Antonio Saca González

© UN Photo/Ryan Brown

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Actualización: 9 febrero 2016

El Salvador

Presidente de la República (2004-2009)

  • Elías Antonio ('Tony') Saca González
  • Mandato: 1 junio 2004 - 1 junio 2009
  • Nacimiento: Usulután, departamento de Usulután, 9 marzo 1965
  • Partido político: Partido de Concertación Nacional (PCN); ant., de la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA)
  • Profesión: Periodista y empresario de comunicación
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Biografía

Es el menor de los siete retoños tenidos por Ricardo Jacobo Saca Hirezi y María Luisa González (el apellido original de ella era Saleh), ambos hijos de inmigrantes palestinos de religión católica. Los Saca, oriundos de la ciudad cisjordana de Belén, echaron raíces en el país centroamericano en la segunda década del siglo pasado y prosperaron como comerciantes y mayoristas algodoneros, aunque no siempre les fue bien en los negocios. Elías Antonio Saca realizó los estudios primarios en la escuela San Agustín de Usulután y en 1978 se matriculó en el Instituto Cervantes de la capital, San Salvador, a donde se mudaron sus padres a raíz de la quiebra de la algodonera que regentaban en la ciudad del sudeste.

Los progenitores del futuro presidente vieron evaporarse su estatus social acomodado y él hubo de combinar las clases con pequeños trabajos para contribuir a levantar los derrumbados ingresos familiares. No había cumplido los 14 años cuando incursionó en el periodismo radiofónico de la mano de una emisora modesta de la capital, Radio Vanguardia, donde hizo las veces de locutor publicitario y descubrió la que iba a ser su primera pasión profesional antes de involucrarse en la política. Según él mismo relata, el infortunio económico de la familia empujó a dos de sus hermanos a emigrar a Estados Unidos sin la documentación en regla y, en cuanto a él, se vio obligado de continuar el bachillerato en su patria chica, en el colegio usuluteco de Cristóbal Colón, toda vez que las autoridades echaron el cierre al Instituto Cervantes a causa de los disturbios políticos que sacudían San Salvador. Desde 1980, Saca continuó su actividad laboral en las ondas, prestando la voz a las emisoras YSR, Sonora, Radio 10 y Radio Teatro, entre otras.

Hay que recordar que entonces discurría la etapa más sombría de la historia contemporánea salvadoreña, con el derrocamiento de la dictadura encubierta, corrupta y represiva a partes iguales, del general y presidente Carlos Humberto Romero Mena, la toma del poder por una Junta de Gobierno cívico-militar con proclamas de justicia social pero que muy pronto fue cooptada por el sector más reaccionario del Ejército en connivencia con la oligarquía terrateniente, y la emergencia de la guerrilla revolucionaria del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y de los impunes escuadrones de la muerte de extrema derecha, todo lo cual abocó al malhadado país a una cruenta guerra civil.

Mientras El Salvador se hundía en un infierno de violencia, Saca remató el bachillerato y se volcó en su vocación periodística. En 1982 puso en marcha un programa deportivo en la cadena Sonora y de allí saltó al Canal 4 de la televisión, donde le encomendaron la retransmisión de partidos de fútbol, inclusive los de la Copa del Mundo que aquel año se celebraba en España, alcanzando renombre entre los oyentes. En 1983 era ya el responsable de la parrilla deportiva del Canal 4 cuando decidió sacarse la licenciatura de Periodismo en la Universidad de El Salvador (UES), pero tres años después abandonó el intento de obtener un título superior y se dedicó en exclusiva a su prometedora carrera profesional en los medios audiovisuales. Diestro en la contratación de espacios publicitarios, en 1987 fundó junto con su socio capitalista Alfonso Rivas Cañas, propietario de Radio Teatro, la cadena de emisoras Radio América, de la que se convirtió en vicepresidente y gerente comercial.

En apariencia, Saca no prestó interés por la política militante durante los años ochenta y noventa, si bien en su biografía oficial puesta en circulación con motivo de las elecciones de 2004 se asegura que ha estado vinculado a la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) "desde hace 15 años", mientras que él personalmente cuantifica esa relación en "muchos años" y añade que formó parte de las juventudes del partido. ARENA, a estas alturas confirmada como una de las formaciones políticas más exitosas del continente, fue fundada el 30 de septiembre de 1981 por el mayor del Ejército Roberto D’Aubuisson Arrieta, oficial de talante filofascista y anticomunista virulento, al que siempre se le relacionó con la proliferación de los escuadrones de paramilitares que asesinaron a miles de campesinos y miembros o simpatizantes de partidos, sindicatos y organizaciones sociales, no necesariamente de izquierda o situados en la órbita del FMLN.

