Muhammad ibn Salmán Al Saud

© UN Photo/Eskinder Debebe

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Actualización: 15 enero 2018

Arabia Saudí

Príncipe heredero y primer viceprimer ministro (2017-)

  • Muhammad ibn Salman ibn Abdulaziz Al Saud
  • Mandato: 21 junio 2017 - En ejercicio
  • Nacimiento: Jeddah, región de La Meca (Makkah), 31 agosto 1985
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Presentación

El meteórico ascenso entre 2015 y 2017 a la cúpula de Arabia Saudí del joven Muhammad ibn Salmán, hijo predilecto del rey Salmán ibn Abdulaziz, ha seguido una secuencia de tres promociones clave. Las mismas se han alternado con otros tantos órdagos de fuerza más allá de las fronteras del Reino, con el consiguiente aumento de la tensión regional.

Primero, en enero de 2015, nada más acceder Salmán al trono a la muerte de su hermanastro Abdullah, Muhammad, con tan solo 29 años, asumió el Ministerio de Defensa que su padre desocupaba. En marzo siguiente, las Fuerzas Armadas saudíes emprendieron una intervención militar, al principio únicamente aérea y posteriormente también terrestre, para aplastar a los rebeldes shiíes hutíes que ganaban terreno en la guerra civil de Yemen. A continuación, en abril, el monarca nombró a su vástago vicepríncipe heredero y viceprimer ministro segundo. Más tarde, en enero de 2016, Arabia Saudí llevó su enfrentamiento con Irán, entre geopolítico y sectario, a un punto álgido con la ruptura de las relaciones diplomáticas. Por último, el 21 de junio de 2017, Muhammad fue elevado a las posiciones de príncipe heredero y primer viceprimer ministro, apartando así de la línea sucesoria a su primo tocayo y rival, Muhammad ibn Nayif. En la jornada siguiente, 22 de junio, Riad recrudeció la crisis abierta el 5 de junio anterior con Qatar, acusado de patrocinar el terrorismo y castigado con la ruptura diplomática, el cierre de fronteras y el bloqueo de comunicaciones, al presentar al Emirato limítrofe un draconiano ultimátum de 13 puntos que las autoridades de Doha tachan de "agresión inadmisible" a su soberanía.

La asertividad beligerante y la creciente autonomía diplomática de Estados Unidos (cuyo pacto de seguridad, no obstante, se ha visto reforzado en virtud de un contrato de compra de armas por valor de 110.000 millones de dólares, el mayor de la historia, suscrito con un amistoso presidente Trump) que caracterizan actualmente la política exterior saudí responden a los designios del peculiar tándem partenofilial y de Estado establecido por Salmán y Muhammad Al Saud, cuya diferencia de edad es exactamente medio siglo. La impredictibilidad y el personalismo con que el rey toma decisiones en esta monarquía familiar y absoluta se combinan con los rasgos de impetuosidad e impaciencia de que hace gala el príncipe heredero, el cual asegura que el archienemigo iraní quiere hacerse con los Santos Lugares de la península arábiga, de los que la ultraconservadora monarquía wahhabí es custodia, y que Arabia Saudí es el "objetivo principal" de Teherán, así que no hay diálogo posible. Un análisis que sintoniza muy bien con lo que Trump piensa de la República Islámica.

Pero Muhammad ibn Salmán es mucho más que el poderoso número dos responsable de las cuestiones militares y la interlocución internacional, el príncipe viajero y desenvuelto atraído por las nuevas tecnologías y que visita Silicon Valley en chaqueta y tejanos. Se trata también del estratega de la Visión 2030 y el Plan de Transformación Nacional, cuyos fines son asegurar el desarrollo sostenido del país reduciendo la dependencia del petróleo y reformular el contrato no escrito entre los Saud y sus súbditos, los cuales tendrán que habituarse a recibir menos cobertura social del Estado y a un Gobierno austero a cambio, supuestamente, de una mayor oferta formativa y de ocio. Sin embargo, MbS, tal como le apodan los medios, no ha aclarado el alcance de esta posible liberalización cultural en uno de los regímenes, en lo político y en lo religioso, más restrictivos y rigurosos del mundo.

En apariencia, Muhammad exhibe la determinación de transformar Arabia Saudí, aunque sin quebrar los pilares esenciales de su modelo arcaico, bases del poder omnímodo de la familia real, y de convertirlo en el líder indiscutible del Islam sunní. Pero su iconoclastia modernizadora y su radicalidad de cara al exterior topan con reveses como el estancamiento de la guerra de Yemen, que condena al país vecino a la devastación material y a la catástrofe humanitaria, amén de drenar las arcas saudíes, y las peripecias petroleras, pues una incomprensiblemente tardía decisión, adoptada en el seno de la OPEP en noviembre de 2016, de recortar la producción para empujar hacia arriba los precios -y los ingresos y las divisas- no está cosechando los frutos esperados.

El príncipe tiene simpatizantes que elogian su inteligencia y que confían en su capacidad de transfundir savia nueva a un sistema de siempre gerontocrático y cuyos severos corsés constriñen a una población eminentemente joven, pero también abundantes críticos que lo ven como un dirigente arrogante, impulsivo e inexperto, proclive a dar peligrosos pasos en falso y a empeorar la inestabilidad que desde 2011 convulsiona el mundo árabe. Otro factor de preocupación es el desafío terrorista doméstico, con varios atentados mortales dirigidos contra la minoría shií y las fuerzas de seguridad, del Estado Islámico, el cual le ha declarado la guerra a los Saud y al que estos vienen bombardeando en Siria desde 2014. En diciembre de 2015 el príncipe anunció la creación de una Alianza Militar Islámica para luchar contra el terrorismo de los grupos extremistas, iniciativa que quedó eclipsada por la imparable escalada de la pugna con Irán.

