El derecho de asilo en juego

Fecha de publicación:
11/2015
Autor:
Blanca Garcés Mascareñas, investigadora del GRITIM, Universitat Pompeu Fabra, e investigadora asociada, CIDOB
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¿Quiénes son bienvenidos? Refugiados sí, inmigrantes económicos no. Este es uno de los mantras repetidos una y otra vez por la mayor parte de jefes de Estado y Gobierno europeos. A inicios de septiembre, Mariano Rajoy y David Cameron pedían conjuntamente desde la Moncloa diferenciar los refugiados de los inmigrantes económicos. Según Rajoy, «España no le va a negar el derecho de asilo a nadie, pero hay un asunto distinto: el de la inmigración irregular por razones económicas». Semanas después el ministro alemán del Interior, Thomas de Maizière, lanzaba un mensaje similar: «Estamos claramente comprometidos a integrar a aquellos que merecen ser protegidos. Aquellos que no, tendrán que irse».

¿Cuál es la diferencia entre un refugiado y un inmigrante económico? Mientras que los refugiados son definidos como inmigrantes forzosos que huyen de la guerra o la persecución, los inmigrantes económicos serían aquellos que emigran en busca de un trabajo o de una vida mejor. La realidad, sin embargo, es mucho más compleja. Como señalaba Yolanda Onghena en un artículo de Opinión CIDOB, las motivaciones siempre son diversas y en una misma historia suelen mezclarse elementos de huida forzosa con anhelos de una vida mejor. Sin embargo, pedir o no pedir asilo, ser o no ser reconocido como refugiado sí constituye una diferencia. Mientras que la Convención de 1951 obliga a los estados a garantizar protección a los refugiados, las cuestiones relativas a los inmigrantes económicos son una prerrogativa nacional. Garantizar protección a los refugiados implica no devolverlos a los peligros de los que huyen, darles acceso a procedimientos de asilo justos y eficientes y proporcionarles condiciones de vida dignas y seguras. En el contexto europeo, las Directivas sobre el Procedimiento de Asilo (2013) y las Condiciones de Recepción de Asilados (2013) establecen los procedimientos a seguir, así como las condiciones de alojamiento, comida, sanidad, empleo y atención médica y psicológica.

La actual crisis de los refugiados pone en duda hasta qué punto «aquellos que merecen ser protegidos», aquellos a quienes sí se dice dar la bienvenida, lo son. Por un lado, deben jugarse la vida en el Mediterráneo para poder entrar. Por otro, dentro de la Unión Europea, estamos viendo construir muros de cemento armado y alambradas de espino para evitar su paso. Las imágenes hablan por sí solas: a un lado la policía nacional, al otro miles de personas (niños incluidos) rogando poder pasar. Tras cruzar mares, muros y vallas, países como Dinamarca, los Países Bajos y más recientemente Alemania están limitando las ayudas a los solicitantes de asilo y refugiados. A inicios de septiembre el Gobierno danés publicaba un anuncio en los periódicos libaneses informando sobre una reducción a la mitad en las ayudas sociales destinadas a los refugiados, así como sobre el endurecimiento de las condiciones para la reagrupación familiar y la obtención del permiso de residencia. Son «políticas de desintegración» que buscan erigir otros muros, invisibles pero no por ello menos reales, contra aquellos que llegan y, sobre todo, contra aquellos que pudieran pensar en llegar.

Aquellos que a pesar de todo consigan solicitar asilo en un país europeo tienen por delante largos meses de espera, normalmente en residencias de acogida y sin poder trabajar, sin poder aprender el idioma y sin poderse ir. Todo esto –o nada de esto– a la espera del sí o no a su petición de asilo. Recordemos que en 2014 más de la mitad (55,3%) de las peticiones de asilo en el conjunto de la Unión Europea fueron resueltas negativamente. Si finalmente son reconocidos como refugiados, con el permiso de residencia tendrán el permiso –ahora sí– de reiniciar sus vidas. Si no, se los deportará tan rápidamente como sea posible. O esto es lo que repiten una y otra vez la mayor parte de los estados miembros. En la práctica, es bien sabido que la mayoría permanecerán en Europa, entre otras cosas porque muchos no tienen adónde volver. Lo harán como inmigrantes en situación irregular, ahora sí, desprovistos definitivamente de acceso a la vivienda, el trabajo o la sanidad.

Y si con todo esto no fuera suficiente, recordemos también que tampoco son siempre bienvenidos en el plano discursivo. Cada vez son más y más diversas las voces que los acusan de estar en busca de una vida mejor (como si fuera ilegítimo y excluyente a la emigración forzosa), de ser terroristas yihadistas o de querer islamizar «el viejo continente». Recordemos, por ejemplo, las declaraciones del cardenal y arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, preguntándose si «esta invasión de emigrantes y de refugiados es todo trigo limpio» o «dónde quedará Europa dentro de unos años». A estas declaraciones se les suman otras, cada vez más frecuentes, que avisan que Europa no puede acogerlos «a todos». Pero ¿qué representarían uno o dos millones de refugiados en una Europa de 500 millones de ciudadanos? Para contextualizar, estaríamos hablando de un 0,2% o un 0,4%.

Junto a este tipo de declaraciones, crecen los ataques contra los refugiados, así como contra aquellos políticos a quienes se acusa de darles la bienvenida. Si bien no hay que olvidar que los movimientos y partidos políticos xenófobos siguen siendo una minoría, también es cierto que el apoyo ciudadano a los refugiados está disminuyendo gradualmente. Una encuesta realizada recientemente por el Instituto Francés de Opinión Pública (IFOP) muestra como solo el 12% de los encuestados en Francia es partidario de apostar por programas de ayuda y acogida a los refugiados. En Alemania el porcentaje de entrevistados que considera que ya hay demasiados extranjeros ha subido del 33% al 44%, y el 80% desea que los refugiados solo se queden unos meses o unos años.

Por tanto, ¿quiénes son bienvenidos? Los solicitantes de asilo y refugiados lo son cada vez menos: se habla de externalizar la ayuda a los refugiados a países vecinos como Turquía, aumentan los controles fronterizos fuera y dentro de la Unión Europea, se reducen sus ayudas sociales y derechos de residencia y cada vez son más las voces que los ponen bajo sospecha. Con la actual crisis de refugiados nos estamos jugando el derecho de asilo en Europa. Si no queremos que este sea uno de sus «efectos colaterales», necesitamos más voces discordantes, voces de ciudades, organizaciones sociales, movimientos ciudadanos, pero también dentro de las propias instituciones de la Unión Europea y de los distintos gobiernos nacionales. Necesitamos otras voces que recuerden que recibir a los refugiados no solo es una obligación moral sino legal, y que no hay política más peligrosa que la no política o la política fallida. Europa tiene y puede recibirlos y tiene que hacerlo sin vacilaciones.