Jimmy Carter

© UN Photo/Ryan Brown

© UN Photo/Ryan Brown

Actualización: 16 febrero 2016

Estados Unidos

Presidente (1977-1981)

  • James ('Jimmy') Earl Carter Jr.
  • Mandato: 20 enero 1977 - 20 enero 1981
  • Nacimiento: Plains, condado de Sumter, Georgia, 1 octubre 1924
  • Partido político: Demócrata
  • Profesión: Productor agrícola
Descarga

Presentación

El demócrata Jimmy Carter llegó en 1977 a la Presidencia de Estados Unidos transmitiendo una imagen de honestidad y determinado a hacer de los Derechos Humanos una consideración integral de la política exterior de su país. Principio ético que aplicó sobre todo en las relaciones con la URSS, lo que afectó a la distensión nixoniana y, junto con la invasión soviética de Afganistán y la decisión sobre los euromisiles, pese al tratado SALT II, condujo sin desearlo a una segunda Guerra Fría en 1979. Carter apadrinó los Acuerdos de Camp David, accedió a devolver el Canal a Panamá y estableció relaciones diplomáticas con China Popular, pero el fracaso estratégico en Irán –la Revolución Islámica y la crisis de los rehenes- agudizó su imagen de debilidad. Acuciado además por la crisis energética y la estanflación, el mandatario perdió la reelección ante el republicano Reagan en 1980. Desde que dejó la Casa Blanca, Carter se ha mantenido activo internacionalmente como mediador de conflictos, promotor de la democracia y monitor electoral, labor excepcional que le hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz en 2002.

(Texto actualizado hasta julio 2010)

Biografía

1. De oficial de submarinos y cultivador de cacahuetes a gobernador de Georgia
2. Elección presidencial en 1976 en un contexto de depresión nacional
3. La agenda exterior: la prédica de los Derechos Humanos y los límites de la Guerra Fría
4. Los retos de la gestión doméstica: la crisis de la energía y la stagflation
5. Derrota electoral ante Reagan en 1980
6. Un ex presidente de alto perfil: la labor del Centro Carter y el Nobel de la Paz
7. Acopio de reconocimientos y producción literaria


1. De oficial de submarinos y cultivador de cacahuetes a gobernador de Georgia

El primogénito de un próspero tendero de confesión baptista, James Earl Carter, tras pasar por la high school de su pueblo natal, Plains, en el sudoeste agrícola de Georgia, estudió en el Georgia Southwestern College (hoy, Georgia Southwestern State University) de Americus y el Georgia Institute of Technology de la capital del estado, Atlanta, entre 1941 y 1943. A continuación, en el ecuador de la Segunda Guerra Mundial, fue admitido en la Academia Naval de Annapolis, por la que se graduó en 1946. Ese mismo año, a la edad de 21, contrajo matrimonio con Rosalynn Smith, una paisana de Plains y amiga desde la infancia, que acababa de salir de la adolescencia. La joven pareja iba a alumbrar cuatro retoños: Jack (1947), James (1950), Jeff (1952) y Amy Lynn (1967).

Durante siete años, Carter desarrolló una actividad exclusivamente militar como miembro de las dotaciones de varios buques de superficie y submarinos de la Armada estadounidense operativos tanto en el Atlántico como en el Pacífico, desde 1950 de nuevo un océano en zafarrancho de combate por el estallido de la Guerra de Corea. En primer lugar, sirvió como operario de comunicaciones e instructor en los acorazados USS Wyoming y USS Mississippi, fondeados en el puerto de Norfolk, Virginia. A últimos de 1948, tras superar un curso de especialización en la Escuela de Submarinos de la Armada en New London, Connecticut, fue asignado a la tripulación del USS Pomfret, un submarino convencional pero famoso por sus grandes prestaciones, con base en Pearl Harbor, Hawaii, a bordo del cual patrulló la costa china y sirvió como oficial de comunicaciones, sónar, equipos electrónicos y de la sala de torpedos.

En 1949 fue ascendido a teniente en grado júnior y dos años después le fue encomendado un despacho de oficial ingeniero en tierra, en los astilleros de la Armada en Groton, Connecticut, donde inspeccionó las pruebas previas a la botadura del USS Barracuda, un submarino de nueva clase concebido específicamente para cazar a los sumergibles soviéticos. Una vez aprobada la zarpa del Barracuda, Carter se integró en la oficialidad de a bordo. En 1952, con el galón de teniente de navío, se enroló en el novísimo programa de propulsión submarina nuclear que comandaba el entonces capitán, luego almirante, Hyman Rickover, quien le destacó en las instalaciones de I+D naval que la Comisión Nacional de Energía Atómica tenía en Schenectady, Nueva York, y en Washington, DC; allí, Carter se involucró en el diseño y desarrollo de los reactores pensados para las diversas unidades de la Armada que iban a contar con propulsión nuclear.

Carter se hallaba a gusto en la Armada y estaba decidido a hacer carrera en la más alta oficialidad naval, a ser posible vinculado a los flamantes submarinos nucleares de la flota. En particular, se estaba preparando para ser el oficial ingeniero jefe del USS Seawolf, llamado a ser el segundo submarino nuclear de Estados Unidos tras el célebre USS Nautilus. En julio de 1953, cuando la construcción del Seawolf estaba a punto de completarse, el marino recibió la noticia de la muerte de su padre tocayo. A James Carter sénior lo mató a los 58 años un cáncer de páncreas, enfermedad que iban a desarrollar con el mismo mortal desenlace la madre, Lillian Gordy Carter, una enfermera voluntaria en el Cuerpo de Paz, y los tres hermanos menores, Gloria, Ruth y Billy: los cuatro fallecerían respectivamente en 1983, 1990, 1983 y 1988. Semejante concentración de fatalidad en la familia Carter, que convirtió al hijo mayor en el único superviviente, generó en su momento la lógica impresión de una predisposición hereditaria a esta mortal afección.

La pérdida del padre tuvo un efecto determinante en la vida del marinero Carter. Se licenció de la Armada (aunque hasta 1961, por propia voluntad, no obtuvo el pase a la reserva pasiva) y junto con su esposa Rosalynn se asentó en Plains para retomar y expandir el negocio de su progenitor, que enfocó a la plantación y comercialización de cacahuetes, cultivo extendido en el condado de Sumter y base de uno de los alimentos más populares de Estados Unidos, la mantequilla de cacahuete. La bonanza de la granja cacahuetera, convertida ya en una potente industria local, proporcionó al productor agrícola sureño un sustancioso capital con el que financiar sus apetencias políticas, que canalizó en el Partido Demócrata. En su patria chica, Carter comenzó a labrarse una reputación de servidor público como presidente de la Junta Escolar del Condado de Sumter, miembro de la Autoridad Hospitalaria, miembro de la Junta Bibliotecaria, presidente de la Corporación para el Desarrollo de Plains, presidente de la Asociación para el Desarrollo de Georgia y director de la Asociación para la Mejora del Cultivo en Georgia, entre otras participaciones comunales y sectoriales.

La carrera política del futuro presidente inició su andadura en las elecciones a la Asamblea General de Georgia de noviembre de 1962, en plena era kennedyana, cuando ganó el escaño por el 14 Distrito en el Senado estatal. Dos años después obtuvo la reelección, pero en 1966 declinó optar a la tercera legislatura (su escaño senatorial fue disputado y conquistado por un primo carnal, Hugh Carter) para postularse a la Cámara de Representantes de Estados Unidos, aunque pronto cambio de idea y decidió lanzar su candidatura a gobernador del estado, una plaza inamovible de los demócratas desde 1872, donde, con la legislación entonces vigente, no podía optar a la reelección el popularísimo Carl Sanders. En esta primera tentativa, Carter cayó derrotado en la primaria demócrata del 14 de septiembre de 1966, quedando tercero con el 20,9% de los votos, ante al favorito, Ellis Arnall, y su principal competidor, Lester Maddox, quien luego resultó vencedor en la segunda vuelta.

El cultivador de Plains volvió a intentarlo en la edición de 1970, esta vez con éxito. El 3 de noviembre, tras imponerse en la primaria demócrata a Sanders y causar sensación con sus vehementes críticas a las trazas de segregacionismo de los ciudadanos negros que perduraban en el estado, Carter venció a su oponente del Partido Republicano, Hal Suit, con el 59,3% de los votos, tal que el 12 de enero de 1971 tomó posesión como el 76º gobernador del estado.

En sus cuatro años de mandato, el político se implicó a fondo en la supresión de barreras raciales al acceso de sus paisanos de color a los escalafones medios y altos de la función pública estatal y en el cumplimiento de las leyes de derechos civiles. Su talante liberal se manifestó también en una serie de reformas que beneficiaron a diversos colectivos sociales en situación de desventaja. Su acendrada fe baptista no le impedía apoyar el aborto legal, derecho reconocido a nivel federal por el Tribunal Supremo en 1973, aunque a título particular no aprobaba esta práctica. En cuanto a la pena de muerte, no bloqueó la nueva norma ad hoc aprobada por la Asamblea de Georgia en 1973, aunque él habría preferido abolir definitivamente el castigo capital y reemplazarlo en el código penal del estado por la cadena perpetua. Con los años, el rechazo de Carter a la pena de muerte iba a hacerse más nítido.

Su frustrada aspiración a vicepresidente en la candidatura presidencial demócrata de 1972, para secundar a su colega de Dakota del Sur, George McGovern (no obstante haberle criticado por considerarle demasiado escorado a la izquierda), que no superó la Convención Nacional Demócrata de aquel año, estimuló aún más las ambiciones políticas del gobernador georgiano. En 1974 se puso al frente de las campañas electorales del partido en los estados y en diciembre de ese año anunció que era candidato a la nominación demócrata para las elecciones presidenciales de 1976.


2. Elección presidencial en 1976 en un contexto de depresión nacional

Liberado de sus funciones gubernativas el 14 de enero de 1975, cuando traspasó el testigo en el Capitolio de Atlanta a George Busbee, Carter abrió una campaña proselitista de fuerte sabor popular, que incidía en el estilo informal del candidato, imán para las cámaras con su omnipresente sonrisa, y sus mensajes alentadores. El pretendiente sureño moduló su discurso de persuasión baptista al gusto de las clases medias trabajadoras y las minorías raciales, quienes vieron en él un ejemplo de americano hecho a sí mismo, sin privilegios de cuna, autodidacta y sin nada que ver con el sospechoso establishment federal, tan envuelto en oscurantismo y mendacidad en los últimos tiempos bajo las administraciones republicanas de Richard Nixon y Gerald Ford.