Más allá de los cambios y transformaciones que la subida de Muhammad al trono pueda deparar en este bastión del tradicionalismo creado por beduinos del desierto, la mera sucesión dinástica marcará un hito histórico en Arabia Saudí al no tratarse el príncipe heredero de uno entre las decenas de hijos del monarca fundador del Reino en 1932, Abdulaziz Al Saud, condición que han tenido los seis reyes habidos desde 1953, sucesivamente Saud, Faysal, Jalid, Fahd, Abdullah y ahora Salmán, sino de uno de sus centenares de nietos. El salto generacional, acabando de un plumazo con el crónico problema de senectud del liderazgo saudí, que Muhammad ibn Salmán representa se ilustra también en el hecho de que el príncipe de la Corona al que ha defenestrado, Muhammad ibn Nayif, es un primo 26 años mayor. Ahora, ya circula el rumor de que Salmán, con 81 años y un posible principio de demencia senil, podría estar preparándose para abdicar en favor de su hijo. Hasta entonces, Muhammad, sin duda, irá adquiriendo prestancia como el gobernante de facto de Arabia Saudí, al igual que su padre Salmán lo fue en los últimos años de su tío Abdullah y este a su vez en los últimos años de su otro tío, Fahd.


(Texto actualizado hasta julio 2017)

Biografía

1. Una precoz promoción dinástica de la mano de su padre Salmán
2. Ministro de Defensa y vicepríncipe heredero al mando de la intervención militar contra los hutíes en Yemen y de los bombardeos contra el Estado Islámico en Siria
3. La Visión 2030, la Alianza Militar Islámica y escalada en el enfrentamiento con Irán
4. Nombramiento como sucesor al trono saudí seguido de un ultimátum a Qatar


1. Una precoz promoción dinástica de la mano de su padre Salmán

Muhammad ibn Salmán ibn Abdulaziz Al Saud, duodécimo príncipe heredero al trono de Arabia Saudí desde 1933, es el primogénito de Salmán ibn Abdulaziz Al Faysal Al Saud, proclamado rey en 2015, y la tercera de sus esposas, la princesa Fahda bint Falah bint Sultán Al Hithalayn. Quien se encuentra entre el, aproximadamente, millar de nietos y nietas tenidos por el monarca fundador del Estado en 1932, Abdulaziz ibn Abdulrahman Al Faysal Al Saud, más conocido simplemente como ibn Saud (1875-1953), tiene cinco hermanos biparentales de menor edad, los príncipes Turki, Jalid, Nayif, Bandar y Rakán, y además tuvo -puesto que algunos ya están fallecidos- siete hermanos y hermanastras, concebidos por el entonces príncipe Salmán con sus dos primeras esposas, Sultana y Sarah: los príncipes Fahd, Ahmad, Sultán, Abdulaziz, Faysal y Saud (el hijo único de Sarah), y la princesa Hussa. La diferencia de edad, 50 años, entre Muhammad y su padre es tan acusada que este bien podría ser su abuelo.

Dentro del linaje, densamente ramificado, de los Saud, Muhammad ibn Salmán, nacido en 1985 (dato que solo iba a saberse en 2015 y como una revelación de la cadena de noticias saudí Al Arabiya, pues hasta entonces, a falta de una aclaración en su biografía oficial, se había creído que era hasta cinco años mayor), no era más que uno de los muchos retoños de las generaciones principescas más recientes. Su mera condición de nieto del patriarca ibn Saud le aseguraba, a poco que mostrara capacidades, una posición eminente, bien en el servicio público del Estado, bien en el sector privado, pero en modo alguno parecía destinado a heredar el Reino en un futuro presumiblemente lejano. Sin contar a sus numerosísimos primos, el joven tenía varios hermanastros que le hacían sombra, precediéndole para cualesquiera opciones regias simplemente por una cuestión de edad. Sin embargo, una tortuosa secuencia de accidentes vitales -es decir, defunciones- y movimientos estratégicos realizados por su padre iba a desembocar en su encumbramiento, el último antes de la entronización, en 2017 a la improbable edad de 31 años.

En julio de 2001, cuando Muhammad tenía 15 años y el cabeza del Estado era el rey Fahd ibn Abdulaziz, hermano, dentro del conocido como clan Sudairi, del príncipe Salmán, a la sazón gobernador de Riad, y por tanto tío carnal del muchacho, su hermanastro 30 años mayor, Fahd ibn Salmán, falleció a causa de un infarto de corazón a la edad de 46. Fahd, un apasionado de la cría y las carreras de caballos, era un príncipe multifacético, involucrado por igual en las tareas del Gobierno, la empresa privada y las actividades caritativas. Otro deudo de esta progenie, Ahmad, con un perfil similar, murió también prematuramente, con 43 años, y en idénticas circunstancias, un fallo cardíaco, en julio de 2002. Los siguientes hermanastros mayores de Muhammad, Sultán, Abdulaziz y Faysal ibn Salmán, eran asimismo unos príncipes destacados por diferentes motivos: el primero, coronel de la Real Fuerza Aérea Saudí, había volado en 1985 en el trasbordador espacial de la NASA, convirtiéndose así en el primer astronauta árabe y musulmán; el segundo servía como viceministro de Petróleo y Recursos Naturales; y el tercero fungía de presidente del Grupo de Investigación y Marketing Saudí.

Continuando la tradición familiar, Muhammad adquirió una titulación superior en la Universidad Rey Saud de Riad. En su caso, se graduó en la especialidad de Derecho, tras lo cual se desenvolvió en el mundo de los negocios durante una temporada. En 2008 el príncipe tomó como esposa a una pariente de la vasta familia real, la princesa Sarah bint Mashoor ibn Abdulaziz Al Saud; a fecha de 2017 la pareja tenía tres hijos. En diciembre de 2009, en el quinto año del reinado de su tío, Abdullah ibn Abdulaziz, Muhammad, con 24 años, se puso al servicio directo de su padre en calidad de asesor especial del Gobierno de la Región de Riad, función consultora que hizo extensible a la Comisión de Expertos adjunta al Gobierno Real Saudí. Fue el principio de una acumulación de títulos y cargos oficiales que en una primera etapa tuvieron un cariz más que nada protocolario. Estaba también la dimensión filantrópica, presente por ejemplo en el establecimiento de la Fundación Príncipe Muhammad ibn Salmán ibn Abdulaziz, dedicada a financiar la formación académica y profesional de jóvenes con talento.

