Ibrahim al-Jaafari

© UN Photo/Mark Garten

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Actualización: 3 octubre 2017

Irak

Presidente del Consejo de Gobierno (2003) y del Gobierno de Transición (2005-2006)

  • Ibrahim Abd al-Karim Hamza ash-Shaiqr al-Ja’afari
  • Mandato: 3 mayo 2005 - 20 mayo 2006
  • Nacimiento: Karbala, provincia de Karbala, 25 marzo 1947
  • Partido político: Partido Islámico Dawa (DIP)
  • Profesión: Médico
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Biografía

Perteneciente a un extenso clan familiar de comerciantes de telas y propietarios hoteleros asentados en Karbala, una de las ciudades santas del Islam shií y última morada del imán Hussein, de niño ayudó a sus padres en el puesto de venta que regentaban en el bazar de la ciudad y luego emprendió estudios de Medicina en la Universidad de Mosul, donde en 1966, un bienio antes del golpe de Estado que depositó todo el poder en manos del partido Baaz, se unió al partido confesional Ad Da’wa, en árabe, llamada, palabra que en su acepción religiosa se refiere a la invitación a creer en la verdadera fe. Primera organización eminentemente política del shiísmo irakí, que era y sigue siendo la fe mayoritaria en este país, con un 60%, aproximadamente, de practicantes (algunas fuentes elevan el porcentaje al 65%) frente a un 32-37% de sunníes y comunidades más pequeñas de cristianos y yazidíes, el Dawa, también llamado Hizb Ad Da’wa Al Islamiyah o Partido Islámico Dawa (DIP, en su sigla en inglés), tomó forma entre 1957 y 1958 a iniciativa de un grupo de notables shiíes de las ciudades santas de Najaf y Karbala.

Este colectivo, formado por clérigos y laicos, y emulando a los Hermanos Musulmanes de Egipto, perseguía vigorizar la cultura y la sociedad islámicas, que consideraba en retroceso, y no tardó en resistirse a las políticas reformistas seculares, socialistas y favorables a los derechos de las mujeres puestas en marcha por el régimen del general Abdel Karim Kassem y luego llevadas a su apogeo, con distintos fundamentos ideológicos, por los sucesivos gobiernos dictatoriales de mayoría nasserista y baazista, a lo largo del período republicano que siguió al derrocamiento de la monarquía hachemí en 1958. Más allá de las acciones puramente reactivas contra el orden establecido, el Dawa elaboró un programa a largo plazo en el que la revolución islámica y el Estado teocrático aparecían como unas metas dignas de ser alcanzadas a través de una concienzuda preparación doctrinal de las masas.

Entre sus fundadores estuvieron los ulema Sayyid Mahdi y Sayyid Muhammad Baqr al-Hakim, hijos del gran ayatollah Sayyid Muhsín al-Hakim, una de las personalidades jurídico-religiosas más influyentes del momento y que en 1961, hasta su muerte en 1970, se convirtió en la máxima autoridad (marja’ al-taqlid al-mutlaq, supremo objeto de emulación) de todos los shiíes duodecimanos del mundo, y Sayyid Muhammad Baqr as-Sadr, tío del aún nonato Muqtada as-Sadr, el fogoso clérigo shií que tanto iba a dar que hablar en la posguerra irakí en 2004 y 2005, aunque todos ellos, quizá para resguardarse de las represalias del Gobierno, se distanciaron del partido a principios de la década de los sesenta y dejaron que los dirigentes no clericales llevaran la voz cantante. El carácter sectario shií del Dawa no era total, ya que contaba con una pequeña minoría de militantes sunníes, además de que se coordinó con ulema de esta rama del Islam ampliamente mayoritaria en los demás países árabes.

En 1974 Jaafari terminó sus estudios de Medicina en Mosul y regresó a Karbala, donde pasó a encabezar la sección local del Dawa y adoptó el nom de guerre de Abú Ahmad. Para entonces, el partido llevaba un lustro padeciendo la fortísima represión desatada por el régimen baazista del presidente Ahmad Hassán al-Bakr y el vicepresidente Saddam Hussein, dos sunníes que concentraron las principales palancas del poder político y económico de Irak en manos de unos pocos clanes tribales norteños, con el pretexto de que el gran ayatollah Muhsín al-Hakim había apoyado al sha de Irán en la disputa territorial del Chatt Al Arab. Decenas de miles de shiíes acusados de no ser árabes fueron deportados al país vecino, las peregrinaciones anuales a los lugares santos de Najaf y Karbala fueron prohibidas y numerosas publicaciones y centros de enseñanza shiíes quedaron clausurados. En diciembre de 1974 varios responsables del partido fueron sometidos a juicio sumarísimo y pasados por las armas.

La proverbial paciencia de los shiíes, reforzada por la mística del martirio que siempre ha caracterizado a esta rama del Islam, se agotó en febrero de 1977. La rebelión abierta del Dawa contra la dictadura baazista, llamada por quienes la protagonizaron la Intifada Safar, recrudeció una lucha que los shiíes militantes no podían ganar a campo abierto. El clímax del conflicto llegó en 1979, cuando Baqr al-Hakim, que ya tenía dos experiencias carcelarias a sus espaldas, proclamó su apoyó total a la revolución islámica que el gran ayatollah Ruhollah Jomeini (exiliado en Najaf hasta su expulsión por las autoridades irakíes en 1978 y muy bien relacionado con las figuras del Dawa) hacía triunfar en Irán y amagó con seguir su ejemplo en Irak. Más aún, el partido abrazó los métodos subversivos más violentos, incluido el terrorismo revolucionario, e intentó repetidamente asesinar a Saddam Hussein y otros dignatarios baazistas.

