Jair Bolsonaro

© Família Bolsonaro/Flickr

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Actualización: 31 octubre 2018

Brasil

Presidente electo de la República (2018)

  • Jair Messias Bolsonaro
  • Nacimiento: Glicério, estado de São Paulo, 21 marzo 1955
  • Partido político: Partido Social Liberal (PSL)
  • Profesión: Militar
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Presentación

El candidato derechista ganador, con un impresionante 46% de los votos, de la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas del 7 de octubre de 2018 es un político agresivamente contrapuesto que hasta hace unos años, cuando en Brasil todavía se respiraba optimismo, probablemente no habría pasado de la marginalidad. Jair Bolsonaro, capitán retirado del Ejército, diputado federal por Río de Janeiro y postulante del Partido Social Liberal (su novena filiación a unas siglas en tres décadas, desde que colgó el uniforme), tiene en vilo a la nación sudamericana por el fortísimo empuje de su discurso radical y reaccionario. Su heterodoxia perturbadora se nutre del rechazo a un establishment político desacreditado por la corrupción, el miedo al auge de la criminalidad en las calles, la frágil convalecencia económica y, en suma, la percepción mayoritaria de que el Brasil de 2018, pasto de vibraciones negativas, es un país fracturado y sin rumbo.

La plataforma nacionalista, populista y conservadora de Bolsonaro, calificada de "ultra" y "protofascista" por sus detractores, polemiza con varios principios de las sociedades democráticas y viene aderezada por un tropel de afirmaciones asimilables a una demagogia brutal, varias de las cuales le han costado denuncias y sanciones judiciales por incitar al odio y la agresión de colectivos como las mujeres, los homosexuales, los afrobrasileños, los indígenas y los inmigrantes. El oficial en la reserva ha elogiado la dictadura militar que entre 1964 y 1985 rigió Brasil, justificó la pena de muerte y la práctica de la tortura (para esta campaña, ha preferido enfatizar la cadena perpetua) y desprecia las políticas de promoción social implementadas por los anteriores gobiernos de la izquierda, como las acciones afirmativas y las cuotas raciales, generadoras según él de injustos "privilegios". El candidato niega ser homófobo: tan solo rechaza el "uso de la homosexualidad como arma cultural". Y refuta la acusación de misógino: simplemente está en contra de la "apología de la ideología de género". Él dice combatir todo lo "políticamente correcto" porque eso conduce a la "censura".

Además de declararse defensor de la familia tradicional, las iglesias ("Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos", es su lema) y la propiedad, Bolsonaro, en el pasado favorable al intervencionismo y el desarrollismo, expone un enfoque económico neoliberal que prescribe privatizaciones generalizadas, la reducción del peso del Estado al mínimo indispensable y el desenvolvimiento sin trabas de los actores privados del mercado. Admirador declarado del chileno Pinochet y del peruano Fujimori, Bolsonaro evoca a Donald Trump cuando llama a "hacer grande" a Brasil y trae a mientes también al filipino Rodrigo Duterte cuando pide que la Policía tenga licencia para matar a tiros a todos los delincuentes que pueda. Aficionado al igual que sus hijos, políticos como él, a posar con armas automáticas, tiene fijación con los métodos expeditivos extrajudiciales, a tenor de sus reiterados comentarios sobre la conveniencia de "fusilar" a miles de malhechores, corruptos e izquierdistas. Su política de seguridad pública incluye la libre tenencia de armas de fuego, para que los ciudadanos puedan "proteger sus vidas". Bolsonaro, cuyo segundo nombre de pila es -nada menos- Messias, resume que su objetivo es "cambiar" Brasil, aunque en la práctica no ofrece a los electores un programa articulado.

El grave apuñalamiento sufrido el 6 de septiembre a manos de un perturbado durante un acto de campaña en Juiz de Fora y que le mantuvo hospitalizado hasta últimos de mes dio alas a las posibilidades electorales de Bolsonaro, disparado en las encuestas. El único adversario de la izquierda que parecía capaz de doblegarle en la primera vuelta, el ex presidente Lula da Silva, vio anulada su aspiración el 31 de agosto por el Tribunal Superior Electoral al tratarse de un reo de la justicia condenado en segunda instancia. El sustituto de Lula en el Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, encuentra serias dificultades para rivalizar siquiera con el candidato derechista, fenómeno nunca visto en la historia electoral del país, contra el que han salido a manifestarse miles de mujeres brasileñas.


(Texto actualizado hasta octubre 2018)

Biografía

1. Militar y político con planteamientos extremistas de derecha
2. Perturbador candidato estrella en las elecciones presidenciales de 2018


1. Militar y político con planteamientos extremistas de derecha

Nacido y criado en un entorno rural del interior del estado de São Paulo, sus padres, Percy Geraldo Bolsonaro, un dentista que ejercía la profesión a pesar de no tener formación odontológica, y Olinda Bonturi, ama de casa, eran descendientes de italianos. En abril de 1964 el muchacho tenía nueve años cuando el presidente de la República, João Goulart, un político de izquierda, fue derrocado por el jefe del Estado Mayor del Ejército, mariscal Humberto Castelo Branco. El golpe de 1964 marcó el inicio de una dictadura militar con elementos de régimen civil, constitucional pero autoritario, de la que el joven Bolsonaro se hizo entusiasta partidario tan pronto como adquirió una noción de la situación nacional en su adolescencia.

