Jiang Zemin

© UN Photo/Milton Grant

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Actualización: 5 mayo 2016

República Popular China

Secretario General del PCC (1989-2002) y presidente de la República (1993-2003)

  • Mandato: 24 junio 1989 - 15 marzo 2003
  • Nacimiento: Yangzhou, provincia de Jiangsu, 17 agosto 1926
  • Partido político: Partido Comunista de China (PCC)
  • Profesión: Ingeniero industrial
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Biografía

1. Una trayectoria tecnocrática en el Partido Comunista
2. Dirigente ligado a las reformas capitalistas en Shanghai
3. Salto al liderazgo del partido como heredero de Deng
4. La meta de superar el ostracismo internacional tras Tiananmen
5. Restauración de relaciones con Estados Unidos bajo la égida comercial
6. Consolidación en el poder y fidelidad al denguismo
7. Implicación en las dinámicas regionales
8. Cooperación estrecha con Rusia y aproximación a la Unión Europea
9. La cuestión taiwanesa como interferencia en los vínculos con Estados Unidos
10. Un dirigente internacional de carácter peculiar
11. Retos e incertidumbres de la reforma interna
12. Inopinado comedimiento con la administración Bush
13. Una despedida suave con legado doctrinal y sucesor prefijado


1. Una trayectoria tecnocrática en el Partido Comunista

Tercero de cinco hermanos, su padre, un electricista con incursiones en la docencia, accedió a que el niño fuera adoptado por la familia de su hermano, un miembro del Partido Comunista de China (PCC) que había muerto combatiendo al invasor japonés, para que tuviera un descendiente varón. Sus tíos, exponentes del ambiente intelectual y cultural de la provincia costera de Jiangsu, le proporcionaron una educación esmerada, primero en una escuela regentada por misioneros estadounidenses y luego en la prestigiosa Universidad Jiaotong de la cercana Shanghai, por la que se licenció en Ingeniería eléctrica en 1947.

Siendo estudiante, Jiang participó en acciones de protesta contra los ocupantes japoneses y en 1946, al año de acabar la Segunda Guerra Mundial, ingresó en el PCC, que bajo la dirección de Mao Zedong reanudó la guerra civil contra el Gobierno nacionalista del Kuo-Min Tang, presidido por Chiang Kai-shek. Jiang no participó en la contienda y después tampoco recibió ninguna instrucción militar. Tras el triunfo de la Revolución (octubre de 1949), empezó a trabajar como ingeniero en Shanghai, primero en la planta de procesado de alimentos Yimin-1 y luego en una fábrica de jabones.

Durante un año, de 1955 a 1956, se adiestró en técnicas industriales en la fábrica de automóviles Stalin de Moscú, estancia que, según algunas fuentes, aprovechó para prestar asesoría comercial a la embajada china. De esta época proviene también su buen conocimiento del idioma ruso. Entre 1957 y 1962 desempeñó diversos puestos dependientes del Ministerio de Maquinaria Industrial, como subdirector de la División de Suministro Eléctrico, segundo ingeniero jefe y director de una central eléctrica, y director de la planta de automóviles Changchun-1. En los 18 años siguientes Jiang prosiguió su carrera de alto funcionario técnico en el aparato industrial y sin ambiciones políticas aparentes, una suerte de anonimato que le permitió superar indemne los estragos de la Revolución Cultural (1966-1972), así como las luchas internas del PCC que precedieron y, por breve tiempo, sucedieron a la muerte de Mao en septiembre de 1976.

En este turbulento período, Jiang se ocupó de la subdirección del Instituto de Investigación de Equipos Eléctricos de Shanghai y de la dirección del Instituto de Investigación de Termodinámica Industrial de Wuhan. Trasladado a 1972 a Rumanía para perfeccionar sus conocimientos técnicos, en 1974 retornó a China para asumir la subdirección de la Oficina de Asuntos Exteriores del Ministerio de Maquinaria Industrial y en 1976 se convirtió en director general de la misma. En 1978 Jiang fue promocionado a instancias de Deng Xiaoping, el nuevo hombre fuerte del régimen tras imponerse en el partido los elementos moderados y los antiguos represaliados de la Revolución Cultural sobre los líderes izquierdistas que dominaron la escena hasta el deceso de Mao.

En reconocimiento de su experiencia tecnocrática, Jiang fue reclutado por el presidente del PCC y primer ministro, Hua Guofeng, considerado un dirigente de transición entre el régimen maoísta y la era de las reformas económicas auspiciada por Deng, para que le asesorara en asuntos de maquinaria industrial, y entre 1980 y 1982 desempeñó los puestos de vicepresidente y secretario general, respectivamente, de las comisiones estatales de Importación-Exportación e Inversión Exterior, con el rango de viceministro.


2. Dirigente ligado a las reformas capitalistas en Shanghai

A Jiang se le tenía aquellos años por uno de los principales promotores y planificadores de la Zona Económica Especial (ZEE) de Shenzhen, frente a Hong Kong, en la provincia de Guangdong. Creada en agosto de 1980, Shenzhen ha sido la primera, más grande y exitosa "isla de rendimiento", verdaderos laboratorios del capitalismo liberal y escaparates de las reformas de mercado denguistas.

Definitivamente ganado para la dirección política, en 1982 Jiang fue nombrado viceministro y al año siguiente ministro de la Industria Electrónica. Su progresión en la jerarquía del PCC registró el paso decisivo de la elección como miembro del Comité Central en el XII Congreso del partido, celebrado del 1 al 11 de septiembre de 1982. En 1985 cesó en el Gobierno para hacerse cargo de la alcaldía y la secretaria del Comité Municipal del partido en Shanghai, oficinas para las que fue recomendado por el titular saliente, Wang Daohan, y que Jiang ocupó durante tres años. En tanto que responsable de la urbe más populosa y cosmopolita del país, Jiang se acreditó como un gestor eficaz, encargado de aplicar el programa de reformas económicas de Deng y de combatir la corrupción administrativa, así como de impulsar proyectos decisivos para el desarrollo urbanístico. Asimismo, tuvo la oportunidad de relacionarse con multinacionales de Europa y Estados Unidos, llegadas para invertir y abrir negocios en esta ciudad de las oportunidades.

Más viajado y cultivado que la mayoría de los dirigentes del partido, Jiang podía departir sin necesidad de intérpretes con sus interlocutores anglosajones, rusos o rumanos, así como leer documentos redactados en francés o en japonés. Shanghai, que en los años veinte y treinta se afamó como la metrópoli más europeizada y bulliciosa de Oriente, se convirtió en el reflejo de los cambios que con Deng a la batuta y a toda velocidad estaban transformando China. Así, la primera bolsa de valores del país se inauguró en septiembre de 1986 en Shanghai.

Cuando en diciembre de 1986 miles de estudiantes se lanzaron a las calles de Shanghai en demanda de reformas de más calado, Jiang atendió algunas de las reivindicaciones que se le plantearon, pero rechazó las que tenían un significado de liberalización política, como la de mayor transparencia en el proceso de selección de candidatos para las elecciones a las asambleas provinciales. Para poner fin a las manifestaciones no lanzó a las fuerzas de seguridad, sino que levantó una cortina informativa, esperando a que la protesta se desinflara por cansancio.

Habría cabido esperar su destitución por no haber evitado las algaradas (que salpicaron a Beijing), pero el represaliado fue el mismo secretario general del partido desde febrero de 1980, Hu Yaobang, obligado a dimitir en enero de 1987 por los conservadores que le acusaron de no haber sido capaz, a su juicio, de desarrollar la reforma económica sin cerrar las puertas a una excesiva e indeseada liberalización "burguesa". De hecho, Jiang fue ascendido espectacularmente, dejando claro que su protector en última instancia no era el ahora arruinado Hu, sino el supremo dirigente, Deng: así, en el XIII Congreso del PCC, celebrado del 25 de octubre al 1 de noviembre de 1987, Jiang resultó elegido para integrar el exclusivo Buró Político del Comité Central, de 18 miembros, convirtiéndose en el sexto dirigente en la jerarquía del partido.