Sin renunciar a su doctrina intensamente nacionalista y derechista, ni a su condición de garante de los intereses y privilegios de las clases sociales dominantes y de los sectores empresariales, ARENA obtuvo una victoria arrolladora en las elecciones presidenciales de marzo de 1989 con su candidato al frente, Alfredo Cristiani Burkard, a quien en enero de 1992 le cupo el mérito de sellar con la guerrilla en Nueva York y México las negociaciones que pusieron fin a 12 años de guerra civil, en lo que había fracasado clamorosamente el anterior presidente democristiano, José Napoleón Duarte Fuentes. La guerra dejó un balance estremecedor: 75.000 muertos, cientos de miles de exiliados y refugiados, y destrucciones sin cuento en un país extenuado física y mentalmente.

En marzo de 1994 el postulante arenero, Armando Calderón Sol, otrora estrecho colaborador del fallecido D’Aubuisson, ganó la reelección para el oficialismo frente a la alianza de izquierda dirigida por el FMLN –ya reconvertido en partido político- y, no obstante el extremismo derechista de que había hecho gala durante la campaña, abordó con posibilismo la aplicación de los compromisos reformistas adquiridos por el Estado en los acuerdos de paz para la consolidación de la sociedad civil, la desmilitarización de las instituciones y la observancia de los Derechos Humanos, a la vez que acometía la gran reforma estructural de la economía nacional de conformidad con los preceptos neoliberales.

En 1993 Saca abandonó el Canal 4 y al mismo tiempo puso término a su asociación con la familia Rivas por desavenencias en la gestión de Radio América. Fue entonces cuando resolvió instalarse como empresario autónomo del ramo y dirigir sus propias emisoras comerciales. Radio Astral, en Frecuencia Modulada, fue la primera de una red de nueve estaciones que con el tiempo dio lugar al grupo SAMIX, uno de los más importantes del país en el negocio de las ondas y que regentó mano a mano con su propia esposa, Ana Ligia Mixco, una publicista perteneciente a una pudiente familia de políticos conservadores y con la que ha tenido tres hijos.

Desde la presidencia de SAMIX, Saca obtuvo liderazgos en audiencias en distintos géneros y franjas horarias, y pasó a ser reconocido como un empresario de la comunicación de éxito, hábil conocedor de los gustos de sus oyentes y del mercado de la publicidad, así como merecedor de diversos premios concedidos por asociaciones del mundo de la radiodifusión y las telecomunicaciones. Además, seguía hablando desde los micrófonos, conduciendo noticiarios y programas con apellido que acrecentaron su difusión popular y sus habilidades innatas para la comunicación, que tan útiles le iban a resultar en su próximo salto a la política.

En 1997 fue elegido presidente de la Asociación Salvadoreña de Radiodifusores (ASDER) y algo más tarde tomó a su cargo el Comité Permanente de Libertad de Expresión de la Asociación Internacional de Radiodifusión (AIR). El 10 de septiembre de 2001, ocupando la Presidencia de la República el arenero Francisco Guillermo Flores Pérez, Saca reforzó su vertiente de responsable patronal al acceder a la presidencia del Consejo Ejecutivo de la Asociación Nacional de la Empresa Privada (ANEP), siguiendo un ejercicio como asesor, directivo y vicepresidente de este el primer gremio de propietarios del país. Una encuesta divulgada semanas más tarde de su promoción en la ANEP reveló que Saca era la tercera personalidad más popular del país, tras el alcalde centroizquierdista de San Salvador aliado al FMLN, Héctor Ricardo Silva Argüello, y del propio presidente Flores.

En su etapa al frente de la ANEP, Saca respaldó las políticas ortodoxas pro mercado y monetarista del Gobierno de Flores, que de hecho llevó a la práctica muchas de las recomendaciones hechas por el Encuentro Nacional de la Empresa Privada (ENADE), un evento anual organizado por la ANEP desde 2000 en torno a la definición de agendas socioeconómicas de dimensión nacional cuya implementación los patronos salvadoreños consideran fundamental para alcanzar un modelo de desarrollo sostenible.

