez, Begin convenció a Sharon para que dimitiera como ministro de Defensa, pero, en señal de solidaridad, le mantuvo en el Gobierno en calidad de ministro sin cartera. Meses después, fue el propio Begin el que no pudo sostenerse, viéndose impelido a renunciar como primer ministro y líder del Herut.

Un largo período en el segundo plano
Para Sharon este fue el punto más bajo de su carrera, que si hubiese sido la de cualquier otro habría quedado finiquitada en el acto. Pero él se aprestó a aguantar el temporal y a regresar al proscenio político en cuanto se le presentara la primera oportunidad. Su espera no fue dilatada.

En el Gobierno de unidad nacional formado por el laborista Shimon Peres en septiembre de 1984, al cabo de unos comicios en los que cosechó su segunda reelección consecutiva en la Knesset, el ex militar fue recuperado como titular de Industria y Comercio, un ministerio poco susceptible de generar polémicas. En el mismo se mantuvo Sharon hasta el que el 12 de febrero de 1990 presentó la dimisión como desenlace de su enfrentamiento con el entonces primer ministro y líder del Likud, Yitzhak Shamir, al que acusó de "no hacer nada para liquidar el terrorismo", en referencia al levantamiento popular palestino, la Intifada, estallado en diciembre de 1987 en los Territorios Ocupados. Sharon no escondía su ambición de hacerse con el liderazgo del Likud, pero su estigma libanés era por el momento un hándicap insuperable.

La espantada del pugnaz político sólo fue el preludio de la ruptura del Gobierno de unidad nacional; marchado el Avoda el 13 de marzo en protesta por la renuencia de Shamir a emprender conversaciones con la OLP, el 11 de junio aquel recompuso el Gabinete dando entrada en el mismo a los partidos ortodoxos y de la extrema derecha. Sharon se reenganchó al frente de su ministerio favorito, el de Vivienda y Construcción, desde el que aceleró la maquinaria colonizadora. Hasta el final de la legislatura, Sharon estuvo activo también en el Comité Interministerial de Defensa y presidió el nuevo Comité encargado de supervisar la inmigración de los judíos soviéticos.


4. Retorno al primer plano de la actualidad israelí: rechazo al Proceso de Oslo, ministro con Netanyahu y líder del Likud

La victoria del Avoda en las elecciones del 23 de junio de 1992 y la subsiguiente formación por Rabin, el 13 de julio, de un Gobierno comprometido con la compleción del proceso de paz abierto con palestinos, sirios y jordanos en la Conferencia de Madrid de 1991 mandaron al Likud a la oposición por primera vez desde 1977. Sharon se mantuvo activo en la política desde su escaño en la Knesset, pero encontró más tiempo para dirigir sus negocios agropecuarios en su rancho del Neguev, que le estaban convirtiendo en uno de los ganaderos más adinerados del país.

Los años a remolque de Binyamin Netanyahu
Tras el revés del partido en las urnas, Sharon manifestó su intención de competir por el liderazgo del Likud, del que se despedía el añoso Shamir, pero la constatación de sus mínimos apoyos le aconsejó no participar en la elección interna de marzo de 1993. La misma fue ganada por el antiguo soldado de operaciones especiales, diplomático y viceministro de Exteriores Binyamin Netanyahu, un enérgico vocero de las tesis de mano dura con el terrorismo y opuesto a cualquier retrocesión territorial a los palestinos.

En los cuatro años siguientes, Sharon alzó su voz para fustigar los sucesivos acuerdos suscritos por el Gobierno laborista y la OLP en el histórico marco de los Acuerdos de Oslo y la Declaración de Principios de Washington de agosto y septiembre de 1993, que alumbraron un autogobierno interino palestino en Gaza y las ciudades de Cisjordania, la Autoridad Nacional Palestina (ANP, si bien el término "nacional" para referirse a la autonomía era omitido por los israelíes y de hecho no constaba en los documentos firmados). La ANP echó a andar en 1994 sobre las bases de la transferencia de soberanía competencial y la retirada militar israelí por etapas. Además, Rabin se comprometió a negociar al cabo de cinco años los aspectos cardinales del naciente proceso de paz, a saber, la jurisdicción sobre Jerusalén, el retorno de los refugiados, la definición de las fronteras y el estatus definitivo de la entidad palestina.

Nostálgico de las campañas guerreras que habían puesto a Damasco, Ammán o Suez en la mirilla del Tzahal, y enemigo jurado de cualquier concesión a los palestinos (en junio de 1994 aseguró "lamentar" que Israel no hubiera tenido éxito en el pasado en sus "grandes esfuerzos" por matar a Arafat), Sharon se mantuvo en la reserva política, aguardando el momento en que el electorado reclamara el retorno del Likud al poder. Aunque seguía concitando bastante rechazo entre sus paisanos, más por temor a sus excesos que por verdadera animadversión, Sharon no dejó de cultivar una abultada base de simpatizantes en el campo más derechista, en el movimiento colonizador y entre los religiosos ultraortodoxos, a los que ofrecía perspectivas de su agrado con talante populista.

El 29 de mayo de 1996 el Likud, beneficiado por el ambiente de frustración y ansiedad instalado en la opinión pública a raíz del asesinato de Rabin por un fanático ultranacionalista en noviembre de 1995 y de la brutal campaña de atentados terroristas suicidas iniciada en abril de 1994 por el movimiento de resistencia islámico palestino Hamás, enemigo jurado del proceso de paz, contra objetivos civiles de dentro del Estado, ganó las elecciones generales por partida doble. En la votación a primer ministro, Netanyahu, cuyo lema era paz con seguridad, batió por la mínima al titular del oficialismo que aspiraba a la reelección, Peres, mientras que en las legislativas, la lista conjunta formada con los partidos Gesher de David Levy y Tzomet del ex general Eitan sacó una exigua mayoría de 32 escaños con el 25,1% de los sufragios.

El 18 de junio de 1996 Netanyahu alineó con la pléyade de partidos, siete, del arco derechista-ortodoxo un Gobierno de coalición en el que no podía faltar Sharon, que, con su sexto mandato parlamentario consecutivo recién estrenado, recibió un ministerio creado ex profeso para él, Infraestructuras Nacionales. El nuevo primer ministro y superior partidista, de hecho, hablaba su lenguaje: no al Estado palestino, no a la devolución del Golán a Siria, no a la partición de Jerusalén, irrenunciable "capital eterna e indivisible" de Israel, y no al principio de paz por territorios, que era el leitmotiv de los Acuerdos de Oslo. Para Netanyahu y Sharon, y para el segundo aún con fuertes reticencias, lo más que cabía negociar con Arafat era una paz a cambio de paz, que otorgaría a su pueblo una autonomía de tipo administrativo, limitada en competencias y en territorios. Lo esencial de Cisjordania debía permanecer bajo la soberanía política y el control militar israelíes.

Con el visto bueno de Netanyahu, en marzo de 1997, al poco de firmarse con la ANP el Protocolo especial para la retrocesión parcial de Hebrón, las excavadoras de Sharon empezaron a construir un gran barrio judío en Har Homa, en los arrabales de Jerusalén oriental anexados de Cisjordania a su jurisdicción municipal. La expansión colonial de Har Homa fue otra maniobra destinada a reforzar la reclamación israelí sobre toda la ciudad, incluidos los sectores de mayoría musulmana, y provocó, con la reacción violenta de los palestinos, un parón decisivo en el ya renqueante proceso de paz. El 7 de julio de 1997 año Sharon fue integrado con funciones consultivas en el equipo gubernamental que llevaba las negociaciones con la ANP. Siempre en el extremo de los remisos, allí dejó a las claras su antagonismo al plan de Estados Unidos de otorgar a la autonomía palestina un 13% adicional de Cisjordania, pues consideraba que toda entrega territorial superior al 9% dejaba a Israel cojo de seguridad e indefendible.

Netanyahu y Arafat sellaron el acuerdo de retrocesión en Wye Plantation, Estados Unidos, el 23 de octubre de 1998, 14 días después de nombrar el primero a Sharon ministro de Asuntos Exteriores en sustitución del dimitido (la renuncia se remontaba a enero) David Levy, un nombramiento que aplacó a los elementos de la coalición más escorados a la línea dura. En Wye, Sharon negó el saludo que, ante las cámaras, le dirigió Arafat cuando se disponían a entrar en la sala de conferencias. Titular de la oficina desde el 13 de octubre, a tiempo para integrarse en las enfebrecidas negociaciones de Wye, Sharon retuvo la cartera de Infraestructuras, una concentración de atribuciones que le convirtió en el número dos indiscutible del Gabinete.

Casualidad o no, el aumento de la influencia de Sharon coincidió con la decisión por Netanyahu, en diciembre de 1998, de dejar en suspenso la aplicación del Memorándum de Wye entre acusaciones a la ANP de incumplimiento de las garantías dadas sobre la no proclamación del Estado palestino y la anulación de la amenaza terrorista que suponían Hamás y la Jihad Islámica, pese a que muchas de sus infiltraciones suicidas partían de territorios no transferidos.

La derrota electoral de 1999 como trampolín a la jefatura del partido
En las elecciones generales del 17 de mayo de 1999, anticipadas con el visto bueno de Netanyahu para oxigenar un curso político asfixiado por las turbulencias del Gobierno, pasto de las defecciones y los escándalos, y por las graves trifulcas internas de su principal integrante, el Likud y el primer ministro fueron derrotados por el Avoda y su nuevo líder, Ehud Barak, otro general retirado con una hoja de servicios atiborrada de méritos y condecoraciones –aunque sin los desacatos y baldones de Sharon, lo que le había permitido alcanzar la jefatura del Estado Mayor- y considerado el heredero político del malogrado Rabin. Netanyahu presentó de inmediato la dimisión y Sharon asumió con carácter interino la jefatura de un partido minado por las disputas y las deserciones sufridas en los últimos años, que protagonizaron dirigentes del calibre de David Levy, Benny Begin, Dan Meridor y Yitzhak Mordechai, todos ellos ministros dimitidos o cesados.

El 6 de julio de 1999 Sharon cesó en el Ejecutivo con la asunción del Gobierno de Barak –Levy le relevó en Exteriores- e inició su andadura, por el momento sólo provisional, como líder de la oposición y candidato potencial a primer ministro, perspectiva que nadie habría creído factible hacía poco y que era vista con aprensión por la mayoría de los habitantes de la región, tanto árabes como judíos. La ambición política perseguida sin disimulos desde hacía más de una década estaba a punto de hacerse realidad. El 2 de septiembre de 1999 Sharon fue confirmado en la presidencia del Likud con el 53% de los votos efectuados por los militantes, derrotando las postulaciones del alcalde de Jerusalén, Ehud Olmert, y del ex ministro de Finanzas Meir Sheetrit.

El jefe derechista, que el 25 de marzo de 2000 enviudó de su esposa Lily, victima de un cáncer de pulmón, planteó una oposición destructiva al precario Gobierno de coalición forjado por Barak, contra el que lanzó abundantes diatribas y mociones de censura. Esta labor de zapa contribuyó al resquebrajamiento de un ejecutivo atrapado por las insuperables diferencias en su seno en torno a la decisión del primer ministro de aplicar los acuerdos de Wye y de alcanzar un tratado de paz definitivo con la ANP en 2000, una vez vencido el cronograma de cinco años establecido por los Acuerdos de Oslo. Pero esa perspectiva se reveló irrealizable el 25 de julio de ese mismo año cuando las negociaciones cara a cara en Camp David entre Barak y Arafat terminaron en un rotundo fracaso a causa del estatus de Jerusalén, sobre el que no había manera de acercar posturas siquiera, entrando la situación en un tenso punto muerto.


5. La visita a la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén: el rédito electoral de un lance incendiario

El 28 de septiembre de 2000, bajo este clima de pesimismo general, Sharon, protegido por una nube de guardaespaldas, sonriente, portando gafas de sol y avanzando con sus célebres andares bamboleantes (descritos alguna vez como los propios de una "mezcla de cowboy y oso polar"), realizó una inesperada visita a la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén, lugar sagrado del Islam sito en la Ciudad Antigua del sector oriental.