3. Salto al liderazgo del partido como heredero de Deng

Hay indicios de que en los primeros momentos de la gran protesta de la primavera de 1989, iniciada en Beijing y contagiada a Shanghai y otras ciudades, Jiang fue proclive a algún tipo de diálogo con los estudiantes en la línea de lo sondeado por el secretario general, Zhao Ziyang, un reformista con un perfil bastante similar al del malhadado Hu, fallecido en abril. Según este análisis, ante la imposición de la solución represiva en el Buró Político, indicativa de que Deng se había decantado por los partidarios de la línea dura o que él mismo había impuesto ese desenlace, Jiang se habría echado atrás y abrazado las tesis del grupo de los intransigentes, con el primer ministro Li Peng a la cabeza. Como responsable del partido en Shanghai, Jiang se encargó de frustrar la traslación a la ciudad de la costa de los campamentos y las arengas de los estudiantes de Beijing, para lo que recurrió a un fuerte despliegue policial y un férreo bloqueo informativo que incluyó el cierre del periódico más liberal del país, el Diario del Mundo Económico.

En los días de incertidumbre que siguieron a la histórica matanza del 3 y el 4 de junio de 1989 en la plaza pekinesa de Tiananmen, con la derecha del PCC crecida y dispuesta a detener unas reformas económicas que habían degenerado en reclamaciones políticas, Deng sorprendió a todos escogiendo al muy poco conocido Jiang, que ni siquiera formaba parte del Comité Permanente del Buró Político -el restringido sanedrín del poder comunista-, para sustituir el 24 de junio en la Secretaría General a Zhao, fulminantemente destituido al igual que el número cuatro de la jerarquía, Hu Qili, durante el cuarto plenario del XIII Comité Central. Jiang, con 62 años, se adelantó a los números dos y tres del partido, respectivamente Li Peng y Qiao Shi, responsable de la seguridad del Estado. Este último, era, en opinión de los observadores, el gran favorito para la sucesión por sus buenas relaciones con la gerontocracia ultraconservadora, representada por los octogenarios Peng Zhen y Chen Yun, dos de los "Ocho Inmortales" de la Revolución (Deng era otro integrante de este grupo de denominación popular) cuyas salidas del Buró Político en 1987 no habían sido óbice para conservar una fuerte influencia y seguir fiscalizando críticamente las actuaciones de Deng.

La designación de Jiang fue vista como una solución de compromiso, incluso como una tregua en la lucha de facciones, que alcanzó cotas de gran tensión en el apogeo de la protesta estudiantil, al reunir en su figura el compromiso con las reformas, pero sin excesos liberales, y la fidelidad a la línea ideológica, igualmente matizada por no ubicársele nítidamente entre los partidarios de la represión violenta sin contemplaciones. Cuando el 9 de junio Deng felicitó a los militares por el "glorioso aplastamiento de la rebelión contrarrevolucionaria", añadió un llamamiento a continuar la política de reformas, la gaige, y apertura exterior, la kaifong. Ello se interpretó como un mandato para Jiang, quien por de pronto intensificó la purga masiva de periodistas, responsables de medios de comunicación y autoridades académicas.

En noviembre de 1989, durante el quinto plenario, a Jiang le fue conferida la presidencia de la Comisión Militar del Comité Central, desocupada por Deng. Esta instancia del partido era decisiva para el control de las Fuerzas Armadas, y su adjudicación a un hombre sin experiencia de lucha revolucionaria fue posible en parte por la presión de Deng, pero también porque Jiang había cultivado las relaciones con los militares y los veteranos de la vieja guardia. En marzo de 1990, en el tercer período de sesiones de de la VII Asamblea Popular Nacional (APN, Parlamento), Jiang asumió también la Comisión Militar del Comité Estatal, y en el XIV Congreso del PCC, celebrado del 12 al 18 de octubre de 1992, fue confirmado como secretario general y miembro del Comité Permanente del Buró Político. Más que un triunfo personal de Jiang, este congreso se valoró como la consagración de la era de las reformas económicas pilotada por Deng, quien a partir de entonces fue eclipsándose políticamente en paralelo a su deterioro físico.

A las jefaturas del partido y del Ejército, Jiang añadió la del Estado cuando el 27 de marzo de 1993 la VIII APN en su sesión inaugural le eligió presidente de la República, en sustitución del octogenario general Yang Shangkun, notorio adversario de las reformas y que había sido jubilado del Buró Político en el XIV Congreso. Con la asunción de este puesto, Jiang reunió en su persona la mayor concentración de atribuciones desde los tiempos de Mao. Así convertido en el tercer delfín de Deng, quien le calificó de "núcleo de una tercera generación de líderes" (tras Mao y él mismo), Jiang, a diferencia de los defenestrados Hu y Zhao, sí pareció entender perfectamente la enseñanza del Pequeño Timonel, sintetizada en la fórmula de una amplia reestructuración y liberalización económica sin el menor menoscabo de la ortodoxia política.


4. La meta de superar el ostracismo internacional tras Tiananmen

Jiang se erigió en el actor principal de la política exterior china, con los objetivos de superar el aislamiento, vigorizar las inversiones y recuperar y, luego, acelerar los intercambios comerciales. En el comienzo de la década de los noventa China necesitaba imperiosamente relanzar sus transacciones con el exterior porque la tasa de crecimiento anual había descendido por debajo del 4% como consecuencia de las medidas contra el recalentamiento (alzas de los precios) aplicadas ya antes del fatídico junio de 1989.

Las secuelas internacionales de la matanza de Tiananmen en forma de sanciones y boicots sólo empeoraron la situación en aquel terreno, desastre que amenazó con arruinar toda la política de reformas de Deng, la cual, como se indicó arriba, dependía vitalmente de la apertura al exterior. Así, la actuación de China en el Consejo de Seguridad de la ONU durante la crisis y guerra de Kuwait en 1990-1991, ni vetando ni apoyando las sucesivas resoluciones contra Irak, fue considerada "constructiva" por la coalición de países encabezada por Estados Unidos y permitió al Estado asiático ensayar el papel de potencia responsable en el concierto de naciones al tiempo que desembarazarse del repudio general del que todavía era objeto.

Para esta labor tenaz, a Jiang le facilitó el estar libre del estigma que, por ejemplo, pesaba sobre el ex primer ministro Li (consolidado en 1998 como número dos del régimen desde su puesto en el Comité Permanente del partido y como presidente del Comité Permanente de la APN), ampliamente asociado por la opinión pública internacional al aplastamiento de la Primavera de Beijing. Trabajando con Li, que se dedicó preferentemente a los países asiáticos, menos fiscalizadores de su persona, Jiang basó la ambiciosa campaña diplomática en numerosos e importantes viajes.

Los esfuerzos desplegados por Jiang a partir de 1991-1992 contaron desde el primer momento con un discurso receptivo en determinados ambientes políticos y económicos de Occidente, habitualmente ligados a intereses empresariales y, en algunos casos, formando verdaderos lobbies prochinos para influir en sus gobiernos. Así, destacadas personalidades de Europa y Estados Unidos, a despecho del sentir mayoritario en sus respectivas opiniones públicas nacionales, sostenían que los embargos y otras medidas de fuerza no eran los medios más adecuados para inducir a los líderes chinos a que modificaran su mezquino concepto sobre los derechos de sus gobernados. En sus prospectivas optimistas, estas personas expresaban su confianza en que la evolución lenta de la sociedad china, su progresiva absorción de la cultura y los estándares internacionales, producirían a la larga los cambios deseados. Mientras tanto, concluían, no debían descuidarse las inmensas posibilidades comerciales que brindaba un mercado potencial de 1.200 millones de personas.


5. Restauración de relaciones con Estados Unidos bajo la égida comercial

Pendiente una cumbre oficial con Estados Unidos, para la que las partes no consideraron madura la situación hasta 1997, Jiang aprovechó las citas de mandatarios de la Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC) para reunirse con el presidente Bill Clinton. Fue notable comparar las actitudes exhibidas por Jiang y Clinton en la I Cumbre de la APEC, en Seattle el 20 de noviembre de 1993, y en la IV, en Manila el 24 de noviembre de 1996: el chino, sonriente en ambos casos; el norteamericano, de semblante grave en el primero, pero francamente distendido en el segundo. A esas alturas, la "cooperación constructiva" y la "asociación estratégica" chino-estadounidenses advocadas por Deng y asumidas por Clinton como una doctrina de su administración, se presentaban plenamente recompuestas y reforzadas.

