Estados Unidos: ¿nuevo aislacionismo o hegemonía con alianzas cambiantes?

Fecha de publicación:
10/2016
Autor:
Pere Vilanova, Catedrático de Ciencia Política, Universidad de Barcelona. Investigador sénior asociado, CIDOB.
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En febrero de 2016, la renombrada Conferencia de Seguridad de Múnich, conocida entre los expertos como Verkunde, se desarrolló sin alcanzar mucha repercusión en los medios. Sin embargo, un análisis de la lista de temas que ha abordado anualmente esta conferencia desde 1963 permite reconstruir la larga evolución de las percepciones de seguridad global durante medio siglo. En esta edición, el limitado eco en los medios de comunicación se centró en Dmitri Medvédev y su denuncia de que por culpa de la OTAN, y de Occidente en general, estábamos entrando en «una nueva guerra fría». Un reto, entre muchos otros, para quien vaya a suceder a Obama. Es verdad que, bajo la presidencia de Vladímir Putin, Rusia pretende actuar cada vez más como la otra superpotencia pero, con el petróleo a la baja, con la mitad de su balanza económica dependiente de la Unión Europea y la brutal devaluación del rublo, ¿cómo pretende llenar Rusia sus déficits de todo tipo? Pero la prueba de que no estamos en una nueva guerra fría es que Estados Unidos y Rusia han colaborado decisivamente en temas cruciales de la política internacional y lo han hecho dentro de un formato bilateral y, en ocasiones, en un formato multilateral discreto: el acuerdo 5+1 sobre el dossier nuclear iraní y el proceso a seis para gestionar la deriva del régimen de Corea del Norte. La última condena a este país en el Consejo de Seguridad, en septiembre de 2016, fue votada por unanimidad de los 15 miembros, incluidos, por supuesto, los cinco miembros permanentes con derecho de veto.

Sin embargo, a finales de este año 2016, otros temas ocupan la agenda de seguridad de Estados Unidos, a las puertas de unas elecciones presidenciales decisivas. Algunos no son, o más bien no parecen, temas de seguridad pura y dura (hard security). Estos asuntos suelen ser abordados desde parámetros de fuerza militar, pero se hallan en el corazón del concepto de seguridad compleja al que nos enfrentamos en este siglo xxi. Por supuesto, se ha hablado también de cambio climático. La negociación real sobre las nuevas rutas abiertas en el casquete ártico –y, en particular, por el llamado paso del Noroeste– tiene lugar desde hace un lustro únicamente entre los estados colindantes: Noruega, Estados Unidos, Canadá… y Rusia. Consenso general, en teoría, para condenar el terrorismo transnacional de última generación, pero mucha más discreción sobre cómo hacerlo, de manera eficaz, discreta y en todo caso coordinada a gran escala. No hace falta extenderse en el caso del ISIS y cómo combatirlo en Irak y Siria. Coordinación confusa, o volátil, en todo caso determinante a corto y medio plazo. Nos encontramos ante una agenda altamente volátil, por la diversidad de amenazas y por las interdependencias implicadas.

Ello se traduce, entre la élite norteamericana, en dos actitudes de distinto tipo en las sucesivas administraciones, pues desde Clinton hasta Obama pasando por G. W. Bush se han dado diferencias significativas, relacionadas sobre todo con sus respectivas concepciones globales del papel de Estados Unidos en el mundo (poder suave o poder fuerte, liderar o imponer, multilateralismo o unilateralismo). La primera actitud, muy arraigada en la tradición norteamericana aislacionista, desconfía mucho de Europa, y no descarta una estrategia de desvinculación (disengagement) relativo, basada en la premisa de que los europeos han de asumir plenamente la totalidad de sus obligaciones en materia de Defensa. Es sobre todo un argumento presupuestario, pues esta corriente mide las capacidades de seguridad en términos de capacidad militar, y esta, en términos presupuestarios. Ello resulta en una ecuación bastante discutible, incluso en su propia lógica. Por supuesto, ha quedado erosionada la «versión Bush/Rumsfeld/Cheney», según la cual la supremacía de poder de Estados Unidos es suficiente para gobernar el mundo en solitario, y sólo en base a la agenda de intereses de Estados Unidos. En esta posición aparecen importantes think tanks estadounidenses, desde el Cato Institute hasta el American Enterprise Institute, pasando por la Heritage Foundation.

Una segunda línea, más centrista y más cosmopolita, aun persiguiendo igualmente la defensa del interés nacional (auténtica brújula de toda política exterior norteamericana desde F. D. Roosevelt) se preocupa realmente del multilateralismo (a la carta por supuesto) y de las relaciones con Europa. Esta corriente desearía, por tanto, un progreso de los europeos en materia de seguridad y defensa, que incluyera la mejora de sus propias capacidades pero, a la vez, de modo compatible –o incluso en sinergia—con la OTAN. Considera incluso que la OTAN tiene que ser muy flexible para que, en temas de agenda únicamente europea, los socios europeos puedan actuar por su parte, todos o varios de ellos, pero consultándose en el seno de la Alianza Atlántica para verificar si Estados Unidos no considera que el tema cae fuera de la agenda OTAN.

Destacadas entidades como la Brookings Institution, la revista Foreign Affairs, la Rand Corporation (con matices) o el Carnegie Endowment for Peace, representan esta versión.

El conocido Samuel Huntington publicaba en 1999 (bajo la presidencia de Bill Clinton) un artículo que nada tenía que ver con el choque de civilizaciones, titulado «La superpotencia solitaria», y en el que analizaba la política exterior de Estados Unidos en la siguiente línea argumental: «ni la Administración, ni el Congreso ni los ciudadanos están dispuestos a pagar los riesgos de un liderazgo global unilateral (…) La opinión pública norteamericana no ve ninguna necesidad de agotar esfuerzos ni recursos para asegurarse la hegemonía. En una encuesta de 1997, sólo el 13% de la población decía que prefería un papel preeminente para Estados Unidos (en el mundo), mientras que el 74% manifestaba que quería que Estados Unidos compartiera el poder con otros países… La mayoría, entre el 55% y el 66%, cree que lo que pasa en Europa, Asia o Canadá, tiene poco o ningún impacto en sus vidas (…) al mismo tiempo, al actuar como si el mundo fuese unipolar, Estados Unidos se está quedando cada día más aislado. (…) Caso tras caso, Estados Unidos está cada vez más solo, con pocos compañeros de viaje, enfrentándose al resto del mundo. Entre estos casos se incluye la deuda a Naciones Unidas, las sanciones contra Irak, Cuba, Libia, el tratado de minas antipersona, el efecto invernadero, el Tribunal Penal Internacional y otros. En todos estos temas Estados Unidos está de un lado y la comunidad internacional del otro». 

Estados Unidos es, sin duda, una superpotencia y, según una opinión ampliamente extendida, es la superpotencia. Pero, a nuestro entender, los últimos quince años han desmentido de modo convincente la tesis del mundo unipolar. Mejor dicho, la tesis según la cual, después del mundo bipolar, nos encontramos en un sistema internacional regido por el principio de un mundo unipolar, bajo la hegemonía de una única superpotencia. Esta tesis, pensamos, se ha visto reiteradamente desmentida desde 1991, y más aún desde septiembre de 2001.

Pero ¿alguien cree en serio que la complejidad de la seguridad de Estados Unidos está en el centro de los debates electorales para la presidencia? Y sin embargo, allí está de un modo u otro…