Saddam, presidente de la República en sustitución de Bakr desde julio de 1979, ordenó el arresto de Hakim y de miles de sus partidarios, así como la liquidación de otros cientos más. Jaafari, que formaba parte de los cuadros medios-altos de partido, esquivó las detenciones antes de conseguir ponerse a salvo en algún momento de 1980, cruzando la frontera de Irán, que en el mes de septiembre de ese año fue invadido por el Ejército irakí. Atrás quedaba un movimiento diezmado, con decenas de miles, seguramente cientos de miles, de represaliados y muchos líderes ejecutados.

A la cabeza de las víctimas, el ayatollah Muhammad Baqr as-Sadr, principal ideólogo del Dawa, artífice de una concepción del gobierno temporal en ausencia del Imán Oculto (el duodécimo imán, Muhammad al-Hassán, eclipsado en 874 y cuya reaparición como Al Mahdi los shiíes aguardan desde entonces) que difería sustancialmente del modelo teocrático jomeinista del wilayat al-faqih o gobierno de los jurisperitos religiosos, y autor de una fatwa o edicto religioso en la que prohibía a los fieles afiliarse al Baaz. Sadr y una de sus hermanas fueron detenidos, torturados y ejecutados en abril de 1980 como venganza por un intento de magnicidio contra el viceprimer ministro Tarik Aziz. Los supervivientes de la represión que se quedaron en Irak organizaron células clandestinas para mantener con vida a un partido ilegalizado (la orden de prohibición la emitió el Consejo del Mando Revolucionario del Baaz el 30 de marzo de 1980) y proscrito hasta el extremo de penarse su membresía con el patíbulo.

Jaafari y Baqr al-Hakim se acogieron a la hospitalidad de la flamante República Islámica de Irán. Su postura intensamente hostil al régimen del Baaz no podía contrastar más con la actitud quietista del gran ayatollah Abú Gharib al-Kassem al-Khoei, elevado a la dignidad de marjá tras la muerte de Muhsín al-Hakim y paradigma del alto clérigo shií desinteresado de la actividad política. Durante la mortífera guerra irano-irakí, el Dawa no tuvo reparos en dejar a un lado cualquier alforja patriótica o nacionalista que pudiera interpretarse como un apoyo a la continuidad de la dictadura baazista y en manifestar su respaldo al régimen de Teherán, que para ellos era un estímulo y un paradigma.

Esta postura facilitó la propaganda del Gobierno irakí, que acusó invariablemente al Dawa de ser una caterva de fanáticos religiosos y de "traidores" conchabados con el enemigo. Por su parte, Irán, al igual que con los rebeldes kurdos del norte, financió y armó a los disidentes shiíes de Irak, no obstante ser árabes y no persas, para que le sirvieran de instrumento de zapa contra el Gobierno "apóstata" de Bagdad. La sección del Dawa que operaba clandestinamente en Irak se empecinó en la vía terrorista para deshacerse de Saddam y perpetró, por lo menos, dos grandes atentados contra su persona: en julio de 1982, en el pueblo de Dujayl, al norte de Bagdad, y en abril de 1987, cuando un comando emboscado abrió fuego contra la comitiva presidencial en Mosul. Todas las tentativas fracasaron y fueron ahogadas en sangre, especialmente en Dujayl, donde las fuerzas de seguridad fusilaron a 145 paisanos.

Existen indicios de que elementos del Dawa, con la inestimable asistencia de los servicios secretos iraníes, estuvieron detrás de los atentados con bomba de 1983 contra las embajadas de Francia y Estados Unidos en Kuwait, países los tres que estaban apadrinando a Saddam en su duelo a muerte con Jomeini. Y no hay que olvidar la decisiva participación del Dawa en la emergencia del Partido de Dios, Hezbollah, en Líbano en 1982, hasta el punto de que el responsable del partido irakí en el país de los cedros, el jeque Muhammad Hussein Fadlallah, fue adoptado por los fundamentalistas shiíes libaneses como su mentor espiritual.

No faltan informaciones que relacionan a Jaafari con alguna de las acciones subversivas mencionadas, aunque él, en las entrevistas, siempre se ha desvinculado de las prácticas violentas. Sea como fuere, a principios de la década de los ochenta el futuro primer ministro de Irak hacía gala de una intensa piedad religiosa, llegando a ingresar en una madrasa de la ciudad santa de Qom, capital espiritual del Irán islámico y lugar donde el gran ayatollah Jomeini había impartido su magisterio antes de la Revolución, para estudiar teología shií. De acuerdo con las pinceladas que de su persona han ofrecido los medios de comunicación internacionales, el doctor irakí exiliado era un musulmán observante y sobrio, que no tomaba alcohol, no fumaba y rehuía toda actividad lúdica o de ocio, luego no desentonaba en el ambiente rigorista y severo del Irán del momento.

Aunque todos sus miembros compartían el deseo de instaurar en Irak una república islámica y se dirigían a Irán con grandes muestras de admiración y gratitud, en el Dawa afloraron divergencias de doctrina político-religiosa que tenían su referente, precisamente, en el régimen iraní. Un ala del partido, en la que se ubicaba Jaafari, subscribía las enseñanzas del difunto ayatollah Muhammad Baqr as-Sadr sobre la posibilidad de establecer un gobierno islámico de corte tecnocrático a través de una majlis ash-shura, o asamblea consultiva, elegida popularmente, de manera que la umma, la comunidad de creyentes, pudiera gobernar por sí misma, con arreglo, eso sí, a los parámetros de la sharía, la ley islámica, cuya interpretación y vigilancia corresponderían a los juristas del clero.