En esos tres años la evolución de la actitud estadounidense hacia China pareció coronar con éxito la estrategia del presidente chino: olvidar Tiananmen, mantener la boca cerrada en el tema de los Derechos Humanos en Tíbet y el conjunto de China, y obtener a cambio suculentas facilidades para la inversión y los negocios. Significativamente, la cláusula comercial de nación más favorecida no dejó de ser renovada puntualmente cada año desde 1990 no obstante las censuras políticas y las sanciones de todo tipo, amén de la práctica del dumping y la piratería de productos de consumo (de enorme magnitud en las ediciones de música y software informático), que provocaban y provocan pérdidas millonarias a las empresas estadounidenses.

Los golpes de efecto definitivos para la normalización de las relaciones con Estados Unidos fueron las dos visitas oficiales de los máximos responsables: la de Jiang del 26 de octubre al 3 de noviembre de 1997 (primera de un presidente chino desde 1985 y tercera estancia de Jiang en Estados Unidos tras asistir en Seattle a la Cumbre de la APEC y en Nueva York, el 24 de octubre de 1995, a la 50ª Asamblea General de la ONU), y la de Clinton del 24 de junio al 3 de julio de 1998 (a su vez, la primera de un mandatario estadounidense desde la realizada por George Bush tres meses antes de la matanza de Tiananmen). Con gran despliegue de sonrisas y cortesías, cada uno agasajó al otro cuando le tocó hacer de anfitrión. En la cumbre de Beijing del 27 de junio de 1998, Jiang y Clinton firmaron un documento de 47 puntos que incluía la reprogramación de los misiles nucleares para dejar de apuntar a objetivos respectivos, una declaración de apoyo al ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC), una agenda de trabajo común para reducir tensiones de diversa índole en Asia y una línea de "diálogo franco" sobre Derechos Humanos, tema en el que el estadounidense prefirió no detenerse mucho.

El ingreso en la OMC era la condición impuesta por Jiang para abrir sus mercados a las exportaciones de Estados Unidos, es decir, que aceptaba la liberalización comercial, pero dentro de un ámbito multilateral. El 24 de mayo de 2000 el Congreso estadounidense dio luz verde a aquella trascendental operación. Aquel año, último de la presidencia de Clinton, China se consolidó como el cuarto cliente de Estados Unidos -tras sus socios del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), Canadá y México, y Japón-, pero además era el socio comercial con el que la superpotencia occidental tenía un déficit más abultado. A su vez, Estados Unidos era el segundo comprador de China luego de Japón.

Las millonarias transacciones de China con Estados Unidos han consistido en la exportación de manufacturas de consumo baratas (el 70% del total importado por aquel país en este ramo) y la importación de equipos de alto valor añadido por su tecnología (maquinaria pesada, sistemas de transporte) y recursos de know-how. En el cambio de siglo, con todo, cientos de millones de consumidores chinos seguían sin acceder a bienes estadounidenses. El gigantesco pastel comercial chino permanecía en buena parte intacto, de suerte que Estados Unidos pugnaba por ocupar un lugar de privilegio cuando Beijing abriera definitivamente las barreras a la oferta exterior.


6. Consolidación en el poder y fidelidad al denguismo

El XIV Congreso del PCC en 1992 introdujo el concepto decisivo de "economía socialista de mercado", eufemismo que expresaba a las claras la cuadratura del círculo ideológico trazada por Deng y que apenas disfrazaba el malsonante término capitalista. Siempre asociadas al líder supremo, consignas como "algunos deben enriquecerse primero" o "hacerse rico pronto es digno de elogio", habían sido publicitadas en grandes carteles incluso antes de las protestas de la primavera de 1989.

En los años noventa, caracterizados por el nuevo ímpetu a las grandes transformaciones económicas, Jiang explicó por doquier, con una convicción y un didactismo al más puro estilo maoísta, en qué consistía la histórica mutación. En Occidente sorprendió mucho la simplicidad del articulado y el acusado pragmatismo, por no llamarlo desparpajo, de la noción. Para Jiang, el "socialismo de características chinas" consistía en "Repartir los recursos derivados de la economía de mercado y aplicar el principio socialista de la protección social y la mejora de la situación del trabajador. La otra característica era que "seguirá prevaleciendo la propiedad pública, que forma parte de la tradición china".

Y proseguía, parafraseando a su mentor: "Nuestra política consiste en una tarea central, el desarrollo económico, y dos puntales básicos, el socialismo de características chinas y la continuidad de la gaige y la kaifong. El desarrollo económico se fundamenta en el respeto de los cuatro principios cardinales: seguir la vía del socialismo, mantener la dictadura del proletariado, confiar la dirección al Partido Comunista y permanecer fieles al marxismo-leninismo y al pensamiento de Mao Zedong".

La muerte de Deng, al cabo de un lento y penoso declive físico e intelectual, el 19 de febrero de 1997 puso a Jiang en la tesitura de extender su liderazgo, siempre visto con recelo por la gerontocracia conservadora por su trayectoria más técnica que ideológica, de la formalidad de los cargos a la realidad de los hechos, a lo largo de los escalafones del partido y el Estado. Al cabo de unos meses, cualquier duda sobre el afianzamiento de Jiang en el poder se había disipado. Si bien carente de la autoridad reverencial y el carisma del líder desaparecido, Jiang se aseguró un respeto como fideicomisario del legado de Deng y reforzador de la colegialidad de hecho que desde la desaparición de Mao rige en las decisiones de calado, una anteposición del consenso en la cúpula del partido que relativizaba su concentración nominal de poder.

Los fastos de la restitución de Hong Kong a la soberanía china por el Reino Unido el 1 de julio de 1997 se caracterizaron por la omnipresencia de Jiang, mientras que en el XV Congreso del PCC, celebrado del 12 al 18 de septiembre del mismo año, el secretario general se deshizo de su último rival, Qiao Shi, entonces presidente de la APN y cabeza de una atribuida alternativa liberal frente a la línea dura auspiciada por Jiang. El puesto de Qiao, jubilado del Comité Permanente y el Buró Político, como número tres fue ocupado por Zhu Rongji, sustituto en la jefatura del Gobierno de Li Peng (quien a su vez reemplazó a Qiao al frente de la APN) y cabeza visible de una nueva generación de tecnócratas perfectamente identificados con las reformas. Precisamente, Zhu fue quien reemplazó a Jiang como alcalde de Shanghai en 1987, y ahora se hizo cargo de todo lo relacionado con las mudanzas económicas, las negociaciones comerciales y las inversiones foráneas.

La devolución por Portugal de Macao el 19 de diciembre de 1999 puso el colofón adecuado a las celebraciones conmemorativas del 50º aniversario de la República Popular, el 1 de octubre, caracterizadas por la exaltación nacionalista y las fanfarrias patrióticas. En opinión de Jiang la China de mediados del siglo XXI iba a ser un país "socialista, moderno, poderoso, democrático y civilizado".


7. Implicación en las dinámicas regionales

La atmósfera positiva que caracterizó las cumbres Jiang-Clinton de 1997 y 1998 fue en parte la expresión del reconocimiento estadounidense de la actitud responsable exhibida por China en la crisis financiera que azotaba Extremo Oriente, pues la política de fortaleza del yuán, moneda convertible desde 1994, servía como eficaz rompeolas del efecto contagio, resguardando los mercados chinos y los importantísimos intereses occidentales.

Washington también tomó nota de la adhesión de Beijing el 24 de septiembre de 1996 al Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBT), completando la firma el 9 de marzo de 1992 del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) y luego de conducir, el 29 de julio de 1996, su último test atómico y de declarar acto seguido una moratoria indefinida; eso sí, el CTBT quedó pendiente de ratificación. Esta decisión contrastó vivamente con la escalada nuclear en la que se enzarzaron en mayo de 1998 India y Pakistán, este último el tradicional aliado de China en la región y que recibió presiones de su valedor para que devolviera las aguas a su cauce y evitara a toda costa el choque bélico con los indios.

Jiang fue consciente de que su país era objeto de una atención creciente por sus aportaciones a la seguridad regional y, por ende, internacional, pero la explotación de esta baza ha estado trufada hasta el día de hoy de contradicciones y reflujos. Por un lado, bajo Jiang China apostó sin reservas por la sustitución de la tensión prebélica entre las dos Coreas por un diálogo integral que condujera a su eventual unificación, siendo inequívocas las exhortaciones en tal sentido a los dictadores neoestalinistas del Norte, Kim Il Sung y, tras morir éste en 1994, su hijo, el no menos errático e incontrolable Kim Jong Il.