En 1971, con 16 años, Bolsonaro, deseoso de hacer carrera en la milicia, fue admitido en la Escuela Preparatoria de Cadetes del Ejército (EsPCEx), con sede en Campinas, São Paulo. De allí pasó a la Academia Militar das Agulhas Negras (AMAN) de Resende, Río de Janeiro, la más reputada escuela para oficiales de los distintos cuerpos del Ejército Brasileño. En 1977 completó su formación con el grado de teniente y en la década que siguió estuvo sucesivamente destinado para el servicio en la Brigada de Infantería Paracaidista, el 9º Grupo de Artillería de Campaña con cuartel en Nioaque, Mato Grosso do Sul, y el 8º Grupo de Artillería de Campaña Paracaidista basado en Deodoro, Río de Janeiro, donde adquirió la condición de maestro en saltos. Además, en 1985 se adiestró en técnicas de buceo autónomo con el Cuerpo de Bomberos de Río de Janeiro y en 1987 siguió un curso en la Escuela de Perfeccionamiento de Oficiales (EsAO).

Ascendido a capitán en 1979, Bolsonaro era visto por sus superiores como un oficial ambicioso y agresivo, que mostraba grandes apetencias de mando y ganancias materiales, y que trataba a sus subalternos de manera muy poco considerada. Al menos, así consta en documentos internos de la época sacados a la luz tres décadas más tarde y en testimonios personales de antiguos colegas de armas, como el coronel retirado Carlos Alfredo Pellegrino. Su impulsividad empezó a causarle a Bolsonaro problemas con las autoridades a partir de 1985, el año en que los generales regresaron a los cuarteles y devolvieron el Gobierno del país a los políticos de la oposición democrática.

En septiembre de 1986, cuando era oficial asignado al 8º Grupo de Artillería de Campaña Paracaidista y siendo el presidente de la República José Sarney, el capitán, al parecer muy molesto por el retorno de la democracia civil, firmó para la revista Veja un artículo donde se quejaba de que los militares de carrera no cobraban lo suficiente y achacaba el despido de oficiales sancionados por indisciplina a los recortes presupuestarios del Ministerio del Ejército. La reprimenda de sus superiores no se hizo esperar, pero a Bolsonaro le llegaron mensajes de solidaridad y apoyo de más de un centenar de oficiales, en activo y en la reserva, pertenecientes a distintas ramas y unidades del Ejército. Uno de los que salieron a respaldarle fue el general Newton Cruz, al mando del Servicio Nacional de Informaciones en los años del Gobierno del general João Baptista Figueiredo, el último presidente de la dictadura.

Al convertirse en una especie de portavoz del malestar de sectores militares de línea derechista, identificados con la dictadura y escépticos con el nuevo orden democrático, Bolsonaro alarmó al alto mando castrense y al Gobierno, que le abrieron expediente disciplinario y le impusieron un arresto de 15 días por "trasgresión grave". Pero, por lo que se vio después, el escarmiento no surtió efecto.

Según parece, en agosto de 1987 el capitán descontentadizo volvió a la carga con una filtración a Veja bastante extraña, por cuanto exponía unos hechos delictivos que le incriminaban directamente: según la revista, ella se había enterado de que el capitán y un compañero del mismo rango, Fábio Passos da Silva, tenían entre manos una operación subversiva, de nombre clave Callejón sin salida (Beco sem saída), consistente en la detonación de artefactos explosivos de poca potencia y con mecanismo de relojería en instalaciones de suministro de agua del barrio de Vila Militar, la AMAN y otros acuartelamientos de Río de Janeiro. El objetivo de estas explosiones, supuestamente sin la pretensión de provocar víctimas, solo daños materiales, era, le había dicho a Veja Bolsonaro, presionar a las autoridades para que aprobaran alzas salariales en el Ejército. El capitán, incluso, habría mostrado a su contacto en la revista el croquis de un plan de atentado contra una estación de bombeo del servicio de aguas municipales de Río de Janeiro.

Veja publicó todo y de paso puso el material sensible a disposición del Ministerio del Ejército, este condujo las investigaciones pertinentes y el caso terminó en el Superior Tribunal Militar (STM), que abrió contra Bolsonaro y Passos da Silva una causa penal por cinco violaciones del reglamento militar. A pesar del peso de las pruebas inculpatorias de la fiscalía, respaldadas por un examen grafológico de la Policía Federal, en junio de 1988 el STM decidió absolver a los dos oficiales, que no fueron castigados ni apartados del Ejército, al menos de manera inmediata. En todo momento, Bolsonaro negó ser el autor del plan de atentados con bomba y haber hecho relevación alguna a Veja, lo que equivalía a decir que le habían tendido una trampa.