El concepto de la delegación de responsabilidades de Allah en el hombre como su regente temporal chocaba con la noción elitista y más acusadamente teocrática del wilayat al-faqih, ya citada arriba, que apostaba por el gobierno de los ulema en tanto que portadores de la autoridad del Imán Oculto. Éste era el modelo que Jomeini había institucionalizado en Irán en detrimento de las instancias no clericales. Muhammad Baqr al-Hakim y un buen número de dirigentes que creían en la eficacia del gobierno de los expertos en la ley islámica y que no querían arriscar las magníficas relaciones con Teherán por unas disquisiciones teológicas se separaron y el 17 de noviembre de 1982 establecieron el Congreso Supremo para la Revolución Islámica en Irak (SCIRI), que tomó calcados la doctrina y la fraseología antiimperialista, con Estados Unidos caracterizado como el Gran Satán, del régimen iraní.

Después de esta potente escisión, el Dawa siguió siendo escenario de trifulcas, con facciones más proiraníes que otras. Algunos dirigentes, como Kazim Husseini Hairi, pretendían que los clérigos llevaran las riendas del partido, a modo de antesala de la futura República Islámica de Irak con vigencia del wilayat al-faqih, y que, hasta la proclamación de aquella, el Estado iraní fuese reconocido como el poder temporal de obligado acatamiento por todos los shiíes sin distingos de nacionalidad. Otros discrepantes con los sadristas subrayaban la importancia de obedecer a un único marjá al-taqlid –en otras palabras, a Jomeini-, como en los tiempos de los grandes ayatollahs Muhsín al-Hakim y, su predecesor, Mohammad Hoseyn Borujerdi.

Jaafari y numerosos cuadros laicos que se ganaban la vida como profesionales liberales y se movían en círculos intelectuales eran escépticos con los programas miméticos del modelo iraní, ya que eran conscientes de que la diversidad religiosa y étnica de su país requería un tipo de gobierno islámico más flexible (y, por supuesto, tanto unos como otros no contemplaban ni remotamente el modelo de democracia pluripartidista a la occidental). Estos sectores abrieron sus propias representaciones en Siria y el Reino Unido, lo que abundó en la dispersión orgánica y la confusión ideológica del partido.

En 1989, un año después de engordar el Dawa su larga lista de mártires con el asesinato en el exilio sudanés de uno de sus fundadores, Mahdi al-Hakim, el hermano del actual presidente del SCIRI, Jaafari, junto con su esposa, una pediatra que ejercía su profesión (detalle que él ha sacado a colación cuando le han preguntado por sus opiniones sobre el papel de la mujer en la sociedad) y sus cinco hijos, abandonó Irán y se instaló en Wembley, Londres, donde asumió la portavocía de la sección del partido en el Reino Unido y abrió una consulta médica privada.

En la capital británica siguió dedicando a sus estudios religiosos tanto o más tiempo que al activismo político. Aunque este punto no está del todo claro, se ha apuntado que Jaafari alcanzó en Londres la condición de mujtahid, o experto en derecho islámico que puede ser consultado en el ámbito de la jurisprudencia (fiqh) aun no siendo miembro de una magistratura civil. Su indumentaria cotidiana, con trajes y corbatas de impecable corte laico y occidental, y su barba recortada, no sugerían al islamista que en verdad era. Ha llegado a decirse que Jaafari bien podría usar los atuendos tradicionales de los clérigos shiíes, más si se tiene presente que su familia reclamó la condición de sayyid, es decir, una línea hereditaria directamente entroncada con el Profeta Mahoma, su hija Fátima y su yerno Alí, el cuarto califa del Islam y el primero de los doce imanes del Shiísmo.

Aunque no figuraba entre los opositores más conspicuos del régimen, Jaafari sabía perfectamente hasta dónde podía llegar la insidia criminal de los agentes secretos de Saddam. Es ahora, en su etapa de refugiado en Londres, cuando, por razones de seguridad, decidió cambiarse el apellido ash-Shaiqr (también trascrito como al-Eshaiker) por el patronímico Jaafari.

En cuanto al partido, la paulatina identificación de los elementos más cerradamente proiraníes con el SCIRI de la familia Hakim, cómodamente instalada en Teherán (y que en la guerra contra Irak había enviado al frente a columnas de voluntarios, algunos reclutados entre los prisioneros de guerra shiíes hechos por el Ejército iraní), permitió perfilar al Dawa como una fuerza de la resistencia islamista que no pretendería para Irak el gobierno directo de los clérigos shiíes (aunque sí el indirecto) y que reclamaba su condición de genuino movimiento nacionalista e independiente. Estas clarificaciones, que tampoco llegaron a ser categóricas, fueron facilitadas a raíz de la muerte en junio de 1989 del ayatollah Jomeini, que desactivó el debate interno sobre la obediencia a una Marjaiyya singular o colectiva.

Bajo el liderazgo de Jaafari, la sección del Dawa en el Reino Unido estableció relaciones con otros colectivos de exiliados irakíes, como el dirigido por el ex oficial baazista Iyad al-Allawi, como él, un facultativo médico y shií, aunque no religioso. En diciembre de 1990, en plena cuenta atrás de la guerra autorizada por la ONU para expulsar de Kuwait al Ejército de ocupación irakí, delegados del Dawa, el SCIRI, los principales partidos kurdos, los comunistas y algunos baazistas de reciente defección se reunieron en Damasco y acordaron establecer un Comité de Acción Conjunto, primera plataforma opositora de amplio espectro que, bajo la presidencia de un miembro del Dawa, Jawad al-Maliki, celebró su primera conferencia en Beirut en marzo de 1991.

La cita en la capital libanesa aconteció días después del espectacular hundimiento del Ejército irakí frente a la coalición militar internacional que acudió al rescate de Kuwait y justo cuando agonizaba la feroz rebelión, más espontánea que otra cosa, de extensas capas de la población shií de Najaf, Karbala, Nasiriyah, Amarah y Basora, las cuales creyeron llegada la oportunidad, ahora que la dictadura baazista parecía tambalearse, de tomarse el desquite por tantos años de represión política y religiosa, y de marginación socioeconómica. En las luchas y en la subsiguiente represión desatada por un Saddam más implacable y brutal que nunca, perecieron decenas de miles de personas, muchas ejecutadas sumariamente.