Entonces, la administración de Flores, que se acercaba al ecuador de su mandato, estaba concentrada en sanear las finanzas, suprimir la inflación, recortar el peso del Estado, completar la privatización de las empresas públicas de servicios –de telecomunicaciones y electricidad, procesos que fueron contestados por los trabajadores afectados-, aplicar desarmes arancelarios y desregular una economía que a partir de enero de aquel 2001 entró en una histórica y polémica era de la dolarización. Ësta, empero, no resultó ser completa sobre el papel, al coexistir la moneda estadounidense con el colón, conformando un confuso régimen bimonetario; eso sí, la centenaria divisa nacional, progresivamente arrinconada en los intercambios en la calle, parecía condenada a la extinción.

Saca aplaudió el salto a la dolarización que establecía la Ley de Integración Monetaria, después de haber animado al Gobierno a dar un paso trascendental que sus promotores justificaron como la estrategia más sabia para sepultar los riesgos de repuntes inflacionistas, alentar la caída de los tipos de interés, atraer inversiones productivas y dar alas al PIB. Sin embargo, las tasas de crecimiento obtenidas en 2002 y 2003, ligeramente por encima del 2%, no iban a satisfacer a nadie, arrojando serias dudas sobre la capacidad de la dolarización para reactivar la economía, cuyo sostén principal siguieron siendo las remesas enviadas por los 2,5 millones de salvadoreños residentes en el extranjero –en Estados Unidos la mayoría- y que en 2003 ascendieron a los 2.105 millones de dólares.

Ahora bien, el antiguo locutor deportivo se esforzó en mantener el criterio independiente de la asociación patronal que presidía, que no siempre coincidía con el de los gobiernos de ARENA. Por ejemplo, Saca incidió en la necesidad de aumentar la capacidad laboral del país, con un paro oficial en torno al 7% (cifra que ilustraba mal sobre el paro real encubierto y el elevado subempleo), y de establecer las fórmulas adecuadas para conciliar las necesidades de competitividad, productividad y eficiencia del sector privado con el bienestar de los asalariados, sus familias y la población en general, dentro de lo que vino en llamar la "economía social de mercado".

Saca se quejó igualmente de los escasos resultados obtenidos por el Gobierno en la lucha contra la delincuencia común y el crimen organizado, cuyos omnipresentes desafueros abonaban un clima de permanente inseguridad muy dañino para las inversiones y la libertad empresarial. En particular, florecían los secuestros a cambio de rescate, lacra que en noviembre de 2000 agregó a su interminable lista de víctimas a un primo carnal del entonces jefe de la ASDER, José Luis Saca Jiménez, hijo del tío paterno José Luis Saca Hirezi y siendo ambos también empresarios radiofónicos. La familia Saca-Jiménez pagó 400.000 colones, unos 46.000 dólares, para obtener la libertad del joven, de 22 años de edad, tras ocho días de retención por sus captores; el responsable del secuestro de José Luis Saca resultó ser un locutor que tenía en nómina, el cual fue inmediatamente capturado por la Policía e ingresado en prisión a la espera de juicio, al cabo del cual, en julio de 2002, recibió una fuerte pena de cárcel.

En abril de 2003 Saca fue coartífice del llamado Foro de Solidaridad por el Empleo, una mesa de concertación social convocada por el presidente Flores, preocupado por los brotes de rechazo laboral a sus políticas liberales, que brindó un diálogo tripartito con los representantes de los trabajadores y del Gobierno, y que alcanzó un acuerdo, bastante cicatero, en un punto de tanta importancia como la subida de los salarios mínimos en los sectores de la industria, el comercio y los servicios.