Poco después, Bolsonaro recibió la notificación de su exclusión del servicio activo del Ejército a partir del 22 de diciembre de 1988, momento en el cual pasaría a integrar la reserva remunerada. Obligado a colgar el uniforme, el capitán decidió probar fortuna en el mundo de la política, concretamente la política municipal de Río de Janeiro. Para ese fin, se afilió al Partido Demócrata Cristiano (PDC), una pequeña formación conservadora surgida en 1985 como la refundación del PDC histórico (1945-1965) y que tenía de líder a Mauro Borges Teixeira, antiguo coronel del Ejército. Puesto a elegir vehículo partidario para su flamante carrera política, Bolsonaro descartó la anterior formación oficialista de la dictadura militar, el Partido Democrático Social (PDS) de Paulo Maluf. En las votaciones municipales del 15 de noviembre de 1988 Bolsonaro salió electo y el 1 de enero de 1989 se estrenó en las instituciones civiles de la República como concejal del Ayuntamiento carioca. Sin embargo, no iba a completar el mandato municipal, pues en las elecciones legislativas del 3 de octubre de 1990 figuró entre los 22 candidatos que el PDC logró meter en la Cámara de Diputados.

El 1 de febrero de 1991 Bolsonaro inauguró el primero de siete mandatos consecutivos como diputado federal por Río de Janeiro, ejercicio ininterrumpido que iba a extenderse hasta la inscripción de su candidatura presidencial en 2018. En todo este tiempo, el capitán en la reserva militó, bien por metamorfosis del partido de turno, bien por transfuguismo personal -dos fenómenos de lo más habituales en la política brasileña-, en la friolera de ocho colectividades.

El baile de siglas en la filiación partidista de Bolsonaro empezó en 1993, fecha en que decidió pasarse al recién fundado Partido Progresista (PP), una opción liberal conservadora surgida de la fusión del Partido Social Laborista (PST) y el Partido Laborista Reformador (PTR). Antes de concluir el año, el diputado volvió a cambiar de colores uniéndose al también nuevo Partido Progresista Reformador (PPR) de Espiridião Amin, fruto de la amalgama del PDC y el PDS. En septiembre de 1995 el PPR y el PP se fusionaron a su vez, dando lugar al Partido Progresista Brasileño (PPB). Bolsonaro fue leal al PPB durante ocho años, ganando como representante suyo las segunda (1998) y tercera (2002) reelecciones en la Cámara de Diputados.

Al poco de iniciar su cuarta legislatura federal en 2003, el inquieto diputado fluminense rompió con el PPB, desde 1997 liderado por Paulo Maluf, y tomó asiento en la bancada del Partido Laborista Brasileño (PTB) de Roberto Jefferson, formación centrista que aceptó integrarse en el Gobierno de coalición del nuevo presidente izquierdista de la República, Luiz Inácio Lula da Silva, el líder del Partido de los Trabajadores (PT). En 2005 Bolsonaro, quien se consideraba en la oposición radical al Gobierno Lula, dio portazo al PTB, un partido no ajustado a sus ideas intensamente derechistas, y solicitó y obtuvo el ingreso en el Partido del Frente Liberal (PFL), antigua escisión del PDS y actualmente mandado por Jorge Bornhausen. Se trató de otra filiación de corta vida, ya que al cabo de unos meses el ex militar volvió al redil del PPB, ahora llamado simplemente Partido Progresista (PP), con Nélio Dias de presidente.

La militancia política de Bolsonaro se remansó a lo largo de una década en las filas del PP, partido que a pesar de sus credenciales derechistas no dudó en integrar los bloques de gobierno comandados por Lula y, desde enero de 2011, su heredera en nombre del PT, Dilma Rousseff. El representante fluminense revalidó con los progresistas su diputación federal en los comicios de 2006, 2010 y 2014. Hasta enero de 2016 Bolsonaro no mudó nuevamente de vínculos partidarios. Su elección esta vez fue el Partido Social Cristiano (PSC) del ministro evangélico Everaldo Dias Pereira, también conocido como Pastor Everaldo. Según él mismo ha comentado, Bolsonaro, a lo largo de su sinuoso peregrinaje político, sopesó fichar por el Partido de la Reconstrucción del Orden Nacional (Prona) de Enéas Carneiro, preclaro exponente de la extrema derecha brasileña, ultranacionalista, anticomunista y hostil también al capitalismo de libre mercado. Estas tres características estaban en el ideario de Bolsonaro, aunque años después el diputado iba a abandonar sus concepciones desarrollistas y estatistas en favor del discurso económico opuesto, el liberalismo puro y duro.

Los hijos mayores de Bolsonaro, hombre tres veces casado, tomaron el derrotero profesional del padre y secundaron sus cambiantes adscripciones partidistas. La familia fue adquiriendo así la forma de un clan político bien compenetrado, cuyos miembros eran mutuamente solidarios. Con su primera esposa, Rogéria Nantes Nunes Braga, a la que ayudó a salir elegida concejala en la Cámara Municipal de Río de Janeiro en 1992, Bolsonaro tuvo a Flávio, Carlos y Eduardo. Flávio Bolsonaro, el primogénito, se convirtió en febrero de 2003 en un joven diputado de 21 años en la Asamblea Legislativa del estado de Río de Janeiro. Siempre muy próximo a su padre, solo difería de él en cuestiones de fe religiosa, pues se apartó del catolicismo apostólico romano inculcado en el hogar para hacerse protestante baptista.