El sustrato popular y la militancia clandestina del Dawa y el SCIRI en Irak sufrieron este año terrible un nuevo y amargo descalabro, aunque los elementos más recalcitrantes siguieron desarrollando una poco conocida lucha de maquis en las marismas del curso bajo del Éufrates y el Chatt Al Arab. Los tomas y dacas se sucedieron a lo largo de la década de los noventa. En 1996, Uday, el hijo mayor de Saddam, resultó gravemente herido en un atentado que fue imputado al Dawa. Entre abril de 1998 y febrero de 1999 el régimen reincidió en la tropelía de asesinar mediante el disparo a bocajarro a tres ayatollahs de Najaf: Murtada al-Borujerdi, Mirza Alí al-Gharawi y Sayyid Muhammad Sadiq as-Sadr, hermano de Muhammad Baqr as-Sadr y considerado, en su condición de gran ayatollah, uno de los más firmes candidatos a marjá de Irak, dignidad que estaba vacante desde el fallecimiento en 1992, en situación de arresto domiciliario, del gran ayatollah Kassem al-Khoei. Otro ayatollah, Hussein Bahr al-Ulum, murió en circunstancias sospechosas en junio de 2001.

En la década que siguió a la guerra del Golfo, Jaafari siguió apostando por una oposición puramente política, aunque rodeada de todo tipo de cautelas y recelos. Tuvo sus más y sus menos con el Congreso Nacional Irakí (INC), una organización puesta en marcha en 1992 por el shií laico Ahmad al-Chalabi, turbio magnate de los negocios que gozaba de importantes compadrazgos en las altas esferas de Estados Unidos y el Reino Unido y que aspiraba a congregar bajo su paraguas a todos los grupos de la resistencia, por su insistencia en el elemento secular y su aceptación del modelo federal para el Irak del futuro con el objeto de aplacar las ansias de autogobierno de los kurdos.

A pesar del progresivo endurecimiento de la política estadounidense con respecto a Saddam, el Dawa se mantenía anclado en la costumbre, similar a la iraní, de desconfiar totalmente, incluso con hostilidad, de los designios de la superpotencia americana, aun cuando de ellos pudieran derivarse ventajas objetivas para el mundo shií. Así, la formación de Jaafari, pese a su larga tradición combativa contra la dictadura baazista (que sólo los partidos kurdos podían igualar), no figuró entre las siete organizaciones "representativas de la diversidad" de la oposición irakí a las que la Iraq Liberation Act, firmada por el presidente Bill Clinton en octubre de 1998, otorgó el privilegio de recibir ayuda económica con cargo al presupuesto federal de Estados Unidos. El SCIRI apareció en la lista, pero luego declinó cualquier financiación. El Dawa, ni fue incluido, ni sus jefes habrían aceptado convertirse en asalariados de Washington.

Esta actitud de rechazo se prolongó hasta después de la llegada de los republicanos a la Casa Blanca y de exponer a las claras el nuevo mandatario, George W. Bush, su intención de acabar mediante el ataque directo con el régimen de Bagdad con los pretextos de las armas de destrucción masiva que éste, supuestamente, escondía y su posible conchabanza con la organización terrorista transnacional Al Qaeda del integrista sunní Osama bin Laden, el cual, por cierto, profesaba un odio visceral al Shiísmo.

Es más, el Dawa fijó una postura oficial de oposición a los planes de invasión de Estados Unidos, que no llegaron a obtener el aval expreso del Consejo de Seguridad de la ONU, dando lugar a una flagrante violación del derecho internacional. En junio de 2002 fue el promotor de una Coalición de Fuerzas Nacionales Irakíes que apeló al derrocamiento del Baaz sin "interferencias extranjeras", aunque los únicos partidos que aceptaron suscribir este manifiesto fueron dos muy minoritarios, prácticamente testimoniales, el Comunista y una facción prosiria del Baaz. El aislamiento del Dawa quedó más patente en diciembre de 2002 al boicotear la Conferencia de Londres, histórica reunión de una veintena larga de partidos y grupos de la oposición de la que salió un Comité de Preparación y Seguimiento, que sus integrantes presentaron como el primer paso hacia la constitución de un gobierno provisional de Irak. Allí estaban, entre otros, el SCIRI de Hakim, el INC de Chalabi, el Acuerdo Nacional Irakí (INA) de Allawi, la Unión Patriótica del Kurdistán (PUK) de Jalal at-Talabani y el Partido Democrático del Kurdistán (KDP) de Massud al-Barzani.

Jaafari y sus colegas no iniciaron contactos (al menos de manera oficial) con el Gobierno estadounidense hasta octubre de 2002, en Londres y en Washington, pero no parece que surgiera de ellos acuerdo alguno. El Dawa acogió la caída de Bagdad y la desintegración del régimen de Saddam en abril de 2003 con circunspección, aunque se apresuró a montar oficinas de enlace y a levantar estructuras administrativas en las ciudades de mayoría shií del centro y el sur que acaban de conquistar las tropas estadounidenses y británicas sin que se hubiese producido el gran levantamiento popular que la mayoría de los análisis habían vaticinado. Escarmentados de lo sucedido en 1991, los shiíes, más allá de algunos enfrentamientos locales con los soldados regulares y los milicianos baazistas, se limitaron a esperar el desenlace cantado de la guerra.