Este exiguo perímetro, nexo del Barrio Musulmán con el Barrio Judío, era el nudo gordiano al final del camino iniciado hacía nueve años en la Conferencia de Madrid y materia hipersensible por su excepcional significado religioso para musulmanes y judíos. Para el Islam, la Explanada, conocida por ellos el Noble Santuario, era especialmente santa porque acogía el Santuario de Omar, o Domo de la Roca, el lugar donde según la tradición el Profeta Mahoma tuvo su revelación divina del Cielo en el curso de su Viaje Nocturno, y la Mezquita de Al Aqsa. La pujante ortodoxia israelí reclamaba a su vez la Explanada como el Monte del Templo bíblico (Har HaBayit, también llamado Moriah), vinculado a la llegada del Mesías esperado por los judíos y parte de un todo con el contiguo Muro de las Lamentaciones, a su vez único vestigio del desaparecido Segundo Templo.

Con su paseo por el lugar, que pese a pertenecer a un territorio urbano conquistado militarmente en 1967 y anexado de hecho al Estado por la ley básica de 1980 permanecía bajo custodia de la autoridad árabe musulmana y ponía fuertes restricciones al acceso de los judíos –además, los fieles que conseguían visitarlo tenían prohibido orar en él-, Sharon enviaba un nítido mensaje a la opinión pública: Jerusalén era innegociable, y los ultranacionalistas y ortodoxos estaban en su derecho de reclamar el control efectivo del recinto. Para el mundo árabe y los palestinos, la acción desafiante de Sharon era una provocación en toda regla –portavoces laboristas emplearon esa misma expresión-, aunque los observadores internacionales coincidieron en señalar que el "viejo zorro" de la política israelí y experto conocedor de las reacciones de los árabes sabía muy bien lo que se hacía.

Ignición de la segunda Intifada y colapso del Proceso de Oslo
Los disturbios prendidos en el recinto sagrado nada más marcharse Sharon se extendieron rápidamente a otros puntos de Jerusalén y sólo unas horas más tarde a Gaza, las ciudades controladas por la ANP y el resto de la Cisjordania ocupada. Los enfrentamientos con las FDI dejaron varias decenas de muertos sólo en las primeras 48 horas del estallido de violencia. La revuelta general palestina, de hecho una segunda intifada, con su espiral mortífera de represalias y contrarrepresalias, llevándose los palestinos con mucho la peor parte al movilizar las FDI una capacidad de fuego desconocida en los Territorios y más propia de las pasadas contiendas bélicas con los países árabes vecinos, taponó los últimos resquicios de confianza entre palestinos y judíos, y abocó al atribulado proceso de paz de Oslo al colapso.

Calificado prematuramente de "cadáver político" por su provocadora acción, Sharon, por el contrario, recibió encendidas adhesiones desde sectores externos al Likud. A medida que Barak, que no desautorizó al líder derechista pese a cargar con las consecuencias de su acto, se hundía en el descrédito, que la violencia terrorista y partisana palestina segaba decenas de vidas israelíes, civiles y militares, y que la hostilidad al Estado judío se agigantaba en el mundo árabe, la opinión pública nacional fue deslizándose hacia posiciones favorables a las tesis de mano dura, las advertencias belicistas y la intransigencia de quien se consideraba a sí mismo un "guerrero", tal como rezaba el título de su libro de memorias publicado en 1989 y próximo a reeditarse: Warrior: The Autobiography of Ariel Sharon.

Después de precipitar la convocatoria de elecciones anticipadas a primer ministro en 2001 con el planteamiento a Barak de un elenco de exigencias tan riguroso que el apurado dirigente laborista no podía satisfacer, Sharon puso a punto su candidatura. Y eso a pesar de que en el Likud existían fuertes preferencias por Netanyahu, al que la Knesset, al cabo de un corto período de ostracismo, despejó su retorno triunfal merced a una ley que facultaba a quienes no eran diputados formalizar sus aspiraciones a encabezar el Ejecutivo. Según encuestas periodísticas, el Likud batiría con facilidad a Barak si su candidato fuera Netanyahu, pero Sharon no cejó en su aspiración y se mostró dispuesto a batallar en unas votaciones primarias. Cuando los nuevos sondeos reflejaron que Sharon, lejos de ser un candidato problemático, estaba ganado una aceptación masiva, Netanyahu arrojó la toalla y el 1 de enero de 2001 respaldó la aspiración de su antiguo ministro.

Sharon noquea al laborista Barak en las elecciones a primer ministro
Sharon desarrolló una campaña populista, repleta de guiños a los influyentes partidos religiosos y los rabinos ortodoxos (oraciones en el Muro de las Lamentaciones), así como al colectivo de inmigrantes rusojudíos (alocuciones en el idioma de sus padres). En cuanto a los tratos con los árabes, indicó que su interés principal era hacer la paz con Siria, frente en el que veía menos complicaciones, a pesar de reiterar que el Golán debía permanecer en manos israelíes.

Sus ofrecimientos a los palestinos ("nunca les he humillado, me respetan y les respeto; saben que pueden confiar en mí, que digo lo que pienso y que hago lo que prometo") fueron igualmente contradictorios, pues si por una parte habló vagamente de un Estado palestino desmilitarizado, por la otra descartó la retrocesión de nuevas áreas en Cisjordania -lo que, de cumplirse, dejaría a la entidad palestina reducida a una mínima expresión territorial-, el desmantelamiento de asentamientos, la capitalidad compartida de Jerusalén y el retorno de los refugiados. Para Sharon, lo esencial y prioritario era la seguridad de Israel; una vez afianzada ésta, afirmaba, se abriría camino la paz, que en sus labios sonaba más a una mera no beligerancia. Arafat, tildado por Sharon de "asesino" y "mentiroso" a lo largo de la campaña, afirmó que la llegada al poder de la vieja bestia negra de los palestinos sería un "desastre" para todo el mundo, aunque aseguró estar abierto al diálogo.

El 6 de febrero de 2001, pulverizando todos los pronósticos, Sharon machacó a Barak con el 62,4% de los votos. Nunca antes el Likud se había impuesto al Avoda con semejante rotundidad. Tras conocer los resultados, el triunfador advirtió que no iba a negociar nada con los palestinos en tanto continuaran las algaradas y los atentados, de los que culpó directamente a la dirección de la ANP como planificadora e instigadora. Igualmente, Sharon se declaró desvinculado de las últimas ofertas posibilistas de Barak sobre la evacuación de la gran mayoría de Cisjordania y la división de Jerusalén, y en particular del prometedor acuerdo de principio no escrito, alcanzado semanas atrás en unas conversaciones ministeriales en Taba, sobre el reconocimiento de un Estado palestino con capital en un Jerusalén con soberanía bizonal y delimitado por las fronteras de 1967.

Sin dudarlo un instante, Sharon ofreció un Gobierno de unidad nacional a los laboristas, que, sumidos en el caos tras la debacle electoral, acogieron la propuesta con división de opiniones. Barak, dimitido al frente del partido, y Peres aceptaron las carteras de Defensa y Exteriores, respectivamente, pero luego el primero se autodescartó, no sin declarar caducadas las recientes ofertas de paz hechas a los palestinos. A Sharon le interesaba presidir un Gobierno de vasta coalición abierto a cualquier partido "responsable, serio y que buscase la paz", pero la inclusión del Avoda le iba a permitir dulcificar ante el mundo su problemática imagen de halcón. También se propuso y consiguió incluir al primer ministro no judío desde 1948, el musulmán druso Salah Tarif, miembro del Avoda.

Los atentados suicidas palestinos contra las ciudades israelíes, que crearon una psicosis de vulnerabilidad y exacerbaron los sentimientos de odio a lo árabe, aceleraron la formación del Gobierno, que presentó una gran heterogeneidad con la participación de ocho facciones de variado signo. El 7 de marzo la Knesset invistió el Gabinete por 72 votos contra 21. Arik, con 73 años, se convirtió en el undécimo primer ministro de Israel.

El Likud recibió ocho ministerios, entre ellos los de Absorción de la Inmigración, que Sharon tomó para sí, Finanzas, para Silvan Shalom, y Seguridad Interna, para Uzi Landau. Cinco carteras fueron para el Avoda (formalmente, la coalición Un Israel, que completaban los partidos Gesher y Meimad), con Peres en Exteriores y el ex general Binyamin Ben-Eliezer en Defensa, y cuatro para el partido ultraortodoxo sefardí Shas. Los dos partidos rusojudíos, Israel por la Inmigración (Yisrael BaAliyah) y Nuestra Casa es Israel (Yisrael Beiteinu), la ultraderechista Unión Nacional (Ichud Leumi) y la centrista Nueva Vía (Derekh Hadasha) también obtuvieron algunos ministerios con cartera, ministerios sin cartera o bien viceministerios. A posteriori iban a integrarse, en puestos menores, el Partido de Centro (Mifleget Hamerkaz) y el Judaísmo Unificado de la Torah (Yahadut HaTorah, ultraortodoxos ashkenazíes). A Sharon le flanqueaban en el Gabinete cuatro viceprimeros ministros: Peres por el Avoda, Eliyahu Yishai por el Shas, Natan Sharansky por Yisrael BaAliyah y Silvan Shalom por el Likud.


6. Sharon, primer ministro: estrategia de guerra antipalestina a ultranza en coalición con los laboristas

En todo el año 2001 prevalecieron en el drama de Palestina el lenguaje de las armas, la cerrazón política y los intentos, siempre fructuosos, de sabotear cualquier posibilidad de entendimiento, situando la ya de por sí larga y dolorosa ocupación israelí en unos niveles de opresión insoportables para la población civil palestina, que sólo podían generar desesperación, ansias de venganza y fanatismo homicida. La sociedad israelí también padeció los estragos de la violencia, en este caso el terrorismo palestino, que daba pábulo a justificaciones ultranacionalistas, militaristas y hasta racistas, poniendo en peligro los mismos fundamentos democráticos y laicos del Estado judío.

Sharon, que en muchos momentos pareció dejarse llevar exclusivamente por su aversión inveterada a Arafat, renegó de todos los compromisos adquiridos por Israel desde el Acuerdo Gaza-Jericó de 1994 (en noviembre de 2001 calificó el conjunto de los acuerdos de Oslo de "error trágico") y ofreció como alternativa un nebuloso marco de paz de nuevo cuño, en el que la ANP podría acceder a la estatalidad siempre que se desmilitarizada y se olvidara de obtener nuevas adquisiciones territoriales, del retorno de los refugiados, de la evacuación de las colonias judías y, por supuesto, de la capitalidad en Jerusalén oriental.

Los canales de comunicación con la ANP fueron cerrándose y el presidente palestino, puesto contra las cuerdas y desbordado por los extremismos, incluso desde su propio partido, se embarcó en una inconsistente dinámica de resistencia armada y retórica nacionalista. Ahora bien, la comunidad internacional en su conjunto, en particular los países árabes y la Unión Europea, se mostró impotente para asistir a los palestinos y supeditó sus iniciativas políticas a lo que dispusiera en cada momento la nueva Administración estadounidense de George Bush, quien en su papel de mediador desidioso y errático tendió invariablemente a asumir las posturas israelíes.

En el transcurso de los meses quedó claro que la estrategia del Gobierno Sharon, obligado por su opinión pública a responder adecuadamente a la oleada de ataques terroristas, excedió ese marco defensivo y se lanzó a demoler, en un sentido político pero de entrada de manera completamente física, las estructuras levantadas desde la inauguración de la ANP en 1994. El primer ministro enviaba a los palestinos el mensaje de que tenían que entender que todo acto de hostilidad contra Israel era inútil y que no les quedaba otra que someterse a las condiciones impuestas por el vencedor, a saber: un Estado superreducido basado en Gaza y algunas ciudades de Cisjordania, privado de fuerzas armadas, del control de las fronteras y de los recursos hídricos, amén de económicamente subordinado y moteado de una constelación de zonas de seguridad, áreas cerradas, asentamientos judíos y discontinuidades en las comunicaciones terrestres.

Al amparo de la respuesta militar a las agresiones terroristas, que la comunidad internacional aceptaba como legítima política de Estado, las FDI, bombardeando por tierra y aire, intensificaron el acoso a los centros del poder de la ANP y sus infraestructuras administrativas, económicas y de comunicaciones, así como los métodos de castigo colectivo como la demolición de viviendas de particulares acusados de pertenecer o de albergar a militantes de organizaciones extremistas buscados por terrorismo, la destrucción de explotaciones agrícolas, el cegado de canalizaciones de agua o el desarraigo de árboles. Estas actuaciones expeditivas podían ir precedidas de mandatos administrativos para expropiar terrenos a sus legítimos propietarios árabes a fin de levantar asentamientos de colonos o para ampliar barrios urbanos.