Carter se presentaba como el honest man, positivo, risueño y de moralidad rectilínea, capaz de reponer la dignidad nacional y restablecer la confianza en el gran gobierno, gravemente quebrantadas tras los traumas y sobresaltos de la guerra de Vietnam, el shock del dólar, la crisis del petróleo y el escándalo Watergate. La desazón del pueblo estadounidense la remontaban los sociólogos hasta los magnicidios de John Kennedy en 1963 y de su hermano Robert y Martin Luther King en 1968. Además, el demócrata estaba decidido a cambiar, mejorándola, la imagen que el mundo tenía de su país.

Carter, que quiso que se le siguiera llamado por su nombre familiar, Jimmy, remontó con inesperada facilidad su principal hándicap de partida, su escasísimo conocimiento por el público nacional, que él transformó en ventaja, la de la fresh face, la cual resultaba atractiva en un ambiente de hastío y malestar. Nada más arrancar el proceso de primarias del Partido Demócrata, donde le salieron cerca de una veintena de contrincantes, Carter se puso en cabeza ganando los tradicionales caucuses de Iowa y la primaria de New Hampshire. En los meses siguientes, Carter fue acumulando delegados y descolocando a sus principales competidores: George Wallace -el famoso gobernador de Alabama, antiguo adalid de la segregación, quien no pudo sostenerse en los estados del profundo sur, su teórico feudo-, Jerry Brown, Mo Udall, Scoop Jackson y Frank Church.

Brown, gobernador de California, y Church, senador por Idaho, pusieron en marcha el movimiento ABC, de Anybody But Carter (Cualquiera Menos Carter), en la creencia de que el de Georgia representaba un ala conservadora del partido, religiosa y rural, mal casada con el progresismo liberal de la costa oeste y los grandes centros urbanos del norte y el este. Las bases del partido lo veían de otra manera, así que a la Convención Nacional Demócrata, clausurada en Nueva York el 15 de julio de 1976, Carter llegó ganador con un 40,2% de votos populares y un 74,5% de compromisarios. Junto con él fue nominado para acompañarle en la postulación a vicepresidente Walter Mondale, el gobernador de Minnesota, un político de profundas convicciones liberales. En las elecciones del 2 de noviembre Carter iba a verse las caras con el presidente Ford, que aspiraba a la reelección.

El candidato demócrata comenzó la campaña presidencial muy por delante en los sondeos del titular republicano, un gobernante con una personalidad un tanto discreta y no carismática, que animaba a infravalorar sus aptitudes como estadista, y al que estaba pasando factura su controvertido perdón presidencial a Nixon, quien quedó así exonerado de una eventual persecución judicial por cualesquiera delitos cometidos en el caso Watergate. En el transcurso de las semanas, Ford, a pesar de sus célebres meteduras de pata, consiguió recortar su desventaja, beneficiado al parecer por la promesa de su adversario, que a muchos les pareció poco patriótica, de indultar completamente a los prófugos de la Guerra de Vietnam, en especial si se trataba de objetores religiosos de conciencia, y también por una sorprendente entrevista concedida a la revista Playboy, donde el lector regular de la Biblia se confesaba candorosamente: "He mirado a muchas mujeres con lujuria. He cometido adulterio en mi corazón muchas veces. Dios sabe que lo voy a hacer y me perdona".

La campaña terminó antes de que la recuperación de Ford fuera a más y pudiera invertir las tornas. Al final, la elección resultó ser la más cerrada en 60 años: el demócrata se proclamó presidente con el 50,1% de los votos populares y 297 votos electorales correspondientes a 23 estados, mientras que Ford perdió la partida con un 48% de sufragios populares, 240 populares y 27 estados en su cuenta. Carter barrió en los estados del sur, que no habían dado un presidente desde la elección de Zachary Taylor en 1848, se impuso por poco en Nueva York, Texas y Pensilvania, y decantó de su lado, decisivamente y por muy estrechos márgenes, Wisconsin y Ohio. A grandes pinceladas, la mitad oriental del país estuvo con Carter. En cuanto a las minorías étnicas, sobre todo los afroamericanos, apostaron por él de manera masiva. En las simultáneas elecciones al Congreso, el Partido Demócrata obtuvo unas confortables mayorías de 291 congresistas y 61 senadores.

El 20 de enero de 1977 Carter prestó juramento en Washington como el 39º presidente de Estados Unidos. En el Gabinete demócrata, además de Mondale, tomaron posesión Cyrus Vance en la Secretaría de Estado, Harold Brown en la de Defensa, Griffin Bell en la Fiscalía General y Michael Blumenthal en el Tesoro. Zbigniew Brzezinski, un reputado geoestratega de origen polaco y con fama de duro en la actitud frente a la URSS, recibió el puesto más influyente de la Oficina Ejecutiva presidencial, la consejería de seguridad nacional. En la opinión pública causó sensación el nombramiento como embajador ante las Naciones Unidas de Andrew Young, un congresista por Georgia y pastor protestante que se convirtió así en el afroamericano en alcanzar el puesto más relevante hasta la fecha en la rama ejecutiva federal. Otro representante de la raza negra, Patricia Harris, fue la primera ministra de color, como secretaria de Vivienda y Desarrollo Urbano.

Las primeras decisiones presidenciales de Carter fueron firmar la amnistía para los prófugos de Vietnam, reducir los gastos suntuarios y la plantilla de la Casa Blanca (para que su oficina dejara de ser una "Presidencia imperial"), recortar el presupuesto de defensa en 6 millones de dólares y presentar las líneas maestras de su plan nacional para el ahorro de energía, cuya crisis, en un impactante discurso televisado el 18 de abril, calificó de "problema sin precedentes en nuestra historia" y, con excepción de la prevención de la guerra, "el mayor reto a que el país va a hacer frente en el curso de nuestras vidas".


3. La agenda exterior: la prédica de los Derechos Humanos y los límites de la Guerra Fría

Las convicciones religiosas y las preocupaciones éticas pautaron la ejecutoria presidencial de Carter, que fue moderadamente conservadora en lo moral, marcadamente progresista en lo social y, especialmente en la política exterior, oscilante entre el voluntarismo idealista y las dudas que le producía el abrazo del realismo político exigible a todo hombre de Estado, máxime en una época en que las relaciones internacionales estaban ceñidas por los rígidos corsés de la Guerra Fría.

En octubre de 1977 el presidente firmó el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. En diciembre de 1978, con motivo del trigésimo aniversario de la firma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Carter fue enfático sobre su forma de ver las cosas: "Los Derechos Humanos son el alma de nuestra política exterior, porque los Derechos Humanos son en verdad el alma de nuestro sentido de nación". Por lo menos hasta 1979, cuando la inestabilidad y el conflicto se adueñaron de varias casillas sensibles del tablero de ajedrez mundial –trastornos, la Revolución Iraní el primero de todos, que se tradujeron en un retroceso de las posiciones estratégicas de Estados Unidos-, predominó en Carter el discurso humanitario y moralizante. A partir de ahí, adquirieron relieve modos de actuar más convencionales de la superpotencia, mientras perdía consistencia la invocación original de los Derechos Humanos y se evaporaba otra promesa de la campaña de 1976, que Estados Unidos gastaría menos en Defensa y vendería menos armas al extranjero.

De manera harto inusual en un mandatario de la nación norteamericana, Carter tendió a criticar a las dictaduras que infestaban América Latina y que se situaban en la órbita de intereses de Estados Unidos, llegando en algunos casos a vincular el mantenimiento de la cooperación militar y las ayudas económicas al cese de sus políticas represivas. Las reprensiones alcanzaron a aliados despóticos de Asia, como Filipinas y Corea del Sur, y no dejaron de fustigar al aislado apartheid sudafricano. La vecina Rhodesia, donde la minoría blanca se resistía a permitir una verdadera democracia multirracial, fue objeto de sanciones. En cuanto a la política de los bloques, lo que era otra verdadera novedad, Carter urgió a la URSS y sus satélites europeos a cumplir los compromisos en materia de Derechos Humanos adquiridos por la firma del Acta de Helsinki de 1975, postura que provocó una auténtica conmoción en Moscú y que tuvo mucho que ver en la crisis de la détente, la distensión de la Guerra Fría, en el año clave de 1979. Mayor continuidad con la política exterior de Nixon se apreció en la mediación del proceso negociado abierto por Israel y Egipto, que produjo sus frutos pacificadores en el cuatrienio presidencial, así como en el reconocimiento de la China Popular.

Nuevo enfoque de la política latinoamericana
Carter podía criticar a la URSS por sus atropellos de los Derechos Humanos, pero, y he aquí un rasgo que acentuaba la singularidad de su estilo y rompía con otra tradición de todos los inquilinos de la Casa Blanca desde Harry Truman, no pasaba por anticomunista. El nuevo mandatario, a diferencia de sus predecesores, no se mostraba obsesionado con la contención del comunismo, aunque salía a juzgar a los soviéticos con una vara que fácilmente podía aplicarse a su propio país por su respaldo a regímenes depredadores a lo largo y ancho del planeta. Esta aparente falta de prejuicios ideológicos en Carter se manifestó a las claras en su notable acercamiento, en el primer año del mandato, 1977, a la Cuba de Fidel Castro, con la que acordó establecer relaciones de tipo consular (30 de mayo), siendo el resultado la apertura en las capitales respectivas de unas "secciones de intereses" (1 de septiembre). Washington, además, restauró los vuelos chárter desde Florida y eliminó algunos capítulos del bloqueo económico a la isla, vigente desde la crisis de los misiles de 1962.

Los gestos de buena voluntad de Carter para con La Habana fueron totalmente unilaterales y no incidieron en contrapartidas, como podía ser una liberalización política, lo que desde luego no entraba en los planes de Castro. En abril de 1980 el dictador caribeño puso en aprietos a su vecino del norte al abrir la espita de la fuga por mar de decenas de miles de cubanos que, desbordando las restricciones migratorias, ansiaban alcanzar Florida por desafección a la Revolución socialista, para escapar de las privaciones económicas o para reunirse con sus familiares. Fue la estampida de los marielitos, que obligó a las autoridades marítimas estadounidenses a poner en marcha un vasto dispositivo de rescate y acogida de la llamada Flotilla de la Libertad. La crisis de Mariel situó a la Administración Carter ante el compromiso de aceptar a todos los que arribaban a las costas de Florida, entre los que había cierto número de delincuentes comunes, para no traicionar su discurso humanitario garantista y satisfacer al influyente lobby de los exiliados anticastristas, nada contentos con las medidas de distensión adoptadas en 1977.