La propensión del depauperado régimen de Pyongyang a desatar crisis de índole nuclear a modo de chantaje económico no fue suficiente, empero, para que Beijing se decidiera a apretarle las tuercas a su problemático aliado cortándole el suministro de energía o suprimiendo de raíz la provisión de tecnología de misiles, lo que, en opinión de los expertos occidentales, constituía un ejercicio de proliferación de armas de destrucción masiva. Jiang optó por extremar la cautela en este tipo de asistencia militar a Corea del Norte e invitó a los Kim a que abrieran las puertas a las reformas económicas de mercado y que tomaran ejemplo de lo conseguido por China en este aspecto, con escaso resultado.

Por otro lado, como se anticipó arriba, el dirigente chino participó en las cumbres anuales de la APEC, boyante organización de liberalización comercial en la que China fue admitida el 12 de noviembre de 1991 y que brindó una excelente plataforma para la deseada apertura multilateral. En la III Cumbre de la APEC, en Osaka el 19 de noviembre de 1995, donde se aprobó una agenda de acción para alcanzar un área de libre comercio de los estados miembros más desarrollados en 2010 y para los más rezagados en 2020, Jiang anunció un paquete de medidas que incluían el recorte en un 30% de los aranceles aplicados a 4.000 productos que importaba China y la eliminación de cuotas de importación a otros 170 productos, la reducción del número de productos sometidos a inspección aduanera, facilidades para un mayor acceso al mercado chino de las empresas mixtas y los bancos de capital foráneo, el reforzamiento del régimen cambiario y el paso a la total convertibilidad del yuán.

Jiang también jugó a fondo la carta de la cooperación y, en menor medida, la integración regionales a través de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), bien asistiendo personalmente a sus cumbres de mandatarios en calidad de asociado (a partir de diciembre de 1997 con motivo de la Cumbre de Kuala Lumpur), en el ámbito consultivo ASEAN+3 junto con Japón y Corea del Sur, bien como interlocutor del diálogo sobre seguridad mantenido por su Foro Regional (FRA). La VIII cumbre de la ASEAN, celebrada en Phnom Penh el 4 y el 5 de noviembre de 2002, revistió un significado especial para China porque Jiang accedió de buena gana a insertarse en el Área de Libre Comercio subregional de bienes y servicios, el AFTA (ya operativo para los seis países fundadores de la ASEAN). Con su fórmula de integración colateral, Beijing podría disfrutar plenamente del AFTA en 2010 en el caso de los estados miembros más desarrollados y en 2015 con los cuatro restantes.

En estos escenarios Jiang buscó aliados de cara a las complejas relaciones con Japón, al que China siguió viendo con suspicacia por su renuencia a emitir una disculpa oficial y sin ambages por las atrocidades cometidas contra el pueblo chino por el Ejército imperial durante la ocupación (1931-1945), por el incremento de sus gastos militares (justificados en Tokyo ante los alarmantes ejercicios con misiles balísticos de Corea del Norte y la propia China) y por el reforzamiento de alianza nipona con Estados Unidos.

Desde luego, estas aprensiones no podían soslayar la realidad de los intercambios comerciales con Japón, el principal proveedor y cliente de China. Jiang estuvo en Tokyo del 6 al 10 de abril de 1992 y del 26 al 30 de noviembre de 1998, marcando las primeras visitas, respectivamente, de un secretario general del PCC desde 1983 y de un jefe de Estado chino en la historia de estas dos naciones milenarias. La cordialidad caracterizó las relaciones con otros dos países asiáticos en su día enemigos en el frente de batalla: Vietnam, con el que se restablecieron las relaciones diplomáticas el 7 de noviembre de 1991 y que fue visitado, siempre con carácter histórico, por Jiang del 19 al 22 de noviembre de 1994, y Corea del Sur, que registró los mismos eventos el 24 de agosto de 1992 y del 13 al 17 de noviembre de 1995, siendo los presidentes anfitriones Roh Tae Woo en la primera ocasión y Kim Young Sam en la segunda.

Ya se explicó arriba que a la alianza tradicional con Pakistán como contrapeso del eje ruso-indio no le hizo ningún favor la escalada de pruebas nucleares sostenida por los dos países en 1998, presenciada con desagrado en Beijing. En 1996 Jiang cursó sendos desplazamientos a India, el 28 y el 29 de noviembre, otro viaje inédito que estuvo centrado en la reducción de tropas en la frontera de Assam a través de un Acuerdo sobre Medidas de Confianza Militares, y a Pakistán, del 30 de noviembre al 4 de diciembre.


8. Cooperación estrecha con Rusia y aproximación a la Unión Europea

De acuerdo con una nueva doctrina militar que vincula la seguridad internacional y china al diálogo multilateral, al rechazo de las viejas alianzas militares de la Guerra Fría y a la no injerencia en los asuntos internos de los estados, Jiang buscó diversificar las relaciones exteriores de China tanto como fuera posible. Pieza central de esta estrategia ha sido la Rusia postsoviética, cuyas relaciones con China ya dejó encarriladas Mijaíl Gorbachov (visita a Beijing en mayo de 1989) después de casi tres décadas de dura pugna ideológica que a finales de los años sesenta amagó con precipitar una guerra.

El presidente Borís Yeltsin realizó varios desplazamientos a China (diciembre de 1992, abril de 1996, noviembre de 1997, diciembre de 1999), mientras que Jiang hizo lo propio en Moscú del 15 al 19 de mayo de 1991 (primera visita de un secretario general del PCC desde la prestada por Mao en 1957), el 2 y el 3 de septiembre de 1994, el 22 y el 23 de abril de 1997, y del 22 al 25 de noviembre de 1998. La cumbre de Beijing de 1992 inauguró un lenguaje que fue precisado en los encuentros ulteriores con declaraciones y protocolos adicionales: la inadmisibilidad de un mundo unipolar, la necesidad de emprender acciones concertadas contra el "hegemonismo" estadounidense, el rechazo a la expansión de la OTAN a los estados de Europa Oriental y el cuestionamiento de la propia existencia de esta organización defensiva por considerarla periclitada.

Las cumbres de 1997 sellaron una "alianza estratégica" chino-rusa con la vocación de contener la preponderancia de Estados Unidos en los asuntos mundiales, aunque inicialmente sus expresiones más palpables consistieron en sustanciosos acuerdos de compra y venta de equipos militares y en la liquidación de los viejos litigios en la extensa frontera oriental, la cual quedó satisfactoriamente demarcada.

La nueva era en las relaciones con Rusia se extendieron, a iniciativa de Jiang, a las repúblicas ex soviéticas de Asia Central, tres de las cuales, Kazajstán, Kirguizistán y Tadzhikistán, se integraron en un diálogo multilateral para asuntos económicos, de seguridad y fronterizos de común interés que vino en denominarse Grupo de los Cinco o Grupo de Shanghai por celebrarse en esta ciudad la primera cumbre de presidentes, el 27 de abril de 1996. El sucesor de Yeltsin en diciembre de 1999, Vladímir Putin, continuó la nueva cooperación chino-rusa y aún la reforzó. En la cumbre anual de presidentes celebrada el 14 de junio de 2001 de nuevo en Shanghai, el Grupo, con la adición de Uzbekistán, resolvió instituirse como Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). En expresión de Jiang, los "seis buenos vecinos" se comprometieron a combatir el "separatismo, el terrorismo y el extremismo", amén de todo movimiento militante de carácter étnico o religioso, preservar la seguridad regional y promover el comercio y las inversiones mutuas.

En otro frente, el 29 de octubre de 1998 Jiang recibió a una delegación de la Comisión Europea encabezada por su presidente, Jacques Santer, la primera de este nivel en doce años. Llegados para obtener mejoras en la situación de los Derechos Humanos, promocionar el euro como divisa de referencia internacional y apoyar el proceso de reformas chino, las autoridades comunitarias retornaron a Bruselas con una sensación de éxito tras comunicarles Jiang, atento a cualquier tendencia que ponga en cuestión la hegemonía del dólar en el sistema monetario internacional, que veía a la moneda europea "más estable" que la divisa americana y la revisión de algunas condenas de reos chinos por delitos políticos.