Un espeluznante caos de pillajes y violencias sectarias presidió el arranque de la ocupación extranjera de Irak. En la parte shií, que parecía destinada a jugar el papel político protagonista de la posguerra, poniendo fin a su tradicional marginación por las oligarquías sunníes y haciendo valer todo su peso demográfico, se vivieron episodios tan turbadores como los asesinatos, primero, el 10 de abril, del clérigo Abdel Majid al-Khoei, hijo de Abú al-Kassem al-Khoei, recién llegado a Najaf con la intención de organizar una base de apoyos al ocupante estadounidense –crimen que algunos imputaron al SCIRI, donde se recelaba de las estrechas relaciones entre Washington y esa facción shií rival abiertamente colaboradora-, y segundo, el 29 de agosto, también en Najaf –figurando entre las 123 víctimas que causó el coche bomba detonado ante la mezquita-mausoleo del imán Alí- de nada menos que el ayatollah Muhammad Baqr al-Hakim.

El gran superviviente de la represión saddamista contra el Dawa y el SCIRI había realizado una febril campaña de proselitismo y movilización en las ciudades de mayoría shií, con mensajes favorables a la república islámica "no teocrática" y a la retirada de los ocupantes en un plazo no largo, aunque el ayatollah ya estaba participando en el proceso político dispuesto por Washington e instaba a sus seguidores a no hostilizar a los soldados de Estados Unidos y el Reino Unido. La horrible matanza de fieles y el magnicidio de Hakim en Najaf no acarrearon el baño de sangre vengativo que en los primeros momentos pareció inevitable, pero tuvo el efecto de restarle algo de pujanza al shiísmo político intensamente confesional del SCIRI, siendo las consecuencia el realce del Dawa de Jaafari y del shiísmo laico no islamista que anidaba en el INA de Allawi y el INC de Chalabi, dos partidos, por lo demás, multiconfesionales.

La desaparición de Baqr al-Hakim, al que reemplazó en la función dirigente partidista su hermano menor, el hojatoleslam Abdel Aziz al-Hakim (quien también fue objeto de un atentado, en noviembre, aunque en su caso salió ileso), un moderado en todos los aspectos, vino también a singularizar al gran ayatollah Sayyid Alí al-Husseini as-Sistani, actualmente la máxima autoridad espiritual del Shiísmo irakí en tanto que cabeza de la Marjaiyya de Najaf. Heredero de la tradición de Khoei, su antiguo maestro, sobre la no intromisión de los clérigos en política, Sistani, sin embargo, se convirtió en un interlocutor crucial para los estadounidenses, que tuvieron que dar su brazo a torcer en determinados aspectos del calendario político ante el temor de que el venerable clérigo ordenase a sus millones de seguidores que resistieran por la fuerza los planes de los ocupantes.

Después de retornar a Irak tras 23 años de exilio, Jaafari mismo moderó sus puntos de vista y se avino a cooperar con la Autoridad Provisional de la Coalición (CPA), el órgano rector de la administración civil de la ocupación que dirigía el embajador especial del presidente Bush, Paul Bremer, quien ante la explosión de la insurgencia resistente hubo de acortar los plazos para devolver la soberanía a los irakíes. La reputación de "pragmático" con que Jaafari se dio a conocer a la opinión pública internacional en los primeros meses de la ocupación se nutrió de una serie de declaraciones conciliatorias y de su participación descollante en el Consejo de Gobierno de Irak (IGC), órgano no soberano de 25 miembros nombrado por Bremer en el que obtuvieron asiento los principales partidos y colectivos étnico-religiosos del país.

El IGC inició su andadura El 13 de julio de 2003. En su seno el Dawa estaba representado por Jaafari y por Abdel Zahra Othmán Muhammad, el responsable del partido en Basora, más conocido por su pseudónimo de Ezzedín Salim. Los dos fueron incluidos además en una presidencia colectiva que empezó teniendo nueve miembros y que luego se amplió a los once. Pero a Salim, colaborar con los ocupantes le costó la vida, siendo una de las muchas personalidades abatidas por un terrorismo, selectivo o indiscriminado, que cada día mostraba con más nitidez su siniestro rostro alqaedista: murió instantáneamente en el estallido de un coche bomba dirigido contra él en Bagdad el 17 de mayo de 2004, 17 días después de iniciar su turno presidencial. A esas alturas, Jaafari era, por "traidor" y "colaboracionista", un enemigo declarado de la heterogénea y nebulosa oposición armada, donde acechaban antiguos baazistas, nacionalistas sunníes y fundamentalistas islámicos autóctonos y venidos de fuera.

De todas maneras, el privilegio del Dawa, único partido con dos representantes en la presidencia colectiva del IGC, ilustró la apuesta de Estados Unidos por Jaafari y su gente como puntales de la constelación shií para equilibrar el peso de un SCIRI que no terminaba de convencerle por su línea proiraní y dentro de una estrategia para aislar al grupo organizado en torno al joven clérigo Muqtada as-Sadr, que en abril y agosto de 2004 desató dos rebeliones muy violentas contra las fuerzas internacionales en Najaf y Karbala.

Jaafari fue el primer presidente mensual de turno del IGC, en agosto de 2003, período en el que comenzó la bárbara cadena de atentados terroristas, con el ya citado ataque de Najaf que costó la vida a Hakim y otro vehículo bomba contra la sede de la ONU en Bagdad, que mató al enviado especial del secretario general de la ONU, Sérgio Vieira de Mello, y 22 personas más. El 1 de junio de 2004, coincidiendo con la disolución del IGC y su reemplazo por un Consejo de Ministros interino presidido por Allawi, Jaafari fue designado uno de los dos vicepresidentes del Estado, teniendo como compañero a Rowsch Nuri Shaways, kurdo del KDP, y como superior al jeque tribal sunní Ghazi al-Yawar.