Altamente simbólicos de la actitud de Carter hacia sus vecinos del sur fueron los acuerdos adoptados el 7 de septiembre de 1977, al cabo de trece años de complejas negociaciones, con el Gobierno de Panamá. Los históricos Tratados Torrijos-Carter, firmados en la sede de la OEA en Washington por el presidente anfitrión y el entonces hombre fuerte de Panamá, el general Omar Torrijos, establecieron la restitución a la soberanía panameña, tras siete décadas de control civil y militar, del Canal interoceánico y su Zona circundante en un proceso por etapas que debía culminar a últimos de 1999. Los Tratados, poco apreciados por la opinión pública y rechazados por el Partido Republicano, superaron la ratificación por el Congreso, donde los demócratas renovaron la mayoría bicameral en las legislativas de noviembre de 1978, y entraron en vigor el 1 de octubre de 1979, día en que se aplicó la primera fase de la transferencia de soberanía con la abolición de la Zona del Canal y su conversión en las Áreas Revertidas del Canal de Panamá, de soberanía compartida. Previamente, en junio de 1978, Carter viajó al país del istmo en respuesta a la invitación cursada por Torrijos y el presidente nominal, Basilio Lakas, visita que aprovechó para reunirse con los mandatarios de México, Venezuela, Colombia y Costa Rica. La primera dama, Rosalynn Carter, asistió a la política hemisférica de su marido como emisaria presidencial en gira por varios países del subcontinente.

En mayo de 1978 Carter ejerció unas insólitas presiones democráticas a uno de los países más próximos de su esfera regional de influencias, la República Dominicana, donde el presidente socialcristiano y antiguo servidor de la dictadura trujillista, Joaquín Balaguer, intentó imponer sin ahorro de violencia un escandaloso pucherazo electoral, siguiendo con la práctica fraudulenta desde su subida al poder en 1966. Carter advirtió a Balaguer que si violaba las reglas de la OEA tendría que atenerse a las consecuencias en las relaciones bilaterales. El mandatario dominicano rectificó y cedió el Gobierno al legítimo ganador de los comicios, el socialdemócrata Antonio Guzmán. Aún en el Caribe, en septiembre de 1979 Carter indultó a cuatro independentistas puertorriqueños que cumplían cadena perpetua por unos delitos de subversión y terrorismo cometidos en los años cincuenta.

Las dictaduras militares del Cono Sur, brutales violadoras de los Derechos Humanos, fueron amonestadas por la Casa Blanca, que dejó de emitir mensajes de comprensión condescendiente, habituales bajo las pasadas administraciones republicanas. Con el Chile del general Augusto Pinochet, las relaciones entraron en una etapa de gran frialdad a raíz del asesinato en Washington, por agentes del régimen militar, del ex canciller socialista Orlando Letelier en septiembre de 1976. Todo sugiere que las presiones ejercidas desde Washington empujaron a Pinochet a moderar un tanto la represión interior y a emprender un proceso constituyente. En el área andina, las reconvenciones se concentraron sobre el Gobierno de facto ultraderechista del general Hugo Banzer.

En julio de 1979 la Administración Carter no movió un dedo para salvar al dictador más leal a Estados Unidos de todo el continente, Anastasio Somoza de Nicaragua, último vástago de una dinastía familiar que desde la década de los treinta había regido el país centroamericano como una hacienda particular, con el sostén y el favoritismo de administraciones republicanas y demócratas por igual. Los abrumadores abusos de la tiranía somocista habían alzado a todo el país en contra suya y, puesto que su crédito político se había reducido a cero, el viejo capataz ya no servía bien a los intereses del patrón norteño. Tras el triunfo de la Revolución Nicaragüense, protagonizada por la guerrilla izquierdista del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), Washington aceptó reconocer diplomáticamente y apoyar económicamente a la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, en la creencia de que esta coalición de fuerzas antisomocistas, donde el FSLN llevaba la voz cantante, introduciría en Nicaragua un modelo político de democracia liberal.

La pronta evolución del nuevo poder de Managua a un Gobierno básicamente sandinista comprometido con expropiaciones revolucionarias y próximo al socialismo cubano, unido a la posposición de las prometidas elecciones, fue una decepción a la vez que una alarma geopolítica. Aunque Brzezinski advocaba el abandono de las complacencias con los regímenes dictatoriales de derecha, y en la misma Centroamérica ya tenía suspendida la ayuda militar, desde 1977, el cruento régimen de Guatemala, no existía una estrategia coherente de apuesta por las transiciones democráticas en América Latina, y la consolidación en 1980 de un Gobierno de izquierda radical en Nicaragua obligó a revisar todo el planteamiento.

La nueva realidad nicaragüense tuvo un impacto fundamental en la postura con respecto al vecino El Salvador, escenario de una cruda guerra civil en la que se enfrentaban una guerrilla con sustrato comunista, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), y un Ejército nacional dividido en tendencias políticas, algunas de las cuales estaban conchabadas con los escuadrones de la muerte de extrema derecha, responsables de miles de ejecuciones extrajudiciales; entre tanto, el poder político se hallaba precariamente en manos de una Junta cívico-militar presa de sus propias contradicciones. En diciembre de 1980, la violación y asesinato por la Guardia Nacional salvadoreña de cuatro monjas misioneras estadounidenses airó a Carter, que ordenó la suspensión de toda la ayuda económica y militar. El castigo duró sólo unos días. En enero de 1981, con Carter a punto de abandonar la Casa Blanca, las dudas sobre si había que auxiliar a gran escala a los militares salvadoreños quedaron definitivamente zanjadas cuando el ímpetu de la ofensiva general del FMLN amenazaba con hundir a la Junta que presidía el democristiano Napoleón Duarte. En vísperas de la asunción presidencial de Ronald Reagan, el Pentágono comenzó el envío masivo de armamento moderno al Ejército de El Salvador.

La détente con la URSS, revisada
En un momento en que proliferaban las disidencias políticas en el Estado soviético (el caso más famoso, el del físico nuclear y Premio Nobel de la Paz Andrei Sájarov), el Kremlin reaccionó con patente desagrado ante las iniciales requisitorias humanitarias de Carter, que, aconsejado por Brzezinski, otorgó la mayor importancia a la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE) y el Proceso de Helsinki, cuyo Decálogo trataba de respeto a los derechos de las personas tanto como de no injerencia, integridad territorial de los estados e intangibilidad de las fronteras. Las denuncias de Washington incidían en prácticas coercitivas y vejatorias de los disidentes como el exilio interior y el tratamiento psiquiátrico.

El triunvirato que entonces conducía el Gobierno comunista, el secretario general Leonid Brezhnev, el primer ministro Aleksei Kosygin y el ministro de Exteriores Andrei Gromyko, consideró la postura del presidente estadounidense una intolerable intromisión en los asuntos internos de la URSS, y por extensión de los países de su jurisdicción, así como una cuña desconcertante en el alto grado de distensión alcanzado desde 1963 por las relaciones entre las dos superpotencias, que bajo la égida de Nixon y Kissinger se habían regido por la coexistencia pacífica, la evitación de la confrontación directa, encuentros en la cumbre, la cimentación del estatus quo en Europa, las iniciativas de diálogo y cooperación en múltiples campos, y los tratados de limitación y prohibición en la categoría nuclear de armas de destrucción masiva (PTBT, OST, TNP, SALT I, ABM). Algunos aliados europeos, particularmente el canciller socialdemócrata alemán Helmut Schmidt, mostraron malestar por el nuevo talante fiscalizador de los norteamericanos con los soviéticos.

La URSS no se mantuvo quieta y respondió con una serie de acciones que pretendían reafirmar e incluso aumentar su peso estratégico en el mundo bipolar, socavando la distensión en mayor medida que la nueva doctrina exterior de Carter y Brzezinski, y obligando al presidente, en el último año largo de su mandato, a adoptar una política de mayor firmeza, pasando de las palabras a los hechos. Por una parte, los soviéticos, resueltos a acceder a nuevas fuentes de materias primas, a obtener puertos francos para su flota y a colocar gobiernos de obediencia marxista ortodoxa en el Tercer Mundo, lanzaron una serie de envites políticos, económicos y militares de envergadura en varios países de África, Oriente Medio y el océano Índico (casos de Angola, Zaire, Etiopía, Yemen del Sur, Siria y, el más aparatoso de todos, Afganistán), que llenaron de estupor a los estadounidenses.

No menos importante, Moscú, ya en 1977, comenzó a instalar misiles nucleares SS-20 de alcance intermedio (IRBM) en territorio de sus aliados europeos del Pacto de Varsovia. El despliegue soviético alarmó sobremanera a las capitales occidentales, pues la OTAN no disponía de unas armas de destrucción masiva comparables en el teatro de operaciones europeo (misiles balísticos de unos 5.000 km de alcance y montados sobre lanzaderas móviles), déficit que se añadía a su tradicional desventaja en armamento convencional. Además, la URSS estaba haciendo rápidos progresos en la categoría de misiles de largo alcance intercontinentales (ICBM), o estratégicos, en particular los de múltiples cabezas de reentrada independiente (MIRV), lo que, en conjunto, apuntaba a un desequilibrio en el balance de fuerzas favorable al bloque del Este.

El 12 de diciembre de 1979, el secretario de Estado Vance y sus colegas de la OTAN aprobaron en Bruselas la célebre Double Track Decision, por la que se aprobaba la modernización del arsenal de vectores de alcance intermedio con el despliegue de los nuevos misiles balísticos Pershing II y GLCM de crucero (los llamados euromisiles, que generaron una fenomenal polémica en Alemania y el Reino Unido), al tiempo que se ofrecía a los soviéticos negociaciones de desarme específicas que hicieran innecesarios esos despliegues. Para entonces, Carter ya había silenciado sus apelaciones a la URSS en materia de Derechos Humanos para no poner en peligro la firma, con Brezhnev en Viena el 18 de junio anterior, del Tratado SALT II, que ponía límites al número de cabezas nucleares MIRV y vectores intercontinentales disparados por tierra, mar y aire. Pero no dejó de advertir a los soviéticos contra sus aventuras geopolíticas en África y Asia.

Tan sólo doce días después de la doble decisión de la OTAN, el ambiente internacional se caldeó considerablemente por la intervención a gran escala del Ejército soviético de Afganistán, donde el Gobierno comunista local, instalado mediante un golpe de Estado en 1978, estaba al borde del colapso por las luchas intestinas entre las dos facciones comunistas y la rebelión general de la oposición islámica, los muyahidín. Éstos, desde julio anterior y por orden de Carter, venían recibiendo asistencia directa a través de un programa encubierto organizado por la CIA y del que el público no tenía la menor idea. De manera que hasta la invasión de diciembre de 1979, la opinión pública nacional e internacional consideraba que Carter, recién arrastrado además al peligroso cenagal del secuestro de la Embajada en Teherán y peleando en casa contra la crisis energética, no era más que un observador pasivo del órdago soviético en el país centroasiático.