Ahora bien, sus primeras responsabilidades con incidencia en la política nacional no se le hicieron esperar a Muhammad, prácticamente un mozalbete a las órdenes de los poderosos, aunque ancianos y frágiles de salud, príncipes que conformaban la gerontocracia saudí. Los movimientos en el vértice familiar empezaron en octubre de 2011 al producirse la defunción del príncipe heredero y primer viceprimer ministro desde 2005, así como ministro de Defensa desde 1963, Sultán ibn Abdulaziz, uno de los siete hermanos Sudairi. Sultán sucumbió a un cáncer de colon a los 85 años de edad en el hospital de Nueva York donde estaba ingresado. Entonces, el nuevo príncipe heredero o de la Corona y número dos del Gobierno paso a ser su hermano menor Nayif ibn Abdulaziz, hasta la fecha la tercera personal del Reino en tanto que ministro del Interior, cargo que retenía, y viceprimer ministro segundo, mientras que los puestos de ministro de Defensa y segundo viceprimer ministro pasaron, en noviembre, al otro hermano sobreviviente, Salmán.

Una vez convertido en el jefe de operaciones de las Fuerzas Armadas y de facto, que no de iure, en el segundo en la línea de sucesión al trono, Salmán se trajo con él del palacio del gobernador de Riad al Ministerio de Defensa en la capital a su hijo menor. Como alto asesor de su padre, quien estrenaba además asiento en el Consejo de Seguridad Nacional instituido por el rey Abdullah en 2005, Muhammad, dando muestras de brillantez e inteligencia, se familiarizó rápidamente con los asuntos del Ejército, fogueado en fechas recientes en los vecinos Bahréin, donde las tropas saudíes acababan de socorrer decisivamente al rey Hamad Al Khalifah para el aplastamiento de las protestas democráticas encabezadas por los bahreiníes shiíes, y Yemen, escenario de persecuciones transfronterizas de los rebeldes hutíes (clan sectario del shiísmo zaydí) alzados en armas contra el Gobierno republicano de Sanaá.

Las injerencias de Arabia Saudí en Bahréin y Yemen con el beneplácito de sus respectivos gobiernos tenían mucho de preventivo, para evitar que la minoría shií ismailí y otros descontentos de casa con la férula absolutista y el fundamentalismo musulmán wahhabí caros a los Saud cayeran, por contagio de las revueltas que barrían el mundo árabe, en la tentación de un levantamiento revolucionario. Pero también se enmarcaban en una campaña de mayor calado para contrarrestar la creciente influencia regional de la República Islámica de Irán, el gran adversario político y religioso de los Saud. Contener a Irán y, si era preciso, combatir manu militari a quienes eran vistos como los peones o quintacolumnistas del régimen de Teherán en sus supuestas maquinaciones contra las monarquías sunníes del Golfo constituía una prioridad obsesiva de seguridad nacional que Salmán, un príncipe conservador y tradicionalista bien identificado con el reformismo político y social a cuenta gotas, muy cauteloso, que practicaba su hermanastro Abdullah, se preocupó de inculcar a su hijo. La identificación del Irán shií como una amenaza mortal para Arabia Saudí fue, pues, una de las lecciones básicas de la educación política recibida por Muhammad de sus mayores.

La cercanía de Muhammad a los altos procesos decisorios de Palacio se estrechó en junio de 2012 al sobrevenir el óbito de su tío Nayif, otro príncipe achacoso, a los 77 años. De nuevo, operaron las mudanzas gubernamentales y sucesorias impuestas personalmente a la familia real por el rey Abdullah, que en esta ocasión supusieron la proclamación de su hermanastro Salmán como príncipe heredero, el tercero en menos de un año, y primer viceprimer ministro. El hecho de que las largas convalecencias en el extranjero de su tío Abdullah, golpeado por las dolencias seniles, dejara a su padre como el primer ministro de hecho en Riad fortaleció la imagen de Muhammad como uno de los principales notables del Reino.

Ya en los últimos años del reinado de Abdullah el príncipe heredero Salmán, investido de las atribuciones propias de un regente, propició una serie de cambios palaciegos que, contemplados en retrospectiva, resultan bastante esclarecedores de sus planes con respecto a su hijo favorito, cuya acusada juventud no dejaba de llamar la atención. El 2 de marzo de 2013, al mes de colocar Abdullah a su hermanastro Muqrin, otro de los 36 hijos varones de ibn Saud que habían llegado a adultos y hasta el año anterior director general de la Inteligencia General del Reino, la Mujabarat, en la posición de viceprimer ministro segundo del Gobierno, Muhammad pasó a ser el jefe de la Corte del Príncipe de la Corona en sustitución de su primo el príncipe Saud ibn Nayif, quien se hacía cargo del Gobierno de la Provincia Oriental. El 27 de marzo de 2014 Abdullah nombró a Muqrin "vicepríncipe heredero", título que hasta ahora no se había empleado de manera oficial y el 25 de abril siguiente, no por casualidad, ascendió a su sobrino Muhammad al rango de ministro de Estado, luego miembro del Gobierno.


2. Ministro de Defensa y vicepríncipe heredero al mando de la intervención militar contra los hutíes en Yemen y de los bombardeos contra el Estado Islámico en Siria

El previsible deceso del rey Abdullah acaeció en Riad el 23 de enero de 2015, como el fatal desenlace de una infección neumónica contraída semanas atrás. El sexto monarca de Arabia Saudí tenía 90 años al morir. De manera automática, Salmán, a los 79, asumió la Corona y los títulos y cargos anexos a la persona del soberano, principalmente los de Custodio de las Dos Mezquitas Santas (las de La Meca y Medina) y primer ministro. Una vez entronizado, Salmán se apresuró a nombrar a sus más estrechos colaboradores. La cascada de decretos se produjo el mismo 23 de enero. El hermanastro Muqrin, con 69 años, accedió a las condiciones de príncipe de la Corona y primer viceprimer ministro. El nuevo vicepríncipe heredero y viceprimer ministro segundo pasó a ser Muhammad ibn Nayif, hijo de 55 años del fallecido Sudairi Nayif ibn Abdulaziz y ministro del Interior desde noviembre de 2012. Por primera vez en la historia de este país fundado y gobernado por la familia Saud como su coto patrimonial, en la línea de sucesión regia había un príncipe que no era hijo, sino nieto de ibn Saud.