El trío, cuya marcada filiación étnico-religiosa era el fruto de unas laboriosas, si no borrascosas, negociaciones entre la CPA, el IGC y la ONU para producir un equilibrio político totalmente sujeto a los encasillamientos sectarios, con sus correspondientes cuotas de poder, que todo el mundo parecía querer perpetuar en el nuevo Irak, componía un esquema tripartito que luego quedaría institucionalizado con el nombre de Consejo Presidencial. Éste era un órgano carente de poder político efectivo que la Ley de Administración del Estado de Irak para el Período de Transición, suerte de Constitución interina promulgada el 8 marzo anterior, subordinaba al Gobierno Interino de Irak (IIG) y, posteriormente, a las instituciones de transición, la Asamblea Nacional y un nuevo Gobierno, que iban a emanar de las elecciones legislativas de enero de 2005.

La parte propiamente transitoria de este esquema validado por el Consejo de Seguridad de la ONU el 8 de junio estaría vigente, salvo contratiempos, menos de un año, es decir, hasta la promulgación de la Constitución permanente y la celebración de nuevas elecciones no más allá del 31 de diciembre de 2005. Jaafari tomó posesión como vicepresidente de Irak el 28 de junio de 2004, a la vez que su colega Shaways, el presidente Yawar y el IIG presidido por Allawi. La ceremonia entrañó la disolución de la CPA y la asunción, más nominal que real en muchos aspectos, de la soberanía nacional por los irakíes.

Como miembro del IGC, Jaafari participó en las consultas para la elaboración de la Ley de Administración del Estado de Irak para el Período de Transición, un marco legal que tuvo mucho de carta otorgada por la CPA. Estando al frente de un partido que siempre había defendido el tipo de Estado centralista, el esbozo de federalismo que allí se exponía (para satisfacer a los kurdos) no le resultó, con todo, más difícil de digerir que las consideraciones sobre el Islam, que era definido como la "religión oficial del Estado" y como "una fuente" de legislación. Aunque, según el texto, ninguna ley podría "contradecir los preceptos universalmente aceptados del Islam", resultaba evidente que, por el interés de Estados Unidos, los kurdos y los partidos árabes laicos, se cerraban las puertas a la república islámica y a la vigencia de la sharía.

Naturalmente, todo esto podía cambiar cuando entrase en vigor la Constitución permanente, sobre la que iba a decidir una Asamblea elegida por sufragio universal y que indefectiblemente iba a contar con mayoría shií, aunque a nadie se le escapaba que la Ley de Administración iba a servir de armazón para la futura Carta Magna. Sistani, que ya se había resignado a que la transferencia de la soberanía precediera a las elecciones, también encontró profundamente desagradable que el Islam no quedase consagrado como la suprema, o directamente, la única fuente de derecho (Ahora bien, en febrero de 2005, la Hawzah, expresión colegial de la Marjaiyya de Najaf, integrada por cuatro grandes ayatollahs de los que Sistani era el más relevante, anunció que, si bien era imperativo unificar el Estado y la religión, aceptaba el gobierno de los laicos y que no insistía ya en la consideración del Islam como única fuente de derecho).

Como vicepresidente del Estado, un cargo que no pasaba de ser ceremonial, el líder del Dawa volvió a marcar las distancias de los estadounidenses, que aunque legalmente ya no ocupaban el país, sino que estaban allí (sus 130.000 soldados) como parte de una "fuerza multinacional bajo mando unificado" avalada por la ONU y requerida por el propio Gobierno irakí, y de paso se desmarcó del primer ministro Allawi, con motivo de la ofensiva militar desatada en agosto de 2004 contra las huestes de Sadr, el llamado Ejército Al Mahdi, que se encontraban atrincheradas en el santuario de Najaf y que combatían a los soldados extranjeros también en Kufa, Kut y los barrios shiíes de Bagdad. Entonces, Jaafari criticó sin paliativos los bombardeos aéreos sobre Najaf, que provocaron cientos de muertos, tanto combatientes como civiles, e instó a la negociación con el incendiario clérigo, al que invitó a participar en el proceso político.

Sin embargo, el vicepresidente no elevó su voz, o por lo menos no la elevó con la misma energía, en contra de los aún más brutales bombardeos contra Fallujah, donde Estados Unidos se afanó en destruir al grueso de la subversión de sustrato sunní con desprecio del coste de vidas humanas, lo que le distanció del presidente Yawar y empeoró la malquerencia que le profesaban amplios sectores de la militancia sunní política y religiosa.

En opinión de Jaafari, en Irak, exceptuando la rebelión de Sadr, que finalmente pudo ser aplacada gracias a la intervención de Sistani, no había insurgencia sino sólo terrorismo, un terrorismo mayormente venido de fuera, transnacional, luego la presencia de fuerzas foráneas para combatirlo, y ésta era una situación indeseada que él preferiría ver concluida cuanto antes, estaba justificada, so pena de propiciar una "guerra civil". Tampoco consideraba deseable fijar una fecha para la retirada de la Fuerza Multinacional, a la que la resolución aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU el 8 de junio había otorgado un tiempo de mandato cuyo límite máximo hacía coincidir con la "conclusión del proceso político".

Para reducir la terrible ola de violencia opositora que asolaba el país, Jaafari consideraba fundamentales cuatro empresas: abrir el proceso político a todos los sectores de Irak, inclusión hecha de los antiguos baazistas; dotar de cuantos medios materiales y humanos precisaran las fuerzas irakíes (Policía, Guardia Nacional y Ejército) para dar seguridad a los ciudadanos y controlar las fronteras; colaborar con los países vecinos, Siria en particular, para frenar el tránsito de terroristas y armas; y, resolver el problema del desempleo crónico, que era el perfecto caldo de cultivo de un descontento social del que sólo podían sacar beneficio los subversivos.