El mandatario chino no descuidó en sus salidas exteriores las capitales europeas occidentales, pese a ser las más críticas con los métodos totalitarios de la dictadura del PCC. Sus giras europeas en septiembre de 1994, junio y julio de 1996, marzo de 1999 y octubre de 1999 incluyeron a países como Francia, Reino Unido, España o Portugal. Aparte de los escenarios citados, Jiang estuvo a Canadá (26 a 29 de noviembre de 1997), México (29 a 3 de diciembre de 1997), Marruecos, Argelia y Arabia Saudí (octubre y noviembre de 1999), Israel, Autoridad Palestina y Egipto (12 a 18 de abril de 2000), Turquía (19 y 20 de abril de 2000), Sudáfrica (24 a 27 de abril de 2000) y Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Cuba y Venezuela (abril de 2001), entre otros destinos. La mayoría de estos viajes marcaron un precedente en las relaciones bilaterales chinas.


9. La cuestión taiwanesa como interferencia en los vínculos con Estados Unidos

No obstante el desarrollo de los intercambios comerciales, durante la Presidencia de Clinton la cuestión de Taiwán sirvió de pretexto a Beijing para sacar a relucir de cuando en cuando un lenguaje y unos modos agresivos que atemorizaron y desconcertaron de puertas afuera, y que pusieron a prueba la "asociación estratégica" chino-estadounidense. A la vista de muchos observadores y analistas, se mascaba un enfrentamiento, precisamente, de tipo estratégico, en las complejas relaciones chino-estadounidenses, con riesgo de dar paso a una confrontación o rivalidad integral y no meramente sectorial a medio o largo plazo, por tratarse de dos formas radicalmente diferentes de concebir las relaciones internacionales. Si existía un país en el mundo con un potencial formidable, susceptible de expandir su poder económico y militar y, de paso, de blandir un nacionalismo porfiado y unilateralista, hasta el punto de retar a la superpotencia americana, ése era, sin duda, China.

En todo el período, Jiang se mantuvo intransigente en la exigencia de entablar negociaciones directas con el Gobierno de Taipei en torno a la "sagrada misión" de reintegrar el Estado construido por los "renegados" nacionalistas del Kuo-Min Tang cuando perdieron la guerra civil en el continente en 1949, sobre el principio de "un Estado, dos sistemas", como el aplicado con Hong Kong en 1997. Los alardes militares al oeste del estrecho de Formosa sirvieron de advertencia contra la búsqueda de reconocimiento internacional por las autoridades taiwanesas y como instrumento de presión sobre los procesos electorales en la isla, por otro lado una expresión de impecabilidad democrática sumamente irritante para el PCC, que afrontaba crecientes dificultades para legitimar ante sus gobernados del continente su monopolio dictatorial del poder.

Ahora bien, ni las pruebas intimidatorias con misiles en julio de 1995 para abortar los devaneos diplomáticos de presidente Lee Teng-hui -las cuales sólo sirvieron para romper el diálogo político, que no se reanudó hasta octubre de 1998-, ni los aparatosos ejercicios navales en marzo de 1996 para influir en las elecciones presidenciales, ni la reeditada retórica belicista en la víspera de las cruciales elecciones de marzo de 2000, resultaron efectivos. La causa independentista avanzó notablemente y su abanderado oficial, el hasta entonces opositor Partido Democrático Progresista (MCT), colocó a su candidato, Chen Shui-bian, en la Presidencia de Taiwán tras los últimos comicios citados, abriendo un escenario nuevo y obligando a Jiang y sus colegas a replantearse su estrategia.

Paralelamente, Jiang advirtió a Washington contra el aguijoneo de las reluctancias taiwanesas a la reunificación en una sola China, a través de gestos diplomáticos (autorización a Lee en junio de 1995 para realizar una visita privada a la Universidad de Cornell) que pusieran en cuestión el reconocimiento exclusivo de la República Popular, o el suministro de armas defensivas al Ejército taiwanés para hacer frente a una hipotética invasión desde el continente. Este fuerte desencuentro se mantuvo candente tras las cumbres presidenciales de 1997 y 1998. En añadidura, las denuncias por la industria estadounidense de la piratería de productos audiovisuales y las preocupaciones en el Departamento de Defensa y el Senado (asientos de un importante grupo político-militar de siempre hostil al régimen chino) por el refuerzo cuantitativo y cualitativo de los arsenales chinos y la persistencia de los suministros de tecnología y unidades de armamento de destrucción masiva a países como Corea del Norte, Pakistán o Irán, fueron otros tantos elementos que impidieron el estado idílico, deducible de la simple mirada de las fotos oficiales, en las relaciones chino-estadounidenses.

La última fricción grave con la administración Clinton fue con motivo del bombardeo, presuntamente accidental, por aviones de la OTAN de la embajada china en Belgrado el 8 de mayo de 1999, durante los ataques contra Serbia por la crisis de Kosovo, que provocó cuatro muertos. El 14 de mayo Beijing soterró su colérica reacción tras una llamada telefónica de Clinton a Jiang dando las oportunas explicaciones y disculpas, y en las semanas posteriores las partes prodigaron los gestos de apaciguamiento. Meses después, el relevo de la polémica la tomó el divulgado proyecto de Defensa Nacional Antimisiles (NMD), concebido por el Departamento de Defensa estadounidense para preservar el territorio nacional de hipotéticos ataques con misiles por los llamados rogue states ("estados bribones") u organizaciones terroristas. En Beijing, al igual que en Moscú, cundió la preocupación por un proyecto visto como una violación del Tratado sobre Antimisiles Balísticos (ABM) suscrito en 1972 por Estados Unidos y la URSS, y como un golpe de gracia a los esfuerzos multilaterales contra la proliferación mundial de estos sistemas de armamento de destrucción masiva.


10. Un dirigente internacional de carácter peculiar

Jiang fue el alto dirigente más cosmopolita que ha tenido China, así como uno de los más cultos. Su imagen internacional apareció frecuentemente distendida, jovial y extraprotocolaria, sorprendiendo a sus anfitriones con espontaneidades tan inusuales como disertaciones sobre las obras de Shakespeare y Tolstoi, breves ejecuciones a piano de temas clásicos o animosas exhibiciones de canto, preferentemente temas sencillos de karaoke, aunque tampoco le arredraban las piezas tradicionales de la canción italiana y la ópera europea: en los últimos años, si Jiang estaba contento por cómo se desarrollaba una reunión al más alto nivel, sus interlocutores casi podían dar por hecho que el dirigente chino les obsequiaría con una demostración de sus habilidades canoras. Brindando una remembranza maoísta, en abril de 2000, durante su visita a Israel, se dio un chapuzón en el Mar Muerto, con el gorro de nadador encasquetado y rodeado de guardaespaldas en bañador, todo un desprecio del sentido del ridículo impensable en la práctica totalidad de los mandatarios mundiales.

No obstante, su actitud siempre se atiesó cuando le planteaban cuestiones que se apartaban del guión preestablecido, llegando al extremo de, en plena rueda de prensa y ante un mar de cámaras, levantarse de su asiento y reprender severamente y cuestionar la profesionalidad de periodistas de Hong Kong por la presunta tendenciosidad o incorrección de sus preguntas. A lo largo de su mandato como secretario general, Jiang mostró un progresivo acercamiento al Ejército Popular de Liberación, empleando el lenguaje patriótico de su agrado, aumentando las partidas económicas para la Defensa y no obstaculizando la participación de sus mandos en negocios y transacciones de todo tipo, no pocas veces especulativos o turbios.

No en vano, la institución armada, durante muchos años firmemente supeditada al partido, está adquiriendo hoy un peso creciente como árbitro de las pendencias por los privilegios del poder -que no por cuestiones ideológicas- y como custodio de las esencias doctrinales del régimen, en unos años en que las mutaciones agudizan todo tipo de problemáticas. En cierto sentido, Jiang, con sus aspectos contradictorios o enigmáticos, incorpora el dilema de un país que se debate entre la inserción plena en la comunidad internacional y la tentación del repliegue.