Los atentados cometidos el 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos por la organización integrista Al Qaeda devengaron pingües réditos a Sharon, que no tuvo empacho en instrumentar a favor de su agresiva política de seguridad la consternación internacional por las catástrofes terroristas de Nueva York y Washington. Así, el primer ministro se explayó en la presentación de Arafat como el "Osama bin Laden de Israel" y como el "cabeza de una coalición de terroristas", y, con la actitud condescendiente de la Administración Bush, multiplicó las operaciones de represalia en los territorios palestinos al socaire de la lucha antiterrorista global.

Desde el mes de agosto anterior, la violencia ejercida por ambas partes se había incrementado. En el caso de la israelí, estaba suponiendo la ocupación temporal o el asedio prolongado de las ciudades bajo jurisdicción de la ANP (Gaza, Jericó, Jenín, Ramallah, Hebrón, Tulkarem, Nablus, Belén y Qalqilya), así como el funcionamiento a pleno rendimiento de la política, con resabios de la ley del talión, de los "asesinatos selectivos" (targeted killings), es decir, ejecuciones extrajudiciales de dirigentes de las organizaciones palestinas implicadas en los atentados. Estos blancos humanos fueron liquidados en sus casas, en sus despachos o en plena calle con armamento pesado y mediante operativos militares diseñados ex profeso.

Sharon no se desasió de una espiral que mostraba inercia propia, y si a veces se contuvo a la hora de responder a la barbarie terrorista de Hamás o la Jihad Islámica, otras veces ordenó acciones militares con una dudosa o nula justificación, que ocasionaron la muerte de muchos palestinos no combatientes y que presentaron las trazas, en opinión muy extendida fuera de Israel, de intentos de sabotear cualquier resquicio de normalización. Lo más que ofrecía Sharon era empezar a negociar la creación del Estado palestino tal como él lo entendía al cabo de un período, de duración imprecisa, en el que los palestinos reducirían a cero sus actos de violencia.

Las presiones de Estados Unidos y la UE consiguieron que Sharon y Arafat declararan un alto el fuego el 18 de septiembre de 2001, una semana después de los ataques de Al Qaeda contra Nueva York y Washington. El 26 de septiembre Peres, autorizado de mala gana por Sharon, se reunió en Gaza con el líder palestino para intentar consolidar la tregua como antesala del levantamiento del asedio a las ciudades palestinas y del arresto por la ANP de los responsables de los atentados cometidos contra Israel, pero al día siguiente las FDI arremetieron contra el campo de refugiados de Rafah, en Gaza, provocado una docena de muertos y reactivando la situación de guerra fluctuante. Los islamistas reanudaron a su vez la ofensiva terrorista contra las ciudades israelíes.

Hasta diciembre de 2001, la sangría inacabable en Palestina e Israel registró como más graves sucesos la incursión terrestre contra Hebrón, el asesinato en un hotel de Jerusalén por el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) de Rehavam Zeevi, el ultraderechista ministro israelí de Turismo y líder de la Ichud Leumi (en venganza por el asesinato en agosto, con un certero disparo de misil, del secretario general de la organización radical palestina, Abu Ali Mustafa) y la gran operación de castigo de las FDI por aquel magnicidio. Del 18 al 28 de octubre fueron ocupados Belén, Ramallah, Jenín, Tulkarem y Qalqilya con el objeto, según un enfurecido Sharon, de capturar o eliminar a los asesinos de Zeevi.

El primer ministro sentía que sus ultimatos a Arafat para que detuviera a militantes incluidos en las listas negras de los servicios de inteligencia israelíes y proscribiera las organizaciones radicales, a saber, Hamás y su milicia Ezzedín Al Qasam, el FPLP, el FDLP, la Jihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa -estas últimas reclutadas en las filas del propio partido de Arafat, Fatah-, caían sistemáticamente en saco roto.


7. Desafío a la comunidad internacional: la masacre de Jenín y el muro de seguridad

Sharon se las arregló para proseguir su implacable política palestina aún a costa de lloverle una abrumadora cascada de reprobaciones internacionales, censuras que en otro país y con otro líder tal vez habrían surtido efecto. Esta situación de reproche diplomático, que en realidad no pasaba de lo simbólico, no era nueva para Israel, acostumbrado a valerse por sí mismo, pero Sharon incluso se atrevió a abusar de la vital alianza estratégica de Estados Unidos, poniendo en situación desairada en varias ocasiones al presidente Bush, por lo menos de cara a los focos, con sus tropelías bélicas, presentadas siempre por él como acciones de legítima defensa.

Por más que dirigieran a Sharon periódicos llamamientos a la contención y sonoras reconvenciones, en todo momento se tuvo la sensación de que la paciencia de las autoridades de Washington con su problemático socio era inagotable y que estas, de hecho, sobre todo desde el Departamento de Defensa y la Consejería de Seguridad Nacional, respaldaban lo esencial de sus tesis. En realidad, el Gobierno estadounidense se puso a modular sus enfoques y su lenguaje en un sentido tan proisraelí que la larga tradición diplomática de la superpotencia como mediador creíble en el conflicto palestino-israelí se vio comprometida.

Con bastante desparpajo, el primer ministro, que no escatimaba medios para ganar tiempo y lograr sus propósitos, podía retractarse y cubrir de elogios a la Administración Bush luego de criticarla con un lenguaje insólitamente duro cuando se molestaba por sus rapapolvos públicos. Como en octubre de 2001, cuando comparó la actitud de Estados Unidos hacia Israel con respecto al mundo árabe con la de las democracias europeas hacia Checoslovaquia en vísperas de su desmembramiento por la Alemania nazi. El exabrupto carecía de cualquier fundamento. Sharon era perfectamente consciente de que Bush estaba bajo el fuerte influjo de un núcleo duro de políticos y funcionarios neoconservadores que simpatizaban con las tesis del sionismo ultranacionalista. De hecho, algunos de estos altos cargos derechistas de la Casa Blanca y el Pentágono eran judíos.

A comienzos de diciembre de 2001, luego de amenazar a Siria por su injerencia en Líbano, de ignorar la recomendación de la Comisión Mitchell de que suspendiera la construcción de nuevas colonias judías en Cisjordania por constituir una de las mechas de la violencia, de no darse por aludido en los intentos -fallidos- de la justicia belga de procesarle por crímenes de guerra en relación con los sucesos de Sabra y Shatila, y de salir indemne de varios amagos de desintegración de su Gobierno por la exigencia de la extrema derecha de que diera el golpe de gracia –en el sentido más literal- a Arafat, Sharon respondió a la última oleada de atentados suicidas de Hamás, que segaron las vidas de 25 ciudadanos en Jerusalén y Haifa, con masivas operaciones militares contra la ANP, centradas en edificios oficiales y demás atributos del poder de Arafat en Gaza y Cisjordania.

El rais palestino salió ileso de una salva de misiles detonada a escasos metros de su despacho en Ramallah: era la dura advertencia de Sharon, quien le conminaba a cooperar para detener las agresiones terroristas, so riesgo de convertirse él mismo en legítimo objetivo militar. No iba a ser la última vez que los misiles lloverían, con una precisión milimétrica que las FDI podían graduar a voluntad, en función de la gravedad del mensaje político que el Gobierno quisiera enviar, sobre la zona que pisaba Arafat. Ahora bien, el grupo diplomático conocido como el Cuarteto, es decir, Estados Unidos, la Unión Europea, la ONU y Rusia, emplazaba a Tel Aviv a no atentar contra la integridad de Arafat.

A continuación, el Gobierno israelí declaró a la ANP "entidad que respalda el terrorismo" y el 13 de diciembre, al día siguiente del atentado contra un autobús de colonos en el asentamiento de Emmanuel, entre Nablus y Qalqilya, con el resultado de 10 muertos, anunció que rompía toda relación con Arafat. Gaza, Rafah, Jenín, Nablus y Ramallah sufrieron una nueva oleada de bombardeos y Arafat, por primera vez, quedó cercado en su cuartel gubernamental de Ramallah, conocido como la Mukataa.

Febrero y marzo de 2002 fueron meses extremadamente mortíferos, registrándose sólo en un día, el 8 de marzo, 46 muertos (39 palestinos 7 israelíes), en la que fue la jornada más sangrienta desde el inicio de la guerra. El 29 de marzo Sharon, en respuesta a la masacre de 29 comensales judíos a manos de un kamikaze de Hamás en un restaurante de Netanya, ordenó la activación de Muro Defensivo, la más destructiva operación militar desde el estallido de la segunda Intifada, que tuvo como objetivo principal Ramallah y las instalaciones de la Mukataa, donde Arafat y sus hombres se vieron rodeados de un verdadero erial de escombros, y privados de comunicación y suministros.

Entonces, el Gabinete israelí exigió a Arafat que se rindiera y Sharon dio rienda suelta a su visceralidad: "Todo lo que recibimos fue terrorismo, terrorismo y más terrorismo, y contra el terrorismo hay que luchar sin concesiones para extirpar a estos bárbaros de raíz (…) Este terrorismo es fomentado, dirigido y promovido por una sola persona, el presidente de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat", tronó el primer ministro, mientras ignoraba una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que le reclamaba la retirada de las ciudades palestinas invadidas por las FDI.

El desafío de Sharon a la comunidad internacional alcanzó un clímax a principios de abril de 2002, cuando el líder israelí hizo caso omiso de la exigencia de Bush y el Cuarteto de que pusiera término inmediato a Muro Defensivo. La constatación por ONG humanitarias, periodistas extranjeros y la Agencia de la ONU de Socorro y Trabajo (UNRWA) de que en Jenín las fuerzas israelíes habían perpetrado una auténtica carnicería de palestinos suscitó reacciones de alarma y consternación de altos funcionarios de la ONU, como el coordinador especial en los Territorios Ocupados, el noruego Terje Rød-Larsen, quien se refirió a un "horror que supera el entendimiento" y a una "situación moralmente repugnante".

Sharon permaneció impasible frente a los testimonios, recogidos por la Cruz Roja y la Secretaría General de la ONU, sobre posibles "crímenes contra la humanidad" cometidos por las FDI en Jenín, donde el balance de bajas palestinas no pudo establecerse de manera precisa debido al obstruccionismo israelí: la ANP habló de 900 abatidos, pero Amnistía Internacional y Human Rights Watch documentaron únicamente 54 palestinos muertos, entre combatientes y civiles, así como 23 soldados israelíes. Estas ONG no hallaron pruebas incontrovertibles de que las FDI hubiesen practicado ejecuciones sumarias en Jenín, aunque sí denunciaron la habitual despreocupación de los militares israelíes por las vidas de los civiles atrapados en el fuego cruzado cuando se trataba de reducir a combatientes atrincherados, con su cohorte de violaciones de la legislación humanitaria internacional.

Con todo, los sucesos de Jenín tuvieron una resonancia internacional limitada y el escándalo que se suscitó fue incomparablemente inferior al levantado por las atrocidades de Sabra y Shatila en 1982, y eso que ahora los perpetradores de las muertes eran los soldados israelíes. En casa, Sharon no tuvo que soportar ninguna manifestación de protesta y repudio. La gran mayoría de la sociedad israelí entendía que el Estado hacía frente a una vasta agresión terrorista por los palestinos y tenía que defenderse y restablecer la seguridad con rigor.

El 19 de abril de 2002 el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la puesta en marcha de una comisión de investigación de las posibles matanzas en Jenín. Aunque en un principio aseguró que no tenía "nada que ocultar" y que iba a colaborar con la ONU en el esclarecimiento de los hechos, el 30 de abril el Gobierno emitió su veto a la misión y el 1 de mayo la ONU no tuvo más remedio que cancelarla. Para entonces, Sharon ya había aplacado a Estados Unidos permitiendo una reunión entre el secretario de Estado Colin Powell y Arafat en Ramallah, y ordenado el final de Muro Defensivo.