Sin embargo, el salto generacional más espectacular en la dirección del Reino lo protagonizó Muhammad ibn Salmán, nombrado por su padre para conducir el Ministerio de Defensa que él desocupaba. A sus 29 años -como se indicó arriba, en estos momentos se pensaba que su edad era 34- MbS, que así era mencionado en los círculos diplomáticos y tal como los medios iban a empezar a llamarle de manera habitual, se convertía en el ministro de Defensa más joven del mundo. Una lozanía que casaba bien con la realidad demográfica de Arabia Saudí, donde el 70% de la población tenía menos de 30 años.

Pero además, el hijo del monarca se hizo con otro alto puesto del régimen, este de naturaleza burocrática aunque igualmente poderoso, el de secretario general de la Corte Real, a cuyo frente Salmán despidió a Jalid al-Tuwaijri, alto dignatario no perteneciente a la familia Saud y muy ligado a la figura del fallecido Abdullah. Otro recambio destacado se produjo en la Mujabarat, donde el príncipe Jalid ibn Bandar, uno de los nietos de ibn Saud, dejó paso a Jalid ibn Alí al-Humaidan. Además, Salmán se deshizo de su sobrino el príncipe Bandar ibn Sultán, el cual fue destituido como secretario general del Consejo de Seguridad Nacional, instancia decisoria que de hecho quedó disuelta.

El 26 de marzo de 2015 la asunción por Muhammad del mando operativo de las Reales Fuerzas Armadas Saudíes tuvo un bautismo de fuego en el sentido más literal de la expresión, una intervención militar regional que podía verse como una dramática escalada de la pugna geopolítica, ya nada soterrada, entablada con Irán y que amenazaba con ahondar la brecha sectaria en Oriente Medio: la Operación Tormenta Decisiva en Yemen, una campaña de bombardeos aéreos sostenidos contra los rebeldes shiíes hutíes, los cuales, en febrero anterior, se habían hecho con todo el poder en la capital yemení, Sanaá, y expulsado al presidente legítimo, Abdelrabbuh Mansur al-Hadi, quien ahora pedía socorro a la alarmada Riad.

Los raids aéreos contra la maquinaria militar de los hutíes, de los que tomaban parte también unidades de Egipto, Marruecos, Jordania, Sudán, Kuwait, Qatar, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos, contaban con los soportes diplomático y logístico de Estados Unidos, cuyos drones, despegando desde aeródromos saudíes, ya venían atacando a otro actor del conflicto de Yemen, Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA). Pero, además, este esfuerzo bélico, altamente controvertido por la acumulación de "daños colaterales" que se cebaban en los civiles yemeníes y, a la larga, por contribuir en gran medida a la catástrofe humanitaria que terminó instalándose en el destrozado país árabe, se superponía al que desde septiembre de 2014 la Real Fuerza Aérea Saudí venía invirtiendo en Siria dentro de la campaña multinacional de bombardeos comandada por Washington contra el Estado Islámico (EI) y su autoproclamado Califato, cuya mera existencia en Siria e Irak suponía para Riad un desafío frontal de índoles política y espiritual, pues impugnaba la autoridad de los Saud sobre los Santos Lugares del Islam.

Es decir, Muhammad impartía órdenes en dos frentes de combate simultáneos contra dos enemigos antitéticos desde el punto de vista religioso (y a su vez mortalmente enemistados entre sí), unos sectarios shiíes y unos ultraintegristas sunníes, pero que se parecían en el sentido de que representaban la insurgencia revolucionaria, virus que podía prender en Arabia Saudí. Ahora bien, en la pavorosa guerra civil de Siria los saudíes no escatimaban medios para ayudar a la fragmentada rebelión local, en particular a los elementos islamistas radicales, sin faltar el salafismo yihadista de matriz alqaedista, en su lucha para derrocar al régimen baazista del presidente Bashar al-Assad, un protegido de Irán. Esta podía ser vista como una tercera injerencia militar de los Saud en el extranjero, si bien, a diferencia de las otras dos, de carácter indirecto.

Abdullah, el rey, y Muhammad, el ministro de Defensa, formando un tándem partenofilial y de Estado, ratificaron personalmente al presidente Barack Obama, de visita a finales de enero, y a sus secretarios de Estado, John Kerry, y de Defensa, Ash Carter, con los que Muhammad se reunió en mayo respectivamente en Riad y el Pentágono, la vigencia de la relación especial con Estados Unidos en los ámbitos de la seguridad y la defensa, más cuando acuciaba la amenaza terrorista y subversiva del EI.

Un nexo, empero, que estaba adquiriendo a ojos vista un componente mucho más autónomo y asertivo por parte de Arabia Saudí, para la que lo más urgente seguía siendo neutralizar el despliegue estratégico de Irán, que ya ejercía sus designios sobre las políticas de Irak, Siria y Líbano, y, siempre desde la óptica de Riad, intentaba penetrar en Yemen y Bahréin. La República Islámica era además el archirrival regional con el que Occidente estaba negociando y arreglando unos acuerdos que permitieran certificar la finalidad exclusivamente civil de su programa de desarrollo nuclear, postura dialogante de Estados Unidos que los Saud, recalcitrantes en la advertencia de que el régimen de Teherán no era de fiar, consideraban una irritante insensatez.

Por otra parte, fuentes supuestamente bien enteradas de los entresijos del Palacio Real filtraron a medios internacionales que la operación militar en Yemen, prolongada el 21 de abril bajo el nombre de Restaurar la Esperanza y profundizada en septiembre, tras meses de bombardeos tan intensos como pobres en resultados e incluso sufrir las regiones sureñas saudíes de Najrán y Jizán repetidos ataques de cohetes disparados por los hutíes, con el despliegue de miles de tropas terrestres en la gobernación de Marib, había sido lanzada por Muhammad ibn Salmán un poco por su cuenta y riesgo. Ciertamente de común acuerdo con su padre el rey, pero sin coordinarse y ni siquiera informar del arranque de las hostilidades aéreas a los servicios de seguridad del Reino y a la Guardia Nacional, un cuerpo de las Fuerzas Armadas desligado del Ministerio de Defensa y situado bajo el control administrativo de un ministro específico, miembro del Gobierno que desde 2013 era el príncipe Mutaib ibn Abdullah, un primo con el que Muhammad no se llevaría nada bien.