Jiang acogió con irritación cualquier mención a la situación de los Derechos Humanos en su país, donde son violados de manera sistemática y masiva. Incluso cuando estas conminaciones fueron hechas por los líderes occidentales a título meramente formal y marginal, por presiones de sus respectivas opiniones públicas que consideraban los estándares chinos sobre el particular deplorablemente bajos, Jiang hizo gala de una susceptibilidad típicamente china, que considera la cuestión un asunto estrictamente interno, sin dimensión universal. En relación con este punto, hay que señalar que China se negó en redondo a estampar su firma en el Estatuto de la Corte Penal Internacional, aprobado por la Conferencia Diplomática de Roma en julio de 1998.

Sin duda, sobre esta arisca suspicacia pesa la memoria de las muchas décadas, desde mediados del siglo XIX hasta vísperas de la Segunda Guerra Mundial, en que el país estuvo sometido a los tratados inicuos y otras cortapisas a la soberanía nacional (derechos de extraterritorialidad, aduanas internas, concesiones portuarias, exenciones tarifarias) que, con talante semicolonial y muchas veces por la fuerza de las armas, les fueron impuestos a los chinos por las potencias occidentales.


11. Retos e incertidumbres de la reforma interna

El gigantismo de China y el carácter revolucionario de sus transformaciones socioeconómicas han deslumbrado a los observadores internacionales desde que Deng diera el banderazo de salida en 1978. Cuando Jiang llegó a la cima del partido en 1989, los responsables económicos habían tenido que desacelerar el crecimiento para parar la inflación (el índice llegó al 16% aquel año), muy temida por el partido y considerada la espoleta de un malestar social que cristalizó en los disturbios de 1986 y 1989.

Desde 1991, la normalización de los intercambios con el exterior y la flexibilización de las líneas de crédito del Estado estimularon grandemente la producción, que alcanzó unas tasas espectaculares: hasta 1995 el PIB chino creció por encima del 10% cada año, alcanzándose la tasa récord del 13% en 1993, y a partir de 1996 la tendencia fue moderándose progresivamente, hasta el registro del 7,1% con que cerró 1999. Este declive coyuntural se debió, en parte, a una activa política deflacionaria del Gobierno que, al precio de mantener artificialmente revaluado el yuán, aferró el índice de precios en el bienio 1997-1998.

El período coincidió con la crisis asiática, de la que China salió bastante airosa al no resentirse en exceso ni las exportaciones ni las inversiones directas. En 2000, pasado lo peor de las turbulencias financieras y monetarias en todo Extremo Oriente (persistía, empero, la recesión japonesa), la economía china recuperó ímpetu y la tasa anual marcó el 8%. Éste ha sido, no obstante, un crecimiento fuertemente desequilibrado, por aportarlo fundamentalmente las prósperas ciudades de la costa, verdaderos emporios de un capitalismo cada vez menos experimental.

Simultáneamente, iniciaron su andadura nuevas reformas que debían acercar al país a los estándares occidentales en la fiscalidad (gravamen del consumo, las actividades empresariales y las rentas de todos los trabajadores), el crédito bancario y la regulación normativa de las actividades económicas, para facilitar el ingreso en la OMC. Para este propósito, mayo de 2000 fue un mes decisivo, ya que el día 19 se suscribió en Ginebra un preacuerdo y el 24 la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó su concreción a corto plazo. El acontecimiento tuvo lugar finalmente el 10 de noviembre de 2001 (al tiempo que el ingreso de Taiwán), en el curso de la IV Conferencia de Ministros de la OMC, en Qatar.

El XV Congreso del partido en 1997 dio luz verde a la reforma del sistema legal, a la modernización del Ejército Popular de Liberación, a la lucha sistemática contra la corrupción y a la reconversión de las empresas del Estado. Demorada durante años por sus temibles consecuencias sociales, el cierre por el cese de subvenciones de los grandes centros fabriles ineficientes iba a dejar sin empleo a millones de asalariados, que el Estado esperaba absorber en miles de empresas privadas de nueva planta. Un problema que se agravará por la obligada apertura de los mercados internos con la remoción de barreras arancelarias y subsidios sectoriales para cumplir los compromisos de la OMC y además tomar parte hacia 2010 en las respectivas áreas de libre comercio de la APEC y la ASEAN.

Jiang se impuso a los dirigentes del partido más renuentes a la entrada de capital privado en las grandes empresas con el argumento de que el país, si quería sostener su crecimiento económico en las dos décadas siguientes con las altas tasas de los años noventa, debía superar la contradicción de tener un sector privado que aportaba el 75% del PIB pero que se beneficiaba de un tercio de los préstamos bancarios, y es que sólo las ayudas a las empresas del Estado en números rojos consumían cerca de un tercio de los presupuestos del Gobierno.

La reforma constitucional aprobada por la APN el 15 de marzo de 1999 dio cobertura legal a esta transformación, considerada el penúltimo paso decisivo para la implantación de la economía de mercado a todos los efectos. Al elevar el sector privado al rango de "componente importante" de la economía socialista de mercado (una primera revisión en 1988 reconoció su existencia, pero como complemento del sector estatal), el denguismo pasó a tener la misma relevancia constitucional que el marxismo-leninismo y el pensamiento Mao Zedong. Otras dos enmiendas modernizaron el concepto de Estado al tipificar la noción de "imperio de la ley" y los delitos por "crímenes de seguridad nacional", que sustituyeron a los de "actividades contrarrevolucionarias".

En el umbral del nuevo siglo estaba por ver si este conjunto de reformas y disposiciones preservaría en el futuro las principales obsesiones de Jiang y sus colegas: la integridad del Estado y el poder central; la salvaguardia del orden público en las ciudades y la estabilidad en el conjunto del país; la reutilización por el sistema productivo de los millones de nuevos parados y los muchos más de campesinos que arriban a las urbes del este donde se asientan las empresas demandantes de mano de obra y donde faltan infraestructuras de vivienda y servicios para acogerlos; y, la erradicación de la corrupción y la criminalidad, dos efectos indeseados de las reformas y que han ido alcanzando proporciones desconocidas.

De momento, la lista de problemas y peligros era y es abundante: degradación de las relaciones entre el centro y las provincias a causa de una interpretación exagerada y excluyente por sus dirigentes de la descentralización y la autogestión (se tiene muy presente la tradición multisecular de los caciques regionales y los warlords o señores de la guerra); fuertes tensiones étnico-nacionalistas en Tíbet y Xinjiang, donde los uigures, musulmanes sunníes y túrquicos, se oponen tenazmente a la asimilación cultural de los chinos han, que suponen el 90% de la población total de China; agitaciones y huelgas, a veces muy violentas, de obreros despedidos de los grandes centros fabriles, así como exigencias de sindicatos independientes; y, agravamiento de las desigualdades sociales, saliendo perdedores aquellos ciudadanos, típicamente los del medio rural, excesivamente apegados a las solidaridades tradicionales y confiados en la subvención y protección del Estado.

A pesar de las proclamas socialistas, las condiciones laborales son pésimas en numerosas fábricas manufactureras, que maximizan sus beneficios (y sus opciones para la competencia desleal en los mercados internacionales) a costa de sus trabajadores, recordando un capitalismo de tipo manchesteriano. Se constata también un vertiginoso incremento de las depredaciones de los recursos públicos y de los negocios puramente lucrativos. Y no menos floreciente aparece el entramado de mafias relacionadas con el tráfico de drogas, la trata de blancas o la venta de trabajadores ilegales en condiciones de esclavitud, entre otras actividades criminales.

Jiang y la cúpula del PCC intentaron atajar estos males reforzando la disciplina ideológica entre los miembros del partido, escenario de los más sonados escándalos económicos, aumentando la vigilancia de la sociedad con los métodos totalitarios caros al régimen y, sobre todo, lanzando vastas campañas represivas contra delincuentes y corruptos cuya expresión más impactante son las ejecuciones. Éstas, por el número de represaliados, su tramitación con carácter sumario y colectivo, y su pública retransmisión con finalidad ejemplarizante, rememoran los brutales métodos de antaño. Todas estas medidas draconianas se han revelado insuficientes, si no inútiles, hasta el momento. Las autoridades incluso se las ven y se las desean para mantener a raya a la secta mística Falun Gong, desde finales de los años noventa considerada el principal peligro para el orden público por su habilidad para captar prosélitos en una época de traumas y mudanza emocionales, y por su perfil subversivo desde el momento en que no reconocen otra autoridad que la de sus dirigentes.