El estado de guerra permanente, con muertos prácticamente diarios, brindaba el sólido argumento a los detractores domésticos de Sharon de que su promisión de traer la paz al golpeado pueblo israelí había fracasado clamorosamente; antes al contrario, desde que estaba en el poder, la violencia y la inseguridad habían alcanzado unos niveles inauditos. Paradójicamente, esta oposición al primer ministro no se le planteó desde el Avoda, cuyo nuevo líder en lugar de Barak no era sino el ministro de Defensa, el halcón Binyamin Ben-Eliezer, al tiempo que Peres, que en noviembre de 2001 había encolerizado a las derechas por reconocer ante la Asamblea General de la ONU, en un discurso calificado de histórico, que los palestinos tenían derecho a dotarse de un Estado, ahora enmudecía y renunciaba a ejercer su tradicional papel de paloma.

La verdadera alternativa política a Sharon tomaba forma en su propio partido, el cual, recogiendo las tesis todavía más inmovilistas de Netanyahu y en trance de asimilar los planteamientos mesiánicos de los partidos ultraortodoxos y ultraderechistas, descartó la creación del Estado palestino y cerró toda perspectiva de diálogo con la ANP en tanto esta no pusiera fin a la violencia y se sometiera a una profunda reforma administrativa.

En mayo de 2002 Netanyahu, quien venía echando en cara a Sharon su reticencia a cumplir sus amenazas a derrocar o expulsar al exilio a Arafat, se apuntó un formidable tanto político en su competición apenas soterrada con el primer ministro al conseguir que el Comité Central del Likud aprobara por unanimidad una resolución de rechazo expreso a la creación del Estado palestino, opción que estaba asumida por el Avoda, el Cuarteto –inclusive Estados Unidos- y, aunque de manera ambigua y con fuertes condiciones y restricciones, por el propio Sharon. El primer ministro se quejó de que esta decisión de su partido complicaba seriamente los esfuerzos diplomáticos y sus ya tensas relaciones con el Departamento de Estado.

En junio de 2002 la guerra volvió por sus fueros: brutales atentados terroristas de Hamás y la Jihad, destructivas ocupaciones por las FDI de las ciudades autónomas y bombardeos aéreos de cuarteles, inclusive la Mukataa. La voladura el 18 de junio de un autobús urbano en Jerusalén, con un saldo de 19 muertos, tuvo como respuesta fulminante la Operación Camino Firme, que apuntaba a la reconquista militar de Cisjordania y sugería la intención de Sharon de hacer tabla rasa de todo lo negociado desde 1993, poniendo fin al experimento autonómico.

El 16 de junio FDI emprendieron la construcción del llamado muro de seguridad, una pared de hormigón armado concebida para taponar la entrada de terroristas en Israel desde Cisjordania. Con una longitud total prevista de 350 km y un tramo inicial que discurría a lo largo del límite septentrional de Cisjordania, desde la ribera del Jordán hasta Qalqilya, esta valla militarizada, tal era la pretensión de Sharon, que retomaba así la idea formulada por el difunto Rabin en 1995, conseguiría separar físicamente al Estado judío de los territorios palestinos. La aparatosa barrera de seguridad, cuyo previsto trazado serpenteaba especialmente en torno a Jerusalén oriental, levantó la ira de los palestinos y reacciones internacionales muy negativas porque iba a agravar la inviabilidad económica y la desconexión de los territorios de la Autonomía y el futuro Estado palestinos.

También, porque al alzarse varios kilómetros en el interior de Cisjordania, es decir, fuera de los límites internacionales previos a la ocupación de 1967, amparaba la anexión de hecho por Israel de porciones sustanciales del territorio, de entrada todos los terrenos confiscados para las obras de construcción, lo que equivalía a un trazado unilateral de las fronteras, un acto completamente ilegal. Sharon y sus lugartenientes replicaron que Israel tenía derecho a impedir la penetración de terroristas palestinos de la mejor manera que creyera conveniente.

El 24 de junio de 2002 Sharon se apuntó una victoria política resonante y por duplicado, frente a los palestinos y frente a sus críticos en el Likud, cuando Bush, dando altavoz a una de las principales exigencias del israelí, demandó a la ANP un recambio democrático en su dirección, es decir, la preterición de Arafat, como condición para la puesta en marcha del Estado palestino.


8. Objeción de la Hoja de Ruta, derechización del Gobierno y el acorralamiento de Arafat

Sin embargo, en el verano de 2002 Estados Unidos dio un paso diplomático que causó la contrariedad de Sharon porque suponía retomar la noción de la internacionalización de la solución del conflicto palestino. Capitaneado por Powell y sobre la base del discurso de Bush en junio, el Cuarteto elaboró un plan de paz concebido para reemplazar al desahuciado Acuerdo Gaza-Jericó de 1994, si bien el nuevo plan salvaguardaba parte del espíritu de Oslo al insistir en el principio general de paz por territorios e invocar las resoluciones 242 y 338. El plan fue desvelado por el Cuarteto el 17 de septiembre en Nueva York. En sinopsis, la llamada Hoja de Ruta, también referida como el Mapa de Ruta (Road map, en inglés), contemplaba la formación de un Estado palestino independiente y soberano en la segunda mitad de 2003, y la resolución de los sempiternos problemas que eran la médula del conflicto (Jerusalén, refugiados, asentamientos y fronteras) hacia finales de 2005.

Ambos hitos se enmarcaban en un proceso de tres etapas que pasaba por la superación de la situación de violencia, la reorganización profunda de las instituciones autonómicas palestinas, inclusive la creación del puesto de primer ministro de la ANP, la elaboración de una verdadera Constitución palestina y la celebración de elecciones al Consejo Legislativo. A Israel también se le ponían deberes. El documento estipulaba de manera explícita la congelación de toda la actividad relacionada con los asentamientos en los territorios ocupados de Cisjordania, Jerusalén y Gaza, incluido el "crecimiento natural" de los mismos, y el desmantelamiento de las colonias erigidas desde julio de 2001.

El proceso sería pautado por dos conferencias internacionales de paz para Oriente Próximo, una de lanzamiento y la otra de consolidación de lo logrado. La primera conferencia de paz, a la que serían invitados sirios y libaneses, tendría lugar entre junio y diciembre de 2003, período que cubría la segunda etapa del proceso y en el curso del cual la ANP daría lugar a un "Estado palestino independiente con fronteras provisionales y atributos de soberanía". En la tercera etapa, desde principios de 2004, se celebrarían la segunda conferencia internacional de paz y las negociaciones sobre el estatus final.

Todo esto sobre el papel, ya que Sharon, que el 6 de septiembre volvió a proclamar la defunción de los Acuerdos de Oslo, planteó tantas y tan radicales enmiendas a la Hoja de Ruta que, en la práctica, la refutaba. De entrada, el primer ministro dejó claro que cualquier proceso negociador quedaba supeditado a la ausencia total de terrorismo, violencia e incitación a los mismos por la parte palestina. Si la ANP quería hablar de paz, antes y durante el proceso de diálogo, debía introducir reformas legislativas, institucionales y judiciales de alcance, y desmantelar completamente la infraestructura de las organizaciones extremistas, a partir de una cadena de detenciones, interrogatorios, juicios y encarcelamientos de activistas. En cuanto a Arafat, no era más que un interlocutor prescindible, un actor "irrelevante" y el cabeza de un "régimen corrupto de terror, podrido y dictatorial", remachaba Sharon.

Arafat, en el punto de mira
La actitud sedicente de Arafat, que se negaba a aceptar lo que le tocaba de la Hoja de Ruta, diseñada para despojarle del grueso de sus amplísimos poderes en el entramado ANP-OLP, puso en bandeja a Sharon la aplicación de un gran escarmiento que presentó todos los visos de ser el definitivo.

El 19 de septiembre los tanques israelíes irrumpieron en la Mukataa, restableciendo el asedio de proximidad y reclamando por megafonía la entrega de 20 colaboradores refugiados en el complejo de Ramallah, entre ellos el responsable de la guardia presidencial y el jefe de los servicios secretos de Cisjordania, por su presunta responsabilidad en un atentado suicida cometido horas antes en Tel Aviv. Arafat rehusó acatar la exigencia y las FDI se pusieron manos a la obra en la demolición metódica de la Mukataa, edificio por edificio, de los que quedaban en pie de anteriores acometidas. Al cabo de unas horas de explosiones en cadena sólo subsistía un bastión, el edificio que acogía los aposentos y las oficinas del presidente. Arafat y un número indeterminado de miembros de su escolta, funcionarios autonómicos y algunos ministros del Consejo se hacinaban en la segunda planta de la casa. Daba la sensación de que Sharon, esta vez sí, pretendía, si no matarle, sí al menos obligarle a rendirse y a exiliarse.

Nuevamente, la intervención de Estados Unidos libró de este angustioso acoso físico y psicológico a Arafat. El 23 de septiembre, oída la severa reprimenda de Bush, Sharon ordenó a los zapadores y las excavadoras que cesaran en su actividad destructiva. El 24 de septiembre el Consejo de Seguridad de la ONU, resolución mediante, demandó a Israel que finalizara el cerco militar a Arafat y se retirara a las posiciones previas al comienzo de la Intifada de Al Aqsa.

Se rompe el Gobierno de unidad
La derecha política israelí entendió que la salvación in extremis de Arafat, quien salió de su apuro con una actitud más porfiada y numantina, suponía un tremendo fiasco y Sharon, acusado de echarse siempre atrás en el último momento, concitó una nueva andanada de críticas. Entre marzo y julio del año en curso el primer ministro ya había tenido que enfrentar turbulencias en cascada en el Ejecutivo, con las retiradas de Yisrael Beiteinu e Ichud Leumi, el portazo temporal del Shas y la marcha, como las de los dos primeras formaciones derechistas sin vuelta atrás, del siempre moderado David Levy por el Gesher. En cuanto a los laboristas, su permanencia en la coalición se antojaba insostenible para multitud de observadores, pero Peres no parecía dispuesto a renunciar, mientras que el líder de partido, Ben-Eliezer, mostraba con los hechos su sintonía con la estrategia belicista de Sharon.

La baja anunciada del Avoda se produjo, en efecto, aunque su detonante fue un desacuerdo teóricamente menor: el rechazo de los laboristas a una partida de la Ley General de los Presupuestos del año 2003 que contemplaba una ayuda de 150 millones de dólares a los asentamientos judíos de Cisjordania y Gaza a fin de mejorar su seguridad. El Avoda quería que ese dinero se destinara a inversión social en beneficio de los ciudadanos residentes dentro del Estado. Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo con el Likud, Ben-Eliezer dio por rota la coalición el 30 de octubre de 2002. Los ministros laboristas dimitieron al punto. El 2 de noviembre las renuncias se hicieron efectivas y Sharon, mientras superaba por los pelos tres mociones de censura parlamentarias lanzadas y apoyadas por los laboristas, los diputados árabes, los pacifistas de Meretz y los centristas laicos de Shinui, cubrió las bajas ministeriales con personas de su partido.

En Exteriores, Peres fue suplido por Netanyahu, un movimiento de gran calado político y no exento de riesgos. Sharon confiaba en ablandar la rivalidad de su predecesor en el cargo, quien aceptó el nombramiento a condición de que se adelantaran las elecciones legislativas a enero de 2003. Generoso, Sharon le ofreció además el segundo puesto en la lista electoral del Likud y la jefatura del Gobierno a mitad de la legislatura, en la esperanza de que el recalcitrante conmilitón desistiera de disputarle el liderazgo en la elección primaria convocada para finales de mes. En Defensa, Ben-Eliezer dejó paso al general retirado Shaul Mofaz, el controvertido ex jefe del Estado Mayor de las FDI, ejecutor de la represión de la segunda Intifada hasta su baja del Ejército en julio de este año. Las incorporaciones de dos halcones del Likud de las tallas de Netanyahu y Mofaz intensificó el perfil derechista e intransigente del Ejecutivo.

Y eso, pese a que no quisieron reengancharse en el mismo los partidos ultrarradicales Yisrael Beiteinu e Ichud Leumi, no obstante haber contribuido, con su voto abstencionista, a desbaratar las mociones de censura lanzadas por la oposición de centro-izquierda el 4 de noviembre. Las carteras de Transportes e Industria y Comercio fueron asumidas personalmente por Sharon. Sharon tropezó con Netanyahu, quien nada más asumir el Ministerio de Exteriores activó una campaña proselitista en la que fustigó a su superior jerárquico, declaró "nulo y sin efecto" el Protocolo de Hebrón que él mismo había suscrito en 1997 y prometió expulsar a Arafat de Palestina en el caso de regresar a la jefatura del Gobierno. El 28 de noviembre Sharon paró en seco el embate de Netanyahu, derrotándole en la elección primaria del Likud con el 59% de los votos.