Frente al despliegue del Ejército soviético en Afganistán (que incluyó el asesinato del presidente díscolo, Hafizullah Amin, y su sustitución por un dirigente dócil a los designios del Kremlin, Babrak Karmal), Carter reaccionó con inesperada dureza, si bien entonces la percepción fue más bien de debilidad: decretó el embargo de cereales y de alta tecnología a la URSS, solicitó al Congreso la suspensión de la ratificación del SALT II, llamó a consultas al embajador Thomas Watson y, en una medida sin precedentes que generó una encendida controversia internacional, ordenó la no participación de los atletas estadounidenses en los Juegos Olímpicos del verano de 1980 en Moscú, boicot de represalia que secundaron, con mayor o menor convicción, un importante número de países.

Además, el 23 de enero de 1980, en su último discurso sobre el estado de la Unión, el presidente formuló la que iba a ser conocida como la Doctrina Carter, a saber, que "cualquier intento por una fuerza exterior de obtener el control de la región del Golfo Pérsico será considerado como un asalto a los intereses vitales de Estados Unidos", y que "tal asalto será repelido por todos los medios que sean necesarios, incluyendo la fuerza militar". Quien durante la campaña electoral había expresado su negativa a utilizar armas nucleares salvo en legítima defensa, en 1977 había mandado retirar los misiles de Corea del Sur y en 1978 había suspendido la producción de la bomba de neutrones, ya no descartaba el empleo de la bomba atómica en crisis no circunscritas a la protección del territorio nacional de Estados Unidos y los de sus aliados de Europa Occidental y Extremo Oriente.

Para Carter, que encontró en este asunto las actitudes reticentes o tibias de líderes occidentales como la británica Margaret Thatcher y el francés Valéry Giscard d’Estaing, se trataba de tomar medidas contra lo que cabía interpretar como un movimiento de expansión del imperio soviético hacia el sur, buscando la salida a un "océano de aguas cálidas", aunque para entonces, las dos orillas del estrecho de Bab-el-Mandeb, puerta del mar Rojo, con Yemen del Sur en la costa septentrional y Etiopía en la meridional, ya estaba bajo el control de Moscú.

En su último año de mandato, Carter apostó firmemente por la contención y derrota soviéticas en Afganistán, poniendo en marcha un vasto operativo de hostigamiento guerrillero que empleaba a los muyahidín (tanto afganos como extranjeros, reclutados para la empresa bélica) como fuerza de choque y que involucró a la chequera y los servicios secretos de Arabia Saudí y el Pakistán del presidente-general Mohammad Zia ul-Haq, un celoso islamista y anticomunista. Paralelamente, Carter dispuso la elaboración de planes de contingencia por si la URSS se atrevía a invadir Polonia –que había visitado en diciembre de 1977- para aplastar el movimiento obrero y la contestación del sindicato Solidaridad contra el Gobierno comunista de Varsovia.

Aunque culminaba el proceso abierto por Nixon en su histórico viaje a Beijing de 1972, la normalización de los tratos con la República Popular China se inscribió también en una gran maniobra de acordonado de la URSS. El 1 de enero de 1979, justo después de producirse el triunfo total de la línea comunista pragmática de Deng Xiaoping en la lucha por el control de la era postmaoísta, los dos gigantes continentales establecieron plenas relaciones diplomáticas y comerciales. Automáticamente, Estados Unidos dejó de reconocer a la República de China, Taiwán, conforme a la política, universalizada por la ONU (que en 1971 había admitido a Beijing y expulsado a Taipei), de que gobierno legítimo de China sólo podía haber uno, aunque siguió manteniendo relaciones comerciales y culturales con el Gobierno isleño del Kuomintang, cuya soberanía autónoma de facto asumía. Semanas después del establecimiento de las relaciones diplomáticas, Carter brindó un cálido recibimiento a Deng, en la primera visita de un máximo dirigente chino a Estados Unidos, y el 1 de enero de 1980 el presidente, puenteando al Senado, decretó la revocación del Tratado de Defensa Mutua entre Estados Unidos y la República de China.

Oriente Medio: paz en Camp David y descalabro en Irán
En la primera fase de su mandato, antes de tener que lidiar con el doble desafío de la revolución en Irán y la invasión soviética de Afganistán, Carter disfrutó de un protagonismo positivo en el conflicto de Oriente Medio. La histórica –y traumática en el mundo árabe- visita del presidente egipcio Anwar as-Sadat a Jerusalén en noviembre de 1977 abrió las puertas a un acuerdo de paz egipcio-israelí cuatro años después de que los dos países se enfrentaran por última vez en la Guerra de Yom Kippur.

El Departamento de Estado quería que el problema palestino fuera incluido en la transacción y demandó a Israel la evacuación de los territorios de Cisjordania y Gaza, ocupados desde la Guerra de los Seis Días de 1967. Tampoco veía con buenos ojos el formato negociador escogido por Sadat y el primer ministro israelí, Menahem Begin, para ventilar sus diferencias mediante conversaciones estrictamente bilaterales. Carter y Vance apostaban por el marco multilateral, al hilo del proceso abierto por la Conferencia internacional de Ginebra de 1973. Ya el 16 de marzo de 1977, en una alocución que sentó un precedente en la política de Estados Unidos para Oriente Medio y causó sobresalto en Israel, Carter abogó públicamente por la creación de una "patria palestina" que no necesariamente tendría que integrarse en una entidad confederal con Jordania del rey Hussein. En enero de 1978 el norteamericano viajó a Assuán para ser informado por Sadat de lo que se traía entre manos con los israelíes. Pero los meses fueron transcurriendo y los frutos no llegaban.

En agosto de 1978 Carter, en un intento de romper el punto muerto en que se hallaban las conversaciones bilaterales, envió a Vance a la región con una propuesta a Sadat y Begin para reunirse con él en su residencia de descanso en Camp David, Maryland, donde se encerrarían hasta conseguir un arreglo La cita tripartita comenzó el 5 de septiembre y en ella Carter se empleó a fondo para arrancar un consenso a sus reticentes huéspedes.

Las negociaciones fueron maratonianas y el 17 de septiembre, finalmente, alumbraron un doble acuerdo: un Marco para la Paz en Oriente Medio, por el que Israel, en asunción de la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU, se comprometía a otorgar a los habitantes de los Territorios Ocupados de Cisjordania y Gaza una "autonomía plena" y una "autoridad del autogobierno" que funcionarían durante un período de transición de cinco años y en paralelo a la evacuación de las tropas y los funcionarios civiles israelíes; y un Marco para la Conclusión de un Tratado de Paz entre Egipto e Israel, que incluía la devolución de la península del Sinaí, ocupada desde 1967, el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas, medidas de desmilitarización fronteriza y garantías de navegación del Canal de Suez, el golfo de Aqaba y el estrecho de Tirán. Al día siguiente, 18 de septiembre, Carter llevaba a Sadat y Begin al Congreso de Washington para anunciar triunfalmente los Acuerdos de Camp David.

El Tratado de Paz egipcio-israelí lo firmaron los dos líderes el 26 de marzo de 1979 en el césped de la Casa Blanca, tras lo cual se fundieron con un exultante Carter en un triangular y fotogénico cruce de manos. Días atrás, el norteamericano los había visitado por separado en El Cairo, Tel Aviv y Jerusalén para cerciorarse de que el rais y el primer ministro no se arrugarían en el último momento y para fijar los detalles de la histórica ceremonia. Sin embargo, la otra previsión de Camp David, la autonomía palestina, quedó en letra muerta por el boicot de la OLP de Yasser Arafat y el conjunto del mundo árabe, que no querían otra cosa que no fuera el Estado palestino independiente, y por la actitud obstruccionista y la estrechez conceptual de Israel, que nunca mostró voluntad de dar atribuciones y capacidades de gobierno a los palestinos. Además, los Acuerdos de Camp David no decían una palabra sobre el estatus de Jerusalén, con su parte occidental integrada en el Estado judío y la parte oriental ocupada por su Ejército desde 1967, que era el meollo del conflicto. De todas maneras, Carter se llevó ese año, 1979, un ramillete de premios por haber cerrado las puertas a una quinta guerra entre Egipto e Israel.

En julio de 1980 el Parlamento israelí, contrariando a Estados Unidos, estableció por ley que Jerusalén era la capital única e indivisible de Israel. Con su abstención, Estados Unidos permitió la aprobación por el Consejo de Seguridad de la ONU de una resolución de condena a un acto unilateral que suponía la anexión de hecho de la Ciudad Santa en su integridad por el Estado de Israel. Sin abandonar la zona, el 9 de mayo de 1977 Carter sostuvo en Ginebra una cumbre inédita con el presidente de Siria, Hafez al-Assad, un caudillo árabe de la línea radical que encabezó el boicot al proceso de Camp David.

Por la época de los Acuerdos de Camp David, Carter se acercaba al peor revés de sus cuatro años en la Casa Blanca. Un drama de incalculables consecuencias estaba teniendo lugar en Irán, donde el sha Mohammad Reza Pahlavi, el mas poderoso aliado y cliente de Estados Unidos en Oriente, gendarme militar del golfo Pérsico al servicio de los intereses occidentales –junto con los saudíes, en el pilar económico- y señor absoluto de una monarquía modernizadora pero intolerante y despiadada, se encontraba contra las cuerdas por el embate de un vasto movimiento popular de repudio en el que aunaban fuerzas los sectores laicos liberales y democráticos, las izquierdas nacionalistas y republicanas y el shiísmo militante de los ayatolás políticos, cuyo líder indiscutible era Ruhollah Jomeini.

El 31 de diciembre de 1977, con el país convulsionado ya por las manifestaciones y el contador de víctimas de la represión en marcha, Carter devolvió al sha la visita prestada a Washington en noviembre anterior para demostrar que las relaciones irano-estadounidenses seguían caracterizadas por la excelencia y la solidaridad. En aquella ocasión, el huésped cubrió de elogios a su anfitrión, llamándole "líder de suprema sabiduría" e "isla de estabilidad" en una región minada por el conflicto. A lo largo de 1978, la maquinaria represiva del sha alcanzó unas cotas inauditas de violencia y las masacres de manifestantes inermes adquirieron una trágica cotidianidad. En Washington, algunos miembros de la Administración empezaron a deslizar sus simpatías por la oposición iraní de corte laico y progresista.