Los salarios base se mantenían congelados desde mayo de 1998, a pesar de que los desastrosos terremotos de enero y febrero de 2001 (un millar de muertos y desaparecidos, y casi millón y medio de damnificados, sobre una población de 6,4 millones de salvadoreños, amén de destrucciones materiales por valor de 1.600 millones de dólares) y el efecto del redondeo en favor del vendedor en el canje de colones por dólares habían generado encarecimiento e inflación, en un contexto de estancamiento del ritmo productivo, afectado por los seísmos, las masivas pérdidas sufridas en las cosechas cafetaleras dirigidas a la exportación y la recesión en Estados Unidos, pero también por una política monetaria muy restrictiva, más pendiente de la inflación que del crecimiento. Saca y sus compañeros, y eso, con reticencias, accedieron a negociar subidas salariales de entre el 5 y el 10%, incremento muy inferior al demandado por los sindicatos pero que éstos tuvieron que aceptar porque la ANEP advirtió que un alza general media del 25% desembocaría en "despidos masivos".

Tiempo atrás, Saca había hecho una incursión, a la postre efímera, en la política partidaria al ingresar en ARENA como representante del sector empresarial del partido, pero luego se retiró y se dedicó en exclusiva a sus labores gremiales. Sin embargo, su actuación al frente de la ANEP en la primavera de 2003 le convirtió en el centro de todas las miradas en un partido que venía asistiendo con profunda inquietud a los constantes avances experimentados por el FMLN en todas las elecciones locales y parlamentarias celebradas desde 1997. Así, en los comicios de marzo de 2000 a la Asamblea Legislativa, la antigua guerrilla obtuvo 31 escaños y, por primera vez, superó, en dos actas, a ARENA, no obstante recabar la formación conservadora ocho décimas de punto de voto más, el 36%. Justo tres años después, esta ventaja se incrementó hasta los cuatro diputados, 31 contra 27, y el éxito del partido izquierdista quedó redondeando con la primacía en el número de sufragios: en esta ocasión ARENA retrocedió hasta el 32%, su resultado más bajo desde 1985.

El partido del oficialismo, empero, había dado en el clavo en las presidenciales de marzo de 1999 nominando a un candidato como Flores, joven catedrático de filosofía y tecnócrata en la administración calderonista, el cual ofrecía una imagen amable, dialogante y harto alejada de los tonos ultras y vindicativos de una ARENA que hasta hacía bien poco había arrastrado más ideología que pragmatismo. De cara al envite presidencial de 2004, el FMLN se presentaba más potente y confiado en la victoria que nunca, lo que obligó a los miembros del Consejo Ejecutivo Nacional de ARENA (COENA) y al grupo de empresarios y hombres de negocios más afines al partido –que en muchos casos eran las mismas personas- a realizar en 2003 un nuevo esfuerzo de renovación de las ofertas de contenidos y, sobre todo, de rostros ante el electorado. El primer paso en esa dirección, cuatro semanas después de la conmoción electoral del 16 de marzo, fue el cambio en la membresía del COENA, al frente de la cual se encaramó José Antonio Salaverría Borja, cultivador de café y diputado de la Asamblea.

Inicialmente, ARENA sondeó a Saca como pretendiente de la alcaldía de San Salvador, bastión del efemelenismo, en las elecciones de marzo, pero el empresario respondió que a lo que le estaba echando el ojo era la mismísima Presidencia de la República. Fue el banderazo de salida de una ambición política plasmada en un lapso de tiempo tan breve que Saca se convirtió en el protagonista de una de las carreras presidenciales más meteóricas vividas en Centroamérica desde la normalización del sistema democrático, máxime si se tiene en cuenta que el periodista metido a empresario y ahora a político carecía de la más mínima experiencia gubernamental y nunca había tomado parte en una contienda electoral, aunque, eso sí, gozaba de una celebridad pública que para sí quisieran los miembros del Ejecutivo.

Haciendo oficial lo que venía siendo oficioso desde hacía dos meses y contando con las simpatías manifiestas de Flores, el 4 de junio de 2003 Saca lanzó su precandidatura a la elección primaria abierta a 600.000 militantes y simpatizantes que ARENA, acatando los deseos de sus bases, había fijado para el 13 de julio, y acto seguido presentó la carta de dimisión como presidente de la ANEP. La postulación de Saca no fue bien recibida en sectores tradicionalistas del partido que habían basado sus expectativas en el magnate cervecero Roberto Murray Meza, presidente del COENA desde septiembre de 2001 hasta la designación de Salaverría, pero el 7 de mayo Murray había declinado presentarse.