Nuevo mandato democrático en las legislativas de 2003
A las elecciones anticipadas del 28 de enero de 2003 Sharon se presentó haciendo malabarismos palestinos con el palo y la zanahoria, muy nítido el primero y bastante desvaída la segunda. Mientras con una mano administraba la enésima operación militar de castigo, Reacción en Cadena, que supuso las reocupaciones de Belén y Jenín, con la otra el primer ministro anunciaba su aceptación del principio de la creación del Estado palestino según el plan de paz diseñado por Estados Unidos. En enero de 2003 Sharon aceptó sostener en Jerusalén un encuentro con Mahmoud Abbas, segunda persona de la OLP, el alto dirigente de la organización palestina más proclive al diálogo con Israel y al que Arafat, vencido por las enormes presiones internacionales, se disponía a nombrar a regañadientes para el nuevo puesto de primer ministro de la ANP.

La reunión, de características similares a otra celebrada hacía justamente un año, tuvo lugar en plena campaña electoral rodeada de secretismo y en ella los interlocutores abordaron la cuestión del futuro Estado palestino provisional. De acuerdo con lo trascendido, Sharon habló de otorgar el 53% del territorio cisjordano y de un lento proceso de repliegue militar de las áreas ocupadas a lo largo de una década; por lo que se refería a Jerusalén, el líder israelí zanjó que no era objeto de negociación. Por su parte, Abbas sostuvo que la entidad estatal palestina no podía ser viable con menos del 65% de la superficie de Cisjordania y sin una red de carreteras que unieran las numerosas manchas de leopardo en que en realidad iba a consistir, además de demandar una fórmula de cogobierno jordano-palestino para Jerusalén oriental. No hubo, pues, acercamiento de posturas tampoco en esta ocasión.

A pesar del diluvio de censuras, domésticas y foráneas, y de la última oleada de acusaciones centradas en presuntas corruptelas privadas (financiación ilegal del partido, enriquecimiento ilícito) de él y sus hijos, Sharon llegó a sus primeras elecciones legislativas como primer ministro consolidado en el papel de líder protector, rocoso e indestructible que la mayoría de los israelíes, atemorizados e indignados por el clima de inseguridad imperante, ansiaban y aplaudían. Las posibilidades para Sharon de salir reelegido en la jefatura del Gobierno eran mayores desde el momento en que el Avoda no escogió al veterano Peres como su cabeza de lista, sino a su nuevo líder, Amram Mitzna, un político bienintencionado pero de imagen débil y sin caché de estadista, quien no parecía ser rival.

El 28 de enero de 2003 Sharon prolongó su victoria particular sobre Barak en 2001 consiguiendo para su formación el 29,4% de los votos y 38 escaños, entre ellos el suyo, correspondiente a su octavo mandato parlamentario consecutivo desde 1977. Los laboristas de Mitzna, quien meses después iba a dimitir para dejar paso a Peres, se hundieron hasta el 14,5% de los votos y los 19 escaños, de largo los peores resultados de su historia. Poco después, el Likud amplió su bancada en dos diputados al absorber al partido Yisrael BaAliyah de Natan Sharansky. Sharon invitó a todos los partidos, desde los laboristas a los ultranacionalistas pasando por los ortodoxos, a formar parte de su nuevo Gobierno. En realidad, no contaba con los primeros porque la aritmética parlamentaria los hacía innecesarios, y los de Mitzna no tardaron en responder que su lugar en la nueva legislatura estaba en la oposición.

El 28 de febrero la Knesset aprobó el tercer Gabinete Sharon, el trigésimo Gobierno en la historia del Estado, por 66 votos contra 48. La coalición, apoyada en una mayoría absoluta de 68 escaños, consistía en el Likud, que colocó a 15 ministros con o sin cartera, entre ellos Netanyahu en Finanzas, Mofaz en Defensa, Olmert en Industria, Comercio y Trabajo, y Silvan Shalom en Exteriores (los dos últimos con al rango añadido de viceprimeros ministros), el Shinui de Yosef Tommy Lapid, el Partido Nacional Religioso (Mafdal) de Efraim Eitam y la Ichud Leumi de Avigdor Lieberman, que sumaron siete puestos entre los tres. Fiel a sus apetencias multicartera, Sharon reunió en sus manos de manera provisional los ministerios de Vivienda y Construcción, Trabajo y Bienestar Social, Comunicaciones y Asuntos Religiosos; de los dos primeros se deshizo en marzo, el tercero lo entregó a Olmert en septiembre y el cuarto lo abolió en diciembre.

Cambalaches con la Hoja de Ruta
Sharon, con 75 años recién cumplidos, manifestó que estaba dispuesto a hacer "concesiones dolorosas a favor de la paz", siempre y cuando cesara el terrorismo, se adoptaran reformas en la ANP y los palestinos hicieran un "cambio en su dirección". Recalcó, además, su negativa a negociar nada relacionado con Jerusalén y el retorno de los refugiados palestinos. En cuanto al futuro Estado palestino independiente, ni siquiera lo mencionó, a diferencia de lo expresado en la campaña electoral; ahora, el primer ministro tan sólo habló de conceder "ciertos atributos de soberanía". Sin embargo, ahora que la ANP disponía con Mahmoud Abbas, primer ministro desde el 19 de marzo, de un dirigente de mentalidad reformista y de un interlocutor dialogante apoyado en un fuerte mandato político y en la buena disposición de la comunidad internacional, Sharon no podía poner más pretextos para diferir las conversaciones diplomáticas al más alto nivel.

El 30 de abril de 2003 el Cuarteto presentó oficialmente el plan de la Hoja de Ruta a Sharon y Abbas. El 17 de mayo, después de que las FDI abatieran a 14 palestinos en una operación antiterrorista contra Hamás en Gaza y de que, a pesar de lo prometido por el Gobierno israelí a Powell, no se había aflojado la tenaza militar sobre la franja, los dos dirigentes sostuvieron su primera entrevista oficial en Jerusalén. La primera cumbre entre máximos responsables de las dos partes desde el estallido de la segunda Intifada hacía 32 meses, a pesar de que no produjo nada tangible, fue saludada como la "reanudación del diálogo palestino-israelí". En las 48 horas siguientes, las organizaciones extremistas palestinas estuvieron muy ocupadas en reventar cualquier posibilidad de distensión cometiendo cuatro atentados suicidas que costaron la vida a siete israelíes.

El 29 de mayo, los líderes volvieron a encontrarse en Jerusalén occidental y esta vez sí asomaron resultados concretos en forma de medidas de distensión prometidas por Sharon, fundamentalmente la reducción de la presión militar sobre Cisjordania y Gaza, y la excarcelación de un centenar de presos palestinos. Cuatro días antes, el Gabinete, acatando el requerimiento de Sharon, había aprobado formalmente la Hoja de Ruta con doce votos a favor, siete en contra y cuatro abstenciones, aunque a condición de que las "reservas" israelíes, 14 en total, expresadas con anterioridad y tomadas en cuenta por Estados Unidos, fueran introducidas en el plan sobre la marcha, a modo de prerrequisitos para su avance y aplicación.

Las modificaciones exigidas a la Hoja de Ruta tocaban la seguridad estricta del Estado de Israel, la reforma radical de la ANP, las características de la futura entidad estatal palestina, que quedaría reducida a una expresión mínima, la postergación en esta fase interina de la discusión de las cuestiones consideradas como parte del estatuto definitivo y la misma filosofía del cronograma, cuyos plazos debían verse como meramente orientativos, no fechas de obligado acatamiento.

El 4 de junio Sharon celebró una cumbre tripartita con Bush y Abbas en Aqaba, Jordania, y allí los dos primeros ministros formularon compromisos específicos: el palestino, a luchar de manera efectiva, "empleando todos nuestros esfuerzos", contra el terrorismo practicado por los radicales, y el israelí, a desmantelar asentamientos "ilegales" de colonos en Cisjordania, liberar prisioneros y aliviar el cerco sobre las ciudades de la ANP. A finales de mes, Abbas consiguió arrancar a las organizaciones extremistas una tregua unilateral de tres meses susceptible de ser renovada si Israel ofrecía una serie de contrapartidas: el final de los asesinatos selectivos; el repliegue de sus tropas a las líneas previas al comienzo de la revuelta el 29 de septiembre de 2000; liberaciones sustanciales de presos -muchos de los cuales se encontraban recluidos, sin cargos ni sentencias judiciales, en campos de internamiento del Neguev- y en particular de una serie de dirigentes; y el levantamiento efectivo de los asedios y el toque de queda decretados sobre la población palestina.

Sharon, que, tímidamente, había empezado a hacer honor a los compromisos asumidos en la cumbre de Aqaba, lo que ya le estaba costando en casa las imputaciones de "traidor", no tuvo ni que tomarse un tiempo para considerar si merecía la pena asumir con generosidad todas estas medidas porque el primer alto el fuego en 33 meses empezó a tambalearse incluso antes de llegar a su ecuador. El Gobierno israelí seguía haciendo de la Hoja de Ruta una interpretación tan cicatera y renuente que la desvirtuaba por completo, y en cuanto a los radicales palestinos, se aprestaron a golpear tan pronto como observaron una violación de sus condiciones por parte del enemigo.

Unos y otros pusieron en peligro la tregua y para comienzos de agosto volvió por sus fueros la dinámica implacable de las provocaciones, presentadas por cada parte como legítima lucha contra el terrorismo agazapado o como venganza por los ataques recibidos y legítima resistencia a la ocupación. Israel, en particular, regresó sin rebozo a los asesinatos selectivos, no avanzó en la liberación de prisioneros palestinos más allá de unos pocos centenares –de los más de 7.000 que había en sus cárceles- paralizó el levantamiento de los controles militares sobre las poblaciones de la ANP y continuó edificando el polémico muro de seguridad. Sharon no pareció lamentar la marcha de Abbas, el interlocutor más pragmático que podía ofrecerle la ANP pero incapaz de poner bajo su autoridad a los diversos órganos de seguridad de la ANP, meter en cintura a los partidos extremistas y desmantelar sus estructuras terroristas.

El sucesor de Abbas en la jefatura del Gobierno palestino, Ahmed Qureia, fue acogido con desdén por Israel por su imagen de burócrata dúctil a los designios de Arafat y portavoz de su retórica revolucionaria. El Gobierno Sharon advirtió a Qureia que si quería ser aceptado como socio en una mesa de diálogo antes tenía luchar en firme contra el terrorismo; en otras palabras, que sería juzgado "por sus hechos, no por sus palabras".

Sharon frena la liquidación de su enemigo más detestado
El 11 de septiembre de 2003, al poco de la designación de Qureia por Arafat en reemplazo del dimitido Abbas, el Gabinete israelí aprobó un plan para deportar de los Territorios al ya anciano presidente palestino, cuyo deterioro físico estaba acelerándose, por suponer un "obstáculo para la paz". Sharon explicó que la decisión política estaba tomada, pero que el Gobierno se reservaba el momento oportuno de ejecutarla. El plan quedaba "en suspenso", hasta que las FDI determinaran la táctica de una operación que no presentaba imponderables militares, pero sí graves interrogantes políticos. La Casa Blanca, cogida por sorpresa por el nuevo trágala de Sharon, fue muy enfática en la recomendación de máxima prudencia al mandatario israelí.

De nuevo, la calle palestina entró en un hervor de manifestaciones a favor de Arafat, con pancartas donde se le equiparaba con una "línea roja" que los israelíes no deberían rebasar. Uno de los consejeros del rais alertó de las "consecuencias catastróficas", que conducirían a la región "al borde del abismo". Peor aún, en el Gabinete israelí empezaron a oírse voces pidiendo, lisa y llanamente, el asesinato de Arafat. Así lo propugnaron el viceprimer ministro Olmert, y, con menos publicidad, el ministro de Defensa Mofaz, lo cual no podía menos que calificarse de apología del terrorismo de Estado. Los prebostes del Likud parecían enredados en una competición por mostrar a la opinión pública quién era el más halcón y el más nacionalista, competición que Sharon no salió a desautorizar.