Carter, asesorado por Brzezinski, se negaba a cortar los suministros de armas a las Fuerzas Armadas Imperiales, pese a la evidencia de que parte de ese moderno arsenal se estaba empleando para ahogar en sangre la revolución en ciernes, revolución que la comunidad de inteligencia no vio venir a tiempo. A diferencia de lo que poco después iba a pasarle a Somoza, otro factótum de Estados Unidos en una región sensible del globo, la Casa Blanca, muy pendiente de las maniobras soviéticas en el vecino Afganistán, no se resignaba a ver caer al acosado monarca Pahlavi. Por lo menos de cara al público, Carter hizo con el sha una clamorosa excepción en su política exigente en materia de Derechos Humanos, aunque sí le urgió a que brindara concesiones políticas a la oposición, cosa que el monarca hizo, aunque insuficientemente y demasiado tarde para él.

Prácticamente hasta el final, Washington continuó enviando desvaídos mensajes de apoyo y señales contradictorias al régimen persa, pero, como le estaba sucediendo también al nicaragüense, su situación ya no era defendible de los procesos revolucionarios que su propia naturaleza tiránica había desatado. En enero y febrero de 1979 la Casa Blanca fue un testigo prácticamente silente del triunfo de la Revolución en Irán: el sha marchó al exilio, Jomeini retornó del mismo, la Guardia Imperial se desintegró, el Ejército se declaró neutral y el Gobierno contemporizador de Shapur Bajtiar sucumbió al revolucionario de Mehdi Bazargan. Los últimos vestigios de la monarquía fueron liquidados y el 1 de abril Jomeini proclamó la República Islámica de Irán.

Carter se encontró, por tanto, con la instalación en Teherán de un régimen radical que muy pronto quedó bajo el control completo de los sectores shiíes clericales y que exudaba hostilidad a su país. Las implicaciones geopolíticas eran enormes, pero, por de pronto, el mayor de sus problemas resultó ser el destronado monarca iraní, que emprendió una peregrinación internacional en busca de un exilio seguro. Cuando el sha llamó a las puertas de Estados Unidos para recibir un tratamiento quirúrgico contra el cáncer que padecía, Carter al principio se negó a acogerle. Sin embargo, el 22 de octubre, a petición del banquero David Rockefeller aunque de mala gana, el presidente permitió al sha ingresar temporalmente en un hospital de Nueva York.

La baja clínica del sha, mal recibida por la opinión pública norteamericana, se prolongaba más de lo esperado, y en estas circunstancias tuvo lugar el 4 de noviembre de 1979 el asalto y captura de la Embajada de Estados Unidos en Teherán por unos 400 estudiantes islámicos a los que las fuerzas del orden iraníes no pusieron impedimentos. Asegurando obrar en nombre del imán Jomeini, los estudiantes hicieron 66 rehenes entre el personal de la legación diplomática (a trece de ellos, negros y mujeres, los pusieron en libertad al cabo de unos días) y plantearon al Gobierno del país agredido cuatro exigencias a guisa de ultimátum: la extradición del sha para ser juzgado y, eventualmente, ejecutado; la entrega al Estado iraní de su fortuna y posesiones en el exilio; una admisión de culpabilidad y la disculpa de Estados Unidos por haber respaldado al régimen depuesto; y la promesa por la superpotencia de no interferir en los asuntos de Irán en el futuro.

Carter se negó a satisfacer cualquiera de las demandas y, al contrario, aplicó a Irán dos medidas de presión: el boicot a sus exportaciones de petróleo (proclamación del 12 de noviembre) y el bloqueo de todas las propiedades, reservas de oro y depósitos bancarios de la República Islámica en Estados Unidos (orden ejecutiva del 14 de noviembre). Ahora bien, el Departamento de Estado presionó al sha para que se fuera, ofreciéndole como destino alternativo Panamá, cosa que el incómodo huésped, enfermo en estado terminal, se avino a hacer el 15 de diciembre. La crisis de los rehenes, que amenazaba con reventar su aspiración reeleccionista en 1980, empujó a Carter a tomar una decisión altamente arriesgada: imponer un desenlace militar con la llamada Operación Eagle Claw, protagonizada por soldados de unidades especiales.

En la madrugada del 25 de abril de 1980, en el día 174 de la crisis, y jornadas después de imponer a Irán mediante sendas órdenes ejecutivas un embargo y un boicot comerciales totales, y de romper (7 de abril) las relaciones diplomáticas, el presidente dejaba atónita a la nación con un doloroso anuncio televisado: horas antes, una operación militar de rescate de los rehenes había terminado en fracaso. La misión no sólo no había logrado sus objetivos, sino que había costado la vida de ocho militares norteamericanos (más, como se supo después, la de un colaborador civil iraní).

En su lacónica alocución, Carter apenas reveló detalles de lo que había sucedido. En la operación intervinieron ocho helicópteros de asalto y seis aviones de transporte de tropas y de repostaje. Tres de los primeros aparatos presentaron fallos técnicos en la primera fase de la misión, teóricamente la menos complicada, mientras sobrevolaban el desierto de Kavir, que encontraron envuelto en una tormenta de arena: uno hubo de regresar al portaaviones Nimitz, base de la maniobra; otro quedó abandonado a mitad de camino antes de llegar al lugar del encuentro, un punto desolado del este de Irán cuyo nombre clave era Desert One; y un tercero quedó inoperativo en el mismo Desert One. Planteada esta situación, Carter decidió cancelar la operación, pero al despegar de vuelta a la base, otro de los helicópteros se estrelló contra uno de los aviones cisterna, causando las nueve bajas. Mermados de combustible y dañados por la metralla de la explosión, los restantes cuatro helicópteros fueron abandonados y las dotaciones supervivientes regresaron a bordo de los aviones.

Carter recalcó que la malhadada misión era de carácter "humanitario" y no estaba "dirigida contra Irán y el pueblo de Irán". También asumió toda la responsabilidad por el desastre, aunque el coste político fue cargado a los hombros de Vance, quien en realidad había manifestado sus dudas sobre el éxito de una misión tan extremadamente compleja y arriesgada, y que además podía arruinar la solución diplomática: el secretario de Estado, del que ya se conocía su falta de sintonía con el consejero Brzezinski, hizo pública su dimisión el 28 de abril y Carter lo reemplazó por Edmund Muskie. El presidente canceló los planes de una segunda tentativa de rescate militar, ya imposible porque los rehenes de la Embajada fueron diseminados en grupos escondidos en distintos puntos de la geografía iraní, y depositó todas sus esperanzas en unas negociaciones discretas. Sin embargo, muy probablemente ya entones se dio cuenta de que el colosal desaguisado iraní había herido de muerte su postulación reeleccionista en noviembre, hecha oficial el 4 de diciembre del año anterior.


4. Los retos de la gestión doméstica: la crisis de la energía y la stagflation

En su programa electoral de 1976, Carter propuso una nueva política nacional sobre energía para reducir en lo posible la abrumadora dependencia que la economía tenía del petróleo, cuya crisis de 1973 (desatada por la decisión de los miembros árabes de la OPEP de aplicar un embargo de crudo a los países favorables a Israel y al que siguió una pauta de producción a la baja y precios del barril al alza) había generado una espiral inflacionista y malogrado el crecimiento económico, obligando a las administraciones Nixon y Ford a mantener una política de control de los precios del petróleo de producción nacional y, durante un tiempo, de la gasolina. Aspectos fundamentales del Plan Nacional de la Energía, que Carter aplicó por etapas tras posesionarse del Despacho Oval mientras formulaba advertencias catastrofistas sobre un agotamiento a medio plazo de los suministros internacionales de petróleo de no reducirse drásticamente la demanda doméstica, eran el mantenimiento de los controles de los precios del petróleo no importado y el gas natural, la creación del Departamento de Energía, con la misión de elaborar una estrategia de ahorro y consumo responsable, y la apuesta por energías renovables, como la solar (para dar ejemplo, la Casa Blanca instaló en su tejado paneles solares) y la eólica, cuyo desarrollo entonces sólo era incipiente.

Las preocupaciones por el déficit energético y la contaminación ambiental condujeron a la aprobación por el Congreso en 1978 de la National Energy Act (NEA), paquete legislativo que incluía normas específicas para la regulación del sistema eléctrico, la eficiencia del consumo en los hogares, el trato fiscal ventajoso de las energías renovables, el uso de combustibles fósiles en la industria y la producción de gas natural. Fuera de la legislación, desde mayo de 1977 el Consejo de Calidad Medioambiental (CEQ), una división de la Oficina Ejecutiva de la Casa Blanca, estaba elaborando por mandato del presidente un informe con proyecciones de futuro sobre los problemas de la escasez energética, la explotación abusiva de los recursos naturales, las emisiones contaminantes, la reducción de la diversidad biológica y la superpoblación humana. Dicho informe iba a ser presentado en 1980 bajo el título de The Global 2000 Report to the President.

El voluntarioso proceder de Carter en el terreno energético se estrelló a principios de 1979 con otra de las consecuencias perniciosas que la caída del sha acarreó a la superpotencia. Como resultado de las huelgas masivas en la industrial petrolera iraní antes del triunfo de la Revolución, las exportaciones de crudo a Estados Unidos habían quedado interrumpidas. Una vez instalado el Gobierno revolucionario, los suministros se reanudaron, pero a un volumen mucho menor que antes. La OPEP propició el encarecimiento del precio del barril y un gran país importador como Estados Unidos se encontró, por segunda vez en un lustro, con que no podía satisfacer su demanda interna, de la que sólo la mitad podía cubrir la producción nacional.

Los ciudadanos empezaron a encontrarse con serios problemas de desabastecimiento en las gasolineras y el 28 de marzo, para avinagrar más el ambiente, se produjo la fusión del reactor y el escape radioactivo de la central nuclear Three Mile Island de Harrisburg, Pensilvania, accidente de angustiosa gravedad que reabrió el debate sobre la oportunidad o no de confiar en la energía nuclear para reducir la dependencia del petróleo. El 5 de abril, Carter, en respuesta al agravamiento de la penuria energética y el enfado creciente de la población, anunció la desregulación gradual de los precios del petróleo producido en casa, liberalización que por de pronto no sirvió para mejorar gran cosa el abasto de combustibles pero que de inmediato encareció el consumo.

El 10 de julio el presidente reconoció que Estados Unidos padecía una escasez nacional de energía. Cinco días después, pronunció un discurso, valorado por la prensa como el "discurso del malestar", donde diagnosticaba una "crisis de confianza" en el futuro del país y planteaba una serie de medidas para superar la crisis, desde la recomendación de regular a la baja los termostatos en los hogares al anuncio de la reducción de las importaciones de petróleo mediante la aplicación de cuotas nacionales (sobre todo a los países árabes de la OPEP), pasando por el racionamiento de la gasolina (que solicitaría al Congreso) y la producción a la mayor escala posible de carburantes sintéticos. Las inversiones públicas, enormemente dispendiosas, que estas actuaciones requerían serían financiadas con un nuevo impuesto a los beneficios de capital. Acto seguido, el presidente abrió una crisis en su Gabinete, pidiendo a todos sus miembros que le presentaran la dimisión y aceptando las de cinco. Uno de los cesados fue el secretario del Tesoro, Blumenthal, al que tomó el relevo el presidente de la Reserva Federal, William Miller.