Entonces, el ex presidente de la República y presidente honorario del partido Calderón Sol, impulsor del lavado de cara del COENA, se propuso a sí mismo como precandidato mientras lanzaba dardos contra Saca con afirmaciones como que "cualquier muchacho joven" no podía aspirar a la suprema magistratura de la nación de buenas a primeras. Junto con Saca y Calderón presentaron sus intenciones de competir el actual vicepresidente de la República, Carlos Quintanilla Schmidt, y el director de la Policía Nacional Civil (PNC), Mauricio Sandoval, quien dimitió a tal efecto. Pero antes de arrancar la campaña proselitista en el arenismo, Calderón se retiró para no contribuir a la imagen de división, precisamente en un momento en que las encuestas vaticinaban un amplio triunfo del FMLN –que aún no conocía a su candidato-, gesto que fue secundado por Sandoval días después.

Saca encontró, por tanto, allanado el camino para ser endosado candidato en la convención del 13 de julio, teniendo como único rival a Quintanilla, que no demostró ser tal: con el 98% de los votos, el neófito en política arrasó al vicepresidente de la República y convirtió la primaria en una aclamación por práctica unanimidad. Lo que vino a continuación fue un paseo triunfal para Saca, que se encontró a un partido compacto y disciplinado, dispuesto a no regatearle ningún apoyo y ningún acatamiento en aras de la victoria en marzo de 2004, que muchos vieron esfumarse tras los recientes comicios parlamentarios. Así, el 12 de octubre la Asamblea General de ARENA le ratificó como candidato presidencial y el 12 de noviembre el COENA le catapultó a su jefatura merced a la renuncia voluntaria de Salaverría. Quien de hecho era un outsider recentísimo en la alta política arenera, se convirtió prácticamente de la noche a la mañana en el jefe incontestable de la formación que ocupaba el Gobierno salvadoreño desde hacía 14 años.

La elección por el principal partido de la oposición como su candidato presidencial de Schafik Jorge Hándal Hándal, antiguo comandante guerrillero, hasta 1994 secretario general del Partido Comunista de El Salvador (PCS) y líder histórico del FMLN que firmó junto con Cristiani los Acuerdos de Paz de Chapultepec (y, como el nuevo presidente arenero, de ancestros árabes), debió parecerles una bendición a Saca y los suyos, que no dudaron en invocar el fantasma del comunismo y en augurar la huida en masa de las inversiones si los efemelenistas llegaban al poder. Regresaba un discurso del miedo que muchos creían periclitado.

El espantajo electoral, que tantos frutos le había proporcionado a ARENA en el pasado, fue facilitado por las afirmaciones de Hándal y sus compañeros de formación sobre la necesidad de "recuperar la soberanía monetaria" y la circulación del colón, llegando en alguna ocasión a hablar abiertamente de "reversión" de la dolarización. También, hablaron de "parar" las privatizaciones en proyecto y de "revisar" las ya realizadas, de garantizar la libre actividad empresarial "en la medida que cumpla con las leyes y la justicia social", de "no dar la espalda al pueblo" en la negociación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y, en definitiva, de pasar página a un modelo neoliberal que se encontraba "agotado". Además, Hándal vislumbró el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba.

Saca rizó el rizo con las advertencias y aseguró que en las elecciones del año siguiente lo que estaba en juego eran "el sistema democrático y de libertades" que representaba su partido y "el sistema comunista" que representaba el FMLN, cuya victoria sólo significaría "retroceso" para el país. Sin duda, el FMLN, que en 1995 pasó de ser una federación de partidos a un partido con tendencias -una de las cuales, la de los renovadores, venía librando una acerba disputa con la mayoría oficialista-, se decantó por Hándal, no obstante su perfil izquierdista ortodoxo, capaz de asustar a un determinado segmento electoral no necesariamente adscrito a la derecha sin atenuantes, porque estaba convencido de que esta vez no iba a escapársele la victoria, no habiendo al parecer, por tanto, necesidad de recurrir a figuras más escoradas al centro o con un impacto emocional menor como Rubén Ignacio Zamora Rivas y Facundo Guardado, aspirantes frustrados en 1994 y 1999 en coalición con la Convergencia Democrática (CD) y la Unión Social Cristiana (USC), respectivamente. Esta vez, además, los efemelenistas concurrían en solitario.