El segundo hijo, Carlos Bolsonaro, nacido en 1982, aventajó en precocidad política a su hermano mayor al resultar elegido concejal de la capital carioca en octubre de 2000 a la improbable edad de 17 años (de hecho, figura en los anales como el más joven concejal en la historia de Brasil). A continuación, irrumpió en la vida pública el tercer hermano, Eduardo Bolsonaro, elegido diputado federal por São Paulo en octubre de 2014. En febrero de 2015 padre e hijo pasaron a compartir trabajos legislativos en la Cámara baja del Congreso Nacional.

Tras divorciarse de Rogéria, Bolsonaro contrajo segundas nupcias con Ana Cristina Valle. Ella alumbró al cuarto vástago del político, Jair Renán, un muchacho que tan pronto como alcanzó la mayoría de edad comentó en las redes sociales su intención de meterse a político también. Nuevamente divorciado, en 2007 Bolsonaro celebró un tercer matrimonio, civil, con Michelle de Paula Firmo Reinaldo. 25 años más joven que su maduro esposo, Michelle venía asistiéndole como secretaria parlamentaria en su despacho de diputado en Brasilia. En 2011 la pareja tuvo una hija, Laura, y en 2013 refrendó su vínculo conyugal ante un altar religioso con oficiante evangélico, la fe de la novia.

A lo largo de su trayectoria parlamentaria, Bolsonaro se aseguró en la política brasileña una parcela de polémica notoriedad por su crudeza sistemática al opinar sobre un abanico de temas sensibles. Sus palabras, saturadas de radicalismo, violencia y desprecio hacia diferentes sectores sociales y políticos, concitaron lógicas acusaciones de extremismo ideológico, machismo, homofobia, racismo, xenofobia y nostalgia de una dictadura militar altamente represiva que incluso, así lo veía él, había sido timorata a la hora de conculcar Derechos Humanos (según el balance oficial de víctimas, un mínimo de 457 personas identificadas fueron asesinadas o hechas desaparecer por el Ejército entre 1964 y 1985) y liquidar sin remilgos "enemigos de la nación". Las hemerotecas y webs como YouTube dejan registro de una lista interminable de pronunciamientos explosivos del capitán en la reserva, para quien parecía no haber límites a la hora de decir barbaridades y de ofender.

En 1993 Bolsonaro afirmó que Brasil necesitaba un Gobierno militar en toda regla si pretendía convertirse en un país "próspero y sostenible". Un lustro después, entrevistado por Veja, se despachó con unas encendidas palabras de elogio para los regímenes del general Pinochet en Chile (1973-1990), el cual de todas maneras "debió haber matado a más gente", y el presidente Fujimori en Perú (1990-2000), a su juicio "modélico", sobre todo por "su forma de contener la explosión demográfica con la esterilización voluntaria". La verborrea agresiva de Bolsonaro pisó el acelerador en 1999 en una entrevista para el programa televisivo Câmera Aberta; allí, el diputado, hablando en tromba y con mucha gesticulación, se mostró "favorable a la tortura", renegó de un sistema democrático que le parecía una "porquería", se declaró insumiso fiscal y aseguró que si él fuera presidente no dudaría en "cerrar el Congreso", que "no vale para nada", y en "dar un golpe de Estado" para implantar una "dictadura" desde el primer día. "Deberían haber sido fusilados 30.000 corruptos, comenzando por el Congreso y el presidente Fernando Henrique Cardoso", añadió.

En 2000 Bolsonaro explicó que el mandatario socialdemócrata merecía ciertamente el paredón porque era culpable de "la barbaridad de privatizar las telecomunicaciones y de entregar nuestras reservas al capital extranjero". Por la misma época, el diputado voceaba su defensa a ultranza de la censura informativa, la tortura policial, la pena de muerte ("nunca vi a nadie ejecutado en la silla eléctrica volver a matar a alguien") para delitos graves como el narcotráfico y la ejecución sumaria de criminales en casos de homicidio premeditado. "El único error fue torturar y no matar", comentó en agosto de 2008 a propósito de las responsabilidades penales de los represores del antiguo régimen castrense.

En enero de 2011 el periódico Folha de S.Paulo publicó una carta suya en la que se refería al período militar de 1964-1985 como "20 años de orden y progreso"; entonces, el Ejército, primero, había evitado "la implantación de una dictadura del proletariado" y, luego, había derrotado la subversión guerrillera armada por la Cuba castrista, explicó. En similares términos encomiastas (una "intervención democrática", fruto de la "presión popular") valoró el golpe de 1964 en su blog de Internet en marzo de 2015. En marzo de 2011 Bolsonaro indignó al Grupo Tortura Nunca Mais por colgar en la puerta de su oficina de la Cámara de Diputados un cartel alusivo a los familiares de los desaparecidos de la dictadura donde podía leerse que "quien busca hueso es un perro".