Que Olmert, la mano derecha de Sharon, considerara lícito "desde un punto de vista moral" matar a Arafat dejó atónitos a los miembros del Cuarteto y concitó la furia palestina. El secretario de Estado Powell advirtió que semejante acción "provocaría la cólera del mundo árabe", mientras que el ministro palestino Saeb Erekat aseguró que "el Gobierno israelí piensa y actúa como una organización de mafiosos y gángsteres". Sin embargo, Sharon guardaba silencio. El 15 de septiembre tuvo que salir el ministro de Exteriores, Shalom, a desmentir categóricamente que entre las opciones contempladas por el Gobierno estuviera la "eliminación" de Arafat.

El clamor invadió también la ONU, pero el día 16 Estados Unidos vetó un texto de resolución del Consejo de Seguridad que exigía la retractación israelí porque no incluía ninguna condena al terrorismo palestino. Donde sí prosperó la resolución fue en la Asamblea General, y con un resultado de lo más contundente (133 votos a favor, 15 abstenciones y 4 votos en contra, los de Estados Unidos, Israel, Micronesia e Islas Marshall), si bien el instrumento no tenía fuerza vinculante. El 18 de septiembre Bush quiso echarle un capote a Sharon tachando a Arafat de "fracasado como dirigente". El 6 de octubre el presidente estadounidense dijo que Israel tenía todo el "derecho a defenderse". Pero la Administración Bush no ocultaba su impaciencia por la falta de concreción de la Hoja de Ruta.

En noviembre de 2003 el Gobierno de Jerusalén arremetió contra el Acuerdo de Ginebra, una iniciativa de paz no oficial centrada en las fronteras definitivas de Palestina, complementaria a la Hoja de Ruta y bastante favorable a las tesis palestinas. Cocinado por sectores de la izquierda israelí (Yossi Beilin) y moderados de la OLP (Yasser Abed Rabbo), el Acuerdo de Ginebra suscitó el interés de Powell, quien no dudó en respaldarlo.

A finales de aquel mes, Sharon encajó con acritud el anuncio por Estados Unidos de que recortaba en 290 millones de dólares la ayuda financiera indirecta, en forma de garantías bancarias, otorgada anualmente a Israel como protesta por la negativa de su Gobierno a congelar las actividades urbanísticas en los asentamientos de Cisjordania y Gaza, y proseguir, además, con la construcción del muro de separación con los territorios palestinos. Empleando su tono más desafiante, Sharon afirmó que las obras de la "vital valla defensiva de seguridad" no se detenían, sino que además se acelerarían. Sharon, consciente del alcance del reto lanzado contra Estados Unidos, trató de minimizar los riesgos de un enfrentamiento con su aliado vital y añadió en tono displicente que todo estaba calculado y estudiado, y que incluso había "un acuerdo [con Washington] sobre la forma de estar en desacuerdo".


9. El Plan de Desconexión de Gaza, nuevas operaciones militares y tumulto en el oficialismo

Pero Sharon tenía un as en la manga para recobrar los parabienes de Estados Unidos y mostrarse como un estadista no únicamente obsesionado con la seguridad arrancada a los palestinos a golpe de misil, sino también capaz de hacer sacrificios en aras de la paz.

El 18 de diciembre de 2003 el primer ministro dio cuenta de su "plan de separación total" con los palestinos, concebido por si fracasaba la Hoja de Ruta, consistente en el abandono unilateral de la franja de Gaza y de un puñado de asentamientos remotos y difíciles de defender en Samaria, que tenían el carácter de "ilegales" para la propia legislación israelí y que no iban a ser protegidos por el muro de seguridad. Sharon, en una decisión que pugnaba con sus credenciales sionistas y su vieja querencia por el Eretz Yisrael, proponía la renuncia definitiva por Israel a Gaza, lo que entrañaba el desmantelamiento de todos los puestos militares y de los 21 asentamientos judíos en la franja, donde residían 7.700 colonos rodeados por más de un millón de palestinos.

Las críticas de casa a Sharon fueron inmediatas y durísimas. Contra el plan se pronunciaron los sectores ultras de la extrema derecha nacionalista, que pusieron el grito en el cielo por lo que suponía de menoscabo al engrandecimiento territorial de Israel, la potente facción de Netanyahu en el Likud, que acusó al primer ministro de "premiar a los terroristas", y hasta el jefe del Estado Mayor de las FDI, general Moshe Ya'alon, refractario a cualquier movimiento de tropas del que sacaran ventaja los palestinos. La Ichud Leumi y el Mafdal amenazaron con abandonar la coalición gobernante.

Las reacciones en la ANP y la OLP fueron extremadamente negativas porque el gobernante israelí pretendía borrar toda presencia judía en Gaza a la vez que, como contrapartida, retenía de manera permanente los mayores asentamientos de Cisjordania, lo que, objetivamente, constituiría una violación flagrante de las resoluciones de la ONU. La UE, salvo el Reino Unido, también rechazó este proyecto que, como el muro de seguridad, al que estaba estrechamente ligado, amparaba sustanciosas anexiones territoriales de facto. La Administración Bush, en cambio, calificó de "histórico y valiente" el paso dado por Sharon, al que el inquilino de la Casa Blanca dio un efusivo recibimiento en Washington el 14 abril de 2004.

Si el plan no prosperó por el momento fue por la fuerte oposición política doméstica, que obligó a su artífice a remozar el borrador inicial y a negociar su aprobación por el Gabinete y el Likud. El 2 de mayo el partido del primer ministro rechazó la primera lectura del documento en un referéndum interno e instó a Sharon a corregirlo. El Plan de Desconexión de Gaza, que así dio en llamarse en su versión retocada, estaba resuelto a aplicarlo Sharon con o sin el beneplácito de los palestinos, luego era de carácter unilateral. No iba en su ánimo negociar nada, así que la totalidad de Gaza, más que entregada, iba a ser abandonada a la ANP, salvo la frontera con Egipto.

Al dar su visto bueno al plan, el Gobierno de Estados Unidos renunciaba a dos posturas básicas esgrimidas por todas las administraciones, ya fueran demócratas o republicanas, desde 1967, a saber, que la colonización de los Territorios era incompatible con la paz en Palestina y que toda alteración de las fronteras anteriores a la Guerra de los Seis Días tenía que ser negociada por las partes.

Bush, movido por sus deseos electoralistas de atraerse el voto judío y fundamentalista cristiano en las presidenciales de 2004, no vaciló en minar su propia Hoja de Ruta, que hacía hincapié en la necesidad de poner fin a la expansión de las colonias. Claro que este proceso, con o sin Plan de Desconexión de Gaza, seguía adelante en Cisjordania, ya que Sharon interpretaba que una cosa era levantar asentamientos desde cero y otra el "crecimiento natural" de los existentes. Sin embargo, la Hoja de Ruta había estipulado la congelación de la colonización en su conjunto. Bush, además, pidió a los refugiados palestinos de la guerra de 1949 que renunciaran a volver a sus antiguos hogares en lo que ahora era territorio soberano israelí y que aceptaran establecerse en el futuro Estado palestino, una entidad que se presentaba más achicada, troceada e incierta que nunca. El éxito político-diplomático de Sharon era de primera magnitud.

Hamás, descabezada
En marzo de 2004, para aplacar un poco a los derechistas furibundos que abominaban de la descolonización de Gaza y de paso para amortiguar las repercusiones negativas del escándalo de presunta corrupción -alimentado por la acusación judicial a un promotor inmobiliario de haberlo sobornado a través de su hijo Gilad para conseguir su apoyo en el proyecto de compra de un islote griego del mar Egeo y abrir allí un negocio urbanístico- en que estaba envuelto y que ya le había costado un interrogatorio policial seguido de la petición oficial de su procesamiento por el fiscal del Estado, Sharon ordenó una escalada en la campaña de asesinatos selectivos de los cabecillas de los partidos palestinos extremistas, con Hamás al frente.

Dicho y hecho, el 22 de marzo, en el curso de una gran operación militar contra campos de refugiados en Gaza que sumaba una cincuentena palestinos muertos hasta el momento, la Aviación israelí mató al jeque Ahmad Yassín, el anciano fundador y líder espiritual de Hamás, junto con otras ocho personas, cuando se dirigía en su silla de paralítico a hacer las oraciones matutinas en una mezquita cercana. El 17 de abril le tocó el turno a Abdelaziz Rantisi, el máximo jefe político de Hamás y por tanto el terrorista más conspicuo para Israel, que resultó mortalmente alcanzado también en Gaza por los misiles de un helicóptero, al igual que su hijo y un guardaespaldas. La doble decapitación de Hamás, que Sharon ya había intentado sin éxito anteriormente, fue celebrada como un gran éxito por el Gobierno de Jerusalén. Muy contento, Sharon felicitó a las FDI por unas operaciones que únicamente hacían valer "el derecho del pueblo judío a golpear a aquellos cuyo único objetivo es nuestro exterminio".

Desde Ramallah, Arafat denunció los "crímenes bárbaros" y Hamás anunció un "terremoto" y un "volcán de venganza" para Israel, pero estas amenazas de ribetes apocalípticos no se materializaron. Las fortísimas reacciones internacionales no impresionaron a Sharon, que recibió mensajes de comprensión y hasta de justificación de la Administración Bush. Una resolución de condena al asesinato de Yassín no prosperó en el Consejo de Seguridad de la ONU gracias a Estados Unidos. Envalentonado, Sharon amenazó a Arafat con ser el siguiente en el macabro parte de liquidaciones. Bush le tuvo que recordar su promesa de hacía tres años de que nunca atentaría contra el líder palestino. El 25 de abril el Gobierno israelí puntualizó que Arafat no era un "objetivo inminente" y que su integridad física estaba fuera de discusión.

Orden de fuego a discreción en Gaza
El 18 de mayo las FDI lanzaron una ofensiva contra Rafah, la mayor contra Gaza desde 1967. La masiva operación, de nombre clave Arco Iris, buscaba destruir instalaciones, en particular los túneles subterráneos que cruzaban hasta Egipto y que eran empleados por los terroristas para el trasiego de hombres y de armas, y demoler unas 40 viviendas lindantes con la frontera para ampliar el llamado corredor Filadelfia, un dispositivo de seguridad esencial para el Plan de Desconexión.

En dos días fueron asesinados 30 palestinos con disparos de misiles, una decena de ellos cuando un helicóptero disparó indiscriminadamente contra una manifestación de civiles desarmados. Para Arafat, lo perpetrado por las FDI en Rafah era un "crimen de guerra" y un "genocidio", mientras que la Liga Árabe, convertida en el paradigma de la irrelevancia y la impotencia, denunció una "limpieza étnica". El desmán israelí estaba siendo tan ostensible que el 19 de mayo Estados Unidos prefirió no ejercer el veto, sino abstenerse, en la votación de una resolución de condena del Consejo de Seguridad de la ONU. Tres días después concluyó Arco Iris con un panorama desolador de muerte y destrucción: 43 palestinos habían perdido la vida en el curso de la operación.

El 6 de junio de 2004 Sharon, tras mucho forcejear con los elementos más duros del Likud, se salió con la suya y obtuvo del Gabinete luz verde para la versión revisada del Plan de Desconexión. Finalmente, serían evacuadas las 21 colonias de la franja y cuatro pequeños emplazamientos en Cisjordania, en Samaria concretamente. El repliegue de militares y civiles se desarrollaría en cuatro fases que, una por una, tendrían que ser aprobadas por el Gobierno tras un estudio minucioso de la situación en cada momento.

El precio a pagar, no pequeño, por este decisivo paso adelante en los planes del primer ministro fue la destitución y salida de los ministros de la Ichud Leumi y el Mafdal, aunque Sharon, siempre rápido de reflejos, ya empezó a hablar de recuperar al Avoda para el Ejecutivo, fichaje que remediaría de un plumazo la precariedad parlamentaria en que acababa de caer. Sharon confiaba en su "viejo amigo" Peres, nuevamente al frente de los laboristas desde el año anterior y que, entre otras coincidencias con el jefe del Likud, veía bien en principio, pero con ciertas reservas, tanto el muro de seguridad como el Plan de Desconexión.