Pero Tony Saca, como ya se le conocía popularmente, no se limitó a poner en la picota el carácter presuntamente antidemocrático del FMLN. Enlazando con sus posicionamientos ante la opinión pública en su etapa de dirigente patronal sobre distintos aspectos de la actualidad nacional, elaboró un discurso programático con un fuerte acento social que para sus detractores no dejó de estar vacío de contenidos y resultaba oportunista, pero que él subrayó una y otra vez, a rebufo de su confirmación en las encuestas como el favorito para ganar, consiguiendo invertir la tendencia que hasta finales del verano sonrió al FMLN.

Así, Saca no tuvo ambages en apropiarse de algunos mensajes más propios de la oposición izquierdista y que él sabía que tocaban la fibra sensible de la población. En primer lugar, declaró que el proceso de privatizaciones, impugnado desde la calle por una Alianza Ciudadana Contra las Privatizaciones (ACCP), había llegado a su tope y que el sistema de salud público seguiría siendo de esa titularidad; esto suponía el abandono del plan de la administración saliente de romper el monopolio estatal en la prestación del seguro sanitario, de manera que los afiliados tuviesen libertad para decidir ser cubiertos por el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS) o bien por gestoras de salud privadas que deberían brindar los mismos servicios que aquel y sin recargo a la cotización habitual del trabajador. El aspirante arenero explicó que lo que pretendía para el ISSS era someterlo a una "reforma integral" encaminada a mejorar y ampliar su servicio a los ciudadanos.

Paradójicamente, Saca había instado a desmonopolizar el sistema sanitario desde el ENADE, pero ahora apostilló: "no voy a privatizar el ISSS ni voy a vender los hospitales", en referencia a la perspectiva de transferir al capital privado determinados servicios e instalaciones propiedad del ente público. Dentro de la contradicción apreciada entre lo apoyado ayer y lo refutado hoy, causó cierta extrañeza que Saca escogiera como acompañante para la Vicepresidencia a la misma directora del ISSS, Ana Vilma Albanez de Escobar, que desde septiembre de 2002 había lidiado con la larga huelga de operarios y facultativos contrarios a la reforma gubernamental (se daba la particularidad de que el movilizador de aquel paro, Guillermo Mata Bennett, ex presidente del Colegio Médico, era ahora el compañero de fórmula de Hándal). Eso sí, ARENA se apresuro a informar que en la agenda de actividades de Escobar nada que tuviera que ver con la sanidad estaría presente; la ex directora del ISSS notificó que, a petición del candidato Saca, ni siquiera asesoraría en salud y que iba concentrar su participación en los aspectos económicos del proyecto presidencial.

Más allá de este punto especialmente objeto de debate nacional, Saca situó el término social en el estribillo de su campaña ("agenda social", "proyecto social", "bienestar social"), regado de constantes apelaciones al "Gobierno de rostro humano", al "desarrollo integral", a "invertir en la gente" y a establecer una "concertación nacional" por encima de las diferencias partidistas. La invocación de lo social era más que pertinente en uno de los países de desarrollo humano más bajo del continente, con un PIB por habitante de 4.800 dólares a paridad de poder adquisitivo y de sólo 2.000 dólares al tipo de cambio corriente, y donde el 21% de la población no sabe leer ni escribir, el 26% no tiene acceso al agua potable y el 17% sufre idéntica carencia de servicios de salud.

En el terreno de lo más concreto, el pretendiente presidencial apostó por elevar el nivel de empleo a través de incentivos públicos, un pacto interconfederal Gobierno-patronal-sindicatos y un "ambicioso programa internacional" capaz de "multiplicar" la inversión extranjera. También, la promoción social de la mujer y la protección de la infancia a través de créditos y asistencia técnica para las microempresarias, ayudas a la maternidad y la escolarización entre las familias de rentas más bajas, un control prenatal para frenar la altísima tasa de embarazos entre adolescentes solteras, y programas formativos enfocados a los niños de las áreas rurales que son empujados a trabajar en el campo, en algunos casos desde los ocho años (la ONG Human Rights Watch ha denunciado particularmente el empleo de mano de obra infantil en las grandes plantaciones azucareras, en unas condiciones intolerables de abuso y explotación).