Con este tono moderadamente nacionalista y conciliador, pero sin despejar del todo las ambigüedades sobre su postura en torno a una cuestión tan sensible como el alcance de la confesionalidad islámica del Estado, y también sobre sus verdaderos vínculos con Irán, Jaafari se puso a trabajar con vistas a las elecciones legislativas del 30 de enero de 2005, que iban a dar lugar a una Asamblea Nacional de transición con funciones de asamblea constituyente. El mismo día se renovaba la Asamblea Nacional del Kurdistán y, por primera vez, se elegía a los 18 consejos provinciales.

Sus negociaciones con Abdel Aziz al-Hakim, Chalabi y Hussein ash-Shahristani, un científico nuclear metido a político independiente que gozaba de amplia consideración, para formar una gran lista pretendidamente no sectaria y donde cupieran las diversas tendencias del shiísmo confesional y otras de naturaleza laica y liberal desembocaron en la Alianza Irakí Unida (UIA), que recibió tácitamente los parabienes de Sistani y que acertó a cobijar a una veintena de organizaciones. Además del Dawa, el SCIRI y el INC, aceptaron sumarse a la informalmente llamada "Lista Sistani" la Organización Badr y una pléyade de grupúsculos islamistas shiíes, amén de algunos elementos árabes sunníes, kurdos y turcómanos. La presencia de estos últimos, con todo, no consiguió matizar la abrumadora sensación de estar ante un frente político construido por y para los shiíes, para maximizar las posibilidades en las urnas con arreglo al sistema electoral definido, que era estrictamente proporcional.

Además, llamó la atención, y no precisamente de manera positiva, que la lista nacional fuera, además de cerrada, medio anónima, ya que se divulgaron los nombres de los principales cabezas de facción que tomaban parte en ella, pero no sus ordinales (por lo menos, oficialmente), ni tampoco los nombres de los candidatos menos conocidos. Este secretismo, permitido por el reglamento electoral por razones de seguridad, para resguardar a los candidatos de ataques terroristas, lo que resultaba bastante comprensible, alimentó especulaciones verosímiles sobre que algunas de las 228 candidaturas de la UIA habían sido otorgadas a seguidores de Sadr que preferían no respaldar la lista estrechamente vinculada al clérigo y el Ejército Al Mahdi, Cuadros y Élites Nacionales e Independientes, de hecho un partido cuyo jefe era el editor periodístico Fatah ash-Sheikh.

Se quedó fuera el INA de Allawi, cuya precisa identificación con las estrategias militares de Estados Unidos y su propensión a reclutar a antiguos oficiales baazistas para los distintos departamentos del Gobierno, inclusive el aparato de seguridad, venían suscitando rechazo tanto en el Dawa como en el SCIRI, además de que su impopularidad, acrecentada en los últimos meses por los paroxismos bélicos en Fallujah y Najaf, y por los lentos progresos en la reconstrucción material, era vista como un lastre electoral. El primer ministro interino optó por concurrir por su cuenta, al frente de una Lista Irakí a la que se sumaron otros partidos shiíes laicos. Por lo demás, la mayoría de las formaciones sunníes, destacando el Partido Islámico Irakí (IIP) de Muhsín Abdel Hamid, quien había sido miembro de la presidencia colectiva del IGC, así como el Consejo de Ulemas, llamaron al boicot electoral con el argumento de que este proceso derivaba del diktat estadounidense, aunque también eran conscientes de su limitado peso a escala nacional.

Tal como se esperaba, los comicios, que registraron un nivel de participación aceptable, en torno al 59%, teniendo en cuenta la enorme inseguridad reinante (amenazas de muerte lanzadas por los rebeldes a todos los que se acercaran a las urnas, que se plasmaron, pese a las impresionantes medidas de vigilancia, en un rosario de ataques suicidas contra colegios de todo el país, con un balance de 45 muertos), fueron ganados con rotundidad por la UIA, que obtuvo el 48,2% de los votos (más de cuatro millones, en términos absolutos) y 140 de los 275 escaños, luego mayoría absoluta. En segundo lugar quedó la lista conjunta de la PUK y el KDP, la Alianza Democrática Patriótica del Kurdistán, con el 25,7% de los votos y 75 escaños, y en tercer lugar la Lista Irakí con el 13,8% y 40.

Nada menos que 42 de los 140 diputados electos de la UIA eran mujeres, todo un argumento para replicar a quienes acusaban a Jaafari y Hakim de aferrarse a la tradicional hegemonía masculina en el ámbito sociopolítico por cuestiones de fe, aunque, en realidad, esta característica, la reserva de un tercio de las candidaturas a mujeres, era un requisito legal que afectaba a todas las listas con el fin de garantizar un mínimo del 25% de representación femenina en la Asamblea. Luego de las elecciones, el Dawa dio otro paso en la dirección de deshacer los temores a una supuesta agenda secreta para implantar un régimen teocrático o fundamentalista en Irak con la confirmación de algo ya afirmado en vísperas de los comicios, que en el futuro Gobierno no iba a haber "turbantes" y que el primer ministro iba a ser un laico.

Esto suponía descartar para el puesto al segundo en la lista de la UIA, el hojatoleslam Hakim (el cabeza de lista era Alí al-Hakim as-Safi, representante de Sistani en Basora y clérigo sin adscripción partidista). Para presidir el Gobierno Transitorio de Irak (ITG) se posicionaban Jaafari, que había ganado el escaño en la Asamblea como el cuarto de lista y al que las encuestas destacaban como uno de los políticos mejor valorados de Irak (fundamentalmente entre los shiíes), el miembro del SCIRI Adel Abdel Mahdi, actual ministro de Finanzas y, con menos posibilidades, Chalabi y Shahristani.