Llegada la crisis de los rehenes en el mes de noviembre, al mandatario le costó menos decretar el cese de las importaciones de petróleo de Irán porque iba en la línea estratégica marcada en julio y porque se trataba de impedir un posible chantaje petrolero de Teherán. 1979 terminó con un crecimiento del PIB disminuido al 2,5% (la mitad que el año anterior), una inflación de dos dígitos (el 11,3%, casi el doble que dos años atrás) y una tasa de desempleo reducida al 5,9% (frente al 7,1% de 1977), aunque esta variable, la única positiva, invirtió su tendencia a partir de ahora. En junio de 1980, con la crisis de la gasolina ya encarrilada, Carter firmó la Energy Security Act, que legislaba en los ámbitos de los combustibles sintéticos, los basados en biomasa y alcohol, y las diversas energías renovables. En septiembre siguiente, Irak, con el beneplácito de Washington, invadía Irán y la producción petrolera del golfo Pérsico se redujo aún más.

La desastrosa operación de rescate de los rehenes en Irán y la crisis de los balseros cubanos, ambas en abril de 1980, las encajó Carter cuando su popularidad ya estaba por los suelos, con índices de aprobación por debajo del 30%, cota de disfavor no alcanzada por ningún presidente antes que él. En el último año y medio, el presidente venía siendo atacado sistemáticamente desde medios políticos y periodísticos, donde se impuso la convicción, a todas luces exagerada –varias decisiones graves y categóricas tomadas en este período no la avalaban- de que Carter era la viva estampa de la debilidad y la pusilanimidad. Esta machacona noción se agarraba a cualquier episodio, sustancial o anecdótico, que no dejara al presidente en situación airosa: sirvieron el pintoresco suceso del "ataque del conejo asesino", en abril de 1979, cuando Carter aseguró haber hecho frente con su remo a un conejo de pantano furibundo que intentó subirse a su barca mientras pescaba en Georgia -bizarra escena que un fotógrafo de la Casa Blanca capturó con su cámara-; el supuesto intento de asesinato, en mayo siguiente, por parte de un retrasado mental que fue detenido con una pistola de fogueo en el estadio de Los Ángeles donde minutos después el mandatario iba a dar un discurso; o el desfallecimiento momentáneo del Carter corredor mientras participaba en una carrera campestre de 10 km en el Parque Nacional Catoctin Mountain, en septiembre de 1979.

El público hacía recuento de las desventuras exteriores y caseras bajo el mandato de Carter, que en el segundo terreno se quedó sin argumentos precisamente en el año de la reelección, 1980. En esos doce meses, culminando unas tendencias que –las dos primeras- no habían hecho más que empeorar desde 1977, Estados Unidos experimentó una recesión del 0,5% del PIB, una inflación del 13,5% y una tasa de paro al finalizar el año del 7,2%. En el segundo trimestre la producción retrocedió un 7,8%, la contracción más severa desde la Gran Depresión de los años treinta. Los elevados tipos de interés fijados por la Reserva Federal para domeñar la inflación eran los principales culpables de esta coyuntura. 1980 iba a pasar a la historia económica de Estados Unidos como el del peor índice de la miseria (el paro y la inflación sumados, al que el propio Carter se había referido en 1976, cuando el índice en cuestión era mucho menos malo, como una poderosa razón para negar a un presidente en ejercicio el derecho a postularse de nuevo), y los republicanos denunciaron el déficit creciente del presupuesto federal, en el que detectaban demasiados gastos y demasiados impuestos.


5. Derrota electoral ante Reagan en 1980

El 13 de agosto de 1980 la Convención Nacional Demócrata proclamó a Carter en Nueva York candidato del partido para las elecciones presidenciales del 4 de noviembre, en las que iba a medirse con el republicano Ronald Reagan, popular antiguo actor de Hollywood y gobernador de California. Carter se impuso en la primaria demócrata al senador Ted Kennedy, peso pesado del partido y estandarte de su ala más liberal, a la izquierda. El superviviente de los hermanos Kennedy venía encabezando una verdadera rebelión en el Congreso contra varias de las actuaciones del Ejecutivo, consideradas antisociales, como la reforma de la Seguridad Social, que, con el objeto de hacerla solvente hasta 2030, había supuesto una drástica subida de las cotizaciones en nómina.

Tras el letal mazazo de la fallida operación de rescate de los rehenes y el empeoramiento de las cifras económicas, Carter no pudo librar más que a la defensiva su campaña contra Reagan, quien prometía un renacer nacional y una nueva era conservadora basados en un fuerte incremento de los gastos de Defensa, la restauración de la respetabilidad militar de Estados Unidos en el mundo y en particular de la superioridad armamentística sobre la URSS, el equilibrio de las cuentas federales y la supresión de la inflación mediante un programa económico de la escuela neoliberal del supply-side, para la que la panacea residía en la bajada general de los impuestos. El presidente presentó a su adversario como un peligroso radical de extrema derecha dispuesto a abandonar a su suerte a las minorías y los colectivos sociales más desfavorecidos, pero el republicano tuvo más éxito explotando los punto flacos de su Administración. Reagan no tuvo reparos en ridiculizar con nervio populista a Carter, pintándole de lamentable coleccionista de fracasos.

El 4 de noviembre de 1980 Carter fue machacado por Reagan, nuevo presidente de Estados Unidos con el 50,7% de los votos populares y el 90,9% de los votos electorales. El demócrata reunió el 41% de los votos populares, pero la aritmética electoral fue particularmente agraviante en la parte que contaba del sistema electoral estadounidense: sólo sacó 49 electores, los de los estados de Georgia (su patria chica), Minnesota (el terruño de Mondale, que repetía para vicepresidente), Maryland, Virginia Occidental, Rhode Island y Hawaii, más el Distrito de Columbia. Ni siquiera Massachusetts, kennedyana y liberal por antonomasia, optó por Carter. En realidad, Carter marcó en noviembre de 1980 varios hitos electorales negativos, entre ellos, la peor derrota de un titular de cualquier partido desde 1932 y el primer titular demócrata que no superaba la reválida desde 1888. Además, los republicanos ganaron la mayoría en el Senado, lo que no sucedía desde 1954.

El 20 de enero de 1981, minutos después de jurar Reagan como presidente, los 52 rehenes fueron liberados por Irán tras 444 días de cautiverio. El feliz desenlace se había producido al cabo de unas negociaciones secretas en Argel entre representantes diplomáticos de los dos gobiernos. El acuerdo final se alcanzó el 19 de enero y en él, Carter, a cambio de la libertad inmediata de los prisioneros, aceptaba revocar, también de manera inmediata, las sanciones económicas impuestas desde el comienzo de la crisis. Carter, al final, cumplió su promesa de repatriar a sus compatriotas sanos y salvos, pero el régimen de Jomeini, a modo de castigo simbólico, no quiso mandar de vuelta a los rehenes hasta una vez terminada su presidencia. Reagan reconoció que todo el mérito correspondía a su predecesor, así que pidió a Carter que fuera a reunirse con los liberados en una base área de Alemania Occidental.


6. Un ex presidente de alto perfil: la labor del Centro Carter y el Nobel de la Paz

Tras dejar la Casa Blanca, el matrimonio Carter retornó a su granja de Plains, que encontró sumida en las deudas por una mala gestión del fideicomiso que, para evitar cualquier posibilidad de conflicto de intereses, la había administrado en los cuatro años anteriores. Carter, a diferencia de otros ex presidentes que, antes y después de él, han solido llevar una vida de semiretiro, se propuso continuar en la brecha poniendo su experiencia y proyección pública al servicio de causas como la pacificación de conflictos y la promoción de la democracia en todo el mundo. Fue el comienzo de una sobresaliente trayectoria que, con el paso de los años, le fue reconciliando con muchos de sus paisanos, quienes en el momento de su partida pensaban que acababan de librarse de una de las peores presidencias en la historia de Estados Unidos, y, ya exonerado de las ingratas cargas de la realpolitik de Estado, le permitió poner en práctica su humanitarismo bienintencionado.

Carter se adjudicó un denso programa de trabajo. Como habían hecho en sus respectivos estados solariegos sus nueve predecesores inmediatos, el ex presidente empezó a reunir toda una serie de materiales ilustrativos y testimoniales de su Administración (documentos oficiales, recursos audiovisuales, regalos de Estado, galardones y otros objetos) para integrar una Biblioteca-Museo presidencial en Atlanta, la cual empezó a construirse en octubre de 1984 y abrió sus puertas al público en octubre de 1986. Aparte, los Carter constituyeron en Plains, donde el matrimonio vivía la mayor parte del tiempo, el Jimmy Carter National Historic Site, que quedó integrado en el Servicio Nacional de Parques de Estados Unidos.

La Jimmy Carter Library and Museum propiamente dicha se configuró como una entidad gestionada por el Gobierno Federal, propietario de los ítems oficiales en ella depositados, a través de la Administración Nacional de Archivos y Documentos (NARA). Pero, además de las instalaciones de jurisdicción federal, el complejo presidencial de Atlanta se dotó de una parte privada conformada por el despacho y las oficinas de Carter y sus ayudantes y, sobre todo, por el Carter Center, una ONG independiente que el ex presidente fundó el 1 de enero de 1982 para desarrollar sus proyectos e iniciativas en las esferas política y humanitaria. El Centro se dotó de una Junta de Administradores y una Junta de Consejeros, integradas por personalidades y profesionales de los negocios, la educación y la política no activa. Hasta 2005 el primer órgano rector tuvo de presidente y vicepresidenta a Carter y su esposa, quienes continuaron en su seno en calidad de miembros fundadores.

Bajo los lemas de Avanzar en los Derechos Humanos y Aliviar el sufrimiento, y Librar la paz, Combatir la enfermedad, Construir la esperanza, y en asociación con la Universidad Emory de Atlanta, donde el ex presidente ha impartido docencia cuando su apretada agenda se lo ha permitido, el Centro desplegó, en particular a partir de 1989, un impresionante abanico de actuaciones, las cuales canaliza en la actualidad a través de dos grandes grupos de programas, los de Paz y los de Salud, y que hasta la fecha han alcanzado a 75 países de África, América Latina y Asia. Los Programas de Paz, a saber, sobre Democracia, Derechos Humanos, Resolución de Conflictos, Las Américas y China, son los más conocidos por el público por su difusión mediática.