Al parecer, Muhammad, retratado desde este enfoque crítico como un mandamás arrogante, irreflexivo e inexperto en cuestiones militares, había transmitido la consigna de que lo de Yemen era una acción punitiva que no tardaría en conseguir su objetivo de expulsar a los terroristas hutíes de Sanaá y arrinconarles en su gobernación de origen, Saada. Cuando se aproximaba su primer aniversario, la intervención masiva en Yemen ya había degenerado en una guerra de desgaste sin cambios realmente decisivos sobre el terreno (más allá de impedir la caída también de la gran ciudad portuaria de Adén, en lo sucesivo cuartel general del derrocado presidente Hadi y sus huestes tras su exilio temporal en Arabia Saudí, y de expulsar a los hutíes y sus aliados, las fuerzas leales al ex presidente Alí Abdullah Saleh, de un ramillete de ciudades), que segaba las vidas de miles de civiles, destruía sistemáticamente las infraestructuras de Yemen y costaba a Arabia Saudí decenas de miles de millones de dólares, amén de bajas de combate.

Pero la confianza del rey Salmán en su hijo se mantenía intacta y plena. El 29 de abril de 2015, cuando la aventura bélica yemení solo llevaba un mes en marcha y Riad podía seguir apostando por el desmoronamiento rápido del poder hutí, el monarca provocó la sorpresa general al ejecutar una nueva remodelación de envergadura en la cúpula del Reino. Con su laconismo habitual, Palacio anunció que Muqrin ibn Abdelaziz "renunciaba" a ser el número dos, condición que únicamente había ostentado durante tres meses, y que las posiciones de príncipe heredero y primer viceprimer ministro eran transferidas a Muhammad ibn Nayif, quien continuaba como ministro del Interior. La consecuencia automática de la promoción del sobrino del rey era el nombramiento por éste de Muhammad ibn Salmán como nuevo vicepríncipe heredero y viceprimer ministro segundo. Ahora, el hijo del monarca, más allá de sus vastas atribuciones gubernamentales, ya era oficialmente un eslabón en la línea de sucesión.

Otro relevo muy comentado fue el del veteranísimo ministro de Exteriores (nada menos que desde 1975), el príncipe Saud ibn Faysal ibn Abdulaziz Al Saud, hijo del rey Faysal (desde 1964 hasta su asesinato en 1975) y presa de una enfermedad de la que acabaría falleciendo poco después, en julio, a los 75 años. El nuevo jefe de la diplomacia saudí era Adel ibn Ahmad al-Jubeir.


3. La Visión 2030, la Alianza Militar Islámica y escalada en el enfrentamiento con Irán

Además de vicepríncipe heredero, viceprimer ministro segundo, ministro de Defensa y secretario general de la Corte Real, Muhammad, el 29 de enero de 2015, se puso al frente también del Consejo de Asuntos Económicos y Desarrollo, un nuevo subgabinete del Ejecutivo integrado por una veintena de ministros y que vino a sustituir al Consejo Económico Supremo, organismo del Estado que hasta la fecha había presidido el rey en persona y había tenido a Muhammad de vicepresidente. El mismo ímpetu mostrado en los asuntos de la defensa lo exhibió Muhammad a la hora de poner sobre la mesa una profunda reforma estructural del Estado que venía urgida por una coyuntura fiscal preocupante, con los precios internacionales del petróleo desplomados y los costes de las aventuras militares del Reino desorbitados.

El 25 de abril de 2016 Muhammad presentó la Visión 2030, una estrategia de desarrollo económico y humano, imponentemente ambiciosa, para asegurar la prosperidad del Reino del desierto en un futuro donde el maná petrolero declinaría sin remedio y erigirlo como el corazón político, cultural, económico y financiero de los mundos árabe y musulmán. La visión de Arabia Saudí como un hub de interconexión sostenible de tres continentes requería: buscar alternativas fiscales a los ingresos por los hidrocarburos, como podía ser la adopción del IVA; diversificar el aparato productivo y privatizar parcialmente Saudi Aramco, la compañía estatal de petróleo y gas, mediante una oferta pública de venta limitada; crear, a partir del existente Fondo de Inversión Pública (PIF), un fondo soberano de riqueza con un capital inicial de 2 billones de dólares para ser invertidos en los mercados globales (dejando así pequeña la división de Holdings Extranjeros de la Autoridad Monetaria, el banco central de Arabia Saudí); mejorar sustancialmente la oferta educativa, cultural y de ocio para la formación y bienestar de los ciudadanos; y, al mismo tiempo, suprimir muchos subsidios y gratuidades sociales. Estos últimos recortes presupuestarios y otras medidas de austeridad empezaron a aplicarse de inmediato.

La Visión 2030 y el Programa de Transformación Nacional, cuya meta a un plazo menor era conseguir zafarse de la "dependencia del petróleo" tan pronto como en 2020, iban al hilo de la estrategia, para muchos temeraria y contraproducente, de abstenerse de decidir en la OPEP unas reducciones de la producción petrolera capaces de empujar hacia arriba la desfalleciente -desde el verano de 2014- cotización del crudo, pues Riad deseaba ante todo deshacerse de la desagradable competencia del shale oil o petróleo no convencional de esquisto, abundante y barato. Mientras mantuviera su cuota de mercado, que pretendía magnificar, Arabia Saudí, estimaba el núcleo dirigente, podía permitirse exportar más petróleo del que aconsejaba el nivel de demanda del mercado a unos precios inquietantemente bajos. Sin embargo, los productores estadounidenses de shale oil no iban a quebrar en el número esperado y a últimos de noviembre de 2016, con el barril de Brent en torno a los 31 dólares y batiendo mínimos de 12 años, la Aramco, sobre la que Muhammad tenía plena jurisdicción, iba a resignarse al primer recorte de la producción de la OPEP en ocho años.