El tremendo problema de la inseguridad ciudadana, el cual ya había prometido atajar Flores en la campaña electoral de 1999, lo encararía la hipotética administración de Saca con una "súper mano dura" que debería erradicar las temidas maras (bandas de pandilleros juveniles) y dar una continuidad más efectiva al Plan Mano Dura puesto en marcha por el Gobierno en julio de 2003, sin resultados aparentes por el momento. País Seguro dio en llamarse el plan anticriminalidad de Saca, que apostaba a partes iguales por la represión y la rehabilitación del pequeño delincuente que decidiera reinsertarse.

No fueron olvidadas las necesidades acuciantes del agro salvadoreño, donde se ceba la pobreza, que campa por sus respetos en el país sin distingos geográficos. Éste era un muy grave problema estructural que los gobiernos de ARENA habían desatendido para centrarse en el desarrollo de las maquiladoras urbanas, plantas de montaje de bienes de consumo para la exportación que, como en el resto de Centroamérica, basan su negocio en los horarios intensivos, los salarios extremadamente bajos y los contratos baratos (con todo, la industria de la maquila aporta menos al PIB salvadoreño que las remesas de la emigración). Ahora bien, en el quinquenio de Flores, pese a las calamidades naturales y las tendencias adversas en los mercados exteriores, el índice de pobreza, según el Banco Mundial, había descendido del 48% al 36%. Saca anunció para los pequeños agricultores expuestos permanentemente a los desastres naturales y las caídas en los precios de los productos que cultivan la activación del programa PROAGRO y mayores facilidades crediticias del Banco de Fomento Agropecuario.

Saca, que se ufanó de tener la "solvencia moral" para decirle al país que tenía las "manos limpias", en alusión a que se había mantenido al margen, ni con unos ni con otros, durante la guerra civil, explicó de dónde iban a salir los ingresos para costear sus promesas sociales: haciendo una "utilización óptima de las finanzas estatales", colocando en el mercado bonos del tesoro y aumentando la recaudación fiscal, no introduciendo nuevos impuestos o elevando los ya existentes, sino combatiendo en firme el fraude y la evasión.

Por lo demás, el candidato fue rotundo en lo irreversible de la dolarización y en la continuidad de una estrategia de crecimiento basada en las exportaciones a través de los tratados de libre comercio bilaterales y multilaterales que El Salvador tiene suscritos con diversos países latinoamericanos, destacando el de México, en servicio desde marzo de 2001 y que se inscribe en el Plan Puebla-Panamá (puesto en marcha por el Mecanismo de Diálogo y Concertación de Tuxtla y considerado el principal instrumento impulsor del desarrollo y la integración regionales, desde el río Grande hasta el límite de Colombia, en su sentido más amplio, no meramente librecambista), así como el largamente esperado Tratado de Libre Comercio de Centroamérica (CAFTA), que el 17 de diciembre, en plena precampaña de las elecciones, dejaron listo para la firma El Salvador, Estados Unidos, Nicaragua, Honduras y Guatemala.

El CAFTA, al que aguarda un complicado proceso de ratificación por los parlamentos de los estados signatarios, afectará sobre todo a los sectores agrícola, alimentario y de inversiones, y sustituirá al Sistema General de Preferencias Arancelarias (SGP) de 1984. En resumidas cuentas, Saca decía sí a afrontar los retos de competir en los mercados globalizados y sí a estar preparados para el advenimiento del Área de Libre Comercio de Las Américas (ALCA), impulsada con denuedo por el Gobierno de Washington frente a las fuertes reticencias de países como Brasil, Argentina y Venezuela. En este sentido, Saca no daba ningún motivo para suponer que con él en la Presidencia, El Salvador se movería un ápice en la línea exterior intensamente proestadounidense practicada por Flores, entre las más fervorosas del hemisferio.

Aupado a la cresta de la ola, Saca confirmó los pronósticos y el 21 de marzo de 2004, al cabo de una bronca campaña trufada de descalificaciones que repuso con fuerza la polarización y el antagonismo posbélicos y que llenó de preocupación a sociólogos, politólogos y gentes de la Iglesia católica, se llevó la Presidencia con un contundente 57,7% de los votos, seguido por Hándal con el 35,6%, Silva Argüello, por la alianza del Centro Democrático Unido (CDU) y el Partido Demócrata Cristiano (PDC), con el 3,9%, y José Rafael Machuca Zelaya, del derechista Partido de Conciliación Nacional (PCN), con el 2,7%.

