Obama y el acuerdo nuclear con Irán

Fecha de publicación:
10/2016
Autor:
Roberto Toscano, investigador sénior asociado, CIDOB
Descarga

Es más que probable que se eche de menos a Barack Obama, independientemente del resultado de las inminentes elecciones presidenciales; sin duda, será así si sale elegido el descarado y bravucón Donald Trump, pero también en el caso de que Hillary Clinton sea la próxima presidenta de Estados Unidos. Es cierto que, en comparación con las esperanzas y el entusiasmo que desató su primera elección a la Casa Blanca, la presidencia de Obama se ha caracterizado por mucha decepción pero, aun así, se le va a recordar por su compromiso con una mayor justicia y haberse mostrado consciente de los límites del poder estadounidense.

¿Pero cuáles son los logros concretos? Nos podríamos centrar especialmente en dos: internamente, la reforma sanitaria, que ofrece cobertura a millones de ciudadanos que anteriormente tenían que arreglárselas por su cuenta en una situación con unos costes sanitarios prohibitivos; internacionalmente, el acuerdo nuclear con Irán.

Ahora que se ha llegado a un acuerdo con el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) de 2015, resulta difícil hacerse realmente cargo de las enormes dificultades que tuvieron que superarse para alcanzar ese objetivo. Estas dificultades no fueron tanto de carácter técnico –aunque, sin duda, fueron necesarias grandes dosis de trabajo muy profesional para definir todos los detalles complejos–, como más bien de carácter político. Si nos centramos en las posiciones de Irán durante los años de Jatami (es decir, hasta 2005, cuando Ahmadineyad fue elegido), queda muy claro que el principal escollo radicaba en el hecho de que Estados Unidos no estaba dispuesto a admitir que Irán tenía los mismos derechos que cualquier otro país en cuanto al enriquecimiento de uranio. Washington (y, siguiendo a Washington, los europeos) durante años se ciñó a un dogma: enriquecimiento cero. Como los iraníes no cedían en esa cuestión (era inaceptable para todos los iraníes ya que siempre han percibido la cuestión nuclear como una cuestión nacional, no del régimen), la tensión era elevada y Washington seguía repitiendo, muy inquietantemente, que todas las opciones estaban encima de la mesa, lo que significaba que un ataque militar contra Irán era posible y concebible. Son varios los motivos de esta hostilidad implacable ante la idea de tratar a Irán como un país normal: el trauma histórico de la crisis de los rehenes, pero, por encima de todo, la presión de los aliados de Washington (Israel y Arabia Saudí, muy alineados en esto), empeñados en mantener a Teherán aislado, si no conseguir un cambio de régimen. El objetivo de la no proliferación es serio, especialmente en Oriente Medio, aunque la flagrante «excepción israelí» (Israel tiene un arsenal nuclear no declarado pero bien conocido) lo convierte en asimétrico y apenas creíble.

Cabe añadir, de paso, que todo el discurso de la no proliferación es, sin duda, muy problemático y no solo en relación con el tema iraní. El problema es que el Tratado de No proliferación nuclear (TNP) se aplica de modo muy desequilibrado, en el sentido de que las potencias nucleares se comportan como si su único objetivo fuera evitar el acceso de nuevos miembros al club nuclear, aunque ese sea solo uno de los tres aspectos del tratado. Los otros son la cooperación nuclear pacífica (que Irán ha intentado, en vano, obtener de Occidente por lo cual se ha visto obligado a aceptar la cooperación rusa como segunda mejor opción) y, en particular, el desarme. El TNP ha sido aplicado como si estuviera diseñado para perpetuar la división entre los que disponen de capacidad nuclear y los que no, sin tener en cuenta que los países con capacidad militar nuclear deberían iniciar un desarme nuclear gradual. No se constata nada de esto y los países nucleares (desde Rusia hasta Estados Unidos y el Reino Unido) ahora ponen en marcha amplios programas de modernización.

La cuestión nuclear iraní no solo atañe a normas internacionales, sino también a realidades estratégicas. El propio hecho de que Israel podría atacar a Irán con una gran cantidad de ojivas nucleares hace que la posibilidad de que un Irán armado nuclearmente ataque a Israel sea menos que creíble, dado su claro desenlace suicida.

La cuestión nuclear ha sido fundamental para ambas partes: Washington (en particular, el Congreso estadounidense), Israel y los países del Golfo –encabezados por Arabia Saudí– querían usarla para evitar que Irán dejara atrás las condiciones de aislamiento, tanto económico como diplomático; Teherán, por su parte, defendía el derecho a un conjunto de normas no discriminatorias, pero también ha usado la cuestión nuclear para conseguir el reconocimiento como interlocutor directo por parte de Washington. Cabe destacar que cuando el ministro de Asuntos Exteriores Zarif volvió a Irán tras firmar el PAIC, una multitud entusiasta le dio la bienvenida en el aeropuerto de Teherán con consignas de «Zarif, eres el nuevo Mossadeq» (en alusión al primer ministro que nacionalizó el petróleo en 1951), lo que confirma la esencia nacionalista de la política de Irán.

Llegar a un acuerdo exigió grandes esfuerzos por ambas partes: un nuevo presidente en Irán, Rohani (un centrista más que un reformista), y otro centrista, Obama, en Washington. Y unas habilidades diplomáticas de primera categoría por parte del secretario de Estado Kerry y del ministro de Asuntos Exteriores Zarif.

¿Se mantendrá el acuerdo después de que Obama deje la Casa Blanca?

Son muchos los que esperan que no: en el Congreso estadounidense, poco después de concluir el acuerdo, empezaron a aparecer iniciativas para sabotear el PAIC. Israel y los saudíes nunca aceptaron la idea de que Irán pudiera ejercer un papel regional como un actor normal dentro de un marco realista de contención/diálogo. Los partidarios de la línea dura en Teherán han señalado que los beneficios económicos de los acuerdos han sido pocos y utilizan esta amplia decepción para debilitar a Rohani, con la esperanza de derrotarlo en las elecciones presidenciales de 2017.

Quizás se mantendrá el contenido básico del acuerdo, pero –con el fin de la presidencia de Obama– es bastante previsible que las cosas se pongan más difíciles y más tensas, con el peligro de que se añada otra crisis a la ya de por sí sombría situación en Oriente Medio.

Traducción: Aïda Cunill