Colectivos como las mujeres, los homosexuales y las minorías étnicas también eran blanco de la metralleta verbal del político, muy solicitado por los medios periodísticos por su capacidad para generar titulares sensacionalistas.

Algunas de sus frases aquí fueron: "Nunca he golpeado a mi ex mujer, pero ya tuve ganas de fusilarla varias veces (2000, en alusión a su primera esposa, Rogéria Braga); "no voy a combatir ni a discriminar, pero si veo a dos hombres besándose en la calle, voy y les sacudo" (2002, preguntado por su opinión sobre el matrimonio gay); "yo a usted no la violaría porque no se lo merece" (dicho a la diputada petista Maria do Rosário dentro del Congreso en 2003 y nuevamente en 2014, tras ser llamado por ella "violador", de suerte que Rosário le denunció ante el Supremo Tribunal Federal por injurias, calumnias, daños morales e incitación a la violación); "el indio, sin hablar nuestra lengua, apestoso, la mayoría de las veces viene acá, sin ninguna noción de educación, para hacer lobby" (2004, en la Comisión de la Cámara sobre la Reserva Indígena Raposa/Serra do Sol); "sería incapaz de amar a un hijo homosexual, preferiría que muriese en un accidente de tráfico" (2011); "hago una relación entre homosexualidad y pedofilia porque muchos de los niños adoptados por parejas gays van a sufrir abusos de esas mismas parejas" (2011); "el 90% de los hijos adoptados [por parejas del mismo sexo] van a ser homosexuales y chicos de alquiler con toda certeza" (2012); "la escoria del mundo está llegando a Brasil, como si no tuviésemos suficientes problemas que resolver" (2015); "yo no las emplearía con el mismo sueldo, aunque hay mucha mujer que es competente" (2016, sobre la brecha salarial de género); "esa idea del ¡oh pobrecito negro, oh pobrecita persona, oh pobrecita mujer, oh pobrecito indio!; todo el mundo es pobrecito de alguna cosa" (2016).


2. Perturbador candidato estrella en las elecciones presidenciales de 2018

Al arrancar en 2011 su sexta diputación federal, Bolsonaro ya hacía tiempo que estaba catalogado por sus colegas de la profesión política, la prensa y el público brasileño en general como un personaje bravucón, excéntrico y provocador, una especie de bufón reaccionario dedicado a darse bombo a golpe de exabrupto y que cambiaba periódicamente de partido sin más consideración que sus intereses personales. Sus mensajes resultaban turbadores, pero no tenía ninguna plataforma política detrás y nadie le tomaba realmente en serio. Su perfil se adecuaba bien al del típico candidato presidencial outsider erigido en salvador (el segundo nombre de pila del político era Messias) de un país supuestamente sumido en el caos, pero en estos momentos una apuesta de ese tipo, seguramente, habría hecho de Bolsonaro un aspirante solo testimonial. Al parecer, el capitán en la reserva, un hombre políticamente aislado, descartaba postularse a la Presidencia mientras detectase que el electorado no le permitiría ir más allá de una candidatura folclórica.

Justamente en enero de 2011, Lula da Silva concluyó su segundo mandato presidencial de cuatro años dejando la impresión de un país que marchaba viento en popa, a lomos de una virtuosa síntesis de crecimiento económico sostenido, estabilidad financiera, retroceso de la pobreza, fuerte expansión de las clases medias y excelente prensa internacional. Su sucesora en el Palacio de Planalto, Dilma Rousseff, ganó la reelección en octubre de 2014 ya con dificultades, sobreponiéndose a la desaceleración económica, la vertiginosa cadena de escándalos de corrupción en el PT y otros partidos del oficialismo, y la reclamación por la calle de una nueva tanda de reformas políticas y sociales. En las elecciones generales de ese año, Bolsonaro, uno de los más estridentes detractores de Rousseff, revalidó su mandato federal con 464.572 votos, la cuota de apoyos más abultada en el estado de Río de Janeiro, que disponía de 46 escaños en la Cámara, y la tercera de entre los 513 diputados de Brasil. Cuatro años antes, Bolsonaro había sido reelegido con 120.000 votos.

Nada más inaugurar Rousseff su segundo ejercicio presidencial en enero de 2015, todos los escenarios del devenir nacional se tornaron decididamente sombríos, instalándose así un panorama de malestar y negatividad que era terreno abonado para el discurso demagógico y antisistema de Bolsonaro. En abril de 2016, Rousseff, acorralada por las diligencias de la operación judicial Lava Jato, que sacó a la luz un gigantesco esquema de sobornos y lavado de dinero en el que fueron implicados directivos de la empresa petrolífera Petrobras y muchos grandes nombres de los principales partidos políticos, el ex presidente Lula entre ellos, y por el hundimiento de la economía en la recesión, encajó la aprobación por la Cámara baja de un procedimiento de destitución bajo la acusación de haber maquillado las cuentas financieras para ocultar la magnitud del déficit federal.