Con la mano que afloja, en septiembre de 2001 el régimen levantó las restricciones legales a los movimientos internos de la población con un plan para suprimir en cinco años el sistema del hukou, que desde la campaña maoísta del Gran Salto Adelante (1958-1961) tiene clasificados a los chinos en habitantes rurales o urbanos desde su nacimiento y les obliga a vivir y trabajar en el lugar donde poseen la residencia permanente. Con el desmantelamiento paulatino del hukou, Jiang y sus colegas esperaban regularizar la situación de 150 millones de trabajadores excedentes del campo, una tercera parte de los cuales, calculaban, engrosaría la población proletarizada de las ciudades.

Este cúmulo de paradojas ha hecho preguntarse a los observadores si Jiang y el resto de dirigentes del PCC creen realmente en un sistema comunista axiomático o si ya son conscientes de que el futuro democrático es inevitable, aunque se guardan muy mucho de expresarlo. Según este discutible análisis, su determinación sería pilotar la hipotética transición con prudencia y lentitud, ralentizándola cuanto fuera necesario a fin de no poner en peligro los objetivos centrales arriba expuestos. Otros comentaristas estiman que el recurso a la retórica comunista y patriótica responde a una voluntad de aferrarse indefinidamente en el poder con métodos autoritarios y sin hacer la mínima concesión democrática, aunque con el pragmatismo suficiente de permitir la occidentalización controlada de la cultura y la economía, para inculcar en la ciudadanía una preocupación por su estatus material que supedite las reivindicaciones de tipo político.


12. Inopinado comedimiento con la Administración Bush

La llegada a la Presidencia de Estados Unidos de George W. Bush en enero de 2001 abrió una etapa de confrontación por el programa revisionista del flamante mandatario republicano en la política exterior de la indiscutida superpotencia, que entre otros nuevos enfoques pasó a considerar a China un "competidor estratégico" con el que tendría que emplearse un lenguaje duro, de ser preciso. Beijing reaccionó con la advertencia de que consideraría una agresión que Estados Unidos vendiera armamento defensivo o extendiera el paraguas de la versión de la NMD para la cuenca del Pacífico, la aún sobre el papel Defensa de Teatro Antimisiles (TMD), a Taiwán, tal como exigían los halcones antichinos en el Departamento de Defensa y el Congreso, ahora con un pie en el Ejecutivo.

A mayor abundamiento, el 1 de abril 2001 estalló una crisis escandalosa con la captura de un avión estadounidense que, según las autoridades chinas, realizaba labores de espionaje sobre la isla de Hainán cuando colisionó con uno de los cazas chinos que salieron a interceptarle, muriendo un piloto chino. Tras dos semanas de mutuas negaciones y acusaciones en las que las dos partes dieron rienda suelta al aspaviento, el Gobierno chino liberó a los 24 tripulantes del aparato norteamericano y las cancillerías dispusieron lo oportuno para dar carpetazo a la grave trifulca. Pero, para pasmo general, la súbita crispación de las relaciones chino-estadounidenses resultó efímera, y todo indica que el viraje lo decidió Jiang. Tras el rocambolesco incidente del avión EP-3, Beijing rebajó notoriamente el tono de sus críticas a la NMD y la TMD y apenas alzó la voz cuando Estados Unidos anunció la venta de armamento a Taiwán por valor de 4.000 millones de dólares.

En su nueva cumbre con Putin en Moscú el 16 de julio, a la que siguieron sendas visitas a Ucrania y Bielarús, Jiang firmó un Tratado de Amistad y Cooperación valedero por 20 años que sirvió para reforzar la cooperación estratégica (que no alianza militar) chino-rusa. En la cita se reiteraron el rechazo a la NMD y el llamamiento a la formación de un "mundo multipolar", pero, de nuevo, sin descender al terreno de las críticas directas a la administración Bush. Esta sorprendente moderación se hizo más conspicua a raíz de los atentados del 11 de septiembre contra Nueva York y Washington, cuyo impacto en la geoestrategia china ha dado pie a una de las mudanzas más espectaculares de las muchas que se observan en el "nuevo orden mundial" surgido de aquel acto histórico de macroterrorismo. Jiang ofreció a Bush de inmediato sus condolencias por las víctimas de los ataques y luego el apoyo moral de su país a la anunciada Operación Libertad Duradera contra la organización islamista Al Qaeda del renegado saudí Osama bin Laden y el terrorismo internacional.

Cuando el 7 de octubre comenzaron los ataques anglo-estadounidenses contra el régimen talibán afgano, al amparo de la resolución aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU el 28 de septiembre, que instaba a los estados miembros a combatir el terrorismo y que recibió el voto afirmativo de la delegación china, Beijing expresó su "comprensión" con esta campaña bélica, aunque consideró deseable que fuera la ONU quien asumiera la dirección de la misma y además se opuso en redondo a su extensión a otros países, dos salvedades que, dicho sea de paso, anidaban también en la actitud de aliados de Estados Unidos en la OTAN, como Alemania.

En este ambiente de solidaridad con Estados Unidos y de cierre de filas entre las grandes potencias tuvo lugar el primer encuentro entre Jiang y Bush, el 19 de octubre en Shanghai. Cambiando drásticamente el lenguaje precedente, Bush presentó a Jiang como un "aliado" de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo y anunció que en lo sucesivo las relaciones entre los dos países iban a ser "sinceras, constructivas y de cooperación". Por su parte, Jiang indicó que había llegado con Bush a un "consenso" sobre la lucha antiterrorista. Los dos días siguientes Jiang hizo de anfitrión de la IX Cumbre de la APEC en Shanghai, donde los 21 mandatarios asistentes emitieron una declaración contundente de condena al terrorismo internacional y de respaldo a la política de Estados Unidos.

Los halagos y las buenas palabras se repitieron el 21 y el 22 de febrero de 2002 durante el viaje oficial a China de Bush, quien, sin embargo, no arrancó de Jiang ningún acuerdo para cesar las ventas de misiles y tecnología nuclear para usos civiles -pero susceptible de destinarse a usos militares- a Corea del Norte (visitado por Jiang del 3 al 5 de septiembre), Irán y Pakistán; los dos primeros países, junto con Irak, eran integrantes del "eje del mal" apuntado por la Casa Blanca. Y es que la nueva asociación chino-estadounidense, sobre la que oscila la extrema cautela, e incluso el temor, de Beijing ante la escalada de belicismo y agresividad de la política exterior de Washington tras el 11 de septiembre, no ha resuelto las serias discrepancias existentes sobre las definiciones de terrorismo y estados patrocinadores del terrorismo.

En el segundo semestre de 2002 volvió a notarse el bajo perfil de China en los debates en torno a la invasión de Irak que pretendía Estados Unidos, siendo Rusia y Francia los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más batalladores en el objetivo de conseguir que una eventual operación militar a gran escala contra el régimen de Saddam Hussein, para obligarle a acatar las resoluciones de la ONU que exigían la eliminación de todas sus armas de destrucción masiva, obtuviera el respaldo explícito del Consejo de Seguridad.

En Beijing se acogía con mucho desasosiego la posibilidad de una intervención directa de Estados Unidos en Irak para derrocar a Saddam, imponer un régimen proestadounidense y asestar un formidable vuelco geopolítico en el corazón de Oriente Próximo, del cual sólo podría salir un sistema internacional aún más desequilibrado y alejado de la multipolaridad. Los dirigentes chinos también temían que las incertidumbres prebélicas hicieran subir el precio del petróleo, producto del que China es un importador neto, ahora que albergaban expectativas de un alto crecimiento económico sostenido para los próximos años.

A partir de enero de 2003, cuando las divisiones y tensiones en el Consejo de Seguridad se agudizaron hasta extremos indecibles por la determinación de Estados Unidos, el Reino Unido y España de sacar adelante una segunda resolución que diera legitimidad a la invasión de Irak con el argumento de que Bagdad estaba burlando a la misión de inspectores de desarme que empezó a operar el 27 de noviembre, China cerró filas con Francia y Rusia, negó que la vía de la diplomacia estuviera agotada y demandó más tiempo y más medios para que los inspectores pudieran realizar su trabajo sobre el terreno y obtener más resultados, al tiempo que exigió a Irak plena colaboración con los mismos. A diferencia de rusos y franceses, ni Jiang ni sus colaboradores airearon abiertamente la posibilidad del veto de China a un segundo texto de resolución que diera luz verde a la guerra en unas circunstancias de objetivo desarme de Irak, a pesar de su parquedad y de estar siendo arrancado bajo la presión que suponía la amenaza inminente del uso de la fuerza.