El 12 de julio, luego de recibir Sharon la buena noticia de que la Fiscalía del Estado decidía exculparle del delito de cohecho por no encontrar suficientes indicios para enjuiciarle, los dos incombustibles dirigentes, que sumaban 156 años entre los dos, alcanzaron un preacuerdo para la formación de un Gobierno de unidad basado en un consenso sobre el Plan de Desconexión, que tendría que ser coordinado con la ANP, y el muro de seguridad, cuyo trazado debería tener en cuenta las legítimas reclamaciones de los campesinos y municipios palestinos afectados por las confiscaciones de tierras.

Las obras del muro de seguridad no se vieron perturbadas lo más mínimo por el fallo adverso del Tribunal Internacional de Justicia, que el 9 de julio, a instancias de la Asamblea General de la ONU, declaró esta construcción ilegal e injustificable por ser contraria al derecho internacional, y reclamó su derribo. Un asesor del primer ministro vaticinó que el fallo del Tribunal de La Haya acabaría "en el cubo de la basura de la historia". El 20 de julio siguiente la Asamblea General de la ONU, por 150 votos a favor, seis en contra (entre ellos, los de Israel y Estados Unidos) y 10 abstenciones, demandó a Israel que derruyera los kilómetros de muro ya levantados conforme al dictamen del Tribunal de La Haya. De nuevo, la resolución fue papel mojado.

En agosto el Gabinete autorizó la construcción de otras 533 nuevas viviendas en territorio cisjordano, al otro lado por tanto de la Línea Verde del armisticio de 1949. Con este concurso de obras eran ya 2.167 los permisos aprobados para construir en territorio palestino en lo que iba de año. A pesar de que este tipo de movimientos estaba prohibido por la Hoja de Ruta, la Administración Bush encontró justificable la ampliación urbanística judía faltando poco más de dos meses para las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

El 28 de septiembre de 2004, a punto de entrar la segunda Intifada en su quinto año con un balance provisional de más de 3.000 muertos entre los palestinos y 940 víctimas mortales en la parte israelí, Sharon y Mofaz ordenaron la más letal de las operaciones llamadas antiterroristas por Israel, Días de Penitencia, centrada esta vez en el atestado campo de Jabaliya en Gaza, aunque los bombardeos golpearon también a los cercanos de Beit Hanoun y Beit Lahia. El 16 de octubre, nueve días después del triple atentado con bomba contra instalaciones turísticas en el Sinaí egipcio que costó la vida a una docena de turistas israelíes, el mando militar declaró terminada Días de Penitencia con un balance de 134 palestinos muertos, la mitad no combatientes y niños. Las FDI sólo reportaron una baja fatal en sus filas.

Las cifras eran mucho más elocuentes que las verificadas en el desastre de Jenín de abril de 2002, pero ahora ni siquiera hubo escándalo internacional. Las matanzas en Palestina se habían vuelto tan rutinarias que la opinión pública mundial –más pendiente ahora de la aún más nefasta situación en el vecino Irak, donde la ocupación militar liderada por Estados Unidos se complicaba por momentos- tendía a encogerse de hombros cuando le llegaban este tipo de noticias de Palestina. Estados Unidos ejerció el consabido veto al texto de condena en el Consejo de Seguridad de la ONU.

El 26 de octubre Sharon consiguió que la Knesset respaldara el Plan de Desconexión con el voto de 67 diputados. De los 45 que se pronunciaron en contra, 17 eran representantes del Likud. Estos disidentes se alinearon con la derecha ultranacionalista, los religiosos y los representantes de los colonos. Su cabecilla, el ministro sin cartera Uzi Landau, fue castigado por Sharon con el despido del Gobierno. Netanyahu, de muy mala gana, se plegó a votar a favor de plan, pero amenazó con dimitir si su jefe de filas no sometía el mismo a un referéndum nacional. El primer ministro y líder del Likud vio salvado su proyecto estrella gracias a los apoyos del Avoda, el Shinui y la izquierda laica pacifista agrupada en el partido Meretz-Chahad.


10. Diálogo con Mahmoud Abbas, evacuación efectiva de Gaza y segunda alianza con los laboristas

Las conversaciones entre Sharon y Peres para el retorno al Ejecutivo del Avoda se vieron lastradas durante meses por la guerra de guerrillas instalada en el Likud, dividido en facciones y camarillas que peleaban por el poder y que arrastraban a la formación a posiciones cada vez más a la derecha. La situación se tornó más urgente para Sharon entre noviembre y principios de diciembre de 2004, período que registró la deserción oficial del Mafdal con la marcha del último representante que tenía en el Gabinete, Zevulun Orlev, y la baja también del Shinui; sus cinco ministros, con Tommy Lapid a la cabeza, fueron despedidos por un airado Sharon que no perdonó a esta formación centrista y celosamente secular su voto contrario a los presupuestos para 2005, cuya consecuente derrota en la Knesset ponía en serio peligro el Plan de Desconexión.

Ahora, a Sharon ya sólo le quedaban los 40 diputados de su propio partido, muchos de los cuales, como acababa de verse en la votación sobre la evacuación de Gaza, no eran de fiar. Además, la muerte de Arafat en París el 11 de noviembre, que había abierto una transición en el liderazgo palestino, obligaba a Israel a ofrecer al mundo un Gobierno sólido y de amplio espectro. El presumible sucesor de Arafat en la jefatura de la ANP, Abbas, ya aupado a la presidencia de la OLP, era un dirigente político que gozaba de pleno reconocimiento internacional y al que Sharon no podía ningunear sin más, como había hecho con Arafat al negarle cualquier legitimidad como interlocutor y adjudicarle la condición de gran padrino terrorista. Ahora, Sharon creía que la desaparición de Arafat de la escena podía suponer un "punto de inflexión" para Oriente Próximo.

Los laboristas con Peres retornan al Ejecutivo
Fue el 10 de diciembre cuando Sharon invitó a Peres a comenzar unas negociaciones formales para instalar la gran coalición que debía evitar la convocatoria de elecciones anticipadas, escenario que ninguno de los dos partidos deseaba, implementar el Plan de Desconexión y restablecer el diálogo pacificador con los palestinos.

Justo un mes después, el 10 de enero de 2005, una vez solventadas las diferencias sobre el reparto de los puestos, fue aprobado por la Knesset, por 58 votos contra 56 más seis abstenciones, el nuevo Gobierno Sharon de unidad nacional, que incorporaba como tercer socio a los ultraortodoxos de Yahadut HaTorah. Una docena de diputados del Likud agravó su rebeldía al volver a votar en contra de su jefe. Sharon, que no necesitaba más que la mayoría simple para ganar la preceptiva confianza de la Cámara, compensó parcialmente esa fuga con el apoyo de Meretz-Chahad. El flamante tripartito descansaba en una mayoría parlamentaria, al menos sobre el papel, de 64 diputados. El Avoda recibió nueve puestos en el Gabinete y Peres, despertando los recelos de Olmert, se convertía en viceprimer ministro, compartiendo condición con el antiguo alcalde, aunque en su caso sin cartera. Sin embargo, el número dos oficial del Gabinete siguió siendo Olmert, el más fiel escudero con que Sharon contaba en el Likud.

Sharon aborda la paz con Mahmoud Abbas sin concesiones negociadas
El trío Sharon-Peres-Olmert se apresuró a proyectar solvencia. El primer ministro habló por teléfono con Abbas, quien acababa de ganar las elecciones presidenciales en la ANP y que tenía muchas ganas de romper el hielo y retomar el diálogo palestino-israelí después de tantos desastres. Las expectativas de una inminente resurrección de la vía diplomática se enfriaron momentáneamente el 13 de enero, cuando radicales palestinos desafiaron el llamamiento a la no violencia hecho por Abbas y mataron a seis soldados israelíes en un puesto fronterizo de Gaza. Entonces, Sharon ordenó cortar todo contacto con la ANP y sellar la franja, que quedó privada de víveres y suministros.

El 21 de enero la Policía autonómica empezó a desplegarse a lo largo de la frontera norte de Gaza para impedir el lanzamiento por las milicias de misiles artesanales e incursiones terrestres contra posiciones israelíes. La acción satisfizo a Sharon, que ordenó reanudar los contactos políticos. En febrero, el optimismo prendió de nuevo en dos actos. El día 8 Sharon y Abbas celebraron en el balneario egipcio de Sharm El Sheikh una cumbre por todo lo alto a la que se sumaron el presidente egipcio Hosni Mubarak y el rey Abdallah II de Jordania. De la conferencia salió un pacto de alto el fuego y cese de hostilidades, el primero mutuamente acordado desde el inicio de la guerra en septiembre de 2000, con el que se escenificaba el final de la Intifada de Al Aqsa.

Sharon, que jamás había estrechado la mano a Arafat en los escasos encuentros que había tenido con él, se dejó fotografiar intercambiando ese gesto con su sucesor Abbas, sonrientes los dos, en una mesa bipartita y sin el manto protector de un mandamás estadounidense. Las partes indicaron que la muy rezagada Hoja de Ruta seguía sobre la mesa. Hamás se negó a comprometerse a una tregua y demandó amplias contrapartidas a Israel si quería la paz.

La retirada unilateral de Gaza
A continuación, la Knesset sacó adelante el marco legal que iba a hacer posible la evacuación total de Gaza y el Gabinete, el 20 de febrero, por 17 votos a favor y cinco en contra, dio su aprobación definitiva al Plan de Desconexión. Sin perder un minuto, Sharon firmó la orden de desalojo de los primeros asentamientos de la franja, muchos de cuyos ocupantes, a pesar de que iban a recibir generosas indemnizaciones del Gobierno, se disponían a plantear una enérgica resistencia apelando a sus firmes convicciones religiosas y esgrimiendo las Sagradas Escrituras del Judaísmo, que según ellos les daban el derecho e incluso les imponía el deber de ocupar y colonizar esta parte integral de la Tierra Prometida por Dios a su pueblo. De los colonos se esperaba que abandonaran sus casas y regresaran voluntariamente al Estado antes del 15 de agosto; superada esa fecha, los que permanecieran en los asentamientos serían evacuados por las fuerzas de seguridad. A renglón seguido, Israel liberó de golpe a 500 presos palestinos, la más importante excarcelación en una década.

Mientras acometía la salida de Gaza en medio de la furiosa barahúnda del movimiento de colonos y los partidos ultras, Sharon se aseguraba de que la expansión de los asentamientos en las extensas partes de Cisjordania cuya ocupación y colonización consideraba irreversibles, sobre todo las áreas adyacentes al perímetro urbano de Jerusalén oriental, continuara a buen ritmo. La artera mudanza no pasó desapercibida a los ojos de Bush, quien el 11 de abril le recordó a su huésped, recibido por primera vez en su rancho texano de Crawford, que la Hoja de Ruta no permitía ampliaciones de colonias de ningún tipo. Sharon aseguró al presidente que Israel cumpliría sus compromisos, tanto por lo que se refería a los asentamientos no autorizados como a las obligaciones señaladas en la Hoja de Ruta.

Una vez en Jerusalén, el primer ministro aseveró lo contrario, que la colonización de Cisjordania no se detendría. En junio, con motivo del trigésimo octavo aniversario de la Guerra de los Seis Días, Sharon, bastante satisfecho por cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, añadió que Jerusalén no pertenecería "nunca más a extranjeros" y que sería de Israel "para toda la eternidad", si bien preservando la libertad de culto para las tres grandes religiones monoteístas del Libro y el acceso de los musulmanes a la Explanada de las Mezquitas, como hasta ahora. Ese mismo mes, el último obstáculo legal al Plan de Desconexión fue removido por el Tribunal Supremo de Israel, que, fallando en contra de la demanda interpuesta por los colonos y la extrema derecha, certificó su ajuste a derecho.

Las zancadillas de Netanyahu
El 7 de agosto de 2005, ocho días antes del arranque del vasto operativo militar que iba a suponer la evacuación forzosa de los muchos colonos que todavía permanecían en Gaza, la demolición de los edificios residenciales y la retirada de todo el personal de seguridad, Sharon se encontró con la dimisión, largamente anunciada, de su gran rival en el Likud, el ministro de Finanzas Netanyahu. Fue el comienzo de una batalla sin cuartel, en un primer asalto infructuosa pero con un epílogo de todo punto inesperado, para defenestrar a Sharon en el mando del partido. Además, con su espantada, Netanyahu no consiguió frenar la ejecución de la última y más delicada fase del Plan de Desconexión, que empezó en la fecha prefijada, el 15 de agosto, y que concluyó casi un mes después, el 12 de septiembre. Ese día, ningún ciudadano israelí, ni civil ni militar, quedó en la franja, de la que se hicieron cargo las fuerzas de seguridad de la ANP.