Uno de los diputados que votaron a favor del impeachment -y dedicando su voto al coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, uno de los más conocidos ejecutores de los crímenes de la dictadura, fallecido en 2015- fue Bolsonaro, desde hacía tres meses miembro del PSC. El enésimo cambio de chaqueta había tenido lugar el 23 de enero anterior, momento que Bolsonaro había aprovechado para confirmar el secreto a voces de que en las elecciones 2018 contendería por la Presidencia.

Al comenzar 2016, el antiguo militar era un presidenciable sin equipo, sin bases y sin organización a la vista, más allá de la que pudiera suponer el clan familiar. Sin embargo, todo estaba aparejándose a su favor: el arresto y procesamiento de Lula en el marco de la operación judicial Aletheia; la suspensión de Rousseff por el Senado (el 12 de mayo de 2016, mientras Bolsonaro, con túnica blanca y ritual evangélico, era bautizado por Pastor Everaldo, el cabeza del PSC, en las aguas del río Jordán en Israel); la conversión del vicepresidente Michel Temer, el intrigante líder del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), en presidente de la República en funciones; la condena política y destitución definitiva de la mandataria petista; la activación por Temer de un duro programa de ajuste anticrisis de marcado signo conservador; el huracán de imputaciones de corrupción que se abatió sobre el nuevo bloque oficialista y sobre el propio Temer; y todo ello caldeado por las denuncias de "golpismo" efectuadas por Rousseff y el PT contra Temer y sus aliados, las grandes manifestaciones callejeras de repudio de signo político contrapuesto y la alarma social por la subida galopante de los índices de delincuencia (atracos con violencia, crímenes sexuales, homicidios), que agravaba la crónica inseguridad en las favelas y las grandes barriadas populares.

Tamaña secuencia de acontecimientos entre 2016 y 2017, suma de forcejeo institucional, fracaso político y fractura social, dibujaba a Brasil como un país crispado, roto, sin norte, donde muchos ciudadanos hartos estaban dispuestos a dar la espalda a una clase partidista al completo, de la derecha, el centro y la izquierda, que chapoteaba en la corrupción y el descrédito, y brindar la alternativa a un heterodoxo absoluto como Bolsonaro, el adalid del revisionismo y las fórmulas expeditivas.

Tras anunciar su candidatura presidencial en enero de 2016, Bolsonaro, escoltado por sus hijos, como él muy aficionados a posar con armas automáticas de diverso calibre (de pistolas a ametralladoras, pasando por los fusiles de asalto), intensificó, de viva voz y haciendo poses impactantes, su identificación con la dictadura y la estética militarista. El aspirante comprobó que reiterar viejas frases chirriantes, como que el "error fue torturar y no matar", en el Brasil actual, en vez de restar, daba apoyos. En abril de 2017 la misoginia achacada a Bolsonaro volvió a quedar ilustrada con un insólito comentario a costa de su propia hija, Laura, una niña de seis años: "Tengo cinco hijos. Fueron cuatro hombres, la quinta vez tuve una debilidad y me vino una mujer", dijo en un acto en el Club Hebraica. El caso era que Bolsonaro figuraba en las encuestas de intención de voto ya desde el verano de 2015.

Del no muy alentador 5% adjudicado inicialmente, Bolsonaro fue ascendiendo hasta superar el 10% en febrero de 2017, colocándose más o menos a la par que el postulante, todavía por definir, del PSDB (Geraldo Alckmin, Aécio Neves o João Doria), y la verde Marina Silva, de la Red de Sostenibilidad (REDE), pero a gran distancia del candidato no oficial del PT, que no era otro que el ex presidente Lula, siempre muy potente en los sondeos a pesar de encontrarse a la espera de juicio por corrupción, acusación que según él no era más que una farsa montada por sus enemigos de la derecha para destruirlo políticamente. En el primer semestre de 2017 Bolsonaro siguió subiendo de manera consistente, despegándose del resto de candidatos y perfilándose ya con pocas dudas como el único rival serio de Lula.

La larga carrera de las presidenciales de 2018 empezó a adquirir ribetes dramáticos en julio de 2017, momento en el cual a Lula le cayó una sentencia condenatoria de nueve años y medio de prisión como culpable de lavado de dinero y corrupción pasiva (aceptación de sobornos). Bolsonaro, que ya había llegado a superar el 20% en algunos muestreos, vio frenada en seco su escalada en paralelo al impulso de la ventaja de Lula, beneficiado por su discurso victimista, pero la horquilla entre ambos no tardó en recortarse de nuevo. De todas maneras, parecía claro que en un contienda Lula-Bolsonaro, hipotéticos disputadores de una segunda vuelta electoral, el ex presidente socialista sería el vencedor

Simultáneamente, Bolsonaro entró en conflicto con Pastor Everaldo y dio portazo al PSC, partido que no terminaba de convencerle como vehículo de su candidatura presidencial. El diputado contactó entonces con el Partido Ecológico Nacional (PEN), una pequeña formación ambientalista que, encantada con la llamada a su puerta del segundo candidato en los sondeos, no dudó en mudar completamente de ideario y hasta de denominación, todo para ajustarse al extremismo de Bolsonaro. Así, el manifiesto verde fue sustituido por otro lleno de apelaciones nacionalistas, militaristas, anticomunistas y fundamentalistas cristianas, y el nombre de Partido Ecológico se cambió por el de Partido Patriota.