Con su cuarta elección presidencial consecutiva, ARENA lograba un hito sin precedentes en la historia de las democracias latinoamericanas en un entorno competitivo y abierto a la alternancia, lo que no fueron, por ejemplo, los casos de México en las décadas de la hegemonía priísta y, menos aún, del propio El Salvador en el período (1962-1979) en que rigió el régimen híbrido y pseudodemocrático del Ejército y el PCN; el otro referente democrático contemporáneo, el del coloradismo en Paraguay, con cuatro presidentes electos también desde 1989, difería sin embargo del caso salvadoreño por el hecho de constituir la prolongación automática de un sistema de partido dominante que anteriormente a aquel año había basado su poder en la dictadura militar y en la anulación de la oposición. Además, lo que resultaba más notable por contraste con la situación que se vivía en los países vecinos, Flores se marchaba con unos niveles de aprobación popular realmente altos.

Nada más conocer su victoria, Saca exhortó a "olvidar el pasado sin odio ni rencor" y ofreció la rama de olivo a Hándal, quien, sumamente irritado por la furiosa demagogia anticomunista que habían derrochado los areneros con sus resultados a la vista, reconoció su derrota pero no quiso felicitar a su oponente, al que prometió de paso una oposición beligerante en temas como el CAFTA (firmado por los ministros en Washington el 28 de mayo con la adición de Costa Rica y la entrada de la República Dominicana en ciernes), lo cual iba a obligar al nuevo dignatario a apoyarse en el PCN -16 diputados- para escurrir la minoría de ARENA en la Asamblea. El reto más inmediato iba a ser la aprobación del presupuesto general de 2004, establecido en los 2.800 millones de dólares.

El 1 de junio Saca tomó posesión de su mandato quinquenal en la Asamblea ante 81 delegaciones extranjeras y ocho presidentes latinoamericanos, entre ellos tres vecinos, el nicaragüense Enrique Bolaños, el guatemalteco Óscar Berger y el hondureño Ricardo Maduro, con un perfil tan intensamente empresarial como el suyo.

La ceremonia quedó deslucida por el boicot de los 31 diputados efemelenistas, que salieron a la calle para sumarse a una protesta de sindicalistas, activistas sociales y militantes del partido, donde los ánimos continuaban más que caldeados: con aspereza, el FMLN consideraba que los comicios habían sido "ilegítimos" porque la propaganda de la formación derechista y las opiniones aventadas por los medios de comunicación simpatizantes habían "aterrorizado" a los electores.

En su discurso de inauguración, Saca, que asumía la jefatura del Estado salvadoreño a la misma edad, 39 años, con que lo había hecho su predecesor y conmilitón, repasó los puntos principales de su programa electoral, prometió "poner la agenda social en el primer plano", definió su proyecto político como de "renacimiento y renovación", dio garantías gubernamentales de "concertación" "diálogo" y "cercanía", y aseguró que no iba a poder acusársele de "dogmatismo económico ni de veneración desproporcionada a la lógica del mercado".

El flamante presidente no dijo una sola palabra sobre los 380 soldados que El Salvador mantiene estacionados en la provincia irakí de Najaf, si bien en la campaña había asegurado la continuidad del compromiso asumido por el Gobierno de Flores ante su homólogo de Estados Unidos de mantener estas tropas, dedicadas a labores esencialmente humanitarias, al menos hasta la transferencia de la soberanía por la potencia ocupante al Gobierno interino irakí en la fecha del 30 de junio, 15 meses después de comenzar la invasión ilegal y la ocupación de Irak.

La inmediata repatriación del contingente nacional salvadoreño del país árabe en una situación de violencia explosiva venía siendo uno de los caballos de batalla del FMLN, sobre todo después de retirarse las fuerzas españolas entre abril y mayo, movimiento que fue secundado por los contingentes de Honduras y la República Dominicana, mientras que Nicaragua había hecho lo propio por falta de fondos, dejando a El Salvador como el único país americano aparte de Estados Unidos con uniformados sobre el terreno. La disolución de la Brigada Plus Ultra II española obligó a los efectivos salvadoreños a supeditarse directamente al mando polaco que ostenta la jefatura de la División Multinacional Centro-Sur (MND-CS), desplegada en las provincias de Najaf, Qadisiyah, Babil, Karbala y Wasit.

(Cobertura informativa hasta 19/6/2004)