Europa: ¿aliado o fuerza desgastada?

Fecha de publicación:
10/2016
Autor:
Pol Morillas, investigador principal para Europa, CIDOB
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Europa se juega mucho más que un cambio de presidente en las próximas elecciones estadounidenses. De su resultado depende la continuidad del eje internacional liberal o, por el contrario, la profundización de la brecha transatlántica. Con Hillary Clinton, la alianza transatlántica continuará enfrentándose a retos sin precedentes, pero seguirá en el centro de un orden internacional basado en los principios de la cooperación y el multilateralismo. Con Donald Trump, Estados Unidos reforzará un sistema internacional basado en la competición entre superpotencias y las dinámicas de suma cero.

Esta dicotomía se agudiza si se toma como referencia el mandato de Barack Obama. La era Obama abrió una nueva etapa en las relaciones transatlánticas, muy alejada de las dinámicas generadas durante la presidencia de George W. Bush. Las divisiones producidas por la guerra de Irak se repararon con una retórica cercana al lenguaje europeo en las relaciones internacionales, basándose en el diálogo internacional, el refuerzo del multilateralismo efectivo, el uso del «poder blando» y el partenariado con Europa para resolver retos globales como el cambio climático. El discurso de Berlin de 2008 fue un ejemplo paradigmático de las expectativas generadas por “el momento Obama”, tanto para dejar atrás las divisiones de la guerra global contra el terrorismo como para reconstruir un orden internacional alternativo.

Pero si Obama empezó su presidencia hablando el lenguaje de los europeos, también la ha terminado fomentando una política internacional sin los europeos como protagonistas. Su giro hacia Asia (pivot to Asia), la diversificación de las alianzas internacionales, los desencuentros sobre la gestión de la crisis de Libia o las escuchas a líderes europeos (también a Angela Merkel) han ensanchado la brecha transatlántica al final del mandato Obama. Hoy la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP por sus siglas en inglés) está más lejos de concluirse, tanto por las reticencias que genera en Europa como por las exigencias estadounidenses en ámbitos como los tribunales de arbitraje o los productos transgénicos. Desde el inicio de su mandato, Obama ha proyectado más esperanzas en Europa de las que ha sido capaz de cumplir, aunque muchos europeos sientan hoy que le echarán de menos.

Al distanciamiento de Estados Unidos se suma una Europa en crisis. Incapaz de ser un actor internacional de primer orden en la gestión compartida de riesgos globales, la UE se ha mostrado dividida y mermada en la escena internacional por culpa de las casi eternas consecuencias de la crisis del euro, la mala gestión de la crisis de los refugiados y, más recientemente, el voto favorable al Brexit en el Reino Unido. Que el socio privilegiado de Estados Unidos haya decidido abandonar la UE se ha leído en Washington como una muestra más del declive europeo. Ello ha reforzado las voces que urgen ampliar el campo de visión de la política de alianzas de Washington fuera y dentro de Europa, donde los estadounidenses son conscientes que para asuntos de política internacional deberán buscar apoyo en las capitales europeas y no en las instituciones comunitarias.

Si Obama llegó a la presidencia deseando acabar con la era Bush y su particular visión de las relaciones internacionales, las elecciones de 2016 llegan con una corriente de fondo compartida en ambos lados del Atlántico. El Brexit ha significado el éxito del populismo gracias a la adopción simultánea de un discurso antiestablishment y de la mentira como arma política. Vivimos hoy en la era de la política de la postverdad, en la que los votantes se mueven por referencias que parecen verdad pero que no se corresponden ni a los datos ni a las evidencias, y donde se desacredita la influencia de las élites y expertos en los debates políticos.

Donald Trump es un ejemplo paradigmático de ello. Sus propuestas políticas están cargadas de demagogia tanto en el plano interno (el muro con México) como externo. En este último ámbito, ofrece un relato alternativo sobre la base de lo que Walter Russell Mead llama el «populismo Jacksoniano », en el que su desinterés por la agenda internacional va acompañado de aparentes verdades como la que trabajar para la seguridad internacional equivale a desproteger a los americanos . Ello le ha llevado a mostrar una posición ambivalente en la contribución americana a la seguridad transatlántica y la OTAN, a ver con buenos ojos los postulados de las «democracias iliberales» –que encabezan el húngaro Viktor Orbán y el polaco Jaroslaw Kaczynski– o a ser partidario de una política moderada hacia la Rusia de Vladímir Putin. Todo ello se traduciría en un serio revés a la política tradicional de Washington hacia Europa, distanciaría al presidente americano de Alemania y de las instituciones europeas y ampliaría las posibilidades de tejer una alianza entre Orbán, Trump y, quizá, Marine Le Pen. No por casualidad muchos en Europa se aferran a la esperanza de que la Casa Blanca y la Administración estadounidense moderarían a
Trump durante el ejercicio de sus funciones.

Hillary Clinton, por el contrario, dotaría a la política exterior americana de una buena dosis de continuidad, aunque el paisaje geopolítico y los retos internacionales de la Casa Blanca se hayan transformado sustancialmente. Muchos argumentan que su presidencia se caracterizaría por una actitud más asertiva y severa que la protagonizada por Obama –por ejemplo, en Siria–, aunque mantendría los principios fundamentales del multilateralismo liberal y encontraría en Europa a sus principales aliados. La cuestión es si, durante su presidencia, la UE se erigiría como socio prioritario o si, mermada por crisis internas, sería percibida como un problema añadido. Consciente de que Clinton deberá dedicar más tiempo al liderazgo transatlántico, los europeos tienen la esperanza que la presidenta entienda las relaciones transatlánticas bajo el prisma de la fuerza de la tradición.

En suma, ya sea con Clinton o con Trump, las relaciones entre Europa y Estados Unidos serán objeto del cambio de ciclo de la política internacional. La relación privilegiada está dando paso a una cooperación de cariz más pragmático, en la que Washington y Europa siguen siendo aliados, pero donde la multipolaridad y la complejidad de la escena internacional difuminan el predominio de su tradicional partenariado privilegiado. En un contexto multipolar, la nueva presidencia dedicará más esfuerzos a reforzar los lazos bilaterales en Europa que a tratar a la UE como un actor internacional de peso.