La transformación del Partido Patriota no satisfizo a Bolsonaro, que, caprichoso, desistió de esta afiliación y optó en cambio por entrar, el 5 de enero de 2018, en el Partido Social Liberal (PSL), otra agrupación de escaso relieve, poseedora de nueve diputados federales y sin ningún senador. Fundado en 1994 por el empresario Luciano Bivar, el PSL venía comportándose exactamente como la agrupación que decía ser, una dotada de un credo social liberal y nítidamente progresista, pero el desembarco de Bolsonaro y sus hijos, que prometían una riada de cargos representativos de elección popular, lo puso patas arriba. Al igual que había sucedido con el PEN, el PSL se planteó cambiar de nombre y reescribió sus estatutos a toda prisa para adecuarlos al discurso ultra de Bolsonaro, el cual abarcaba ya también su concepto del liberalismo económico, a ejercitar por los actores privados del mercado sin obstáculos burocráticos ni intromisiones del Estado.

Antes de terminar enero, la situación de Lula se complicó sobremanera al ser confirmada y endurecida su condena judicial por un tribunal federal de apelaciones, que incrementó la pena carcelaria hasta los 12 años. El 3 de marzo Bolsonaro fue anunciado como el candidato presidencial del PSL. En abril siguiente, Lula no tuvo más remedio que empezar a cumplir su sentencia de reo, ingreso en prisión que virtualmente anulaba la apuesta presidencial del líder petista. Bolsonaro, que había vuelto a caer en las encuestas a pesar de la masiva afluencia de donaciones y fondos a su caja de campaña, recibió el previsible empuje. El 22 de julio de 2018 el PSL proclamó oficialmente la candidatura presidencial de Bolsonaro. En la convención, celebrada en Río de Janeiro, el ex militar restó importancia a su aislamiento en el arco partidista, presumió de ser el "patito feo" de la contienda electoral del 7 de octubre y calificó de "escoria" la alianza de centro-derecha articulada por el postulante del PSDB, Geraldo Alckmin, donde figuraban dos partidos de los que había sido miembro, el PP y el PTB.

Agosto fue el mes clave para las aspiraciones de Bolsonaro. El día 6 el Tribunal Superior Electoral (TSE) desestimó dos impugnaciones de su candidatura (presentadas con los argumentos de que en agosto de 2017 había sido condenado a pagar 10.000 reales por daño al honor y apología de la violación en el caso denunciado por la diputada petista Maria do Rosário, y de que había realizado un acto político en el interior de un templo sin pedir autorización), a la cual dio registro. El día 8 el candidato comunicó que su compañero de fórmula para la Vicepresidencia era Antônio Hamilton Mourão, general jubilado del Ejército, otro ex oficial defensor del papel de las Fuerzas Armadas durante la dictadura y miembro del ultraderechista Partido Renovador Laborista Brasileño (PRTB), el único partido aparte del PSL que aceptó respaldar a Bolsonaro. Y el día 31 el TSE descalificó a Lula en virtud de la ley federal que impedía a un condenado en segunda instancia presentarse a cargos de elección popular. Descartado Lula, su gran abanderado, al PT ya solo le quedaba la opción de Fernando Haddad, hombre de la confianza del ex presidente preso pero que, a tenor de las encuestas, lo tendría bastante complicado para superar a Bolsonaro en la primera vuelta. Bolsonaro se instaló definitivamente por encima de la cuota del 20% de los votos coincidiendo con la neutralización de Lula.

La coalición derechista del PSL y el PRTB, denominada Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos, divulgó un desmayado sucedáneo de programa basado en unas pocas nociones básicas y sin apenas compromisos específicos. La plataforma, concebida para "cambiar Brasil", combinaba nacionalismo, liberalismo, antiestatismo y tradicionalismo. Así, Bolsonaro, asesorado en el área económica por Paulo Guedes, un adepto a la Escuela de Chicago y las ideas de Milton Friedman, se presentaba como un campeón del modelo de economía de libre mercado "inmune a la intervención estatal excesiva", de la iniciativa privada sin más límites que los que marcasen "la ley y la ética", del "Gobierno limitado" y de la "reducción del tamaño del Estado". Abogaba por el federalismo, el Estado de derecho, el imperio de la ley protector de la integridad de las personas y de la propiedad privada, y la democracia representativa, pues esta, "con todas sus imperfecciones", era "la mejor opción disponible".

La candidatura presidencial proclamaba su adhesión al conservadurismo, ya que: "el conservador no es un sujeto aferrado al pasado, un contrario intransigente a los avances, sino aquel que respeta y desea preservar las instituciones (familia, entidades religiosas, policía y poder judicial, entre otras) y las costumbres, las cuales permiten a cada individuo vivir en sociedad de manera saludable y armoniosa". No podía faltar en la declaración de intenciones una referencia a la "inclusión social", aspecto ineludible en cualquier plan gubernamental para elevar la "calidad de vida" de la población. Los programas sociales eran válidos, pero debían "enfocarse en las personas con mayor vulnerabilidad, los más pobres".