La postulación del jefe del Dawa quedó consensuada tras la autoeliminación de Chalabi y la aceptación por el SCIRI de no pretender la jefatura del ITG a cambio de uno de los tres puestos del Consejo Presidencial y la titularidad del Ministerio del Interior, entre otras oficinas ejecutivas. La UIA designó formalmente a Jaafari el 15 de febrero, pero esta aclaración no significó el final de los regateos por los puestos ministeriales más codiciados. Los forcejeos afectaron primero a los miembros de la UIA, y luego enfrentaron a éstos con la Alianza kurda, que puso sobre la mesa un amplio plantel de exigencias, entre ellas la concesión de la Presidencia del Estado a Talabani y la incorporación de la ciudad de Kirkuk, así como los vastos campos petrolíferos de sus inmediaciones, a su Gobierno Regional.

Además, Jaafari consideraba vital incluir a representantes sunníes, para no dar pábulo a denuncias de sectarismo religioso. Tras la asunción de las instituciones transitorias, los siguiente jalones iban a ser la redacción del borrador de la Constitución permanente y su sometimiento a referéndum, los cuales tenían como fechas límite el 15 de agosto y el 15 de octubre, respectivamente. Según la Ley de Administración, la Constitución, para entrar en vigor, debía ser aprobada por dos terceras partes de los votantes nacionales y también esquivar el voto adverso de dos tercios de los votantes en tres o más provincias.

Puesto que el no de los partidos sunníes, a menos que se suprimiera el modelo federal (del que iban a sacar buen partido los kurdos, pero que también podría animar a los shiíes a establecer su propio autogobierno en el sur, que atesoraba los demás yacimientos petrolíferos de envergadura), parecía inevitable, existían posibilidades de que la Carta Magna no fuera ratificada por decisión de los votantes de las provincias de Al Anbar, Salah ad-Din y Diyalá, donde la población árabe sunní constituía una amplia mayoría. Lo último que quería Jaafari ahora era agravar el resentimiento de los sunníes y su alejamiento de un proceso político que percibían como excluyente y revanchista.

Los desacuerdos entre facciones retrasaron la formación del ITG bastante más de lo previsto, arriesgando seriamente la realización del proceso constituyente en los plazos previstos. El 7 de abril, tres semanas después de inaugurarse la Asamblea Nacional transitoria, cuya presidencia recayó en el sunní Hajim al-Hassani, Jaafari fue nombrado primer ministro por Talabani, en la primera disposición del jefe kurdo como presidente en reemplazo del jeque Yawar, quien pasó a hacerse cargo de una de las Vicepresidencias, siendo la otra para el shií Adel Abdel Mahdi. El 28 de abril, la Asamblea aprobó la composición del grueso del Gabinete de Jaafari, que no fue capaz de completar la adjudicación de carteras hasta unos días después, con 180 votos a favor sobre un quórum de 185 diputados.

Jaafari iba a estar asistido por cuatro viceprimeros ministros: el shií Chalabi, el kurdo Shaways, el sunní independiente Abid Mutlaq al-Jabburi y un cuarto adjunto que por el momento no fue designado pero que tenía que ser una mujer. En Asuntos Exteriores continuó el kurdo Hoshyar Zebari (KDP) y en Petróleo renovó también Ibrahim Muhammad Bahr al-Ulum, un shií apartidista, aunque asociado a la familia religiosa Khoei. Estrenaron cartera Bayán Baqr as-Solagh, del SCIRI, en Interior, Alí Abdel Amir al-Allawi, shií independiente (y primo de Iyad al-Allawi), en Finanzas y Banca, y, tras vencer los reparos de algunas partes shiíes, Saadún al-Dulaymi, un sunní independiente, en Defensa.

De los 37 puestos (32 ministerios, el primer ministro y sus cuatro adjuntos), 19 fueron para la UIA, nueve para la Alianza kurda, seis para los sunníes, uno para los turcómanos y otro para los cristianos asirio-caldeos. La gran ausente fue la Lista Irakí, que incluso se abstuvo de enviar a sus diputados, empezando por el propio primer ministro saliente, a la sesión de investidura. Allawi había reclamado para su grupo una de las vicejefaturas del Gobierno y cuatro ministerios, una cuota de poder que los partidos de la UIA consideraron excesiva. En cuanto a las mujeres, siete carteras les fueron reservadas, de las cuales sólo una correspondía a la UIA.

El 3 de mayo Jaafari y los ministros ya asignados tomaron posesión de sus puestos y cinco días después lo hicieron los seis titulares que faltaban. El flamante primer ministro explicó que se había guiado por tres criterios para seleccionar a los miembros del Consejo de Ministros: "competencia", "integridad" y "reputación nacional". En cuanto a sus empresas, a cual más complicada, enumeró la dotación de seguridad, la lucha contra la corrupción, la reconstrucción de las infraestructuras devastadas y la campaña por el en el referéndum constitucional de octubre.

Sobre la inseguridad, el panorama seguía tan desolador como de costumbre: el mismo día de la toma de posesión, el 3 de mayo, las tropas estadounidenses reportaron la muerte de 27 insurgentes en combates registrados en las áreas de Qaim y Ramadi; un día antes, seis ataques con coches bomba conducidos por suicidas segaron la vida a 24 personas en Bagdad y Mosul, mientras que soldados norteamericanos abatían a 12 civiles en un fuego cruzado cerca de la frontera con Siria; y en el día posterior, otro atentado suicida mató a 60 paisanos en un centro de reclutamiento de Arbil y nueve soldados irakíes corrieron la misma suerte en el estallido de un coche bomba en Bagdad.

En cuanto al proceso constituyente, el aumento de las tensiones políticas parecía encontrarse a la vuelta de la esquina habida cuenta de la negativa de los sunníes y de parte de los shiíes (Sadr) a aceptar el federalismo, que veían como el principio de la desmembración del país, mientras que los kurdos se mostraban resueltos a no ceder en ninguna de sus reclamaciones políticas a medio plazo, lo que podría depararles una confrontación particular con Jaafari y los gobernantes shiíes.

(Cobertura informativa hasta 4/10/2005)