Estados Unidos y África

Fecha de publicación:
10/2016
Autor:
Francis Ghilès, investigador sénior asociado, CIDOB
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Cuando Barack Obama fue elegido presidente de Estados Unidos, pareció que muchos africanos pensaron que, de algún modo, este iba a ser también su presidente. Como viven en un continente cuya cultura política se basa en el clientelismo, se les podría perdonar la creencia de que un presidente que presumía de raíces kenyanas sería su mayor defensor político. Muchos, en África, se preguntaron por qué se ve a los chinos y a los indios desplegar tanta actividad mientras que a los estadounidenses no, especialmente en un momento en que algunos medios han difundido la idea de que África se encontraba en una mejor posición económica que antes, que era el continente del futuro y, por lo tanto, un buen lugar donde invertir.

Sin embargo, el comercio entre Estados Unidos y África subsahariana sigue siendo limitado tras un crecimiento considerable partiendo de una base estadística baja. El auge del esquisto en Estados Unidos ha reducido las exportaciones de petróleo desde África a este país. La Ley de Crecimiento y Oportunidades para África (AGOA, por sus siglas en inglés) del año 2000 concede a las exportaciones del África subsahariana un acceso preferencial a los mercados estadounidenses, la cual en 2015 se amplió hasta 2025. Las exportaciones en virtud de este acuerdo aumentaron de 7.100 millones de dólares en 2001 a 28.400 millones de dólares en 2013 pero, en 2014, se produjo un descenso del 50% a causa de la caída del precio del petróleo y la pérdida de cuota de mercado. La ropa y el sector manufacturero representan el grueso de las exportaciones africanas distintas al petróleo pero, ante el actual panorama político, caben pocas esperanzas de que Washington ofrezca reducir a cero los aranceles estadounidenses sobre los productos agrícolas.

Actualmente se palpa la sensación de decepción en África con respecto a una política exterior estadounidense distanciada. Sin embargo, los intereses económicos y de seguridad norteamericanos durante los últimos ocho años contribuyen a explicar por qué las principales iniciativas del presidente en política exterior se han centrado en Asia, Oriente Medio y, últimamente, Europa, en lugar de África.

Los franceses intervinieron para salvar a Mali y enviaron tropas a países africanos que necesitaban ayuda, pero se ha abandonado a Sudán del Sur y Burundi en medio de un caos por el que pocos países fuera de la región parecen preocuparse o mostrase capaces de hacer algo. Barack Obama fue elegido con la promesa de retirarse militarmente de Afganistán e Irak, pero tuvo que centrarse en crisis más inmediatas, como la de Ucrania, y dedicó mucho tiempo a las negociaciones con Irán, una cuestión de suma importancia en términos geopolíticos para Estados Unidos, Europa, Rusia y Oriente Medio. También merece la pena preguntarse si el Congreso o, de hecho, el público habrían llegado a autorizar el envío de tropas a otro país extranjero donde el islam supone un problema. Tampoco está claro si otros países africanos habrían visto este movimiento con buenos ojos. Los días en los que Estados Unidos puede llevar la voz cantante en una u otra parte de África –y, en realidad, en cualquier parte del mundo– están contados.

La promesa de Barack Obama, durante su campaña, de hacer volver las tropas a casa no fue solo una promesa electoral, sino que reflejaba su planteamiento realista en política exterior. Se ha percibido de forma reduccionista su política exterior de «no hacer estupideces», pero es un modo demasiado simplista de describirlo. Obama consideró que la carga de la prueba debería recaer en los que insisten en la intervención militar para demostrar que el uso de la fuerza militar ayudaría a resolver un conflicto determinado. Esto no equivalía a aislamiento, sino a la voluntad de establecer relaciones diplomáticas, como pasó con Irán y Rusia. Su política valoró la diplomacia y evitó la intervención militar, si bien esta opción seguía, en principio, sobre la mesa.

El predecesor de Obama, George W. Bush, dedicó considerables recursos a programas para combatir el VIH y la malaria, que han
continuado con su sucesor. Estados Unidos ha luchado de modo eficaz contra el brote de Ébola y ha conseguido evitar que se convirtiera en pandemia. Los críticos señalan que nada de lo que ha hecho el presidente Obama puede compararse con el lanzamiento de la Corporación del Desafío del Milenio (MCC), que fomenta distintas reformas, desde una mejor formación profesional hasta unos derechos de propiedad más sólidos. La situación en África en materia de seguridad también se ha deteriorado bajo la presidencia de Barack Obama y han aumentado las amenazas yihadistas en el Sahel.

Solo la historia dirá si el legado de Barack Obama en África habrá estado a la altura del de su predecesor George W. Bush, pero los dos primeros años que Obama pasó en la Casa Blanca se centraron en gestionar la mayor crisis financiera que hemos visto en el mundo desde el crac de 1929. En estas circunstancias, quizás no sorprenda tanto que el primer presidente afroamericano no tuviera ningún programa personal para África. Conviene añadir que Barack Obama también creía más en el comercio que en la ayuda.

Y cabe mencionar otra cuestión. El primer presidente negro tenía que evitar a toda costa parecer que daba un trato de favor a África, en comparación con Asia o América Latina. Las políticas internas tienen normas que no se pueden incumplir fácilmente. Un exvicepresidente de Gambia, y brevemente presidente en funciones en 2015, Guy Scott, describió bien la situación: «Respecto a África, mi sensación es que está algo maniatado. En cuanto haga algo por un país africano que no haría por un país del Pacífico o el Caribe, la gente va a empezar a gritar».

El actual presidente ha dedicado gran parte de su tiempo al creciente caos en Oriente Medio, en intentar lidiar con un Vladímir Putin cada vez más depredador y a China. La tendencia de su Administración a microgestionar diplomáticos y su gran dependencia del Consejo de Seguridad Nacional, que en ocasiones carece de los medios para dominar las complejidades de África, podrían ayudar a explicar la situación. Pero, más allá de estas consideraciones, nunca se plantea una cuestión fundamental: ¿por qué un presidente, a causa de su ascendencia afroamericana, debería centrar su atención en África? A nadie se le ocurriría insinuar siquiera que un presidente de origen europeo centra su atención en Europa. Y ¿en qué continente debería centrarse una mujer presidenta?

A pesar de la supuesta decepción que sienten algunos observadores de África, la buena voluntad que se ha reconocido a Barack Obama en todo el continente es enorme: según un estudio del centro Pew Research, realizado hace tan sólo un poco más de un año, entre dos tercios y el 82% de los africanos consideraban que el presidente haría lo correcto. Así, tanto en cuanto al estilo como a la sustancia, es como ven muchas personas del mundo a este presidente, que, como es natural, defiende los intereses de los estadounidenses pero que también muestra una sensibilidad poco habitual por las culturas de los demás pueblos. Cuando visitó Sudáfrica y Kenya, mostró ampliamente dicha sensibilidad, y eso mismo hizo recientemente en Cuba, América Latina y Europa.

Cameron Hudson, que fue director de Asuntos Africanos en el Consejo de Seguridad Nacional entre 2005 y 2009 –con las administraciones de Bush y Obama–, afirma que cuando Bush ocupó el cargo había guerras civiles en Sudán, Congo, Angola, Liberia y Sierra Leona. Al finalizar su primer mandato, no había ninguna. Lo único que se puede decir sobre estos comentarios es que no todos estos conflictos desaparecieron por la acción de Estados Unidos y lo que ha sucedido en Sudán desde la partición es tan grave como antes. Quizás solo fue cuestión de suerte.

Traducción: Aïda Cunill