Bolsonaro hacía hincapié en el refuerzo de la seguridad nacional "a todos los niveles", en la "propuesta de cambios legislativos" y en la "implementación de políticas" conducentes a "minimizar los crecientes índices de violencia y homicidios" en Brasil. Una de las cosas más urgentes era derogar el Estatuto de Desarme, ley federal aprobada por el Gobierno de Lula en 2003, a fin de "crear las condiciones para que los ciudadanos puedan poseer armas de fuego, si así lo desean". También, había que rebajar la mayoría de edad penal a los 16 años.

El candidato negaba ser "machista"; al contrario, él era el único que pensaba "de verdad en el bienestar y la seguridad de las mujeres". Lo que pasaba era que estaba contra la "apología de la ideología de género". Tampoco era "homófobo", sino que se oponía al "uso de la homosexualidad como arma cultural". Estos eran unos "combates" a librar en Brasil, al igual que los combates a la "sexualización precoz de los niños" (mal contra el que él ya había luchado al oponerse desde el Congreso a la distribución del polémico kit anti-homofobia en las escuelas, mero "material erótico" inconcebiblemente arrojado a las aulas), al aborto, a la "censura derivada del discurso políticamente correcto" y a los "privilegios que resultan de las cuotas por géneros, opciones sexuales, colores, razas y credos". En la esfera más política, tocaban el "combate a la corrupción endémica" y el "veto a las alianzas con partidos de la izquierda boliviariana", a la cabeza de los cuales estaba el PT de Lula, Rousseff y Haddad. En su manifiesto electoral, Bolsonaro llegaba mencionar unas "políticas de esclarecimiento de la población, que hagan tomar conciencia de los males provocados por el comunismo y el socialismo".

El 28 de agosto el candidato, evocando el argumento del controvertido presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, dijo en una entrevista para el canal TV Globo que a las fuerzas policiales había que dejarlas abatir a balazos a todos los criminales que pudieran: "a este tipo de gente usted no puede tratarla como si fuera un ser humano normal. Que si debe ser respetado, que si es una víctima de la sociedad... No podemos dejar que los policías sigan muriendo a manos de estos tipos (...) Hay que dar al agente de seguridad pública el eximente de ilicitud. Él entra y resuelve el problema. Si mata a 10, 15 o 20 con 10 o 30 tiros, tiene que ser condecorado, y no procesado".

(Cobertura informativa hasta 31/8/2018)

Síntesis de las propuestas electorales y el plan de Gobierno de Bolsonaro
para las elecciones presidenciales de 2018

POLÍTICA Y ESTADO.
.- Combate a las "oligarquías corruptas" y las "ideologías perversas"
.- Democracia representativa ("la mejor opción disponible")
.- Federalismo descentralizado
.- Reducción del número de ministerios (15 máximo) y los gastos corrientes
.- Fin de la reelección presidencial
.- Reducción del número de parlamentarios
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SEGURIDAD INTERNA.
.- Imperio de la ley y derecho a la legítima defensa
.- Libre posesión de armas de fuego por los ciudadanos
.- Protección jurídica de la Policía si mata a delincuentes
.- Tipificación como terrorismo de las invasiones de propiedades agrícolas
.- Imputabilidad penal a los 17 años
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ECONOMÍA.
.- Modelo estricto de libre mercado: campaña de privatizaciones, reducción del peso del Estado
.- Control de la inflación
.- Equilibrio fiscal y superávit primario en 2020
.- Reducción de la deuda pública en un 20%
.- Opción de jubilarse con pensiones por capitalización
.- Simplificación tributaria y bajada de impuestos a las empresas
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EDUCACIÓN.
.- Rechazo al "adoctrinamiento" y la "sexualización precoz" en las escuelas
.- Nombramiento de un militar como ministro de Educación
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SOCIEDAD.
.- Defensa de la familia tradicional y las iglesias
.- Programas sociales concentrados en los más vulnerables
.- Garantía de renta personal "igual o superior" al abono de Bolsa Família
.- Rechazo a las políticas de género, las acciones afirmativas y las cuotas raciales
.- Prohibición de la adopción de niños por las parejas homosexuales
.- Veto a posibles propuestas de liberalización del aborto
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MEDIO AMBIENTE Y ENERGÍA.
.- Postura contradictoria sobre el acatamiento del Acuerdo de París y la protección de la Amazonía
.- Fusión de los ministerios de Medio Ambiente y Agricultura
.- Fin del monopolio de Petrobras sobre el gas natural
.- Venta de activos de Petrobras en la cadena de producción petrolera
.- Liberalización de la distribución (no la generación) eléctrica de Eletrobras
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DEFENSA Y EXTERIOR.
.- Las Fuerzas Armadas como "garantía contra la barbarie"
.- Rearme para los "escenarios de combate a todo tipo de violencias" y mayor presencia en la esfera civil
.- Aproximación a "democracias importantes" como Estados Unidos, Israel, Japón e Italia
.- Alejamiento radical de Venezuela y otras "dictaduras asesinas"
.- Revisión de las relaciones con China
.- Intensificación del libre comercio, preferentemente bilateral
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