Turquía, Egipto, Arabia Saudí e Israel: ¿viejos amigos o aliados poco fiables?

Fecha de publicación:
10/2016
Autor:
Eduard Soler i Lecha, coordinador de investigación
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En Oriente Medio no siempre es fácil distinguir quién es tu aliado y quién tu rival. No son bloques consistentes sino alianzas informales y moldeables en función del tema. Además, en cuestión de días, pueda producirse un cambio de alineación con un efecto dominó sobre la compleja madeja de alianzas y contra-alianzas que se tejen en esta región. Estados Unidos no escapa a esta dinámica. Aunque es un actor externo, es una potencia en Oriente Medio y, por lo tanto, participa plenamente de estos bailes de alianzas. Y lo que ha sucedido en los últimos años es una crisis de confianza mutua. Washington ha percibido a los aliados como una fuente de inestabilidad y éstos empiezan a dudar de que cuenten con las garantías de seguridad que han sustentado esta alianza.

Para intentar calmar los ánimos, Obama termina su mandato con promesas de renovada ayuda militar a Egipto, Israel y a los países del Golfo. Pero también tiene que escuchar cómo medios afines al presidente turco Recep Tayyip Erdogan acusan a Estados Unidos de deslealtad durante el intento de golpe de Estado del 15 de julio de 2016, o ver cómo el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu ha exhibido una actitud desafiante (todos recordarán su discurso en el Congreso el 3 de marzo de 2015 en el que, aliado con los republicanos, criticó las negociaciones sobre el programa nuclear iraní). Todo ello mientras varios aliados tradicionales se han esforzado en tender puentes hacia Moscú y Beijing, bien sea para diversificar alianzas o como señal de advertencia. Podría decirse que buena parte de los líderes de la región tienen ganas de ver a Obama fuera del despacho oval.

Es habitual oír a miembros del Partido Republicano decir que Obama deja un Oriente Medio más inestable y con menos amigos. Pero asumir que la responsabilidad reside, fundamentalmente, en las decisiones tomadas desde la Casa Blanca durante los últimos ocho años es una visión sesgada y parcial. Existe un amplio consenso en torno a la idea que la invasión de Irak en 2003 representó el apogeo pero también marcó los límites del poder norteamericano. Y también que este episodio es clave para entender la espiral de sectarismo que azota la región así como la emergencia de la organización «Estado Islámico» como desafío de alcance global. Tampoco conviene olvidar que Obama ha visto reducido su margen de maniobra al tener que coexistir, durante buena parte su mandato, con un Congreso hostil. Por último, y no menos importante, es el hecho de que las alianzas de Estados Unidos en la región se hayan debilitado no sólo como fruto de la orientación de la política exterior norteamericana en la región sino también de los acontecimientos que han sucedido y las decisiones que se han tomado en El Cairo, Riadh, Jerusalén y Ankara.

De la misma forma, la política norteamericana de alianzas durante los próximos años no sólo dependerá de la voluntad presidencial sino, también, de cómo evolucionen los conflictos en Oriente Medio y cómo se posicionen las potencias regionales. Pero lo que es seguro es que el próximo presidente o presidenta de Estados Unidos tendrá que decidir si su apuesta inicial pasa por recomponer las alianzas y volver al statu quo ante o si opta, como de hecho hacen los países de la región, por diversificarlas y relativizarlas. Y, por encima de todo, tendrá que decidir en qué política se enmarca: fuerte implicación en los conflictos de Oriente Medio (entendidos como asunto vital para los intereses estratégicos de Estados Unidos y como un test sobre su condición de superpotencia global) o contención y desenganche gradual que le permitiese centrarse en otros espacios geopolíticos considerados como más decisivos o concentrar esfuerzos en asuntos domésticos.

Se intuye que una victoria de Clinton podría favorecer una política más intervencionista, mientras que Trump, para quien la prioridad sería reducir la exposición a los conflictos regionales, optaría por una política de externalización de responsabilidades. En otras palabras, el mensaje de Trump podría ser que Oriente Medio se ocupe de sus problemas. Con una excepción: Israel. Por otro lado, Clinton continúa mencionando cuestiones como el Estado de Derecho y las libertades fundamentales que pueden introducir tensiones en las relaciones con sus aliados. Si llega al poder seguro que lo matizará convenientemente, pero es probable que entre quienes le aconsejan se dé el convencimiento de que los actuales niveles de represión y la ausencia de reformas son garantía de mayores niveles de inestabilidad en el futuro. En cambio, Trump no oculta su simpatía por los liderazgos fuertes y las decisiones drásticas. Así lo escenificó en su reciente encuentro con Abdelfatah al-Sisi en Nueva York y su apoyo a la forma en que Erdogan ha gestionado el intento de golpe de Estado.

Los aliados en Oriente Medio miran a cada uno de los dos candidatos como un riesgo, pero también como una oportunidad. Y esta es la paradoja Trump: a pesar de su discurso claramente islamófobo, líderes de países musulmanes pueden pensar que de él pueden obtener más apoyo (o menos críticas) que si gana Hillary Clinton. Esta es, probablemente, una de las principales diferencias con Europa, dónde existe una preferencia cuasi unánime por la victoria de Clinton. Y es que en Bruselas y en las principales capitales europeas se considera que la victoria de Trump podría aumentar los niveles de inestabilidad en Oriente Medio y, sobre todo, incrementar la actitud desafiante de los líderes regionales. Si eso coincide con un debilitamiento de la alianza transatlántica, Europa podría verse obligada a afrontar más sola que nunca las amenazas que se proyectarían de un Oriente Medio todavía más inestable.