Sharon se aprestó a librar el duelo con Netanyahu, quien contaba con el apoyo entusiasma del movimiento de colonos y de algunos barones del partido, como el ex canciller David Levy y Natan Sharansky, recién dimitido como ministro responsable de Jerusalén. Los primeros espadas del Likud se midieron el 26 de septiembre en una votación interna y Netanyahu, aunque por poco, vio rechazada su propuesta de adelantar a noviembre la elección primaria programada para abril de 2006. Contumaz, Netanyahu no sólo no puso fin a su rebelión, sino que prometió enfrentarse a Sharon al cabo de siete meses.


11. Portazo al Likud, fundación del partido Kadima e incapacitación física

Aunque había salido airoso del envite lanzado por Netanyahu, Sharon sólo había ganado tiempo. Hastiado del desafío permanente de Netanyahu, de los insultos de los colonos y de la interminable peripecia judicial de sus hijos –a Omri, diputado de la Knesset, le fue notificado ahora su procesamiento por fraude financiero electoral-, el primer ministro decidió en noviembre pegar un puñetazo sobre el tablero político israelí, haciéndolo saltar con la fuerza de un terremoto.

Sharon revoluciona la política israelí
El espectacular movimiento se desarrolló en dos tiempos. Primero, el 17 de noviembre, Sharon pactó con el nuevo líder del Avoda, Amir Peretz, la salida de los laboristas del Gobierno y el adelanto de las elecciones legislativas a febrero o marzo de 2006. Segundo, el día 21, el dirigente anunció su marcha del Likud, la formación en que había desarrollado toda su carrera política, y la creación de un partido propio, Aharayut Leumit (Responsabilidad Nacional), a cuyo frente concurriría a los comicios con la firme intención de ganarlos y obtener así un mandato claro y libre de rémoras internas para buscar la paz con los palestinos sobre la base de la Hoja de Ruta.

El mismo día 21 el primer ministro comunicó al presidente del Estado, Moshe Katzav, que ya no le era posible seguir gobernando con el apoyo del Parlamento y en consecuencia le pedía la disolución de la Knesset. Al punto, los ocho ministros del Avoda, incluido Peres, presentaron la dimisión, que fue efectiva dos días después. Sharon arrastró tras de sí y reclutó para el Kadima (Adelante), que así dio en llamarse finalmente su nuevo partido en el momento de registrarlo el 24 de noviembre, a un buen número de ministros y diputados del Likud, donde Netanyahu encontró el terreno despejado para hacerse con todo el control.

En sus primeras semanas de vida, Kadima captó las lealtades de 13 diputados y seis miembros del Gabinete. Los ministros que secundaron a Sharon fueron el fiel Olmert, Mofaz, la titular de Justicia, Tzipi Livni, el de Turismo, Avraham Hirchson, el de Seguridad Interna, Gideon Ezra, y el de Transportes, Meir Sheetrit. El secretario general del Likud, Tzachi Hanegbi, que presidía el partido en funciones de resultas de la marcha de Sharon, también se pasó al Kadima. El 30 de noviembre, Peres, que lamía sus heridas tras ser descabalgado por Peretz de la jefatura del Avoda, accedió al cortejo de Sharon para que se uniera a sus filas, fuga que hizo más convincente el reclamado perfil "centrista" del Kadima, que si finalmente se asentaba en ese segmento del espectro sería más que nada por tener a su derecha un Likud dominado por halcones empecinados en las "cero concesiones" a los palestinos. Otro fichaje sobresaliente en las filas laboristas fue el de Haim Ramon.

Sharon, todo energía y entusiasmo, convencido del éxito de una empresa muy audaz fiada exclusivamente a sus dotes y su carisma, reclamó para el Kadima, que amenazaba con hacer trizas el tradicional pero ya socavado condominio bipartidista, un ideario "de centro y liberal", así como un programa posibilista para resolver los problemas con los palestinos que contemplaba la aplicación de la Hoja de Ruta "en todos sus extremos", aunque sin rebajar un ápice la lucha contra el terrorismo.

Como en la campaña electoral de 2001, el primer ministro enfatizó que su prioridad número uno era la seguridad y la integridad de Israel, sin las cuales no podía haber una "paz verdadera". Ahora, el abandono de Gaza había subrayado el carácter mayoritariamente judío del Estado. Sharon proponía seguir por esa línea dando remate a las "concesiones dolorosas", es decir, la entrega a la ANP de algunas porciones adicionales de Cisjordania. A cambio, se mantendrían de manera definitiva los mayores asentamientos de colonos, amén del estatus indiviso de Jerusalén.

Aunque a todos los efectos era papel mojado desde hacía tiempo y su calendario ya había caducado, la Hoja de Ruta, incluido el principio inherente de los dos estados nacionales en Palestina, seguía siendo para Sharon un documento válido para superar el conflicto palestino-israelí. Ahora bien, en diciembre, el Gabinete, a iniciativa del Ministerio de Defensa, prolongó la lista de hechos consumados en materia de colonización con la aprobación del levantamiento de 300 nuevas viviendas para colonos en varios asentamientos de la Cisjordania ocupada. El núcleo más beneficiado era Ma'ale Adumim, al este de Jerusalén, que vería aumentar en 200 sus unidades habitacionales "dentro de los actuales límites geográficos de la colonia" y "para permitir su crecimiento natural".

La ANP, por su parte, continuaba exponiendo Sharon, tendría que desmantelar las organizaciones terroristas que operaban en su territorio y aplicar reformas en su aparato de seguridad; si esto se cumplía, los palestinos podrían tener su Estado. Se trataba de una "agenda moderada" que animó a comentaristas y observadores a confirmar el perfil de centro que sus fundadores adjudicaban al Kadima. Además, Sharon decía estar abierto a forjar coaliciones con cualquier partido, de derecha o de izquierda, laico o religioso, que se modulara a sus tesis.

El grave accidente cerebrovascular de enero de 2006 y el brusco final de una vida política
Las encuestas pronosticaban al Kadima una clara victoria en las elecciones del 28 de marzo de 2006, con una cuota de entre 30 y 33 diputados, sobre el Avoda de Peretz y, con mucha más amplitud, sobre el Likud de Netanyahu, que parecía abocado a un descalabro sin precedentes.

El 18 de diciembre de 2005 el apasionante escenario preelectoral abierto por Sharon se sumió en una tensa incertidumbre porque el primer ministro, a los 77 años, sufrió un infarto cerebral leve que lo mandó al hospital en Jerusalén. El accidente fue ocasionado por un trombo sanguíneo. Sharon se mantuvo consciente y antes de 48 horas fue dado de alta. "Me siento bien. No os vais a librar de mí. Nos movemos hacia delante", les dijo a sus hijos Omri y Gilad desde su cama en el hospital universitario del Centro Médico Hadassah en Ein Kerem. Aunque con un sobrepeso más que excesivo desde hacía muchos años, hasta el presente Sharon había ofrecido al público un excelente estado de salud. Ahora, informaron a la prensa personas allegadas, sus médicos le pidieron que se propusiera adelgazar drásticamente y le presentaron una estricta dieta para restar 66 kilos de los 142 que pesaba. Sus hábitos alimenticios debían dar un giro de 180 grados, renunciando a "la comida basura y los dulces", e ingiriendo mayormente "frutas y hortalizas".

En el breve espacio de tiempo que Sharon estuvo hospitalizado, el Kadima decidió que Olmert fuera el segundo de lista en los comicios, por delante de la ministra Livni, quien aunque más popular que él no gozaba de tanta experiencia en estas lides. Esta decisión era muy importante, ya que en caso de no poder participar Sharon en las elecciones, quien le siguiera en la lista de candidatos al escaño ocuparía su lugar. La reincorporación de Sharon, en apariencia plenamente recuperado de su percance, al frenesí político mitigó los temores sobre su estado de salud, pero el 4 de enero de 2006 el veterano estadista sufrió un segundo y mucho más grave accidente cerebral, una apoplejía masiva. La hemorragia interna lo condujo inconsciente al quirófano del hospital Hadassah, donde los facultativos le sometieron hasta el día 6 y en estado crítico a tres operaciones para eliminar coágulos del torrente sanguíneo y reparar un orificio descubierto en el corazón.

El paciente salvó precariamente la vida, pero ya no despertó del cóctel de anestesia y sedación. Pese a unos iniciales síntomas alentadores que alimentaron las esperanzas de una cierta recuperación, Sharon quedó sumido en un coma presumiblemente irreversible, conectado, previa traqueostomía, a la ventilación mecánica que le ayudaba a respirar en la unidad de cuidados intensivos. El 1 de febrero los doctores le insertaron una sonda de alimentación en el estómago y el 11 de febrero, días antes de imponerle un tribunal a su hijo Omri una condena a nueve meses de cárcel como culpable de corrupción, le extirparon parte del intestino grueso para atajar un amago de gangrena causado por la falta de riego en la parte baja del tracto digestivo. El 27 de febrero el estadista cumplió los 78 años en estado vegetativo, con sus signos vitales reducidos a la mínima expresión.

Puesto que ya desde el primer momento, sin saberse todavía si salvaría la vida o recuperaría la consciencia, Sharon estaba completamente incapacitado para ejercer sus funciones, el viceprimer ministro Olmert tomó las riendas del Gabinete y asumió el Ministerio del Interior, que Sharon venía dirigiendo en funciones. Asimismo, confirmó con Peres que la agenda del Kadima tal como la había diseñado Sharon seguía en vigor.

El 16 de enero, luego de asegurarse el respaldo de una serie de dirigentes y de convencer a Livni para que renunciara a competir por la sucesión de Sharon a cambio de un puesto de relieve en el futuro Gobierno, Olmert fue elegido sin oposición líder del Kadima y su cabeza de lista para las elecciones del 28 de marzo. El mismo día, los cuatro ministros que quedaban del Likud presentaron la dimisión por orden de su nuevo jefe de filas, Netanyahu. Para sustituir a Shalom en Exteriores, Olmert nombró a Livni. En ese momento, las expectativas del Kadima en las urnas eran óptimas: hasta 45 escaños podría meter en la Knesset, según las últimas encuestas.

Los augurios de un triunfo sensacional para el Kadima, que su fundador no iba a poder ver, cobraron más vuelo luego de que el 25 de enero los islamistas de Hamás arrasaran en las elecciones legislativas de la ANP y ganaran el derecho a formar el nuevo Gobierno de la autonomía palestina, dramática mudanza que produjo conmoción en Israel y que arrancó la enérgica respuesta de Olmert. Aunque físicamente ausente, la figura de Sharon, que todavía seguía siendo nominalmente el primer ministro, estuvo muy presente en las votaciones del 28 de marzo de 2006. Sin embargo, la evocación emocional del político en los electores no tuvo los efectos esperados. El Kadima ganó los comicios, pero no de la manera contundente que los sondeos habían predicho al cierre de campaña.

La formación de Olmert obtuvo con el 22% de los votos una mayoría relativa de 29 escaños sobre 120. Considerando el triunfalismo que había acompañado a su fundación y su capacidad para reclutar a dirigentes y cuadros del Likud y el Avoda, se trataba de un rendimiento discreto. Se hizo notar que el Kadima succionó toda la fuerza electoral que anteriormente había tenido el Shinui, reducido, literalmente, a la nada. Los laboristas quedaron segundos con el 15,1% y 19 escaños y los ortodoxos sefardíes del Shas terceros con el 9,5% y 12. El Likud de Netanyahu quedó relegado a un humillante cuarto puesto con el 8,9% de los votos y 12 diputados. La participación, del 63,6%, fue muy baja para los estándares israelíes, poniendo de relieve el desconcierto del electorado. Olmert entabló entonces negociaciones con el Avoda y el Shas para la formación de un Gobierno de unidad. El 14 de abril, al vencer el límite de cien días fijado por la Ley Básica y no haberse recobrado Sharon, el primer ministro fue declarado "incapacitado permanente" y Olmert asumió la titularidad.

(Cobertura informativa hasta 1/5/2006)

Más información

Ariel Sharon en YouTube

Ficha de Ariel Sharon en la web de la Knesset de Israel

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Web del partido Kadima