Jiang mismo se escabulló un tanto de la durísima trifulca internacional, que involucró a líderes como Bush y Tony Blair por un lado, y a Putin, Jacques Chirac y Gerhard Schröder por el otro, y correspondió al ministro de Exteriores y circunstancial embajador ante el Consejo de Seguridad, Tang Jiaxuan, la portavocía oficial de la postura de China. El 11 de febrero, sin fanfarrias mediáticas, Jiang respaldó una declaración conjunta de París y Berlín, a la que también se sumó Moscú, que apelaba a evitar la guerra y a resolver la crisis de Irak en el seno de la ONU.

Por otro lado, el 4 de junio de 2002 Jiang asistió en Almaty, Kazajstán, a la I Cumbre de la Conferencia de Interacción y Creación de Medidas de Confianza en Asia, donde intentó propiciar el diálogo indo-pakistaní mediante sendas entrevistas por separado con los respectivos líderes, Pervez Musharraf y Atal Bihari Vajpayee. Dos días después celebró un encuentro con Putin en San Petersburgo como prolegómeno de la II Cumbre de la OCS. Los observadores destacaron el trabajo coordinado de Jiang y Putin para mediar en la remoción de la persistente tensión prebélica entre sus respectivos favoritos regionales.


13. Una despedida suave con legado doctrinal y sucesor prefijado

Los observadores apuntaron como razón de la sobriedad de la política exterior china desde la primavera de 2001 la decisión de Jiang y los demás líderes del PCC de evitar a toda costa cualquier barullo que pusiera en peligro la crucial relación comercial con Estados Unidos, más con la presente desaceleración económica de los países desarrollados, e interfiriera en los preparativos del XVI Congreso del partido, previsto para septiembre de 2002, del que iba a salir el sucesor de Jiang en la Secretaría General. Salvo una gran conmoción en los habituales forcejeos de la cúpula por las cuotas de poder en una hora de mudanzas, aquella persona iba a ser Hu Jintao, el relativamente poco conocido número cinco de la jerarquía del partido y vicepresidente de la República, considerado un reformista de la "cuarta generación" de líderes y que desde su subida al Buró Político en 1992 ostentaba la condición extraoficial de heredero de Jiang impuesto por Deng.

En julio de 2002 se filtró a los medios internacionales que Jiang, sin cuestionar su sucesión por el hombre designado por Deng antes de morir, estaba pugnando duramente para asegurarse una capacidad de influencia en el partido después de cesar como secretario general y seguir ejerciendo poder en la sombra durante un tiempo todavía, un poco al modo de su maestro Deng. Esta operación personalista incluyó maniobras para promover a los más altos puestos posibles a una cohorte de protegidos, el denominado clan de Shanghai, y en especial a Zeng Qinghong, un miembro suplente del Buró Político al que Jiang habría gustado ver sucediéndole en lugar de Hu.

Además, Jiang se empeñó en que el congreso sancionara e incorporara a los estatutos del partido su denominada Teoría de las Tres Representaciones. Presentada en mayo a modo de legado doctrinal ligada a su nombre, la teoría de Jiang hacía hincapié en el "desarrollo" de la teoría marxista, superando sus "nociones y prácticas desfasadas" y sus "interpretaciones erróneas y dogmáticas", para, "manteniendo los preceptos básicos", "añadir nuevos capítulos" en la misma. En su informe, Jiang instaba a "rejuvenecer el partido" para "mantener su carácter progresista" y a abrirlo a la "innovación" para que fuera "parejo con los tiempos", añadiendo que dicha innovación requería "la emancipación de las mentes" y que su práctica no tenía "límites". En un comentario de resabios denguistas, el secretario general saliente explicaba a sus camaradas que "no es propio juzgar si la gente es políticamente progresista o conservadora sólo por la propiedad que tiene".

Por todo ello, proseguía Jiang, el partido estaba obligado a incorporar a sus bases tradicionales de obreros, campesinos e intelectuales a la nueva élite surgida de las reformas de mercado y formada por profesionales técnicos, empresarios, financieros y demás "fuerzas productivas avanzadas" (léase, capitalistas); esto es, que los antiguos "enemigos del pueblo" eran ahora elogiados como "fuerzas emergentes en el proceso del cambio social", puesto que también son "constructores del socialismo de características chinas". El análisis sociopolítico de Jiang desbordaba pragmatismo, tanto que parecía invitar a sus sucesores a emprender la reforma en profundidad del partido y hasta a explorar vías de tipo socialdemócrata. Ahora bien, supuestas ambigüedades aparte, Jiang volvió a dejar claro que el monopolio rector del partido debía seguir siendo omnímodo e incontestable, y pidió a la nueva generación de dirigentes que mantuvieran un "férreo control" de la sociedad mientras durase el período de transición a la cacareada economía de mercado de características chinas.

Todas estas imposiciones de Jiang, un poco de última hora, obligaron a retrasar el XVI Congreso en casi dos meses, para los días 8 a 14 de noviembre. En la víspera, el estadista sostuvo su tercera cumbre con Bush, el 25 de octubre en un rancho en Crawford, Texas, de la que salió un llamamiento conjunto a Corea del Norte para que renunciara a su programa nuclear militar, y asistió a la X Cumbre de la APEC, el 26 y el 27 de octubre en Los Cabos, México. Siguiendo el guión prefijado por los altos prebostes, los 2.114 congresistas eligieron el nuevo Comité Central de 356 miembros, de los que 180 fueron nuevos, y aprobaron la incorporación de la Teoría de las Tres Representaciones, junto con el nombre de su formulador, en la Constitución del partido, situándola al mismo nivel de sustrato doctrinal que el Pensamiento Mao Zedong y la Teoría Deng Xiaoping.

Al día siguiente de la conclusión del congreso, el 15 de noviembre, el flamante Comité Central eligió a su vez al nuevo Buró Político de 25 miembros (15 de ellos, nuevos), a su Comité Permanente de nueve miembros y a Hu Jintao como secretario general. Cumpliendo las expectativas, el Comité renovó a Jiang al frente de la Comisión Militar Central del partido. Junto con Jiang y con la única excepción de Hu, abandonaron el Comité Permanente, el Buró Político y el Comité Central todos los integrantes de la cúpula: Li Peng, Zhu Rongji, Li Ruihuan (un reformista especialmente liberal considerado su rival y que hasta hacía dos meses parecía tener segura su continuidad en el Comité Permanente y el salto a la Presidencia de la APN en sustitución de Li Peng), Wei Jianxing y Li Lanqing.

Jiang había contado con retener a Li Lanqing, un dirigente de su círculo, en el Comité Permanente. Con todo, su salida fue sobradamente compensada con el arrastre de Li Ruihuan y la colocación de seis amigos y protegidos en la suprema instancia del poder: Wu Bangguo (nuevo número dos), Jia Qinglin, el ya citado Zeng Qinghong, Huang Ju, Wu Guanzheng y Li Changchun. En resumidas cuentas, Jiang salió del XVI Congreso con sus aspiraciones básicamente colmadas. Como presidente de la República, y por tanto responsable de la política exterior, continuó hasta el 15 de marzo de 2003, cuando el primer plenario de la X APN, de nuevo conforme a lo establecido, eligió a Hu para el puesto, continuando la práctica recuperada con Jiang de conferir las máximas oficinas del partido y el Estado a la misma persona.

La X APN le confirmó como presidente de la Comisión Militar del Comité Estatal, además de elegir a Zeng Qinghong para el puesto de vicepresidente de la República, a Wu Bangguo presidente del Parlamento y a Wen Jiabao, un hombre de Zhu Rongji, para la jefatura del Gobierno. Siguiendo el ejemplo de Deng, Jiang se dispone a mantener una importante cuota de poder político en el régimen en calidad de presidente de las comisiones militares del partido y el Estado, dos excelentes atalayas desde las que fiscalizar e influenciar a la nueva generación de dirigentes.

(Cobertura informativa hasta 1/4/2003)