Por otro lado, estaba por ver cómo encajarían los ciudadanos-súbditos, no todos los cuales eran, ni muchísimo menos, ricos o pudientes, el final de la era del Estado providente sin que a cambio los Saud liberalizaran el arcaico sistema vigente, que era dictatorial y absolutista en lo político, y ultrarrigorista en lo religioso y lo moral. Nada hacía suponer que los planes de Muhammad contemplaran una apertura significativa en el primer ámbito, mientras que el anuncio por el Gobierno, justamente en abril de 2016, de restricciones a los poderes de la policía religiosa islámica encargada de vigilar el cumplimento de la Sharía, llamada aquí Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, invitaba a pensar que el vicepríncipe de la Corona sí estaba dispuesto a relajar algunos de los aspectos más totalitarios del ultraconservador Estado saudí.

Arabia Saudí carecía de una Constitución propiamente dicha (disponía de un remedo de la misma, la Ley Básica promulgada por el rey Fahd en 1992), ni Parlamento (únicamente funcionaba un Majlis consultivo al servicio del Ejecutivo, institución que no pasaba de decorativa), ni partidos políticos, ni una división clara de poderes, partiendo del hecho de que los intereses de la familia Saud y los del Estado saudí estaban inextricablemente mezclados. Lo más parecido a un mecanismo democrático eran las elecciones municipales con una relativa pluralidad de candidaturas, de las que hasta ahora había habido tres ediciones, en 2005, 2011 y 2015; en las últimas, por primera vez en la historia del Reino, las mujeres habían podido votar y ser votadas.

Hiperactivo, Muhammad dio otros dos trompetazos con resonancias internacionales a caballo entre 2015 y 2016. El 15 de diciembre, tres días después de las elecciones municipales de casa abiertas al sufragio femenino y yendo más allá del acuerdo, adoptado en marzo anterior por la Liga Árabe en su cumbre de Sharm El Sheij y a iniciativa de Egipto, sobre una fuerza militar conjunta contra el terrorismo, el vicepríncipe heredero anunció la puesta en marcha de una Alianza Militar Islámica (AMI) dirigida a combatir a los "grupos y organizaciones terroristas" y de la que formaban parte 34 países.

En apariencia, Riad daba respuesta así a los emplazamientos de Estados Unidos y Occidente a los gobiernos de la zona para que invirtieran mayores esfuerzos en la erradicación del EI, organización, como antes Al Qaeda, de la que la anterior era una escisión, que estaba consiguiendo perpetrar sangrientos atentados terroristas dentro del Reino, contra la minoría shií y las fuerzas de seguridad. Ahora bien, el comunicado saudí no mencionaba ni al EI ni a ningún otro grupo terrorista del yihadismo sunní, lo que dio pie a conjeturar que los Saud, al convocar la AMI, a quienes tenían en el punto de mira eran sobre todo los iraníes.

Según el ministro de Defensa y su colega de Exteriores, Adel al-Jubeir, la AMI nacía como una plataforma de cooperación entre un amplio número de gobiernos árabes y musulmanes que hasta el presente habían "combatido el terrorismo de manera individual" y que eran conscientes de la necesidad de acabar con semejante "enfermedad", la cual había "afectado primero al mundo islámico antes que a la comunidad internacional en su conjunto". La AMI tendría ciertamente un "componente militar", pero también perseguiría "interrumpir los flujos financieros" que daban alas a los terroristas y "enfrentar la ideología del extremismo que promueve el asesinato de inocentes, lo que es contrario a toda religión, en particular la fe del Islam".

Muhammad no olvidó recalcar que la iniciativa saudí, bautizada con exageración por algunos medios informativos como la "OTAN islámica", en modo alguno pretendía interferir con la Operación Solución Inherente de Estados Unidos, es decir, su intervención militar en Irak y Siria, que secundaban muchos países del mundo, entre ellos Arabia Saudí; al contrario, la AMI, que tendría en Riad el centro de operaciones, desarrollaría sus actividades contraterroristas "en coordinación con la comunidad internacional". El solemne pronunciamiento de Muhammad no estuvo exento de polémica, pues algunos gobiernos mostraron su extrañeza por verse en la lista de los 34 países fundadores de la AMI sin haber sido consultados.

A las pocas semanas, el 2 de enero de 2016, el Gobierno ejecutó a 46 reos de terrorismo, entre ellos el cabecilla alqaedista Faris Ahmad Jamaan al-Showeel al-Zahrani y el jeque opositor shií Nimr Baqr al-Nimr. La liquidación de este último provocó la reacción airada de Irán. Al día siguiente, turbas enfurecidas atacaron la Embajada saudí en Teherán y el Consulado en Mashhad. En respuesta, Riad anunció la ruptura ipso facto de las relaciones diplomáticas e intensificó las operaciones militares en Yemen. El 7 de enero las autoridades iraníes denunciaron que la Aviación saudí había bombardeado su Embajada en Sanaá, acción de guerra contraria al derecho internacional que fue negada por Riad.

El imparable agravamiento de las tensiones con Irán y el recrudecimiento de los zarpazos terroristas del EI, que en diciembre de 2015 se declaró "en guerra" con Arabia Saudi y que en julio de 2016 mató en un atentado suicida a cuatro agentes de seguridad en las inmediaciones de la Mezquita del Profeta de Medina, empujaron al vicepríncipe heredero y a su padre a intensificar la interlocución con Estados Unidos. El interés primordial era la adquisición de grandes cantidades de armamento pesado y otros equipamientos para modernizar las Fuerzas Armadas.

En septiembre de 2015 Muhammad integró el séquito real en la primera visita de su padre a Washington para entrevistarse con Obama. Luego, en junio de 2016, el vicepríncipe heredero sostuvo en el mismo escenario, el Despacho Oval de la Casa Blanca, su primer y cordial cara a cara con Obama como el cabeza de su propia delegación, no como subalterno en los séquitos del rey o de su primo el príncipe heredero y ministro del Interior. En mayo del 2015, en una entrevista concedida a Al Arabiya, Obama se había deshecho en elogios del príncipe, al que describió como un joven "extremadamente conocedor, muy inteligente", y "sabio a pesar de su edad". Ahora, Muhammad, casi irreconocible vistiendo pantalones vaqueros, chaqueta y camisa sin corbata, aprovechó su estancia en Estados Unidos para conocer Silicon Valley y estrechar las manos de varias lumbreras de la industria tecnológica, entre ellos Mark Zuckerberg, quien le enseñó las instalaciones de Facebook.