La monitorización de procesos electorales, tanto comicios como referendos, incluida en el Programa de Democracia, cuenta en su haber con alrededor de 80 experiencias sobre el terreno en una treintena de países del África Subsahariana, Mesoamérica, el Caribe y Sudamérica, pero también en los asiáticos Líbano, Palestina, Nepal, Indonesia, Timor-Leste y China Popular (en este caso, los comicios a nivel de aldea). Las misiones de observación electoral del Centro Carter, a menudo montadas en concierto con otras entidades y organismos (como la División de Asistencia Electoral de las Naciones Unidas y el National Democratic Institute for International Affairs, NDI), suelen reclutar a estadistas retirados de la región del país donde se celebran las elecciones y en muchas ocasiones han sido integradas y encabezadas por Carter en persona.

Las misiones electorales son enviadas sólo a petición del gobierno de turno y con el beneplácito de los principales partidos locales, e insisten en su naturaleza neutral y no interferencial. Sus informes de evaluación poselectoral gozan de una credibilidad comparable a la de las organizaciones internacionales más importantes, y en ocasiones han sido abiertamente negativos, como sucedió con las fraudulentas elecciones de Panamá en 1989 y las de Perú en 2000. Más allá de las ocasiones electorales, el Centro ha abierto oficinas nacionales de promoción democrática enfocadas en la consolidación en un plazo temporal más dilatado del Estado de derecho, el imperio de la ley, las prácticas del buen gobierno y la sociedad civil. También, suele emitir informes de evaluación y recomendación, dirigidos a gobiernos concretos o a la comunidad internacional en su conjunto.

Un cariz más personal, aunque sin desvincularse del Centro que lleva su nombre, han tenido una serie de mediaciones de alto nivel en las que Carter intentó reconciliar a enemigos y concertar la paz en situaciones bélicas o de alta tensión, con resultados dispares. En noviembre de 1989 el ex presidente intervino en unas, a la postre fallidas, conversaciones de paz en Nairobi entre el Gobierno marxista etíope y la guerrilla eritrea.

1994 fue un año particularmente fecundo en gestiones de intermediación. El 18 de junio, protagonizando una misión que oficialmente tenía naturaleza privada pero que en realidad sacaba las castañas del fuego a la preocupada Administración de Bill Clinton, Carter arrancó en Pyongyang al dictador comunista de Corea del Norte, Kim Il Sung, un espectacular acuerdo para celebrar una cumbre sin precedentes con el presidente de Corea del Sur, congelar el programa nuclear norcoreano, susceptible de tener usos militares, abrir sus instalaciones a las inspecciones de la AIEA y, en suma, regresar a las obligaciones del Tratado de No Proliferación Nuclear; a cambio, Pyongyang obtendría la asistencia de Estados Unidos para modernizar sus reactores nucleares y subvenir sus necesidades energéticas.

El súbito óbito de Kim a las pocas semanas de la transacción pareció dar al traste con el logro de Carter, pero en octubre siguiente los gobiernos de Corea del Norte y Estados Unidos firmaron en Ginebra un acuerdo que formalizaba las decisiones adoptadas en la reunión de junio. Clinton quedó tan complacido que convirtió a su predecesor en el cargo en una especie de asesor no oficial de política exterior, particularmente en cuestiones de Oriente Medio, región que Carter conocía bien y a la que regresó, con varias visitas, en esta etapa de su vida, así como en un representante-emisario para situaciones difíciles.

El 19 de septiembre, en otra misión de urgencia, esta vez auténticamente contrarreloj, y acompañado por el senador Sam Nunn y el ex general Colin Powell, Carter convenció en Puerto Príncipe al general Raoul Cédras, jefe de la junta golpista que se había hecho con el poder en Haití en 1991, de la inutilidad de oponer resistencia a la invasión, al cabo de unas horas, de una Fuerza Multinacional de 21.000 soldados encabezada por Estados Unidos y cuyos objetivos eran reponer al derrocado presidente Jean-Bertrand Aristide y acabar con los actos de violencia política contra sus partidarios, todo ello como resultado del fracaso de varios meses de negociaciones orquestadas por la ONU, la OEA y el Gobierno Clinton. Tras pactar el desembarco de las tropas y la huida de los golpistas, Carter integró la comitiva de altos cargos estadounidenses que escoltó a Aristide en su retorno triunfal a Puerto Príncipe el 15 de octubre.

El 20 de diciembre siguiente, Carter vio aceptada por los gobiernos de Bosnia-Herzegovina y la autoproclamada República Srpska su propuesta de declarar una tregua de cuatro meses para favorecer la reanudación de las conversaciones internacionales conducentes a un acuerdo que pusiera término a la devastadora guerra civil que desde 1992 tenía lugar en la antigua república yugoslava. La tregua fue firmada el 31 de diciembre y entró en vigor el primer día de 1995, permitiendo la reapertura de los accesos por carretera a Sarajevo, asediada por los serbobosnios. El parón en las hostilidades no fue estrictamente respetado y con la expiración del alto el fuego, el 1 de mayo, los contendientes no tardaron en enzarzarse en nuevos combates a gran escala.

En la segunda mitad de la década de los noventa, Carter estuvo concentrado en los conflictos africanos. En marzo de 1995 se personó en Nigeria y consiguió que el dictador militar de la época, el general Sani Abacha, sacara de prisión a otro antiguo gobernante castrense, Olusegun Obasanjo, al que acusaba de conspirar para derrocarle. Obasanjo quedó en régimen de arresto domiciliario (luego sería sentenciado a cadena perpetua y encarcelado de nuevo, pero tras la muerte de Abacha en 1998 obtuvo la libertad y al año siguiente ganó las elecciones presidenciales).

A lo largo de 1995 y 1996, el estadounidense fue un activo muñidor de altos el fuego en la guerra civil de Sudán y organizador de conferencias de presidentes regionales, en El Cairo (noviembre de 1995) y Túnez (marzo de 1996), para reducir los niveles de violencia, mejorar la seguridad y posibilitar la repatriación de los cientos de miles de refugiados en la volátil región de los Grandes Lagos, donde confluían y se desbordaban los conflictos étnico-políticos de Burundi y Rwanda. Las exhortaciones de Carter, en un esfuerzo compartido con el ex presidente tanzano Julius Nyerere y el arzobispo sudafricano Desmond Tutu, fueron acatadas sólo parcialmente por los mandatarios de Burundi, Rwanda, Tanzania, Uganda y Zaire. Poco después, en 1997, la sumersión de Zaire, en lo sucesivo República Democrática del Congo, en un mortífero ciclo de violencia instigada por rwandeses y ugandeses, terminó arrastrando a toda la región a una gigantesca vorágine bélica. Por otro lado, el 8 de diciembre de 1999, Carter facilitó en Nairobi el acuerdo por el que Uganda y Sudán, enfrentados por el patrocinio de sus respectivas oposiciones armadas y que habían llegado a las manos en una escalada bélica en octubre de 1998, restablecieron las relaciones diplomáticas.

En la primera década del nuevo siglo, coincidente con la Administración republicana de George Bush hijo, el activismo de Carter se hizo más patente en América Latina. Ya en diciembre de 1999 el ex presidente representó al Gobierno de su país en los remates protocolarios de la retrocesión del Canal a la soberanía de Panamá.

En mayo de 2002 tuvo mucha repercusión su visita a Cuba, donde se entrevistó con Castro, habló de la situación de los Derechos Humanos en la isla con dos disidentes del régimen, reclamó tanto el levantamiento del bloqueo de Estados Unidos como la reforma democrática interna, y aseguró que La Habana, pese a lo denunciado desde Washington, no estaba desviando sus investigaciones en el campo de la ingeniería genética y la biotecnología a fines siniestros como el bioterrorismo. La presencia del ilustre huésped norteño fue considerada por La Habana un espaldarazo a quienes, dentro de Estados Unidos, presionaban a la Administración Clinton para que flexibilizara la cuarentena comercial y diplomática. En medios diplomáticos y de la disidencia la visita de Carter fue percibida como una expresión de apertura informativa sin precedentes que podría preludiar cambios significativos en la dictadura cubana, aunque este escenario no se materializó.

En julio del mismo 2002, Carter se desplazó a Venezuela para mediar entre el presidente Hugo Chávez y su oposición doméstica, entre los que había máxima tirantez desde el fallido golpe de Estado antichavista del mes de abril. Las gestiones apaciguadoras de Carter fueron paralelas a la intervención del llamado Grupo de Países Amigos de Venezuela, donde llevaba la voz cantante el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Aunque al principio rechazó la idea, Chávez terminó aceptando la propuesta del estadounidense de someter su mandato a un referéndum revocatorio, figura contemplada por la Constitución venezolana; dicha consulta se celebró en agosto de 2004 y fue monitorizada por el Centro Carter, que certificó, al igual que la OEA, la victoria de Chávez en la misma.

Cuatro años después, en marzo de 2008, Ecuador rompió sus relaciones diplomáticas con Colombia en protesta por una operación contraguerrillera del Ejército de este país en su lado de la frontera. Una vez más, Carter se involucró en un proceso de diálogo intergubernamental y en junio hizo posible que los dos países restablecieran las relaciones al nivel de encargados de negocios. Los respectivos gobiernos recalcaron que su decisión normalizadora obedecía a una solicitud expresa del estadounidense.

Dicho sea de paso, las dos conferencias de presidentes de la región de los Grandes Lagos a mediados de los noventa pusieron de relieve la capacidad de convocatoria de Carter, que de manera más continuada e institucional se manifestaba también en el Consejo de Jefes de Gobierno Libremente Elegidos, creado por el Centro en 1986 y que durante unos años estuvo implicado en las monitorizaciones electorales, y el Consejo de Presidentes y Primeros Ministros de las Américas, que sigue funcionando, como parte del Programa de las Américas. Otros paneles de personas eminentes reunidos por el Centro Carter para asesorarle y ayudarle en sus múltiples actividades son el Consejo Internacional de Resolución de Conflictos, la Fuerza Operativa (Task Force) Internacional para la Erradicación de Enfermedades y la Fuerza Operativa sobre Salud Mental.

Además del Centro, Carter puso en marcha en 1986 la Carter-Menil Human Rights Foundation junto con el filántropo estadounidense Dominique de Menil, en 1991 el Council of the Internation Negotiation Network y en 1994 el International Human Rights Council. También, se integró en el Consejo InterAcción de ex jefes de Estado y de Gobierno, en el Consejo Internacional del Centro Peres por la Paz y en la ONG cristiana ecuménica Habitat for Humanity. En julio de 2007 respondió a la convocatoria del ex presidente sudafricano Nelson Mandela para la constitución en Johannesburgo de un grupo de líderes veteranos y retirados conocidos como The Elders, cuyas inquietudes humanitarias fueron puestas a prueba en octubre siguiente en la región sudanesa de Darfur, que Carter recorrió con el visible desagrado del Gobierno de Jartum. En noviembre de 2008, él, la mujer de Mandela, Graça Machel, y el ex secretario general de la ONU Kofi Annan vieron impedida la entrada en Zimbabwe, donde pretendían inspeccionar la situación de los Derechos Humanos in situ.