4. Nombramiento como sucesor al trono saudí seguido de un ultimátum a Qatar

Desde mediados de 2015 y en todo 2016, distintos medios internacionales se hicieron eco de un aumento de las desavenencias entre los dos príncipes primos y tocayos que aspiraban al trono saudí: el mayor, Muhammad ibn Nayif, alias MbN, de 57 años, y el menor, Muhammad ibn Salmán, alias MbS, de 31. El sobrino del rey era el primero en la línea de sucesión, pero el favoritismo filial del ya octogenario Salmán, cuya salud era endeble -se hablaba de indicios de un principio de demencia senil-, resultaba tan intenso que el precario equilibrio salido de la remodelación palaciega de abril de 2015 podía saltar por los aires.

Salmán había añadido la impredictibilidad al tradicional secretismo de los altos trasiegos de la Corte, y además todo el mundo veía como el dinámico, enérgico y hasta impulsivo MbS eclipsaba al gris y reservado, aunque considerado eficaz en su labor y respetado en los círculos de la lucha antiterrorista, MbN, teóricamente por encima de él en la jerarquía del poder. No había dudas de que el vicepríncipe heredero y número tres oficial era el máximo interlocutor y representante internacional de Arabia Saudí, el dirigente siempre disponible con el que se podía contactar en cualquier momento, facultado como estaba para hablar en nombre de su padre.

En mayo de 2016 el rey Salmán despidió al ministro de Petróleo y Recursos Minerales desde 1995, Alí ibn Ibrahim Al Naimi. Su reemplazo por Jalid al-Falih, hasta ahora ministro de Sanidad y a la vez presidente de la Junta Directiva de Aramco, fue unánimemente considerado otro punto a favor del redactor de la Visión 2030 y hacedor de la política económica del Reino. Además, el estratégico ministerio pasó a llamarse de Energía, Industria y Recursos Naturales, haciendo desaparecer una referencia expresa a los hidrocarburos que las consignas de diversificación hacían obsoleta. A finales de octubre el monarca colocó a Muhammad al-Jadaan como ministro de Finanzas en lugar de Ibrahim Abdulaziz al-Asad, en esta oficina desde 1996, y de nuevo se habló de renovación dirigida a apuntalar las reformas estructurales de Muhammad ibn Salmán para contrarrestar la sangría de ingresos y divisas que ocasionaba la pésima coyuntura petrolera. A los pocos días, Arabia Saudi, en una especie de rendición, acordaba con los socios de la OPEP bajar los topes extractivos de crudo, poniendo fin a una política mantenida desde 2008 por las razones arriba apuntadas.

Nadie sabía a ciencia cierta hasta qué punto eran graves las "tensiones en la cumbre". Pero el 5 de junio de 2017 Riad desató un tremendo revuelo diplomático que llevaba la inequívoca impronta del vicepríncipe heredero y ministro de Defensa. En un comunicado conjunto, los gobiernos de Arabia Saudí, Egipto, Bahréin, los Emiratos Árabes Unidos y Yemen notificaron al Emirato de Qatar, la pequeña pero opulenta petromonarquía vecina y socia del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), la ruptura en bloque de las relaciones diplomáticas, el cierre de las fronteras y la interrupción de todas las comunicaciones, así como a expulsión de todos los ciudadanos qataríes residentes en sus territorios. Tan draconiano paquete de sanciones obedecía a la necesidad, explicaban los gobiernos con tono de hartazgo, de "proteger la seguridad nacional de los peligros del terrorismo y el extremismo".

El Gobierno de Riad, desde hacía años muy enfadado con el de Doha por sus políticas autónomas y en muchas ocasiones contrapuestas a los intereses de los Saud (apoyo a la Primavera Árabe de 2011, cordiales relaciones de cooperación energética con Irán, vínculos de amistad también con los Hermanos Musulmanes), era algo más preciso en el fundamento de tan grave acusación: Qatar venía socavando la seguridad y la estabilidad de la región por su "apoyo a varios grupos terroristas y sectarios", y por su "incapacidad para cumplir con los compromisos y acuerdos internacionales".

La primera imputación aludía, en un aventurado totum revolutum, al EI, Al Qaeda, los Hermanos Musulmanes y grupos subversivos apoyados por Irán que operaban en la gobernación de Qatif, área costera de la Provincia Oriental de larga tradición contestataria, muy ruidosa cuando las protestas populares, apaciguadas por el rey Abdullah con una mezcla de represión policial y concesiones económicas y políticas (entre ellas, el derecho de voto de las mujeres en las elecciones municipales), de 2011-2012. La segunda imputación se refería al acuerdo de noviembre de 2014 entre Qatar, Arabia Saudí, Bahréin y los Emiratos que había puesto fin a un primer altercado diplomático de ocho meses de duración y que ahora las capitales agraviadas consideraban flagrantemente violado por Doha.

Los Saud podían echar en cara a la familia real de Qatar, los Thani, todo un pliego de agravios, pero estaba claro que lo que más les sacaba de sus casillas eran los compadreos con Irán. El emir castigado, Tamim Al Thani, un monarca treintañero de la generación de Muhammad Al Saud y con similares inquietudes modernizadoras del sistema socioeconómico, lejos de claudicar ante unas sanciones que amenazaban con estrangular su vulnerable país, prometió "no rendirse" y tachó de "injustificada" e "infundada" la batería de medidas punitivas.

Claro que el formidable órdago lanzado por Arabia Saudí a Qatar, el emirato díscolo que no se sometía a sus directrices, tenía unos prolegómenos altamente significativos, que lo ponían en contexto. Así, el 14 de marzo anterior, Muhammad había sido recibido en la Casa Blanca por el nuevo presidente republicano de Estados Unidos, el magnate Donald Trump, cuya denuncia sin medias tintas de los acuerdos suscritos por Obama con Irán en materia nuclear tenía encantados a los Saud. Después, del 20 al 22 de mayo, el vicepríncipe heredero y su padre el rey habían agasajado en Riad al dirigente norteamericano, que escogía a Arabia Saudí como el primer destino de su agenda de viajes al exterior.

En la capital saudí, Trump invitó a los líderes del CCG y de un total de 54 países de la Organización de la Cooperación Islámica (OCI), allí presentes, a luchar por todos los medios contra el terrorismo hasta erradicarlo, y de paso arremetió contra Irán, Siria, el Hamás palestino, el Hezbollah libanés y los hutíes yemeníes, a todos los cuales metió en el mismo saco del terror junto con el EI y Al Qaeda. Eso era exactamente lo que los Saud esperaban oír de un mandatario de Estados Unidos. El rey apostrofó que Irán era "la punta de lanza del terrorismo mundial". El espaldarazo fue completo con la firma por Salmán y Trump de un gigantesco acuerdo de venta de armas; su valor, 110.000 millones de dólares, hacía de él el mayor contrato armamentístico de la historia.

Entre la presentación personal de Muhammad a Trump y el viaje de este a Arabia Saudí, el 2 de mayo de 2017, el todavía vicepríncipe heredero había realizado unas contundentes declaraciones en una entrevista televisada por las cadenas del Reino. En su opinión, el diálogo con Irán era imposible y las relaciones solo podían ir a peor porque Teherán abrazaba una ideología "extremista" y expansionista que buscaba "hacerse con el control del mundo islámico", y eso incluía los Santos Lugares de la península arábiga.

"Somos el objetivo principal del régimen iraní. No vamos a esperar a plantear la batalla en Arabia Saudí. En vez de eso, vamos a trabajar para que la batalla la tengan ellos en Irán", afirmó con tono beligerante Muhammad, quien también aseguró que las fuerzas saudíes desplegadas en Yemen estaban en condiciones de acabar con los hutíes "en unos pocos días", pero una operación de ese calibre causaría "miles de muertos" al contingente expedicionario y a la población civil yemení, así que la coalición prefería esperar a que los hutíes se "agotaran" en una guerra de desgaste. A los pocos días, llegó la réplica del ministro de Defensa iraní, quien tachó de "estupideces" las palabras de su homólogo saudí, además de preguntarse por los medios con que la monarquía sunní podría intentar una invasión de Irán y asegurar que, si tal cosa se producía, entonces del país atacante "no quedaría nada salvo La Meca y Medina".

Con todos estos mimbres, no resultó excesivamente chocante la reacción de Trump al bloqueo árabe de Qatar: el presidente, lejos de llamar a la contención y el entendimiento (cual habría sido la postura de Obama), salió a aplaudir la decisión saudí, pues Qatar había sido "históricamente un financiador del terrorismo al más alto nivel". Marcando un agudo contraste con la postura de su jefe, el secretario de Estado, Rex Tillerson, expresó su preocupación por la situación creada, pues Qatar cobijaba el mayor centro de operaciones avanzado del Mando Central de la superpotencia (que en el pasado había tenido su mayor instalación militar de Oriente Medio en territorio saudí, en la base aérea Príncipe Sultán), y emprendió labores de mediación para que las aguas volvieran a su cauce. Tillerson llegó a decir que el bloqueo de Qatar "obstaculizaba las acciones de Estados Unidos en la región y la campaña contra el EI".

Así estaban las cosas cuando el 21 de junio de 2017 los Saud soltaron otra bomba informativa. El rey Salmán, por decreto, elevaba a las condiciones de príncipe heredero y primer viceprimer ministro a su hijo Muhammad, confirmado de paso como ministro de Defensa. El hasta ahora titular de aquellos puestos, el príncipe Muhammad ibn Nayif, era destituido igualmente como ministro del Interior, cargo gubernamental que transfería a Abdulaziz ibn Saud, otro príncipe joven, de 34 años, quien era el hijo mayor del príncipe Saud ibn Nayif, el actual gobernador de la Provincia Oriental, a su vez hijo del fallecido príncipe heredero Nayif ibn Abdulaziz. Es decir, el nuevo ministro del Interior era sobrino del cesado e hijo de un primo del flamante príncipe heredero, al que sin embargo precedía en edad.

Palacio no dio ninguna explicación por estos cambios y se limitó a notificarlos. Los mismos fueron aprobados por el Consejo de Lealtad con los votos a favor de 31 de los 34 miembros de este organismo conformado por los príncipes más eminentes de la familia Saud. Por el momento, las posiciones de vicepríncipe heredero y viceprimer ministro segundo permanecían vacantes. El mismo día 21, por la tarde, la televisión saudí retransmitió desde La Meca la ceremonia de pleitesía de los notables del Reino, sin faltar el defenestrado Muhammad ibn Nayif, al nuevo príncipe heredero.

El 22 de junio, mientras diplomáticos, periodistas, analistas y demás observadores de los asuntos del Reino valoraban las implicaciones del abrupto apartamiento de MbN de la línea sucesoria y la colocación de MbS al frente de la misma, los gobiernos de Arabia Saudí, Egipto, Bahréin y los Emiratos redoblaron su acoso a Qatar con un drástico ultimátum de 13 puntos. En el plazo de 10 días, el Emirato debía cumplir lo siguiente:

Reducir el nivel de relaciones con Irán; expulsar a cualquier miembro de los Guardias Revolucionarios iraníes presente en su territorio; cerrar la base militar que Turquía estaba construyendo en Qatar y poner fin a la cooperación bilateral con Ankara en este terreno; anunciar la ruptura de cualquier vínculo con organizaciones designadas como terroristas, específicamente los Hermanos Musulmanes, Hamás, Hezbollah, el EI, Al Qaeda y la rama de esta última en Siria, el Frente para la Conquista del Levante, antes llamado Frente Al Nusra; dejar de financiar a grupos o individuos designados como terroristas, y de dar cobijo a personas reclamadas por terrorismo en los cuatro países; dejar de conceder la ciudadanía a nacionales de los cuatro países que estuvieran bajo órdenes de búsqueda de sus gobiernos; retirar la ciudadanía qatarí a aquellos nuevos nacionales cuyas actividades violaran las leyes de sus países de origen; clausurar la cadena de noticias Al Jazeera (detestada por los Saud por su línea editorial crítica con las políticas del Reino); interrumpir las ayudas económicas a otros medios informativos similares a Al Jazeera; cesar toda interferencia en los asuntos internos y externos de los cuatro países; alinearse plenamente con las decisiones del CCG; pagar una reparación por los daños causados; y someterse a un mecanismo de monitorización de una década de duración.

(Cobertura informativa hasta 22/6/2017)

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