El mentís en 2002 sobre las investigaciones biológicas de Cuba se enmarcó en un posicionamiento de Carter radicalmente crítico con la Administración Bush. A través de artículos de prensa y declaraciones verbales, el ex presidente denunció el "inquietante nuevo rostro" de Estados Unidos en materia de Derechos Humanos y la prosecución de una agenda neoconservadora "bajo la tapadera" de la proclamada guerra global contra el terrorismo, agenda que, por "orgullo o arrogancia", buscaba "controlar la riqueza petrolera" e "implantar nuestros programas". Para Carter, eran inaceptables la nueva doctrina de seguridad nacional de la autodefensa mediante ataques preventivos, la desvinculación unilateral de varios acuerdos internacionales y la situación de desamparo legal de los presos talibanes afganos y de otros países musulmanes en la base de Guantánamo.

En relación con la crisis de Irak, entre 2002 y 2004 Carter censuró, primero, los planes bélicos de la Casa Blanca (creía que, aun en el caso de poseer armas prohibidas de destrucción masiva, el régimen de Saddam Hussein no entrañaba una amenaza inminente porque no se atrevería a usarlas, aunque el dictador irakí sí debía someterse a las inspecciones de la ONU), luego, la campaña militar (guerra que, a su entender, estaba basada en "mentiras y malas interpretaciones") y, por último, la ocupación del país árabe. Carter formuló igualmente valoraciones muy negativas de la actual política de su país en el conflicto de Oriente Medio, que consideraba totalmente parcial al apoyar de manera sistemática las acciones israelíes y apartar del primer plano el cumplimiento por Israel de las resoluciones de la ONU que reclaman el final de la colonización judía y la retirada de los Territorios Ocupados, principios de las políticas de todas las administraciones estadounidenses desde 1967 y base de una "paz auténtica" en la región, ligada a la constitución del Estado palestino.

En 2002 y 2003 el Centro Carter asistió en el diseño del modelo de un hipotético acuerdo de paz palestino-israelí dentro del llamado Acuerdo de Ginebra, lanzado sin el aval oficial de sus respectivos gobiernos por el diputado izquierdista israelí Yossi Beilin y el ministro palestino Yasser Abed Rabbo. Desde entonces, Carter ha criticado las campañas militares de Israel en Cisjordania, Líbano y Gaza, por todo lo cual sectores judíos le han acusado de exponer una postura sesgadamente antiisraelí que no enfoca con objetividad el conflicto de Palestina e incluso es indulgente con el extremismo y el terrorismo palestinos.

Los Programas de Salud son el otro pilar del Centro Carter y, aunque menos conocidos, han producido en todos estos años unos resultados tanto o más positivos que los de la esfera política. Con actuaciones específicas en el acceso a la información, la distribución de ayuda, la cultura de la higiene, la formación de trabajadores de salud y las políticas sanitarias públicas, el Centro ha invertido ingentes recursos económicos, humanos y materiales para la erradicación de enfermedades endémicas de varios países tropicales de África y América. Los fondos que financian los Programas de Salud se sustentan en donaciones privadas, como las realizadas por la Fundación de Bill y Melinda Gates, y en lo recaudado por el propio Centro mediante subastas benéficas. Las campañas de prevención y tratamiento con antibióticos han buscado erradicar, y de hecho lo han conseguido en varios países, enfermedades parasitarias e infecciosas como la dracunculiasis (causada por el gusano de Guinea), el tracoma, la oncocercosis o ceguera de los ríos, la malaria, la esquistosomiasis, la filariasis linfática y la elefantiasis. Un programa especial sobre salud mental, concentrado en combatir los estigmas sociales de las enfermedades mentales, es conducido personalmente por Rosalynn Carter.


7. Acopio de reconocimientos y producción literaria

El 11 de octubre de 2002 el Comité Nobel de Oslo comunicó que Jimmy Carter, a los 78 años, era el Premio Nobel de la Paz de ese año por "sus décadas de incansables esfuerzos para encontrar soluciones pacíficas a los conflictos internacionales, hacer avanzar la democracia y los Derechos Humanos, y promover el desarrollo económico y social". El 10 de diciembre siguiente, el ex presidente recogía en la capital noruega la medalla de oro y el diploma del Nobel, que presentó como un estímulo a la labor del Centro Carter en su búsqueda del "final de la violencia y el sufrimiento a lo largo del mundo", mundo que, más de una década después de la conclusión de la Guerra Fría, era "en muchos modos un lugar más peligroso". En su discurso de introducción, Gunnar Berge, presidente del Comité, recapituló su semblanza del laureado diciendo de él que "probablemente no pasará a la historia de América como el presidente más efectivo, pero seguramente es el mejor ex presidente que su país ha tenido nunca". Esta percepción de Carter estaba abriéndose paso entre sus paisanos, según indicaban algunas encuestas de valoración, y de ella se hizo eco el propio interesado, quien en 2005 manifestó: "no puedo negar que como ex presidente soy mejor de lo que fui como presidente".

El más prestigioso galardón internacional se suma a una larga lista de reconocimientos, anteriores y posteriores, algunos de los cuales empezó a recoger incluso antes de dejar la Presidencia. Una selección de los mismos, organizados por décadas, se ofrece a continuación. En los años setenta y ochenta: Medalla de Oro del Institut International des Droits de l'Homme (IIDH, Estrasburgo, 1979); Medalla a la Mediación Internacional de la American Arbitration Association (AAA, Nueva York, 1979); Premio Martin Luther King de la Paz y la No Violencia del King Center de Atlanta (1979); Premio Internacional de los Derechos Humanos del Consejo de Sinagogas de América (1979); Premio Harry S. Truman al Servicio Público de la ciudad de Independence, Missouri (1981); Premio de los Derechos Humanos de la International League of Human Rights (ILHR, Nueva York, 1983); Premio Albert Schweitzer al Humanitarismo, concedido por la Albert Schweitzer Fellowship y la Alexander von Humboldt Foundation de New York (1987).

En los noventa: Premio Jefferson del American Institute of Public Service (AIPS, Washington, DC, 1990); Medalla de la Libertad de Filadelfia del National Constitution Center (NCC, 1990); Premio Internacional Onassis de la Fundación Alexander S. Onassis de Atenas (1991); Premio W. Averell Harriman de la Democracia del NDI de Washington, DC (1992); Premio Humanitario de la ONG CARE International (1993); Medalla al Conservacionista del Año de la National Wildlife Federation (NWF, Reston, Virginia, 1993); Premio J. William Fulbright al Entendimiento Internacional de la Fulbright Association de Washington, DC (1994); Premio de la Paz Félix Houphouët-Boigny de la UNESCO (1994, compartido con el rey de España Juan Carlos I); Premio de la Libertad del National Civil Rights Museum de Memphis, Tennessee (1994); Premio Humanitario de la organización de voluntarios Kiwanis International, de Indianápolis (1996); Premio Indira Gandhi de la Paz, el Desarme y el Desarrollo, de India (1997); Premio de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (1998); Medalla Hoover de "ingeniería humanitaria" (1998); Medalla Presidencial de la Libertad, otorgada por Bill Clinton en 1999.

Y en la primera década del siglo XXI, en otros: Premio Humanitario Jonathan M. Daniels del Virginia Military Institute (2001); Premio Humanitario Herbert Hoover de los Boys & Girls Clubs of America (2001); Premio Internacional Zayed del Medio Ambiente, del Emirato de Abu Dhabi (2001); Premio Christopher (2002); Medalla Berkeley de la Universidad de California (2007); Premio Internacional a la Excelencia y Creatividad de la Autoridad Nacional Palestina (2009); Premio del Mahatma Gandhi Center for Global Nonviolence de la Universidad James Madison de Virginia (2009); Premio Americano de la Paz (2009); Premio Internacional Cataluña del Gobierno Autónomo de Cataluña (2010).

El ex presidente es licenciado o doctor honorífico por las siguientes casas de estudios: Morehouse College de Atlanta (1972); Morris Brown College de Atlanta (1972); University of Notre Dame de Indiana (1977); Emory University de Atlanta (1979); Georgia Institute of Technology (1979); Weizmann Institute of Science de Rehovot, Israel (1980); Universidad Kwansei Gakuin de Japón (1981); Georgia Southwestern College de Americus (1981); Universidad de Tel Aviv (1983); New York Law School (1985); Bates College de Lewiston, Maine (1985); Central Connecticut State University (1985); Centre College de Danville, Kentucky (1987); Creighton University de Omaha, Nebraska (1987); Universidad de Haifa (1987); Baylor University de Waco, Texas (1993); G.O.C. Universite de Puerto Príncipe (1995); University of Pennsylvania (1998); Trinity College de la Universidad de la University of Cambridge (1998); Universidad Hoseo de Corea del Sur (2001); Universidad Juba de Jartum (2002); Oxford University (2007).

Prolífico escritor de variado género, Carter ha publicado los siguientes ensayos, libros de memorias, poesía y obras de ficción: Why Not the Best? (1975); A Government as Good as Its People (1977); Keeping Faith: Memoirs of a President (1982); Negotiation: The Alternative to Hostility (1984); The Blood of Abraham: Insights into the Middle East (1985); Everything to Gain: Making the Most of the Rest of Your Life (en coautoría con Rosalynn Carter, 1987); An Outdoor Journal (1988); Turning Point: A Candidate, a State, and a Nation Come of Age (1992); Talking Peace: A Vision for the Next Generation (1993); Always a Reckoning and Other Poems (1994); The Little Baby Snoogle-Fleejer (cuento infantil, 1995); Living Faith (1996); Sources of Strength: Meditations on Scripture for a Living Faith (1997); The Virtues of Aging (1998); An Hour before Daylight: Memories of a Rural Boyhood (2001); Christmas in Plains: Memories (2001); The Hornet’s Nest: A Novel of the Revolutionary War (2003); Sharing Good Times (2004); Our Endangered Values: America’s Moral Crisis (2005); Palestine Peace Not Apartheid (2006); Beyond the White House: Waging Peace, Fighting Disease, Building Hope (2007); A Remarkable Mother (2008); y We Can Have Peace in the Holy Land: A Plan That Will Work (2009).

(Cobertura informativa hasta 1/7/2010)